lo inesperado del don

“Los españoles sólo bebéis café. Café solo, con hielo, con leche… En los cinco meses que llevo trabajando aquí, nadie me había pedido nunca té.” Y no consiente en que le pague el vasito de té turco muy azucarado, aduciendo que lo tiene siempre preparado para él mismo. Lo inesperado para él, lo inesperado para mí: el don.

La plegaria más honda no tiene nada que ver con rogar perdones o pedir mercedes: sólo está ahí para acompañar la soledad del dios.

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“Deberías seguir el ejemplo de shunk tokecha (el lobo). Aunque lo sorprendas y corra para salvar la vida, se parará para echarte otra mirada antes de entrar en su último refugio. Así debes también tú echar otra mirada a todo cuanto ves.”

Así hablaba el anciano tío de Oyihesa, un indio dakota santi.[1] A lo que más se parece este consejo sobrecogedor es al que nos proporcionaba Walter Benjamin en la sexta de sus “Tesis de filosofía de la historia”: “Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo ‘tal y como verdaderamente ha sido’. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro.”

Historiador, activista, poeta: aprende a mirar como el lobo en ese instante de liberación o condena, de proximidad de la muerte o del milagro, de supremo peligro.

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Bares y estaciones de autobús son lugares decisivos para pulsar la naturaleza y calidad del “encuentro con el otro” que se está produciendo en mi país. Laboratorios morales a pequeña escala; un filón para el observador.

En este sentido, dos recuerdos terribles. En el documental Vida de moro –una inmersión profunda en la penosa vida de los jornaleros inmigrantes en El Ejido[2]— se muestra cómo en una cafetería de la localidad hay dos listas diferentes de precios. “Una para los castellanos”, aclara la camarera, “y otra para los moros y la gente con mala pinta. No es que seamos racistas, pero…”

Otra experiencia: bares euskaldunes, en el País Vasco y Navarra, donde el forastero “español” es ignorado ostentosamente, y conseguir algo del camarero costará un rato largo de sutiles desprecios y humillaciones. En los dos casos está, in nuce, todo el horror del fascismo.



[1] También conocido como Charleas Eastman: véase del mismo Indian Boyhood, su libro de 1902 (hay traducción española: La vida en los bosques, Olañeta, Palma de Mallorca 1991.)

[2] Vida de moro, Canal +, enero de 2001.

  • [Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 61-62. Este «diario de trabajo» va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]

cisne negro saluda a cuervo blanco

Todo indica que vamos hacia un fin de mundo. Una clase de desastre que, si la policía del pensamiento no se mantuviese dispuesta a intervenir, no dudaríamos en calificar de apocalíptico. ¿Por qué los padres han de devorar a los hijos, en virtud de qué ley los abuelos deberían convertirse en caníbales de sus nietos? Ninguna necesidad natural rige las volteantes trayectorias de las carnicerías que vienen, y sin embargo el Gran Maestre Negro gobierna las tres pistas de este circo perverso sin quitarse nunca la careta de papel que figura puerilmente una calavera, detrás de la cual –¿alguien puede ignorarlo?— sólo encontraríamos el siseo contable de la mercancía.

Y es que en 2012, más de cuatro decenios después de que Ronald Reagan decidiese tirar al cesto de los papeles aquel informe Global 2000 con que el Presidente Carter se proponía comenzar a girar el timón para evitar que el titánico buque chocase contra la masa de hielo a la deriva, después de cuatro decenios de obsceno aumento de las desigualdades y de crecientes dentelladas biocidas sobre los ecosistemas, ni siquiera la abominable regla paretiana del 20/ 80 está en vigor: ahora es más bien el 15% de la población mundial la que consume el 85% de los recursos del planeta.

Teofrasto Paracelso, preso de una fatiga extrema y sin embargo entero, se ofrece a pesar de todo para ayudarnos a transportar nuestra pesada maleta. Si en mi tiempo hubiéramos dispuesto de estos artefactos con ruedas, masculla. No cejéis, insiste, no cerréis el pequeño tragaluz de la esperanza materialista, junto al contenedor de residuos industriales no olvidéis aquella otra maleta, la que trataba de arrastrar mi compadre Walter Benjamín a través de algún filiforme desfiladero pirenaico. Pues por mucho que un médico conozca y sepa, inesperadamente se presenta un azar, un azar como un cuervo blanco, y echa a perder todos los libros…

 

4’3 billones de toneladas

En febrero de 2012, la casi simultaneidad de la condena al juez Garzón por el Tribunal Supremo del Reino de España, y la brutal reforma laboral del gobierno del PP, viene a manifestar más o menos lo siguiente: continúa la guerra de clases de los de arriba contra los de abajo (y se ha exacerbado con la “salida” de la crisis que comenzó en 2007). Y la clase dominante de este país avisa: si hubiera resistencia estaríamos dispuestos a desatar la peor de las violencias, como ya hicimos en 1936.

Y mientras tanto, el último estudio científico sobre pérdida de hielos a causa del calentamiento climático, publicado el 8 de febrero en Nature, constata: entre 2003 y 2010 la criosfera de la Tierra menguó en 4’3 billones de toneladas.

http://www.nature.com/nature/journal/vaop/ncurrent/full/nature10847.html

http://www.sciencedaily.com/releases/2012/02/120209100544.htm

economía, recursos, poderes

No se puede hablar de economía sin hablar de recursos biofísicos y sin hablar de poder, nos recuerdan economistas «heterodoxos» como José Manuel Naredo: pero la ideología económica dominante hace como si lo contrario fuese cierto… El «desarrollo» no es tanto asunto de producción eficiente como de apropiación y posición de dominio dentro de una constelación de poder. Estos asuntos, desde semejantes perspectivas, están tratándose del 9 al 11 de febrero en la Universidad de Sevilla, que acoge las XIII Jornadas de Economía Crítica.

la hamaca en agosto

Hay dos formas casi infalibles de estimular a la gente a escribir poesía: leer buena poesía y viajar. (En realidad, se trata de la misma forma.)

En una Academia para poetas, las asignaturas troncales podrían ser zoología sacra, economía política, alquimia, matemáticas, deriva situacionista, extrañamiento brechtiano, lógica taoísta, dos lenguas extranjeras vivas y dos lenguas muertas, botánica, termodinámica, geología, agroecología y orientación por las estrellas. Sólo en el décimo año de estudios se abordaría la retórica: con Aristóteles como manual, eso sí.

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En ecología, el “efecto frontera” significa riqueza y diversidad: las zonas de cambio brusco o ecotonos que separan diferentes ecosistemas son de especial interés por sus variaciones de flora y fauna. Por ejemplo, se encuentran muchas más especies de aves en la frontera o ecotono existente entre el bosque y la pradera que en el interior del bosque o dentro de la pradera. Uno tiende a pensar que este “efecto frontera” se produce también en la vida cultural.

