introducción a CLAVAR LIMAS EN LA TIERRA, libro de poemas del grupo surrealista de madrid y alrededores.

 

Clavar

Memoria del futuro: a eso debemos aspirar. Memoria del futuro porque esta ha de ser una de las tareas fundamentales de la poesía, hoy y en cualquier momento. Y recordar es ver lo que está por venir: no solo el desastre que llega y sus consecuencias, tanto inmediatas como a medio y largo plazo, sino también lo que habrá que hacer. Hay que anticiparse al desastre para que se frustre en la medida de lo posible e imposible, hasta que sea el recuerdo atroz de una mala pesadilla. ¿Acaso no se ha dicho siempre que la poesía puede y debe ser visionaria? Pero ejercitar la memoria del futuro demanda reconocer y trabajar las líneas de fuga del presente. En este punto, la palabra vuelve a erigirse en eje de lo que sigue estando por enunciar. Es necesario, para ello, aunar las dos vertientes de cualquier actividad que sea esencial: la contemplativa y la activa,  necesaria y bellamente autónomas, y a la vez misteriosa pero irreversiblemente inseparables e interrelacionadas.

No es mera esperanza imaginaria: ya está tendiendo a hacerse realidad. Hay lugares, espacios, luchas, momentos, grupos, comunidades, individuos, singularidades irreductibles y causas desesperadas, gritos en el silencio y relámpagos secretos, y violentos aguaceros, y terremotos furiosos que sin embargo saben esperar su oportunidad. Hay aquí y allá, por todas partes y ninguna, trabajadores de la noche que conspiran para abolir el trabajo. Hay, mientras la ciudad duerme su letargo opaco, prácticas colectivas e individuales de naturaleza autogestionaria que despliegan radiantes su turbulencia pasional, tanto en el plano de la acción directa como en el teórico, en el creativo y en la simple y plena vida cotidiana. Todas ellas nacen del deseo y de la necesidad de otorgar un contenido liberador, solidario y transformador a las formas de vida efectivas que anticipen un futuro en el que poder emanciparse de la distopía capitalista, y a las que ya se adivina tal emancipación. Pero a la vez que ensayamos las tácticas más urgentes en el plano de la autonomía material y convivencial que permita vivir fuera de la economía, del mismo modo, y con su propia especificidad, hemos de ejercitar la memoria del futuro de las palabras: del significado que transita por ellas y que ellas igualmente crean, a través de la vertiginosa e incondicional puesta en juego del lenguaje poético que convoca y alienta el trance de la videncia.

La mera consideración de lo anterior, puesto en relación con el mundo que estamos viviendo o desviviendo, nos conduce a reflexionar sobre una de las problemáticas del lenguaje, el específicamente poético, y aún más específicamente el lenguaje del poema. Esta reflexión la realizamos a partir del mismo pensamiento poético, perfectamente independiente del filosófico en tanto que este (como por lo demás el científico) se presenta como saber abstracto, separado y especializado, y precisamente porque el poético no lo es. Pero no queremos quedarnos solamente en él. Queremos darnos el gusto de presentar los poemas que lo encarnan, dar testimonio de la materia externa e interna donde la emancipación también se gesta, para acaso medir la importancia que una cosa y otra puedan tener en el devenir de la desalienación de los individuos de la cultura de la dominación, porque somos capaces de generar ahora y siempre una cultura revolucionaria de la libertad.

 

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Pero placer o deseo no son sinónimos de ceguera o autoengaño. No hay reservas naturales protegidas para que el ecosistema poético se reproduzca en una inocencia adánica, indemne y a salvo de la deforestación provocada por el mercado y su contaminación ideológica. Es necesario partir de la evidencia: la poesía se ha convertido en un lamentable expediente. Este es un hecho que no debería ser necesario recordar, si no fuera porque la industria cultural y la vanidad de los poetas se empeñan todavía en fingir una cómica ignorancia ante un cataclismo que tiene más de un siglo a sus espaldas.

En efecto, la liberación romántica de la expresión poética fue un acto necesario, pero también el primer paso hacia el suicidio de la poesía por el agotamiento de las posibilidades formales y temáticas de esa misma expresión. Más tarde, la autopsia dadaísta destripó la ilusión de la poesía entendida como escapismo y paraíso artificial del espíritu. Y por fin la bulimia del espectáculo devoró los restos del cadáver para vomitarlos después en una papilla mediática cuyos ingredientes son la indiferencia, la banalidad y el retraimiento. Se podrá por tanto escribir poemas después de Auschwitz y de Disneylandia como quien sigue respirando y malviviendo en la cárcel o en un hospital, pero de ninguna manera el poeta o el lector de poesía pueden permitirse el lujo de dar la espalda a esta encrucijada histórica en la que se debate la poesía, y con ella la imaginación y la creatividad humanas, si es que de verdad se pretende que esa poesía tenga que llevar a alguna parte: a la vida, y no a los pasatiempos de la la supervivencia.

