¡Todo lo que hacemos para evadir nuestra mortalidad! Desde las prácticas funerarias egipcias, pasando por la doctrina católica, hasta el transhumanismo… Bolonia permite alimentar una reflexión sobre lo mal que llevamos el memento mori, visitando el Museo Arqueológico (con sus impresionantes secciones egipcia y etrusca) o cualquier iglesia, por ejemplo la chiesa del SS. Salvatore, donde nos detendremos delante de La Rissurrezione de Giovanni Andrea Donducci (il Mastelletta), un pintor barroco local cuyo arte bueno pero no excelente permitirá que, en vez de perdernos en la contemplación estética, nos atengamos a lo que importa: ¿de verdad no somos capaces de asumir que moriremos sin inventar trasmundos y sin extraviarnos en la carrera consumista (“puesto que voy a morir, me lo merezco todo; para lo que me queda en el convento, me cago dentro”)?
Escribe Rafael Narbona en Twitter/X: “Si la vida sólo es esto, un viaje efímero entre dos océanos de oscuridad, Camus y Sartre tenían razón: la vida es absurda. Cuando Teresa de Jesús dijo ‘sólo Dios basta’, sabía que sólo el Absoluto, sea lo que sea, puede salvar al ser humano del desamparo y la sensación de impotencia. Cioran escribió: ‘Imagino mis cenizas desperdigadas por todo el planeta, frenéticamente agitadas por el viento, diseminándome en el espacio como un reproche contra este mundo’. No puede imaginarse otro futuro para cada uno de nosotros si sólo somos un capricho de la evolución, una pavorosa forma de azar”.[1] Pero, amigo, la vida no es absurda porque sea limitada.[2] No necesitamos Absolutos con mayúsculas para sentirnos y sabernos parte de un todo mucho más grande y perdurable que nosotros (espiritualidad gaiana; comunión con la naturaleza de los pueblos originarios). Y nuestras “cenizas desperdigadas por todo el planeta” no deberíamos de ninguna manera considerarlas un reproche contra este mundo, sino situarnos en un momento anterior (pues estamos vivos, todavía no hemos muerto) y admirarnos, más bien, ante la constatación de que cada uno de los átomos que componen nuestro cuerpo ha formado parte de otros diez mil cuerpos distintos anteriormente (cuerpos humanos y no humanos), y que algunos de los átomos de oxígeno y nitrógeno que ahora mismo estamos inspirando fueron exhalados, hace algunos siglos, por la elocuente Safo de Lesbos o la hermosa tabernera Siduri.
Y en cuanto al “viaje efímero entre dos océanos de oscuridad”, si se insiste en esa perspectiva, diría que también podemos abordarla con el desenfado de los Monthy Python en La vida de Brian: “Vienes de la nada y regresas a la nada. ¿Qué es lo que has perdido? ¡Nada!”[3]
[1] El escritor y crítico literario escribe esas líneas en un momento en que le abruma la soledad. Antes ha explicado: “Qué duro es superar los sesenta años sin familia. Mi mujer y yo no tenemos hijos ni sobrinos. Yo he perdido a mis tres hermanos y mi mujer sufre algo peor: la desafección de dos hermanos por culpa de una herencia. Los amigos sólo son una brizna de afecto en el vasto océano de la soledad. Y no cabe esperar nada de la sociedad. En una gran ciudad, nadie conoce a nadie. Ya no existe sentido de comunidad. No sé qué le sucederá a mi biblioteca, con más de veinte mil volúmenes y muchas primeras ediciones dedicadas. No es fácil donar algo así. Casi todas las instituciones están desbordadas. Nos conformamos con que nuestros perros y gatos no nos sobrevivan…” https://x.com/Rafael_Narbona/status/1989763980596756649
Uno se siente tentado a replicar: pero, hombre, una mujer, perros y gatos, ¿no constituyen contigo una familia? No hace falta tener descendientes consanguíneos para formar una familia… ¡Y están cerca amigos, y algo más allá un montón de lectores y lectoras para quienes eres una persona importantísima! En cuanto a la biblioteca, ciertamente es un problema. Pero un problema que se agrava enormemente si quieres que se conserve entera en algún lugar, como un trasunto de tu propia (deseada pero imposible) inmortalidad. Si te desprendes de ese deseo supersticioso, el problema se simplifica: poco a poco puedes ir regalando y donando en vida esa biblioteca por partes más pequeñas, de manera que siga siendo útil, ahora distribuida entre varias o muchas personas…
[2] Mejor la noción de tragedia (con los griegos antiguos y Cornelius Castoriadis) que la de absurdo, pero esto queda para desarrollarlo otro día (o releer estas páginas mías: “Contra la desmesura: Albert Camus bajo el signo de Némesis”, capítulo 2 de ¿Vivir como buenos huérfanos? Ensayos sobre el sentido de la vida en el Siglo de la Gran Prueba, Catarata, Madrid 2017). Mejor el Camus del pensamiento meridiano, su filosofía mediterránea del mediodía, que el del absurdo.
[3] http://montypython.50webs.com/scripts/Life_of_Brian/35.htm#:~:text=side%20of%20life!-,MR.,pays%20for%20all%20this%20rubbish?