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Claudio Magris, con la agudeza y la lucidez moral que le caracteriza, reflexiona sobre las catastróficas inundaciones que este verano han devastado Centroeuropa, anegando ciudades –centros de civilización– como Praga y Dresde:

“Frente a las catástrofes no existen lugares –y todavía menos, personas– más o menos dignos de lástima y solidaridad; el drama de cada individuo que pierde la vida o la casa, aunque sean anónimas o en todo caso menos conocidas que las de Kafka, no es menos grave que la destrucción de vidas y monumentos ilustres. Naturalmente, ello no impide que la idea de una Praga herida nos encoja el corazón.

Los desastres naturales como el que ha devastado a varios países sugieren fácilmente dos actitudes, ambas falsas. Por una parte el complacido énfasis apocalíptico de los fundamentalistas de la ecología, dispuestos a ver en cada elemento y aspecto de la sociedad moderna una amenaza fatal a la naturaleza y en todo progreso tecnológico un factor de una segura y próxima destrucción de la humanidad y, por tanto, se alegran de cualquier catástrofe que confirme o parezca confirmar las más lúgubres previsiones. Así, en su época, muchos, satisfechos, encontraban en el naufragio del Titanic una amonestación a la soberbia humana.

Por otra parte está el precipitado optimismo de algunos científicos, preocupados no tanto por las desgracias que ocurren, sino por el hecho de que éstas puedan alterar la tranquila fe en el ilimitado e indudable progreso, en la capacidad de la ciencia de prever y dirigir el curso del mundo sin fallar nunca. El optimismo cientificista de quien asegura que ‘todo va bien, señora marquesa’, acompañando este ingenuo y fanático fideísmo con presuntuosas ostentaciones de sabiduría, es tan irracional como el catastrofismo pesimista.

Frente a estos desastres naturales hay que preguntarse, sin miedo a parecer demasiado amigos o demasiado enemigos del progreso, si efectivamente son, y hasta qué punto, consecuencia de la actividad humana, de nuestra forma de vivir, de hacer, de producir, de organizar, de explotar y agredir al medio ambiente. La naturaleza nunca está en peligro, porque todo es naturaleza, incluso los virus, las erupciones volcánicas y los elementos cuya combinación forman los gases que contaminan las calles; sin embargo, pueden encontrarse en peligro algunas especies, desde los dinosaurios hasta los hombres, cuya desaparición no perturbaría a la naturaleza, sino que perturbaría a quien desaparece.

La enseñanza que hay que sacar de los desastres es la certeza de que en cualquier sector –físico, político, económico– todo puede ocurrir. (…) El mundo, dice un dicho judío, se puede destruir de la noche a la mañana; sólo si nos damos cuenta de ello concretamente, físicamente, y actuamos en consecuencia, podremos evitarlo.”[1]

Qué cerca se halla este punto de vista de la valoración ecosocialista de la tecnología que realizaba Manuel Sacristán hace dos decenios: “No hay antagonismo entre tecnología (en el sentido de técnicas de base científico-teórica) y ecologismo, sino entre tecnologías destructoras de las condiciones de vida de nuestra especie y tecnologías favorables a largo plazo a ésta. Creo que así hay que plantear las cosas, no con una mala mística de la naturaleza. Al fin y al cabo no hay que olvidar que nosotros vivimos quizá gracias a que en un remoto pasado ciertos organismos que respiraban en una atmósfera cargada de dióxido de carbono polucionaron su ambiente con oxígeno. No se trata de adorar ignorantemente una naturaleza supuestamente inmutable y pura, buena en sí, sino de evitar que se vuelva invivible para nuestra especie. Ya como está es bastante dura. Y tampoco hay que olvidar que un cambio radical de tecnología es un cambio de modo de producción y, por lo tanto, de consumo, es decir, una revolución; y que por primera vez en la historia que conocemos hay que promover ese cambio tecnológico revolucionario consciente e intencionadamente.”[2]

***

Leo y dormito sobre la hamaca, en una de las últimas siestas de este verano que ya va fundiéndose con el otoño en un abrazo lleno de ternura y de incertidumbre. Qué descubrimiento, en los últimos tres veranos, éste de la hamaca: qué artefacto existencial. Qué regalo nos han hecho los pueblos indígenas de los trópicos al resto de la humanidad.

Espero no exagerar si digo que la hamaca ha cambiado aspectos importantes en mi forma de sentir y pensar la vida, el tiempo, el deseo, el sentido del existir. Recuerdo aquella carta de Flaubert a Louise Colet, fundacional para tantas búsquedas de la literatura moderna, donde el gran novelista normando expresa a su amante el propósito de escribir “un libro sobre nada, un libro sin pretextos exteriores, que se mantuviese en pie sólo por la fuerza intrínseca del estilo, al igual que la Tierra se sostiene en el aire sin necesidad de soporte; un libro sin tema, o al menos en el que el tema fuese, si cabe, casi invisible”.

Aquel libro exento, sin asideros, fue –como se sabe— La educación sentimental. Pues bien: se me antoja que la hamaca es un dispositivo de ese tipo, aunque se halle modestamente anclada en el universo de los muebles de jardín. Sería, más a ras de tierra, el equivalente –al alcance de cualquiera— de aquella flobertiana proeza, entre literaria y mística, de indagación sobre la nada: una nave para viajeros que quieren sostenerse en el aire no sin ninguna necesidad de soporte (eso rayaría en la hybris), pero sí con uno muy liviano.

La hamaca no es el viaje en globo o el sueño de volar libremente como los pájaros, planeando con ilusoria superioridad muy por encima de los pesares y contradicciones de la existencia: es mantenerse apenas medio metro sobre la superficie de la Tierra, mecido levemente por el viento. Viajeros exentos, pero al mismo tiempo ligados con solidez a los dos árboles que nos soportan.

La hamaca en agosto es una respuesta profunda a la pregunta: ¿qué significa vivir? 

***

La hamaca es, también, un criterio para distinguir lo verdaderamente esencial de lo insignificante.

Ser acunados por el aire. Una hamaca es una morada en el aire. Frente a la terrible “tumba en el aire” de Paul Celan, un lugar de vida, a la manera de un nido en el aire.

La siesta en la hamaca es una singladura existencial, sin ser otra cosa que una siesta en la hamaca, y eso es lo maravilloso. Viviremos los meses de otoño e invierno esperando el momento en que, en mayo o junio del próximo año, podremos de nuevo colgar nuestras dos buenas hamacas colombianas de los árboles del jardín.

(Rafael, con quien converso un rato por teléfono, bromea sobre mi “taoísmo de la hamaca”.)

 


[1] Claudio Magris, “Las heridas de Mala Strana”, Babelia, 14 de septiembre de 2002.

[2] Manuel Sacristán: M.A.R.X. (Máximas, aforismos y reflexiones con algunas variables libres), edición de Salvador López Arnal, Los Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 270.