Es justamente el acto de contemplar de frente esas ruinas y esa desolación el que funda y justifica este libro. Porque el presente volumen es la conclusión siempre provisional de una indagación sobre la poesía que se sostiene sobre la conciencia de su crisis total, pero también de su potencia revolucionaria, condición en la que interviene una presencia de espíritu y una intensidad radical que forman parte de la naturaleza intrínseca e intemporal de la poesía, y que son también su tabla de salvación actual, e incluso su mismo destino. Tal exploración se ha llevado a cabo sobre la base de unos principios fundamentales que nos son comunes, siendo el más determinante el que formula que la poesía escrita no puede ser entendida en su verdadera significación si no es incluida en un movimiento más amplio que abarca, penetra y exalta toda la existencia fuera de las esferas separadas y especializadas de la literatura y el arte. Nos referimos a la poesía por otros medios, esa poesía vívida y viva que se expresa en un plano autónomo del poema y de sus dinámicas acotadas, por medio de un sin fin de manifestaciones y experiencias sensibles, pasionales e imaginarias que rompen en la vida cotidiana el acondicionamiento vegetativo y dopado de la jaula de hierro y microchips del capitalismo industrial1.

De lo que estamos hablando, pues, es de una reconciliación dialéctica que ha de resolverse de forma armónica. La separación artificial entre poesía escrita y todas sus restantes encarnaciones y facetas, junto con las clasificaciones jerárquicas que se desprenden de ella, es una separación abocada a su fin. Las mismas potencialidades que alberga la poesía hacen insostenible por más tiempo su estancamiento más acá o más allá de esa línea divisoria que pretende devolverla una y otra vez al recinto cerrado de la literatura y su insignificancia, frontera impuesta y ficticia que por demasiado tiempo ha estado obstaculizando un movimiento que apunta natural y majestuosamente hacia el confín donde se interroga a sí misma la condición humana. Esto no niega el papel, la fuerza y la legitimidad del poema como tal: solo matiza y equilibra su peso específico en una economía poética que no puede ni quiere subsumir ni difuminar al poema en la poesía por otros medios, de la misma manera que de la poesía por otros medios el poema no puede ni debe querer separarse, so pena de quedar degradado y desvitalizado en el espléndido aislamiento de un prestigio cultural tan fatuo como estéril.

Es así como todo poema que aspire a merecer ese nombre tiende constantemente a un límite y lleva implícita la idea de su superación. Toda vez que ha establecido contacto, promueve un movimiento centrífugo que desde el interior tiende necesariamente a desplegarse hacia el exterior, a proyectarse entre todas las demás manifestaciones de la poesía que la preceden y continúan. Para facilitar este flujo, conservando al máximo toda la potencia disponible, bastará con la simple comprensión de la libertad y su trayectoria. Porque lo que aquí hacemos es afirmar una concepción de la poesía como visión del mundo, y por tanto como relato indefectiblemente inscrito en el discurso de la libertad. A este respecto, nos situamos en el extremo opuesto a la concepción de la poesía como discurso de la literatura, que entendemos es antagónico al discurso de la emancipación.

Por otro lado, es la concepción inmovilista de la naturaleza y la función del poema la que está viciada, haciendo que sea prácticamente imposible cerrar un capítulo ya caduco para pasar a vivir otras aventuras. Por ejemplo, nos parece que la noción de “escritura personal” es imprecisa, una falsa exactitud, ya que no es más que la consecuencia de un solipsismo sublimado: el soliloquio de un yo que se cree intacto e indemne a todas las energías, presencias y fantasmas de la vida y de la Historia que nos atraviesan a cada instante tomando la palabra que creíamos pronunciar. Así mismo la escritura personal se confunde, equivocada o deliberadamente, con otra insuficiencia: el yo poético, una de las construcciones más artificiosas y sonrojantes que haya levantado la decrepitud literaria a mayor gloria de la vanidad ególatra, esa que se pone por encima del resto de individuos supuestamente no-poéticos, seres inferiores incapaces de experimentar, sentir y crear poesía, y hasta de apreciarla a no ser como espectadores cegados por una admiración hacia el genio que ciega y suprime la genialidad innata de todo ser humano. Y es que no habría amos si no hubiera esclavos: el endiosamiento del yo poético se explica por la humillación endémica del lector de poesía, ese pobre masoquista que se ha tragado el anzuelo de la división del trabajo literario y sus roles hieráticos, y cree beatamente que solo puede hollar el umbral de la sagrada lírica y adorar la inspiración ajena consumiendo las ostentosas mercancías del privilegiado que se dice poeta, servidumbre voluntaria de un espíritu que consuela y maquilla su miseria vital con los gastados oropeles de una leyenda áurea que ya hace bastante tiempo entró en bancarrota.

