¿superar la moral deontológica?

La ética, sugiere Laura Benítez en una muy interesante entrevista a Joanna Zylinska, ya no trataría del “qué debo hacer”, sino más bien del “cómo estamos interrelacionados”.[1]

Creo que esa clase de “ética mínima” se nos queda corta. No porque la pregunta del “cómo estamos interrelacionados” sea poco importante (todo lo contrario: a contestarla, en el nivel más básico, dedica buena parte de sus esfuerzos la ecología desde hace más de un siglo), sino porque (a) aun si descreemos de las versiones fuertes de la falacia naturalista, por diversas razones conviene mantener en muchos contextos la distinción entre el “ser” y el “deber ser”; y porque (b) la violencia, el daño y la depredación existen.

En un contexto diferente, Paul Ricoeur razonaba que se puede defender la primacía de la ética sobre la moral (en el sentido de primacía de la aspiración a la vida buena por encima de la obligatoriedad de la norma) y a la vez señalar que la aspiración ética (“tender a la vida buena, con y para los otros, en instituciones justas”) debe pasar por el tamiz de la norma. ¿Qué añade la moral –deontológica– a la ética –de la vida buena–? Señala Ricoeur: “Mi respuesta es breve: es por la violencia por lo que es preciso pasar de la ética a la moral. Cuando Kant dice que no se debe tratar a la persona como un medio sino como un fin en sí, presupone que la relación espontánea de hombre a hombre es precisamente la explotación inscrita en la estructura misma de la interacción humana.”[2]

Y no les quiero contar si además de la interacción humana consideramos la de los seres humanos con seres de otras especies, y la de seres de otras especies entre sí…

 

 

[1] Joanna Zylinska: “Es preciso explicar el Antropoceno de otro modo” (entrevista realizada por Laura Benítez), 24 de abril de 2018; http://lab.cccb.org/es/joanna-zylinska-es-preciso-explicar-el-antropoceno-de-otro-modo/

[2] Continúa Ricoeur: “Con excesiva facilidad, se representa la interacción como un enfrentamiento o como una cooperación entre agentes de igual fuerza. Lo que es preciso tener en cuenta, ante todo, es una situación en la que uno ejerce un poder sobre otro y donde, por tanto, al agente le corresponde un paciente, que es potencialmente víctima de la acción del primero. En esta disimetría básica se injertan todas las derivas maléficas de la interacción, que resultan del poder ejercido por una voluntad sobre otra. Esto abarca desde la influencia hasta el asesinato y la tortura, pasando por la coacción psíquica, el engaño, la artimaña, etc. Frente a estas múltiples figuras del mal, la moral se expresa por medio de prohibiciones: no matarás, no mentirás, etc. La moral, en este sentido, es la figura que reviste la solicitud frente a la violencia y la amenaza de violencia. A todas las figuras del mal de la violencia responde la prohibición moral. (…) La segunda fórmula del imperativo categórico [de Kant; recordemos, tratar al otro como un fin en sí mismo] expresa la formalización de una antigua regla, llamada Regla de Oro, que dice: ‘No hagas a otro lo que no querrías que te hicieran a ti’.” Paul Ricoeur, “Ética y moral”, en Carlos Gómez (ed.), Doce textos fundamentales de la ética del siglo XX, Alianza, Madrid 2002, p. 247-248.