 

[Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 57-60. Este «diario de trabajo» va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]



sobre pensamiento político verde

[Ahora que Andy Dobson vuelve a pasar unos días en España, impartiendo algunas clases y conferencias, no parece mal momento para recuperar esta vieja entrevista…]

ANDREW DOBSON conversa sobre su libro

Pensamiento político verde (Paidós, Barcelona 1997)

 Entrevista realizada por Jorge Riechman y Mª Eugenia Rodríguez Palop

 

PREGUNTA.- Uno de los ejes vertebradores de tu libro Pensamiento político verde, recientemente traducido al castellano, es la distinción que se hace desde el comienzo entre ecologismo y ambientalismo. ¿Podrías explicar la diferencia entre estos dos conceptos?

RESPUESTA.-Actualmente casi todos sabemos de la existencia de problemas medioambientales, pero también tenemos consciencia de las fuertes discrepancias que existen en relación al modo de solucionarlos. Se han abierto fundamentalmente dos vías: una reformista, que es la que representa el medioambientalismo, y otra más radical que se identifica con el ecologismo. Esta última sería la ideología propiamene dicha. Dentro del pensamiento radical hay a su vez dos ideas básicas. La primera es que el mundo es finito, por lo que un crecimiento económico infinito es imposible. Es decir, no sólo se trata de consumir mejor (algo que muchas personas hacen ya) sino que, debido a los límites del crecimiento, hay que consumir menos. La segunda idea aporta una perspectiva ética: gran parte de los problemas que tenemos derivan de nuestra actitud instrumentalista frente al medio ambiente que, desde el prisma ecologista, se juzga como una actitud errónea. Para aproximarnos a una vida sustentable hace falta ver la naturaleza como un fin en sí mismo y no como un medio, como una mera fuente de recursos, que es lo que casi todos seguimos haciendo.

El desarrollo sostenible se puede entender de formas muy distintas. Yo podía haber escrito este libro teniendo en cuenta la diferente concepción que manejan del mismo los reformistas y los radicales. Por lo general, se concibe como una manera de compaginar el progreso con una cierta protección de los recursos naturales. Ésta es la versión más blanda y edulcorada. Sin embargo, no se puede olvidar que también hay una interpretación que afirma que en el marco industrialista de nuestros países (o incluso de aquéllos que no se hallan suficientemente desarrollados pero que aspiran al industrialismo y siguen ciegamente nuestro modelo económico) el desarrollo sostenible es sencillamente imposible. La razón es que en la base de nuestro progreso seguimos encontrando el objetivo de un crecimiento cuantitativo infinito.

Yo tomo muy en serio la idea de “desarrollo sostenible”, aunque muchos verdes dirían que no se trata más que de un parche, precisamente porque es susceptible de ser interpretada de formas muy diversas (entre ellas la radical). Estoy a favor de utilizar este concepto de la manera más radical posible: lo que hay que sostener no es solo la naturaleza en tanto en cuanto “capital natural” para las generaciones futuras, sino también el valor natural que reside en los objetos naturales.

La distinción entre ambientalismo y ecologismo está conectada con los diferentes significados que pueden darse al término “antropocentrismo”. En tu libro propones una aclaración al respecto, diferenciando un antropocentrismo en sentido fuerte y otro en sentido débil. El primero implicaría ver el mundo no humano como un simple medio para los seres humanos. Sin embargo el segundo, que tiene relación con “el estar centrado en lo humano”, parece tener un significado más epistémico, más cognitivo. ¿Podrías hablarnos de esta distinción?

“Antropocentrismo” es una palabra bastante complicada, pero resulta esencial en este debate. Hay muchas razones para decir que debemos proteger la selva amazónica, por ejemplo: los árboles son importantes porque regulan el clima, evitan la erosión, pueden ser una fuente de recursos para curar enfermedades humanas, etc. Se trata de razones con sólido fundamento, pero son razones antropocéntricas porque implican valorar la naturaleza en función de los intereses humanos, para nuestro beneficio. Por el contrario, las razones ecocéntricas o biocéntricas nos llevarían a proteger el medio ambiente porque tiene valor en sí mismo (decir que tiene intereses propios es quizá decir demasiado). Tanto el ecologismo como el medioambientalismo parten de actitudes antropocéntricas; sin embargo, así como hoy todos vamos siendo ya medioambientalistas (o al menos pretendemos pasar por tales), no todos somos ecologistas. Es decir, existe una diferencia de intensidad: éste es uno de los rasgos en que se basa la distinción ambientalismo/ ecologismo.

La mayor parte de nuestros pensamientos son antropocéntricos, lo cual resulta casi inevitable porque somos nosotros los que pensamos, y somos seres humanos. No hay nada negativo en ello. Pero hay un antropocentrismo frente al que no se debe ser tan complaciente, porque resulta peligroso. Se trata de áquel desde el que se considera que la naturaleza es importante sólo y exclusivamente en la medida en que es útil para el hombre. Los ecologistas dirían que esta actitud es errónea tanto desde el punto de vista ético como político, porque nos puede llevar a tratar al medio ambiente de forma “injusta”. Todo ello considerando que es posible ser injusto con el entorno, al menos con algunas partes del mismo, y no sólo con los seres humanos. 

¿Te parece que existen riesgos de que el ecologismo experimente una deriva fundamentalista?

Cualquier cóctel de ideas que se interprete de manera fundamentalista da lugar a fanatismos. Por supuesto existen fanáticos ecologistas. Estos se suelen encontrar en una rama que se denomina Deep Ecology (ecología profunda). Entre ellos, algunos piensan que el ser humano es menos importante que otras partes de la naturaleza. Han llegado incluso a decir que el SIDA es beneficioso socialmente porque ayuda a disminuir la población. Desde luego, se trata de un fanatismo imperdonable, impresentable, pero real. A mí me parece que la racionalidad de la corriente que afirma que el mundo natural puede tener un valor en sí, es más aconsejable que la vía espiritual en este caso, porque ayuda a evitar este tipo de fanatismo que sigue existiendo (aunque cada vez en menor grado).

El ecologismo me parece la única ideología en la que cada cosa que hagas en tu vida a diario está relacionada con llevar a cabo una vida sustentable (cada vez que decides qué comprar o no comprar, si vas a reciclar o no, etc.). Estas son actuaciones ecológicas que permiten practicar un modo de vida sostenible. Es decir, si Isabel Tocino no hace hoy lo que tú crees que debe hacer, no tienes que frustrarte, sino pensar que mañana está en tu mano actuar de acuerdo con tus principios. Desde este punto de vista creo que el ecologismo es una ideología bastante liberadora y optimista. Los problemas medioambientales pueden parecernos penosos, difíciles e incluso imposibles de resolver pero, aun así, todas las personas, todos los días, pueden hacer algo. Esto, en cualquier caso, es lo que me parece más positivo.