Así se cierra el círculo de la poesía literaria, de su función represiva y de su rentabilidad económica: la  pervivencia y pujanza de tales construcciones ideológicas se debe especialmente a los intereses que ponen en circulación todos y cada uno de los especialistas (desde el crítico y el periodista hasta los editores y los así llamados poetas) que forman la ridícula parcela poética agrimensurada por la industria cultural; o, si se prefiere, la celda poética global en la que fichan cada día hasta constituir lo que algunos llamamos la penitenciaría cultural.

A esto hay que añadir la escasa o nula conciencia que se tiene en este país en lo concerniente a la dimensión colectiva de la poesía y de su arraigo en el principio revolucionario de transformación de los condicionantes internos y externos que alienan al hombre, lo que explica la imperante caída en el peor de los ismos: un individualismo que idolatran los intelectuales en general, y, en lo que aquí importa, los poetas en particular. Semejante individualismo es una especie de profecía de autocumplimiento seudoelitista que arrastra consigo el légamo, el ramaje, la rocalla de una obturación monstruosa, hasta constituirse en su propia petrificación. Por otro lado, es evidente que tal tara narcisista se asocia a la perfección con la doctrina liberal, y en particular con su rama económica. Este es un hecho decisivo porque se tiende a confundir individualismo con subjetivismo, sobre el que se vierte una sospecha que pervierte su contenido liberador y ciega su potencial contra-alienante. Así, cierto discurso crítico ha podido errar el tiro, confundiendo el libre mercado de las personalidades que manipula la vanidad enfermiza del individuo atomizado, con las singularidades, deseos, heridas y enigmas verdaderamente personales que el dinero no puede comprar ni el mercado vender ni la publicidad manipular ni la tecnociencia diseñar y producir, gangas y gemas arrancadas a la ardiente intimidad que se guarece en lo oscuro, materia prima al rojo vivo de la palabra inaudita con la que se inspiran y escriben los poemas de una subjetividad irreductible y soberana, y por ello mismo compartible y compartida por el resto de Únicos que desean rehacer una comunidad humana verdaderamente común.

La consecuencia final de estos errores es la minusvaloración, cuando no la negación, de las relaciones entre lo que escribe un individuo y lo que escribe un grupo, o mejor, lo que escribe ese individuo y sus vínculos conscientes e inconscientes, voluntarios o involuntarios, como mínimo con la comunidad que le rodea y de la que jamás podrá dejar de formar parte. Esto nos lleva a pensar que nadie escribe para sí y que nadie escribe solo. Ni siquiera en el más extremo aislamiento ocurre tal cosa. Es tal el número de afectos y desafectos que nos puebla que su compañía nos sigue sin remedio, hasta el punto de que la multitud de seres y cosas que la forman puede llegar a ser incontable. Abordamos aquí esta cuestión a partir de la siguiente evidencia: el peso que tiene en la escritura de los que intervienen en este libro la actividad colectiva de la que participan, animan y apoyan. Con esto queremos decir que existe una correspondencia entre unos y otros, otros y unos, que alimenta sus relaciones en sus diversas manifestaciones. Tal nutriente, pensamos, tiende a potenciar la fuerza de las singularidades, por cuanto a su propia intensidad se suma la amplificación del clima colectivo.

Insistir en la trascendencia de tal ambición es poner el acento sobre un anhelo largamente perseguido: hacer de la poesía un hecho comunitario. De este modo, la práctica individual de la escritura del poema en el marco de una actividad de grupo, esto es, de una aventura afín, representa en su propia escala un ensayo destinado a hacer un poco más verdadera la realización de la poesía por todos, y no solo por uno. No se trata, sin embargo, de proponer un experimento colectivo de escritura poemática: lo que este libro testimonia es la reciprocidad de un intercambio de tensiones entre unos hombres y unas mujeres que ninguna relación guarda con esos engendros del pensamiento posmoderno bautizados con el nombre de intertextualidad y apropiacionismo. Esto queda para los intercambiables y los indiferenciados. Porque uno de nosotros puede ser el «doble» del otro, pero jamás el múltiplo. Podemos ser otredad pero nunca multiplicidad. Somos potencia singular. Pero tal potencia y tal singularidad suman su energía a la del clima colectivo hasta favorecer su unidad de acción y pensamiento.

