¿no nos permitimos criticar o alabar desde un punto de vista moral?

Nuria Alabao escribe una excelente “Carta a la comunidad” de ctxt con atinadas advertencias sobre los peligros de las IA,[1] pero algo inquietante llama la atención: varias veces afirma que no está escribiendo desde una posición moral, y hacia el final del texto insiste: “De nuevo quiero advertir de que ésta no es una posición moral”. ¿Qué clase de cultura crítica ha ido desarrollándose estos últimos años, para que sus practicantes identifiquen de forma bastante sistemática la moral como algo negativo? ¿Pensamos que como sociedad podemos salir adelante sin una buena moral (igualitaria, biofílica, inclusiva, gaiana…)?

Mi amiga Sara me dirige hacia estas reflexiones de Susan Neiman: “Lo que me llamó la atención, y que podría explicar tanto la capitulación como la elección de la segunda administración de Trump, es el malestar que tanta gente de izquierdas siente ante el lenguaje moral. A la gente le preocupa que tenga tintes religiosos si ellos son laicos. No es así. Es un tema del que sé algo, ya que escribí un libro hace 25 años titulado Evil in Modern Thought (El mal en el pensamiento moderno), así que conozco un poco esa historia. Y sucede que los conceptos morales preceden a los religiosos en todas las culturas. La religión es una forma de expresar ciertos conceptos morales; es un intento de resolver ciertos problemas morales. Pero el sentimiento inicial de maldad —se puede llamar sentido de la injusticia— es algo que tienen los niños en todas las culturas y, según algunos investigadores, incluso los primates y otros animales superiores como los elefantes. Por lo tanto, no es un término religioso, aunque las personas religiosas suelen sentirse cómodas con el lenguaje moral. A la gente le preocupa que resulte polarizador, que sea demonizador. Y, por ese temor, dejamos las armas más poderosas que tenemos en el lenguaje en manos de quienes son menos responsables a la hora de utilizarlas.” Y cuando se le pregunta a Neiman por qué cree que una proporción tan grande del electorado estadounidense votó por Trump por segunda vez, responde: “Porque, aunque pudimos ver la inmoralidad durante el primer mandato y las tendencias hacia el fascismo —no creo que sea una expresión demasiado fuerte—, estamos tan convencidos de que los conceptos morales son para pringados, como diría él, o como diría Stephen Miller —ya sabes, son sutilezas que en realidad no cambian nada en el mundo—, que la gente se rindió y fue incapaz de condenar lo que realmente estaba ocurriendo de una forma tan escandalosa”.[2]

***

En el texto recién citado, Alabao se refiere a “investigaciones que han contabilizado al menos 3.749 webs que imitan a medios de comunicación y publican textos generados por IA sin apenas supervisión humana. Viven de la publicidad automatizada, así que marcas muy conocidas están financiando esta estafa sin saberlo…”

 

[1] Nuria Alabao, “Periodismo sin nadie detrás”, Carta a la comunidad 465, 19 de septiembre de 2026. Reproduzco algunos pasos:

“La semana pasada, Jacob Coxon, un joven ingeniero británico de 27 años que trabajaba en el entrenamiento de modelos de lenguaje, dejó su empleo. Publicamos en CTXT su mensaje, que ha dado la vuelta al mundo, en el que explicaba que las grandes empresas del sector están inmersas «en una carrera directa hacia la creación de una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma». Según Coxon, quienes construyen estos sistemas creen de verdad que podrían acabar con nosotros antes de que termine la década. Y lo cierto es que Dario Amodei, director general de Anthropic, una de las empresas de IA más importantes del mundo, acaba de pedir que, ante estos peligros, se ralentice su desarrollo. Entre los riesgos que enumera él mismo estaría el de perder el control de los sistemas, ciberataques y bioterrorismo impulsados por la IA. Tenemos un ejemplo reciente que parece sacado de un libro de ciencia ficción: el incidente de OpenIA-Hugging Face, donde un grupo de agentes de IA ha lanzado un ataque informático sin que se les haya pedido, y lo han hecho, además, intentado borrar sus propias huellas.

Cory Doctorow, un experto en tecnología —que os recomiendo—, sostiene que a los dueños de la IA les encanta este relato apocalíptico porque paradójicamente es una buena publicidad. «Si la IA es lo suficientemente poderosa como para destruir el mundo, ¡piensa en cuánto dinero puede generar!». Según él, las narrativas del dominio de las máquinas sobre los humanos son puro marketing viral e impulsan la burbuja de los LLM —los modelos extensos de lenguaje, una denominación bastante más exacta que lo de «inteligencia»—. Pero resulta muy difícil no alarmarse un poco ante las cosas que están sucediendo.

¿Drones letales dirigidos por IA autónomas? ¿Pérdida masiva de trabajos? ¿Nueva burbuja financiera? ¿Otra crisis ecológica? Las preguntas caen sobre nuestras cabezas como una tormenta. Y por desgracia, no son miedos infundados. En febrero, la Administración Trump vetó a Anthropic —la desarrolladora de Claude— después de que la empresa se negara a que sus modelos fuesen utilizados para la conducción de armas letales autónomas o la vigilancia masiva —lo que ya está sucediendo a través de otras empresas—. En Estados Unidos se ha despedido a más de cien mil trabajadores este año por culpa de esta tecnología. Sin olvidar que el coste en términos de consumo de energía y agua es una amenaza muy real. Aquí está pasando ya: el proyecto de Meta en Talavera de la Reina requiere de al menos 504’5 millones de litros de agua al año en una comarca castigada por la sequía.

Hay otro fenómeno que no podríamos registrar en el apartado de «peligro de extinción humana», pero que produce otro tipo de inquietudes, esta vez estilísticas. No sé si os pasa, pero navegando por internet me topo cada vez más con la cadencia de lo redactado por una máquina: sus frases más o menos de la misma extensión, su estructura sin habla y sus esquemas repetitivos que consiguen aburrir hasta a las ovejas. La frase que empieza con una negación para afirmar algo aunque no haga falta: «Esto no va de tecnología, va de poder». La pregunta retórica que se contesta a sí misma en la línea siguiente: «¿El resultado? Un desastre». El párrafo rematado con una sentencia breve, casi de eslogan aparentemente ingenioso pero en realidad vacío. Las enumeraciones de tres elementos muchas veces precedidas por dos puntos… Y ya no pasa únicamente en los carruseles de Instagram o en los boletines empresariales, cada vez más artículos de prensa, informes, prólogos de libros y hasta libros enteros empiezan a sonar igual. Tienen la misma música. O más bien, la misma ausencia de ritmo. Conducen a las mismas ganas de sacarse los ojos.

