el problema real del catastrofismo ecológico

Hay razones objetivas para ser catastrofista, reconoce Richard Seymour: la situación es catastrófica. Y no deberíamos conceder demasiado a quienes nos repiten que no hay que asustar a la gente sobre el cambio climático, sino más bien contarles historias ilusionantes. “Es una premisa a la vez paternalista y equivocada. La gente ya está asustada por el cambio climático y así debe ser. El miedo no es algo inherentemente ilegítimo. Contemplar lo peor, como el cambio climático desbocado que puede desatar la destrucción de la civilización, no es algo inherentemente idiota. De necesitar algo, sería un poco más del poder de enfrentarse a los hechos desagradables de George Orwell”.[1]

Pero “el problema real del catastrofismo ecológico es que en las situaciones estancadas, puede ofrecer un dudoso tipo de satisfacción e incluso de consuelo. (…) Imaginar el apocalipsis ecológico como si fuera un sueño catastrófico, en el que estamos por completo presentes para dar testimonio del terrible final, sería como la ubicua fantasía de estar presentes en nuestro propio funeral. Si estás ahí para verlo, es que no has muerto de verdad. En su inconsciente, argumentaba Freud, nadie cree en su propia mortalidad”.[2]

 

[1] Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 15.

[2] Seymour, La Tierra desencantada, op. cit., p. 19.