Donde todo esto termina por concretarse y volverse ejemplar, vinculando lo orgánico y lo autónomo, la acción común y la libertad individual, es en el cruce de ideas, actitudes y disposiciones que se genera entre los distintos poetas que participan de esta aventura. Si hacemos esta precisión es para señalar que entre ellos se encuentran los que forman parte del Grupo surrealista de Madrid en tanto miembros del mismo y los que contribuyen como amigos, colaboradores y, creemos poder afirmarlo, cómplices. Esta diferencia orgánica, formal pero necesaria al preservar una independencia y soberanía inalienables, no es óbice para que se produzca una camaradería pasional que se traduce en un flujo de colaboraciones enriquecedoras, de tal manera que la pólvora que prenden unos y otros desemboca en un estallido unitario en los momentos donde la vida se pone en juego. No en vano esa pólvora se destila también en otros ámbitos y momentos de afinidad y de acción en los que participan algunos de nuestros amigos, como sucede con Emilio Santiago y el colectivo Rompe el círculo, o la incansable actividad internacionalista con numerosos grupos e individualidades surrealistas repartidos por el mundo que mantiene Bruno Jacobs, cofundador del Grupo surrealista de Estocolmo y hoy miembro del Grupo surrealista de Madrid. Lo mismo ocurre con Silvia Guiard, una de las fundadoras de la revista Signo Ascendente, que fue órgano de expresión del Grupo surrealista de Buenos Aires hasta 1992, y que colabora en la revista Salamandra desde hace una veintena de años, lo que la convierte en algo más que una aliada. Y con Julio Monteverde, parte activa y fundamental de nuestra actividad desde 2000 a 2012, con el que seguimos compartiendo un proyecto común fundado en la aventura surrealista y los derechos y poderes de la poesía y el deseo. Y aliados son, y parte de un caudal profundo —cada uno desde su singular aportación química, fraternal y en archipiélago— Pierre d. la, Miguel Pérez Corrales, Carlos Trujillano y Alba Pascual, para siempre inseparables de nuestra historia y nuestro devenir.

En este sentido, querríamos recordar a otros compañeros y amigos como Mariano Auladén, Enrique Carlón, Francisco Morán, Jorge Kleiman, Carlos Valle de Lobos, Toni Malagrida, Paco Carreño, Miguel Ángel Ortiz Albero u Óscar Delgado, que por su actividad surrealista, y por su aportación general a la causa de la poesía y de la emancipación, podrían sin duda haber formado parte de este libro. Si no ha sido así es justamente porque hemos renunciado a conformarlo como una mera y mortecina antología más, y todavía peor, como una antología histórica e historizante de la poesía escrita del Grupo Surrealista de Madrid. Por este motivo, y sin perjuicio del valor de la obra y de la actitud de los amigos antes nombrados, hemos tenido en cuenta los criterios de actualidad y de persistencia en las colaboraciones y complicidades que se han mantenido y se mantienen hasta el día de hoy.

 

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No somos los únicos ni los primeros en afirmar que la originalidad pura ya no es posible, aunque no dejamos de pensar que la restitución del sentimiento de originalidad puede serlo, en tanto exploración a tumba abierta de la oscuridad que nos rodea y redescubrimiento implacable de uno mismo. Al respecto, tampoco nos hurtamos actualizar una verdad: la de que el surrealismo no solo ha nacido de una operación de gran envergadura sobre el lenguaje, sino que, en lo sucesivo, esa operación se realiza no solamente desde dentro, sino también desde fuera del mismo. La diferencia que sugerimos residiría en que hoy actuamos igualmente en su afuera. En el poema, la palabra ha conseguido llegar a ser libre a causa de la energía recibida desde lo abierto. Y existe la intuición de que, desde esa libertad, para algunos surrealistas la escritura del poema manda hacia dentro sus energías para reanimar toda posible sequía interior. Si la operación fue, al principio, desencadenar a la palabra de sus distintas servidumbres al determinismo de la racionalidad pragmática y utilitarista, haciéndola emerger, lo que tal vez hoy debamos exigirnos sea obrar, complementariamente, desde una palabra que partiendo de afuera contribuya a la emancipación mental y social que la palabra del abajo había inaugurado. Hay que reconocerle a la palabra su vida en la exterioridad, como ya habíamos reconocido su vida en la interioridad. Todo ello intentando volverla común, aunque sin rebajar un ápice su delirio, sin importarnos que sea corrompida, ya vendrá una nueva insurgencia contra-léxica que sirva para romper su fijación a una identidad y una función preconcebidas e invariables.

Cuando aludimos a una palabra revolucionaria y señalamos al poema, nos preguntamos en qué puede este ser revolucionario. Entre otros argumentos —algunos de los cuales se esquematizan en esta introducción— podemos citar el siguiente: conforme a una cierta concepción surrealista el poema es revolucionario en la medida en que es lugar, es decir, en que es el lugar donde la palabra conquista su utopía,. Lo que en el lenguaje instrumental del poder y la economía, pero también de la cotidianeidad gastada de los trabajos y los días indiferenciados, no se había emancipado pues no había encontrado antes su lugar, halla justamente en el poema el lugar de esa emancipación: su realización.