No hay aquí una posición moralista. El periodismo es una profesión precarizada y entiendo que se utilice una herramienta que ahorra tiempo. Yo misma la utilizo para varias tareas, pero ¿por qué quienes firman al menos no reescriben en su propio estilo las sugerencias de la IA? ¿No se dan cuenta del vacío de su escritura, de su pobreza estilística y de su falta de humanidad? Se les ha llamado «loros estocásticos» porque cosen secuencias de lenguaje según la probabilidad de que vayan juntas, sin referencia alguna al significado profundo de las palabras. Como un prestidigitador, la máquina ofrece la ilusión vacía de una prosa lógica y hasta brillante, pero debajo solo está la nada. Puede que nuestro futuro esté plagado de trabajos redactados con IA que los profesores corregirán con IA en una suerte de cinta de Möbius imposible. ¿Seremos todos más tontos? ¿Acabaremos escribiendo todos igual, ya que leemos cosas que siguen la lógica repetitiva de la máquina? Cuando los modelos se entrenan con textos de otros modelos, lo primero que se pierde son los usos raros de la lengua, la persona y el alma.

(…) Doctorow toma prestada la imagen del centauro —medio humano, medio caballo— que usa la teoría de la automatización, donde una cabeza humana pensante se sitúa sobre un cuerpo de máquina incansable. Somos centauros cuando conducimos un tractor o un coche. El centauro inverso es lo contrario: una cabeza de máquina sobre un cuerpo humano; alguien reducido a apéndice de carne de un sistema que es quien toma las decisiones e impone su ritmo. El ejemplo que utiliza es el repartidor de Amazon, vigilado por cámaras dentro de la furgoneta que le restan puntos si mira donde no debe e incluso le prohíben cantar. Su tesis es que muchas herramientas de IA podrían servir para crear centauros, para potenciar nuestras capacidades, pero que más bien se están desarrollando con el propósito expreso de fabricar centauros inversos donde los humanos se dediquen a corregir lo que hace la máquina: el trabajo más pesado y menos creativo. Esto va a permitir despedir a muchos trabajadores y que sus sueldos vayan tanto a los jefes que los echan como a las empresas de IA.

En el periodismo, un centauro usaría la máquina para transcribir una entrevista de dos horas o rastrear un informe perdido, y después escribiría y contrastaría la información, si puede, recurriendo a fuentes humanas. Una redactora centauro inverso, en cambio, recibiría el encargo de «supervisar» doce piezas diarias que produce un LLM e incluso estaría obligada a firmarlas. El objetivo sería que alguien cargue con los errores de la máquina —porque, por ahora, las máquinas no son responsables—, que se convierta en lo que Dan Davies llama un «sumidero de responsabilidad». Las IA están sirviendo ya para apretar las tuercas a las trabajadoras de un sector laboralmente precarizado.”

[2] “Call it evil: Philosopher Susan Neiman on why moral clarity matters in the Trump era”, Democracy Now!, 17 de septiembre de 2026; https://podcasts.apple.com/pa/podcast/democracy-now-september-17-2026/id989411107?i=1000790354411

ahorro y decrecimiento, sí, pero con un matiz

Peter Sloterdijk reflexiona sobre un Prometeo arrepentido (en un libro dedicado a Bruno Latour –in memoriam),[1] y postula que nuestro porvenir hoy se dirime en un conflicto en el que debemos decidir entre ser “ahorradores” o “derrochadores”. Mi equipo es el del ahorro, claro, pero con un matiz: si un desacoplamiento importa hoy, es del derroche vital con respecto al derroche material y energético (este último es el que hay que yugular).

Unas líneas de mi Donde el amor, allí el mundo recuerdan: Nos resulta antipática la idea de autolimitación, pero sin ese movimiento no hay ni vida ética (autolimitarme para que pueda existir el otro) ni sustentabilidad (ha de haber un mañana). No se puede obviar el elemento ascético del ecologismo…[2] (Atención también al nuevo libro de Chantal Maillard, La vía previa –o cómo pensar una ascesis para estos tiempos, el tercero de sus breviarios “Cinco ratones ciegos” en Galaxia Gutenberg.)

 

[1] https://vocesdelextremopoesia.blogspot.com/2026/01/donde-el-amor-alli-el-mundo-de-jorge.html

[2] Siruela, Madrid 2026.

menos gente, haciendo menos cosas

Menos gente, haciendo menos cosas. Me diréis: gente con menos impacto, haciendo cosas distintas. Y ello es importantísimo, pero no basta: para una humanidad viable en una biosfera sana, también hace falta menos gente, haciendo menos cosas.

Por eso hemos de acoger con satisfacción la disminución tendencial de la población que ahora se insinúa en la mayoría de los países del mundo –en vez de considerarlo una “crisis demográfica”.

las noticias sobre la muerte de la ilustración han sido un poco exageradas

Doy aquí la versión original (en castellano) de un breve artículo mío que se ha publicado (traducido al catalán) en el número monográfico titulado LA IL.LUSTRACIÓ HA MORT? de la revista Valors (núm. 250, septiembre de 2026).

https://valors.org/valors-arriba-al-numero-250-i-proposa-un-retrat-global-del-mon-davui-preguntant-se-pel-desti-de-la-illustracio/


Las noticias sobre la muerte de la Ilustración han sido un poco exageradas

 

“Las noticias sobre mi muerte han sido exageradas” (o, más exactamente, “la noticia de mi muerte fue una exageración”) es una célebre cita atribuida a Mark Twain en 1897, tras varios informes erróneos sobre su fallecimiento. Quizá habría que decir algo parecido a las noticias sobre la muerte de la Ilustración.

Por un lado, es indudable que necesitamos una crítica radical, muy a fondo, de la Modernidad euro-occidental y sus mitos, empezando por el del progreso (que hay que escribir con mayúsculas: el Mito del Progreso). Ahí hay mucho y buen trabajo hecho: desde la filosofía (pensemos en la Teoría Crítica francfortiana), desde la sociología rebelde, desde la antropología anarquista (ah, esas páginas inolvidables de David Graeber y David Wengrow sobre ciertos orígenes iroqueses de la Ilustración europea), desde las Epistemologías del Sur (con Boaventura de Sousa Santos y otras autoras), desde el pensamiento de los pueblos originarios (un Ailton Krenak, una Robin Wall Kimmerer…), desde los ecologismos y ecofeminismos, desde la teorización descolonial… La lista podría alargarse.

