fuego en notre dame -y ahí una entrevista

Llega el número 2 de la revista Fuego en Notre Dame (una iniciativa de estudiantes de Literatura General y Comparada, Diseño y Filología en la UCM),[1] con una entrevista que realicé con ellos el pasado mes de enero. La copio aquí:

 

“Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los vivientes que reptan sobre la tierra.” Recoges estas líneas del Génesis en tu poema “Nacimiento telúrico”. ¿Cuáles son las consecuencias materiales de situar este tipo de premisas en el centro de nuestra relación con lo natural?

El calentamiento global puede conducir incluso al exterminio de la especie humana; como ha señalado David Wallace-Wells, el hecho de que tengamos que considerar siquiera esa posibilidad dantesca es quizá el detalle cultural e histórico fundamental de la era moderna. La destrucción de seres vivos, con sus poblaciones y sus especies, alcanza niveles de catástrofe planetaria: por eso hablamos de Sexta Gran Extinción.

Hoy, por desgracia, las ilusiones del “crecimiento verde” suceden a las del “desarrollo sostenible”, mientras la dinámica autoexpansiva del capital no se cuestiona y la base de poder de la clase dominante se mantiene prácticamente incólume. No hay más que ver cómo hemos respondido ante la pandemia de la covid-19 (un percance relativamente leve en comparación con los que están en nuestro horizonte): en vez de atender a las causas subyacentes (desforestación, ganadería industrial, desmantelamiento de los servicios públicos, mayor “altura de caída” causada por el neoliberalismo y la tecnolatría), se opta por proseguir la huida hacia adelante (fe en la “bala mágica” tecnológica de las vacunas, digitalización a ultranza). La gravedad de la situación ecológica (no sólo climática, claro) sólo la percibe una minoría de la sociedad. Y de esa minoría, a su vez, sólo una parte minúscula está convencida de que no hay salida dentro del capitalismo… Así de trágica es la situación.

Nunca lo repetiremos lo suficiente: lo que haría falta es una contracción económica de emergencia, sustanciada en salida rápida e igualitaria del capitalismo, acompañada de una renaturalización masiva del planeta Tierra.

Occidente y los EEUU viven en el siglo XX por encima de sus posibilidades en términos de desarrollo, a uno y otro lado del “muro”. ¿Desde cuándo la ciencia empezó a avisarnos de la insostenibilidad de un modelo de producción ajeno a los límites físicos del planeta?

Desde hace mucho tiempo. Tenemos, por una parte, las advertencias tempranas de una serie de autores clave en la primera mitad del siglo XX, precursores de lo que será la conciencia ecológica moderna: Albert Schweitzer, Walter Benjamin, Simone Weil, Lewis Mumford, Elyne Mitchell, Aldo Leopold, Bernard Charbonneau… En la segunda mitad del siglo XX estas advertencias de humanistas y científicos se apoyan en una base de conocimiento más rigurosa: Rachel Carson, René Dubos, Barry Commoner, Murray Bookchin y un largo etcétera. Una fecha clave es 1972 (Cumbre de Estocolmo e informe The Limits to Growth). Desde entonces sabemos con certidumbre científica que la civilización que Europa propuso al mundo entero a partir del siglo XVI (expansiva, colonial, patriarcal y capitalista) no tiene ningún futuro, y que cuanto más tardemos en transitar a alguna clase de poscapitalismo peor será la devastación: pero por desgracia en los años 1970-1980 el negacionismo se impuso.

¿Puede la tecnología convertirse en un aliado a la hora de emprender una transición ecológica con justicia social?