Así acontece la poesía. Así la poesía se vuelve acontecimiento mayor, pues de otro modo no sería poesía. La poesía es para nosotros acontecimiento por cuanto, imbuida de ese espíritu utopista, lleva a adquirir una conciencia concreta de un despertar, que, en el caso que nos ocupa, es el del lenguaje, y de modo específico de la palabra. ¿Pero de qué despierta la palabra? Sin lugar a dudas, de más de un sueño inducido por las quimeras del capital que refleja la publicidad, esa proliferación de mercancías que se expande por todas partes sin respetar ni lo que supuestamente era más sagrado o, dicho mejor y sin eufemismos, menos rentable: el raquítico mercado editorial de la poesía. Es que cuando la economía parece caer atrapada en su propio juego, y la extracción de valor se estanca y rarifica, es necesario acudir a los nichos de negocio antes despreciados, de la misma manera que el agotamiento del petróleo de mejor calidad empuja a la megamáquina a escarbar en los agujeros y toperas donde el olvidado esquisto rumiaba su milenario sueño resentido. Y así, un mercado embalsamado en su propio espejismo culturalista, e inmunizado contra las burbujas del desarrollismo gracias a una parálisis congénita, se ha desperezado y desde hace unos años presume, cual tigre de papel asiático, de unas tasas de crecimiento anual del 25%. De esta manera la fabricación en serie de poetas y libros de poemas no cesa de hipertrofiar a la poesía, sometida a las mismas leyes de normalización, simplificación, reificación y fetichización que imperan en cualquier otro sector económico, hasta hacer de lo que fue energía y enigma mera marca vacía y estandarizada, y pura logorrea paródica de una experiencia prefabricada y una subjetividad vacía de aquel lenguaje y aquellas palabras convulsivas, tal vez incomprendidas e incómodas, pero nunca inofensivas ni superficiales, que un día fueron la boca sombría de un volcán interior donde se fundía y forjaba el oro del tiempo de una vida irrepetible y habitada en la intemperie de la muerte2. El llamado poeta queda así reducido a pieza de montaje en una cadena de producción que reduce la dolorosa palabra oracular, estigma trágico y destino prometeico de la poesía digna de ese nombre, a su mínimo valor de uso convencional, tópico y cosificado, a la vez que vomita miles de poetas perfectamente intercambiables que, conscientemente o no, dan carta blanca al imperativo económico como principio y fin de la existencia humana. ¿Acaso no cantaba cierto postpoeta al mercado capitalista como la nueva musa a la que se debería rendir pleitesía, y a su triste novolengua como modelo de todo lenguaje posible y deseable, justo en el momento en que tan adorable deidad se revolcaba en una crisis sistémica que tantas vidas se ha llevado por delante? La palabra que aquí invocamos y pronunciamos no se resigna a pasar por el aro del spot y del logo, ni se rebaja al trabajo basura de dorar la píldora de cianuro y limpiar la sangre ideológica y estética de los asesinos que nos dominan, sino que aspira a superar, por los medios lingüísticos y poéticos que le son propios, tal estado de cosas.

Pero con igual importancia, y acaso con simétrica intensidad, esta palabra que despierta de, también despierta a lo que se sobrepone a tal hipnosis y a tan miserable función: sea por invocación como por pronunciación, la palabra que enarbolamos es sublevación subjetiva en los márgenes de lo común, para así obrar una tarea política de negación en la que el poema no dejaría de ser un aliado necesario. Porque todo lo que rodea a la poesía es político por mucho que en ocasiones trate ilusoriamente de autoproclamarse anti-política o apolítica. De este modo, no se trata solo de impedir que de ella se apropien los dueños del mundo y todos sus agentes, sino asegurar su participación en un movimiento general que libere al hombre del capitalismo de espíritu en el que unos y otros se han propuesto disolverle. Pero, desde nuestro punto de vista, esa liberación no puede limitarse a la esfera política o económica, sino que se engloba en un movimiento integral de liberación del espíritu orientado al despilfarro dionisiaco del ser humano: hacia una libidinización de la vida mediante una práctica ebria de deseo en pleno ejercicio de su libertad. ¿Qué otra cosa es el ejercicio de la poesía, ese vértigo arrebatador en el lenguaje y en la vida, esa fiesta negra y feroz que ya nunca querríamos abandonar?

