sobre el desequilibrio energético (desbalance radiativo) de la tierra

Habrá que volver a llamar la atención sobre ese parámetro fundamental: la diferencia entre la energía que entra en el Sistema Tierra y la que es devuelta al espacio exterior (en forma de radiación infrarroja), es decir, el balance radiativo del tercer planeta del Sistema solar.[1] El IPCC utiliza el término forzamiento radiativo con el sentido específico de una perturbación externa impuesta al balance radiativo del sistema climático de la Tierra, que puede conducir a cambios en los parámetros climáticos.[2] Tres factores clave: los GEI en aumento (Gases de Efecto Invernadero) atrapan más calor; menos aerosoles contaminantes en la atmósfera reflejan menos la luz solar; la criosfera terrestre mengua, y así la pérdida de hielo y nieve reduce la reflexión de energía. La ganancia neta de energía con ese forzamiento significa que la Tierra acumula energía, impulsando el calentamiento global actual.

¿Qué ha sucedido en los últimos tiempos? Hemos asistido a una acumulación de energía sin precedentes a escala planetaria. El desbalance radiativo (la diferencia entre la radiación que recibe el planeta y la que radia de vuelta al espacio, como acabamos de ver), de acuerdo con las mediciones de los satélites de la NASA, se ha multiplicado por cuatro con respecto a los valores que tenía en 2002. Hacia el año 2014 se produjo un cambio brusco, y así hemos pasado de 0’37 W/m² en 2002 a los 1’37 W/m² de 2025.[3]

Ahora el desequilibrio energético (desbalance radiativo) de la Tierra es mayor que en cualquier momento conocido en la historia de nuestro planeta, como muestra la siguiente gráfica (como la anterior, debida al esfuerzo de alerta del climatólogo Leon Simmons, miembro del equipo de James Hansen):[4]

Esto explica, en gran medida, la aceleración del calentamiento global que hemos podido constatar en los últimos años.

 

[1] https://aemetblog.es/2016/07/26/balance-radiativo-del-sistema-tierra/

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Forzamiento_radiativo

[3] Antonio Turiel, “Esperanza y derrotismo”, The Oil Crash, 9 de mayo de 2025; https://crashoil.blogspot.com/2025/05/esperanza-y-derrotismo.html

[4] https://x.com/LeonSimons8/status/2084248967420768549

notas sobre el eclipse total de sol del 12 de agosto

Titular de prensa: “Manual para disfrutar el eclipse: los cinco detalles en los que debes fijarte para vivir una experiencia inolvidable”. Recoge bien tanto la locura del “turismo de eclipse” a escala planetaria que ha generado el 12-A (eclipse total de sol visible desde una buena franja de la Península Ibérica)[1] como la mejor promesa entre las muy mermadas ofertas que nos hace ahora el capitalismo terminal y necrófilo que habitamos: “vivir una experiencia inolvidable”. Se nos promete, en efecto, “el mayor espectáculo de la naturaleza”,[2] y nadie quiere perdérselo, so pena de caer (aún más) en las garras de la ansiedad social y eso que hace ya un tiempo se ha bautizado en inglés como FOMO (Fear of Missing Out).[3] Sólo en Madrid se prevé que más de medio millón de personas se desplacen a la Sierra para ver el eclipse en un contexto de riesgo extremo de incendio.[4]

“El mayor espectáculo de la naturaleza…” Pero no necesitamos espectáculos a los que asistir como espectadores, sino experiencias que nos hagan sentir la naturaleza como ese Todo (esa Gaia) de la que formamos parte.

El eclipse total de Sol anterior que pudo verse en la Península Ibérica tuvo lugar el 17 de abril de 1912, hace 114 años. Dentro de 114 años, este territorio donde vivimos se habrá convertido con toda probabilidad en un desierto inhabitable, e incluso es posible que no queden ya seres humanos en ningún rincón de la Tierra. Eso nos da la medida de la absoluta excepcionalidad histórica de este tiempo que es el nuestro (mientras la mayoría social sigue sin querer aceptar de ninguna manera la realidad de nuestra situación).

Roger Hallam explica que la oración más importante de nuestro tiempo es: la gente no se da cuenta de que no podemos hacer que la situación vuelva a mejorar. El clima “no volverá a equilibrarse: esa opción ya no está disponible. O bien tienes una revolución para evitar que empeore, o bien empeora cada vez más y más y más. A veces tienes opciones limitadas en la vida. No hay opción de vuelta atrás; no somos dioses. Las élites la cagaron y tú pensaste que todo desaparecería si simplemente intentabas olvidarlo y seguías viendo Netflix… Mala idea”.[5]

Y por otra parte: la Tierra, como saben y nos recuerdan los ecólogos, es un buen lugar para vivir.[6] Pero no sólo ahora: es el mejor lugar y el único del que dispondremos, a pesar de nuestras fantasías de colonización extraplanetaria y a pesar del enorme daño que estamos infligiendo a su habitabilidad. Incluso una Tierra convertida en Hothouse Earth (Tierra Cocedero) será más amigable con la vida que todo el resto de nuestro sistema solar, incluso si no quedasen Homo sapiens para contarlo.

(Para que conste: yo mismo estaré observando el eclipse, pertrechado esta tarde con las gafas protectoras reglamentarias, en un lugar de estos montes de la Sierra de Guadarrama donde vivo.)

 

[1] “Se prevé el desplazamiento de millones de personas en sólo unas horas, con posibles embotellamientos. Las autoridades recomiendan evitar desplazamientos el día del eclipse, especialmente tras el máximo, cuando suele concentrarse la mayor parte del tráfico de retorno…” Raúl Sánchez y Antonio Martínez Ron, “Dónde ver el eclipse solar del 12 de agosto: recorrido y visibilidad en cada municipio, minuto a minuto”, eldiario.es, 11 de agosto de 2026; https://www.eldiario.es/sociedad/mapa-ver-eclipse-solar-12-agosto-recorrido-visibilidad-municipio-minuto-minuto_1_13440048.html

[2] Antonio Martínez Ron: “Manual para disfrutar el eclipse: los cinco detalles en los que debes fijarte para vivir una experiencia inolvidable”, eldiario.es, 11 de agosto de 2026; https://www.eldiario.es/sociedad/manual-disfrutar-eclipse-cinco-detalles-debes-fijarte-vivir-experiencia-inolvidable_1_13431722.html

[3] Fenómeno que para algunos investigadores entra ya de pleno en la categoría de las adicciones: https://orbiumadicciones.com/nuevas-tecnologias/fenomeno-fomo-fear-of-missing-out/

[4] https://bsky.app/profile/lamarea.com/post/3msuoglebdm2z

[5] https://x.com/RogerHallamCS21/status/2087074794755756317

[6] Elizabeth Kolbert, La vida en un planeta poco conocido, Debate, Barcelona 2025, p. 67.

ideas sobre una ética del trabajo militante (por josé luis moreno pestaña)

«El trabajo político supone activarse en cuatro dimensiones: organización, conflicto, cuidados y estudio. Sin organización no hay trabajo político, sino una parodia del mismo: se entra y se sale como en un club sin reglas. El conflicto exige confrontarse a adversarios e incluso enemigos; el diálogo deliberativo es su límite positivo y la violencia, el negativo. Los cuidados dentro y fuera de la organización recrean afectos de colaboración y confianza. Sin un afuera significativo, la organización deviene una institución total, una secta. El estudio evita que el trabajo político se reduzca a repetir consignas y genere cinismo interno e ineficacia.

En cada dimensión hay formas de huida: pueden ser lastres para el compromiso, pero también fuentes de reforzamiento si afrontamos con éxito el trabajo requerido. Ese trabajo exige reconocimiento pero también transformaciones de quien se implica.»

 

Hilo en Twitter/X, 10 de agosto de 2026 https://x.com/Hexisfilo/status/2086759559637406007

¿+3’3ºC? el método en el seno de la locura

La UE pide ahora a los Estados miembros planificar las infraestructuras para un clima de hasta +3’3ºC a finales del siglo XXI. “El Consejo Científico Asesor Europeo sobre Cambio Climático ha recomendado que la Unión Europea adopte una referencia común para planificar la adaptación: una trayectoria compatible con un calentamiento global de entre 2’8 y 3’3 grados hacia 2100. (…) Los 3’3 grados se refieren al aumento medio mundial respecto a la época preindustrial dentro de una trayectoria que el panel considera suficientemente plausible como para utilizarla en la planificación”.[1] Es el método en el seno de la locura: un calentamiento de esa magnitud resulta incompatible con la vida humana.

Planificar una carretera o una escuela para un escenario de +3’3°C en una perspectiva de adaptación supone erróneamente que la sociedad seguirá funcionando igual, sólo que con más calor. Pero a esa temperatura el problema ya no es si el asfalto de la carretera se derrite o si la escuela cuenta con suficiente climatización: antes de llegar a ese límite la disponibilidad de alimentos, el suministro de agua y la habitabilidad de un país como el nuestro se habrán venido abajo.

Con +3’3°C España será inhabitable, y antes de llegar a esas temperaturas promedio se habrán activado bucles de realimentación verdaderamente infernales que no permitirán estabilizar las temperaturas ni siquiera a ese nivel terrorífico…

Una evaluación científica publicada en febrero de este año en la revista One Earth advertía que componentes clave del sistema climático de la Tierra pueden estar bastante más cerca de la desestabilización de lo que se pensaba anteriormente.[2] Tipping points cruciales (puntos de inflexión, o de vuelco), incluidos los glaciares de Groenlandia y la Antártida Occidental, el permafrost ártico y la selva amazónica, actúan como pilares de la estabilidad planetaria. Una vez empujados más allá de sus umbrales críticos, estos sistemas pueden sufrir cambios irreversibles, desencadenando un peligroso “efecto dominó” en el que el colapso de un sistema acelera el de otro. Por ejemplo, el derretimiento del hielo ártico expone superficies oceánicas más oscuras que absorben más calor, lo que puede debilitar las corrientes oceánicas, secar la Amazonía y, en última instancia, liberar enormes reservas de carbono de nuevo a la atmósfera.[3]

Este ciclo de retroalimentación en cascada amenaza con empujar a la Tierra hacia una trayectoria de “Tierra cocedero” (Hothouse Earth) –un estado en el que el planeta continuará calentándose incluso si la humanidad detiene por completo sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Aunque los investigadores aún no pueden precisar exactamente cuándo alcanzarán su punto de inflexión estos sistemas individuales, subrayan que esperar pruebas científicas definitivas es una apuesta peligrosísima, del todo irracional, ya que la reversión será imposible una vez que se cruce el umbral. No habrá vuelta atrás a una Tierra más o menos estable y habitable para los seres humanos.

 

[1] Raquel Díaz: “La UE cambia las normas: pide a España que se prepare para un escenario de hasta 3’3 grados de calentamiento global”, El Español, 9 de agosto de 2026; https://www.elespanol.com/ciencia/20260809/ue-cambia-normas-pide-espana-prepare-escenario-grados-calentamiento-global/1003744344238_0.html

[2] Ripple, W. J., Wolf, C., Rockström, J., Richardson, K., Wunderling, N., Gregg, J. W., Westerhold, T., & Schellnhuber, H. J.: “The risk of a hothouse Earth trajectory”, One Earth 9(2), 20 de febrero de 2026. Artículo 101565; https://www.cell.com/cms/10.1016/j.oneear.2025.101565/attachment/49ec975a-6916-4e2c-8354-11a3e9a9ad2b/mmc2.pdf

[3] Como explica Tim Lenton, “un punto de inflexión del Sistema Tierra se produce cuando un cambio en una parte del sistema adquiere carácter autopropulsado, una vez superado un umbral de forzamiento, lo que conduce a un cambio cualitativo en el estado de ese subsistema, impulsado por bucles de retroalimentación amplificadores (positivos). El cambio resultante puede ser abrupto, tiende a ser difícil de revertir y suele tener grandes repercusiones. Los puntos de inflexión pueden superarse en varias partes a gran escala de la biosfera, la criosfera y la circulación de los océanos y la atmósfera, denominadas colectivamente «elementos de inflexión». Por ejemplo, los puntos de inflexión están provocando la muerte progresiva de la selva tropical amazónica, la desintegración de la capa de hielo de la Antártida Occidental o el colapso de la Circulación Meridional de Retorno del Atlántico (AMOC)”. Véase “Q&A with Tim Lenton: Navigating the new era of tipping points”, One Earth 9(2), 20 de febrero de 2026.

