noruega, petroestado

Noruega, en vez de ayudar a descarbonizar, quiere ampliar su condición de petroestado explotando el Ártico. Y hay quien se sorprende en estos términos: “La política energética noruega encierra una enorme paradoja. Verde, muy verde de puertas adentro, ha conseguido la mayor electrificación del parque móvil del mundo: nueve de cada diez coches que se venden hoy en el país se mueven con batería y no emiten ni un solo gramo de dióxido de carbono en su uso. De puertas afuera, sin embargo, sigue siendo una economía tremendamente fósil: más del 90% de sus exportaciones son de gas natural y petróleo. Una cifra que, lejos de bajar, ha crecido con fuerza por las subidas de precios provocadas por las guerras de Ucrania e Irán…”[1] Pero no hay paradoja ni contradicción ninguna, si no cerramos los ojos ante la evidencia de que las renovables de alta tecnología son dependientes de los combustibles fósiles, y que es imposible descarbonizar de verdad sin reducir drásticamente nuestro uso de energía.

 

[1] “Noruega quiere que la UE avale la extracción de crudo del Ártico”, El País, 8 de junio de 2026; https://elpais.com/internacional/2026-06-08/noruega-presiona-a-la-ue-para-que-avale-la-extraccion-de-petroleo-del-artico.html

«el mensajero en el banquillo», por josé a. estévez araujo

https://mientrastanto.org/257/notas/el-mensajero-en-el-banquillo/

«Que Jorge Riechmann tenga que sentarse en el banquillo por participar en protestas climáticas pacíficas resulta profundamente revelador del tiempo que vivimos. No porque sea un caso aislado, sino precisamente porque no lo es. El filósofo, poeta y ecologista que lleva décadas advirtiendo con rigor, serenidad y lucidez sobre el colapso ecosocial se enfrenta ahora a procesos penales por acciones de desobediencia civil no violenta. En uno de ellos, junto con Marina Martínez y Francisco del Pozo, ya celebrado el 26 de mayo de 2026 y pendiente de sentencia, la Fiscalía ha mantenido su petición de diez meses de prisión por el bloqueo del puente de la calle Raimundo Fernández Villaverde, sobre la Castellana, en Madrid, durante una protesta climática de octubre de 2019 dentro de una movilización de 2020 Rebelión por el Clima y Extinction Rebellion en la que participaron unas 300 personas para reclamar políticas urgentes frente a la emergencia climática. En otro procedimiento, Riechmann afronta una petición de 21 meses de prisión por la acción de Rebelión Científica ante el Congreso en 2022, en la que se vertió un líquido biodegradable para simbolizar la sangre derramada por la inacción climática.

La escena tiene algo de inversión moral intolerable. Quienes han contribuido durante décadas a ocultar, minimizar o retrasar la respuesta frente al desastre climático continúan disfrutando de respetabilidad política, económica y mediática. Quienes interrumpen pacíficamente la normalidad para denunciar que esa normalidad nos conduce al abismo son tratados como delincuentes. Se castiga el gesto que incomoda, mientras se tolera la inacción que destruye. Se persigue la protesta que bloquea durante unas horas una vía urbana, mientras se normalizan políticas que bloquean durante décadas la posibilidad de un futuro habitable.

El caso de Riechmann no debe leerse sólo como un episodio penal español. Forma parte de una tendencia internacional que los informes recientes sobre litigación climática describen con creciente preocupación. El informe de UNEP y el Sabin Center sobre litigación climática de 2025 recuerda que la litigación climática tiene dos caras: puede servir para exigir a estados y empresas que actúen frente al calentamiento global, pero también puede ser utilizada como reacción contra la acción climática. El informe llama backlash cases a los litigios de reacción o contraataque: procedimientos destinados a retrasar, desmontar o resistir políticas climáticas, o a intimidar a quienes defienden la justicia climática. Dentro de esa categoría incluye expresamente los procedimientos civiles o penales contra activistas, periodistas, personas y organizaciones que se oponen a los combustibles fósiles u otros proyectos altamente emisores.

Conviene ser precisos. El procesamiento de Riechmann no es una SLAPP clásica, si por SLAPP entendemos una demanda civil abusiva promovida por una empresa poderosa para silenciar a sus críticos. Aquí estamos ante un procedimiento penal impulsado por la Fiscalía. Pero el efecto político puede ser parecido: producir miedo, desgaste, autocensura, cansancio, prudencia forzada. El informe del Grantham Research Institute de la London School of Economics señala que el Sabin Center ha identificado más de ochenta casos en el mundo vinculados a manifestantes climáticos, muchos de ellos «reactivos», en los que se procesa a activistas por actos como allanamiento, daños o desórdenes, y en los que éstos invocan la llamada «defensa de necesidad climática», esto es, la idea de que la acción estaba justificada para evitar un daño mayor.

Lo inquietante es precisamente ese efecto desaliento. Climática recoge cómo los propios activistas hablan del chilling effect: el frío que se instala en el cuerpo social cuando la protesta pacífica empieza a implicar años de procedimientos, gastos, ansiedad, miedo a la cárcel y amenaza de antecedentes. El castigo no empieza con la sentencia; empieza mucho antes, con el proceso mismo. Empieza cuando una persona sabe que, si se tumba en el suelo para denunciar la emergencia climática, puede pasar años pendiente de un juzgado mientras quienes toman decisiones que agravan esa emergencia siguen hablando de crecimiento, competitividad y sentido común.

Y en España este proceso no ocurre en el vacío. Coincide con el ascenso de una cultura política abiertamente antiecológica, alimentada sobre todo por la ultraderecha y parcialmente normalizada por sus alianzas con la derecha conservadora. Vox ha convertido el ecologismo en uno de sus enemigos simbólicos. En su programa ambiental para las elecciones de 2023 defendía más regadíos, más coches de combustión y el abandono del Acuerdo de París, mientras presentaba los avances climáticos como imposiciones de «radicales ecologistas», de la Unión Europea o de organismos internacionales. No estamos ante simples diferencias técnicas sobre cómo hacer la transición ecológica. Estamos ante una operación ideológica: convertir la defensa de las condiciones materiales de la vida en una amenaza a la patria, al campo, al empleo o a la libertad.

Los pactos entre PP y Vox en distintas instituciones han mostrado hasta qué punto ese discurso puede traducirse en políticas concretas. El País señalaba ya en 2023 que esos acuerdos ignoraban la crisis climática y entregaban a Vox áreas ligadas al campo, mientras incorporaban medidas como la ampliación de regadíos, la rebaja de normas ambientales, la reducción de limitaciones en espacios protegidos, la reversión de políticas europeas y la supresión de carriles bici en algunas ciudades. Es decir, justo cuando la ciencia climática exige acelerar la mitigación y la adaptación, una parte de la política española se dedica a deshabilitar y desacreditar los instrumentos mínimos para hacerlas posibles.

La estrategia, además, se ha vuelto más sofisticada. No siempre consiste ya en negar frontalmente que exista el cambio climático. A menudo adopta la forma del retardismo: aceptar de palabra que hay un problema, pero oponerse sistemáticamente a cualquier medida eficaz para afrontarlo. Se desvía la conversación, se exageran los costes inmediatos, se invoca la defensa de «los nuestros» contra supuestas imposiciones globalistas, se prometen falsas soluciones tecnológicas futuras y se deslegitima a quienes reclaman actuar ahora. Climática ha descrito esta evolución en el discurso de Vox: la ultraderecha ya no necesita negar siempre el fenómeno; le basta con desmovilizar, retrasar y vaciar de contenido las políticas climáticas.

En ese contexto, procesar penalmente a quienes practican la desobediencia civil climática no es un hecho neutro. Por supuesto, los tribunales deben valorar actos concretos, derechos de terceros, proporcionalidad y legalidad. Nadie sostiene que toda protesta quede automáticamente fuera del derecho. Pero tampoco puede fingirse que una protesta climática pacífica es un simple problema de orden público, como si quienes se sientan en una carretera lo hicieran por capricho, vandalismo o afán de notoriedad. El cambio climático es una amenaza existencial reconocida por la comunidad científica, por tribunales internacionales y por organismos de Naciones Unidas. La protesta climática no es una molestia privada; es una forma de intervención democrática ante la insuficiencia de las instituciones.

Hay tribunales que han entendido esto. En Olsen v. Police, en Nueva Zelanda, el tribunal afirmó que el derecho a la protesta pacífica, especialmente en materia climática, debía tener peso al valorar condiciones de libertad bajo fianza. Ese caso no es un ejemplo de represión, sino precisamente de lo contrario: muestra que incluso dentro del sistema penal es posible reconocer la relevancia democrática de la protesta climática. Por eso resulta más grave que en otros contextos la respuesta institucional parezca consistir en cerrar los ojos al mensaje y ensañarse con el mensajero.

La cuestión de fondo es ésta: ¿qué tipo de sociedad castiga antes a quienes alertan del incendio que a quienes siguen echando gasolina? Riechmann no es peligroso porque bloquee un puente. Lo que resulta peligroso, para el poder, es que diga con claridad lo que tantos prefieren no oír: que la crisis ecológica no se resolverá con pequeños ajustes, que el capitalismo fosilista ha chocado contra los límites biofísicos del planeta y que la transición necesaria exige transformaciones profundas en la producción, el consumo, la movilidad, la energía y la idea misma de progreso. Público recoge sus palabras sobre el auge reaccionario y el antiecologismo como una de las marcas de la ultraderecha, así como su diagnóstico de una «hipernormalidad» en la que seguimos actuando como si el mundo que conocemos pudiera durar indefinidamente. La criminalización de la protesta climática cumple entonces una función política: proteger la apariencia de normalidad. Mientras se juzga a quienes interrumpen el tráfico, no se juzga la irresponsabilidad de quienes retrasan la transición. Mientras se exagera la gravedad de una acción simbólica, se minimiza la gravedad de la desertificación, las olas de calor, la pérdida de biodiversidad, la destrucción de cosechas, el sufrimiento de los más vulnerables y la transferencia de daños hacia las generaciones futuras. Se invierte la escala de valores: el orden circulatorio importa más que el orden climático; la fachada del Congreso importa más que las condiciones materiales de la democracia; la tranquilidad del presente pesa más que la habitabilidad del futuro.

En mi nota sobre litigación climática señalaba que ésta no es un terreno automáticamente favorable a la justicia climática. Puede servir para exigir responsabilidad a estados y empresas, pero también para intimidar a activistas, periodistas y comunidades locales mediante procedimientos penales, demandas estratégicas o litigios de reacción. El caso Riechmann muestra esa segunda cara. No estamos sólo ante un juicio a tres personas. Estamos ante una señal dirigida a todo un movimiento: protestar puede salir caro; interrumpir la normalidad puede destruir tu propia normalidad; decir la verdad en voz alta puede llevarte al banquillo.

Frente a eso, conviene no responder con moderación impostada. Hay que decirlo con claridad: resulta indecente que una sociedad que no está haciendo lo suficiente para proteger a sus jóvenes, a sus mayores, a sus trabajadores expuestos al calor, a sus territorios amenazados por la sequía y a sus generaciones futuras trate como amenaza penal a quienes reclaman precisamente esa protección. La democracia no se defiende silenciando a quienes advierten de sus condiciones ecológicas de posibilidad. Se defiende escuchándolos, incluso cuando molestan; quizá sobre todo cuando molestan. Porque, en un tiempo de colapso climático, la protesta no violenta no es el problema. El problema es la tranquilidad obscena de quienes quieren seguir llamando «orden» a la marcha organizada hacia el desastre.»

15 años desde que se publicó ‘green is the new red’ (will potter)

«Hace quince años publiqué Green Is the New Red.

Antes de eso, pasé muchos años inmerso en esa historia, investigando cómo [en EEUU] el FBI y los fiscales federales tildaban de terroristas a los activistas por los derechos de los animales y el medio ambiente en los años posteriores al 11 de septiembre.

Mi argumento era que estos movimientos eran los canarios en la mina de carbón. Que criminalizar la disidencia como terrorismo, poner a prueba ese manual con estos activistas, fue el pistoletazo de salida. Que también se utilizaría contra otros movimientos sociales.

Eso es exactamente lo que ocurrió. Y sigue acelerándose…»

https://mailchi.mp/ce89e4d87d3e/little-red-barns-pre-order-11048564

murió edgar morin

Murió Edgar Morin, uno de los grandes, y Manuel Casal Lodeiro dice que su madre suele comentar cuando muere gente tan vieja (104 años tenía Morin, nada menos): “No se ha muerto: se ha acabado”. Al coordinador de la benemérita revista digital 15-15-15 le parece “una expresión que contiene una profunda sabiduría acerca de la temporalidad de la vida humana, algo que nuestra cultura tanatofóbica insiste en hacernos olvidar”.[1]

“En sus últimos años, Morin utilizó el concepto de policrisis para describir la convergencia de múltiples crisis que se alimentan mutuamente. Crisis ecológica, crisis económica, crisis política, crisis democrática, crisis cultural y crisis del sentido forman parte de una misma trama histórica. La policrisis no es la suma de problemas independientes; es la expresión de una crisis sistémica de la relación entre humanidad y Tierra. Desde Abya Yala, esta idea adquiere una resonancia particular. Los incendios, las sequías, los desplazamientos humanos, la expansión de los minerales críticos y tierras raras, la mercantilización de los territorios y el debilitamiento de los derechos comunitarios son manifestaciones concretas de una policrisis que afecta tanto a las comunidades humanas como a los ecosistemas…”[2]

 

[1] Comunicación personal, 30 de mayo de 2026.

