sobre delfines, macacos, discapacidades y nuestra idea de libertad- algunas reflexiones

 

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Sobre delfines, macacos, discapacidades y nuestra idea de libertad

1/06/2021 | Revista Nº 108

Jorge Riechmann

Hace algunos años, en la primavera de 2017, un conflicto del que dio noticia la prensa me llamó la atención. En un pequeño grupo de islas frente a la costa de Sicilia, las Eolias, los pescadores ¡se habían declarado en huelga contra los delfines! Anunciaban una “guerra” contra estos animales que, según su relato, “saltan fuera del agua y nos muestran su sonrisa desafiante”, antes de empezar a “robar” todos los calamares.

Los trabajadores se quejaban de que los sueldos habían bajado en un 70 %; y denunciaban que, si antes cada barco traía al puerto cerca de 25 kilos de calamares, en ese momento no llegaban ni a tres, lo cual “ni siquiera cubre el coste del combustible.”

¿Había proliferado la población de cetáceos? Parecía que no; una organización conservacionista estimaba que en ese tramo de mar nadaban cerca de un centenar de delfines, número que no había aumentado. Se concluía que “el problema es la disminución de los peces, que hace que los cetáceos se muevan hacia los barcos para comer”.

Un beligerante Giuseppe Spinella, vicepresidente del consorcio que reúne a los 119 pesqueros de las islas, advertía: “La situación ya no es sostenible, cada noche en el mar se desata una guerra por la supervivencia. No tenemos nada en contra de los delfines, pero se debe encontrar una solución: o nosotros o ellos…” 1

El problema de dejar pudrirse las situaciones hasta que –en apariencia– se convierten en “guerras por la supervivencia” no es ligero. Sucede, ay, que en condiciones de ecosistemas sobreexplotados y recursos menguantes el “o nosotros o ellos” no tarda en aplicarse también a seres humanos (como se ve si tiramos del hilo sobre cuya pista nos han puesto estos delfines desafiantes).

Ocurre que la pesca industrial es una forma de extractivismo que devasta las pesquerías y los ecosistemas marinos en todos los océanos, dejando sin medios de subsistencia a millones de personas en el Sur global. Lo estamos viviendo con la “crisis migratoria” en Canarias, desde el otoño de 2020. Un reportaje de José Naranjo lo explicaba con lujo de detalles: en las costas de Senegal, los barcos de pesca industrial (muchos de ellos españoles y europeos), que se han duplicado en una década hasta superar hoy los doscientos, esquilman los fondos marinos y los recursos pesqueros. Un pescador, Boubacar Ndoye, aclaraba: “Son los grandes barcos industriales, los vemos todos los días. Se llevan nuestro único medio de vida. Sólo tenemos el mar y si no hay pescado eso impacta a todo el mundo: los vendedores ambulantes, los comerciantes… todos lo sufren. La única solución para los jóvenes es coger el cayuco e irse a España. Sabemos que hay chicos que mueren, lo sufrimos a diario, pero nadie puede impedirlo…”2

O nosotros o ellos, en una situación de extralimitación ecológica, se convierte rápidamente en un camino mortífero. Para ellos y para nosotros.

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Escribía María José Guerra que “la Modernidad debe enfrentar que su anhelo utópico de soñar sólo la libertad poniendo coto a la necesidad se ha roto en mil pedazos. La escasez no es soslayable” 3. Pero la cuestión no es tanto la escasez –pues ésta es una relación entre medios y fines: si cambian los fines, una situación de escasez puede devenir abundancia– como nuestra idea de la libertad. Deberíamos ser capaces de aceptar que se trata de la libertad humana dentro de la dependencia (ecodependencia e interdependencia). Maria Mies y Vandana Shiva nos instan a “rechazar la idea de que la libertad y la felicidad del Hombre dependen de un proceso continuado de emancipación de la naturaleza, de la independización de los procesos naturales y el dominio sobre los mismos mediante el poder de la razón y la racionalidad”4. Hay una editorial francesa llamada Les liens qui libèrent, los lazos –o vínculos– que liberan: ésa es la idea.

Pensemos por ejemplo en algo tan delicado como la discapacidad. Geertrui Cazaux es una activista belga contra el capacitismo (la discriminación basada en discapacidad) y defiende un modelo social de la discapacidad: desde este punto de vista, la discapacidad se ve principalmente como algo causado por las barreras ambientales y sociales, y superable con suficiente inversión económica y tecnológica. “La sociedad ha de proporcionar espacios e instalaciones accesibles, y si eso se da, las personas discapacitadas podrán participar plenamente en todos los aspectos de la sociedad. Debido a que es la sociedad la que discapacita a las personas, les impide participar en la totalidad de los aspectos de la vida. Se puede decir claramente que las personas usuarias de sillas de ruedas no son discapacitadas por usar silla de ruedas, sino porque la sociedad sigue construyendo escaleras” 5.

Pero la idea de superar todas las discapacidades a base de tecnología e inversión económica ¿no presupone en realidad un mundo irreal donde no existieran constricciones energéticas, materiales, ecológicas? ¿Podemos construir y hacer funcionar un número ilimitado de ascensores para sustituir escaleras? Quizá por eso la pensadora ecofeminista Ynestra King, ella misma impedida por la parálisis parcial en una pierna, insiste en el hecho de que ser discapacitada (disabled) no es un constructo social sino una condición que no puede cambiarse, a diferencia del género, por ejemplo. ¡La existencia corporal impone límites! En un ensayo de 1993 sobre este asunto termina señalando como “de todos los modos de convertirse en otro en nuestra sociedad, la discapacidad (disability) es el único que le puede pasar a cualquiera, en un instante, transformando la vida de esa persona y su identidad para siempre” 6.

Vivir como si no hubiera tiempo y como si no existiese el espacio (comer cerezas todo el año, volar low-cost al otro extremo de la Tierra) es la promesse de bonheur de la globalización capitalista. Es una promesa de omnipotencia que se vehicula a través de la tecnociencia y que se desentiende de la finitud humana. Y nos conduce hacia un desastre socioecológico casi inimaginable.

Desde nuestra resistencia diríamos que el tiempo existe, el espacio existe, la entropía existe, somos seres marcados por la finitud, y aceptar la mortalidad y los límites de nuestra condición es el secreto de la libertad humana. La autocontención como elemento fundacional de la ética: autolimitarme para que el otro pueda existir.

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El relato de los “delfines desafiantes” no nos lleva a buen puerto; veamos si podemos obtener mejor inspiración de los macacos solidarios.

En septiembre de 2017, el huracán María arrasó Puerto Rico y también una pequeña isla portorriqueña llamada Cayo Santiago. Se trata de la “isla de los monos”: allí sólo vive allí una población de macacos salvajes estudiada con detalle desde hace décadas. Tras el paso del huracán, que acabó con buena parte de la vegetación donde obtenían refugio y alimento, ¿se impuso la dinámica de “o nosotros o ellos”? ¡Todo lo contrario! Camille Testard, que lideraba la investigación, observó junto con sus colegas un cambio en su comportamiento que intensificó la cooperación: pasaban menos tiempo con su círculo habitual de congéneres y en cambio interactuaban más con conocidos, extraños e incluso antiguos competidores. Los macacos expandieron sus redes sociales y la cantidad de individuos con los que toleraban compartir los recursos limitados 7.

En tiempos duros, en una biosfera donde todo está conectado con todo, esta clase de cooperación ofrece más garantías de supervivencia que abalanzarse contra los supuestos competidores. Por no hablar de nuestras perspectivas de vida buena…