Puede descargarse el informe Global Tipping Points 2025 en  https://global-tipping-points.org/

selección de textos de mi libro ‘otro fin del mundo es posible, decían los compañeros’ (2019)

En el blog SOCIOLOGÍA CRÍTICA:

https://sociologiacritica.es/2026/07/29/textos-otro-fin-del-mundo-es-posible-decian-los-companeros-sobre-transiciones-ecosociales-colapsos-y-la-imposibilidad-de-lo-necesario-jorge-riechman/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y hace unos años, esta destilación de José Luis Gallero:

CÁPSULAS DEL DOCTOR RIECHMANN -selección de JL Gallero, junio de 2020

En enero de 2021, la periodista Brenda Chávez me planteaba estas preguntas:

1) Su libro Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros parte de la premisa de que la catástrofe ya no se puede detener porque la lógica y evolución de este capitalismo basado en las energías fósiles, hace sospechar que ya no habrá tiempo para transiciones razonables. ¿El hecho de que oigamos hablar más últimamente (a gran parte de la comunidad científica, y académica) de “adaptación” al cambio climático, en vez de “mitigación”, es una forma de «colapsar mejor”, de aceptar lo inevitable de las diversas crisis ecosociales que este modelo ha generado? ¿Podemos considerar la adaptación como una solución (aunque sea temporal) o una derrota?

Estamos en la “Era de las Consecuencias”, y de ello forma parte la derrota histórica de los movimientos ecologistas y las fuerzas sociales de emancipación, sí. Eso implica daños ya inevitables, y por eso la cuestión no sería adaptación sí/ adaptación no, sino qué clase de adaptación. Por una parte, un “colapsar mejor” a través de una rápida salida del capitalismo, decrecimiento material y energético, redistribución masiva, relocalización productiva, agroecología, recampesinización de nuestras sociedades, renaturalización de zonas extensas de la biosfera, cultivo de una Nueva Cultura de la Tierra; por otra parte, proseguir las actuales dinámicas de “desarrollo” y competición que, en un mundo de recursos decrecientes y condiciones de habitabilidad menguantes, llevan a sociedades fascistas donde la supervivencia de unos pocos (durante un tiempo) se lograría a costa del exterminio de la mayoría.

2) Usted forma parte del Foro de Transiciones. Si considera que, con bastante probabilidad, no podremos hacer transiciones ecosociales razonables, ¿qué tipo de transiciones vamos a vernos obligados a acometer? ¿Y cuáles serían las herramientas para volverás más efectivas, y quizás hasta más razonables…?

Es obvio que estamos sólidamente instalados en la segunda trayectoria antes descrita, siendo nuestras sociedades incapaces de aceptar la realidad ecosocial, biosférica, metabólica. Las ilusiones del “crecimiento verde” suceden a las del “desarrollo sostenible”, mientras la dinámica autoexpansiva del capital no se cuestiona y la base de poder de la clase dominante se mantiene prácticamente incólume. No hay más que ver cómo hemos respondido ante la pandemia de la covid-19 (un percance relativamente leve en comparación con los que están en nuestro horizonte): en vez de atender a las causas subyacentes (desforestación, ganadería industrial, desmantelamiento de los servicios públicos, mayor “altura de caída” causada por el neoliberalismo y la tecnolatría), se opta por proseguir la huida hacia adelante (fe en la “bala mágica” tecnológica de las vacunas, digitalización a ultranza). La gravedad de la situación ecológica (no sólo climática, claro) sólo la percibe una minoría de la sociedad. Y de esa minoría, a su vez, sólo una parte minúscula está convencida de que no hay salida dentro del capitalismo… Así de trágica es la situación.

3) ¿Qué serían para usted las “transiciones ecosociales razonables»?

Transiciones que lograsen evitar la senda de ecocidio más genocidio donde nos hallamos ahora.

 

incendios forestales y estrategias de renaturalización

Las causas de los incendios son complejas, sí, y “quizá la principal lección que deberíamos extraer de cada verano es que, frente a un problema complejo, los eslóganes ofrecen respuestas sencillas, pero no soluciones reales. Sólo el conocimiento, la planificación a largo plazo y una gestión inteligente del territorio nos permitirán convivir mejor con un fuego que seguirá formando parte de nuestra realidad”.[1] Pero impresiona cómo, incluso para los ecólogos (de mi universidad), herbívoros en los montes se hace equivaler a ganado. La herbivoría natural, y las estrategias de renaturalización, parecen no entrar en la ecuación… Y así nos va, sin que cuestionemos las premisas de dominación humana que son una de las causas culturales profundas de la crisis ecosocial.

 

[1] Francisco Martín Azcárate (profesor titular en el Departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid), “Aprender a convivir con el fuego”, El País, 30 de julio de 2026; https://elpais.com/opinion/2026-07-30/aprender-a-convivir-con-el-fuego.html

preferiríamos olvidarlo, pero la emergencia climática sigue ahí

(Notas sobre las que basé mi intervención en la Fundación Zenobia y JRJ, Moguer, 22 de julio de 2026)

https://huelvaya.es/2026/07/23/moguer-cien-poetas-voces-del-extremo/

Estabilizar lo que podamos del clima favorable del Holoceno (esa época geológica acogedora que por desgracia ya hemos dejado atrás, internándonos en el Antropoceno) es para la humanidad una cuestión de vida o muerte. Pero, por desgracia, como sociedad no lo estamos haciendo; ni siquiera estamos comprendiendo la dimensión del problema.

Como me toca (por encargo de Antonio Orihuela) dar algunas malas noticias ahora que vamos a comenzar nuestro encuentro Voces del Extremo de este año de 2026, en medio de la tercera ola de calor sufrida en seis semanas, me pongo alguna venda antes de la herida. Muchas de mis entrevistas, conversaciones y charlas acaban con peticiones del tipo: “señor Riechmann, díganos algo que nos dé esperanza, necesitamos esperanza…” Habría que contestar algo así: “¿Quieren ustedes que les engañe mucho o poco, y en función de ello podemos dosificar más o menos esperanza?”

Bueno, lo anterior en realidad se refiere más al optimismo que a la esperanza, y no habría que confundir ambos conceptos. Y podemos estos días, si queréis, hablar cuando toque de esperanza contrafáctica (ahí no hace falta mentir).

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Hace casi un cuarto de siglo que George Monbiot se preguntaba en las páginas de The Guardian: “¿Estamos abocados a caminar como sonámbulos hacia la extinción?”[1]

Lo que estamos haciendo al degradar la habitabilidad de la Tierra (o incluso acabar con ella, para seres como nosotros) con la tragedia climática y la Sexta Gran Extinción es peor que ninguno de los crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y genocidios cometidos en el pasado. Es peor que la Shoah y el Porraimos, peor que los exterminios coloniales, peor que los genocidios (como los del pueblo armenio o el pueblo herero), peor que África convertida en “corazón de las tinieblas”, peor que la masacre de los comunistas indonesios, peor que las violencias patriarcales, peor que las peores guerras, peor que los choques humanos más destructivos. Pero preferimos seguir mirando hacia otro lado, atenuar la molesta disonancia cognitiva e ignorar todo esto.

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Noruega, en vez de ayudar a descarbonizar, quiere ampliar su condición de petroestado explotando el Ártico. Y hay quien se sorprende en estos términos: “La política energética noruega encierra una enorme paradoja. Verde, muy verde de puertas adentro, ha conseguido la mayor electrificación del parque móvil del mundo: nueve de cada diez coches que se venden hoy en el país se mueven con batería y no emiten ni un solo gramo de dióxido de carbono en su uso. De puertas afuera, sin embargo, sigue siendo una economía tremendamente fósil: más del 90% de sus exportaciones son de gas natural y petróleo. Una cifra que, lejos de bajar, ha crecido con fuerza por las subidas de precios provocadas por las guerras de Ucrania e Irán…”[2] Pero no hay paradoja ni contradicción ninguna, si no cerramos los ojos ante la evidencia de que las renovables de alta tecnología son dependientes de los combustibles fósiles, y que es imposible descarbonizar de verdad sin reducir drásticamente nuestro uso de energía.

“Sostenibilidad”, en el 99% de los casos, no es más que el viejo desarrollismo feroz levemente pintado de verde.

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Reducir de verdad las emisiones de GEI significa ceder poder (militar y económico, y por ello también poder político). Ha insistido con acierto sobre ello Amitav Ghosh en El gran delirio (2017). Una estrategia de contracción y convergencia, por ejemplo, redistribuiría no sólo la riqueza (en beneficio del Sur global), sino también el poder. Y “para un sistema de seguridad orientado al mantenimiento del dominio en el mundo, éste es precisamente el escenario más temido; desde este punto de vista, el mantenimiento del statu quo es el más deseable de los resultados. (…) Desde esta perspectiva, la inacción mundial respecto del cambio climático no es el resultado de la confusión, el negacionismo o una falta de planificación: al contrario, el plan es el mantenimiento del statu quo. El cambio climático puede facilitar este plan proporcionando una coartada para una intrusión militar cada vez mayor en todo tipo de espacio geográfico. Y es muy probable que esta estrategia tenga un apoyo tácito, si bien extenso, en muchos países occidentales”.[3] Mantenimiento del statu quo pero –hay que insistir sobre ello– no ya con formas de democracia liberal, sino con fascismo.

En definitiva: si la geopolítica imperial prevalece, dado que los diferenciales de poder (entre las naciones y también dentro de ellas) están estrechamente relacionados con las emisiones de carbono, no habrá manera de hacer frente a la crisis climática. “La distribución del poder mundial ocupa el centro de la crisis climática. Éste es uno de los mayores obstáculos para adoptar medidas de mitigación, sobre todo porque es un hecho que no se reconoce”.[4]

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George Kennan, uno de los arquitectos del orden geopolítico posterior a la Segunda guerra mundial, advertía a la clase dirigente de los EEUU en 1948: “Poseemos alrededor del 50% de la riqueza del mundo, pero sólo el 6’3% de su población. (…) Nuestro verdadero objetivo en el futuro próximo es idear un patrón de relaciones que nos permita mantener esta posición de disparidad. Para ello, tendremos que prescindir de todo sentimentalismo y fantasía: nuestra atención tendrá que concentrarse siempre en nuestros objetivos nacionales inmediatos”.[5]

Este “verdadero objetivo” se cumplió ampliamente: hacia el año 2000 EEUU, con sólo un 5% de la población mundial, acaparaba el 25% de la energía comercial del mundo y emitía el 22% del CO2. Durante los últimos decenios del siglo XX este único país, con su capitalismo desaforadamente extractivista que se ofrecía al resto del mundo como modelo, consumía alrededor de la tercera parte de los recursos naturales globales.[6] ¿Había alguna manera de mantener esta desigualdad aberrante sin convertirse en una sociedad fascista, militarmente agresora de muchos otros países? Que la respuesta es “no” terminamos de verificarlo ahora, con la segunda presidencia de Donald Trump, que ha prescindido “de todo sentimentalismo y fantasía” como ninguna otra anterior: estamos en el esperpento cuasinazi de Daddy Ubú y su Corte de los Milagros. Amigos, amigas, no habléis de ecofascismo: lo que tenemos es fachesperpento. Lo que tenemos es el Gran Guiñol del Apocalipsis.

Hace ya años que se advirtió que la infame “ética del bote salvavidas” de Garrett Hardin iba a transformarse en una “política del bote salvavidas militarizado”:[7] se combina una represión creciente contra los movimientos de protesta en el interior de cada Estado, la militarización de las fronteras, una política agresiva contra los inmigrantes y la preparación (o la puesta en práctica) de guerras por los recursos. Es también la senda por la que está avanzando la UE.