[2] Alfonso Madrid Echeverria, “Despedida a Edgar Morin desde Abya Yala: la Tierra como destino común en tiempos de crisis planetaria”, Le Monde Diplomatique (edición chilena), 31 de mayo de 2026; https://www.lemondediplomatique.cl/despedida-a-edgar-morin-desde-abya-yala-la.html

 

contra la criminalización de la protesta climática

https://educacionantifascista.org/2026/05/28/frente-a-la-criminalizacion-de-la-protesta-climatica-y-la-persecucion-de-quienes-defienden-la-vida/

Frente a la criminalización de la protesta climática y la persecución de quienes defienden la vida

Desde la Internacional Antifascista de Educación manifestamos nuestro apoyo absoluto y nuestra solidaridad con el filósofo, profesor y activista ecosocial Jorge Riechmann, así como con todas las personas represaliadas por participar en acciones de protesta climática pacífica.

Nos parece profundamente alarmante que, en pleno agravamiento de la emergencia climática, quienes alertan sobre el colapso ecológico y defienden el derecho colectivo a la vida digna puedan enfrentarse a penas de cárcel. La criminalización de la desobediencia civil no violenta constituye un grave retroceso democrático y un intento evidente de disciplinar, intimidar y silenciar a quienes cuestionan un modelo económico ecocida e incompatible con la sostenibilidad de la vida como es el capitalismo.

Este no es un caso aislado. Estamos asistiendo a un proceso cada vez más preocupante de judicialización de la protesta social y de persecución de voces críticas, mientras los verdaderos responsables de la devastación ambiental continúan actuando con impunidad. Se persigue a quienes denuncian el desastre, no a quienes lo provocan. Se castiga a quienes defienden el planeta, no a quienes lo destruyen.

Muchos de los avances democráticos y sociales han sidoposibles gracias a la desobediencia civil, a la movilización social y a la valentía de quienes se negaron a aceptar la injusticia como normalidad. Hoy, quienes alzan la voz frente al colapso climático cumplen una función ética, pedagógica y democrática imprescindible.

Resulta especialmente grave que se pretenda convertir en delincuentes a profesorado, investigadores, intelectuales y activistas comprometidos con el bien común. Defender la Tierra no es delito. Delito es destruir las condiciones materiales que hacen posible la vida. Delito es normalizar un modelo basado en el saqueo ecológico, la desigualdad y el sacrificio del futuro de las próximas generaciones.

Nos preguntamos: ¿hasta cuándo vamos a soportar impávidos la persecución de quienes luchan pacíficamente por la justicia climática y social? ¿Hasta cuándo se utilizarán mecanismos judiciales y represivos para intentar desactivar la protesta legítima y el pensamiento crítico?

Desde la Internacional Antifascista de Educación denunciamos este intento de amedrentamiento contra el movimiento ecosocial y reafirmamos nuestro compromiso con una educación crítica, emancipadora y comprometida con la defensa de la vida, la democracia y los derechos humanos.

Exigimos el fin de la criminalización de la protesta climática y reclamamos garantías efectivas para el ejercicio de la libertad de expresión, manifestación y desobediencia civil pacífica.

Porque cuidar la Tierra no es delito.

Porque alertar del desastre no puede ser castigado.

Porque defender la vida nunca será un crimen.

reseña de ‘donde el amor, allí el mundo’ -¡gracias a elena krause!

Donde el amor, allí el mundo.Por su fondo, Donde el amor, allí el mundo es una puerta a la riquísima biblioteca del pensamiento ecologista. Por su forma, también, es una muñeca matrioska. Una voz que contiene otra voz que a su vez contiene otra voz y otra y otra, porque —como en Gaia— el pensamiento es un cuerpo conformado por múltiples pieles. Capas y capas del conocimiento con el que nos obsequiaron aquellos que nos precedieron y aquellos que en este mismo instante están pensando con nosotros. Así, Jorge Riechmann es mucho más que un filósofo o que un excelente escritor, es un sereno que con una mano sostiene la luz que debe conjurar las tinieblas de nuestra ignorancia ecológica y con la otra sostiene un manojo de llaves imperfectas —pero honestas— que nos abren la puerta a las bases de una Nueva Cultura de la Tierra. Leer este libro es tomar una de esas llaves y abrir esa cancela.

El germen de este libro se recoge en otro ensayo anterior: Simbioética. Homo sapiens en el entramado de la vida (Plaza y Valdés, 2022). En aquellas páginas Riechmann nos hace tomar contacto con el neologismo simbioética. Una nueva manera de abrazar la biosfera, de orientar nuestras sociedades, nuestra forma de estar en el planeta basada en la simbiosis que, etimológicamente, significa «vivir en común o vivir juntos». Simbioética porque en nuestra radical ecodependencia e interdependencia, lo correcto y lo incorrecto; lo bueno y lo malo; la moral, aquello que tomamos como buen vivir; lo virtuoso; la felicidad; y el deber; todo aquello que rige la conducta humana ha de articularse en torno a la profunda asunción de que la vida que nos anima es el resultado de una íntima colaboración entre seres: vidas «que han de articularse con millones de otras formas de vida».

Donde el amor, allí el mundo se estructura alrededor de nueve bloques. Nueve bloques que recorren los grandes asuntos en los que se fundamenta la necesaria transformación cultural en este Siglo de la Gran Prueba. Estos son: la necesidad de una cultura Gaiana; la construcción de un pensamiento extramuros; y la defensa de un humanismo descentrado. O grandes debates como la cuestión de la población humana, la transición ecológica y los ambientalismos de lujo frente al ecologismo de emergencia. Continúa con un interesantísimo bloque dedicado a la esperanza. Y un capítulo final que da título al ensayo. Son algunos de los grandes ejes que atraviesan toda la obra del propio autor.

Los grandes problemas de la humanidad son el punto de partida: dominación, desmesura y xenofobia. Materializados en una tecnosfera que esconde un fuerte supremacismo humano cuyos instrumentos son la velocidad, la dominación, la agresión y la competencia. Al tiempo que construimos más autopistas y cercenamos cada vez más bosques, la expansión del mundo urbano-industrial —a la par que degrada y destruye el mundo natural— nos confunde, nos desencamina y nos desorienta.

Simbioética, teoría de Gaia y pensamiento sistémico

 

Portada de 'Simbioética' de Jorge Riechmann.
El ensayo que fue germen de Donde el amor, allí el mundo.

Es difícil reseñar un libro que se adentra en las complejidades de lo humano intentando abarcar todo aquello que forma parte de nuestro cosmograma. Aquellos puntos ciegos que hoy constituyen las razones por las que estamos dando la espalda no solo al único hogar posible que tenemos: este planeta, sino también al cuerpo al que pertenecemos: la biosfera. No obstante, lo intentaré. 

Partiendo de la teoría de Gaia y la simbiogénesis como marco ideológico, Riechmann comienza ponderando entre unas éticas y otras: ¿éticas biocéntricas frente a éticas ecocéntricas? ¿Perder de vista al individuo por proteger a Gaia? Para resolver esta dicotomía, en una lúcida cabriola del pensamiento, nos desvela que lo necesario es una ética que nos coloque en un punto de partida sin centro, una ética descentrada, puesto que conceptualizar la naturaleza como algo separado y externo a nosotros es un error de base. Si la vida propicia la vida, ¿dónde está el centro?: y así, desde esa premisa, nos lleva de la mano al neologismo fluminista de Ginny Battson. Una ética del amor, que retomando el concepto de la realidad-río de Heráclito y una ontología procesual y relacional como base, valora en primer lugar los procesos vitales interconectados esenciales para la prosperidad de la vida. Una ética que no cede al holismo moral ni renuncia a la idea de florecimiento individual y que pone el foco en los procesos interconectados.

El fluminismo de Battson es una forma de honrar la red de la vida, una trama cuya regla maestra, que redunda en la expansión y la enorme fortaleza de esta «Tierra viviente», es la simbiosis. Autopercibirnos como simbiontes es descentrarnos. O ¿acaso es más importante que tú, tu flora intestinal? De esta manera y congruente, otro de los puntales a los que Riechmann presta atención es el enfoque sistémico y multifuncional (tan ausente) que nos haría renegar de reduccionismos de todo pelaje. Si las reglas que rigen la vida en la biosfera se asimilan a las de un superorganismo, a las de un holobionte (no solo como metáfora, también como realidad empírica), el pensamiento sistémico nos incita a concluir que no hay partes en absoluto, sino patrones dentro de una red de relaciones. En una visión sistémica de la biosfera constataremos que los seres vivos son redes de relaciones inmersas en redes mayores; y no una simple colección a modo de acumulación inconexa[1].

Construir pensamiento extramuros

 

Jorge Riechmann en los bosques del señorío de Bertiz, en 2021. Foto: M. Beltrán.
Jorge Riechmann en los bosques del señorío de Bertiz, en 2021. Foto: Marta Beltrán.

Ahora ya tenemos definidos algunos de los pilares centrales que nos permitirán reconocer este atroz antropocentrismo que atraviesa todos los aspectos de nuestras formas humanas de organizarnos. Vivimos encerrados en cápsulas de comodidad, sumidos en nuestros ombligos, aislados en ciudadelas cercadas que no nos permiten ver la vida que bulle más allá de esas murallas. A eso, a romper esas murallas, Riechmann lo ha venido a llamar pensamiento extramuros, una definición en extremo gráfica: romper con las losas de nuestros mitos, salir al exterior (a la naturaleza) y tomarnos en serio la materia, la energía, el territorio, los ecosistemas y las dinámicas evolutivas. No se es suficientemente materialista si solo hablamos de opresión, plusvalor y correlación de fuerzas y olvidamos nuestro metabolismo ecosocial, nuestra pertenencia a la biosfera. No se es suficientemente materialista si no damos espacio político (y real) al río o a la montaña o al resto de seres vivos. Necesitamos un nosotros solidario y compasivo con todos los seres terrestres. 

Riechmann nos dice: «Hay que salir al exterior, extramuros. Hay que desafiar el antropocentrismo que nos parece tan natural. Hay que situar la aventura humana en el marco de la historia de la Tierra». Y más adelante, nos recordará que lo que importa es ser anti-antropocéntrico (declinado como anti-androcéntrico y anti-especista) y que en positivo esto conducirá hacia una ética de la simbiosis.

Según la Unesco, cultura es el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales, materiales y afectivos que caracterizan una sociedad o grupo social. La cultura engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, creencias y tradiciones. En consecuencia, para materializar nuestra nueva cosmovisión es imprescindible redefinirla. Por tanto, frente a una cultura de la dominación y la crueldad necesitamos una cultura basada en la compasión, en el discernimiento del sufrimiento del otro, y en el deseo —y la acción— de aliviar, reducir o eliminar por completo su dolor. Frente a una cultura de la explotación y el lucro necesitamos una cultura ecofeminista que ponga en el centro los cuidados y reniegue de la dominación sobre la naturaleza y sobre el cuerpo de las mujeres y otros cuerpos. Y, al fin, frente a una cultura atravesada por el mecanicismo y alejada del pensamiento sistémico, necesitamos una cultura basada en la teoría de Gaia porque, si reconocemos la simbiosis como el mecanismo evolutivo por excelencia en este planeta (la llave maestra), estamos reconociendo que nosotros somos los otros, que no hay vidas más valiosas. Llegar ahí es abrazar nuestra radical ecodependencia y asumir que «los seres humanos no somos la única sede de valor, o las únicas criaturas agraciadas con una singular propiedad llamada dignidad».

Este sería el sustrato fértil en el que crecería el tallo fuerte de una nueva cultura gaiana, pero además tendríamos que abjurar de nuestra desmesura destronando a la tecnología, aspirando a sociedades humanas biomiméticas y a sociedades solares y sobrias, porque como dice Jorge Riechmann no se puede obviar el componente asceta del ecologismo por el que, en cualquier sociedad humana correctamente inserta en la biosfera, regiría el principio de autolimitación (contenerme para dejar existir al otro) y el principio de prudencia.

Descentrarnos

Me detengo ahora en el bloque titulado: «Por un humanismo descentrado» Aquí, el autor vuelve sobre la necesidad de descentrarnos. Y de la mano de Joaquín Araujo, evocando a su vez a Miguel Hernández, nos insta a superar las tres heridas:

La sima que existe entre los poderosos-ricos y los sometidos-pobres; la que descubrimos entre la humanidad y la naturaleza; y la no menor que desencuentra a cada uno de nosotros con nuestra propia naturaleza. Porque también hemos fracturado las conexiones de cada uno con la condición humana, con un verdadero humanismo, siempre propuesto, jamás alcanzado, pero hoy más lejos que nunca.

Buscar un humanismo no antropocéntrico —y no, no es una contradicción— sería descentrarnos con respecto a la tradición judeocristiana y cuestionar la figura del hombre como centro y corona de la creación, arquetipo del supremacismo humano.

Somos, nos define Riechmann, simios averiados, seres ego-centrados alrededor de un vacío, holobiontes en un planeta simbiótico, animales con responsabilidades especiales y criaturas capaces de transformarse en conciencia a sí mismas. Deberíamos ser capaces de descentrarnos. Necesitamos una profunda deshumanización en dos sentidos[2]. En un primer lugar, en el sentido ecológico del término en tiempos de Antropoceno (o Capitaloceno), necesitamos contraer nuestras actividades, retroceder, decrecer para dejar espacio ecológico al resto de seres vivos. Sería «deshumanizar la Tierra para que la vida florezca; también la vida humana, aunque suene paradójico». Pero, además, necesitamos deshumanizarnos en un sentido íntimo y liberarnos de nuestra inclinación egocéntrica al autointerés. Y esto es ineludible, estas deshumanizaciones sucederán en el siglo XXI. Ya que la concepción de que solo importa el ser humano o de que tenemos el control declinará en esta centuria[3].