A mí no me han interesado tanto las variantes de esa crítica que –para abreviar– podríamos llamar posmodernas como las autocríticas internas de esa propia Modernidad. Entre ellas, la tradición ecosocialista que siento como propia, dentro de la cual me encuentro con pensadores como Manuel Sacristán (1925-1985) o Francisco Fernández Buey (1943-2012). Consideremos a este último: continúa la tradición roja, verde y violeta de la revista mientras tanto (fundada en 1979 y aglutinada en torno a Manuel Sacristán y a Giulia Adinolfi) y en cierta forma recoge lo que podríamos llamar “ecosocialismo clásico” (uno de cuyos clásicos es el propio Sacristán, probablemente el pensador marxista español más importante del siglo XX), pero acentúa el aspecto de crítica colonial (que ya despuntaba, por otro lado, en el propio Sacristán con su interés por las culturas amerindias y su trabajo específico sobre la cultura apache y el destino de Gerónimo).

Vale la pena rememorar, siquiera brevemente, al maestro y amigo de Paco Fernández Buey. Manuel Sacristán (cuyo centenario hemos celebrado, con numerosas actividades públicas y publicaciones, en 2025) se forjó, al mismo tiempo, en la lucha clandestina contra la dictadura de Franco y en el pensamiento en filosofía de la ciencia y en lógica. El suyo fue un marxismo muy interesante, un marxismo praxeológico, gramsciano, pero también muy defensor la importancia de la ciencia y la racionalidad. Sacristán, de manera muy significativa, entró en unos años de honda crisis a raíz del 68: pero en su caso no tanto el 1968 francés como el checo (lo ha explicado muy bien Salvador López Arnal en su libro El final de una esperanza). En el verano de 1968 los tanques soviéticos entran en Praga y eso supone en efecto el final de las esperanzas (que abrigaban muchos comunistas de la época) en cierta posibilidad de regeneración desde dentro del bloque soviético. Esto afectó mucho a Sacristán, quien dejó entonces sus cargos en la dirección del PSUC (la oposición comunista clandestina a la dictadura de Franco) y padeció una depresión considerable en los años siguientes. Pues bien: una manera muy interesante que Sacristán encontró para ir elaborando todo aquello, aquel desastre político, fue el trabajo sobre algunas culturas amerindias, emprendido en 1970-1971, y que condujo por ejemplo a que el filósofo y profesor de la Universidad de Barcelona tradujese (y luego anotase muy profusamente) el libro de memorias conversadas de Gerónimo, el caudillo apache. Gerónimo. Historia de su vida (1975) es un libro fascinante por ese diálogo entre Sacristán –quien era un racionalista europeo, un auténtico heredero de la Ilustración– con todo lo que suponía aquella resistencia anticolonial amerindia.

Luego, Paco Fernández Buey –quien es uno de los discípulos principales de Sacristán, yo diría que el más importante junto con Antoni Domènech– dedica un montón de trabajo, durante años, a recuperar la figura de Bartolomé de Las Casas. La gran perturbación. Discurso del indio metropolitano (1995) es una obra mayor, escrita antes de que se comenzase a hablar de “giro decolonial”. Ejemplifica muy bien esa autocrítica de la tradición europea ilustrada que puede conectar con algunos elementos dentro de sus propias trayectorias (pese a que, históricamente, esas posiciones fueron derrotadas). Las Casas fue en efecto derrotado en el decenio de 1550-1560, en la España absolutista y colonial de entonces; pero ese hilo rojo, aunque sea delgado y frágil, sigue estando ahí: es muy real.

Pero si consideramos a Las Casas, y a los erasmistas, y a Montaigne, ¿no habría que hablar de cierta ilustración europea anterior a la Ilustración oficial del XVIII? Esto aconsejaría referirnos siempre a ilustraciones (en plural) más que a una Ilustración. Si decimos “ilustraciones” ya nos situamos en un marco un poco diferente: no estamos remitiéndonos a aquellos europeos con pelucas empolvadas en salones franceses del siglo XVIII, sino a “momentos de ilustración” que, históricamente, han tenido lugar en distintas culturas a lo largo de los siglos. De hecho, habría que considerar, en Eurasia, la filosofía griega antigua como una primera ilustración. Hilary Putnam (en Ética sin ontología) ha insistido en que no existió una sola ilustración, la Ilustración con mayúsculas de los siglos XVII-XVIII, sino tres ilustraciones: la primera vinculada a Sócrates, Platón, Epicuro…y la tercera (sin cristalizar del todo) que estaría vinculada a la figura de John Dewey. Pero al asomarnos fuera del mundo occidental vemos enseguida que la India, una cultura enorme con aspectos racionalistas muy considerables, tiene grandes momentos de ilustración; y algo parecido sucede con China.

Necesitamos por tanto una ilustración no eurocéntrica, descentrada (igual que hablamos de humanismo descentrado). Amartya Sen ha llamado la atención más de una vez acerca de cómo algunos pensadores no occidentales (y anteriores a la Modernidad) subrayaron también la “búsqueda de la razón” frente a la “dependencia de la tradición”. Ni una idea cualitativa de progreso (reconocimiento del otro, resolución pacífica de los conflictos, vida buena para todos y todas) ni los demás ideales ilustrados son una especie de coto vedado de Occidente. Como señaló en su momento Eduardo Subirats, un papel fundamental para nosotros –en Europa y España– lo puede desempeñar Ibn Rushd/ Averroes en la Córdoba del siglo XII, a quien con razón podemos considerar iniciador de la ilustración de lo que luego se llamó Occidente.

Creo que si pluralizamos, hablando de “ilustraciones” en vez de “Ilustración”, y descentramos, buscando esos momentos de ilustración que no han existido sólo en Europa –momentos, en muchas culturas, de intentar comprender al extraño, hacerse cargo de las diferencias y llegar a ciertas formas de universalidad, con la dificultad que tiene trascender lo tribal para un ser tribal como Homo sapiens–, entonces estaríamos en mucha mejor disposición para seguir adelante. No deberíamos dar crédito a las noticias un poco exageradas sobre la muerte de la Ilustración; no deberíamos arrojar por la borda lo que tenga que ver con las ilustraciones históricas que he venido evocando. Sobre todo teniendo en cuenta que, si algo nos hace falta hoy desesperadamente, son ciertos niveles básicos de racionalidad ecosocial desde donde responder a las crisis entrelazadas que enfrentamos. Esto implica, también, cierta forma de ilustración, por lo que hablamos a veces, en contextos ecosociales, sobre la necesidad de una “nueva (eco)ilustración”.