Es por esta razón, y en relación con lo ya apuntado más arriba sobre la defensa innegociable de los derechos y poderes de la subjetividad liberadora cuando es libre, que nos preguntamos si no es otro error a evitar el identificar toda poesía de resistencia e insurrección contra el orden dominante con cierta “poesía de la conciencia crítica”, o cualquier otra modulación de la poesía social. Que se nos entienda bien: en ningún caso pretendemos reabrir el viejo debate entre realismo socialista y surrealismo, ni contraponer estéticas y poéticas en un torneo al fin y al cabo académico que se agota en su penosa trivialidad. Una polémica que Claude Cahun cerró hace ya más de 80 años al hacer hincapié, y demostrarlo en la lucha antifascista arriesgando su vida y la de su compañera Suzanne Malherbe, en la importancia decisiva de la acción indirecta de la poesía que, siguiendo vías aparentemente más secretas e improbables, logra un efecto perturbador y subversivo mayor y de más largo alcance3. Pero la propia Cahun también reconoció la eficacia relativa y la oportunidad coyuntural de la acción directa de cierta poesía de combate en esos momentos históricos de urgencia y llama que resquebrajan las costuras del destino, como también lo hicieron Paul Nougé o André Breton, por lo que es necesario insistir en que el debate no puede reducirse a la oposición competitiva entre poéticas enfrentadas que pugnarían por una ilusoria supremacía literaria. Y ni siquiera es un debate, sino una reflexión sobre un gravísimo malentendido que ha llegado hasta nuestros días: la asociación tan estrecha como excluyente de toda poesía que participe de una conciencia crítica o radical con un lenguaje predeterminado por un canon léxico, conceptual y simbólico consagrado por la tradición política, lingua franca de la denuncia y de la protesta que extrae su fuerza y su debilidad de la rutina, el hábito, la seguridad tranquilizadora y confortable de lo conocido que deja afuera y abajo lo por conocer. Porque no todas pero sí muchas veces, esa lingua franca es también la lengua muerta de la dominación, el lenguaje instrumental y estereotipado que nos han inculcado desde la infancia, sofocando la palabra salvaje que busca a tientas el deseo para esbozar la utopía de lo imaginario.

Por todo ello no nos conformamos con reivindicar, sino que nos tomamos sin permiso todas las libertades para reavivar una poesía que dentro del lenguaje hace la guerra a la lengua degradada del poder, a sus palabras cautivadas, a su lógica esclava y esclavizadora. Una poesía que no se pliega al pecado original que dictamina un eterno sentido unívoco y utilitarista a cada palabra como una tara hereditaria, sino que invita a sumergirnos en el océano de las palabras olvidadas o jamás pronunciadas, o susurradas a medias, o malinterpretadas en los tiempos difíciles, o calladas por labios cosidos por el hilo del miedo, o aulladas hasta forjar un desesperado grito inaudible: las palabras que nos siguen faltando para enunciar un poder que derroque a la mediocridad de su universo. Y es que hay veces que la palabra rebelde no clama en el desierto, sino en la prisión que ella misma ha elegido por hogar. Por eso ya nadie la escucha, ni impresiona a nadie su mensaje rutinario de ira consumida y profecías caducas.

Debería ser entonces igualmente evidente que tal apuesta no se limita ni a la palabra ni al poema, sino que quiere instituirse como punto de partida y palanca de fuerza para abordar la crisis de la imaginación que atenaza, empobrece y debilita la causa revolucionaria y su discurso, cuestión a vida o muerte que cada vez más preocupa a todos aquellos que siguen conjurándose por la liberación y contra la economía. Y ya es un tópico el afirmar que los imaginarios del mercado y la tecnología nos han devorado por dentro hasta casi agostar el humus maldito que nutría nuestros sueños. Como lo es lamentarse por el poder aparentemente perdido de imaginar otras formas de vida y otra idea de felicidad que rompan las costuras de la muerte sin alternativas del capitalismo. Pero no lo es tanto llamar la atención sobre la importancia de la forma, el medio, el proceso, la herramienta, la intensidad que utiliza la imaginación para regenerarse y regenerar la utopía, más allá del contenido racional y racionalizado que siempre se suele poner en primer plano. Y así se polemiza y filosofa hasta el hartazgo sobre lo imaginario, pero seguimos siendo incapaces de imaginar nada por nosotros mismos: nada que vaya más allá de los modelos sancionados por una estética partidista e ideologizada anquilosada, nada que se escape a los reflejos degradados de las fábulas idotas del espectáculo. Porque la guerra capitalista contra la imaginación insurgente no está llegando a su final, ni está perdida, siempre que entendamos que la visión utopista de otros mundos que le es consustancial y que tanto necesitamos está intrínsecamente unida a la potencia creadora del lenguaje. A su capacidad imprevisible de poner patas arriba el sinsentido de las cosas. Y a la atracción pasional que sienten las palabras por abrirse en canal para que en su pecho palpitante cada uno de nosotros lea el secreto único que solo a él o a ella pertenece, que ningún otro aurúspice público o privado sabría descifrar. Esta y no otra es la actividad sísmica que debe recorrer las palabras de todo poema que se pretende antagonista: sin tal turbulencia su mensaje político, por muy incendiario, sincero o acertado que sea, sufre de una debilidad congénita que terminaría por paralizarlo. Y que, en todo caso, dificulta su contribución a la descolonización del imaginario individual y social que está por hacer, y que nunca se logrará con el lenguaje que un mal día nos inculcó el poder.