Estamos en derrota, nunca en doma

 

Jorge Riechmann en los jardines de la Granja de San Ildefonso, ante una gran haya. Foto: Marta Beltrán.
Jorge Riechmann en los jardines de la Granja de San Ildefonso, ante una gran haya. Foto: Marta Beltrán.

No hace mucho, Antonio Guterres denunciaba que las naciones industriales habíamos abierto las puertas del infierno. Esto conlleva que no hay forma de evitar los peores escenarios sin abandonar los combustibles fósiles lo que, a su vez, supondrá una contracción económica de emergencia ya que el capitalismo global es subsidiario del petróleo por completo. Necesitamos decrecer aquí, en el Norte global, y decrecer (que significa en esencia empobrecernos según el estilo de vida estándar) requerirá reformular nuestra concepción de la vida buena. Y en esto, el ecologismo es el invitado que llega a la fiesta y pone encima de la mesa una calavera que nos obliga a mirar al futuro y a renegar de la aceleración y el consumismo voraz. No obstante, como el mayor triunfo del capitalismo ha sido y es el cultural, el diagnóstico del ecologismo social, ese que defiende una humanidad autocontenida en un mundo igualitario y justo, no es bienvenido. Por eso considero muy pertinente el bloque en el que Riechmann preconiza la necesidad de abrazar la esperanza. 

Con toda seguridad, el trabajo primordial es construir una Nueva Cultura de la Tierra, una que nos permita, al fin, asumir nuestra condición de simbiontes. Y esta enorme tarea pasa por deconstruir las estructuras que nos rodean y nos empujan a los abismos de la extinción y, también, pasa por autoconstruirnos a nosotros mismos reformulando cómo y de qué manera podemos satisfacer nuestras necesidades sin pesarle a la biosfera. Un trabajo político y colectivo; y un trabajo individual y espiritual al que Riechmann llama conversión.

Pero esa humanidad autocontenida significa renuncias. Renunciar «al espacio ecológico que ocupamos; a la explotación neocolonial; al abuso patriarcal sobre las mujeres; a ese entretenimiento que desvalija nuestra conciencia y nuestra atención; y al confort que encubre las estructuras del crimen». Simplificar para vivir dentro de los límites del planeta y a su vez cubrir las necesidades de toda la humanidad. Una tarea titánica para nosotros pobres simios anclados a nuestros sentidos y a nuestras subjetividades.

Para no desarmarnos, nosotros, los ecologistas, a los que a menudo se nos acusa de catastrofismo porque tenemos la osadía de mirar al cielo y señalar al cometa —en ese ir contra corriente— debemos enhebrar una práctica sólida en torno a la esperanza. Pero una vez más, Riechmann pone patas arriba el común de los sentidos y va más allá proponiéndonos una esperanza contrafáctica, ajena a la psicología del optimismo, que nace del imperativo categórico kantiano. Una esperanza ligada a la acción a pesar de la conciencia del probable fracaso. Actuar sin autoengaño, con determinación, generosidad y amor. La esperanza sería así una forma de energía, no una garantía. Trabajar —intentarlo— puesto que en este mundo roto reparar algo, una sola cosa, solo un poco, ya es mucho. Parafraseando unos versos de Juan Gelman, diremos que de desaliento, trabajo y esfuerzo está forjada nuestra esperanza.

Por último, quiero enfatizar lo hermoso de este verso de Juan Ramón Jimenez: «Donde el amor, allí el mundo» que da su nombre al libro. Y lo haré recurriendo a unos renglones leídos en ¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista? Allí, Jorge Riechmann escribe:

Deberíamos dar un salto cualitativo en ciertas dimensiones básicas de valor (cooperación, cuidado, igualdad, sustentabilidad, biofilia) y organización social, salto del que cabe hablar en términos de conversión. Pero como se ve, ni siquiera los observadores más lúcidos que otean desde la atalaya de la cultura dominante (tipo Ian Morris) conceden el menor crédito a la opción de amarnos los unos a los otros.

Imposible obviarlo, cuando sabemos que este será el siglo en el que la derrota de los glaciares —entre otras— acarreará migraciones masivas como nunca antes presenció la humanidad. Imposible no preguntarse cómo vamos a resolver la imperiosa necesidad de millones de seres por su derecho no solo a una vida digna, sino a la propia vida. ¿Cómo lo vamos a afrontar de una manera mínimamente ética, mínimamente digna y mínimamente gaiana, si no es con amor? O, como escribe nuestro autor: «La esperanza no puede venir de ninguna clase de confianza desinformada en el futuro, sino de la fuerza de los cuerpos que se abrazan ahora». Sí, en la oscuridad que hoy nos envuelve, esta es la pequeña llama, que entre las manos Riechmann nos entrega.

Levántate y piensa[4]

En esta reseña no me he ocupado de algunas cuestiones desarrolladas con maestría por el autor como son el problema demográfico de la población humana o el bloque dedicado a lo que es y lo que no es la transición ecológica. No lo he hecho porque son temas algo más tratados. También he omitido el diálogo coral de las innumerables voces que Riechmann maneja para cimentar sus tesis. Lo he omitido por pura incapacidad de seleccionar, extractar y citar aquello que me parece más relevante. Creo que este ensayo es un poco Rayuela, que tiene una y mil lecturas. Y no, no son teorías, sino embriones en ciernes que nos abren a mundos nuevos, que nos sacan de la costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos ahora es la única manera en que se puede vivir[5]. Así pues, no dejes de leerlo, no dejes de subrayarlo y no dejes de recomendarlo. Y sobre todas las cosas, levántate y piensa.

Tratamiento digital de un fragmento de la imagen de portada del libro, a partir del cuadro The Doryman, de N. C. Wyeth (1938).

Notas

[1] Fritjof Capra, La trama de la vida, p. 57.

[2] Cita aquí a Joseba Azkarraga.

[3] Cita aquí a Paul Kingsnorth.

[4] Julio Anguita, «Levántate y Piensa«.

[5] Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar.

juicios climáticos: comunicado de apoyo desde la Internacional Antifascista de Educación

Frente a la criminalización de la protesta climática y la persecución de quienes defienden la vida

Desde la Internacional Antifascista de Educación manifestamos nuestro apoyo absoluto y nuestra solidaridad con el filósofo, profesor y activista ecosocial Jorge Riechmann, así como con todas las personas represaliadas por participar en acciones de protesta climática pacífica.

Nos parece profundamente alarmante que, en pleno agravamiento de la emergencia climática, quienes alertan sobre el colapso ecológico y defienden el derecho colectivo a la vida digna puedan enfrentarse a penas de cárcel. La criminalización de la desobediencia civil no violenta constituye un grave retroceso democrático y un intento evidente de disciplinar, intimidar y silenciar a quienes cuestionan un modelo económico ecocida e incompatible con la sostenibilidad de la vida como es el capitalismo.

Este no es un caso aislado. Estamos asistiendo a un proceso cada vez más preocupante de judicialización de la protesta social y de persecución de voces críticas, mientras los verdaderos responsables de la devastación ambiental continúan actuando con impunidad. Se persigue a quienes denuncian el desastre, no a quienes lo provocan. Se castiga a quienes defienden el planeta, no a quienes lo destruyen.

Muchos de los avances democráticos y sociales han sido posibles gracias a la desobediencia civil, a la movilización social y a la valentía de quienes se negaron a aceptar la injusticia como normalidad. Hoy, quienes alzan la voz frente al colapso climático cumplen una función ética, pedagógica y democrática imprescindible.

Resulta especialmente grave que se pretenda convertir en delincuentes a profesorado, investigadores, intelectuales y activistas comprometidos con el bien común. Defender la Tierra no es delito. Delito es destruir las condiciones materiales que hacen posible la vida. Delito es normalizar un modelo basado en el saqueo ecológico, la desigualdad y el sacrificio del futuro de las próximas generaciones.

Nos preguntamos: ¿hasta cuándo vamos a soportar impávidos la persecución de quienes luchan pacíficamente por la justicia climática y social? ¿Hasta cuándo se utilizarán mecanismos judiciales y represivos para intentar desactivar la protesta legítima y el pensamiento crítico?

Desde la Internacional Antifascista de Educación denunciamos este intento de amedrentamiento contra el movimiento ecosocial y reafirmamos nuestro compromiso con una educación crítica, emancipadora y comprometida con la defensa de la vida, la democracia y los derechos humanos.

Exigimos el fin de la criminalización de la protesta climática y reclamamos garantías efectivas para el ejercicio de la libertad de expresión, manifestación y desobediencia civil pacífica.

Porque cuidar la Tierra no es delito.

Porque alertar del desastre no puede ser castigado.

Porque defender la vida nunca será un crimen.

Internacional Antifascista de Educación

Mayo de 2026

gracias a quienes nos acompañasteis ayer tarde en el círculo de bellas artes, en madrid -y un texto de joaquín araújo

Vivimos ayer tarde, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, un tiempo compartido inolvidable de amor, poesía y lucidez. «Por el tronco hacia la altura», como dicen las palabras de Garcilaso que se evocaron en cierto momento. Todo lo dicho y cantado merecería recuerdo (por desgracia, no se grabaron las intervenciones), pero recojo aquí, como muestra, la intervención del maestro Joaquín Araújo (como lo presentó Paula Pita, quien condujo el acto: agricultor ecológico, plantador de árboles, reforestador de conciencias, naturalista y escritor). Y que la vida, sí, nos atalante.

Para RIECHMANN (y Paco del Pozo, y Marina M. Martínez)

Dada la evidencia de que poco o nada acapara más que el olvido nos animamos a recordar
Y RECORDAMOS QUE
Nos acompaña la compasión. Compasión hacia todo lo que no quiere ser otra cosa que lo que ya es.
El propósito del pensamiento y el activismo ecológicos es respetar los propósitos. del resto de lo viviente.
Por eso escuchamos los lenguajes sin palabras de la Natura.
Somos, pues, cómplices de la continuidad de lo vivaz.
Buscamos restaurar los equilibrios entre lo que ha sido y lo que solo quiere volver a serlo.
Nos enseña la decente docencia de la austeridad, la lentitud y la belleza e
Intentamos fertilizar armonías sumando nuestra admiración a los paisajes todavía no destruidos.
Al haber comprobado que no hay sabiduría mayor que la del abrazo -es decir las simbiosis- intentamos emularlas.
Denunciamos y combatimos, en consecuencia, los parasitismos. El mayor de los cuales es el modelo económico
Exigimos que cese la conversión de aires, aguas y tierras en ingentes vertederos que solo consiguen una humanidad cada día más enferma.
No somos violentos ni siquiera con la ignorancia que incesantemente nos agrede.
Nuestro objetivo de liberar a todos, sin excepción, de la codicia de los listos. ciertamente desata descalificaciones casi siempre basadas en mentiras y calumnias.
Frente al supremacismo que toda codicia cría nosotros, como el bosque o los mares, solo excluimos el excluir.
Informados por el conocimiento positivo, lo que menos miente, somos parte de una rebelión científica
Buscamos la paz doblemente desarmados. No solo NO A LA GUERRA, NO TAMBIÉN A LAS ARMAS
Todo ello lo hacemos desde un arreciado altruismo. Nada monetario ganamos con nuestras acciones. No queremos poder alguno. No pedimos votos.
Nuestras ideas y compromisos morales no trafican y mucho menos comercian con poder alguno.
Solo intentamos enseñar a elegir lo que prefieren Y prefieren, como nosotros, lo lento, limpio, sano, bello, femenino, igualitario y vivaz
Por mucho que los ignorantes teman nuestro pacifismo no podemos admitir que se juzgue y menos se condene a nadie por manifestarse a favor de la salud de todos, siempre ligada a la calidad del aire.
Por defender a nuestro mayor servidor público la atmósfera. nadie debe ser multado y mucho menos encarcelado.

GRACIAS Y QUE LA VIDA OS ATALANTE


(Carmen Madorrán y Adrián Almazán en la lectura inicial del manifiesto de la convocatoria)

 

una entrevista para ‘izquierda diario’: frente a peligros existenciales, haría falta unir fuerzas para transformar el sistema

Jorge Riechmann: «Frente a peligros existenciales, haría falta unir fuerzas para transformar el sistema»

https://www.izquierdadiario.es/Jorge-Riechmann-Frente-a-peligros-existenciales-haria-falta-unir-fuerzas-para-transformar-el

Irene Olano, 25 de mayo de 2026

El 26 de mayo se juzgará en Madrid a tres activistas climáticos, entre ellos el profesor de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid Jorge Riechmann, por una acción de desobediencia civil pacíficas realizada en el otoño de 2019. Ese día habrá una concentración frente al juzgado en apoyo a los activistas, reclamando el derecho a la protesta y denunciando la creciente represión contra el activismo. Hablamos con Riechmann sobre su causa.

 

  1. Te enfrentas a dos juicios por acciones de desobediencia civil. En el primero se te acusa de resistencia a la autoridad por el corte de calle de 2019, y en otro de atentar contra el patrimonio histórico por la acción de Rebelión Científica en el Congreso en 2022. ¿Podrías explicar cómo fueron esas acciones?

Jorge Riechmann. Sí. Quizá lo que tiene más sentido es recordar cómo, en aquel momento, en 2018 y 2019, hubo una oleada de movilizaciones climáticas muy importante. Fue un momento en el que parecía que iba reuniéndose fuerza social suficiente como para lograr cierto cambio de rumbo.

Además, seguramente representó una experiencia decisiva para mucha gente muy joven. Aquellos fueron los años, 2018 y 2019, en los que esta cuestión llegó con fuerza a los institutos: el ejemplo de Greta Thunberg, Fridays for Future… Parecía que toda una generación iba a incorporarse por ese camino a las luchas ecosociales.