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Hemos dicho antes que reducir de verdad las emisiones de GEI significa ceder poder, y esto hay que explicarlo un poco.

Geoffrey Lean escribe que “las encuestas muestran que el 80-89% del público global comprende la amenaza del colapso climático y quiere que sus gobiernos actúen, pero el mundo parece estar yendo hacia atrás porque las empresas de combustibles fósiles se enfrentan a una lucha por la supervivencia”.[8] Seguimos sin entender bien esto… No es sólo que el capitalismo fósil sea muy poderoso –que lo es–, sino que descarbonizar de verdad implica un mundo más lento, más local, menos individual, menos mercantilizado… Rasgos que, desde el ideario dominante, se perciben como debilidad y pobreza.

Con los combustibles fósiles –con su excepcionalidad no reconocida como tal– nos hemos emborrachado de energía casi gratis: una cogorza de proporciones cósmicas que ha desestabilizado muchas dimensiones de la biosfera, comenzando por el clima de la Tierra. Un barril de petróleo igual a cinco años de trabajo físico de un ser humano:[9] esta ecuación debería figurar grabada en la puerta de todas las escuelas, pero ¿quién se ha topado con ella alguna vez, fuera de debates ecologistas de esos que se consideran “de nicho” y de algunas formaciones especializadas?

Otra manera de verlo: comparar el valor real del petróleo con su precio de mercado. Un pionero en esta pedagogía social de la energía como fue Buckminster Fuller llegó a valorar la energía solar encapsulada en un libro de petróleo en 300.000$. Esto es, 42 millones de dólares por barril, ¡medio millón de veces su precio de mercado![10]

Una tercera manera de intuir lo que está en juego: la energía de los combustibles fósiles que estamos usando es el equivalente al trabajo de más de 500.000 millones de trabajadores (frente a los cerca de 4.000 millones que existen realmente en la actualidad).[11]

Nuestra ceguera ante el apocalipsis (Günther Anders) va de la mano con nuestra ceguera ante la energía (Nate Hagens).

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La CGD (Cultura Global Dominante, muy marcada por la hegemonía de EEUU en nuestro pasado reciente) nos ha acostumbrado a funcionar como si fuese normal acumular superpoderes (en lo esencial, aprovechando mayores cantidades de energía exosomática mediante dispositivos técnicos). Hoy, para sobrevivir, necesitaríamos renunciar a una parte de esos superpoderes (descarbonización). Como la CGD nos ha vuelto incapaces de hacerlo (o al menos muy renuentes), vamos a devastar la biosfera y a colapsar. Lo cual, de hecho, es lo que ya estamos haciendo.

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Se avecina un episodio de El Niño bastante aterrador, frente al que advierten Antonio Turiel, Fernando Valladares y Juan Bordera.[12] Juan, en una impactante conferencia pronunciada en el curso de verano organizado por AGADEN/ Ecologistas en Acción en la Universidad de Cádiz (donde yo también participo), explica que El Niño de 2015 evidenció un cambio de fase en el calentamiento global (mucho más rápido e intenso desde entonces) y que a partir de ahí “los saltos que El Niño está dando no se vuelven a bajar: se convierten en escalones”. El tiempo, por desgracia, se nos está acabando: “estamos en un tiempo de descuento”.[13]

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Sí, estamos en pleno retroceso… El impulso del “capitalismo verde” en los últimos años del decenio de 2010 y los primeros de 2020 ha resultado ser muy efímero.[14] Por ejemplo, se ha publicado el informe (décimo séptima edición) Banking on Climate Chaos, que muestra cómo los bancos, en estos últimos años, van zafándose de sus (nunca demasiado ambiciosos) compromisos climáticos y aumentan la financiación a la industria de los combustibles fósiles: +8% en 2025 (respecto de 2024) en el conjunto de los 65 bancos más grandes del mundo. Y entre ellos el Santander, +6’2%, y el BBVA, con nada menos que un +23’1%.[15]

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“Un estudio publicado [en la primavera de 2026] en Science Advances propone construir tres presas a través del estrecho de Bering para [tratar de] estabilizar la Circulación Meridional de Retorno del Atlántico, conocida como AMOC, uno de los sistemas oceánicos que influyen en el clima del norte de Europa…”[16] Ay, amigos y amigas: toda clase de geoingenierías antes que pensar en la autorregulación humana a través de la política y la ética –y en un más allá del capitalismo.

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Nos aferramos a una idea de normalidad y de progreso (en forma de dominación creciente sobre la naturaleza) que pudo parecer plausible durante apenas un par de siglos merced al uso de cantidades ingentes de energía fósil, pero que ya no tiene sentido en el mundo climáticamente desestabilizado que es el nuestro.

Reflexión astrofísica final: como han señalado algunos investigadores, cabe pensar que el cambio climático antropogénico es la consecuencia involuntaria de la misma existencia del ser humano como especie. Para los planetas con vida basada en el carbono (y tectónica de placas), los combustibles fósiles suponen al mismo tiempo la Tentación Definitiva y la Gran Prueba, el examen final de viabilidad para una civilización compleja (examen que no puede aprobarse sin una considerable dosis de sabiduría).[17] Nosotros estamos suspendiendo ese examen.

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¿Cómo hablar a nuestros niños y jóvenes que crecen en un mundo de riesgos extremos? El paleoantropólogo francés Ludovic Slimak sugiere que hay dos cuestiones clave. “Cuando se tienen hijos se asume una responsabilidad inmensa, titánica. Y la cuestión es no sólo en qué mundo los dejamos, sino qué palabras les damos para hablar de nuestro mundo. Y creo que a eso debemos prestar muchísima atención, ya que los colapsos se producen, de hecho, por la desesperación de los niños. (…) La realidad básica es que están en un mundo extremadamente hermoso, es una especie de pequeño oasis en un vasto vacío a millones de años luz de distancia. Y este oasis, hoy, en su estado actual, sigue siendo increíblemente hermoso. Su diversidad y belleza son absolutamente impresionantes. El segundo punto es que el mensaje que debemos darles no es: ‘Bien, ahora que están aquí, se hallan en serios problemas’. No, no es eso. Debemos ofrecerles una perspectiva diferente, una en la que les digamos que cada generación nos hemos enfrentado a esto. Y la generación de nuestros padres o abuelos ciertamente se encontraba en una situación geopolítica mucho más complicada y difícil. Hasta 1990, estábamos en la Guerra Fría, con un mundo dividido y superpotencias nucleares listas para aniquilar el planeta. Si das un paso atrás, una generación, caemos en 1939-45; si retrocedemos otra generación, caemos en 1914-1918. Así que lo importante para la generación más joven es comprender que la situación actual no es excepcional. La vida consiste en gestionar desastres; todos intentamos improvisar y arreglárnoslas, pero eso también significa que aún tienen cierto control sobre las cosas. Si el imperio soviético pudo colapsar sin un conflicto nuclear total, si pudo terminar pacíficamente, si pudimos salir del nazismo sin que todo el viejo mundo estuviera dominado por los nazis, bueno, hemos salido de todo eso… Y hoy, el mundo en el que vivimos tiene todos sus defectos, pero también todas estas cosas magníficas. Y lo más importante, que yo desarrollo en el libro El último neandertal, es que no hay que dejar que la generación joven tenga la sensación de que el futuro está escrito, porque si no, no se puede hacer nada. No, no, no: el mundo les pertenece.”[18]

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Creo que es un error optimista de Slimak pensar que “la generación de nuestros padres o abuelos ciertamente se encontraba en una situación geopolítica mucho más complicada y difícil”, mas pasemos por alto este detalle de su análisis. Quedémonos con la idea fundamental de que “la vida consiste en gestionar desastres”. Pero hay que ponerse a ello, los desastres no se gestionan solos…

Dejarnos caer a lo peor de nosotros mismos es el movimiento íntimo del fascismo. Pero debemos resistir cuanto podamos contra la deshumanización, el ecocidio y el genocidio.

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Volver a casa: eso es. Regresar a la casa de la humanidad que es la Tierra/ Gaia; a la casa hospitalaria que compartimos con millones de otras especies, con trillones de seres vivos fantásticamente diversos; a la casa de la que no somos propietarios, sino inquilinos, y que hemos de entregar en buen estado a las siguientes generaciones de inquilinos.

Quiero terminar leyéndoles dos poemas del gran Gary Snyder:

PARA LOS NIÑOS (p. 97 de la antología La mente salvaje)

HACEMOS NUESTROS VOTOS JUNTO CON TODOS LOS SERES (p. 137)

[1] George Monbiot, “Sleepwalking to extinction”, The Guardian, 12 de agosto de 2003.

[2] “Noruega quiere que la UE avale la extracción de crudo del Ártico”, El País, 8 de junio de 2026; https://elpais.com/internacional/2026-06-08/noruega-presiona-a-la-ue-para-que-avale-la-extraccion-de-petroleo-del-artico.html

[3] Amitav Ghosh, El gran delirio, Capitán Swing, Madrid 2026, p. 158 y 160.

[4] Ghosh, El gran delirio, op. cit., p. 61.

[5] Citado en Amitav Ghosh, La maldición de la nuez moscada, Capitán Swing, Madrid 2023, p. 163.

[6] En sólo cinco decenios (1940-1990), los estadounidenses consumieron más recursos minerales y combustibles fósiles que todos los demás pueblos del mundo a lo largo de toda la historia humana (Andrew Dobson, Green Political Thought, Unwin Hyman, Londres 1990, p. 78). En los años noventa del siglo XX, ese 6% de la población mundial consumía el 33% de la extracción anual de recursos no renovables para mantener uno de los niveles de vida y de despilfarro más altos del mundo.

[7] Christian Parenti, Tropic of Chaos: Climate Change and the New Geography of Violence, Nation Books, Nueva York 2012.

[8] https://x.com/GeoffreyLean/status/2061571873058463856 . Se apoya en Fiona Harvey, “In our 250th edition, we ask just how well the fight against climate change is really going”, The Guardian, 29 de mayo de 2026; https://www.theguardian.com/environment/2026/may/28/in-our-250th-edition-we-ask-where-on-earth-we-are-in-the-fight-against-climate-change

[9] Véase lo que cabe llamar la “trilogía del petróleo” (tres vídeos breves) de Nate Hagens: “What You Actually Need to Know About Oil: Frankly 135, 136 & 137”. https://tratarde.org/como-entender-la-actual-crisis-energetica-tres-videos-breves-de-nate-hagens/

[10] Manuel Casal Lodeiro, Las verdades incómodas de la Transición Energética, Icaria, Barcelona 2024, p. 220.

[11] Nathan J. Hagens, “Una economía para el futuro: más allá del superorganismo”, PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global 151 (2020), p. 112.

[12] “…si este Niño hace como sus predecesores, y tiene pinta de que incluso puede superarlos a todos, la temperatura del planeta subirá otro escalón de alrededor de 0’15 ºC”. Antonio Turiel, Fernando Valladares y Juan Bordera, “Tsunami de calor”, ctxt, 6 de julio de 2026; https://ctxt.es/es/20260701/Firmas/54245/artico-tsunami-ola-de-calor-chorro-polar-europa.htm

[13] Juan Bordera, “El siglo de los límites (energético y ecológico)”, conferencia en el curso de verano “Ecologismo y activismo ciudadano: 50 años de lucha ambiental desde la sociedad civil”, Universidad de Cádiz, 10 de julio de 2026.

[14] Véase Thea Riofrancos, “El nuevo orden climático mundial”, sin permiso, 17 de julio de 2026; https://sinpermiso.info/textos/el-nuevo-orden-climatico-mundial

[15] https://www.bankingonclimatechaos.org/wp-content/uploads/2026/06/BOCC_2026_vFINAL.pdf

[16] Felipe Espinosa Wang: “Proponen megamuro entre Alaska y Rusia para salvar la AMOC”, 6 de mayo de 2026; https://www.dw.com/es/cient%C3%ADficos-proponen-levantar-un-megamuro-entre-alaska-y-rusia-para-estabilizar-la-amoc/a-77069224

[17] Véase al respecto Jorge Riechmann, “Una terrible conjetura astrobiológica” en Informe a la Subcomisión de Cuaternario, Árdora, Madrid 2021, p. 62-63.