La reflexión en tu libro Pensamiento político verde tiene varios planos. En algunos capítulos la discusión es teórica: se analiza, por ejemplo, la idea verde de una sociedad sustentable reconciliada con la naturaleza. En otras partes de la obra es posible ver otro nivel de reflexión, más vinculado a la práctica política: te interrogas, por ejemplo, acerca de los medios propuestos por los verdes (ecologistas y ambientalistas) para lograr las transformaciones que propugnan, por su viabilidad política. Parece que tales cambios, económicos, estructurales, culturales, de valores, son de tanta trascendencia y profundidad que resultan difíciles de abordar. Uno de los problemas que se plantean en el libro es la desconexión que pudiera existir entre estos dos planos, es decir, entre los aspectos más teóricos y filosóficos del pensamiento verde y la práctica política del movimiento. Por ejemplo, en la p. 44 dices textualmente que los ideólogos verdes “parecen haberse sentido liberados de la necesidad de pensar seriamente sobre la realización del cambio que preconizan. Ésta, desde luego, es otra característica de la ideología {verde} que se debe señalar: la tensión entre la naturaleza radical del cambio social y político que pretende y la confianza en los medios tradicionales democrático-liberales para llevarlo a cabo.  Es como si los defensores del movimiento hubieran creído que el mensaje resultaba tan obvio que bastaba comunicarlo para conseguir que se actuara de acuerdo con él. Los obstáculos para el cambio verde radical no se han determinado adecuadamente, y el resultado es una ideología carente de un programa adecuado de transformación política y social”. Este juicio tan severo puede matizarse con la reflexión más detallada que se hace al respecto en el capítulo 4 del libro, titulado precisamente “Estrategias para un cambio verde”.

Existe una cierta tensión o incluso una contradicción entre los cambios sociales que proponen los ecologistas radicales y las medidas que pretenden adoptar para lograrlos. Las propuestas del marxismo también eran radicales, pero éste tenía y tiene todavía una teoría sobre el procedimiento que ha de emplearse para conseguirlas, para avanzar hacia la sociedad comunista. Este no es el caso del ecologismo, cuyas propuestas teóricas son radicales, a mi entender, pero no vienen acompañadas de una estrategia para el cambio que también lo sea. Los partidos verdes –sobre todo en Alemania, Inglaterra, Suecia, Holanda o Francia– suelen creer que por la vía parlamentaria es posible llegar a una sociedad sustentable radical, pero el problema es que esta vía es bastante estrecha. Es decir, creo que los ecologistas radicales van a encontrar muchas dificultades para llegar a la meta radical que tienen en mente.

No obstante, la de los verdes parlamentarios es sólo una de las estrategias posibles. Desde las filas del movimiento verde también se tiene en consideración una táctica alternativa que resulta muy interesante: la que siguen las comunidades pequeñas. Tales comunidades son ejemplos de la vida sustentable radical que pueden encontrarse en países de Europa, América, Australia, prácticamente en todo el mundo. Tienen un carácter, entre otras cosas, educativo porque intentan vivir la vida del futuro en el presente. En Gales hay un Centro para la Tecnología Alternativa, integrado por una veintena o treintena de personas que viven lo que yo entendería por una vida sustentable verde radical. Ellos intentan enseñarnos cómo tendría que ser este modelo de vida, nos muestran que es posible, nos animan incluso a seguir su ejemplo a un nivel más amplio, en el ámbito internacional o en el del Estado. Sólo se les puede acusar de ser poco realistas, de no ver que existen demasiados obstáculos en nuestra sociedad que nos prohíben vivir de esta forma. En definitiva, puede decirse que ciertamente hay una fuerte tensión entre los propósitos radicales de los ecologistas y las medidas políticas que establecen para conseguirlos.

Otra idea que aparece en el libro tiene que ver con la posible diversidad interna del ecologismo. Hay un momento en el que mencionas la observación de uno de los pensadores ecosocialistas más sobresalientes en Gran Bretaña, Martin Ryle, quien escribe: “Los límites ecológicos pueden limitar las opciones políticas pero no las determinan. Una sociedad adaptada a restricciones ecológicas podría adoptar una amplia variedad de formas”. Es decir, en cierto sentido la sociedad sustentable está infradeterminada políticamente. Podríamos pensar en sociedades ecológicamente sustentables que sin embargo fueran bastante diferentes en sus relaciones sociales y su constitución política. ¿Hasta qué punto esto es así? A veces, al leer tu libro, da la impresión de que el énfasis en la distinción entre ecologismo y ambientalismo puede llevar a concebir de manera muy restrictiva ese tipo ideal de ecologismo que dibujas. Es decir, sin prestar suficiente atención a esa posible diversidad interna del campo ecologista, que tiene tanta importancia para la gente que intenta aproximarse al ecologismo desde otras tradiciones políticas.

Pueden existir tensiones entre aquéllo que se considera necesario para llevar a cabo una vida sustentable y otros propósitos políticos deseables como la justicia social o la democracia. Lo mejor sería un mundo en que fuera posible compaginar todos estos objetivos. Ahora estoy trabajando en el tema de la justicia social y la sustentabilidad; y cuanto más pienso en ello, veo más claro que los conflictos entre la justicia, la democracia y la sustentabilidad son casi inevitables. Aquéllos que nos situamos fuera del movimiento ecologista consideramos que sus exigencias nos colocan en una situación difícil porque ahora no sólo tenemos que solucionar los conflictos tradicionales entre la democracia, la justicia y la libertad sino que hemos de preocuparnos también por lograr un desarrollo sustentable. Creo que estos propósitos no son necesariamente compatibles. Actualmente, con la progresiva introducción de nuevas metas, la gestión política se está complicando mucho. Por ejemplo, hace poco en Gran Bretaña los Tories (partido conservador) impusieron un impuesto sobre la energía doméstica, y dijeron que era un “impuesto verde”. Como era de esperar, el peso de este impuesto cayó más fuerte sobre los pobres que sobre los ricos, con lo cual se observaba una tensión entre los objetivos medioambientalistas y los de justicia social. Ahora bien, ya fuera este impuesto realmente un impuesto verde o no (lo cual es discutible), la verdad es que esta experiencia sugiere que estos objetivos no siempre serán compatibles.

Una tentación permanente para el pensamiento y la política ecologista es el naturalismo. Éste consiste en derivar del mundo natural, de características como la complejidad y la interdependencia que apreciamos en los ecosistemas que forman la biosfera, ciertas normas determinantes de la acción política y social. En el libro abordas esta cuestión y pones en guardia contra las formas más crudas de esta tendencia; sin embargo pareces considerar que la misma, la referencia a la naturaleza como modelo, es consustancial al ecologismo. ¿Podrías aclararnos esta idea?