Luego, por desgracia, llegó 2020, con el encierro pandémico y todos los efectos negativos que ha tenido. Aquella oleada de movilización se detuvo bastante en seco. Pero 2019 fue un momento en el que parecía importante echar toda la carne en el asador, si es que se podía.

En ese marco tuvo lugar aquel corte, entre las muchas acciones que se estaban desarrollando en todo el mundo. En Madrid cortamos el tráfico en el puente elevado sobre la Castellana, cerca de Nuevos Ministerios. Allí coincidimos unas trescientas personas que veníamos de distintos contextos, asociaciones y grupos.

Fue una acción organizada por Rebelión por el Clima y Extinction Rebellion que salió muy bien. Conseguimos llegar hasta lo alto del puente, lo cerramos y aguantamos allí un tiempo, entre una hora y media y dos horas, hasta que nos fueron desalojando poco a poco. Aquello se prolongó también en una acampada junto a Nuevos Ministerios, frente al Ministerio de Transición Ecológica, que trató de ejercer presión sobre el Gobierno para lograr una gestión climática un poco más decidida. Ese fue el contexto y el desarrollo de la primera de esas dos acciones.

En el caso de la segunda, en la primavera de 2022, se trataba ya de un momento algo diferente, pero con la conciencia de que la situación ecológico-social en general, y climática en particular, seguía degradándose muy rápidamente. Y también con la conciencia de que las respuestas que supuestamente estaban dando las autoridades, las empresas y buena parte de los actores sociales no estaban ni de lejos a la altura de lo necesario.

En ese momento, lo específico fue el intento de movilizar también a investigadores e investigadoras. A partir de Rebelión Científica se formó esa iniciativa, que fue la convocante de la acción de abril de 2022. Unas pocas decenas de personas, unas setenta u ochenta, conseguimos acercarnos con éxito, sin ser descubiertas, hasta el Congreso de los Diputados.

Allí la forma de protesta consistió, por un lado, en arrojar un líquido biodegradable (que simulaba sangre) sobre las escaleras y las columnas del Congreso. Después hicimos una sentada, con materiales y pancartas, y mantuvimos esa forma de protesta hasta que también nos fueron retirando poco a poco.

En la primera de esas acciones nos detuvieron finalmente a tres personas, que somos las que afrontaremos el juicio del 26 de mayo: Paco del Pozo, Marina M. Martínez y yo. En la segunda acción fuimos detenidas quince personas, y un poco más adelante también seremos enjuiciadas por esa acción.

  1. Sobre todo en relación con la primera causa, de la que hace ya siete años, ¿cómo interpretas políticamente que se persiga al movimiento ambiental, que os detuvieran a tres personas y que ahora os lleven a juicio?
  2. En muchos sentidos vivimos en un mundo al revés. En una especie de gran inversión de las cosas: y esto es una pequeña manifestación de ello. Hay otras mucho más enormes, que tienen que ver con la gestión de la economía, con la organización política o con los contrasentidos culturales. Pero esto también es una pequeña manifestación de esa suerte de mundo al revés en el que estamos viviendo.

Podríamos verlo con un poco de distancia. A veces imaginamos: si bajara un platillo volante con marcianos y nos observaran, ¿de qué manera interpretarían esto? Frente a lo que es realmente un peligro existencial, donde lo que nos estamos jugando es la habitabilidad de la Tierra para seres como nosotros —una de cuyas manifestaciones, la más visible, es el calentamiento global, aunque es solo una—, frente a ese riesgo existencial en el cual ni siquiera está excluida, por desgracia, la extinción de la especie, haría falta ser capaces de unir fuerzas para transformar el sistema.

Haría falta avanzar hacia una transformación sistémica sin la cual no hay salida frente a estos problemas. En lugar de eso, lo que tenemos es una represión creciente de muchas protestas ecologistas en buena parte del mundo: en el norte y en el sur. De manera mucho más despiadada y brutal en el sur, pero también de forma creciente en el norte, con la introducción de legislación pensada justamente para la represión de esta clase de protesta. Así nos dañamos a nosotros mismos como sociedad.

  1. Esta causa llega en un momento en el que vemos muchos casos distintos de represión. Pienso, por ejemplo, en los trabajadores del metal de Cádiz, que están peleando no solo por sus derechos laborales, sino también contra las listas negras que les impiden volver a trabajar. Están las 7 de Somosaguas, encausadas por la extrema derecha. Han estado las de La Suiza. En Zaragoza también han sido encarcelados chavales por protestar contra Vox. Ahora hay una nueva causa contra dos profesores de Zaragoza por tirar unos dardos, en una fiesta popular, contra la cara de Abascal y de otros líderes de la derecha internacional, a modo de broma. A las 8 de Becerril van a juzgarlas por participar en el boicot a Israel durante La Vuelta ciclista, en septiembre de 2025. Y también está la represión al movimiento democrático catalán, con infiltraciones y todo tipo de prácticas. Los institutos catalanes están ahora enfrentándose con la posibilidad de tener mossos en los centros.

¿Ves alguna lógica compartida en estos casos de represión?

  1. Vivimos en Estados donde hay un aparato de Estado que no cambia mucho cuando cambian los gobiernos, y que tiene como función principal mantener el orden existente. Lo de Catalunya impresiona. Y no solo por las huelgas (junto a las de ahora mismo en el País Valenciano). El hecho de que la convivencia en lugares como los institutos parezca degradarse tanto debería hacernos pensar mucho. ¿Qué tipo de sociedad hace falta tener, o considerar razonable, para poner policía dentro de los institutos? Asistimos a todas esas formas de represión frente a cuestionamientos del orden existente, y sí creo que hay una conexión entre ellas.

Viéndolo con un poco de perspectiva, lo que sucede también es que nos encontramos en una fase de esto que yo llamo el «Siglo de la Gran Prueba». Una fase en la que los problemas se van agudizando, se van haciendo más intratables y afectan también de forma más directa a la vida cotidiana de la gente.

Por ejemplo, los problemas ecológicos van tocándonos más de cerca. A pesar de todos los mecanismos que el centro del sistema tiene para expulsar hacia las periferias buena parte de estas dificultades, aun así nos van tocando cada vez más de cerca.

Eso hace que el terreno para lo que antes podían parecer soluciones de compromiso vaya siendo cada vez menor. Hay menos espacio y menos tiempo para seguir haciendo como si nada. Esas políticas del “como si” han caracterizado en buena medida la manera en que nuestras sociedades han abordado cuestiones como el calentamiento global durante décadas. La acción eficaz necesaria se ha ido posponiendo y posponiendo.

En cambio, ahora se va viendo que tenemos menos tiempo y que los cambios sistémicos que mencionábamos tendrían que ser muy profundos y muy rápidos. En esa tesitura, es como si se fueran extremando las respuestas. Lo que vemos son formas políticas que se van acercando al fascismo, o directamente formas de fascismo (que podríamos llamar “fascismos de fin de mundo”), en muchos lugares. Y las políticas basadas en la cooperación, en la justicia ecosocial, en la recuperación y defensa de los bienes comunes (que son el camino que tendríamos que seguir) ven también estrechado su margen.

Una parte de lo que sucede se puede ver bajo esa luz. Ahí tenemos aquella disyuntiva que planteaba hace más de un siglo Rosa Luxemburg: socialismo o barbarie. Ahora sería ecosocialismo y ecofeminismo frente a barbarie y extinción. Algo así, en términos todavía más duros. La reacción a la que estamos asistiendo en muchas sociedades no es como para alegrarnos en ese sentido.

  1. Lo curioso es que todo este proceso se da en el marco de un Gobierno que, en principio, se presenta como progresista y ecologista. Pero si vamos a lo que planteabas antes, a las medidas profundas y rápidas que habría que tomar, en realidad lo que señalan los movimientos ecosociales en los que participas es que esas medidas no se están tomando. ¿Cuál es entonces el modus operandi de cada gobierno que llega?
  2. Afrontamos un problema que no es solo del Gobierno, aunque también se manifiesta en sus políticas. Tenemos un problema grande en cuanto a percepción e interpretación de la realidad. Como sociedad, no nos damos cuenta, no queremos asumir algunas realidades duras. O, más bien, hay sectores que se niegan a ello, porque tampoco se trata de toda la sociedad. Vemos cómo se fortalecen ciertos sectores negacionistas; pero no hablo solo del negacionismo climático, sino de un negacionismo más amplio: el negacionismo de la crisis ecosocial.

Incluso los sectores sociales que podemos llamar, con esa etiqueta poco útil, “progresismo”; incluso los sectores que sí admiten que hay un problema grave y que habría que hacer algo, no reconocen de verdad dónde estamos. No reconocen la gravedad y la profundidad de este tipo de crisis. Eso hace que se den por buenas respuestas en forma de políticas públicas, pero también en forma de iniciativas ciudadanas, que en realidad no están a la altura del problema.

De manera típica, en estos últimos años (de hecho, desde 2010 en adelante hasta ahora), las políticas que un Gobierno como el nuestro pone en marcha, sobre todo a través del Ministerio de Transición Ecológica, son, simplificando un poco las cosas pero sin traicionar el asunto, las siguientes: una rápida electrificación de lo que podamos del aparato productivo, y una matriz energética que logre reducir algo el consumo de combustibles fósiles desarrollando mucho la generación eléctrica con renovables de alta tecnología, con aerogeneradores y módulos fotovoltaicos. Eso, más el fetiche del automóvil eléctrico, supuestamente nos va a sacar de apuros. Pero es una ilusión.

Una situación en la cual buena parte de la sociedad ni siquiera percibe el problema, y la parte mayoritaria de la sociedad que más o menos ve algo del problema plantea una solución falsa, es algo muy peligroso.

Desde otros lugares decimos que una verdadera transición energética no consiste en añadir a nuestra red eléctrica muchos aerogeneradores y módulos fotovoltaicos, sino que tiene que plantear el qué y el cómo del uso de energía, y saber que tenemos que funcionar con menos energía. Una verdadera transición ecológica tiene que incorporar a muchos otros sectores además de la energía. ¿De qué manera vamos a hablar de transición ecológica, de transición ecológico-social, sin abordar, por ejemplo, todo el sistema agroalimentario? ¿Sin desarrollar iniciativas potentes de agroecología? Por esa vía vemos que eso toca los fundamentos del sistema. Y dentro del capitalismo es poco lo que se puede avanzar hacia donde necesitaríamos.

Esa es la situación bastante lamentable en la que nos encontramos. Solo sectores sociales muy pequeños plantean de verdad la clase de medidas hacia algo fuera del capitalismo, hacia el poscapitalismo o el ecosocialismo, que necesitaríamos.

  1. Sobre la segunda causa, la de la pintura en el Congreso, en su momento la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, planteó que en realidad no había habido ningún desperfecto. Esto llama la atención, porque entonces, ¿qué sentido tiene la causa? ¿Cómo se sostiene?
  2. En los dos casos, si estuviéramos en un mundo normal no habría juicio. Porque no se dio esa resistencia feroz a la autoridad de la que se nos acusa en el primer caso, ni hubo tampoco daños al patrimonio histórico, de los que se nos acusa en el segundo juicio. Pero, como dice una cita de Batman que mi amigo Antonio Orihuela situó como epígrafe al frente de su poemario La ciudad de las croquetas congeladas, «este no es un mundo normal».

De hecho, en un primer momento, las primeras acusaciones en 2022 eran incluso peores, porque decían que habíamos interrumpido el curso normal de la actividad parlamentaria. De haber prosperado eso, nos habría llevado a la Audiencia Nacional y a consecuencias todavía más graves.

Al final decayeron esas acusaciones y se quedaron en la de daños al patrimonio histórico, que también aparece en el Código Penal. Pero no tiene mucho sentido, porque precisamente se había buscado que ese líquido que imitaba sangre no causara daños permanentes. Era un líquido biodegradable y se podía limpiar con facilidad.

Así que tampoco ahí, si estuviéramos en un mundo normal, nos veríamos ante un juez o una jueza. Pero recordemos a Batman: «Este no es un mundo normal».

  1. Otra prueba de esto que dices es que muchos de los represaliados sois profesores universitarios, personas del mundo de la ciencia y del pensamiento, que tratáis de combatir en vuestra actividad profesional ese pensamiento ecocida y ese sistema ecocida. ¿Qué papel te parece que tienen que jugar la universidad, los intelectuales y los profesores en esta batalla?
  2. Lo característico de la segunda de estas acciones fue precisamente que se intentó impulsar esa articulación de Rebelión Científica entre universitarios, investigadoras e investigadores del CSIC, trabajadores del sector del conocimiento. Y realmente haría falta ahí una clase de compromiso mucho más intenso y duradero de lo que hemos visto. La respuesta de nuestras universidades y centros de investigación no ha estado ni de lejos a la altura de lo que necesitaríamos.

Ha hecho mucho daño, durante todo el período del capitalismo neoliberal en las últimas décadas, el avance constante de estas formas de individualismo casi patológico y de corrosión de los vínculos sociales en las que nos encontramos. Uno de sus efectos ha sido también una idea, yo creo que muy equivocada, de lo que tendrían que ser los nexos entre las universidades y los centros de investigación con la sociedad. No basta con decir: «Yo ya hago lo mío con la ciencia en mi horario de trabajo», o realizando análisis críticos.

Tenemos universidades en las que se da por bueno que los órganos de gobierno vayan siendo sustituidos por unos consejos llamados “consejos sociales”, que en realidad son, sobre todo, consejos empresariales. Es como para que suenen todas las alarmas.

