sobre transformar y controlar

En 1989, el ensayista y activista climático norteamericano Bill McKibben escribía en su libro El fin de la naturaleza: “El concepto de naturaleza no sobrevivirá a la nueva contaminación planetaria: el dióxido de carbono, los CFC y demás productos similares. (…) Hemos cambiado la atmósfera, y de ese modo estamos cambiando el clima. Al cambiar el clima, convertimos hasta el último rincón de la Tierra en algo artificial, en una obra del hombre. Hemos privado a la naturaleza de su independencia, y eso resulta fatal para su sentido. La independencia de la naturaleza es su sentido: sin eso, no queda nada excepto nosotros.”[1]

 

Interferimos, es cierto, con la naturaleza hasta en los lugares más recónditos (por ejemplo introduciendo microfragmentos de plástico hasta en el último rincón de los océanos, o compuestos organoclorados en la grasa corporal de hasta el más recóndito de los mamíferos del planeta); pero ¿significa eso que privamos a la naturaleza de su independencia? Quizá, si lo pensamos dos veces, veremos que se trata de asuntos distintos. interferencia humana no significa control. Interferimos en casi todo en la naturaleza, no controlamos casi nada (¡pensemos en el calentamiento global!). Para empezar, ni siquiera somos capaces de controlarnos a nosotros mismos…[2] Así, cuando por ejemplo alguien escribe que “la historia nos ha enseñado una y otra vez que los seres humanos continuarán ejerciendo su impulso de transformar y controlar la naturaleza”,[3] hay que insistir: trasformar es una cosa; controlar, otra bien distinta.

 

 

[1]  Bill McKibben, El fin de la naturaleza, Ediciones B, Barcelona 1990, p. 81.

[2] Tenemos un problema masivo de hybris del aprendiz de brujo. Necesitaríamos una “ecología de la mente”, como reclamaba el sabio Gregory Bateson: una ecosofía -de la que colectivamente parecemos incapaces…

La idea de dominación humana sobre la naturaleza tiene algo de irrisorio. El simio averiado que somos ¿dominador de la naturaleza? Fantasías nietzscheanas de Übermensch, que serían cómicas si no estuviésemos fraguando una verdadera catástrofe.

Pero esa interferencia masiva del Antropoceno es muy real. Los poderes del desatinado aprendiz de brujo son reales. De ahí nuestras responsabilidades especiales -no somos animales como los demás…

[3] Oswald J. Schmitz: The New Ecology: Rethinking a Science for the Anthropocene, Princeton University Press 2016, capítulo 1 (puede consultarse en http://press.princeton.edu/chapters/s10848.pdf )