“En el camino de los poderes imperiales se alza un nuevo espacio que se disputan los grandes Estados-imperio (…): el espacio de la virtualidad. En la medida en que conecta con elementos pulsionales profundos del psiquismo, como la curiosidad, el afán de novedad, la autoafirmación o el narcisismo, la virtualidad es el medio más adecuado para controlar el psiquismo; porque el control de tal espacio constituye l medio más capaz de producir un individualismo radical. La reducción al individuo aislado, anclado en el propio goce de representaciones infinitas en el mundo de la virtualidad, es el medio más directo de homogeneizar la interioridad, de provocar confusión, pulsionalidad, impotencia, arbitrariedad subjetiva, repudio de cualquier perfectibilidad comunicativa y de tener que darle la razón a algún otro. Ése es el medio más seguro de gobernar la subjetividad y de dejar intacta cualquier estructura de poder. En la medida en que la inteligencia artificial calme la aspiración del conocer, acuñando la respuesta más frecuente y segura, se impondrá un contenido mental promedio, que será el resultado del automatismo algorítmico, la encarnación de una burocracia automatizada que se incrustará en nuestra inteligencia, de forma que se abandonará la necesidad de planteamientos propios y globales, dotados de horizontes personales de significatividad. La industria farmacológica y las estructuras comunitarias de las iglesias, serán la alternativa para calmar las ansiedades y los desconsuelos que no logre hacer desaparecer la constante atención a las novedades digitales. Esta forma de construir la subjetividad por la inteligencia artificial hará imposible o irrelevante la democracia…”[1]
[1] José Luis Villacañas, Senderos que se bifurcan, arpa, Barcelona 2026, p. 227-228.