Por otro lado, si decimos que queremos impedir que los dueños del mundo apresen a la poesía, no podemos dejar de pensar en el grado de colaboracionismo en el que incurren todos los poetas que recluyen a la palabra en las celdas de un lenguaje sistémico a pesar de presentarse como su opuesto. O precisamente por ello. ¿De qué nos vale una poesía que libere a la palabra si lo hace para traicionarla mejor, para usarla en un marco sociológico y una actividad vital que cae en la sumisión obsequiosa con la dominación, sea por insostenible ingenuidad o por puro y simple convencimiento? La experimentación con el lenguaje poético, la exploración de las palabras y de su sentido libérrimo, dejan de ser emancipadoras en cuanto el que las escribe se alinea detrás del opresor y no de los oprimidos. O se echa a un lado escurriendo el bulto, mientras se encapsula en su torre de plasma para subir a la red social de turno su ración diaria de deyecciones autistas. Porque el genio de la poesía no se casa con el conformismo político, económico y social, no tolera la asunción acrítica y agradecida de la lógica de la mercancía y de la palabra puesta a trabajar, no perdona ni a indiferentes ni a cobardes ni a traidores, pues el que libre la guerra de la libertad con sus propios medios y a su oblicua manera no significa que lo haga sin cólera. Más bien al contrario.

De esta manera la palabra que reivindicamos quiere contagiar una divergencia absoluta, es una afirmación radical actuante que brota de una suerte de delincuencia del espíritu que amenaza a todas esas disposiciones que hacen de la palabra un activo de contra-libertad. Y si apelamos analógicamente a la delincuencia del espíritu es por entender que se trata de una actitud que contiene en sí misma esa dimensión política, ya que interviene directamente en la vida, justamente porque el poema no es algo aislado en tanto acepte insertarse en una práctica colectiva que quiere verterse en la comunidad. Nos queremos interrogar, y actuar en consecuencia, sobre si tal práctica podría conseguir que el poema deje de ser un inane ejercicio literario; si a través suyo, y en relación con la conciencia y la experiencia cotidianas de la poesía por otros medios, sería posible abrir una brecha en el ciego muro sordomudo de las fuerzas fácticas, y no solo las literarias. Toda esta tarea, es verdad, hay que ponerla entre paréntesis si consideramos las mínimas fuerzas de que disponemos hoy, que se encaminan además a una nueva clandestinidad bajo el imperio de las presentes y futuras leyes de excepción que a nadie perdonan, ni a la gozosa farsa cruel del titiritero, ni la letra ácida del cantante de rap, ni la performance escandalosa de la activista de Femen, ni siquiera al poheta confidencial más inofensivo que un día de locura traspasa la raya semántica que separa la ocurrencia chistosa de la imagen sacrílega. Pero sí que nos podemos conceder de antemano algo: es en el magma explosivo de una descomposición social uniformemente acelerada bajo el siniestro periodo prefascista actual, y de la actividad revolucionaria que intenta plantar cara al suicidio asistido que está en marcha mientras busca la salida de una civilización que se derrumba sobre sí misma, donde se puede hacer penetrar la escritura del poema en el dominio del conflicto. Y esto se hará considerando sus propios medios, que no serán solo ni simplemente los del compromiso ideológico, sino los de su libertad sin reservas: una libertad que deseamos nuestra.

 

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Escritura de la sombra, de la boscosidad, de la sinrazón, del umor, de la luz, del abajo, de lo abierto, alzándose contra el lenguaje de los amos, dispuesta a asaltarlo y vencerlo. Así es como la práctica surrealista del poema quiere inquietar el dominio del imperialismo mental, gripando sus engranajes y abriendo grietas por las que deslizar una palabra que obre una desalienación de la vida interior, propiciando de este modo una emancipación del espíritu en un mundo asediado por su capitalización.

Dicho todo lo anterior, deseamos concluir manifestando que este libro no se ha escrito para la salvación del lenguaje, sino para destruir en él todas las inercias utilitarias, todos los tics productivistas, y en definitiva todas las presiones desencantatorias que hoy pujan por apoderarse de nuestras vidas, incluyendo sus actos de habla y expresión. Pero la tarea destructiva, por muy grande y negativa que sea, es tan solo una cara de la moneda, o el primer paso hacia la verdadera vida. Por ello hablamos de una destrucción que no es nihilista sino, siguiendo la estela de los clásicos anarquistas del XIX, una suerte de destrucción creativa que aspira a derruir lo existente para dejar hueco al florecimiento de lo mejor que existirá4. Es por tanto la precondición para reinventar colectivamente la más alta misión del lenguaje, pues sin duda este es un don del azar que a los humanos nos ha sido dado para habitarlo de modo surrealista, entendiendo aquí surrealismo en la acepción menos doctrinal y más esencial: para usarlo y abusarlo de modo voluptuoso, en tensión de plenitud y en fiesta de libertad.

