En este mundo invertido, donde los disvalores ocupan el lugar de los valores positivos y donde la cultura dominante hace creer que los ecosistemas están incluidos en la economía humana englobante –cuando, para cualquier sociedad humana viable, sucede exactamente al revés–, ¿cómo hacemos para conservar un mínimo de salud mental y equilibrio espiritual?
A la aceleración destructiva tiene uno que contraponer cierta deceleración meditativa –para no volverse tarumba.