En una sociedad normal, si le hiciéramos caso a Batman, en un mundo más normal, lo que deberíamos cuidar serían los nexos con las ciudades, los pueblos y los barrios en los que están nuestras universidades. Con las asociaciones y los movimientos sociales activos en esos lugares. Con las iniciativas emancipatorias del mundo de la cultura. Esos tendrían que ser los interlocutores naturales para la extensión universitaria, no las empresas, que es lo que en general se ve por aquí.

Haría falta recuperar la idea de una extensión universitaria en la que la universidad no se extienda, como lo hace ahora, hacia el mundo empresarial, sino más bien hacia la sociedad articulada y las iniciativas de supervivencia y emancipación.

  1. Ante casos de represión como estos, ¿cómo te parece que hay que responder?
  2. Necesitaríamos recuperar una idea de democracia más ambiciosa. Una idea en la cual esté claro que las sociedades verdaderamente democráticas necesitan de la protesta social para avanzar: eso forma parte de la gramática democrática básica. Ese sería el sustrato cultural que nos haría falta. Para eso irían bien muchas iniciativas desde abajo, iniciativas de pedagogía en sentido amplio.

Luego, creo que también nos hace falta, a las organizaciones políticas, a las asociaciones y a las articulaciones de los movimientos sociales, tomarnos más en serio la cuestión de la desobediencia civil, de las formas de resistencia y de la desobediencia civil. Desarrollar más estas formas de protesta que desbordan lo institucional. A veces nos ceñimos demasiado a la actuación más o menos institucional. Y hay que saber que entonces hace falta también toda una estrategia de autodefensa en varios niveles.

Yo iría por ahí. En realidad, eso se puede resumir diciendo que necesitamos profundizar en una democracia más seria, más sustantiva.

  1. Ante esta represión, que es también un intento de amedrentamiento del movimiento ambiental y de los distintos movimientos sociales, ¿qué tipo de movimiento ambiental o ecosocial haría falta que se desarrollase en los próximos años?
  2. Lo más importante sería, creo, activar a mucha más gente. Estaba leyendo una parte del informe que acaba de sacar la Fundación SM y el Observatorio de la Juventud en Iberoamérica sobre la juventud española. Una de las cosas que arroja esta investigación sociológica, y creo que no atañe solo a los jóvenes aunque este estudio vaya por ahí, es la constatación de que hay expectativas de final de mundo.

Hay imaginarios bastante apocalípticos en sectores muy amplios de la sociedad. Eso puede coexistir con sectores sociales también muy amplios que son negacionistas de la crisis ecológico-social. Y coexiste también con una sensación de impotencia muy grande.

De tal manera que estos investigadores dicen en cierto momento que en este país, con esos datos, más que hablar de ecoansiedad habría que hablar de ecodepresión. Se da como un fenómeno de gran depresión social. No es todo lo que hay, por supuesto. Vemos también sectores que están luchando, que se organizan. Pero si pensamos sobre todo en las cuestiones ecológicas y ecológico-sociales, hay ahí algo de fuerte ecodepresión.

Entonces, lo primero sería superar en cierta medida esa situación. Volver a experimentar algo de confianza en la acción colectiva e ir tramando, a partir de ahí, movimientos sociales fuertes y bien orientados.

Pero la orientación del movimiento tendría que ser bastante más radical que la que hemos tenido, porque los propios problemas se han agravado muchísimo. Quizá se puede pensar en esos dos pasos: activar a mucha más gente y orientar el movimiento de una forma mucho más radical.

 

«el recrudecimiento de la represión contra el activismo climático llega a los tribunales», por pablo rivas

https://www.elsaltodiario.com/cambio-climatico/intensificacion-represion-activismo-tribunales

«De hecho, las razones de aquellas protestas se han intensificado. A la aceleración de la crisis climática se le suman las guerras derivadas del control de los combustibles fósiles, el auge del autoritarismo ligado a un nuevo colonialismo y la pérdida de fuerza del movimiento climático tanto a nivel de presencia mediática y discursiva como a nivel político. “Gaza, Irán, Ucrania… No ha cambiado nada, si acaso vamos todavía a peor, y tenemos el deber moral de seguir poniendo el cuerpo de manera pacífica”, sentencia Paco del Pozo…»

contra la indiferencia -manu fernández escribe desde valencia

¿Estamos luchando por la justicia?, se preguntaba Simone Weil ante el avance del fascismo en Europa. Para pensar esa pregunta, recurría a Tucídides, quien en su Historia de la Guerra del Peloponeso recordaba a los atenienses que “el examen de lo justo tan solo se lleva acabo cuando existe la misma necesidad por ambas partes. Cuando hay un fuerte y un débil, el primero ejecuta lo posible y el segundo lo acepta”. Simone Weil subrayaba que “los griegos definían admirablemente la justicia como consentimiento mutuo”: una justicia que solo puede existir allí donde no hay dominio, donde la fuerza no se impone como criterio.
Hoy, ante la devastación de Palestina, esa pregunta vuelve a interpelarnos con la misma urgencia: ¿estamos luchando por la justicia o aceptando que la fuerza decida lo posible?
Hay momentos en la historia en los que el sufrimiento de un pueblo se vuelve tan insoportable que mirar hacia otro lado deja de ser una omisión y se convierte en una forma de violencia. Lo que ocurre hoy en Palestina pertenece a esa categoría moral extrema. No es solo una tragedia: es una interpelación. Una exigencia ética que alcanza a toda la humanidad.
Simone Weil escribió que la verdadera justicia comienza por la atención: por la capacidad de mirar el dolor del otro sin apartar la vista, sin justificarlo, sin relegarlo a la periferia de nuestra conciencia. Esa atención —frágil, incómoda, radical— es lo primero que se está quebrando en el mundo ante la aniquilación sistemática del pueblo palestino. Y todo esto está ocurriendo ante nuestros ojos. Cuando el sufrimiento se vuelve cotidiano, cuando la muerte se vuelve estadística, cuando la destrucción se vuelve rutina, algo esencial en nosotros se desmorona.
En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt advirtió que el mal no siempre se presenta con estridencia: a veces avanza en silencio, protegido por la burocracia, por la obediencia, por la normalización del horror. Lo que vemos hoy es precisamente eso: una maquinaria que produce vidas sin derechos, poblaciones enteras reducidas a lo que Hannah Arendt llamó “seres superfluos”. Sobre todo, asistimos a la ruptura del principio más básico de la vida política: la igualdad no es un hecho natural, sino una construcción humana que sólo existe cuando decidimos reconocernos mutuamente como sujetos de derechos. Cuando permitimos que algunas vidas sean tratadas como prescindibles, renunciamos a esa tarea común y destruimos el fundamento mismo de la justicia.
A ello se suma una comunidad internacional atrapada en su propia parálisis moral, que permite que la deshumanización se vuelva administrable, incluso justificable. Por eso escribo. Porque no puedo aceptar que el mundo se acostumbre a este horror. Porque no puedo aceptar que la indiferencia se extienda sin resistencia. Porque no puedo aceptar que la devastación de un pueblo se convierta en un hecho más del ciclo informativo.
No escribo desde el odio. Escribo desde la responsabilidad. Desde la convicción de que la ética no es una opción, sino una obligación. Desde la certeza de que ninguna identidad, ningún trauma histórico, ninguna razón de Estado puede justificar la destrucción sistemática de un pueblo.
Lo que ocurre en Palestina no es un conflicto lejano: es un espejo que nos confronta. Un examen moral. Una pregunta que nos alcanza a todas y todos: ¿qué queda de nuestra humanidad si aceptamos que algunas vidas pueden ser destruidas sin que nada en nuestro interior se quiebre, mientras seguimos con nuestras vidas como si ese dolor no nos concerniera? Si eso no nos estremece, entonces lo que está en peligro no es solo un pueblo: es la idea misma de humanidad.

Manu Fernández, doctor en Filosofía

sobre protesta climática y estado constitucional, por maría eugenia rodríguez palop

https://www.publico.es/opinion/columnas/proceso-jorge-riechmann-protesta-climatica.html

El proceso: Jorge Riechmann y la protesta climática

María Eugenia Rodríguez Palop. Profesora de Filosofía del derecho en la Universidad Carlos III de Madrid. Eurodiputada (2019-2024)

Jorge Riechmann no es una amenaza, pero fue detenido el 7 de octubre de 2019, junto al técnico en energía Paco del Pozo y la psicóloga Marina M. Martínez, por haber participado en una protesta climática pacífica. El próximo día 26, se enfrentan a un juicio penal acusados de resistencia grave a la autoridad por el que la Fiscalía pide diez meses de prisión. Riechmann, además, está imputado por haber arrojado un líquido rojo biodegradable en la fachada del Congreso de los Diputados junto a otros académicos y activistas.  Filósofo, poeta, profesor universitario y autor de una extensísima obra, su suerte procesal será una prueba de fuego para nuestra salud constitucional y nuestra calidad democrática. Nos dirá mucho del grado en que estamos comprometidos con la defensa de la libertad de expresión, el derecho de reunión y la desobediencia civil no violenta.

Perseguir a quienes se movilizan para alertar sobre una emergencia climática sobre la que existe un consenso científico abrumador, supone castigar a quienes señalan el incendio y normalizar a quienes lo avivan. El caso de Jorge Riechmann ilustra una amplia tendencia de criminalización y estrechamiento del espacio cívico con la que se intenta inmovilizar a la gente y eludir responsabilidades estructurales.

En un Estado constitucional, la protesta pacífica es señal de pluralismo político y ciudadanía activa; una forma legítima de participación pública, especialmente cuando se persigue una finalidad de evidente interés general. Por eso, no toda acción disruptiva ha de recibir una respuesta penal. El derecho penal no puede convertirse en un mecanismo de pedagogía disciplinaria ni en una herramienta para blindar el statu quo a base de castigos ejemplarizantes.

De hecho, el artículo 557 de nuestro código penal exige una interpretación estricta acorde con el principio de legalidad, y no ampara la persecución de una protesta simplemente porque sea molesta, incómoda o contundente. Hay que probar la gravedad del resultado y la existencia de un ánimo intimidatorio o violento. La mera ocupación simbólica, la interrupción temporal o la visibilización mediática no satisfacen los elementos del tipo.

El Tribunal Constitucional español ha reiterado también que el derecho de reunión tiene una función central en el pluralismo y su limitación exige una motivación suficiente. Es decir, que el control de proporcionalidad debe reforzarse especialmente frente a manifestaciones vinculadas a la crítica política y social. Y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha llamado la atención sobre el efecto disuasorio que producen las sanciones penales o administrativas sobre protestas pacíficas, advirtiendo de que su imposición podría ser desproporcionada si acaban desalentando el debate público sobre asuntos de interés general.

En contextos de emergencia climática, la desobediencia civil no violenta se sitúa en la intersección entre nuestros deberes éticos y nuestros derechos políticos porque ayuda a corregir fallos sistémicos o institucionales. Su criminalización desactiva los canales que facilitan la (in)formación y la orientación de la voluntad popular.

Quienes trabajamos la filosofía del derecho (y en esto coincido con Jorge Riechmann) sabemos que puede haber oposición entre la legalidad que emana de las instituciones y la legitimidad de esas mismas instituciones, de manera que, en según qué términos, es posible justificar la desobediencia civil o la resistencia. El descontento no se canaliza solo a través de citas electorales o mediante un sistema judicial eficiente, capitaneado por supuestos jueces incorruptibles que «pronuncian» la ley, porque en una democracia constitucional lo importante no es que la ley sea la ley, sino que no sea solo eso. Es absurdo pensar que no hay nada entre la persona de orden que vota cada cuatro años, se reúne con autorización, se manifiesta en actitud festiva y a golpe de batucada, y los presuntos delincuentes que salen a las calles desordenadamente, aunque sea de forma pacífica y para defender nuestros derechos frente a los abusos del poder político o económico.

Como dice Habermas, todo Estado democrático de derecho debería entender que la desobediencia frente a una violación de derechos orquestada o consentida desde el sistema es una parte necesaria de la cultura democrática. No solo porque, a diferencia de la comisión de un delito, está moralmente fundada, sino porque apela a los fundamentos mismos del orden constitucional. Decir que un acto es ilegítimo, o que no está justificado, simplemente porque existe una norma que lo prohíbe, es una afirmación completamente extemporánea en un sistema que, como el democrático, no funda su legitimidad en la pura legalidad. Si queremos ciudadanos conscientes y racionales para que legitimen los procesos legales con sus votos, hemos de asumir que estos mismos ciudadanos sometan al poder político a un cuidadoso escrutinio y a una permanente crítica y revisión.

De modo que, aunque traspase los límites de lo jurídicamente establecido, una acción pacífica de protesta que se apoya en derechos conquistados y garantizados constitucionalmente, no puede ser, en puridad, una acción sediciosa, porque lo que la mueve no son las creencias privadas o los intereses propios de unos cuantos individuos sino las razones moralmente compartidas que le dan sentido al mismísimo sistema democrático. Así entendida, la desobediencia civil no pretende derrocar o subvertir un orden basado en derechos, sino más bien resistir a su desmantelamiento institucional.

En un Estado que pretenda ser legítimo y democrático, que quiera recabar para sí una adhesión ciudadana voluntaria y genuina, una movilización ecologista debería recibir un tratamiento político mucho más refinado e inteligente. Jorge Riechmann se enfrenta a un juicio el próximo martes. Penalizar a quienes defienden la Tierra y los bienes comunes en nombre de un aparente legalismo sin matices es un error normativo que acabará por corroer la propia estructura jurídica que dice defender.

