el cuatrimestre de las aulas vacías

Clase de las 15’30, ayer tarde (9 de mayo): cinco estudiantes (de un grupo de 32). Clase de las 17’30: tres estudiantes (de un grupo de 15). Vale, es viernes por la tarde, estamos a final de curso, yo no paso lista, se trata de estudiantes de tercer y cuarto curso. Pero anteayer me contaba el joven profesor Adrián Santamaría que en clase de ética de primer curso habían asistido a clase apenas una docena de estudiantes (de un grupo de más de sesenta).

Éste habrá sido el cuatrimestre de las aulas vacías. Uno no puede evitar preguntarse: ¿qué estoy haciendo mal?

Y sin embargo hay que plantear, probablemente, otras preguntas previas. ¿Qué está sucediendo con la vivienda y los alojamientos en España? “Un profesor nos contó lo que estaba pasando en Sevilla: el alto precio de los alquileres y las residencias universitarias hacía que muchos alumnos que viven en otras ciudades fuesen a clase sólo una o dos veces por semana. Van, echan el día y se vuelven. No pueden permitirse más.”[1]

Me decía el decano de mi Facultad, Manuel Alcántara: “Efectivamente es un drama lo de la vivienda en Madrid, con repercusiones también para quienes desearían estudiar aquí. Justo ayer tuve una reunión con la decana de Filosofía y Letras de la UNAM en México y me comentaba que habían detectado ese problema también para los estudiantes que querían venir de estancia desde allí.”[2]

En un estudio reciente en Barcelona (El absentismo en las aulas universitarias de la UAB. Por qué vale la pena ir a clase) se constata que casi cuatro de cada diez estudiantes trabajan mientras estudian, una parte significativa presenta dificultades económicas o de salud, y la gran mayoría depende del transporte público para acceder al campus, a menudo afectados por el mal funcionamiento de algunos servicios de transporte.[3]

Uno intuye que otros tres factores están desempeñando un papel cada vez más importante. Por una parte, el avance de los trumpismos en muchos países lleva consigo una depreciación creciente del conocimiento como valor: un rasgo importante de estas nuevas ultraderechas, además de su antifeminismo y su antiecologismo, es su antiintelectualismo. Por otro lado, la rápida expansión de las Inteligencias Artificiales generativas induce en mucha gente la ilusión de que pueden aprender mejor, y más fácilmente, que en las aulas simplemente interactuando con un chatbot.

Y en tercer lugar, pero sobrevolándolo todo, el miedo al futuro. Hace un par de días me referí a la décima edición del informe de la Fundación SM Jóvenes españoles 2026, donde se califica el sentimiento de los y las investigadas con respecto al futuro como apocalíptico. En un artículo en el New York Times, Anna Louie Sussman examina cómo la incertidumbre y el miedo al futuro sería el elemento clave para entender el actual declive demográfico en la mayor parte del mundo (en realidad, el mundo entero salvo algunas regiones de África) incluso en entornos con situaciones económicas aceptables y servicios sociales suficientes.[4]

Y después de todo lo anterior, efectivamente uno ha de preguntarse: ¿en qué puedo mejorar mi docencia?

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Dejo por aquí una reflexión de la profesora Beatriz Muñoz González, socióloga en la Universidad de Extremadura: “Tras un titular sobre absentismo universitario enseguida aparece una explicación cómoda: son los estudiantes, son los profesores, son los PowerPoints, es la desgana. Pero quizá el problema empieza ahí: en lo rápido que resolvemos asuntos complejos con diagnósticos simples.

El absentismo universitario quizá no habla sólo de horarios, docentes o motivación, quizá señale un cambio cultural más profundo: una nueva forma de estar en la universidad atravesada por la lógica del consumo rápido, la utilidad inmediata y la atención fragmentada. Puede ser que la clase sea ahora para muchos algo que se usa si encaja, si renta, si entra en el examen o si ofrece un beneficio visible. La presencia deja de ser un vínculo con una comunidad de aprendizaje y pasa a medirse como coste-oportunidad.