Por eso este libro también anhela y conscientemente busca la reinvención del lenguaje siguiendo la misma lógica transformadora y la misma dinámica insurgente que incitan al surrealismo, desde siempre, a reinventar el amor, reinventar el sujeto o reinventar la vida. Y la escritura de estos poemas no aspira necesariamente a articular significados, a crear sentidos. Y si lo hace, no desdeña, sino todo lo contrario, vehicular intensidades, crear libertades, lo que acaso sea su verdadero horizonte. De este modo, los que en él confabulamos pretendemos que estas palabras se levanten contra todo lenguaje que no se rebele ante cualquiera que sea la providencia que se le destine como yugo fatal y sempiterno; contra la voluntad de cronificar en las palabras un estado de postración que eternice la catástrofe terminal elevada a nueva normalidad; contra este mal de espíritu de una época que, como la nuestra, en su agonía, inocula la metástasis de su discurso totalitario y parasitario para saturar y embalsamar el mundo por fuera y por dentro. Deseamos que nuestras palabras, en la medida en que seamos capaces de situarnos a su altura y establecer con ellas una complicidad vital incondicional, irrumpan con la gracia irresponsable, la extraña elegancia, el humor objetivo, la furia insaciada, el trance sonámbulo, la melancolía enamorada, el placer gratuito y la firmeza arrogante de clavar limas en la tierra apostando el todo a la nada.

 

Grupo surrealista de Madrid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas:

  1. Solo por esta razón, que se ramifica además del plano individual al colectivo, tales experiencias se afirman y ofrecen como uno de los argumentos principales de una vida libre y plena que reclama ser vivida como un regalo y no una condena. Es en este sentido que hemos querido abordar a lo largo de estos años la investigación y la experiencia del fenómeno de la poesía por otros medios, realizando una recopilación, análisis y comunicación de sus diversas expresiones, como se puede comprobar en los siguientes trabajos colectivos: Todavía no han ardido todas. La experiencia poética de la realidad como crítica del miserabilismo, Traficantes de sueños-La Torre Magnética, Madrid, 1998; Indicios de Salamandra, La Torre Magnética-Zambucho Ediciones, Madrid, 2000; Situación de la poesía (por otros medios) a la luz del surrealismo, Grupo surrealista de Madrid-Federación de Estudios Libertarios y Anarquistas-Librería Asociativa Traficantes de sueños-Colectivo La Felguera, Madrid, 2006; “Encuesta sobre la poesía”, Salamandra. Intervención surrealista. Imaginación insurgente. Crítica de la vida cotidiana, nº 17/18, Madrid, 2008; Crisis de la exterioridad. Crítica del encierro industrial y elogio de las afueras. Enclave de libros y Grupo surrealista de Madrid. Madrid, 2012; Las mercancías mueren, las cosas despiertan. Jornadas sobre el objeto cuando todo se viene abajo. Ed. La Torre Magnética. Madrid, 2013.
  2. Como explica bien Unai Velasco en un esclarecedor estudio sobre el gran timo de la industria plumífera, lo que permite y alienta que ciertos autores y libros de poemas “formen parte del casillero poético, que los periodistas se refieran a ellos como poetas, que las librerías de la FNAC o La Central los ubiquen en las mismas estanterías que Blanca Varela o Philip Larkin, que al rellenar los formularios del ISBN sus editores los clasifiquen como poesía, es una especie de perversión: si maneja bien las leyes de lo facultativo, la sociedad neoliberal tiene el poder de imponer el deseo sobre la realidad” (“50 kilos de adolescencia, 200 gramos de Internet”, CXTX, http://ctxt.es/es/20170111/Culturas/10522/nueva-poesia-jovenes-poetas-Internet-redes-sociales-fen%C3%B3meno-comercial.htm).
  3. Claude Cahun abordó estos problemas en su fundamental ensayo Les Paris sont ouverts (1934), y pudo aplicar su teoría durante la ocupación nazi de la isla de Jersey, llevando a cabo con Malherbe una larga y exitosa campaña de desmoralización poética y surreal de los soldados alemanes. El impacto de sus acciones fue tal que pronto se convirtieron en el principal quebradero de cabeza de la Gestapo, hasta que fueron detenidas y condenadas a muerte, pena de la que solo se libraron por el fin de la guerra. Próximamente Ediciones de La Torre Magnética publicará Les Paris sont ouverts, junto con otros materiales relativos a su aventura en Jersey.
  4. Por tanto, se trata de una destrucción impulsada por una rabia que no es ontológica ni una revuelta anti-logos, sino profundamente histórica: una pasión de rebeldía contra la incorporación del lenguaje al paisaje desolador de las alienaciones modernas, pues como decía el situacionista Mustapha Khayati, «es imposible desembarazarse de un mundo sin desembarazarse del lenguaje que lo oculta y lo afianza» (Internationale Situationiste nº 10, 1965, traducido en Internacional Situacionista vol. II: La supresión de la política, Literatura Gris, 2000). Y si este reclamo parece maximalista y exagerado, lo es solo como respuesta proporcional al grado de depauperización, sin duda mucho más exagerada, que nuestras experiencias sufren bajo el sometimiento del capitalismo de espíritu.