 

azahara palomeque contra la criminalización de la protesta climática

https://elpais.com/opinion/2026-05-22/criminalizar-la-protesta-climatica-la-pesadilla-kafkiana-de-jorge-riechmann.html

Criminalizar la protesta climática: la pesadilla kafkiana de Jorge Riechmann

Las peticiones de cárcel contra el filósofo y activista ecologista por dos manifestaciones pacíficas responden a la dinámica que prioriza los intereses empresariales sobre la desobediencia civil
                                        Azahara Palomeque, 22 de mayo de 2026
“Alguien tuvo que calumniar a Josef K., ya que, sin haber hecho nada malo, una mañana lo detuvieron”. Sonará a los lectores esta frase; se trata del inicio de El procesola famosa novela de Kafka cuyo protagonista intentará esclarecer —sin éxito— las misteriosas razones de una detención que no obedece a ningún comportamiento criminal. El arbitrio de la justicia, los vericuetos insondables de la burocracia, y la prevalencia del sinsentido constituirán, a partir de entonces, un periplo angustioso a lo largo de las páginas.
En la vida real, quizá Jorge Riechmann, filósofo, poeta y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, se haya sentido como Josef K. desde que el 7 de octubre de 2019 la Policía lo detuviese, junto al técnico en energía Paco del Pozo y la psicóloga Marina M. Martínez, por haber participado en una protesta climática pacífica. De los 300 manifestantes que ese día cortaron el tráfico a la altura de Nuevos Ministerios, en Madrid, sólo ellos tres fueron objeto de la acción de las fuerzas del orden. Ahora, más de un lustro después, el próximo día 26, se enfrentan a un juicio penal acusados de resistencia grave a la autoridad —algo que ellos niegan—, delito por el que la Fiscalía les pide 10 meses de prisión. “Sin haber hecho nada malo”, quizá sostendría, si levantara la cabeza, el autor judío; es más, por haber realizado una buena obra, se podría argumentar, pues alertar de una emergencia ecológica que amenaza la supervivencia de la especie humana demuestra un alto grado de compromiso moral.
Riechmann es un erudito cuya extensísima producción intelectual —más de 100 libros— se encuentra profundamente imbricada con su labor como activista: gracias a él, conocemos la interrelación entre el antropocentrismo extractivista y la falta de justicia intergeneracional, el transhumanismo y la adicción a los móviles; por descontado, el calentamiento global y el desapego hacia una naturaleza considerada apenas como recurso y disociada del alma humana desde, al menos, la instauración del relato de la modernidad. Su prolífico desempeño se relaciona estrechamente con un discurso científico que, como dijo el secretario general de la ONU, António Guterres, advierte a menudo de que se han abierto las puertas del infierno.
La dana de Valencia, con 238 muertos a cuestas, las inundaciones sufridas recientemente en Andalucía o la desconsoladora temporada de incendios vividos el verano pasado son apenas pruebas cercanas de un horror que también se materializa a nivel internacional. Podemos preguntarnos cómo incide el cambio climático en las decisiones geopolíticas que están tomando las potencias hegemónicas, desde la pelea por los combustibles fósiles en un mundo marcado por la escasez, hasta la invasión de Ucrania, pasando por el deseo febril de conquistar Groenlandia a sabiendas de que el derretimiento del hielo permitirá nuevas rutas árticas.
El afán belicista que se expande ante nuestros ojos atónitos, con el consiguiente aumento de la militarización y el gasto en defensa en muchos países, responden a la inseguridad que nace de una Tierra esquilmada, pero, en lugar de premiar a quienes izan la bandera roja de peligro a partir de un conocimiento incuestionable, el sistema judicial español parece haberse sumado a una represión de la protesta pacífica que ya se ejerce en otras naciones.
El caso de Riechmann, por lo tanto, no representa una excepción; más bien se inserta en una fatídica inercia por la cual se siguen priorizando el interés de grandes grupos empresariales y las dinámicas neoliberales por encima del bienestar ciudadano y derechos humanos como el de manifestación. Sus circunstancias ejemplifican la deliberada elección institucional de evitar modificar el rumbo hacia el abismo, y amedrentar a quienes avistan las consecuencias. Pero la de Riechmann no es sólo una historia de criminalización del ecologismo; su cuerpo acusado podría emparentarse asimismo con una trayectoria de desobediencia civil que va desde Gandhi a Martin Luther King, pasando por Berta Cáceres o Rosa Parks. La ética en el obrar que brota en tiempos convulsos cuando, según King, la ley esconde una inmoralidad, ha caracterizado a lo largo de la historia movimientos sociales que abogaban por la igualdad racial o de género, la descolonización, la democracia y, en general, distintas cristalizaciones de la dignidad humana. Si algunos de estos luchadores dieron sus huesos por una causa justa, los de Riechmann podrían acabar entre rejas, pues está imputado por otro acto ocurrido en abril de 2022, cuando varios académicos y activistas arrojaron un líquido rojo biodegradable contra la fachada del Congreso de los Diputados, tras lo cual algunos fueron detenidos por la Policía.
La justicia debe hacer su trabajo, pero auguro que pocas cosas causarían más estupor colectivo que la imagen del profesor encerrado en una celda. Supondría el símbolo de un fracaso de la civilización; el confinamiento de la razón, sometida al régimen penitenciario; el triunfo de la ilógica fábula kafkiana sobre la necesidad de cuidar la casa de todos y de cuidarnos a nosotros mismos. Ninguna acción no violenta que parta, además, del consenso científico debería ser estigmatizada, mucho menos castigada.

cuidar la tierra no es delito (texto que envía alfonso madrid desde chile)

Cuidar la Tierra no es un delito

https://www.15-15-15.org/webzine/2026/05/19/cuidar-la-tierra-no-es-delito/

Alfonso Madrid Echeverria, antropólogo y divulgador científico

Corporación Escuela Horizonte de Pensamiento Popular (EHPP), Lo Hormida, Chile

Cuidar la Tierra no es delito porque proteger las condiciones que hacen posible la vida constituye un deber ético, social e incluso histórico de la humanidad. Delito es destruir aquello de lo que depende la existencia colectiva: el agua, los bosques, el aire, los territorios y las comunidades humanas que viven en relación con ellos.

La defensa de la Tierra nace del principio más básico de supervivencia y responsabilidad intergeneracional. Ninguna sociedad puede sostenerse sobre la devastación permanente de la naturaleza sin poner en riesgo su propia continuidad. Por eso, quienes actúan para denunciar la crisis ecológica no están atacando a la sociedad: están alertando sobre un modelo que normaliza la destrucción ambiental en beneficio de privilegios económicos y políticos cada vez más concentrados.

Llamar “resistencia grave a la autoridad” a acciones de protesta no violenta distorsiona el sentido mismo de la justicia. La desobediencia civil pacífica ha sido, históricamente, una herramienta legítima frente a leyes, poderes o decisiones que perpetúan injusticias. Defender la Tierra mediante acciones simbólicas, visibles y no violentas no puede equipararse a la violencia real que implica destruir ecosistemas, contaminar ríos, expulsar pueblos de sus territorios o acelerar el colapso climático.

Además, verter un líquido biodegradable y fácil de limpiar, o participar en una cadena humana pacífica, no constituye un ataque contra la convivencia democrática. Por el contrario, son formas de participación política y expresión colectiva orientadas a visibilizar una emergencia planetaria que afecta a toda la humanidad. Criminalizar estas acciones supone desplazar el foco: se persigue a quienes denuncian el daño, mientras el daño estructural continúa.

La verdadera amenaza para la convivencia humana no proviene de quienes protegen la vida, sino de un modelo de poder que convierte la naturaleza en mercancía y subordina el bienestar colectivo a intereses privados. Cuando la ley castiga con mayor dureza a quienes intentan defender el planeta que a quienes contribuyen a su destrucción, aparece una profunda contradicción ética y política.

Cuidar la Tierra no es delito. Es responsabilidad, conciencia histórica y defensa de la vida común. Los pueblos que resisten en defensa del territorio, del clima y de la naturaleza no expresan criminalidad: expresan dignidad, memoria y futuro.

Cuidar la Tierra no es delito porque proteger las condiciones que hacen posible la vida constituye un deber ético, social e histórico de la humanidad. Delito es destruir aquello de lo que depende la existencia colectiva: el agua, los bosques, el aire, los territorios y las comunidades humanas que viven en relación con ellos.

La defensa de la Tierra nace del principio más elemental de supervivencia y responsabilidad intergeneracional. Ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente sobre la devastación de la naturaleza sin poner en riesgo su propia continuidad. Quienes actúan para denunciar la crisis ecológica no atacan a la sociedad: intentan evitar su colapso moral, ambiental y humano.

A lo largo del mundo, innumerables personas han entregado incluso su vida por proteger la naturaleza y los derechos de los pueblos. En Honduras, Berta Cáceres fue asesinada en 2016 por defender los ríos y territorios del pueblo lenca frente a proyectos extractivos. Su lucha se convirtió en símbolo mundial de la defensa de la Tierra y de los pueblos originarios.

En Brazil, Chico Mendes fue asesinado en 1988 por defender la Amazonía y las comunidades campesinas frente a la destrucción forestal. Su muerte reveló el enorme poder económico y político que muchas veces se enfrenta violentamente a quienes protegen la vida.

En Nigeria, Ken Saro-Wiwa fue ejecutado por denunciar la devastación ambiental causada por la explotación petrolera en el territorio ogoni. Su lucha mostró cómo la defensa del ambiente también es defensa de la dignidad humana y de los derechos colectivos.

En Peru, Edwin Chota fue asesinado junto a otros dirigentes indígenas por enfrentar la tala ilegal en la Amazonía. Como él, cientos de líderes indígenas, campesinos y defensores ambientales son perseguidos cada año por proteger bosques, ríos y territorios ancestrales.

Estos casos no son excepciones aisladas: son parte de una realidad global donde defender la Tierra puede implicar persecución, criminalización o incluso la muerte. La violencia estructural contra quienes protegen la vida contrasta con la falta de protección efectiva para los ecosistemas que sostienen a toda la humanidad.

En el sur del mundo, el Pueblo Mapuche continúa enfrentando procesos de despojo territorial, criminalización y conflictos asociados a la defensa de sus tierras ancestrales. Diversas comunidades denuncian la expansión de proyectos extractivos, forestales y energéticos sobre territorios tradicionales, mientras que desde organizaciones sociales se ha señalado reiteradamente la persistencia de una respuesta estatal centrada más en la represión que en el diálogo intercultural y la reparación histórica. Este conflicto evidencia tensiones profundas entre modelos de desarrollo y derechos de los pueblos originarios, así como el persistente silencio o insuficiencia de respuestas estructurales por parte de los Estados involucrados.

La verdadera violencia no proviene de quienes protestan pacíficamente o realizan acciones simbólicas para alertar sobre la emergencia climática. La violencia real proviene de un modelo económico y político que destruye ecosistemas enteros, desplaza comunidades y criminaliza a quienes resisten. La historia demuestra que muchas conquistas sociales y humanas nacieron de actos de resistencia considerados ilegítimos por el poder de su tiempo. Hoy, quienes defienden la Tierra continúan esa tradición ética: proteger la vida frente a estructuras que privilegian el beneficio económico y la lógica de la fuerza sobre el bienestar colectivo.

En este contexto, cobra especial relevancia la labor de Jorge Riechmann, quien desde la universidad en Madrid y su trabajo ecologista en la Sierra de Guadarrama ha desarrollado una obra y una enseñanza constante centradas en la ecología política, la ética, la ciudadanía responsable y los derechos humanos. Su trabajo intelectual y pedagógico insiste en la necesidad de repensar la relación entre sociedad y naturaleza, poniendo la vida en el centro frente a modelos de desarrollo que la subordinan al beneficio económico.

Cuidar la Tierra no es delito. Es una forma de defender la humanidad, la memoria de los pueblos y el derecho de las generaciones futuras a existir en un planeta habitable. Quienes arriesgan su libertad o su vida para proteger el agua, los bosques y los territorios no representan criminalidad: representan dignidad, conciencia histórica y compromiso con la vida común.

manifiesto ecosocialista de euskal herria, 2026

manifiesto-ecosocialista-euskal-herria-2026-CAST

https://omal.info/manifiesto-ecosocialista-de-euskal-herria-2026/

Manifiesto Ecosocialista de Euskal Herria 2026

10 años de ecosocialismo en Euskal Herria

 

Diez años después: Un mundo más insostenible y violento

Hace 10 años, el manifiesto final del III Encuentro Ecosocialista Internacional celebrado en Euskal Herria mencionaba de manera explícita la urgencia ecológica provocada por la superación de los límites biofísicos, y alertaba de la emergencia social generada por desplazamientos migratorios forzosos, precariedades y violencias crecientes, situando el origen de estos dos problemas -estrechamente relacionados- en el orden institucionalizado en torno al sistema capitalista. Más específicamente, en su dinámica de crecimiento ilimitado, en función de la maximización de las ganancias corporativas.

10 años después, lamentablemente, este análisis se muestra certero y premonitorio, poniendo de manifiesto la más que evidente inacción ecosocial de la comunidad internacional ante unos retos urgentes y de calado. No obstante, el diagnóstico realizado hace una década apenas era capaz de prever la amplitud e intensidad de los funestos fenómenos que definen hoy en día el panorama internacional.

En términos ecológicos, y según el Centro de Resiliencia de Estocolmo, en 2025 se superaron ya siete de los nueve límites biofísicos planetarios: cambio climático –1,44 ºC de incremento respecto a la época preindustrial–, biodiversidad, deforestación, agua dulce, ciclos del nitrógeno y el fósforo, contaminación química y acidificación de los océanos, todos los cuales han trascendido sus márgenes de seguridad –cuando solo cuatro lo habían hecho en 2015–, mientras que los dos restantes -el agotamiento de la capa de ozono y la carga de aerosoles atmosféricos- quedarían como los únicos dos ámbitos no sobrepasados.