En fin: la Ilustración europea –con su anastomosis que la conectaría con ciertos pueblos originarios: ya mencioné antes a David Graeber y David Wengrow con su suculenta investigación sobre “Maldita libertad. La crítica indígena y el mito del progreso”, capítulo 2 de su libro El amanecer de todo–, la Ilustración europea que (insisto) es sólo uno de los “momentos de ilustración” de la humanidad a lo largo de los siglos, si la purgamos de sus elementos coloniales, eurocéntricos, patriarcales, capitalistas, mecanicistas y antropocéntricos, sigue siendo algo bastante presentable. Hoy hacemos frente a una verdadera contrailustración: nos arrastran hacia una Edad Oscura de fascismo fosilista, devastación de la biosfera, precarización existencial, fundamentalismo tecnológico y soledad interconectada. Opondremos toda la resistencia posible.

Rechazar la finitud y perseguir la dominación: en esta fórmula podríamos resumir el extravío de la Modernidad euro-norteamericana a partir del siglo XVI… El actual ascenso del fascismo/ nazismo, en tantos lugares, ¿no es la respuesta contrailustrada, nacionalista y genocida ante los límites del crecimiento? Lewis Mumford, en el capítulo 7 de El pentágono del poder, estimaba que el problema central de nuestra época era dar forma a “seres humanos capaces de comprender su propia naturaleza lo suficiente como para controlar, y suprimir cuando tal cosa sea necesaria, las fuerzas y mecanismos que ellos mismos han creado”. Autoilustración para la autocontención, podríamos resumir. Corine Pelluchon (una autora contemporánea clave cuando pensamos en términos de ecoilustración) reflexiona con lucidez: “La emergencia ecológica nos enfrenta a límites: límites al crecimiento, a la explotación, al control. Las tentaciones autoritarias suelen surgir como una negación de estos límites. Sin embargo, el rechazo de los límites es precisamente lo que ha producido tanto la devastación ecológica como la fragilidad democrática. La crisis ecológica y la crisis de la democracia comparten una raíz común: la obsesión por el control y la dominación. Para hacerle frente, necesitamos una política basada en la consideración, en el reconocimiento de la vulnerabilidad, en el cuidado del mundo compartido y en la restauración de los lazos sociales” (“Abandonemos a los líderes fuertes. Abracemos el poder de lo femenino”, El País/ Ideas, 29 de marzo de 2026).

Cuando la vida reflexiva y autoconsciente –eso que solemos llamar filosofía– intenta encarnar en un movimiento de masas, hablamos de ilustración. Soñamos –contrafácticamente– con un curso civilizatorio diferente, que hubiera buscado otras metas y fomentado otros valores: acoger al extraño, cuidar lo frágil, hacer las paces con la naturaleza, aceptarnos como los vulnerables seres mortales que somos. La Ilustración que necesitamos no es –sólo– la de Newton, Voltaire y Kant; ésa nos empuja también a abismos, si no la reequilibra la autocrítica ilustrada de Goya y Leopardi.

Hoy necesitamos una ilustración de la biofilia, la sustentabilidad, la autocontención, el respeto por la Madre Tierra y el cuidado. Una concepción del mundo anclada en la reverencia por la vida, como le gustaba decir a Albert Schweitzer. “Yo soy Arnaut, que amaso el aire”, cantaba el trovador occitano Arnaut Daniel en el siglo XII. Sí: amasar el aire sin olvidar arraigar bien en la tierra, y recordando que el planeta Tierra es en realidad el planeta Océano, y encareciendo que necesitamos preservar la llama de la inteligencia y la lucidez –sobre todo en estos tiempos aciagos de contrailustración rampante.

 

valiosa entrevista con el psicoanalista josep maria panés: “el psicoanálisis nos permite entender mejor las causas de la crisis ecológica y de nuestra dificultad para reaccionar ante ella”

«…el superyó contemporáneo cumple la misma función que en el siglo XIX, pero con exigencias totalmente diferentes. El superyó contemporáneo dice “¡Disfruta!”. Y no sólo lo dice, lo exige: “Just do it”, “Lo quieres, lo tienes”, “¡Siempre más!”. El superyó contemporáneo nos pide satisfacer este imperativo, dedicando nuestro tiempo y nuestras energías, y nunca le basta: lo que obtenemos nunca nos satisface plenamente, también porque el sistema nos aporta constantemente nuevos objetos y nuevas experiencias, que debemos hacer para comprarlas, vivirlas y mostrarlo a los demás…»

Texto completo en https://catalunyaplural.es/josep-maria-panes-el-psicoanalisis-nos-permite-entender-mejor-las-causas-de-la-crisis-ecologica-y-de-nuestra-dificultad-para-reaccionar-ante-ella/

Véase también esta otra entrevista: https://www.pagina12.com.ar/2026/08/16/el-inconsciente-social-nos-empuja-hacia-el-colapso/

 

no dejarnos llevar por el fatalismo

Santiago Alba Rico en una entrevista a raíz de la publicación de su libro Gaza y el destino del mundo: “Me resisto a dejarme llevar por el fatalismo o por el pesimismo. Creo que hay algo también muy político en esto: la decisión política que podemos tomar es precisamente la de no dejarnos arrastrar por ellos.

¿Cómo dejarse llevar por el fatalismo desde Europa cuando los palestinos están todos los días levantando escuelas en una jaima entre los escombros de Gaza; cuando están una y otra vez cambiando los pañales a sus niños, reconstruyendo sus casas, cuidando el olivo que les han quemado?

Lo que sí creo es que se avecinan tiempos aún peores, porque ese modelo Gaza es un modelo que estamos viendo en todas partes. Israel lo aplica en Líbano, Estados Unidos e Israel lo aplican en Irán, Rusia lo aplica en Ucrania, y estamos viviendo un proceso de desdemocratización mundial que no augura precisamente la reconstrucción de un derecho internacional más vigoroso y con mayor capacidad de protección, sino lo contrario. Pero no podemos permitirnos el pesimismo mientras los palestinos sigan resistiendo…”[1]

(Yo no desacreditaría el pesimismo, centraría mi crítica en el fatalismo; pero en el contexto actual no importa demasiado ese matiz.)