Quizá reducir el absentismo a desgana estudiantil o a malos docentes se quede corto. A lo mejor es pertinente preguntarse qué ocurre cuando la universidad, pensada para tiempos largos, entra en conflicto con una cultura de tiempos cortos, de la inmediatez y la conexión débil.

Nuestra forma de debatir el absentismo también dice algo de la época. Ante un fenómeno complejo, buscamos rápido un culpable y una explicación cerrada. Quizá esa prisa por simplificar forma parte del mismo problema. Quizá hemos olvidado que en nuestras aulas están hoy quienes aprendieron durante la pandemia en modo online. Y que las universidades, con sus campus virtuales, también hemos alterado la cultura de la presencialidad: el espacio académico ya no se habita ni se interpreta igual. Los campus virtuales no solo han añadido herramientas, también han modificado la idea misma de presencia, aula y espacio académico.”[*]

 

[*] Tuits del 27 de abril de 2026: https://x.com/45Beatriz/status/2048775427942932617

[1] https://x.com/FernandoArancon/status/2048844236544528539 (tuit del 27 de abril de 2026).

[2] Comunicación personal, 28 de abril de 2026.

[3] José Luis Muñoz Moreno y otros: L’absentisme a les aules universitàries de la UAB : per què val la pena anar a clase, Institut de Ciències de l’Educació (Universitat Autònoma de Barcelona), Bellaterra 2026; https://ddd.uab.cat/record/327188

[4] Anna Louie Sussman, “Why so few babies? We might have overlooked the biggest reason of all”, The New York Times, 8 de mayo de 2026;  https://www.nytimes.com/2026/05/07/opinion/birthrate-kids-parents-demographics-future.html . También en español: https://www.nytimes.com/es/2026/05/08/espanol/opinion/tasa-natalidad-maternidad-demografia-futuro.html . Leemos en el texto: “El futuro nunca ha estado asegurado, pero da la sensación de que vivimos en una época de incertidumbre espectacular. En Estados Unidos, la permanencia en el empleo se ha contraído y la volatilidad de los ingresos ha aumentado. La esperanza de vida, antaño en inexorable marcha ascendente, ha descendido para las mujeres y los hombres con menos estudios. Muchas de las fuerzas sobre las que se asienta nuestra economía –la inteligencia artificial (IA), la inmigración, el comercio mundial– se sienten angustiosamente volátiles; la perturbación, antaño sinónimo de alboroto o problema, es el ethos rector de un sector aterradoramente poderoso de nuestra economía. El auge de los mercados de predicción ha convertido el mundo en un gran casino. La crisis climática se dispara, al igual que los costos de todo lo que podría permitir la maternidad, ya sea un techo o el cuidado de los niños. El último medio siglo nos ha traído una desigualdad pasmosa, acompañada de un fuerte declive de la movilidad social. Las dos generaciones que actualmente están en edad de procrear llevan las cicatrices psicológicas y financieras de haber llegado a la mayoría de edad en medio de catástrofes a escala mundial: los milénials de más edad entraron en el mercado laboral durante la Gran Recesión; muchos vieron cómo sus padres perdían sus trabajos o sus casas. La generación Z, cuyas vidas se vieron trastocadas por la pandemia del COVID-19, se encuentra ahora compitiendo contra la IA por puestos de trabajo de nivel inicial e incluso por posibles parejas. El hombre que dirige Estados Unidos parece entregado sin reservas al caos en casa y en el extranjero. (…) Para entender los cambios actuales de la población debemos mirar más allá de los indicadores que los investigadores de otros contextos han denominado como ‘la sombra del pasado’. ¿Alguien tiene trabajo? ¿Está casado? ¿Tiene estudios universitarios? También debemos considerar lo que se ha definido como las ‘sombras del futuro’…”