[18] Slimak, “El problema fundamental para los jóvenes es el colapso de su sistema de valores”, op. cit.

 

de paleoantropología, neandertales, inteligencias artificiales y cómo hablar a nuestros niños y niñas: prestemos atención a ludovic slimak

El carácter gregario y la capacidad de estandarización de Homo sapiens frente a unos neandertales con individualidades mucho más marcadas, dotados de cierto temperamento de artista: tal es la tesis (fascinante) del paleoantropólogo francés Ludovic Slimak.[1]

***

Quiero repasar con cierto detalle el análisis de Slimak sobre los colapsos sociales: a partir de su conocimiento de especialista sobre los neandertales reflexiona, con interesantísima perspectiva, acerca de nuestro presente. ¿Cómo colapsan las sociedades humanas?

“El colapso puede producirse mediante el encuentro de dos poblaciones. Por ejemplo, cuando los europeos llegaron a América se produjeron colapsos demográficos muy marcados, muy intensos y terribles. Efectivamente, se podría decir: ‘Miren, los colonos europeos llegaron a América y fueron portadores de gérmenes’, por ejemplo. Pero si lo analizamos en profundidad, si las poblaciones de América, los pueblos indígenas o todas las poblaciones que han estado en contacto con los europeos se han visto diezmadas, no ha sido a causa de los gérmenes. El quid de la cuestión es qué ocurre en la mente de las poblaciones que entran en contacto con otras poblaciones… Se verán desestabilizadas en sus actividades tradicionales, sus estructuras y sus valores. Su relación social con sus vecinos, sean amigos o enemigos, cambiará por completo. (…) En el momento del contacto, no se trata de conflicto, ni de ser más fuerte por tener armas, sino de que los niños se vean a sí mismos como fuertes, guapos y mejores que sus vecinos. Eso es inherente a todos los seres humanos, así son las cosas. Y esta relación es muy importante en la transmisión generacional; los niños necesitan sentirse orgullosos del sistema de valores de sus padres. Y cuando los niños ven que existen otras poblaciones que no comparten los mismos valores, que no cuentan las mismas historias, que no tienen los mismos dioses, las mismas leyendas, las mismas costumbres, pero que son objetivamente mucho más eficaces, todo el sistema… todas las historias que nos contábamos, todas esas estructuras de valores, pierden todo significado para los niños. Es un colapso de los sistemas de valores que ya no se transmiten entre los ancianos, entre padres y abuelos, y los hijos, porque los niños ya no creen en ellos.”

Esto habría sucedido al neandertal al encontrarse con el Homo sapiens, sugiere Slimak, así como en otros encontronazos culturales ya en la historia humana más reciente. “¿Qué ocurre cuando dos poblaciones se encuentran? Pues bien, el gran punto en común entre el Cuerno de África, los aborígenes de Australia y los pueblos de América es que se produce un colapso de los sistemas de valores. ¿Y por qué va a ser sustituido? Por el alcohol, el tabaco, las drogas e incluso, en el caso de los aborígenes, una especie de adicción al café y al té (…). Trabajé en Yibuti, por ejemplo, en el Cuerno de África. Lo aterrador es que en la capital de Yibuti la gente está tirada en las aceras, esperando cada mañana a que lleguen camiones con lo que se llama qat, una droga. De hecho, la gente ya no quiere vivir. Así que pasan el día, toman qat por la mañana y duermen en las aceras. La mayor parte de la población se encuentra en un estado de suicidio colectivo inconsciente. La gente ya no quiere vivir. (…) . Cuando dos poblaciones extremadamente diferentes se encuentran, y cuando una no es superior, sino más efectiva, más eficiente que la otra, induce un colapso de la sociedad opuesta.”[2]

Y ¿qué está sucediendo ahora mismo con las IA? Como en esos choques culturales anteriores, “el riesgo es interno: el riesgo de percepción de obsolescencia. No es que seamos obsoletos porque siempre somos exactamente iguales, sino que ya no creemos en nosotros mismos y, por lo tanto, tenemos una sensación de obsolescencia. Y esta sensación de obsolescencia es lo que sería extremadamente peligroso si entráramos en contacto con una inteligencia externa a nosotros. Y eso es lo que es extremadamente peligroso hoy en día en el desarrollo de las inteligencias artificiales, que se están volviendo cada vez más efectivas, cada vez más eficientes, y donde el problema son nuestros hijos. (…) Pensarán: ‘¿Para qué voy a aprender geografía? ¿Para qué voy a aprender historia? Nunca lo sabré tan bien como lo que me dice la inteligencia artificial’. Y ahí radica el colapso de su capacidad para imaginar que algún día será un buen dibujante, poeta, escritor, albañil, o lo que quiera. Ahora mismo nos enfrentamos a esto. Estamos en un momento crucial, un encuentro con otra inteligencia. Lo terrible es que estamos en un punto de inflexión, encontrándonos con una inteligencia externa a nosotros mismos, una que creamos pero que no es nuestra propia inteligencia, y que se está volviendo autónoma, capaz de auto-mejorarse sin intervención humana. El problema fundamental para los jóvenes es el colapso de su sistema de valores, el colapso de su mitología, en la que creen que ellos, los Homo sapiens son los mejores del mundo en términos de inteligencia. Y desde el momento en que perdemos esa creencia, nos colocamos, creo, en la misma posición que los neandertales hace cuarenta mil años. Los sapiens no tenían por qué ser malvados con los neandertales. Es simplemente la confrontación en la que las generaciones más jóvenes ya no quieren participar ni creer.”[3]

¿Cómo hablar, entonces a estos niños y jóvenes que crecen en un mundo de riesgos extremos? “Cuando se tienen hijos se asume una responsabilidad inmensa, titánica. Y la cuestión es no sólo en qué mundo los dejamos, sino qué palabras les damos para hablar de nuestro mundo. Y creo que a eso debemos prestar muchísima atención, ya que los colapsos se producen, de hecho, por la desesperación de los niños. (…) La realidad básica es que están en un mundo extremadamente hermoso, es una especie de pequeño oasis en un vasto vacío a millones de años luz de distancia. Y este oasis, hoy, en su estado actual, sigue siendo increíblemente hermoso. Su diversidad y belleza son absolutamente impresionantes. El segundo punto es que el mensaje que debemos darles no es: ‘Bien, ahora que están aquí, se hallan en serios problemas’. No, no es eso. Debemos ofrecerles una perspectiva diferente, una en la que les digamos que cada generación nos hemos enfrentado a esto. Y la generación de nuestros padres o abuelos ciertamente se encontraba en una situación geopolítica mucho más complicada y difícil. Hasta 1990, estábamos en la Guerra Fría, con un mundo dividido y superpotencias nucleares listas para aniquilar el planeta. Si das un paso atrás, una generación, caemos en 1939-45; si retrocedemos otra generación, caemos en 1914-1918. Así que lo importante para la generación más joven es comprender que la situación actual no es excepcional. La vida consiste en gestionar desastres; todos intentamos improvisar y arreglárnoslas, pero eso también significa que aún tienen cierto control sobre las cosas. Si el imperio soviético pudo colapsar sin un conflicto nuclear total, si pudo terminar pacíficamente, si pudimos salir del nazismo sin que todo el viejo mundo estuviera dominado por los nazis, bueno, hemos salido de todo eso… Y hoy, el mundo en el que vivimos tiene todos sus defectos, pero también todas estas cosas magníficas. Y lo más importante, que yo desarrollo en el libro El último neandertal, es que no hay que dejar que la generación joven tenga la sensación de que el futuro está escrito, porque si no, no se puede hacer nada. No, no, no: el mundo les pertenece.”[4]

***

Creo que es un error optimista de Slimak pensar que “la generación de nuestros padres o abuelos ciertamente se encontraba en una situación geopolítica mucho más complicada y difícil”, mas pasemos por alto este detalle de su análisis. Quedémonos con la idea fundamental de que “la vida consiste en gestionar desastres”. Pero hay que ponerse a ello, los desastres no se gestionan solos…

 

[1] Véase su libro El último neandertal en ed. Debate. Véase también esta entrevista: https://elpais.com/ciencia/2026-02-15/ludovic-slimak-sobre-los-neandertales-fue-un-suicidio-los-humanos-desaparecen-porque-sus-valores-se-vienen-abajo.html

[2] Ludovic Slimak, “El problema fundamental para los jóvenes es el colapso de su sistema de valores” (entrevista), La Tercera, 18 de julio de 2026; https://www.latercera.com/mundo/noticia/ludovic-slimak-paleoantropologo-frances-el-problema-fundamental-para-los-jovenes-es-el-colapso-de-su-sistema-de-valores/

Sigue explicando el paleoantropólogo francés: “Se trata de personas que vienen —no de la ciudad de Yibuti, sino de poblaciones nómadas que vivían en los alrededores, en el Cuerno de África— y cuyo sistema de valores se ha derrumbado por completo. Piensan: ‘Voy a la ciudad, voy a Yibuti, voy a encontrar la buena vida, la vida fácil’. Luego piensan: ‘Vamos a Yemen’. Y después van a Europa. Y cada vez, dicen: ‘Vamos a encontrar la buena vida’. Y cada vez intento explicarles: ‘Pero sólo están empeorando las cosas. Si van a Yemen, serán esclavos’. Son poblaciones tradicionales que viven un estilo de vida nómada. Y de repente, llegan a la ciudad, y lo único que les espera allí no es la buena vida, sino las drogas y el colapso. No hay nada que hacer. Nadie los espera…”

[3] Slimak, “El problema fundamental para los jóvenes es el colapso de su sistema de valores”, op. cit.

[4] Slimak, “El problema fundamental para los jóvenes es el colapso de su sistema de valores”, op. cit.

un retrato de paco fernández buey en un libro recién publicado

En su libro Apocalipsis y democracia (un interesante tratado de trumpología y thielología), el profesor de la UPF Jordi Ibáñez Fanés evoca, sin decir que se trata de él, a Paco Fernández Buey. “En el departamento de la universidad teníamos a un colega, un hombre muy querido, un tipo hecho de una pieza él y sus ideales, y un buen colega en el sentido cada vez más infrecuente de buen compañero, que no desaprovechaba la ocasión para decir, en seminarios o en encuentros con un público más o menos restringido, que él en lo que creía era en ‘la revolución mundial’, cosa a la cual todos solíamos responder, a veces mentalmente, con un ‘¡y olé!’. Más allá de eso, nada. Coraje sí, compromiso social también, dedicación a los desvalidos, mucha y discreta, sin exhibicionismos. Pero más allá de eso, nada. Alguna maquinación de grupúsculo, alguna enésima equivocación táctica, y nada más. Un día le reproché, cordialmente, que su posición parecía siempre atrapada en una fase prepolítica, y me reconoció que era así porque él, que se había jugado la piel en los últimos años del franquismo, de la política estaba muy desencantado, y porque tampoco veía cómo pasar a la acción si esa acción había de ser, fatalmente, violenta, y la violencia no es ensuciar una fachada o quemar un contenedor, sino matar personas. La alternativa, por tanto, era un trabajo social de base, un cultivo en los márgenes, una labor de mantenimiento. He pensado mucho en la mezcla de fe y melancolía, de disciplina y desencanto, de optimismo de la voluntad y pesimismo de la inteligencia que transmitía ese colega –muy gramsciano, en efecto–. (…) Pero como los fantasmas sólo se aparecen de noche, por eso de noche soy revolucionario, para poder conversar imaginariamente con él, y de día deshago todo lo que mentalmente he cosido poniéndome en modo reaccionario”.[1] La mezcla de incomodidad, extrañeza y admiración que el profesor del Departamento de Humanidades de la UPF expresa en este párrafo es una buena muestra de la clase de reacción que un comunista verde (un ecosocialista consecuente) como Paco provocaba en sus entornos académicos, en los años finales del siglo XX e iniciales del siglo XXI.

