una conferencia en Tenerife: “gorona del viento y las transiciones energéticas”

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Conferencia en Santa Cruz de Tenerife

22 de octubre de 2016

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Gorona del Viento y las transiciones energéticas:

¿qué cabe esperar?

 

Jorge Riechmann

 

Vivir en un “mundo lleno”

 

Durante el siglo XX tuvo lugar un acontecimiento decisivo, cuyas consecuencias estamos aún lejos de haber asimilado. La humanidad, que durante milenios vivió dentro de lo que en términos ecológicos puede describirse como un “mundo vacío”, ha pasado a vivir en un “mundo lleno”.[1] Habitamos hoy un planeta donde el ser humano interfiere en una escala que no admite parangón con ningún momento anterior del pasado (por eso hablamos de Antropoceno).

 

En el siglo XVI, la Gran Zanja (Gellner); en el siglo XX, el Fin del Neolítico (Hobsbawm); en la segunda mitad del siglo XX, la Gran Aceleración (Steffen) que nos sume en el Antropoceno (Crutzen); y ahora nos encontramos en el Siglo de la Gran Prueba –escrutando con inquietud las probabilidades de que subsistan seres humanos en el siglo XXII.[2]

 

La humanidad extrae recursos de las fuentes de la biosfera y deposita residuos y contaminación en sus sumideros, además de depender de las funciones vitales básicas más generales que proporciona la biosfera. Pero el crecimiento en el uso de recursos naturales y funciones de los ecosistemas está alterando la Tierra globalmente, hasta llegar incluso a trastocar los grandes ciclos biogeoquímicos del planeta: la circulación del nitrógeno o el almacenamiento del carbono en la atmósfera, por ejemplo. Por eso hemos comenzado a hablar de Antropoceno.[3]

 

 

Pasó el tiempo del “desarrollo sostenible”

 

Homo sapiens ha conocido tres grandes cambios de régimen energético (no “transiciones” ordenadas e intencionales, en seguida volveremos sobre ello) en sus aproximadamente 150.000 años de existencia en la Tierra: el paso neolítico de las bandas de forrajeadores a las aldeas basadas en la domesticación de animales y plantas (la Revolución Agrícola), luego la Revolución Industrial desde finales del siglo XVIII, y finalmente la Gran Aceleración en la segunda mitad del siglo XX (capitalismo fordista y, energéticamente, paso del carbón al predominio del petróleo). Por el crecimiento exponencial de los impactos ambientales, ha sido esta última fase la que nos ha puesto contra las cuerdas.

 

Digámoslo con claridad: no tiene sentido seguir hablando sobre desarrollo sostenible en el segundo decenio del siglo XXI; el tiempo para ello ya pasó. Probablemente había pasado ya en 1992, en el año de la “cumbre de Río”. ¿Por qué deberíamos verlo así? Porque la noción de desarrollo sostenible remite a un proceso gradual, y controlado racionalmente, de transición a la sustentabilidad, que presupone condiciones socioecológicas y político-culturales que no se dan ya hoy. Por una parte, la extralimitación de las sociedades industriales con respecto la base de recursos naturales y servicios ambientales de la biosfera ha avanzado demasiado; por otra parte, la fatídica consolidación del neoliberalismo ha socavado las posibilidades de cualquier transición ordenada (que exigiría procesos de regulación global hoy fuera de nuestro alcance). En suma, necesitaríamos una biosfera más grande y rica, y un capitalismo más pequeño y controlable, para que un programa de desarrollo sostenible tuviera alguna plausibilidad. Hacia 1972, cuando se publica el primero de los informes al Club de Roma, probablemente era un programa viable; en el segundo decenio del siglo XXI no lo es.