Es un tema interesante. Por definición, la naturaleza es importante para los ecologistas, especialmente para su sector más radical. Los ecologistas radicales llegan a afirmar que la naturaleza tiene que ser como una “profesora” para los seres humanos, porque puede enseñarnos cómo han de ser las formas políticas. Su estrategia consiste en leer en el entorno natural para entresacar sus rasgos definitorios (por ejemplo la diversidad, la interdependencia, la estabilidad) y concluir que estos rasgos deberían encontrarse y fomentarse también en las sociedades humanas. Los inconvenientes de este planteamiento son muchísimos y muy fáciles de apreciar. Para empezar, se puede interpretar la naturaleza de formas muy distintas. Por ejemplo, es posible ver en la naturaleza un alto grado de estabilidad pero también de violencia. Sería extraño que los ecologistas radicales consideraran que esta última ha de ser un valor guía aconsejable para la actuación de los seres humanos. Aunque algunos de ellos intenten sacar conclusiones políticas y sociales de sus lecturas de la naturaleza, tengo la impresión de que ésta es una vía errónea.

Otro de los temas que recorren el libro es la relación problemática del ecologismo con la herencia de la Ilustración, el pensamiento de un mundo cuyas relaciones sociales pueden ser ordenadas de forma racional y cuyo proyecto de emancipación es de cuño racionalista. Dices que esta relación es, por lo menos, ambivalente, y subrayas la dimensión de espiritualidad de muchas de las propuestas de la ecología profunda. ¿Puedes hablarnos un poco de esto?

Sí, creo que la palabra “ambivalente” es la más adecuada para definir la relación entre la Ilustración y el pensamiento verde radical. Quiero decir, relacionando esta pregunta con la anterior, con la posible interpretación de la naturaleza como un valor en sí, que algunos ecologistas llegarán a esta afirmación por una vía casi espiritual. Dirán que su aproximación a la naturaleza no es ni puede ser racional, que sienten interiormente que han de acercarse a ella como si fuese un valor en sí y que esto no puede racionalizarse. Esta es ciertamente una vía antiilustrada, pero existe otra por la que puede llegarse a la misma conclusión. Estoy hablando del camino propuesto por la filosofía tradicional, el que nos abren los cauces racionales. Se trata de ensanchar la comunidad ética con el uso de la razón, como hacen algunos defensores de los derechos humanos al incluir entre los seres beneficiarios de los mismos a los animales, e incluso afirmando que los árboles tienen intereses propios. Por esa vía racional es posible decir que una parte cada vez más grande de la naturaleza tiene un valor en sí. Estas dos sendas alternativas, una espiritual y otra racional, para llegar a idéntica meta describen la tensión que existe en el movimiento verde entre una tradición antiilustrada y otra ilustrada.

En este contexto, a veces también subrayas que el movimiento ecologista no puede interpretarse como una reacción romántica irracional aunque no sea más que por el papel tan relevante que cumplen en su acción los análisis científicos. Es decir, la relación conflictiva con la Ilustración ha sido interpretada en ocasiones como una respuesta antimoderna del ecologismo.

Los análisis científicos son muy importantes para los ecologistas, incluso para los más radicales. En Inglaterra, donde hay una tradición romántica bastante fuerte, se suele pensar que los verdes reaccionan contra el progreso de la ciencia. Esto no sólo no es cierto, sino que la propia tesis ecologista de los límites al crecimiento puede ser interpretada como una tesis científica. Además, todos ellos han de prestar atención a las investigaciones que se llevan a cabo en relación al deterioro de la capa de ozono, al calentamiento de la tierra, etc. Para que sus planteamientos sobre esta problemática tengan relevancia social, es necesario que exista un interés científico en ella y pruebas suficientes de su existencia. Por lo tanto, los verdes dependen en gran parte de la ciencia. Por otra parte, el romanticismo y el cientificismo no son incompatibles, sino que se pueden compaginar en el mismo pensamiento: las razones por las que nos preocupamos del medio ambiente pueden ser románticas y también científicas. A mí me sucede así, por lo menos.

Hacia el final del libro valoras la relación del ecologismo con el socialismo por un lado, y el feminismo por otro. ¿Podrías explicar un poco el contenido de esas páginas?

Hablaré del feminismo primero porque creo que su relación con el ecologismo es muy interesante. Al principio, incluso ahora, muchos ecologistas radicales y algunas ecofeministas intentaron convencernos de que la conexión feminismo-ecologismo se basaba principalmente en que las mujeres tenían una relación más cercana con la naturaleza que los hombres, que consiguían acercarse al mundo natural de una forma especial. Este es una especie de esencialismo que ha tenido bastante importancia dentro del pensamiento ecologista, y viene a decir que las mujeres son una vanguardia en este terreno. Desde este punto de vista, se considera que ellas están más cerca de la “verdad” y que los hombres han de aprender todavía cómo aproximarse al entorno natural. Aunque esta idea está teniendo cada vez menos importancia dentro del movimiento ecologista, se ha discutido muchísimo en los últimos años. Bastantes mujeres han considerado que no es más que otra forma de argumentar a favor del sometimiento al poder del hombre. Es cierto que tradicionalmente la armoniosa relación de la mujer con la naturaleza ha sido un argumento reaccionario para afirmar que  ésta no es un ser demasiado racional, sino más bien emocional o espiritual. Es decir, esta vinculación de lo femenino y lo natural es muy peligrosa porque lejos de ayudar a liberar a la mujer puede utilizarse como arma para fortalecer su subordinación al hombre.

En relación al socialismo, diré que hay una diferencia entre los socialistas y los ecologistas radicales. Los primeros dirán que el capitalismo es un problema y que el socialismo es la solución. Los segundos, sin embargo, afirmarán que ambos son idénticos porque las dos ideologías que representan son industrialistas. Las dos se encuentran en el mismo marco y pretenden el crecimiento económico infinito que, a decir de los verdes, es imposible. De este modo, los ecologistas radicales suelen criticar a los socialistas que siguen apostando por la ausencia de límites al crecimiento. Esta es una diferencia importante entre el ecologismo y el socialismo. Hay, no obstante, algunas características que tienen en común. Por ejemplo, puede pensarse en ambos como una ideología de emancipación no sólo para los seres humanos sino también para los demás seres del planeta.

En el libro abordo también la importante cuestión del socialismo utópico y del anarquismo. Cuando hablábamos antes de la estrategia decíamos que era importantísima, sobre todo, en las comunidades pequeñas. A mi entender, esto es una gran deuda para con el anarquismo. Hay algunas figuras contemporáneas que, como Murray Bookchin, se autodefinen como ecologistas-anarquistas. Hago referencia a su pensamiento en este libro. Se podría decir incluso que en mi monografía el anarquismo tiene más relevancia, más presencia, que el socialismo, siempre que estemos hablando de la genealogía de esta ideología.

