La crisis de Ceuta nos está haciendo evolucionar rapidísimamente en la peor dirección. El fascismo ya está aquí, denuncia Rafael Narbona. “Los aquelarres fascistas que han recorrido nuestro país gritando España cristiana y no musulmana ponen de manifiesto que el odio, el racismo y la intransigencia ya no son fenómenos minoritarios, sino de masas. Se respira un clima parecido al de la Europa de los años treinta. El futuro da miedo.
En una sociedad que desprecia el conocimiento, como ha señalado el historiador Julián Casanova, ya no se puede hablar del riesgo de reaparición del fascismo. En realidad, el fascismo ya está aquí, a pie de calle, representado por un sector cada vez más amplio de la población: jóvenes que idealizan el franquismo, personas de la tercera edad que añoran la dictadura, matones ociosos que practican la intimidación, mujeres que aborrecen el feminismo, trabajadores ofuscados por las consignas nacionalistas y xenófobas.
Abascal y Feijoo aprovecharán la coyuntura para hacerse con el poder. Con el PP y Vox en el poder, la Guardia Civil y la Policía Nacional podrían asumir las tareas del ICE estadounidense, deportando a miles de personas. Y los jueces, envalentonados, recrudecerían su campaña contra la izquierda con el apoyo de la prensa de derechas. Los ciudadanos que aún creemos en valores como la libertad, la solidaridad y los derechos humanos nos convertiremos en el blanco de unas instituciones gobernadas por políticas que ya hablan de remigración y prioridad nacional. La noche oscura del fascismo ya ha comenzado a propagarse y no tenemos a un Albert Camus para denunciar esta nueva peste.”[1]
Michael Mann ha analizado en The Dark Side of Democracy el fenómeno de la limpieza étnica. La democracia, sintetiza Richard Seymour, puede sufrir brutales torsiones allí donde el demos entra en conflicto con el etnos. Especialmente en situaciones de crisis, rasgos básicos de la democracia se prestan a la furia etnonacionalista, “en la que el antagonismo de clases se transfiere a una lucha étnica de suma cero. La maldición moderna de la limpieza étnica y el genocidio es propia de regímenes democráticos inestables. Pensamos ahora en las privaciones, hambrunas y desastres que producirá la crisis climática y en los efectos que esto tendrá en nuestros ya muy agitados sistemas democráticos…”[2]
Las subjetividades fascistas cristalizan en un vínculo sadomasoquista: sí, sufro, pero me desquito haciendo sufrir a otros. “El fascismo fósil, si quiere que una parte de las personas empobrecidas y trabajadoras empiece a decir: sí, moriría por eso, tiene que ofrecerles algo que valga más que la supervivencia (…): las satisfacciones de la venganza, de destrozar al vecino, de disfrutar de la omnipotencia sobre otra vida, aunque sea de manera vicaria”.[3]
[1] Seymour, La Tierra desencantada, op. cit., p. 104.
[1] https://x.com/Rafael_Narbona/status/2095482419126166002
[3] Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 83.