 

A comienzos del siglo XXI resulta plausible creer que ya se han alcanzado the limits to growth, los límites del crecimiento sobre los que alertaba el primer informe al Club de Roma en 1972; que un ulterior crecimiento basado en el consumo de mayor cantidad de recursos naturales y mayor ocupación de espacio ambiental alejará todavía más al planeta de una economía sustentable; y que, al sobrepasar los límites, estamos bloqueando aceleradamente opciones que podríamos necesitar en el futuro.[4] La época en que las sociedades humanas y sus economías eran relativamente pequeñas con respecto a la biosfera, y tenían sobre ésta relativamente poco impacto, pertenece irrevocablemente al pasado. Parece que no acabamos de hacernos cargos de la dureza de las rupturas y discontinuidades históricas que tenemos por delante, vinculadas con la escasez de energía y materiales, el deterioro de las condiciones climáticas y ecológicas y el aumento de la conflictividad social y geopolítica –al borde del abismo.

 

 

“Muchos son los problemas, una la solución”…

 

“Muchos son los problemas, una la solución: economía mapuche de subsistencia” (reza uno de los ARTEFACTOS del poeta chileno Nicanor Parra). Hoy cabe sospechar que, de forma sustentable, podríamos estabilizar economías de subsistencia modernizadas, con energías renovables y tecnologías intermedias…[5] pero no esas economías industriales hipertecnológicas cada vez más automatizadas que espera el sentido común dominante. Quizá podríamos orientarnos según la perspectiva de un ecosocialismo descalzo.[6]

 

No deberíamos esperar soluciones high-tech y sociedades de alta energía, sino más bien -como mejor posibilidad- comunidades con algo de industria ligera, basadas en tecnologías intermedias… Pero bajo la premisa de una gran descomplejización; y la expectativa de un nivel de vida muy modesto en lo material, en comparación con lo que hoy –de forma nada plausible- sigue prometiendo la ideología dominante.

 

¿Por qué, aunque las energías renovables puedan proporcionarnos mucho –una base energética suficiente para sociedades humanas austeras organizadas conforme a un ecosocialismo descalzo-, no pueden darnos el tipo de sobreconsumo energético al que los combustibles fósiles nos han malacostumbrado? Aunque sería largo explicarlo con detalle hay que apuntar al menos las razones: A) menor densidad energética de las fuentes renovables de energía, incluyendo los combustibles (madera, biocombustibles, etc.); B) conectado con lo anterior, bajas tasas de retorno energético (TRE); C) intermitencia de las fuentes renovables; D) distribución territorial desigual de estas fuentes; E) hemos dejado pasar decenios sin comenzar la posible transición organizada a gran escala a las renovables, lo que exacerba todas las dificultades anteriores (queda mucha menos energía fósil para facilitar esa posible transición, y la población humana ha crecido mucho, así como sus expectativas de riqueza).[7]

 

 

Plan A, plan B, plan C

 

Resulta interesante en este punto revisar brevísimamente el debate de Esteban de Manuel Jerez con Vicenç Navarro (en junio de 2016), vale decir, ecología política frente a socialdemocracia clásica… El primero, en efecto, reprocha al segundo no salir de los planteamientos de la socialdemocracia de los primeros decenios del siglo XX (sería el plan A frente al neoliberalismo vigente del PPSOE). Frente a esto, subraya Esteban con razón, no tenemos un planeta B,[8] y por eso nos hace falta un plan B –que sería el programa de Equo sintetizado en la fórmula Green New Deal.[9] La tragedia es hoy que si el plan A tiene ochenta años de retraso,[10] el plan B tiene treinta o cuarenta. Desde un análisis más realista de la situación, más vale ir preparando un plan C que nos sirva para ir construyendo arcas de Noé… A esto lo podemos llamar ecosocialismo descalzo.[11]

 

Pues la idea de emancipación humana con la que hemos trabajado los movimientos sociales y los intelectuales de izquierda asociados con ellos durante un siglo y medio depende demasiado del carbón y el petróleo. Los rasgos prometeicos de esa idea, la suposición de abundancia material que subyace, la idealización del progreso y del desarrollo de las fuerzas productivas que propicia… todo ello son caminos errados. Necesitamos una idea de liberación no fosilista y no extractivista.

 

 

¿Quién lo paga?