¿Qué alternativa propone el ecologismo en su vertiente política ante la crisis del llamado Estado de Bienestar? ¿Cómo se distingue su crítica a este modelo de Estado de la que han hecho algunos marxistas que consideran que el Estado social es inviable por su alianza con el capitalismo? A veces se diría el ecologismo mantiene una postura muy similar en este terreno.

Respecto a la cuestión del Estado de Bienestar, creo que los ecologistas radicales tienen un problema en la actualidad porque ponen al Estado mismo en cuestión. En su opinión, la forma política más adecuada para lograr una vida sostenible es la descentralizada, pues es más fácil llevar a cabo este modelo de vida desde las bases locales de la sociedad que desde arriba. Por otra parte, la sociedad del Estado de Bienestar es inviable sin un fundamento económico fuerte y una estructura política sólida, por lo que, al poner en cuestión el poder estatal mismo, los ecologistas radicales encuentran problemas para aproximarse a la idea del bienestar. Sin embargo, puede decirse que están de acuerdo con las bases éticas en las que se asienta este modelo político. Lo que quiero decir es que en el ámbito político real, práctico, es donde acaban encontrando graves problemas. En sus vertientes mas radicales, los verdes apuestan por la vertebración de las economías locales como los focos fundamentales de produccion, consumo, y de “bienestar”. Esto conecta con lo que decíamos antes sobre la descentralizacion: las soluciones de muchos de los problemasque afrontamos –incluso el del bienestar– han de ser soluciones locales.

Quisiéramos saber qué relación encuentras entre el ecologismo y la postmodernidad, aunque todavía no esté muy claro en qué consiste el proyecto de esta última. A veces da la sensación de que muchos ecologistas son más premodernos que postmodernos, sobre todo aquéllos que mantienen tesis naturalistas.

En relación a la postmodernidad existe una gran confusión terminológica. Efectivamente, algunos planteamientos verdes se pueden calificar sin dificultades como premodernos pero simultáneamente es fácil ver su relación con la postmodernidad. Yo tampoco tengo claro qué es lo que significa este término, pero suele estar relacionado con la diferencia, con la celebración de la diferencia y la oposición a la homogeneidad. Como ya he dicho, algunos planteamientos éticos verdes defienden la diversidad en la que nunca ven una amenaza. Un ejemplo de ello es que los ecologistas radicales creen que la selva tiene un valor en sí misma, un valor ético. Es en este sentido en el que puede establecerse la conexión entre la postmodernidad y algunas propuestas ecológicas.

¿Cómo buscar una concepción de justicia que sea capaz de articular la lucha contra la injusticia de clases, de géneros o la crisis ecológica global, y la búsqueda de una vida sostenible?

Antes hablábamos de cómo los verdes intentan ensanchar la comunidad política incluyendo algunas partes del mundo natural, como por ejemplo los animales. Este tema tiene relación con el de las generaciones futuras de seres humanos, que es un asunto que no hemos tocado todavía pero que tiene gran relevancia en este contexto, y ello sin hablar de seres no humanos. Teniendo en cuenta esta problemática, el concepto de justicia social debería referirse no sólo a la justicia entre las clases sociales de ahora, las distintas naciones de ahora, los pobres y ricos de ahora, sino también a los efectos que tendrán nuestros actos en el futuro. Por lo tanto, el reto consiste en intentar encontrar un concepto de justicia social que incluya a las generaciones futuras. Se trata de un reto muy difícil de superar porque estamos hablando de un número ilimitado de seres humanos que van a vivir después de nosotros. En la actualidad, ¿cómo podemos compartir los recursos, especialmente los no renovables, entre todos los que vivimos en este momento y las generaciones venideras? Lo que parece obvio es que hoy cualquier política que valga la pena tiene que incluir esta difícil cuestión, es decir, ha de tener en cuenta las consecuencias de nuestro comportamiento sobre los seres humanos del futuro. Ahora estoy trabajando en esto y no sé si será un trabajo de muchos años, muchas vidas o incluso muchas generaciones.

Andrew, has pasado unos meses en España, todo este curso académico 1996-97, investigando en el Instituto de Filosofía del CSIC; y además en Inglaterra sigues de cerca las cuestiones hispanas. Quisiéramos saber, por un lado, cómo valoras la situación actual de la ecología política en el mundo anglosajón ; y por otro, cuál es la impresión que te llevas de nuestro país en este sentido.

Por lo que se refiere a la política ecológica en Inglaterra, creo que las cosas han cambiado mucho en los últimos años, por lo menos desde un punto de vista reformista, medioambientalista. Acabamos de celebrar unas elecciones, como sabéis, y era muy interesante leer los manifiestos de los partidos políticos oficiales, los más grandes, el partido laborista, el conservador y el liberaldemócrata. Cada manifiesto incluía una sección sobre el medioambiente y esto era impensable hace sólo unos años. Está claro que puede tratarse sólo de palabras. Hay mucha gente que ve este fenómeno con recelo y desconfianza porque echan en falta una acción coherente con los propósitos que todos dicen tener, se preguntan qué pasa con la política real. Yo no soy tan pesimista porque creo que es un logro considerable que los partidos políticos tengan en cuenta el medio ambiente cuando están elaborando sus manifiestos. Es demasiado pronto para juzgar pero por lo que leo en la prensa británica el partido laborista se lo está tomando bastante en serio. No obstante, sigue resultando curioso que en Inglaterra no haya un Ministerio de Medio Ambiente. Se designa a un ministro que, sin embargo, no tiene puesto en el Consejo de Ministros, que no se reúne con sus colegas cada semana y que no tiene casi palabra.

En apariencia, esto contrasta con la situación que se vive en España, donde tenéis un Ministerio dedicado a cuestiones medioambientales. Sin embargo, según veo, hay una cierta preocupación por lo que “no” está pasando en ese Ministerio. Es decir, si bien es cierto que a nivel oficial en España no se toma el medio ambiente lo suficientemente en serio (aunque no he venido aqui a criticar la estrategia española), esto no ocurre en la calle, entre los ciudadanos de a pie. Hay gran actividad medioambiental en este país. Lo que puede faltar es una organización a nivel nacional. Por ejemplo, a mí me parece muy bien que haya contenedores para el reciclaje por todas las calles de Madrid y veo a la gente reciclando, pero lo que me comentan es que el contenido de estos contenedores no se recicla sino que se tira íntegramente a los vertederos. En definitiva, creo que los ciudadanos en España hacen todo lo que pueden pero se echa de menos una infraestructura para llevar a cabo una política medioambiental seria. Esto pasa también en Inglaterra.

En los manifiestos de los partidos oficiales se incluyen propósitos ecológicos pero, aunque para algunos es suficiente, los ecologistas radicales siguen insatisfechos, siguen recordándonos que aún queda mucho por andar, que los objetivos más importantes no se han logrado todavía. De hecho, sin la fuerza de estas formaciones ecologistas nunca hubiera sido posible la recepción de una cierta preocupación verde en el universo político.