Qué soledad, la de alguien como él, en una sociedad como la nuestra…

 

[1] Jordi Ibáñez Fanés, Apocalipsis y democracia, Tusquets, Barcelona 2026, p. 196.

sobre deseos poscapitalistas

Jordi Ibáñez Fanés, hablando en clase de Mark Fisher y su intento de teorización de los deseos postcapitalistas, pregunta a sus estudiantes de la UPF: “¿Os dais cuenta de que sólo la Iglesia católica –no la putrefacta y la hipócrita, no la opusiana, oscura y sectaria, no la corrompida por la libido dominandi, sino la parte que podemos imaginar como auténticamente cristiana– es la única que tiene un discurso alternativo al discurso capitalista sobre los deseos?”.[1] Pero no es así: también el ecologismo consecuente plantea un discurso (poderoso aunque minoritario) alternativo al discurso capitalista sobre los deseos. En mi caso, puedo remitir a la propuesta de ecologismo epicúreo que planteé hace tiempo…[2]

 

[1] Jordi Ibáñez Fanés, Apocalipsis y democracia, Tusquets, Barcelona 2026, p. 163.

[2] https://ecopolitica.org/hacia-un-ecologismo-epicureo/

sobre las raíces ideológicas que frenan la acción climática en españa

https://link.springer.com/epdf/10.1007/s13412-026-01127-7?sharing_token=PensUZF3aEmv6f5ScqeRRve4RwlQNchNByi7wbcMAY5JewY9D3nZ4n04aEWdWf9GBj-MahOeMPrNB_4AGxZDtPG083ussr0dNL15a3eKMR6lIyF2zrAKdWItYZO7iiCJO3xM_q_H0d2_WNO3SA344x5S0PTf-7GsfpL1Yg_a3jE%3D

Fernando Valladares: «Existe cierto pudor a entrar en temas políticos desde el ámbito científico. Sin embargo, corren tiempos urgentes con un cambio climático que en tan sólo cinco días de la última ola de calor ha matado a más de 300 españoles y a más de 1200 franceses.

Un equipo de investigadores [de GHECO] liderado por Carolina Yacamán Ochoa, de la Universidad Autónoma de Madrid, ha puesto al descubierto las raíces ideológicas que frenan la acción climática en España en un trabajo publicado en la revista científica Journal of Environmental Studies and Sciences. Combinó una encuesta nacional a 1003 ciudadanos residentes con derecho a voto con un análisis cualitativo de los programas electorales de 2023.

El diagnóstico es contundente porque demuestra que la polarización política ha convertido la emergencia climática en un campo de batalla donde la ideología pesa más que el consenso científico de más del 99%. Mientras que casi la totalidad de los votantes de Sumar y el PSOE reconocen la gravedad de la crisis, sólo el 31% de los simpatizantes de Vox la considera una emergencia real frente al 58% que cree que el problema ha sido exagerado.

El estudio disecciona cómo Vox despliega una estrategia de obstrucción primaria al rechazar tratados internacionales y presentar la regulación ambiental como una amenaza a la soberanía nacional y al orden social tradicional. Por su parte el Partido Popular opta por un modelo de retardo basado en la gestión administrativa y la innovación tecnológica sin establecer metas de reducción de emisiones vinculantes.

Incluso en el espectro de la izquierda, el PSOE y Sumar se mantienen anclados en un paradigma de crecimiento verde y soluciones tecnocráticas que evitan abordar la necesidad de reducir el consumo de energía y materiales. Los datos revelan una contradicción social explosiva puesto que el 70,5% de los españoles reconoce que será difícil abandonar su actual nivel de vida para proteger el entorno.

Los autores concluyen que el retraso climático no es una simple cuestión de ignorancia sino una característica estructural de la democracia capitalista que prioriza el beneficio individual y el crecimiento perpetuo. Este entramado de intereses se apoya en un optimismo tecnológico ciego que sirve para posponer reformas radicales bajo la promesa de innovaciones futuras que nunca llegan a compensar el impacto ecológico.

La consecuencia directa de esta parálisis política es una degradación institucional que incrementa la vulnerabilidad ante desastres tal como quedó demostrado con la falta de prevención en las inundaciones mortales de la DANA 2024 y como ahora lo muestra la extraordinaria ola de calor. En definitiva, la transición ecológica solo será posible si se neutralizan las acciones políticas obstructivistas o retardistas y se transforman radicalmente las estructuras de poder que hoy sostienen el extractivismo y la dependencia de los combustibles fósiles.»

un diálogo con amador fernández-savater sobre ‘ecoespiritualidad para laicos’

https://loimposible.net/numero-2/taller-filosofico-ecoespiritualidad-para-laicos

A lo largo del curso 2024-25, en el marco de los talleres de “filosofía pirata” que tienen lugar cada año en el centro de artes La Praga, un pequeño grupo de personas se reunió quincenalmente para pensar el tema de la “espiritualidad política” a partir de textos de Pierre Hadot, Michel Foucault o Simone Weil. Desde los ejercicios espirituales y de cuidado de sí, hasta los ejercicios de atención como amor indirecto a Dios, meditamos en compañía en qué podía consistir una espiritualidad política, materialista, a día de hoy. El último tramo del curso lo dedicamos a leer autores que proponen cierta “santificación de la materia”, el reencantamiento del mundo, la actualidad del animismo, tales como Silvia Federici, Achille Mbembe, el papa Francisco y, finalmente, Jorge Riechmann. Leímos durante algunas sesiones fragmentos de Ecoespiritualidad para laicos (El Desvelo Ediciones) y, luego, a través del vínculo personal con Jorge, aprovechándonos de su generosidad y disposición al intercambio, compartimos nuestras impresiones y reflexiones con el autor en una charla informal. Catalina Martínez Muñoz, traductora y miembro del grupo, hizo espontáneamente la transcripción de esta conversación que ahora, editada por la revista, se comparte públicamente en Lo Imposible. Amador Fernández-Savater

Jorge Riechmann: Ecoespiritualidad para laicos (El Desvelo, sendas ediciones en 2024 y 2025) parte de nuestra experiencia contemporánea de crisis ecológica y de civilización. Creo que es un fin de mundo, aunque nos cuesta mucho asumir esta perspectiva. Además de tener que hacer frente a esas dimensiones abismales de confrontación con la muerte, la finitud, la fragilidad humana, las formas de fracaso y todo esto que las formas de espiritualidad ya han ido abordando en el pasado, nos tocaría ahora abordar preguntas como qué hago, no ya con la muerte individual o la de las personas cercanas, sino con la muerte civilizatoria. Esto es difícil de elaborar; yo llevo unos cuantos años con ello. Por ahí los dos grandes asuntos, las dos grandes dimensiones de las espiritualidades y de las ecoespiritualidades, tienen que ver por un lado con esas vivencias de conexión con otros seres y con la red de la vida, y por otra parte con el descentramiento del ego, el sentirse y vivirse como uno más entre los Diez Mil Seres de la tradición china y no ordenar el conjunto de todo en torno a los egos individuales. Casi todas las tradiciones sapienciales señalan estos dos elementos, aunque en mi caso planteo una ecoespiritualidad para laicos.

En la última parte del libro —que, como habéis visto, es un “cuaderno de apuntes” y así se subtitula— están además esas aproximaciones a la poesía, que ha sido, desde que tengo uso de razón, la manera de ir avanzando y entendiendo un poco de este mundo grande y terrible, como decía Antonio Gramsci.

Amador Fernández-Savater: Una sensación que tuve cuando te leímos fue que, dentro de la reacción de alarma, había algo de propuesta de vida buena. Esas ecoespiritualidades, ¿cómo se plantean? ¿Como una resistencia? ¿Como un modo de vida post fin de mundo? ¿Como maneras alternativas de habitar el mientras?

J.R.: Diría que una de las vías para hacer frente a una situación casi inasumible, que nos desborda por muchos lugares, sería la aproximación que hago a veces entre las figuras de Kant y de Gerónimo, tan disímiles pero que tienen ese punto de contacto de hacer lo que sentimos que hay que hacer, lo que se nos da como un deber, un poco por fuera de la razón instrumental, tan convencida de sus metas y victorias políticas. Eso por una parte. Y luego están las perspectivas, las posibilidades de que en esas vivencias, situaciones o prácticas de conexión logremos una forma de vida mejor, aunque las circunstancias que nos toque vivir sean ominosas. Y esto, en efecto, son propuestas de vida buena.

Jaime: A mí esta lectura me pareció gozosa. Me gustó mucho el fragmento de la sindicalista estadounidense que va con la bici, se cae en un bache y se rompe un dedo, y su nieta lo primero que aprende a decir es que «la abuela se cae». Y ella reflexiona y piensa: «Claro, eso es lo que he hecho toda mi vida. Caerme y volverme a levantar». Me gustaba pensar que realmente la señora se va a seguir cayendo, porque el bache sigue ahí, pero se levanta con alegría, coge la bici y continúa.

Catalina: Tirando de este mismo hilo del caerse y levantarse, a mí me ha gustado algo que dices: recoger los pedazos y construir con ellos un mosaico diferente. Me parece una propuesta muy bonita y muy esperanzadora teniendo en cuenta que eres bastante pesimista, todo hay que decirlo. Una de las cosas que nos anima es la búsqueda de una esperanza sabiendo que el momento es efectivamente dificilísimo. Toda la producción de conocimiento va en una línea que no nos invita nada al optimismo, pero sí creo que hay motivos para la esperanza.

J.R.: Sí: ahí están los casos de Emily Dickinson, Goethe o Rousseau: esa capacidad de hacer pie en lo que yo llamo el ahí, y ser capaces de experimentar el puro goce de existir. Es una posibilidad accesible casi siempre. Salvo cuando estamos aquejados por un dolor muy intenso, tenemos una conexión siempre posible con lo que se podría llamar lo abierto. Eso es importante no perderlo de vista en las situaciones duras.

A.F-S.: Yo creo que tenía sentido empezar este taller con Pierre Hadot, porque hay algo en su idea de que la transformación del ser humano como algo complejo. ¿Cómo es posible no sentir el goce puro de existir? ¿Cómo es posible que olvidemos verdades tan evidentes y estemos enganchados a una mala vida; a hábitos tan destructivos para nosotros mismos, para los demás, para el planeta? Me viene la experiencia del psicoanálisis que dice que el ser humano es un bicho con todos sus afectos por un lado, pero también con todo su potencial de destrucción. Yo encuentro un punto ciego en el ecologismo, que tiene toda la verdad de su parte pero es incapaz de tocar el deseo, este deseo ambiguo por el que olvidamos verdades evidentes como gozar de la vida en lugar de acumular mil cosas que nos llevan a no estar atentos a lo que está pasando. Me parece que en tu libro hay un intento de preguntarnos cómo podemos aterrizar eso. A mí la cuestión de los ejercicios espirituales me interesó por eso: tiene que haber prácticas de transformación que nos incorporen las verdades. Esa es un poco la línea de Pierre Hadot. La filosofía no solo tiene que ser verdades, sino también prácticas que nos incorporen y que nos cambien. Esta discusión la he tenido a veces con Yayo Herrero. Yo la escucho y digo: por favor, obedezcámosla todos. Pero veo que la razón no alcanza. ¿Cómo podríamos transformar algo que es inquietante de lo humano, que es: «No tengo por qué hacer el bien. Por muy informado que esté de lo que es bueno para mí, no lo voy a seguir porque estoy enganchado a otras vibraciones, a otras intensidades, a otras pasiones»?