 

Vale la pena detenernos un momento en esta cuestión crucial. Examinemos las dificultades de la transición energética a partir del caso concreto de la isla del Hierro, en Canarias.

 

Hay una pregunta materialista vulgar que oímos a menudo referida a empeños y actividades humanas: ¿quién lo paga?

 

En la naturaleza, la “divisa fuerte” es la energía. Se cobra y se paga en energía. También sucede así en la economía humana, que no se halla al margen de la naturaleza –a pesar de las ilusiones que alienta la teoría económica estándar. Ante las actividades de producción y consumo de los seres humanos, hemos de preguntar: ¿quién lo paga –es decir, con qué base energética se realiza?

 

Y es que casi todas las actividades humanas se entienden mejor si pensamos primero en términos de energía (cuidando de no incurrir en determinismo energético; y abordando también, desde luego, los aspectos culturales, políticos, económicos, etc. de tales actividades). Pues de la energía disponible para una sociedad depende casi todo lo demás.

 

Esto sucede también si indagamos en posibles transiciones ecosociales hacia la sustentabilidad: ¿cómo afectaría a nuestras sociedades lo más básico de esos cambios, a saber, la necesaria transición energética desde la matriz actual basada en combustibles fósiles hacia un sistema energético nutrido con fuentes renovables?

 

 

Gorona del Viento: seamos realistas

 

Un desarrollo reciente –la electrificación parcial de la isla canaria del Hierro con energías renovables— pueda servirnos como “miniestudio de caso” para juzgar de forma realista las posibilidades de “solución técnica” para los problemas socioecológicos, en los contextos reales donde nos movemos. “El Hierro prescinde del petróleo”, se anunciaba a bombo y platillo en prensa y televisión, el verano de 2014.[12] La fanfarria prosigue dos años después.[13]

 

El 27 de junio de 2014 se inauguró la central hidroeólica de Gorona del Viento (abreviaremos CHE), permitiendo a los diez mil habitantes de la isla canaria abastecerse parcialmente de electricidad renovable (eólica, para ser más precisos). Cinco aerogeneradores, dos depósitos de agua a diferente altura y un sistema de bombeo conforman lo esencial del dispositivo.

 

 

¿Un motivo de alegría, verdad? ¿Una iniciativa ejemplar? Sí y no. Reparemos en que el proyecto nació en 1981: y se materializa parcialmente, con gran fanfarria propagandística, 33 años más tarde. No es éste el lugar para contar la historia política menuda de este retraso: en realidad, las mismas fuerzas que pusieron palos en las ruedas son las que hoy intentan colgarse las medallas, como bien saben las y los ecologistas canarios. El juicio de Federico Aguilera Klink (catedrático de la Universidad de la Laguna, y uno de los mayores expertos de nuestro país en economía ecológica) sobre Gorona del Viento es muy severo: “…un bluff más que otra cosa, no es nada de lo que dicen los medios masivos que ‘repiten’ notas de prensa de un gobierno que ignora el medio ambiente, el territorio, la democracia y las energías renovables y que, después, de impulsar la construcción disparatada del Puerto de Granadilla, descatalogando especies protegidas, ahora se apunta a lo de El Hierro como si fuese una revolución -no lo es- que han impulsado ellos…” (comunicación personal, 28 de junio de 2014).

 

Más de tres decenios para hacer a medias lo que hubiera debido desplegarse rápidamente a partir de los años setenta del siglo XX, en paralelo con importantes transformaciones económicas, sociales y culturales… Y al final, lo que tenemos es un proyecto piloto, uno más. Afirmaciones propagandísticas como “con la CHE se habrá conseguido el objetivo de ser 100% renovable”, o “con la CHE conseguiremos el autoabastecimiento energético de la isla”, están completamente fuera de lugar. El Hierro sólo ha logrado prescindir de una parte pequeña del petróleo con que la isla está funcionando actualmente… Veámoslo.