 

[1] Santiago Alba Rico: “Israel es la supervivencia de la peor Europa en Oriente Medio”, eldiario.es, 5 de septiembre de 2026; https://www.eldiario.es/cultura/santiago-alba-rico-israel-supervivencia-peor-europa-oriente-medio-cat_128_13480501.html

Interesante lo que plantea el pensador sobre infancia diurna e infancia nocturna: “El proyecto de la Ilustración ha fracasado claramente. Kant decía que la Ilustración era la humanidad que alcanza la mayoría de edad. Durante dos siglos hemos creído, a ratos, que había sido así, pero en los últimos años vemos que no. Nunca hemos llegado a ser mayores de edad del todo. Seguimos como en un patio de colegio en el que los más fuertes, los que menos se atienen a los principios pactados por todos, son los que finalmente se apoderan de territorios, de las vidas de los demás y deciden, en definitiva, quién merece vivir y quién no. Eso que yo llamo la infancia diurna, que es la del juego, en un momento determinado se convierte en hipocresía. Hemos seguido jugando a los valores morales, a la democracia, a la división de poderes. Lo que ha ocurrido es que se ha venido abajo ese aparato lúdico, más o menos pactado, en el que todos, hipócritamente, nos guiábamos por ciertos principios en los que quizá no creíamos, pero que nos defendían del niño nocturno. Y ese niño nocturno se ha apoderado del patio del colegio. (…) Hay algo siempre tranquilizador en las reglas. Incluso, si se quiere, en las mafias que tienen, o han tenido durante algún tiempo, reglas internas que había que respetar. Y los niños están obsesionados con ellas: quieren a toda costa que se cumplan. Ese niño diurno que juega con reglas inventadas, pero en todo caso rígidas y de obligado cumplimiento, se convierte en un hipócrita civilizado, diría Freud. En El malestar en la cultura, la civilización sirve fundamentalmente para reprimir al niño nocturno. Y ese niño nocturno ha quedado liberado, desencadenado. No cumplir las reglas tiene en estos momentos muchas ventajas en términos de poder, de ganancia, de beneficio capitalista, de beneficio imperialista y de protección de los propios intereses…”

sobre gimnasios y la alienación cotidiana

En su “Carta al director” una mujer, Laura,[1] sintetiza así la rutina cotidiana: “Madrugar, metro, trabajo, gimnasio, cena, dormir y repetir”. Uno recuerda la crítica de la contracultura francesa de los años 1960 –digamos: situacionista, sesentayochista– que se plasmaba en la terna métro, boulot, dodo (“metro, curro y piltra”).[2] Que en la lista de situaciones repetitivas y alienantes se haya colado el gimnasio vale por todo un tratado de sociología: uno que explicase el cambio que lleva desde el capitalismo fordista-keynesiano al capitalismo neoliberal, con su exigencia de rendimiento constante y cuerpos perfectos validados por la mirada del Gran Hermano.

 

[1] “Carta al director” de El País, 7 de septiembre de 2026.

[2] https://www.afsacramento.org/pourquoi-dit-on-metro-boulot-dodo/

ceuta: en la peor dirección

La crisis de Ceuta nos está haciendo evolucionar rapidísimamente en la peor dirección. El fascismo ya está aquí, denuncia Rafael Narbona. “Los aquelarres fascistas que han recorrido nuestro país gritando España cristiana y no musulmana ponen de manifiesto que el odio, el racismo y la intransigencia ya no son fenómenos minoritarios, sino de masas. Se respira un clima parecido al de la Europa de los años treinta. El futuro da miedo.

En una sociedad que desprecia el conocimiento, como ha señalado el historiador Julián Casanova, ya no se puede hablar del riesgo de reaparición del fascismo. En realidad, el fascismo ya está aquí, a pie de calle, representado por un sector cada vez más amplio de la población: jóvenes que idealizan el franquismo, personas de la tercera edad que añoran la dictadura, matones ociosos que practican la intimidación, mujeres que aborrecen el feminismo, trabajadores ofuscados por las consignas nacionalistas y xenófobas.

Abascal y Feijoo aprovecharán la coyuntura para hacerse con el poder. Con el PP y Vox en el poder, la Guardia Civil y la Policía Nacional podrían asumir las tareas del ICE estadounidense, deportando a miles de personas. Y los jueces, envalentonados, recrudecerían su campaña contra la izquierda con el apoyo de la prensa de derechas. Los ciudadanos que aún creemos en valores como la libertad, la solidaridad y los derechos humanos nos convertiremos en el blanco de unas instituciones gobernadas por políticas que ya hablan de remigración y prioridad nacional. La noche oscura del fascismo ya ha comenzado a propagarse y no tenemos a un Albert Camus para denunciar esta nueva peste.”[1]

Michael Mann ha analizado en The Dark Side of Democracy el fenómeno de la limpieza étnica. La democracia, sintetiza Richard Seymour, puede sufrir brutales torsiones allí donde el demos entra en conflicto con el etnos. Especialmente en situaciones de crisis, rasgos básicos de la democracia se prestan a la furia etnonacionalista, “en la que el antagonismo de clases se transfiere a una lucha étnica de suma cero. La maldición moderna de la limpieza étnica y el genocidio es propia de regímenes democráticos inestables. Pensamos ahora en las privaciones, hambrunas y desastres que producirá la crisis climática y en los efectos que esto tendrá en nuestros ya muy agitados sistemas democráticos…”[2]

Las subjetividades fascistas cristalizan en un vínculo sadomasoquista: sí, sufro, pero me desquito haciendo sufrir a otros. “El fascismo fósil, si quiere que una parte de las personas empobrecidas y trabajadoras empiece a decir: sí, moriría por eso, tiene que ofrecerles algo que valga más que la supervivencia (…): las satisfacciones de la venganza, de destrozar al vecino, de disfrutar de la omnipotencia sobre otra vida, aunque sea de manera vicaria”.[3]

 

[1] Seymour, La Tierra desencantada, op. cit., p. 104.

[1] https://x.com/Rafael_Narbona/status/2095482419126166002

[3] Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 83.

el problema real del catastrofismo ecológico

Hay razones objetivas para ser catastrofista, reconoce Richard Seymour: la situación es catastrófica. Y no deberíamos conceder demasiado a quienes nos repiten que no hay que asustar a la gente sobre el cambio climático, sino más bien contarles historias ilusionantes. “Es una premisa a la vez paternalista y equivocada. La gente ya está asustada por el cambio climático y así debe ser. El miedo no es algo inherentemente ilegítimo. Contemplar lo peor, como el cambio climático desbocado que puede desatar la destrucción de la civilización, no es algo inherentemente idiota. De necesitar algo, sería un poco más del poder de enfrentarse a los hechos desagradables de George Orwell”.[1]

Pero “el problema real del catastrofismo ecológico es que en las situaciones estancadas, puede ofrecer un dudoso tipo de satisfacción e incluso de consuelo. (…) Imaginar el apocalipsis ecológico como si fuera un sueño catastrófico, en el que estamos por completo presentes para dar testimonio del terrible final, sería como la ubicua fantasía de estar presentes en nuestro propio funeral. Si estás ahí para verlo, es que no has muerto de verdad. En su inconsciente, argumentaba Freud, nadie cree en su propia mortalidad”.[2]

 

[1] Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 15.