J.R.: Coincido bastante con lo que sugieres. Lo que hace falta es combinar la dimensión de las necesidades y la de los afectos, con toda la complicación que eso tiene. Hemos de conservar los aspectos de crítica, que son necesarios, como los anclajes y las potencialidades de la razón. No una Razón con mayúsculas, sino como formas de racionalidad ecológica relacionadas con distintos valores. Y al mismo tiempo no nos basta con ese acumular conocimientos y hacer buenos análisis. Tenemos deseos contradictorios, entre ellos algunos que son absolutamente dañinos para nosotros y para los demás, y ahí hace falta un trabajo de depuración. Hemos de lograr deseos capaces que puedan ser más fuertes, que puedan contrarrestar esos deseos indeseables. Por eso es tan importante el trabajo sobre uno mismo. La propuesta de Hadot me parece muy convincente. Siempre incluyo una parte de la práctica de sus ejercicios espirituales.

A.F-S.: Yo creo que tu libro sí contagia otro deseo a través de la poética.

Onaney: Me ha gustado mucho esa parte en la que hablas de la cultura. Lo conectaba con una polémica que he visto hoy en Instagram: ¿por qué se teme hoy más a los artistas que a los activistas en algunos ámbitos de la cultura? Pensaba en esa cultura como una herramienta muy poderosa para ir más allá de la razón y enganchar con la emotividad, para hacernos corpóreos y sentir ese respeto y esa conexión con lo natural, que lo sintamos como un concepto y no como algo que tenemos que hacer porque es bueno. Me ha gustado esa defensa de la cultura para hacer frente a la muerte, que puede ser una herramienta muy útil junto a esos ejercicios de espiritualidad.

Marina: Hablas mucho de los ejercicios espirituales, que en tu caso son en un contexto de campo, de esa conexión con la naturaleza, de detalles como coger una piedra, saludar a los pájaros y los árboles por su nombre. Yo intentaba llevarlo a mi contexto urbano imperfecto —el de Madrid, que no es una ciudad ideal— y me pregunto si esas conexiones se pueden hacer en un entorno hostil. No sé si es un engaño, pero yo estoy encantada con la ciudad y sus contradicciones. A mí es algo que me aporta… no sé si espiritualidad es la palabra. Por ejemplo, me enriquece la luz que se refleja en mi casa a las seis de la tarde; entra en mi salón de una manera que a mí me gusta. Disfruto de ese momento. O de los parques ordenados y plantados. No sé si crees que hay resquicios para encontrar esa forma de vida buena, o esa armonía. Yo no quiero irme a vivir al campo. Mi ejercicio es conectar con mi trayecto de bus todos los días.

J.R.: Sin duda, la ecoespiritualidad también es para urbanitas. Yo soy de Madrid, ahí he vivido la mayor parte de mi vida (y también en otras ciudades grandes como Berlín, París o Bruselas). En mi caso lo importante es que desde niño —mis padres eran montañeros— subíamos todos los sábados a la Sierra de Guadarrama. Esas montañas han sido para mí un paisaje de infancia. También pasábamos vacaciones en Pirineos, en tienda de campaña o en caravana, casi todos los veranos de mi infancia y adolescencia. Creo que esa posibilidad de conexión con estos ecosistemas es muy importante. Esa posibilidad de conectar con las cosas más sencillas en la vida cotidiana se puede dar en cualquier lugar, quizá no tan fácilmente en unos como en otros. Hay textos de Teresa de Jesús… O de Emanuel Swedenborg —uno de los místicos más arrebatados acá en Europa, para quien la cosa comenzaba con cierto reflejo de luz sobre una berenjena en la mesa de una cocina. Desde el ecologismo hablamos de renaturalizar, y hay que hacerlo: pero no pensando sólo en espacios más o menos silvestres. También en nuestros barrios y campos de cultivo.

Magdalena: Yo he nacido en un pueblo agrario y he vivido esa influencia. Para mí una cosa es la observación estética y otra la conexión con la naturaleza, que tiene que ver más con un cuidado, con una necesidad. Mi experiencia es mirar al cielo para ver si llueve o no llueve, para saber si algo se hace o no se hace. Para mí la conexión tiene que implicar un nivel de responsabilidad, más allá de la mera observación. A lo mejor falta esa relación.

A.F-S: Me contaba el otro día un tinerfeño que hay toda una disputa con la crisis ecológica en las islas. Y decía que, al mismo tiempo que hay una conexión con el territorio, también surgió una polémica muy fuerte porque unos chicos habían hecho vivac en cierta zona. Él decía que quería defender una ecología que nos permita afectarnos mutuamente, en la que pueda haber una relación que no sea una naturaleza convertida en un paisaje de postal. Creo que la relación ecológica puede estar en tener una relación de uso no instrumental, no depredador.

Magdalena: La campiña cordobesa es una zona muy bonita y un ejemplo de cómo el ser humano y la naturaleza han colaborado en un buen diseño: hay monte, pasto y árboles de corcho. Se diseñó en forma de interconexión: yo cuido lo justo y necesario para que también me cuiden. La gente de campo dice que «hay que observarle el jugo, la sustancia». ¿Hay que podar? Bueno, antes de podar hay que ver la sustancia cómo va. Hay que observar con respeto.

Fernando: Hay una simbiosis entre el hombre y el paisaje.

J.R.: Lo que nos complica mucho la vida es que una dimensión esencial, probablemente la dimensión esencial de la crisis ecosocial, es la extralimitación. Somos ocho mil doscientos millones de seres humanos con formas de vida muy invasivas, y todo eso ha sucedido muy rápidamente. Por poner un ejemplo sencillo: Cercedilla recibe ahora cientos de miles de visitantes al año. Es un pueblecito de siete mil habitantes. Cuando yo iba por allí de niño había muy poquita gente. Ahora la presión humana es enorme. El resultado conjunto es que chocamos contra los límites biofísicos de la Tierra con mucha violencia, y estamos mucho más allá de lo que sería sustentable. Eso hace que la relación con la naturaleza silvestre sea también diferente. Sobre la anécdota de los chavales que hacían vivac, a lo mejor era dentro del Parque Nacional. Yo también soy partidario de un mundo en el que se pueda hacer vivac en el monte sin demasiado problema, pero si doscientas mil personas se ponen a hacer vivac en un espacio reducido la cosa no es la misma.

A.F-S: La anécdota fue esta, luego la conversación entre los dos derivó en esta idea que se tiene en Galicia y en Cantabria de cuidar los montes si se vive de ellos. Parece como si parte de la solución pudiera ser retejer esa relación, no solo la contemplativa, sino también la de las formas de vida que necesitan algo de ese entorno y por tanto lo cuidan.

J.R.: Claro, pero es que eso también ha cambiado con una rapidez enorme en los últimos decenios. En Europa ya no hay prácticamente campesinado. Ese es el proceso que ha narrado tan bien John Berger en la trilogía De sus fatigas, esas novelas admirables. Las formas de vida del campo y la ciudad se homogeneizan; las prácticas y los imaginarios son cada vez más parecidos. El elemento de alteridad hay que planearlo de forma un poco diferente. Ahora estamos en plena batalla ecológica y cultural por cómo convivimos con animales como los osos o los lobos. La convivencia es posible: son viables formas de ganadería extensiva con ellos, pero exige más trabajo, estar mucho más pendiente de tus animales ahora que nos hemos acostumbrado a tener en el campo la comodidad urbana. Este aspecto, la cuestión de la comodidad, puede parecer un poco trivial pero no lo es para nada. Y esto sucede en general con la agroecología.

Antes os referíais a los huertos. El huerto o jardín es un espacio singular y privilegiado. La experiencia más cercana de reconciliación cultura-naturaleza es la del huerto, que además sugiere una imagen paradisiaca en los textos de nuestras tradiciones judeocristianas, de Oriente Próximo, Persia… Aquella ruptura enorme que fue la revolución neolítica, la domesticación de plantas y animales y el pasar a vivir como agricultores, se dio en un momento histórico largo: siglos, quizá más de un milenio. Se tarda ese tiempo, según las distintas regiones de estas comunidades neolíticas, en dejar de ser recolectores y cazadores para ser campesinos. En una primera fase sigue habiendo comunidades muy igualitarias aunque ya sean agricultores, y luego ya sí que se produce el desastre civilizatorio que va en aumento hacia un mundo de formas de desigualdad social cada vez más estratificadas, con diferenciación en castas y en clases, con ejércitos permanentes, con patriarcado, con Estados o Imperios… La historia de los últimos cinco mil años. Pero antes de eso, y después de aquella primera etapa de comunismo primitivo de los pueblos de cazadores y recolectores, hay un lapso de unos cuantos siglos, quizá más de un milenio, de aldeas neolíticas igualitarias. Es un momento que conviene no perder de vista.

Están los huertos-jardines, pero también el bosque, los espacios naturales (que no hay que pensar como libres de impronta humana, porque absolutamente todo en este tercer planeta del Sistema solar ya está modificado por los seres humanos). Pero hay una diferencia entre ecosistemas funcionales en los cuales las dinámicas evolutivas pueden seguir su curso o la desaparición o la degradación de suelos y ecosistemas. Ahí está todo el debate sobre renaturalización y resilvestración en el que andamos. Yo soy partidario de estas estrategias, pero creo que no hay que pensarlas como espacios naturales donde los seres humanos no podrían participar o no deberían tener acceso, sino más bien como procesos que tendrían que darse también en las ciudades, los barrios y los campos de cultivo. Por eso en cualquier estrategia que podamos pensar de transición ecosocial o transformación ecológica la cuestión de la agroecología es muy importante.

Jaime: Yo quería contar una anécdota. Mi padre es de un pueblo de Toledo precioso. Él tiene ahí muchos colegas y yo me he ido con ellos al campo a trabajar. Ellos no conciben ir al campo a pasear, y son reflejo de mucha gente del pueblo. Hay una sierra preciosa pero la gente del pueblo no sube a la sierra: subimos los de fuera. Con esto quiero decir que vivir en el campo no garantiza que tengas una sensibilidad medioambiental. Las estrategias ecoespirituales deberían ir de la mano con las estrategias para cambiar los deseos. También entiendo que esta gente ha vivido una vida muy dura. Primero cultivaban de una manera, luego vino la revolución agraria y empezaron a usar productos químicos, y ahora venimos los hijos, señoritos de la ciudad, a decirles que no pueden hacerlo.

Magdalena: Tal como yo lo vivo, el problema del campo es que se ha convertido en una explotación. En Jaén dan subvenciones para cambiar olivos por placas solares. Pero también creo que eso tiene que darse. La diferencia está en abusar. Creo que tendría que evitarse la sobreexplotación, tiene que haber una regulación de porcentajes de terreno para explotar y otros terrenos libres. Dedicar un porcentaje a cada cosa. Entiendo que unos lo ven como un espacio bello y otros como un espacio de trabajo. Y no pasa nada porque no tengan esa conexión con la naturaleza.

José: Yo lo que he visto en mi familia (que es de Extremadura y ha vivido siempre en el campo) es que el neoliberalismo ha hecho mella. Yo he vivido esa familia de pequeño y he estado a pie de producción y veo ahora a mis primos, que son los que han continuado, y la codicia en el centro, que es totalmente salvaje. Creo que el neoliberalismo es transversal y en el mundo rural está tan presente como en la ciudad. Tú, Jorge, planteas el tema del tiempo, un tema que me interesa mucho. Dices que habría que rebajar el ritmo. ¿No habría que buscar otra modalidad, más que bajar revoluciones? Creo que sería la misma máquina haciendo lo mismo pero más despacio.

J.R.: Algo de eso hay, desde luego. En alguna parte de este librito recojo un verso de Unamuno que habla de «vivir al día en lo eterno». Eso no es bajar revoluciones sino conseguir —al menos en ciertas circunstancias— vivir fuera del tiempo. Y esto no es ningún arrebato místico. Se nos da en la experiencia muy habitual de absorberse en algo, de embebecerse, que es un buen verbo castellano, de tal manera que estás tan dentro de una actividad que pasan las horas y no te das cuenta. Quizá es una experiencia que se da con más facilidad en el trabajo artesano, pero también en la lectura o en la conversación, en el estar absorto en una tarea. Yo le concedo mucho valor a la posibilidad de vivir de esa manera. Ahí está esa elaboración que se hace a veces en filosofía, lo que llamamos las actividades autotélicas, que tienen en sí mismas su propio fin, que son satisfactorias en sí mismas; no las hacemos buscando ninguna otra cosa sino porque en sí mismas tienen sentido. Por ahí llegaríamos también a esta idea de una crisis de sentido, la cuestión del nihilismo, que no es poca cosa en nuestras sociedades.