Cuando hablas de la aceptación del pensamiento político verde en la vida política en general es interesante el diagnóstico que la visión histórica ofrece acerca del éxito o fracaso del mismo. Su éxito parece ser extraordinario pues consigue aparecer en el centro del debate, pero luego su triunfo real ha sido bastante miserable.

Desde un cierto punto de vista el legado del ecologismo radical es bastante decepcionante en el sentido de que la clase política no se cuestiona el industrialismo como meta política, social y económica. Pero, como ya he dicho, no soy tan pesimista en relación a esto. Si eres un ecologista radical tienes que seguir trabajando. El éxito no ha sido tan pobre y los logros son ya considerables. De lo que se trata es de continuar adoptando posturas radicales para influir cada vez más en la clase política o, al menos, en los estratos sociales más poderosos. Yo creo que puede conseguirse. Quizá la vida sustentable por la que apuestan los ecologistas radicales no sea nunca viable pero, en todo caso, sigue estando ahí como un objetivo social, como un posibilidad que hay que intentar alcanzar. Esta es la importante función de guía que tienen adjudicada los ecologistas actualmente.

Para concluir, Andrew, ¿podrías trazarnos brevemente tu biografía intelectual y hablarnos de tus trabajos y preocupaciones actuales?

Desde hace tiempo me ha interesado mucho la cuestión del papel del intelectual en la política, y he escrito dos libros sobre dos intelectuales europeos muy dispares políticamente: José Ortega y Gasset y Jean-Paul Sartre. Ahora me centro más en los temas que hemos estado comentando esta tarde: temas ecologistas. Soy un teórico de la política, y desde un punto de vista estrictamente profesional, me he propuesto la meta de interesar a los demás politólogos en los temas medioambientales. Con esto quiero decir que estos temas hacen surgir cuestiones que son poco tratadas en el ámbito político-teórico, y que la teoría política no estará al día hasta que no afronte el desafio teórico que suponen los problemas medioambientales. Ahora mismo, por ejemplo, estoy acabando un libro sobre la relación entre la justicia social y el medio ambiente. Hasta ahora, las teorías sobre la justicia social han hecho poco hincapié en la cuestión de las generaciones futuras, la cual está en primer plano desde el punto de vista de la sustentabilidad. Mi opinión es que, desde ahora, ninguna teoría sobre la justicia social estará al nivel de los tiempos a no ser que tome en cuenta los intereses de las generaciones futuras –y quizás incluso los de los seres no-humanos.

Ese libro, Justice and the Environment, saldrá en la editorial Oxford University Press en el otoño de este año, y luego empezaré a trabajar en un proyecto sobre la environmental citizenship, la ciudadanía medioambiental.

[ “Ecologismo, ambientalismo y sostenibilidad” (entrevista con Andrew Dobson). Publicado en Manuel Monereo (coord.): Propuestas desde la izquierda, FIM, Madrid 1998, p. 289-299. TEXTO CORREGIDO POR EL PROPIO ANDREW DOBSON]

corredores de fondo

A mediados de los ochenta, el biólogo polaco Konrad Fialkowski formuló una hipótesis que parece no haber dejado de ganar credibilidad desde entonces: el gran cerebro de Homo erectus servía para correr.

En la carrera a corta distancia los seres humanos somos comparativamente lentos: alcanzamos velocidades máximas de apenas 30 km./ hora (frente a los 70 del caballo, o los 110 del guepardo). Pero en la carrera a larga distancia los humanos somos verdaderos campeones, capaces de dejar atrás a cualquier otro animal. Como apunta Marvin Harris, “puede que la selección dotase al cerebro del erectus con superabundancia de neuronas [células más sensibles al calor que las de otros órganos] para conseguir un funcionamiento a prueba de averías bajo el calor generado al perseguir a la caza durante granes distancias.”

También paleoantropólogos como Bramble y Lieberman sostienen que fue la carrera a larga distancia en las llanuras africanas –la bandada de buitres era la señal: había que llegar a la carroña antes que las hienas— lo que nos hizo humanos, en el sentido anatómico al menos. Según ellos, las características del corredor de fondo no aparecen en los restos fósiles de nuestros antepasados australopitecos, sino que son exclusivas del género Homo. El estudio de restos fosilizados de especies de este género arroja una treintena de especializaciones funcionales que favorecen la resistencia durante la carrera: el volumen de los glúteos, el arco del pie, la posición de la cabeza durante la carrera, el sistema de refrigeración por enfriamiento (al evaporarse el sudor), la carencia de pelo (que favorece la disipación del calor)…

“Alcanzada la masa crítica de células cerebrales al haberse decantado la selección por un funcionamiento a prueba de averías en condiciones de calor,” especula Harris, “los circuitos nerviosos del erectus estaban preparados para emprender una reorganización rápida y fundamental” que llevaría a Homo sapiens. El cerebro desarrollado inicialmente para correr serviría a este último para pensar (fenómeno no infrecuente en la naturaleza, donde estructuras seleccionadas para una función sirven como base para estructuras con otra función completamente diferente.)

Se podría entonces decir que somos esencialmente hablantes, fabricantes de herramientas… y corredores de fondo. También –y esto es lo que me importa subrayar ahora— deberíamos serlo en lo político-moral.

El sociólogo italiano Francesco Alberoni ha llamado la atención sobre las analogías entre el enamoramiento individual y el “estado naciente” de los movimientos sociales en su fase ascendente. Pero de igual manera que el arrobamiento del enamorado pasa y debe transformarse –si ha de durar esa pareja— en un amor maduro, menos explosivo y más complejo, también el “estado naciente” en lo que tiene de enamoramiento colectivo da paso a una fase más negociada e institucional.

En ese tránsito, son las virtudes morales y políticas del corredor de fondo –la resistencia, la paciencia, el coraje, la tolerancia a la frustración, la ponderación equilibrada de las circunstancias, saber que hay que estar a las duras igual que a las maduras…— las que resultan de mayor auxilio. Tanto en la relación de pareja como en la polis democrática, después del enamoramiento hay que construir el amor.

“Todo lo que merece la pena, requiere esfuerzo”, recuerda el poeta holandés Jean-Pierre Rawie. “También el amor. Y poca gente renuncia a él.” Y Max Weber definía la política con la imagen del hacer agujeros a través de gruesas planchas de acero. Nos hicimos humanos evolucionando como corredores de fondo. Hoy, cuando no se trata de llegar en la sabana africana a la fuente de alimento antes que las hienas o los leones, sino de lograr una difícil transición hacia una sociedad justa y sostenible, necesitamos –igual que en amor o en la política– las virtudes del corredor de fondo.

[Artículo publicado en Integral 356, Barcelona, agosto de 2009.]

buscar lo que no es infierno en el infierno

El mundo es el infierno –decía Arthur Schopenhauer–, y los seres humanos se dividen en almas atormentadas y diablos atormentadores. La respuesta mejor es probablemente la que sugirió Italo Calvino: “Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio”.