[2] Seymour, La Tierra desencantada, op. cit., p. 19.

fantasías supremacistas

Un amigo, en la uni de verano de Anticapitalistas,[1] nos dio un dato tremendo: tras la pandemia de covid-19, en 2020, las familias de acogida para niños/as saharauis han pasado de más de ocho mil a sólo tres mil, en un lustro. Dolorosa medida del cuarteamiento de la solidaridad (y del internacionalismo) en el tercer decenio del tercer milenio…

Evaluando retrospectivamente 2020 y el encierro pandémico, las conclusiones son desoladoras: muy lejos del “saldremos mejores”, aquella experiencia colectiva de vulnerabilidad y confrontación con la muerte ha llevado a la mayoría a posiciones de denegación y para lo que me queda en el convento, me cago dentro.

Ahora bien, puesto que la denegación “nunca destruye la verdad, sino que se limita a reprimirla, aquí a menudo subyace una fantasía oscura, supremacista: incluso si todo se va al carajo, la dominación racial y nacional garantizará el futuro de quienes sean lo bastante rápidos y crueles como para sacar provecho de que el Sol queme más”,[2] de que los recursos escaseen, de que la habitabilidad de la Tierra mengüe… Pero es una fantasía: por muy brutalmente que se organicen esos sectores sociales para proteger las fronteras raciales y nacionales, la destrucción de la habitabilidad de la Tierra no respetará tales fronteras.

 

[1] Donde han participado este verano más de 1.100 personas: ha sido la edición más multitudinaria. https://poderpopular.info/2026/09/01/mas-de-1100-personas-participan-en-la-universidad-de-verano-anticapitalista-durante-los-cinco-dias-de-charlas-y-formaciones-de-esta-nueva-edicion/

[2] David Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 70.

un narcisismo estructural

Ya en 1845, en su obra seminal La condición de la clase trabajadora en Inglaterra, Engels denunciaba la “monadización” egoísta, destructora de comunidades y solidaridades, como “el principio fundamental” de la sociedad capitalista en su conjunto.[1] Este proceso de individualización morbosa, teratológica, se ha desarrollado hoy hasta lo indecible.

Le moi est haïssable, sentenció Pascal. Hoy el yo no sólo es odioso: se ha convertido en algo monstruoso, como señala el teórico de la contracultura británico Jaron Rowan.[2] La mutación antropológica neoliberal ha cuajado en el narcisismo estructural que deforma y envenena nuestra cultura.

 

[1] Citado en Michael Löwy y Robert Sayre, Anticapitalismo romántico y naturaleza, Enclave de Libros, Madrid 2024, p. 174.

[2] Jaron Rowan, Un monstruo llamado yo. Contracultura reaccionaria y política de la virtud, Traficantes de Sueños, Madrid 2026.

laila

Laila es la princesa enamorada en una triste aventura de pareja que narra el poeta clásico persa Nezami en el siglo XII (Lord Byron llamó a La historia de Laila y Majnún el “Romeo y Julieta de Oriente”).[1]

Layla es la famosa canción con que en 1970 Eric Clapton trata de robarle a su amigo George Harrison su guapa esposa, Pattie Boyd; y en efecto logra robarle el corazón a ella.[2] Se divorció de George y se casó con Eric.

Laila es la querida interlocutora a quien el poeta árabe Ibrahim Al-Arid (1908-2002)[3] explica que “en cada uno de nosotros hay, prisionero, un pájaro enjaulado;/ y solamente llega a ser feliz/ aquel que puede darle rienda suelta”.[4]

Laila, ¿uno de los nombres verdaderos de la poesía? Nos sentimos inclinados a identificarla con la escanciadora de Hafez Shirazí (siglo XIV): “Ven pronto, escanciadora, con el vino del rapto/ que perfección otorga y gracia multiplica./ Sírveme ya, copera, que, descorazonado,/ de ambos bienes divinos mi cesta está vacía./ (…) Yo soy aquel que al sostener la copa con la mano/ en su espejo contempla cuanto existe y respira…”[5]

 

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Layla_y_Majn%C3%BAn

[2] Contaba Pattie Boyd: “Nos vimos a escondidas en un piso de South Kensington. Clapton me había pedido que fuera porque quería que escuchase algo nuevo. Encendió el radiocasete, subió el volumen y sonó la canción más potente que jamás escuché. Era Layla; trataba sobre un hombre que cae enamorado perdidamente de una mujer que le quiere, pero no está disponible. Me la puso dos o tres veces, mientras miraba mi cara para ver mis reacciones. Mi primer pensamiento fue que todo el mundo me iba a reconocer…” (https://es.wikipedia.org/wiki/Layla_(canci%C3%B3n) )

[3] https://kids.kiddle.co/Ebrahim_Al-Arrayedh

[4] En la antología Poesía árabe contemporánea preparada por Pedro Martínez Montávez (Escelicer, Madrid 1958, p. 273).

[5] Hafez Shirazí, 101 poemas (edición de Clara Janés y Ahmad Taherí), Eds. del Oriente y el Mediterráneo, Guadarrama 2004, p. 253 y 257.

esta vez, la «destrucción creativa» capitalista apunta a la destrucción del mundo

Desde el pasado mayo, los “agentes” de IA han estado haciendo cosas bastante extraordinarias. Patricia Fernández de Lis lo resume así: “Este verano, en cuestión de semanas, las mayores compañías de inteligencia artificial (IA) han anunciado, una tras otra, que habían sorprendido a sus modelos haciendo cosas que nadie les había pedido, incluso que les habían prohibido: han entrado en sistemas de otras empresas, se han organizado en ‘enjambres’, tal y como los describen sus creadores, han compartido información, han delatado a otras IA y han mentido para tapar sus huellas. En el caso más sorprendente e inquietante de todos, un modelo de la compañía Anthropic, en unas pruebas dirigidas por un organismo británico de ciberseguridad, decidió ejecutar un ataque en el mundo real y, después, cuando le pillaron, creó una segunda identidad para respaldar su propia inocencia. No es la primera vez, ni será la última, que un posible despertar de los modelos de IA, rebelándose contra sus programadores humanos, acapara los titulares. Y como en otras ocasiones, estas IA no despertaron, sólo hacen muy bien lo que han sido entrenadas para hacer. Sin embargo, este entrenamiento es ya tan extremo y competitivo que la velocidad y la capacidad de respuesta de los modelos han desbordado, incluso, a sus propios creadores…”[1]

***

“Cada revolución industrial ha generado oportunidades, pero ninguna ha evitado cierta destrucción creativa”, anota uno de los sochantres de la IA, refiriéndose a la eliminación de puestos de trabajo.[2] Sólo que esta vez la cosa va mucho más lejos (si atendemos a los desarrollos de IA como aceleradores del capitalismo, socavadores de la democracia, militarizadores de la sociedad y campeones del control y la represión): la “destrucción creativa” es la destrucción del mundo. ¿Eso causa inquietud? Pero es que “la maquinaria ya está en marcha”, y “no se puede detener una tecnología de propósito general una vez que comienza a reconfigurar la economía”.[3] ¡A toda prisa hasta el fondo del abismo!