A.F-S.: ¿Cómo piensas el nihilismo, Jorge? Danos alguna idea sobre eso.

  1. R.: Habría varias formas de acercarse. Fenómenos de indiferencia creciente ante la destrucción de lo que nos parece bello, bueno o muy valioso. Formas activas de nihilismo en élites que tienen información suficiente de que podemos estar destruyendo la habitabilidad de la Tierra no en un plazo muy largo y, sin embargo, siguen actuando de la misma manera. Formas en capas más pasivas de la población donde la vivencia de sinsentido enseguida se obtura y se canaliza hacia toda clase de distracciones. La idea, que me parece importante, de hipernormalidad. La manera en que se responde al agravamiento de la crisis ecológico-social (no sólo climática) con una dosis de autoengaño mayor, en diversos niveles de la sociedad: disonancia cognitiva a gran escala. Yo vivo el nihilismo como un fenómeno generalizado y muy poderoso en nuestras sociedades: ese existir sin un horizonte. Volviendo otra vez a la crisis ecosocial, no cuesta mucho, cuando hablas con alguien y escarbas un poco, llegar a un tipo de conciencia del «Sí, ya sé que nos estamos cargando el planeta pero ¿qué le vamos a hacer? Es lo que hay». Las cosas se aceptan así…

A.F-S.: Negamos lo que está pasando, aunque conlleve nuestra destrucción. Ese nihilismo como negacionismo, ¿es más una cuestión de insensibilización, como una anestesia, no sentir que eso está en marcha para no tener que hacernos cargo?

José Luis: En relación con esto planteas esa disyuntiva de «hacer como si hubiera tiempo» y actuar fuera del tiempo. Dices que es la única actitud moral, pero a mí me queda un poco la angustia o la duda de si el ser humano está capacitado para vivir pensando que no hay tiempo. Incluso pienso que los animales no tienen esa sensación. Y también pienso, ¿no puede ser eso perjudicial? Si a la gente le dices que no hay tiempo, apaga y vámonos. También hablas de que hay que dar un poso de esperanza, y dices que la esperanza es conocimiento y a la vez enfrentarse a la situación.

Manane: Biológicamente, como seres vivos, somos autopoiéticos y moleculares. Y molecularmente podemos decir, desde lo humano, que tenemos cinco mil millones de años. Me parece muy bonita esta idea de que no hay tiempo porque no hay futuro, y como no hay futuro, tengo que estar en ese «vivir al día en lo eterno» de Unamuno, en el presente continuo cambiante que es lo vivo. Para mí lo vivo, ese presente continuo cambiante, esto molecular que en realidad es lo que nos une ahora mismo —carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y una serie de eventos químicos—, es lo espiritual, el punto en el que podemos tener una comunión también en el sentido de comunicarnos.

J.R.: Yo me refiero también a esa situación en la que encontramos ciertos aspectos de humanidad común que podemos situar en esa suerte de despertar —que pensaba Karl Jaspers— que se da en la Era Axial o el Tiempo Eje. En esos siglos que, por simplificar, median entre Zoroastro y Jesús de Nazaret, en los cuales varias culturas abren los ojos a ciertos aspectos muy disfuncionales de la condición humana. ¿Cómo conviven, entre sí y con las Diez Mil Criaturas, seres tribales con conciencia de su propia finitud y mortalidad? Los sabios de la Era Axial planteaban un horizonte posible de convivencia del conjunto de la humanidad que sigue siendo en cierta manera la tarea pendiente, el horizonte que hoy todavía nos interpela. En algún momento me refiero también a Kolm, este filósofo y economista francés que escribió un libro impresionante sobre el budismo, Le Bonheur-Liberté (La felicidad-libertad), reivindicando la necesidad de un budismo occidental.

En fin, esos son caminos abiertos y muy importantes. Pero no parece que las mayorías sociales estén encaminándose por ahí. Y ese «no hay tiempo» al que José Luis se refería es un poco diferente, porque tiene más que ver con esa idea de un futuro abierto u ocluido; esa posibilidad de fin de mundo que es real y que no se ha dado en momentos anteriores de la historia de la humanidad, quizá con la única excepción —hipotética, no sabemos bien lo que ocurrió— en el que hubo una posibilidad de extinción de los animales que luego hemos llegado a ser Homo sapiens, como un cuello de botella evolutivo en el sur de África. Pero bueno, si fue así ni siquiera se enteraron. No se vivía como ahora, que estamos todas las semanas pendientes de todas las medidas de los satélites de los niveles de dióxido de carbono. Por primera vez, en abril de 2025, hemos tenido 400ppm de dióxido de carbono en la atmósfera. Nunca ha habido seres humanos, ya no Homo sapiens, ni siquiera seres del género homo, que hayan vivido con esos niveles de CO2 en la atmósfera, que están creciendo muy rápidamente. El avance del calentamiento global es una dinámica con potencial de extinción humana. No sabemos muy bien lo que va a pasar, pero hay bastantes elementos para pensar que si llegamos a 2050, 2070, 2080 con aumentos de la temperatura de tres o cuatro grados por encima de las temperaturas preindustriales se pueden poner en marcha procesos que conviertan la Tierra en un espacio inhabitable para los seres humanos en un plazo de lustros o de decenios. Que eso sea posible, y que nosotros lo estemos haciendo de esta manera, es una cosa inédita en la historia de la humanidad. Que no haya ya una cadena de generaciones garantizada a partir de nosotros, que pueda no haber seres humanos dentro de un siglo es una cosa impresionante. El «no hay tiempo» se refiere más bien a ese horizonte.

José Luis: Pero ¿tú crees que el ser humano es capaz de asumir esa tesis? ¿O necesita como el aire tener un hilo de salida?

J.R.: No es que no haya salida. No es que de manera inexorable estemos condenados a autoextinguirnos. La posibilidad de acción humana no desaparece. Hay cierta polémica, desde hace ya algún tiempo, sobre que no podemos autoengañarnos, que nos toca intentar asumir esas realidades, aunque sean insoportables, para luego ver qué hacemos, no para quedarnos de brazos cruzados.

Fernando: Yo me pregunto por el prefijo eco, que pones por delante de espiritualidad, y si con ello quieres decir que sería un prefijo para este momento preciso de esa crisis, tal como lo acabas de describir. ¿Qué añadiría de nuevo esta espiritualidad a esa tradición sapiencial a la que hacías referencia?

JR: Acaban de traducir un libro, Futuro ancestral de Ailton Krenak, un pensador y activista amerindio de Brasil. Hay que prestar atención a todo este mundo de ecoespiritualidades de los pueblos originarios, de los pueblos indígenas, que en algunos puntos enlaza muy directamente también con una conciencia ecológica moderna. Y hay otras figuras clave de mediadores entre culturas que tienen un planteamiento impresionante, como Eduardo Viveiros de Castro o Eliane Brum.

Cuando hablamos de un fin de mundo no hablamos del fin del mundo, porque la vida va a seguir adelante con nosotros o sin nosotros en el planeta Tierra en sus niveles más básicos; lo más importante y elemental de la vida seguirá adelante porque la vida es súper resistente. Es un fin de mundo en el sentido de una civilización que realmente no tiene porvenir porque está construida sobre bases que no aguantarán. Y vivimos un tiempo de extinción: por eso hablamos de la Sexta Gran Extinción en curso. No estoy diciendo ni que tenga que suceder ni que sea probable o muy probable, pero esa posibilidad de mundo sin seres humanos es real, y de alguna forma tenemos que intentar pensarla. Lo que subrayan Brum o Viveiros de Castro es que esa experiencia tremenda de fin de mundo la han vivido los pueblos amerindios desde el siglo XVI en adelante. Un continente entero del que desaparecieron ocho o nueve de cada diez indígenas en un plazo de 150 años es sin duda un fin de mundo. Y sin embargo ahí siguen esos pueblos originarios, y con formas de relación con la tierra donde apreciamos elementos culturales que —sin hacer ninguna transposición directa ni inmediata— podemos decir que son muy valiosos. Economías del don y culturas de la reciprocidad, sin ir más lejos.

Desde ahí, podemos saludar la noción de indigenación o de indigenarse. Etimológicamente indígena significa “nacido aquí”, o sea que todos somos indígenas del lugar de donde provengamos. Y pensando en cómo se hace frente a un final de mundo, en el caso de los krenak —que son una etnia que estuvieron a punto de desaparecer, en Brasil— con esa combinación de matar a una parte, desarraigar a otra y luego intentar aculturar a los pocos que quedaban; pese a lo cual parece que se han mantenido. Pero después de haber vivido todo ese proceso con la colonización, encima sufrieron hace no tanto, en los noventa, la peor de las catástrofes industriales que ha padecido el país: la rotura de una balsa minera enorme que se llevó por delante la cuenca entera de un río hasta el mar, que era el río de los krenak, el río Doce. El tipo de respuesta y de reflexión que desarrolla Ailton Krenak a partir de esas circunstancias es muy impresionante. Y no es el único. Ahí tenemos también en ese papel de mediación cultural a Robin Wall Kimmerer, de quien se han traducido un par de libros: Una trenza de hierba sagrada, precioso, y Reserva de musgos. Ahí se muestran formas de relación con los demás seres vivos, con esa red de la vida que pueden enseñarnos bastante. Una especie de guía de supervivencia o, si no de supervivencia por lo menos de vivir bien lo que nos queda.

A.F-S.: Hace poco estuvo en Madrid el italiano Franco Berardi «Bifo», que plantea un callejón sin salida. Y uno se pregunta que si de verdad se asume ese planteamiento de catástrofe sin salida entonces para qué hablar, para qué venir a Madrid a contarnos esto. Lo que sospecho es que él dice: hay que desesperar para encontrar otro punto de inicio. El gesto es no tener esperanza para vernos forzados a inventar algo distinto. Otra percepción de su charla fue que al final se produce una parálisis o un sobrecogimiento, y se trataría más bien de pensar que ya hubo fines de mundo de otras sociedades y que sin embargo se reinventaron, lograron renacer, seguir, reanudarse, volver a anudarse con la vida, con los demás. Entonces la pregunta sería ¿cómo aprender esa otra manera de vivir o esa sensibilidad? Digamos que eso tendría más que ver con qué voz empleamos, desde dónde enunciamos, cómo lograr que la voz pueda mover algo. ¿Es pintar el desastre lo que nos fuerza a reaccionar o es el contagio de otras maneras de vivir distintas lo que nos puede sacar de este callejón sin salida?

José Luis: Dices en el libro que la tecnología ya nos ha vuelto discapacitados en la medida en que hemos delegado nuestras capacidades en dispositivos y por tanto nos hemos atrofiado. No sé si habrás leído el Manifiesto de Unabomber, de Kaczinsky. Lo que dice es que la mayor fuerza que existe en el mundo es la tecnológica; es una fuerza tal que ni siquiera la política puede dominarla. Creo que la IA está en esa línea y que, de hecho, la gente que la ha parido está advirtiendo que eso funciona. ¿Piensas que hemos perdido la capacidad de control sobre la creación tecnológica?