 

En el Hierro se venían consumiendo cada año unos 15.150 TEP (toneladas de equivalente de petróleo) en hidrocarburos (177.000 MWh aproximadamente), de los cuales antes de la CHE el 23% se destinaba a la generación eléctrica con grupos diésel. Hasta 2014 la generación eléctrica a partir de las energías renovables era insignificante, un 0,8%.

 

Antes de la entrada en funcionamiento de la CHE, se estimaba que como máximo podría sustituir el 70% de la energía eléctrica consumida en la isla. Sin embargo, los ingenieros Sergio González y Juan Lorenzo (que han participado tanto en la redacción de su proyecto como en su posterior construcción) estimaban que a causa de la estacionalidad del régimen de vientos en la isla, la generación de la CHE no superaría el 55% de la demanda.[14] De hecho, tras un par de temporadas en funcionamiento, el cuidadoso estudio de Roger Andrews[15] muestra que la CHE está proporcionando el 34’6% de la electricidad que consumen los herreños y herreñas: una tercera parte del consumo… sólo de electricidad, cuyo consumo total, recordemos, supone el 23% del consumo de energía de los isleños. En suma, Gorona del Viento aporta apenas el 8% de la energía usada en el Hierro; el 92% restante sigue siendo energía fósil. No es como para echar las campanas al vuelo, ¿verdad?

 

El coste estimado del proyecto, señala Pedro Prieto (comunicación personal, 19 de julio de 2016), supera los 80 millones de euros; si lo hubiesen tenido que pagar a escote los diez mil herreños y herreñas, tocarían a unos 8.000 euros por cabeza. ¿Esto es mucho o poco –por el 34% de su consumo eléctrico, que una vez hecha la inversión saldría casi gratis durante varios decenios? Depende.

 

Lo que muestra la CHE de Gorona del Viento es –discúlpese el trazo grueso de las tres conclusiones que siguen-: A) Las dificultades para la transición energética hacia la sustentabilidad, en un entorno político y económico hostil, son enormes (cuando lo que haría falta son transformaciones estructurales muy profundas, lo que tenemos son pequeños proyectos piloto… que llegan con retraso y en muchos casos sirven para adormecer o enjalbegar algunas conciencias inquietas, mientras la destrucción causada por el productivismo/ consumismo sigue desplegándose a gran escala). B) Sin reducir drásticamente la movilidad motorizada, no hay manera de que encajen las piezas del rompecabezas de la transición energética (el grueso del consumo energético no eléctrico mueve los motores de nuestros insostenibles sistemas de transporte). C) Las energías renovables no pueden proporcionar el sobreconsumo energético que hoy nos parece “normal”, aunque sí podrían abastecer a una sociedad que hubiese aprendido lo que significan suficiencia y eficiencia en el consumo energético (reduciéndolo a una décima parte aproximadamente del actual).

 

En definitiva, Gorona del Viento es una buena iniciativa (aunque mucho más modesta de lo que la propaganda mediática quiere hacer creer) que llega con tres decenios de retraso. Y para proporcionar a largo plazo la base energética de una sociedad sustentable (en una pequeña isla, en este caso), esta CHE requeriría un marco político –poscapitalista y ecosocialista— y un marco moral –de autocontención— que estamos muy lejos de haber construido. Y que por desgracia queda muy lejos del “sentido común” que hoy por hoy siguen cultivando las mayorías sociales.

 

 

Las transiciones energéticas y el ecosocialismo descalzo

 

Reflexionemos ahora sobre transiciones energéticas en un marco general. Un relato ampliamente compartido sería el siguiente: “Julio Torres Martínez, físico e investigador cubano, dice que nos enfrentamos a la tercera transición energética. La primera se produjo a mediados del siglo XVIII con la sustitución de la leña y el carbón vegetal por hulla o carbón mineral. La segunda fue el cambio del carbón mineral al petróleo y sus derivados, y la tercera significa cambiar progresivamente el petróleo y el gas por ahorro, eficiencia y energías renovables”.[16]

 