Tenemos un problema sistémico de extralimitación ecológica, de hybris (que se manifiesta en ilusión de control, entre otros fenómenos) y de mal encaje de los sistemas humanos en los sistemas naturales (es lo que traté de mostrar en mi libro Biomímesis, hace ya bastantes años). Pensar sólo en “soluciones” tecnológicas (parciales por definición) es contraproducente: como muestra la historia de los decenios últimos (pensemos sólo en los organoclorados y la energía nuclear), la intervención sobre un problema puntual a menudo agrava otros problemas, precisamente porque nos falta la perspectiva sistémica. Y no se puede pensar en soluciones tecnológicas sin evocar de inmediato la paradoja de Jevons, que hará que el tiro nos salga casi siempre por la culata: en el marco expansivo del capitalismo, somos a menudo más ecoeficientes y al mismo tiempo más insostenibles. Desapuntarnos del solucionismo tecnológico me parece un requisito previo a tener alguna posibilidad de salida de la trampa mortal donde nos encontramos. Dicho todo lo cual, otro desarrollo tecnológico en un marco económico poscapitalista y en un marco cultural gaiano sería potencialmente una gran ayuda (para contribuir a retirar dióxido de carbono de la atmósfera, por ejemplo).

Al calor de los nuevos movimientos filofascistas vemos surgir un negacionismo virulento que emprende la “guerra sucia” contra el ecologismo ¿Cómo se relaciona esta actitud con el funcionamiento del sistema y de producción capitalista en una sociedad patriarcal?

Creo que el asunto de más envergadura al que tendrían que hacer frente las y los intelectuales de nuestras sociedades hoy (supondremos que esa categoría de “intelectuales” sigue siendo útil, lo cual está lejos de ser evidente), ya casi en el tercer decenio del tercer milenio, en el tercer planeta del Sistema solar, es el negacionismo. Pero no en el que era el sentido más habitual de “negacionismo” hace treinta años (referido al Holocausto, la Shoáh), ni tampoco al más corriente hoy (negacionismo climático), sino a un negacionismo más amplio: el negacionismo que rechaza que somos seres corporales, finitos y vulnerables, seres que han puesto en marcha procesos destructivos sistémicos de magnitud planetaria, y que hemos desbordado los límites biofísicos del planeta Tierra. Sobre la conexión entre esta clase de negacionismo y el imaginario patriarcal han razonado bien compañeras ecofeministas como Vandana Shiva, Maria Mies o Yayo Herrero.

En una publicación reciente junto a otros autores introduces la vía del “ecosocialismo descalzo”. Sintetízanos cuáles serían los pilares de esta propuesta.

Vamos a empobrecernos colectivamente. La senda de descenso energético en que nos hallamos, garantizada por las leyes de la termodinámica, lleva a ese resultado. Hoy, en un solo día, consumimos unos 7.000 años de la acumulación fotosintética que llevó a la formación de los combustibles fósiles. A medida que va agotándose el inmenso tesoro fósil que ha posibilitado dos siglos de crecimiento económico acelerado, las ilusiones se disipan. Al mismo tiempo que los efectos climáticos de esa desacumulación de carbono fósil amenazan con llevarse por delante a la especie humana y tornar el planeta inhabitable para la mayor parte de las otras especies con las que hoy lo compartimos. Cualquier política seria para hacer frente al calentamiento global implica empobrecimiento, por dos vías: dejar bajo tierra la mayor parte de los combustibles fósiles hoy aún existentes, y desviar recursos enormes de inversión hacia la nueva infraestructura energética renovable, que no puede permitirnos usar demasiada energía.

Así que nos empobreceremos colectivamente, o por las buenas o por las malas. Mi propuesta de ecosocialismo descalzo trata de ayudar a que tomemos el camino de “por las buenas”, deshaciéndonos de ilusiones (la abundancia material fue presupuesta para pensar el socialismo de los siglos XIX y XX) e impulsando dinámicas de decrecimiento material y energético, redistribución masiva, educación en la “igualibertad”, relocalización productiva, tecnologías sencillas, agroecología, recampesinización de nuestras sociedades, renaturalización de zonas extensas de la biosfera, cultivo de una Nueva Cultura de la Tierra…

 

[1] https://revistafuegoennotredame.blogspot.com/