J.R.: Hay una tendencia a cierta autonomización de la tecnología, eso es cierto. Hay dinámicas en las sociedades capitalistas contemporáneas en las cuales es como si la máquina fuera girando cada vez más por sí misma, como sugiere Harmut Rosa. Yo creo que no sería buen análisis pensar la técnica como una fuerza autónoma pero sí como una dinámica creciente de autonomización que vuelve cada vez más difícil un control político razonable. El filósofo del siglo XX que postulaba esa autonomización de manera fuerte es Jacques Ellul. Pero en términos analíticos no es lo que más nos convence. Lo que sucede es que hay una gran desproporción entre estas dinámicas de máquina que gira cada vez más por sí misma y nuestras capacidades colectivas para desarrollar cierta racionalidad social y cierto control sobre nuestras propias creaciones. Ahí aparece la figura del aprendiz de brujo, que conocemos bien. Una parte de los debates ecológicos de los últimos años tiene que ver con el aforismo del escritor polaco Stanislaw Jerzy Lec: «No esperéis demasiado del fin del mundo». Y yo creo que esto está bien visto. Tenemos cierta tendencia a esperar demasiado del fin del mundo.

A.F-S.: El apocalipsis decepciona, dice Bergson.

J.R.: Eso tiene que ver con cierta esperanza de algunos sectores ecologistas con respecto a que el agotamiento de los combustibles fósiles iba a llegar lo bastante pronto como para evitar los escenarios peores del calentamiento global, cuando no va a ser así. Eso es esperar demasiado del fin del mundo. Y ahí estamos valorando en estos desarrollos tecnológicos la misma cuestión. Hay una gran controversia entre la gente que trabaja en esos ámbitos sobre si es esperable siquiera, si tiene visos de materializarse una Inteligencia Artificial General, que es la amenaza apocalíptica a la que se han referido algunos institutos de investigación de Silicon Valley. Hay gente convincente que piensa que al menos a corto plazo eso no va a ocurrir, y quizá nunca. Eso ya depende de en qué términos pensamos las inteligencias. ¿Las inteligencias son desligables de los cuerpos? ¿Podemos separar las inteligencias de los cuerpos vivos? Ahí hay un debate interesante. Por otra parte, tenemos motivos para creer que esas controversias sobre cómo podríamos perder el control sobre las máquinas, y estas destruirnos, tiene mucho de cortina de humo: el peligro real proviene más bien del tecnofascismo de esos tecno-oligarcas, que no deja de avanzar, materializado por ejemplo en los usos militares de las IA.

En cualquier caso lo nuevo de estos últimos años, las inteligencias artificiales generativas, construidas con esas redes neuronales, tienen algo de burbuja tecno-económica, que en opinión de mucha gente no tardará en estallar. Esa capacidad, impresionante sin duda, de imitar conversaciones o formas de creación humana a partir de asimilar cantidades inmensas de información de textos, de imágenes, para luego funcionar como esa prolongación de lo ya sabido, de lo ya digerido, de toda esa masa de información, produce resultados espectaculares pero, salvo en algunas aplicaciones específicas, en términos de desarrollo humano no promete demasiado.

Y luego está el asunto de cuánto va a durar el crecimiento de la energía y los materiales que necesita todo ese entramado para funcionar. Hay cierta teorización no solo de que tenemos que vérnoslas con el pico del petróleo o con el del cobre, sino que también habrá un pico de los datos en un futuro no muy lejano, porque los materiales que requiere todo ese entramado tecnológico son bastante gravosos. No vamos a tener energía en las cantidades necesarias para llevar eso por la senda de crecimiento exponencial por la que vamos ahora mismo. Por eso decía lo de la esperanza en el fin del mundo. Es decir: ¿llegará el pico de los datos antes de que nos hayamos imbecilizado tanto como sociedad?

Jaime: Cambiando de tema radicalmente, en el libro hablas sobre nuestra incapacidad para vivir la vejez. En algún momento dices que este asunto daría para otro libro. A mí me gustaría que dieras algunos apuntes sobre el devenir viejo, el devenir nada.

J.R.: Al final son las formas de aceptar los límites y la finitud humana. Es un asunto muy importante para los ecologismos, pero que no está necesariamente en primer plano, sino un poco escondido. Una de las ideas raíces del ecologismo es aceptar de verdad la condición humana. Y eso incluye hacer frente a la inmortalidad. Di hace muy poquito con un libro fascinante: es la elaboración de un par de autores que en realidad no se conocían. Se trata de Danny Brower (muerto prematuramente) y Ajit Varki, plasmada en un libro como Denial: Self-Deception, False Beliefs and the Origins of the Human Mind (2013). Brower murió muy joven y Varki ha desarrollado después esta perspectiva: la hipótesis de que, en la evolución humana, el factor diferencial del Homo sapiens con respecto a muchas otras variedades humanas y a muchos otros seres vivos podría ser nuestra fabulosa capacidad de autoengaño. Lo plantean más o menos en los siguientes términos: hay otras variedades de seres humanos que ahora ya no están con nosotros pero que estuvieron hasta hace cincuenta o sesenta mil años. Si retrocedemos hasta esa época en el tiempo encontramos hasta ocho especies o variedades de homos diferentes, pero también otros animales, los grandes simios, los cetáceos, los elefantes, los cuervos, varias aves, que sabemos que tienen eso que los psicólogos llaman una teoría de la mente: la capacidad de leer las intenciones del otro, de anticipar lo que está pensando. Es decir, que esa capacidad de leer la mente del otro no nos caracteriza solo a nosotros.

Pero ¿qué sucede cuando se desarrolla una teoría de la mente extendida, ampliada? Nos hace mucho más vulnerables porque somos más conscientes de nuestra propia fragilidad y mortalidad. Un ser que desarrolla una teoría de la mente profunda, extendida, se sume en una depresión profunda —podríamos decirlo así bromeando un poco— y probablemente no tenga mucho futuro evolutivo, porque se le viene encima la condición mortal: ve sufrir, ver morir a los otros, y él mismo o ella misma. Si se diera a la vez esa teoría de la mente profunda, junto con una capacidad considerable de autoengaño, en términos evolutivos sí podría suponer una ventaja. Es decir, se combinarían dos desventajas: la capacidad de autoengaño profunda no permitiría que darwinianamente ese ser tuviera mucho éxito, y la teoría de la mente profunda tampoco. Pero si se dan a la vez, como es nuestro caso, la teoría de la mente profunda junto con una gran capacidad de autoengaño que nos permite esquivar las cuestiones de la mortalidad de una manera muy eficaz, quizá esto fuera una ventaja.

A.F-S.: Estás hablando de pasión de ignorar.

J.R.: Sí, y ahí tenemos también aquel famoso libro de Ernest Becker, si no recuerdo mal de 1973, que es La negación de la muerte, y dio lugar a alguna escuela.

Fernando: Y el humor… ¿Si me río de ello?

J.R.: También es una vía importante.

Lola: En relación con esto último de la asunción de la muerte, a mí me ha gustado mucho una cita que incluyes, creo que de David Rodríguez: «La amapola es la verdad del viñedo, ¡y qué verdad!» Y luego citas: «Todo va a desaparecer pero ¡ahora está tan vivo! Usar el miedo a morir para amar».

J.R.: Eso es justo la posición contrapuesta a otra que también menciono en Ecoespiritualidad para laicos, de una entrevista de hace unos años de Gabriel Albiac, que en cierto grupo decía: «Un ser que sabe que va a morir, ¿cómo se las apaña para no destruir todo lo tiene a su alrededor?». Ahí tenemos a Tánatos en acción.

A mí me llaman mucho la atención algunas figuras en las cuales ves que pese al proceso de envejecimiento, que supone una pérdida de facultades, hasta el final de su vida y en etapas ya muy avanzadas, se desenvuelven admirablemente. Lo pienso a veces en relación con la poesía. Se da el caso de poetas en los que la decadencia con la edad es claramente notable. Por ejemplo, la poesía de vejez de Jorge Guillén es bastante peor que la de su madurez. A otros esto no les sucede. Francisco Pino, por ejemplo, va escribiendo hasta que muere, bastante nonagenario, con la misma capacidad de asombro y de descubrimiento que en momentos anteriores. Esas dos posibilidades están ahí.

Y luego la cuestión del final de la vida, de salir o no voluntariamente por esa puerta que –nos decían los filósofos estoicos del mundo grecorromano– está siempre abierta… Murió hace poco un amigo mayor, octogenario. Después de haber llevado una vida buena, después de haber muerto su compañera dos años antes, de un tipo de cáncer que se iba agravando, él pudo solicitar el proceso de eutanasia y hacerlo bien, sin trabas burocráticas. Estuve cerca de él, de Luis Acebal, en estos últimos años y en esas últimas semanas. Vemos que existe la posibilidad de decir: bueno, es el momento en el que hay que despedirse de esto. Y hacerlo bien me parece algo bastante admirable. Otra de esas muertes ejemplares fue la de Ramón Fernández Durán, hace ya algunos años, por la forma en que deja uno más o menos ordenadas las cosas. En el caso de este amigo, Luis, consiguió terminar un libro breve, una especie de autobiografía con momentos de ensayo, que él veía como una especie de legado. Lo pudo terminar, se editó el libro, presentamos el libro… No siempre está a nuestro alcance esa posibilidad de dejar las cosas ordenadas, de conseguir que la gente que es importante para nosotros, y para quienes somos importantes, pueda participar de alguna forma en ese proceso.

A.F-S.: A nivel social me parece que la pandemia nos puso la mortalidad en el centro; desde luego pasaron muchas cosas ahí, y después de la pandemia también. Pero hubo una oportunidad y se dejó escapar. Nos ofreció una posibilidad de cambio; vimos que podríamos organizar de otra manera las ciudades, los negocios, los biorritmos. Vimos atisbos de otras vidas posibles, aunque fueran fogonazos: de cómo podía vivirse la ciudad, la importancia de los cuidados, de qué es lo prioritario en la vida y qué no o sí puedo o no aguantar yo solo en casa, o qué es lo imprescindible, o los momentos de contactos con lo natural incluso en las ciudades. Esos momentos utópicos, que yo creo que también tenían que ver con la muerte, los hemos vuelto a esconder debajo de la alfombra para mover la máquina del turismo, del consumo, de la pasión de ignorar en máximo funcionamiento. Me parece es como para ponerse pesimistas porque ahí se nos ofreció algo, con un coste muy fuerte, pero creo que hubo una posibilidad de giro; incluso tuvimos atisbos de otras vidas y de lo importante que es algo en la vida. Y hubo gente que lo aprovechó, se cambió de casa, se cambió de trabajo… hubo algunos gestos, pero no hubo una bifurcación de la sociedad.

J.R.: Sí, claro, se puede ver de manera anecdótica también. Se dio también un fenómeno de ida y vuelta, un avanzar y después retroceder. Una profesora a la que yo conocía, de la Complutense, compró un piso en mi edificio para mudarse a Cercedilla, pero no llegó a consumarlo. Hizo una medio mudanza y luego regresó a la ciudad. ¿Quién dijo que cambiar de forma de vida fuese fácil? Pero, si la situación en que nos encontramos es de verdad tan difícil, ¿podemos renunciar a intentarlo?

 

 

noruega, petroestado

Noruega, en vez de ayudar a descarbonizar, quiere ampliar su condición de petroestado explotando el Ártico. Y hay quien se sorprende en estos términos: “La política energética noruega encierra una enorme paradoja. Verde, muy verde de puertas adentro, ha conseguido la mayor electrificación del parque móvil del mundo: nueve de cada diez coches que se venden hoy en el país se mueven con batería y no emiten ni un solo gramo de dióxido de carbono en su uso. De puertas afuera, sin embargo, sigue siendo una economía tremendamente fósil: más del 90% de sus exportaciones son de gas natural y petróleo. Una cifra que, lejos de bajar, ha crecido con fuerza por las subidas de precios provocadas por las guerras de Ucrania e Irán…”[1] Pero no hay paradoja ni contradicción ninguna, si no cerramos los ojos ante la evidencia de que las renovables de alta tecnología son dependientes de los combustibles fósiles, y que es imposible descarbonizar de verdad sin reducir drásticamente nuestro uso de energía.

 

[1] “Noruega quiere que la UE avale la extracción de crudo del Ártico”, El País, 8 de junio de 2026; https://elpais.com/internacional/2026-06-08/noruega-presiona-a-la-ue-para-que-avale-la-extraccion-de-petroleo-del-artico.html