sobre criar animales y comer carne: algunas consideraciones adicionales

El debate sobre vegetarianismo, moralidad y modos de producción ganadera es importante, y un artículo que Alicia Melchor Herrero publicó hace un año aporta elementos de interés al mismo… Nada que objetar en cuanto a este severo diagnóstico de la autora: “Se impone la globalización, y con ella una cultura urbanita, desarraigada, ajena y profundamente ignorante del entorno rural y del ecosistema; educada por Walt Disney, tremendamente sobreprotectora con los animales, pero no con el entorno que los sustenta. Una cultura primermundista, implacable con los últimos vestigios de un primitivismo cultural más reciente de lo que es capaz de asimilar; pero indulgente con el capitalismo que explota la naturaleza, la desnaturaliza, la utiliza y que va camino de esquilmar. Los urbanitas vemos la comida en el estante del súper, y no nos planteamos cómo se ha producido eso. Nos cuesta imaginar que comemos animales muertos, como los linces o los lobos. Nos repugna nuestra propia animalidad. Renegamos del primitivismo y nos acogemos al civilizado ciudadanismo que esconde las vergüenzas bajo hipnóticas alfombras de plasma. Los humanos estamos envenenando un planeta que no es sólo nuestro…”[1] Como sociedad, nos merecemos sin duda ese rapapolvo.

Pero la autora se pone las cosas demasiado fáciles al no considerar siquiera la poderosa argumentación ética del antiespecismo. Y no sólo eso: tampoco puede satisfacernos el relativismo moral poco plausible que ella extrajo de sus lecturas de antropología.[2] Mas dejemos de lado ahora esos importantes debates éticos y concentrémonos en un punto clave que se refiere a cuestiones de hecho –no a deberes ni a valores (ni tampoco a opiniones).

Se trata del mismo punto ciego que la cultura dominante exhibe una y otra vez: no podemos ni imaginar ir a menos (por ejemplo, menor consumo de carne a partir de ganadería extensiva), sino sólo ir a más. En efecto, Melchor Herrero escribe:

“Si recuperásemos la ganadería extensiva, podríamos producir de forma más ecológica y ética un 70% de la carne que consumimos [en España], incluso un aumento de la producción podría ser sostenible”. La autora se basa en estadísticas dudosas para intentar apuntalar una tesis que no se aguanta: no cabe, en efecto, imaginar una ganadería de verdad sustentable sin un consumo de carne muy por debajo de lo que en las dietas actuales se considera deseable. El trabajo de la historiografía agraria seria desmonta fácilmente esa ilusión. Basta en realidad pensar unos minutos sobre un gráfico como el siguiente:

España, sacrificios de carne

Fuente: Anuarios de Estadística Agraria

Como señalan los autores del importante estudio de donde extraigo esa figura, en la transformación desde la ganadería extensiva tradicional a la ganadería industrial (paso de una ganadería multifuncional, propia de una agricultura de base orgánica, a un modelo de ganadería intensiva, especializada en la producción de carne y leche) “el ganado de labor disminuyó hasta convertirse en marginal y el ovino y caprino perdieron peso relativo en el conjunto de la cabaña. Si bien el bovino creció un 75% entre 1965 y 2008, el mayor crecimiento se concentró en las aves (354%) y el porcino (452%), crecimiento derivado de la demanda de carne a bajo precio para una demanda interior en ascenso. Indudablemente el modelo industrial ha permitido un crecimiento considerable de la producción ganadera orientada al mercado, impensable en la agricultura orgánica tradicional, pero a costa de desligar casi completamente la ganadería del territorio y perder casi completamente su antigua multifuncionalidad. En este sentido, las tareas esenciales que anteriormente desempeñaba en la agricultura orgánica, trabajo y fertilización, han sido sustituidas por inputs procedentes de la industria.”[3]

Se puede defender la ganadería ecológica en extensivo (y Melchor Herrero aporta ahí argumentos relevantes), pero no prometiendo a la vez mantener el actual consumo de carne. Como en otros debates ecológico-sociales, la cuestión clave, más allá del cambio de las formas de producción, es la autocontención. La madre del cordero (tanto para quienes desean seguir comiendo cordero como para quienes creemos mejor no hacerlo) es ser capaces de vivir bien con menos.

El ecologismo va de la mano con cierto ascetismo. No tiene por qué ser un ascetismo represivo: cabe un ascetismo hedonista, como nos enseñó Epicuro, el filósofo del Jardín. Pero sin esa base de autolimitación no hay ética ni política ecológica que valga. Yo argumento desde hace tiempo en favor de un ecologismo epicúreo.[4]

 

 

[1] Alicia Melchor Herrero, “Sobre moral, veganismo, ecología, antiespecismo y producción alimentaria”, La pajarera Magazine, 14 de junio de 2018; http://www.lapajareramagazine.com/sobre-moral-veganismo-ecologia-antiespecismo-y-produccion-alimentaria y https://aliciaatravespantalla.blogspot.com/p/ecologia-soberania-alimentaria.html

[2] Necesitamos distinguir entre las morales de cada grupo humano, como hecho sociológico, y las propuestas normativas que pueden aspirar a cierta universalidad. “La antropología me enseñó que la moral humana no es universal ni inmutable, y que lo que en una determinada sociedad y en un determinado momento es perfectamente admisible, en otra sociedad o en otro tiempo, se considera un comportamiento socialmente pernicioso”: todo muy de acuerdo con la cultura dominante y muy funcional al capitalismo neoliberal, pero poco plausible. Una buena refutación de esta posición en Steven Lukes, Relativismo moral, Paidós, Barcelona 2011.

[3] David Soto Fernández, Manuel González de Molina, Juan Infante Amate y Gloria Guzmán Casado: “La evolución de la ganadería española (1752-2012). Del uso múltiple al uso alimentario. Una evaluación de la fiabilidad de los censos y de las estadísticas de producción”, ponencia en el IV seminario anual de la SEHA (Sociead Española de Historia Agraria), Madrid, 25 de noviembre de 2016; accesible en http://seha.info/8/seminario2016/SEHA_Seminario2016_soto_et_al.docx . Este trabajo (elaborado en el Laboratorio de Historia de los Agroecosistemas de la Universidad Pablo de Olavide, Sevilla) da una buena idea de la complejidad de la cuestión de las estadísticas ganaderas en España.

[4] Véase por ejemplo http://www.rebelion.org/docs/190273.pdf