En términos económicos la errática dinámica internacional, azuzada por el estallido financiero de 2008, se ha agravado en los últimos años, sin viso alguno de mejora. El capitalismo está estancado –un magro 2,4 % de crecimiento esperado para la década presente–, sufre de sobrecapacidad productiva, y apenas la financiarización lo sostiene con respiración asistida. En otras palabras, la tarta del crecimiento se achica –especialmente para las y los trabajadores–, los capitales que pugnan por la misma son abundantes –desarrollándose un juego de suma cero en el que solo uno gana, siendo este China en la mayoría de muchos rubros estratégicos–, y el marco en el que estos actúan es altamente inestable, incrementándose el riesgo de estallidos de todo tipo.

Se impone de este modo la guerra económica como sentido de época, a través de una competencia extrema por el control de mercados, rutas comerciales (Groenlandia, Oriente Medio), inversiones estratégicas (inteligencia artificial, semiconductores, economía verde) y, muy especialmente, el acaparamiento de suministros como las energías fósiles y la minería metálica.

En coherencia, y en términos políticos, el orden internacional basado en el multilateralismo, las reglas compartidas y la democracia liberal, ha saltado por los aires en el último lustro. Pese a tratarse este de un modelo de gobernanza sesgado a favor de las potencias occidentales, apuntalado por una lex mercatoria que blinda los intereses de sus corporaciones, y definido por un marco de baja intensidad democrática, el contexto de crisis global y la consolidación de China como hegemón económico han modificado el tablero mundial.

Ahora son las agendas reaccionarias y autoritarias de las extremas derechas, con la fuerza y la violencia como valores fuertes, así como el avance del régimen de guerra, quienes imperan en un panorama político trastocado en sus principales términos por EE. UU. y sus aliados, entre ellos Israel y la Unión Europea. La secuencia de guerras y agresiones imperialistas se acelera de este modo –Ucrania, genocidio en Gaza, Venezuela, Irán–, dentro de una peligrosa espiral militarista, en un contexto marcado por el riesgo de contienda nuclear.

Sin duda, somos las mayorías populares y la clase trabajadora en su conjunto quienes sufrimos de manera específica los embates de esta tormenta perfecta que está generando el capitalismo. Quienes enfrentamos en primera línea los desastres naturales. Quienes, de una manera cruelmente asimétrica, tenemos crecientes dificultades para la reproducción de nuestras vidas, explotadas y atravesadas por una precariedad cada vez más generalizada. Quienes somos expropiadas de lo común, y de nuestros propios trabajos. Quienes nos vemos obligadas a emigrar por motivos económicos, políticos, y/o ambientales. Quienes resistimos las agresiones de la extrema derecha y sus agendas reaccionarias. Quienes nos convertimos en las primeras víctimas directas del militarismo y de la guerra.

Agenda ecosocialista, más necesaria y urgente que nunca

Frente al diagnóstico global expuesto en el apartado anterior, el manifiesto del Encuentro celebrado en Euskal Herria en 2016 también alertaba de los cantos de sirena del capitalismo verde, que amenazaba con reproducir el mismo modelo de consumo y perpetuar las mismas estructuras que generaron la urgencia ecológica y la emergencia social. Este, reconvertido hoy en capitalismo verde oliva y digital -como versión hegemónica tras la pandemia– pretende que la suma de alianzas público-privadas e inversiones masivas en energía, economía verde, digitalización y armamento, ofrecen una oportunidad económica y una respuesta política a la conflictividad geopolítica que el propio sistema ha generado, conduciéndonos hacia un horizonte de crecimiento estable y generalizado, así como a un desacoplamiento de dicho crecimiento, con respecto a las emisiones contaminantes, y frente al consumo energético y material.

El impacto real de esta agenda oficial, no obstante, es diametralmente opuesto al planteado: ni se revierte el estancamiento económico, ni se avanza en términos de sostenibilidad, ni se reducen en términos absolutos las emisiones y el consumo físico –sí en algún territorio específico, pero nunca al ritmo comprometido, y, sin tener en cuenta la naturaleza global de las cadenas de valor en las que cada país o región están involucrados–. Por el contrario, se refuerza el poder corporativo como protagonista –y por tanto la vigencia de la maximización de la ganancia como meta fundamental–, se consolida la dinámica extractivista –sobre todo de energía y minería metálica–, y se azuza la guerra económica respecto a los suministros estratégicos, así como el régimen de guerra dentro de la escalada militarista que lo define.

Por lo tanto, este capitalismo verde oliva y digital no supone solución alguna sino, al contrario, es la agenda con la que explícitamente hay que confrontar. Tampoco lo son las versiones neokeynesianas de este que, comprando su marco general y descontextualizando la emergencia climática respecto al conjunto de parámetros que definen el panorama internacional actual, plantean dirigir estrategias nacionales de transición desde gobiernos “progresistas” a través de una mezcla de pactismo con las grandes empresas, innovaciones tecnológicas y cambios sociológicos progresivos. Evitan, en consecuencia, cualquier transformación en profundidad y renuncian a la necesidad de generar movilización popular; niegan la lucha de clases; soslayan la relevancia estratégica de la propiedad pública; y obvian el carácter retardista de un poder corporativo, atravesado por el estancamiento secular y la sobrecapacidad productiva.

Queremos, por tanto, reforzar nuestra apuesta por el ecosocialismo como agenda estratégica de superación radical del estado de cosas actual. Y lo hacemos desde Euskal Herria, un país con su idiosincrasia, pero también atravesado por muchas de las variables que definen el contexto global en la actualidad: un país del Norte Global, pero sin soberanía para tomar decisiones en todos los ámbitos estratégicos; un país de renta alta, pero con una matriz económica vulnerable –automoción, aeronáutica, máquina-herramienta, siderometalurgia, sector armamentístico, etc.–; un país muy consumidor de energías fósiles, pero absolutamente dependiente del exterior; un país con instituciones volcadas en políticas en favor del poder corporativo, apuntalando su dinámica desde la esfera pública; un país, también, que cuenta con una mayoría sindical confrontativa y de clase, así como con una trayectoria de notable movilización popular.

Para el movimiento ecosocialista de Euskal Herria, la última década ha sido un tiempo de aprendizaje acelerado y de maduración política. Desde los III Encuentros Ecosocialistas Internacionales, las luchas ecosociales han avanzado en cuatro direcciones clave: la articulación interseccional entre sindicalismo, feminismo y ecologismo -con la mayoría sindical vasca asumiendo posiciones explícitamente ecosocialistas-; la huelga general por unas pensiones y vidas dignas de 2020; la huelga general feminista de 2023 en defensa de un sistema público-comunitario de cuidados; el arraigo territorial materializado en experiencias concretas (el proyecto de un Índice de sostenibilidad de Busturialdea-Urdaibai o el acompañamiento a la reconversión industrial de Mecaner); la defensa del territorio frente a los megaproyectos corporativos (Guggenheim Urdaibai, entre otros); y la construcción de una pedagogía ecosocialista que facilite su difusión y desarrollo.

Hemos aprendido también que las victorias parciales son posibles y necesarias. Que no hay transición justa sin conflicto ni movilización popular. Que el ecosocialismo en Euskal Herria solo tiene sentido si se construye desde lo común, lo feminista y lo internacionalista, en diálogo permanente con los pueblos del Sur global.

Abogamos pues por un ecosocialismo que, bajo una bandera de cuatro colores (verde ecologista, rojo de la justicia social, violeta feminista y negro del empoderamiento ciudadano) se construya sobre:

  1. La confrontación con el statu quo, situando en el centro la sostenibilidad de vidas dignas para la clase trabajadora, en su conjunto y con su diversidad.
  2. El vínculo de necesidad entre las luchas de clase, feministas, ecologistas, antirracistas, internacionalistas y antimilitaristas.
  3. Un horizonte que sitúe la explícita superación del orden hoy institucionalizado en torno al capitalismo.
  4. Estrategias de transición ecosocial justa que, aquí y ahora, permitan avanzar en términos de desmercantilización, descorporativización, emancipación, protagonismo de lo común, ajuste del modelo social a los límites biofísicos, y redistribución radical de la riqueza y de todos los trabajos (productivos y reproductivos).

Unas estrategias de transición ecosocial justa definidas por las siguientes claves:

  • La apuesta por una planificación democrática y vinculante, como herramienta indispensable para responder al interés y los derechos, tanto de la clase trabajadora como de la naturaleza.
  • El protagonismo de la propiedad pública y comunitaria como única garantía de control colectivo y viabilidad del proceso.
  • La participación popular como condición democrática,ante un reto político de época.
  • La justicia global, dentro de un panorama crecientemente imperialista y neocolonial.
  • El desarrollo de alternativas de todo tipo, frente a la hegemonía actual de los megaproyectos.
  • La articulación entre movimientos populares y sindicatos de clase, en dinámicas conjuntas para crear redes a favor de la vida que sean la punta de lanza de la transformación ecosocialista.

Estas claves estratégicas, en última instancia, deberían atravesar y dotar de identidad al impulso de nuevas agendas ecosocialistas:

  1. que pongan en el centro el cuidado de la vida, tanto de las personas, como de los ecosistemas;
  2. que sitúen como horizonte el decrecimiento justo y asimétrico, la electrificación y el impulso de profundas transformaciones sociales, económicas y culturales;
  3. que incidan en la disputa con la extrema derecha reaccionaria y negacionista, desde propuestas que transformen la materialidad de la vida de las y los trabajadores en beneficio de lo común;
  4. que defiendan sin tapujos el “no a la guerra”, enfrentando la deriva militarista y sus estructuras principales, como la OTAN;
  5. que apunten al desmantelamiento de la arquitectura de la impunidad corporativa, blindada hoy por tratados de comercio e inversión, y otras fórmulas de perpetuar los intereses de las empresas transnacionales;
  6. que apuesten por una redistribución radical de la riqueza y de todos los trabajos;
  7. que abunden en cambiar las matrices económico-energéticas, priorizando enfoques como la soberanía alimentaria, la economía feminista, la economía solidaria, etc., mediante la relocalización, la soberanía, la cohesión y el equilibrio territorial.
  8. que avancen en la consideración de ámbitos sociales como vivienda, cuidados, educación y salud como derechos públicos, libres de mercantilización y, por tanto, ajenos a la dinámica capitalista.

Somos conscientes de que la actual agenda de las élites económicas y políticas, nos arrastra irremediablemente a un escenario caracterizado por un ecocidio y genocidio, de proporciones difícilmente predecibles, pero de terribles consecuencias, sobre todo para las personas y pueblos más vulnerables. La disyuntiva es clara: ecosocialismo feminista o barbarie. Apostemos entonces por defender la vida, la naturaleza y los derechos de la clase trabajadora, aquí y ahora, en todos los espacios y desde todos los ámbitos.

Gora Euskal Herriko langileria! Gora munduko langileria!

sobre pedro y pablo y henry d. thoreau

Marc Badal y Anne Ibáñez Guridi, desde su refugio en Luzaide (Pirineo navarro), me incluyen amablemente en una encuesta que (desde su proyecto de confluencia de saberes Nube Local) hacen arrancar de una cita de Thoreau en sus diarios.[1] La cosa va del diálogo entre entendimiento e imaginación, que en esas líneas el gran escritor de Concord ve más bien en términos de diálogo de sordos: “¿Qué ciencia es aquella que sólo enriquece el entendimiento, robándole a la imaginación? No sólo le roba a Pedro (la imaginación) para pagar a Pablo (el entendimiento), sino que toma de Pedro mucho más de lo que podría darle a Pablo”. Eso resulta “tan inadecuado como lo sería, para un mecánico, la descripción que un poeta podría hacer de una máquina de vapor. ¿Sabríamos algo en realidad si conociéramos sólo mecánicamente todas las cosas?”

La pregunta de Thoreau está justificada, y no cuesta leerla como una actualización de la crítica romántica de la ciencia mecanicista que cabría también ejemplificar con Goethe. Algo he escrito al respecto en el marco del proyecto Speak4Nature.[2] Ahora bien, lo que quisiera subrayar ahora es que hay que tratar de desmontar esa suspicacia mutua entre Pedro y Pablo, y que de eso va la idea de una “tercera cultura” sobre la que tanto insistió Paco Fernández Buey en los últimos años de su vida.[3] Al fin y al cabo, el propio Thoreau fue a la vez Pedro y Pablo: no sólo un poeta del mundo vivo sino también un agudo observador naturalista, a quien hay que incluir desde luego entre los cultivadores de una ciencia natural descriptiva de enorme valor.

¡Recordemos a Alexander von Humboldt (1769-1859)! El investigador alemán encarnó como nadie la idea de una ciencia concebida como interminable diálogo con la naturaleza, ciencia orientada no por la dominación sino por la aspiración al disfrute de la vida… No en balde suele verse en él la síntesis lograda entre Ilustración y Romanticismo. Otros pensadores y artistas se sitúan en ese interesante lugar: Leopardi, Hölderlin, Mozart… Von Humboldt es uno de los precursores (o quizá habría que decir más bien uno de los fundadores) de la ecología, las “ciencias de la Tierra” y los esfuerzos por comprender las totalidades que en la segunda mitad del siglo XX desembocarán en la teoría de sistemas y los enfoques de la complejidad.