Tiene algo de tranquilizador, esta ordenada secuencia de transiciones… Al fin y al cabo, si ya se realizaron dos de estas transiciones en el pasado histórico reciente, ¿por qué no emprender animosamente la tercera? Pero hay algo engañoso en este relato. Pues no ha existido nunca antes una transición energética en el sentido de un proceso prefigurado, planificado y controlado: en ese sentido, la “tercera transición” sería realmente la primera en la historia de la humanidad. Además, lo que se dio en aquellos dos primeros procesos fue en realidad la acumulación de diferentes vectores energéticos y formas de aprovechamiento, no la sustitución de unas formas de aprovechamiento por otras (nunca en la historia humana se quemó tanto carbón como en el segundo decenio del siglo XXI), que es lo que hoy estaría a la orden del día. Por eso puede decir Jean-Baptiste Fressoz que “el concepto de transición es un peligroso espejismo, sin referente histórico”.[17] En el mismo sentido, Manuel Sacristán, en su entrevista de 1983 con la revista mexicana Naturaleza, señalaba que no hemos de olvidar “que un cambio radical de tecnología es un cambio de modo de producción y, por lo tanto, de consumo, es decir, una revolución; y que por primera vez en la historia que conocemos hay que promover ese cambio tecnológico revolucionario consciente e intencionadamente”.[18]

 

Una transición energética hacia sociedades sustentables quiere decir, sin duda, energías renovables (y una descarbonización muy rápida de la economía). Así que la pregunta clave resulta ser: para mantener sociedades complejas ¿qué pueden proporcionarnos las fuentes renovables de energía?

 

 

Si Barry Commoner ya no está a nuestro alcance, tendremos que echar mano de Ivan Illich

 

En años recientes, y en nuestro país, esta cuestión trascendental ha sido objeto de un vivo debate, donde –simplificando- la posición pesimista la sostienen investigadores como Carlos de Castro y Pedro Prieto, y la posición optimista está representada por los trabajos de Antonio Gª Olivares y su equipo.[19]

 

Parte del debate se centra en las diferentes estimaciones que hallamos entre los expertos en dos cuestiones clave: 1) los remanentes de energía fósil que podemos (y deberíamos –teniendo en cuenta la constricción climática) destinar a la transición socioecológica; y 2) las TRE (tasas de retorno energéticas) más realistas que cabe asignar a las fuentes alternativas de energía (eólica, solar fotovoltaica, solar térmica, etc).[20] Dicho de otro modo: ¿es aún viable en el segundo decenio del siglo XXI, ya en tiempos de descenso energético, una sociedad industrial avanzada basada en energías renovables? Bastante gente –sobre todo en el sector de los peakoilers— cree que no:

“La única clase de energías renovables con la que podemos contar a la larga son las que usaban nuestros antepasados, como la leña, los animales de labor y los buques de vela. Quienquiera que hoy decida usar las tecnologías renovables modernas, como paneles solares fotovoltaicos y una bomba de agua preparada para funcionar con tales paneles, tiene que hacer planes para el día en que la tecnología falle. En ese momento, habrá que tomar decisiones duras sobre cómo el grupo vivirá sin tal tecnología.”[21]

 

Gail Tverberg –que ha hecho un trabajo inmenso desde su blog Our Finite World- representa bien esta posición pesimista: sostiene que las energías renovables modernas son sobre todo una extensión de los combustibles fósiles, y que “cuando no tengamos combustibles fósiles tampoco tendremos renovables” (se entiende: renovables high-tech).[22]

 

