¿romper la unidad de la especie humana?

Hay que darse cuenta cabal de lo que supone la propuesta transhumanista de ir más allá de la biología del Homo sapiens merced a las herramientas de la biotecnología y la robótica.

Para la gente laica –para quienes no creemos en un Dios personal todopoderoso y trascendente, aunque podamos tener un sentido de lo sagrado y una alta estima por muchas de las tradiciones religiosas y místicas–, ¿qué hay más allá del sinsentido de la vida humana, de la dukkha de los budistas? Básicamente, la comunidad humana.

Somos en el fondo, y de forma muy esencial, simios sociales. La primera realidad para nosotros es el grupo de simios sociales donde advenimos a la existencia: nuestra tribu.

Ahí, el dato básico es que se ha conservado la unidad de la especie humana desde que ésta existe: más de cien mil años. A pesar de la estupefaciente diversidad de creaciones culturales, puedo comprender al cazador magdaleniense –en el sentido de concebir un diálogo profundo con él— o a la campesina quechua.

Las muy numerosas generaciones que constituyen la humanidad[1] de los últimos cien mil años forman parte de mi “tribu ampliada”: puedo concebir una interacción significativa con cualquiera de esos hombres y mujeres, puedo imaginarme compartiendo con ellos las experiencias más hondas y características de la condición humana, desde el enamoramiento hasta el duelo por la muerte, desde la crianza de los hijos hasta la iluminación mística.

Permitámonos un salto atrás en el tiempo. Arqueólogos de la Universidad de Tubinga, en el sur de Alemania, han recompuesto las piezas de una flauta de mamut que consideran la más antigua de la historia de la humanidad. La edad de la flauta, según un método de termoluminiscencia, asciende a 37.000 años. El especialista en arqueología musical Friedrich Seeberger, que ha reconstruido instrumentos musicales prehistóricos, declara que las flautas del periodo auriñaciense permiten realizar “una música rica en variantes y adecuada a los niveles de estética vigentes hoy”. Para el profesor Nicholas Conrad, el que construyó un instrumento tan espléndido –tallando con cuidado dos mitades de colmillo de mamut, y después pegando las juntas de forma hermética para no dejar pasar el aire– tenía en la cabeza algo más que la simple función, y si una cultura era capaz de producir una flauta así, tenía que conceder un gran valor a la música. Concluye Conrad: “Es inimaginable que en aquel tiempo no hubiese cantos y bailes”.

Descendemos con la imaginación por esa sima histórica vertical, y lo que encontramos al cabo de nuestro movimiento es a un prójimo muy próximo: aquellos remotos antepasados, hace cuarenta mil años, eran en lo esencial como nosotros. Todo estaba dado desde el principio.

Regresemos a nuestro presente: para constatar que nos sigue convocando el proyecto –por el que se ha combatido a lo largo de los siglos— de avanzar hacia una verdadera comunidad humana: una humanidad liberada, igualitaria y fraterna, donde nos ayudemos unos a otros a sobrellevar la finitud y vulnerabilidad de nuestra condición, acompañándonos.

Pues bien, para el tipo de simios sociales que somos, esas imágenes –la tribu ampliada que nos incluye desde los primeros cazadores-recolectores a nosotros, la posible comunidad fraterna del futuro— constituyen una fuente primordial de “sentido de la vida” (sobre todo para quienes descreemos de salvaciones religiosas ultraterrenas).

Pero el proyecto transhumanista quiere hacer saltar por los aires esos lugares de pertenencia, definidos por la posibilidad de diálogo entre todos los seres humanos. El antiguo chamán asiático o la tejedora egipcia pertenecen a mi tribu; pero un futuro “hombre biónico” dotado de capacidades extrahumanas probablemente no pertenecería a la misma.

¿De verdad queremos romper esa unidad de la “gran familia” humana, conservada a lo largo de más de cien mil años?

Artículo publicado en Integral 359, Barcelona, noviembre de 2009
 

[1] La historia de nuestra especie (en sentido lato) comienza hace aproximadamente tres millones de años. En ese larguísimo lapso han vivido unas 200.000 generaciones, totalizando aproximadamente 100.000 millones de individuos del género Homo. (Una buena parte de esos seres humanos estamos vivos hoy: 7.000 millones). Las cifras son del paleontólogo francés Yves Coppens. Los australopitecos existieron desde hace seis millones de años, hasta hace uno; Homo habilis, primer usuario de herramientas, aún desconocedor del fuego-, desde hace 2’5 millones de años hasta hace uno.