la línea vertical

El cejijunto y sañudo peligro público que preside mi país ha logrado imponerse en Bruselas[1] frente a los democristianos belgas y alemanes, que habían redactado el documento político Una Constitución para una Europa fuerte (para ser aprobado en un próximo congreso del Partido Popular Europeo en Estoril, en octubre). Del documento se eliminó la apuesta por un modelo federal para Europa, y en cambio se ha incluido el compromiso de que la Unión considere inalterables las fronteras de sus Estados, esto último con la mirada puesta en el terrible conflicto del País Vasco. “Los dirigentes del PP español no han ocultado su intención de poner fuertes trabas a las hipotéticas tentaciones de grupos nacionalistas de optar por vías soberanistas en el futuro.”[2]

Es horrible. Declarar inalterables las futuras fronteras per secula seculorum equivale a afirmar que en ninguna circunstancia imaginable se tolerará un proceso de formación colectiva de voluntad que desemboque en secesión territorial; que nunca, tampoco en un proceso perfectamente pacífico y noviolento, se consentirá poner en práctica el principio democrático de autodeterminación. Eso equivale a laminar conscientemente las posibilidades de una salida razonable de la tragedia vasca, en algún futuro más o menos lejano, una vez derrotado el terrorismo, restablecida la convivencia democrática y desnazificadas las conciencias de tanto obtuso patriota abertzale. Aznar quiere la guerra, tanto dentro como fuera de España.

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Ante una crisis traumática que pone en entredicho el fundamento del propio existir, uno puede reaccionar dando lo mejor o lo peor de sí mismo (a veces las dos cosas, de forma consecutiva). No cabe duda de que, en los días que siguieron al 11-S, los neoyorquinos vivieron una experiencia extraordinaria, con el afloramiento de grandes dosis de generosidad y solidaridad, con mucha catarsis de emociones profundas; pero tampoco cabe duda de que, en los meses que han seguido al 11-S, lo que el gobierno de los EE.UU. ha ido proyectando hacia el exterior es lo peor del país. Y lo peor de un país tan poderoso es verdaderamente nefasto para el resto del mundo.

Cada paso que ha dado EE.UU. en el último año, conducido por ese individuo necio y cruel que robó la presidencia del país en unas elecciones fraudulentas después de haber robado millones de dólares en sus negocios fraudulentos, lo ha alejado de los valores democráticos que dice profesar y lo lleva hacia un Imperio global que parece no confiar en nada diferente del poder militar. Hoy, la proclamación de su nueva doctrina de “seguridad nacional” es un mazazo contra la conciencia moral de la humanidad[3].

Con esta nueva doctrina, EE.UU. se atribuye el derecho a lanzar ataques preventivos contra otras naciones y a actuar al margen de las organizaciones internacionales, cuando así lo aconsejen sus propios intereses; no permitirá que se reduzca su “inmensa ventaja militar” frente a los demás países; empleará la ayuda al desarrollo como un instrumento para la promoción de sus propios fines, y trabajará activamente para extender su depredador e injusto modelo de capitalismo al resto del planeta, pasándose por el forro de los cojones el sistema de NN.UU., la legalidad internacional, los intereses comunes de la humanidad y la simple y llana decencia. Qué catástrofe para el mundo entero, empezando por los propios norteamericanos, que no se merecen algo semejante.

“Si vivimos en una sociedad de economía de guerra es lógico pensar que la guerra es inevitable. La producción de armamentos cada vez más devastadores constituye el motor del desarrollo industrial norteamericano y la fuente de su hegemonía planetaria. Cuando los armarios ya están llenos, los propios misiles crean un enemigo.”[4]

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Los safari parks han desacreditado la naturaleza; los parques temáticos han adulterado lo que llamamos nuestra “civilización”; los libros de autoayuda han degradado cualquier clase de reflexión sobre la sabiduría, y así podríamos seguir. Resulta difícil concebir una degeneración mayor de los ideales de una cultura que, en la exaltación arrogante de la Ilustración, se proponía como faro cuyas luces iluminarían el mundo entero. Hay días en que, verdaderamente, uno siente fuertes impulsos de sumarse al padre André Breton en su conocida reivindicación del “acto surrealista puro” (ya se sabe, aquella barbaridad de los disparos al azar contra la multitud).

Pero aparte de ser una infamia y de resultar contraproducente, es una tontería: pues en cualquier momento y en cualquier lugar puede uno encontrar la línea vertical que lo iza de inmediato fuera de la papilla siniestra. Esa posibilidad está abierta para ti: no desvíes la mirada: ahí.

  • [Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 65-67. Este “diario de trabajo” va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]

[1] Reunión del PPE el 19 de septiembre de 2002.

[2] Carlos Yárnoz, “Doble aviso fronterizo”, El País, 20 de septiembre de 2002, p. 5.

[3] Documento La nueva estrategia de seguridad nacional de EE.UU., hecho público el 20 de septiembre de 2002.

[4] Manuel Vicent, “Hormigas”, El País, 22 de septiembre de 2002.