No todo es infierno en el infierno. La belleza y la compasión abren espacios insospechados. Un jaiku de Issa (1763-1827) completa bien la enseñanza calvinista:

“Ciruelo en flor…/ Las puertas del infierno,/ hoy, no se abren.”

dominar nuestro dominio

Muchos idearios de izquierda han sido productivistas (como abrumadoramente lo ha sido la cultura política y económica de los últimos dos siglos); pero algunas líneas minoritarias del pensamiento socialista formularon tempranas críticas del productivismo y la noción burguesa de progreso. Destacaría en ello el novelista, diseñador y revolucionario británico William Morris[1]; y también vale la pena rememorar al Walter Benjamin de Dirección única, un libro de apuntes, fragmentos y agudezas publicado en 1928:

“Dominar la naturaleza, enseñan los imperialistas, es el sentido de toda técnica. Pero ¿quién confiaría en un maestro que, recurriendo al palmetazo, viera el sentido de la educación en el dominio de los niños por los adultos? ¿No es la educación, ante todo, la organización indispensable de la relación entre las generaciones y, por tanto, si se quiere hablar de dominio, el dominio de la relación entre las generaciones y no de los niños? Lo mismo ocurre con la técnica: no es el dominio de la naturaleza, sino dominio de la relación entre naturaleza y humanidad.”[2]

Dominar no la naturaleza sino la relación entre naturaleza y humanidad. Dominar nuestro dominio: esta idea sigue siendo inmensamente fecunda en el siglo XXI[3]. Todas las relaciones humanas entrañan ejercicio de poder, señalaba un filósofo como Michel Foucault (en la estela de Nietzsche)[4]. Pero si, en un ejercicio de reflexividad guiado por los valores de la compasión, trato de dominar no al otro sino mi relación con el otro, si trato de dominar mi dominio, se abren impensadas posibilidades de transformación. De verdadera humanización para esos inmaduros homínidos que aún seguimos siendo.



[1] William Morris, Cómo vivimos y cómo podríamos vivir, Pepitas de Calabaza, Logroño 2004. Da título al volumen una conferencia pronunciada por Morris el 30 de noviembre de 1884.

[2] Walter Benjamin, Dirección única, Alfaguara, Madrid 1987, p. 97.

[3] Por lo demás, podemos rastrearla también en un famoso pasaje del libro tercero del Capital de Marx: ahí el pensador de Tréveris no define el socialismo como dominación humana sobre la naturaleza, sino más bien como control sobre el metabolismo entre sociedad y naturaleza, regulación consciente de los intercambios materiales entre seres humanos y naturaleza. En la esfera de la producción material, dice Marx, “la única libertad posible es la regulación racional, por parte del ser humano socializado, de los productores asociados, de su metabolismo [Stoffwechsel] con la naturaleza; que lo controlen juntos en lugar de ser dominados por él como por un poder ciego”. Citado por Michael Löwy en Ecosocialismo, El Colectivo/ Ediciones Herramienta, Buenos Aires 2011, p. 73.

[4] Habría que tener aquí en cuenta la ambivalencia del concepto, que señaló Spinoza, sobre la que no se puede insistir demasiado: poder como capacidad frente a poder como dominación. Spinoza en su Tractatus politicus (1677, capítulo 2: “Del derecho natural”) establece la importante diferencia entre las palabras latinas potentia y potestas. Potentia significa el poder de las cosas en la naturaleza, incluidas las personas, “de existir y actuar”. Potestas se utiliza en cambio cuando se habla de un ser en poder de otro. (En alemán, la pareja de conceptos Macht/ Herrschaft capta la distinción: se ve bien en Max Weber.) Tenemos entonces potentia como “poder para”, poder en cuanto capacidad. Y potestas en cuanto “poder sobre otros”, poder en cuanto dominación. El primero es más originario que el segundo. Puede verse al respecto también Jorge Riechmann, ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena, Los Libros de la Catarata, Madrid 2011, p. 33-35.

sobre la propaganda comercial indeseada en los blogs de wordpress

Hallé la explicación en el apartado STORE (oséase tienda comercial, cibertabanco para entendernos) del ESCRITORIO del blog. Por defecto, las bitácoras de wordpress son beneficiadas con publicidad no deseada. Puede uno librarse de ello pagando unos 30 dólares cada año:

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En fin… De una forma u otra me libraré pronto de la intromisión comercial. Pido un par de días de paciencia a los lectores/as.

en Burgos el 3 de febrero: «El imposible capitalismo verde»

Tertulia-presentación del libro de Daniel Tanuro

El imposible capitalismo verde

Bardeblás (C/ La Puebla 29, Burgos)

Viernes 3 de febrero, 19 horas

(Los organizadores me han nombrado catedrático y trasladado además a la UCM…

Gajes del oficio. Sigo siendo un modesto profesor titular de la UAM. J.R.)

 Tertulias desobediente en Burgos EL IMPOSIBLE CAPITALISMO VERDE

 

aviso para navegantes: los abusos de wordpress

La advertencia de una lectora de este blog me ha hecho descubrir que, sin autorización por mi parte ni solicitud de permiso alguno, están introduciendo publicidad en algunas entradas de las que publico aquí (de hecho no se ven esos anuncios desde mi ordenador, abierta la página del blog en el modo «administración»). No hubiera arrancado con esta iniciativa de haber sabido que tal cosa podía ocurrir. Suspendo de momento mi actividad en el blog, a la espera de poder trasladarlo –como espero, con la ayuda experta correspondiente por parte de algún amigo– a otro servidor donde pueda estar seguro de escribir sin molestas y contraproducentes intromisiones.

Jorge Riechmann

la economía del «como si»

En nuestras sociedades las necesidades humanas se satisfacen, por una parte, con bienes y servicios producidos socialmente, a través de la economía mercantil y las instituciones políticas (alimento, vivienda, medios de transporte, atención médica, servicios educativos, etc.); y también mediante relaciones con las personas cercanas (afecto, crianza, cuidado, atención a los seres humanos dependientes, etc.).

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dite por quién te has tomado

Pecadores que se creen justos; justos que se creen pecadores.

Aprendices que se creen maestros; maestros que se creen aprendices.

Seres insignificantes que se creen imprescindibles; seres imprescindibles que se creen insignificantes.

Y Mon Sieur Blaise Pascal, que insinúa una leve reverencia.

ley de mecenazgo

Bajar la presión fiscal a los ricos –y luego mantenerla baja, y seguir desfiscalizando las rentas del capital–; recortar los presupuestos públicos de cultura; e impulsar el mecenazgo de grandes empresas y pingües fortunas. Tres movimientos que equivalen a un solo movimiento: privatizar la cultura. En eso estamos.