El objeto del conocimiento de la verdad, sostenía el científico y explorador, debería ser “no el poder sino el disfrute de la vida”. Sus esfuerzos científicos se dirigían a “despertar un conocimiento de todas las cosas dignas de amor”. En su magna obra Cosmos (que comenzó a publicar en 1845) trataba de explicar cómo en la naturaleza cada cosa estaba conectada con todas las demás, cómo todas las fuerzas de la naturaleza se hallaban en mutua dependencia. Valoraba como el núcleo del progreso histórico “el concepto de humanización, la tendencia a echar abajo las barreras del prejuicio y la religión y la creencia en que la humanidad es una gran comunidad capaz de desarrollar sus posibilidades inherentes”. Theodore Zeldin, que recoge estas palabras de Humboldt, comenta con acierto: “Fue también prisionero de la tela de araña [ideológica] de su época, un optimismo ingenuo, y no logró ver que la historia podía ir tanto hacia atrás como hacia adelante, pero si liberamos su pensamiento de esa ingenuidad, aparece como algo fundamental y poderoso.”[4]

¿No deberíamos entender la ciencia y la técnica más según el modelo de la bolsa (o morral) de transporte que el de la azagaya de dominación? Así lo proponía Ursula K. Le Guin en su espléndido texto “The carrier bag theory of fiction” (1986).[5] Gregory Bateson es otro faro en la oscuridad: “No debemos permitir que nuestra comprensión imperfecta alimente nuestra angustia y así incremente la necesidad de control. Más bien nuestros estudios podrían inspirarse en un motivo más antiguo, pero hoy menos respetado: una curiosidad sobre el mundo del que formamos parte. La recompensa de este trabajo no es poder, sino belleza.”[6] Expresado de otra forma por el gran matemático francés Poincaré: “El científico no estudia la naturaleza porque es útil: la estudia porque se deleita en ella, y se deleita en ella porque es bella. Si la naturaleza no fuese bella, no valdría la pena conocerla, y si no valiese la pena conocer la naturaleza tampoco valdría la pena vivir la vida.”[7]

La oposición se daría, en palabras del ecólogo Aldo Leopold, entre “la ciencia que afila su espada versus la ciencia que ilumina su universo”.[8] A la primera (“la ciencia que afila su espada”) se asocia Homo sapiens como conquistador y la naturaleza como esclava, nos dice Leopold; a la segunda Homo sapiens como ciudadano biótico, y la naturaleza como comunidad biótica.

Aunque estemos aquí evocando a pensadores modernos, en realidad este asunto quedó planteado ya en la Antigüedad grecorromana. En la filosofía antigua el fruto de la contemplación de la naturaleza se llamaba “grandeza del alma” (magnanimidad) y estaba relacionado con una “mirada desde arriba” a las cosas humanas, una liberación con respecto a las “pasiones” del cuerpo y una pérdida del miedo a la muerte. Es un asunto que ha estudiado con detalle Pierre Hadot, quien relaciona esta “física de la contemplación” con una mirada desinteresada que está en la base de lo que denomina “actitud órfica”. Ésta es una mirada que no saca provecho utilitario del descubrimiento de “los secretos de la naturaleza” (como sí es propio de su opuesto: la actitud prometeica), sino que en su lugar permite el brotar del asombro y la admiración. En este sentido, la física tiene así una función dentro de la práctica espiritual, pues conduce a la “paz del alma”: “El estoico alcanzará la paz del alma situándose en una disposición de consentimiento a la voluntad de la Razón que dirige el universo, mientras que el epicúreo también alcanzará la paz del alma pensando en la infinidad de los mundos en el vacío infinito, sin temer ni los caprichos de la divinidad ni los ataques de una muerte que no es nada para nosotros. Las teorías físicas propuestas por estas escuelas están, pues, destinadas a liberar al hombre de la angustia que experimenta ante el enigma del universo”.[9]

Para Carl Jung, quien de alguna forma también representa la crítica romántica frente a la Ilustración (freudiana en este caso), la ciencia moderna “no es realmente un instrumento perfecto, pero es una herramienta magnífica y valiosa que sólo causa daños cuando se la toma como un fin en sí misma. La ciencia debe servir; se equivoca cuando usurpa el trono. Debe estar lista para servir a todas sus ramas, pues cada una, insuficiente por sí misma, necesita la ayuda de las otras. (…) Forma parte de nuestro entendimiento y sólo oscurece nuestro pensamiento cuando afirma que el entendimiento que transmite es el único tipo que existe. Oriente nos enseña otro entendimiento, más amplio, más profundo, superior: el entendimiento a través de la vida”.[10]

En síntesis: lo que caracteriza a la ciencia es a) el interrogatorio/ diálogo con la realidad/ naturaleza (el mundo “ahí afuera”) y b) los procedimientos autocorrectivos. Es cierto que el interrogatorio puede consistir en atar a la naturaleza al potro de tortura (las famosas y terribles imágenes de Francis Bacon), pero no tiene por qué ser necesariamente así. Hay otras vías… Una humanidad que optase por la simbiosis con la naturaleza en vez de la dominación podría sin duda hacer ciencia (de hecho, una ciencia mejor que la que hoy prevalece). Se trataría –podríamos decir con William Morris– de buscar el conocimiento (y la belleza) como un fin en sí mismo, y no como un medio para dominar a otros; se trata de renunciar a una parte del dominio sobre la naturaleza que hemos adquirido, y vivir una vida más sencilla, plena y libre.[11]

 

[1] Una anotación del 25 de diciembre de 1851, El diario (1837-1861) vol. 1, Capitán Swing, Madrid 2013, p. 156-157.

[2] https://www.speak4nature.eu/es/dictionary/mecanicismo/

[3] Francisco Fernández Buey, Para la tercera cultura, El Viejo Topo, Barcelona 2013; https://tienda.elviejotopo.com/pensamiento/992-para-la-tercera-cultura-ensayos-sobre-ciencias-y-humanidades-9788492616053.html . Salvador López Arnal resumía así algunas de las tesis de este libro:

“1. El humanista de nuestra época no tiene por qué ser un científico en sentido estricto, de hecho no puede serlo, “pero tampoco tiene por qué ser necesariamente la contrafigura del científico natural o el representante finisecular del espíritu del profeta Jeremías, siempre quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento científico o de tal o cual innovación tecno-científica”.

  1. Si se limita a ser esa contrafigura, el intelectual tradicional, el humanista, tiene todas las de perder. “Puede, desde luego, optar por callarse ante los descubrimientos científicos contemporáneos y abstenerse de intervenir en las polémicas públicas sobre las implicaciones de estos descubrimientos”. Sólo que entonces, remarca oportunamente FFB, “dejará de ser un contemporáneo”.
  2. Consciente de ello, el humanista de nuestra época podría ser, debe ser también un amigo de la ciencia. En un sentido parecido “a como lo son, a veces, los críticos literarios o artísticos, equilibrados y razonables, de los narradores, de los pintores y de los músicos”.
  3. Si, como se suele afirmar, hemos de aspirar en el siglo XXI a una tercera cultura, a otra cultura más integradora, y a una ciencia con conciencia, como él mismo escribiría en el ensayo que dedicó a uno de sus granes clásicos, Albert Einstein, “el éxito de esta aspiración no dependerá ya tanto o sólo de la capacidad de propiciar el diálogo entre filósofos y científicos como de la habilidad y precisión de la comunicación científica a la hora de encontrar las metáforas adecuadas para hacer saber al público en general lo que la ciencia ha llegado a saber sobre el universo, la evolución, los genes, la mente humana o las relaciones sociales”.
  4. La consideración anterior obliga a prestar mucha atención “no sólo a la captación de datos y a su elaboración, a la estructura de las teorías y a la lógica deductiva en la formulación de hipótesis, o sea, al método de investigación, sino también a la exposición de los resultados, a lo que los antiguos llamaban método de exposición”. Si se concede importancia a ello como debe concederse, a la forma de exponer resultados científicos alcanzados (el punto es esencial políticamente para religar ciencia y ciudadanía) hay que volver entonces “la mirada hacia dos de los clásicos que vivieron cabalgando entre la ciencia propiamente dicha y las humanidades y que dieron además mucha importancia a la forma arquitectónica de la exposición de los resultados de la creación y de la investigación: Goethe y Marx”. A ambos, clásicos también del estudioso de Gandhi y Lenin, les debemos, entre muchas otras cosas valiosas, consideraciones y reflexiones sobre el método de exposición “cuyo valor se apreciará tanto más cuanto mayor sea nuestra atención a la ciencia como pieza cultural”. Prólogos y prefacios de El Capital son muestra de ello.

La proclama ilustrada-y-más-que-ilustrada del autor puede decirse así: atrévete a saber porque (una neta ampliación de la XI tesis sobre Feuerbach) el saber científico (falible, provisional, casi siempre probabilista cuando no sólo plausible) ayuda en las decisiones que conducen al hacer, es imprescindible en asuntos de praxis. “Ayuda también a la intervención razonable de los humanistas en las controversias públicas del cambio de siglo”. Si bien, por lo general, esta ayuda se produce por vía negativa: “indicándonos lo que no podemos hacer o lo que no nos conviene hacer”. Francisco Fernández Buey solía recordar en estos casos las palabras de Maquiavelo: “Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”. ¡Para evitarlos, no para hundirnos en ellos!” Salvador López Arnal en espai marx, 13 de agosto de 2013; https://espai-marx.net/?p=2315

El pensamiento crítico –y la ciencia social crítica– pueden ganar fuerza de “un racionalismo atemperado por la consciencia crítica de lo que ha sido y es la vida de los hombres”. Francisco Fernández Buey, La ilusión del método, Crítica, Barcelona 1991, p. 245.

[4] Thedore Zeldin, Historia íntima de la humanidad, Plataforma Editorial, Barcelona 2014 (el original en inglés es de 1996), p. 221.

[5] https://arquitecturacontable.wordpress.com/2021/01/14/ursula-k-leguin-teoria-bolsa-para-llevar-cosas/

[6] Bateson citado por Tim Parks, “Everything is connected”, The Guardian, 13 de septiembre de 2008; https://www.theguardian.com/books/2008/sep/13/politics.art

[7] Jules Henri Poincaré citado en Eric D. Schneider y Dorion Sagan, La termodinámica de la vida, Tusquets, Barcelona 2006, p. 78.

[8] Aldo Leopold, “Escudilla”, en Una ética de la tierra, Catarata, Madrid 1999, p. 153.

[9] Pierre Hadot, El Velo de Isis. Ensayo sobre la historia de la idea de naturaleza. Ediciones Alpha Decay, Barcelona 2015, p. 248.

[10] Jung citado en Boaventura de Sousa Santos, El fin del imperio cognitivo, Trotta, Madrid 2020, p. 79.

[11] William Morris, “La sociedad del futuro” (1887), en La Era del Sucedáneo, Pepitas de Calabaza, Logroño 2016, p. 63-64.

‘jóvenes españoles 2026’: visión de un futuro muy sombrío y neonegacionismo

La décima edición del informe de la Fundación SM Jóvenes españoles 2026 registra cambios importantes en cómo se sitúan frente al mundo las generaciones más recientes, que aquí sólo puedo evocar de pasada. Leemos: “Al ahondar en los sentimientos frente al futuro del planeta con relación al medioambiente por la vía cualitativa, la palabra clave de cómo ven los jóvenes el futuro a medio y largo plazo es apocalíptico. El «largo plazo», con muy contadas excepciones, parece surgido de alguna distopía especialmente cruel y apocalíptica del mundo. Esa es, por lo menos, una de las expresiones más usadas por los jóvenes, si bien hay otras con significados similares: negro, oscuro, devastador, destruido, inhumano, caótico, catastrófico. Aunque hay variadas formas de imaginar ese futuro a largo plazo, existen puntos de referencia claros que se repiten una y otra vez en su discurso: barbarie, pobreza, hambre, superpoblación, lucha por los recursos (incluso guerra o Guerra Mundial) y enfermedades. (…) Una imagen [del panorama ecosocial] que, para desgracia de aquellos que se consideran ambientalistas, nunca hasta el presente informe había sido tan clara y diáfanamente negativa, no pudiéndose apreciar ya, como sucedía en informes anteriores (…), contradicciones o «fisura» interpretativa de mayor calado” (p. 28-29). Por otra parte, esta visión general es compatible con un creciente negacionismo frente a la crisis ecosocial. Frente a la afirmación “La llamada crisis ecológica de la humanidad se está exagerando mucho”, se ha pasado de asentir un 31% en 2005 a un 43’7% en el informe actual. Solamente entre el último informe de 2021 y el actual, en apenas cinco años, el agregado ha aumentado nada más y nada menos que un 17’4 %. “El negacionismo como fórmula ideológica que afirmaba (y lo sigue afirmando) que la crisis medioambiental no es más que una invención, poco más que un «mito», se ha reformulado en los últimos años hacia un neonegacionismo que, si bien acepta la existencia de una crisis climática, niega la intervención humana, su gravedad o la premura de sus consecuencias. Una «ficción» se ha llegado a decir desde la palestra política, argumentando diferentes motivos ajenos al peso de nuestra actividad socioeconómica, como, por ejemplo, los grandes ciclos climáticos. En este sentido, más de la mitad de la gente joven (52’1%) piensa que «Aún nos queda mucho tiempo para actuar frente a los problemas medioambientales»” (p. 29). Y la cosa sigue así: “Frente a los negacionistas, prácticamente la mitad de la gente joven en datos agregados (un 43’7% que considera una exageración la crisis ecológica y un 52% que piensa que aún queda mucho tiempo), el bloque colapsista, que muestra su completo acuerdo con que «La batalla por salvar el medioambiente ya está perdida. Hagamos lo que hagamos, el colapso ecológico ya es inevitable», ya alcanza prácticamente a la mitad de la población joven, aumentando de un 31% a un 45% desde 2021 al presente informe” (p. 30).

https://es.fundacion-sm.org/innovacion-educativa/biblioteca/informe-jovenes-espanoles2026/