queremos, tendremos el más allá en esta vida

“El tiempo de los descubrimientos no ha terminado. Continuemos descubriendo a los otros, continuemos descubriéndonos a nosotros mismos.”[1]

Cuenta Tiziano Terzani –en sus imprescindibles Cartas contra la guerra[2]— que Vivekananda, el gran místico hindú, viajó a finales del siglo XIX a EE.UU. para hacer conocer el hinduismo. En San Francisco, al final de una conferencia, una señora estadounidense se levantó y le preguntó: “¿No piensa que el mundo sería más hermoso si hubiera una sola religión para todos los hombres?”. “No”, respondió Vivekananda. “Quizá sería aún más hermoso si hubiera tantas religiones como hombres”.

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La piedra de toque para juzgar el carácter represivo o emancipatorio de las religiones no son sus textos sagrados, sino la relación de sus clérigos con los muy terrenales poderes de este mundo. La religión no es en general el opio del pueblo: puede ser eso y su contrario. Dentro de cada confesión encontramos siempre inquisidores y teólogos de la liberación, moralistas enemigos de la vida y místicos enamorados de ella. Para distinguir, hay que fijarse en si el cura de la aldea va con más frecuencia al Círculo Agrario y Mercantil –vale decir, el casino de los señoritos— o a la Casa del Pueblo (permitidme el ligero anacronismo). La piedra de toque es la cuestión del poder.

(Por lo demás, lo mismo puede decirse de cualquier movimiento espiritual, cultural o social de los que impulsamos los seres humanos.)

Un punto clave suele ser la cuestión del proselitismo. En este asunto, por lo general, la actitud del budismo es ejemplar: “Hablando del precepto que prohíbe el uso de sustancias intoxicantes, Suzuki Roshi [el monje zen Shunryu Suzuki] dio una interpretación sorprendente: Esto significa que no se debe vender budismo. No sólo el licor es embriagante. También lo es la enseñanza espiritual.[3]

También el novelista israelí Amos Oz se ha referido sensatamente al proselitismo del fanático: “Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en lugar de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa, un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvarte, redimirte. (…) Echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto.”[4]

Otro punto clave es sin duda la cuestión de la inmanencia y la trascendencia. Casi podría formularse como una regla cuantitativa: el potencial liberador de un credo es inversamente proporcional a la distancia que media entre la vida cotidiana y la salvación prometida. Las religiones de liberación son de tejas para abajo, se ajustan bastante bien al desiderátum surrealista: queremos, tendremos el más allá en esta vida. Dos extraordinarios ejemplos procedentes de la tradición judía y budista:

“La luz de la redención” –dijo el rabí Abraham Jacob de Sadagora— “está dispersa en torno de nosotros a la altura de nuestras cabezas. No la notamos porque nuestras cabezas están inclinadas bajo la carga del exilio. ¡Oh, si Dios quisiera levantar nuestras cabezas!”[5]

“Una mujer le dijo al Roshi que le resultaba difícil combinar la práctica del zen con las exigencias de ser un ama de casa. Siento como si estuviese tratando de subir una escalera, pero por cada escalón que subo, caigo dos escalones abajo. Suzuki le dijo: Olvida la escalera. En el zen, todo está aquí en el suelo.[6]

Otro maestro jasídico, Rabí Búnam de Pzhysha, empleaba la imagen siguiente: estamos pasando continuamente a través de dos puertas, saliendo de este mundo y entrando en el otro, y saliendo y entrando nuevamente[7]. Nuestra Teresa de Cepeda, que sabía que Dios anda también entre los pucheros de la cocina, se hubiera entendido sin dificultad ninguna con estos tzadikim jasídicos o estos monjes budistas. Sabrosos, los diálogos a tres bandas que se puede imaginar uno…

 

  • [Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 63-64. Este “diario de trabajo” va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]



[1] José Saramago en su discurso ante el Primer Congreso Iberoamericano de Filosofía en Cáceres, 1998.

[2] Tiziano Terzani, Cartas contra la guerra, Integral/ RBA, Barcelona 2002, p. 153.

[3] David Chadwick (comp.): Para hacer brillar un rincón del mundo. Historias de un maestro zen contadas por sus discípulos. Ed. Troquel, Buenos Aires 2002, p. 124.

[4] Amos Oz, Contra el fanatismo, Siruela, Madrid 2003. No me resisto, en este punto, a citar otra anécdota del maestro zen antes evocado: “Una mañana, cuando estábamos todos sentados en zazen, Suzuki Roshi dio una breve charla inesperada. Entre otras cosas, dijo: Cada uno de ustedes es perfecto tal cual es… y también puede perfeccionarse un poquito” (Para hacer brillar un rincón del mundo, op. cit., p. 13).

[5] Martin Buber, Cuentos jasídicos. Los maestros continuadores vol. 1, Paidos, Barcelona 1983, p. 43.

[6] Para hacer brillar un rincón del mundo, op. cit., p. 69.

[7] Martin Buber, Cuentos jasídicos. Los maestros continuadores vol. 2, Paidos, Barcelona 1983, p. 104.