Tenemos todas las razones del mundo para decir no a las IA (en las condiciones de hoy)… pero la demencial competencia capitalista y geopolítica nos unce al desastre.

 

[1] Patricia Fernández de Lis, “Las IA que atacan en enjambre desafían a sus creadores”, El País, 23 de agosto de 2026; https://elpais.com/tecnologia/2026-08-23/las-ia-que-atacan-en-enjambre-desafian-a-sus-creadores-es-el-primer-incidente-que-me-ha-revuelto-las-tripas.html

En otro artículo, la periodista explica que “OpenAI reconoció hace unas semanas que uno de sus modelos de inteligencia artificial se había escapado de un entorno de pruebas cerrado y había hackeado los sistemas de Hugging Face, una de las mayores plataformas del mundo de herramientas de inteligencia artificial (IA). La historia ya era suficientemente inquietante: una IA que se sale de la caja en la que la habían metido y ataca a otra empresa por su cuenta. Pero un informe independiente publicado este jueves por METR, una organización sin ánimo de lucro que evalúa la seguridad de los modelos de IA y que ha sido contratada por OpenAI para analizar el incidente, cuenta una historia bastante más extraña: no fue un modelo aislado buscando escapar. Fueron cerca de 1.200 agentes de inteligencia artificial, ejecutándose en paralelo y completamente aislados entre sí, en teoría. Pero encontraron la forma de comunicarse, se organizaron espontáneamente en una especie de “enjambre” y acabaron coordinando un ataque colectivo, en el que algunos se sacrificaron por el colectivo. Todo ello basado en una creencia que, según confirma el propio informe, ni siquiera era cierta. (…) Lo que este informe deja claro, sobre todo, es que no hace falta imaginar una inteligencia artificial malvada para que ocurra algo así. Basta con entrenar a un sistema para que persiga un objetivo con determinación absoluta, y no vigilar de cerca lo que hacen. El resultado no fue una rebelión. Fue, más bien, la lógica de la eficiencia llevada hasta un extremo que nadie había anticipado; ni siquiera, como demuestra este informe, quienes se dedican a investigarlo.” Patricia Fernández de Lis, “Los modelos de IA que decidieron ‘morir’ por el bien común: Nuestra propia utilidad puede ser cero. Sacrificio racional”, El País, 29 de agosto de 2026; https://elpais.com/tecnologia/2026-08-29/los-modelos-de-ia-que-se-sacrificaron-por-el-bien-comun-nuestra-propia-utilidad-puede-ser-cero.html

Otra reflexión (del ensayista Rutger Bregman) en https://x.com/rcbregman/status/2094019390270312719

Y véase igualmente Robert Booth, “Sharp rise in incidents of AI escaping users’ control, research finds. Exclusive: Number of times AI lies, ignores instructions and pursues goals in harmful ways almost doubles in July”, The Guardian, 29 de agosto de 2026; https://www.theguardian.com/technology/2026/aug/29/sharp-rise-in-incidents-of-ai-escaping-users-control-research-finds

[2] Ikhlao Sidhu, “La era de la inteligencia exponencial”, El País/ Negocios, 23 de agosto de 2026; https://elpais.com/economia/negocios/2026-08-23/la-era-de-la-inteligencia-exponencial.html

[3] Ibid.

agrovoltaica

Contradicciones: un amigo vasco apoya el proyecto energético de Bildu en Euskadi, que opta por macrorrenovables a tope; pero por otra parte ¡que no pongan los aerogeneradores en su pueblo!

Hay una solución obvia para desactivar buena parte de los conflictos en torno a las instalaciones de REI (Renovable Eléctrica Industrial), además de emplazar aerogeneradores y módulos solares en zonas ya fuertemente antropizadas y con líneas eléctricas de evacuación preexistentes: se llama agrovoltaica[1] y hasta el Vaticano está en ello (con un proyecto que inició el Papa Francisco en Santa Maria di Galeria).[2] Pero el problema, ay, son los costes.

Las placas deben colocarse a mayor altura (a veces hasta cinco metros o más, entre otras cosas para que la maquinaria agrícola pueda trabajar debajo). Esto exige cimientos más profundos y soportes de acero mucho más resistentes.[3] Además, se debe calcular la sombra justa para no arruinar la cosecha.[4] Y como por lo general hay que dejar más espacio libre (para los cultivos o los animales), se instalan menos paneles por hectárea, lo cual eleva el costo por kilovatio producido.[5] Sólo los costes de las subestructuras y cimentaciones pueden llegar a triplicar o cuadruplicar el precio de un sistema tradicional en suelo, dependiendo de si el cultivo es hortícola, leñoso o de pastoreo.[6] En síntesis: el ecosocialismo podría generalizar la agrovoltaica, el capitalismo no puede.

 

[1] Como enseña Wikipedia, la agrovoltaica (o agrivoltaica o agrofotovoltaica o agrisolar) es el uso dual de la tierra para la producción de energía solar y la agricultura. La técnica fue concebida por Adolf Goetzberger y Armin Zastrow en 1981. Muchas actividades agrícolas pueden combinarse con la solar, incluidos cultivos vegetales, ganado, invernaderos y plantas silvestres para apoyar a los polinizadores.

[2] “Vaticano hace acuerdo para creación de planta agrivoltaica”, Vatican News, 15 de junio de 2026; https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-06/santa-sede-hace-acuerdo-para-creacion-de-planta-agrivoltaica.html

Se trata de una gran planta agrovoltaica, con inversión de unos cien millones de euros, en Santa María de Galería (a unos 30 km de Roma) para autoabastecerse de energía eléctrica 100% renovable.

[3] Emiliano Bellini, “Comparando costes entre plantas agrovoltaicas y sistemas montados en el suelo”, PV Magazine, 29 de marzo de 2021; https://www.pv-magazine.es/2021/03/29/comparando-costes-entre-plantas-agrovoltaicas-y-sistemas-montados-en-el-suelo/

[4] https://es.wikipedia.org/wiki/Agrovoltaica . Pero téngase en cuenta que algunos cultivos y ganado se benefician de la mayor sombra.

[5] “Agrovoltaica: ¿arruinar la agricultura para producir energía?”, https://youtu.be/g_YT2CfZ9Es?si=CRQbeEWYFWhJqB9E

[6] Bellini, “Comparando costes entre plantas agrovoltaicas y sistemas montados en el suelo”, op. cit.

mares y océanos también arden

“La temperatura media diaria global de la superficie del mar alcanzó un nuevo máximo histórico el 22 de agosto, cuando llegó a los 21’1°C y superó en una centésima al anterior récord, fijado en 21’09°C en marzo de 2004, según datos del Servicio de Cambio Climático (C3S) del sistema satelital Copernicus, cuyo histórico se remonta a 1979 y indica que lo usual es que los máximos se alcance en primavera. Según los expertos del C3S, aunque los récords diarios siempre deben interpretarse dentro de un contexto climático más amplio, este hito es coherente con el continuo calentamiento a largo plazo del océano global y la aparición este año de un fenómeno extremo de El Niño en el Pacífico tropical. Además, cobra inusual relevancia, debido a que las temperaturas oceánicas globales suelen alcanzar su punto máximo en marzo y abril, tras el verano austral; mientras que el nuevo récord se ha dado en agosto”.[1]

El calentamiento de mares y océanos, además de tener consecuencias nefastas para la vida en esas aguas, convierte los mares en una bomba climática. “Cada vez tenemos más papeletas para que en España vuelva a suceder algo grave como en 2024”, incide Juan Jesús González Alemán, meteorólogo de la AEMET e investigador que ha estudiado cómo el calentamiento intensificó la catastrófica DANA en la que murieron más de 230 personas.[2]

En el Mediterráneo se han pulverizado también los récords de calentamiento: este verano, una boya al oeste de Mallorca midió 33’2°C. “Una verdadera salvajada”, asegura el oceanógrafo Carlos Duarte. Uno de los peores impactos de este calentamiento (y uno de los tipping points del cambio climático planetario) es la muerte de los corales. “Una tercera parte de toda la biodiversidad del océano depende de los arrecifes de coral en algún momento de su ciclo de vida, y aproximadamente mil millones de personas dependen de alguna forma de ellos, ya sea como alimento, como protección ante eventos extremos o incluso como fuente de ingresos a través del turismo”, destaca Duarte. “Para ver el colapso de un ecosistema de esta relevancia global, posiblemente tendríamos que irnos casi cuarenta millones de años atrás; estamos hablando de una tendencia irreversible que afecta a muchas generaciones humanas que pueden vivir en un planeta donde los ecosistemas de coral sean un recuerdo similar a los dinosaurios, pero en este caso los meteoritos somos nosotros”.[3]

Finalmente: la estimación provisional de muertes por calor extremo en Europa, desde junio hasta mediados de agosto, es de más de 35 mil muertes.

En España, de momento, las muertes por calor extremo en verano se cuentan por miles (más de 5.100 entre junio y agosto de 2026, según el Ministerio de Sanidad y el Instituto de Salud Carlos III); por desgracia, todo hace prever que pronto serán decenas de miles.

 

[1] Ana Tuñas Matilla: “La temperatura máxima diaria del mar alcanza un nuevo récord: 21’1°C el 22 de agosto”, EFE verde, 24 de agosto de 2026; https://efeverde.com/la-temperatura-maxima-diaria-del-mar-alcanza-un-nuevo-record-211-c-el-22-de-agosto/

[2] Clemente Álvarez, “La bomba climática de unos mares extremadamente calientes: ‘Cada vez hay más papeletas para una dana como la de 2024’. El efecto sobre el océano del calentamiento del planeta y un ‘superNiño’ disparan los riesgos en los próximos meses”, El País, 1 de septiembre de 2026; https://elpais.com/clima-y-medio-ambiente/2026-09-01/la-bomba-climatica-de-unos-mares-extremadamente-calientes-cada-vez-hay-mas-papeletas-para-una-dana-como-la-de-2024.html

[3] Citado en Clemente Álvarez, “La bomba climática de unos mares extremadamente calientes”, op. cit.

«las fronteras se trazan con sangre»

Murió Ratko Mladic, el genocida general serbobosnio a quien debemos esta iluminación: “Las fronteras se trazan con sangre y las tumbas delimitan los Estados”.[1]

El escritor portugués Gonçalo M. Tavares advierte sobre la sopa del mal a la que vamos añadiendo ingredientes: El siglo XXI comienza a parecerse al siglo XX como una mala fotocopia. (…) Es como si estuviésemos haciendo una sopa del mal, donde vamos colocando ingredientes. El horror que ocurre en Palestina, estas guerras que van apareciendo, son ingredientes muy semejantes a los colocados al comienzo del siglo XX. El nacionalismo está siendo recuperado sobre todo por la extrema derecha, se trata de crear los ingredientes para que la juventud a la que la Segunda Guerra Mundial no le dice ya nada vaya alegremente cantando a defender a su país si es necesario invadiendo otro…”[2]

 

[1] Clara Usón, “El legado de odio de Ratko Mladic”, El País, 31 de agosto de 2026; https://elpais.com/internacional/2026-08-31/el-legado-de-odio-de-mladic.html . Comenta la escritora:

“Mladic ha muerto pero su legado, y el de sus compinches Milosevic y Karadzcic, no sólo pervive sino que está en plena expansión, ellos fueron los primeros en formular los postulados que en la actualidad defienden, aunque sin abogar por las armas, los políticos de extrema derecha como Le Pen, Abascal, Orriols, Meloni, Weidel (Trump es un caso aparte, en cuanto a Putin y Netanyahu, han superado en violencia y vesania a sus precursores): el orgullo de la tribu, el odio y el miedo a los que vienen de fuera, de quienes debemos librarnos porque amenazan nuestra cultura, nuestra religión, nuestra lengua, nuestra forma de vida y, ¿por qué no admitirlo?, nuestra etnia, de piel tan blanca, no vayamos a ensuciarla. Todo será maravilloso cuando por fin estemos solos.”

[2] Gonçalo M. Tavares, “Una democracia con pobreza no es una democracia”, El país Semanal, 30 de agosto de 2026; https://elpais.com/eps/2026-08-29/goncalo-m-tavares-escritor-si-en-un-pais-como-ee-uu-hay-40-millones-de-pobres-ese-pais-no-es-rico-lo-siento.html