Atendamos a la posición optimista. En el mejor de los casos ¿qué tipo de transición energética sería viable? Un importante trabajo de Antonio García-Olivares y colaboradores (investigador del CSIC, científico especializado en simulación matemática y dinámica de sistemas) muestra que se puede concebir un mix mundial de fuentes renovables que utilice tecnologías ya probadas y materiales comunes (sorteando los fuertes factores limitantes que encontramos en el plano técnico-material, tales como las reservas mundiales de litio, níquel o neodimio), capaz de generar la energía suficiente para una sociedad industrial sustentable. Pero ello sólo sería posible con una ingente reorientación del esfuerzo inversor (digámoslo claramente: un esfuerzo incompatible con la organización de las prioridades privadas de inversión bajo el capitalismo), y se llegaría a una situación de generación estacionaria de energía (básicamente electricidad), situación incompatible con la continuación del crecimiento socioeconómico exponencial de los últimos decenios.[23] Es decir, la transición energética “buena” requiere algo así como una revolución ecosocialista mundial (o casi) que fuese capaz de constituir en tiempo récord una suerte de Soviet Energético Supremo con control sobre las políticas globales, y ello orientado a edificar una steady-state economy poscapitalista de alta tecnología.

 

Debería resultar claro que las urgencias ecológicas apremian (el tiempo para una transición ordenada se acabó y hoy estamos más bien en tiempo de descuento) y que por desgracia no se dan, ni van a darse, las condiciones políticas y culturales necesarias para ese escenario de transición hacia energías renovables high tech… Lo técnicamente factible (aún quizá, a duras penas) no es viable social y políticamente.[24]

 

Por desgracia, hoy no sería ya el momento de pensar en transiciones (ordenadas y graduales), de acuerdo con el paradigma del desarrollo sostenible… Las alternativas son más bien SOCIALISMO O BARBARIE, REVOLUCIÓN O COLAPSO.[25] Pero esa revolución ecosocialista y ecofeminista no va a realizarse en tiempo y forma. De manera que no necesitamos sólo un “Plan B” (o más bien diversos planes) para transiciones más o menos ordenadas, que son cada vez más improbables; necesitamos como mínimo un “plan C” (muchos planes) que intenten paliar la barbarización social asociada a los colapsos que vemos venir.[26]

 

El tipo de transiciones-mezcladas-con-colapsos que se darán en el mundo real de nuestro siglo XXI –el Siglo de la Gran Prueba- serán algo mucho más modesto que lo que reivindica el ecosocialismo high tech, y por eso tiene sentido, en mi opinión, hablar de ecosocialismo descalzo.[27] Al final –por decirlo con referencias ecologistas de los años setenta del siglo XX-, todo indica que Barry Commoner ya no está a nuestro alcance; el futuro tendrá que parecerse más a Ivan Illich. Si finalmente la Modernidad occidental se revela como un gigantesco experimento histórico fallido –y fallido de la peor forma posible, que pensamos como colapso-, ¿no habrá que revisar el tradicional desprecio occidental por el “tradicionalismo antimodernista” o las “comunidades de tecnología simple”?

 

 

Dos prototipos de aviones high-tech –¿para una movilidad sostenible?

 

Volvamos a razonar sobre casos concretos. En el segundo decenio del siglo XXI, dos iniciativas aeronáuticas de alta tecnología nos permiten visualizar el callejón sin salida donde nos ha metido el sistema dominante.

 

Tenemos, en primer lugar, el avión fotovoltaico Solar Impulse. Una admirable proeza tecnológica en la que se han invertido decenas de millones de dólares, que se nos presenta como la prueba viva de que las energías renovables están ahí listas para tomar el relevo… si no fuera porque es un planeador incapaz de mover demasiado peso y que vuela a 70 km. por hora.[28] Sólo tiene capacidad para una persona –el piloto- dentro de su estructura de fibra de carbono. Por más que fantaseemos con ello, no habrá aviones solares que puedan hacer el trabajo que realiza la aviación comercial y militar basada en combustibles fósiles. Las renovables no pueden darnos el mundo de potencia, velocidad y destructividad del capitalismo basado en combustibles fósiles. Las energías renovables pueden proporcionarnos lo suficiente -pero no el sobreconsumo energético que hoy parece “normal”.[29]

 

 

En segundo lugar, tenemos el avión supersónico que está desarrollando la compañía Boom Technology[30] en colaboración con Virgin Galactic, una empresa subsidiaria de Virgin Group, del famoso empresario Richard Branson. Se trata de un avión que se supone volará a 2’2 veces la velocidad del sonido, a más de 2.400 kilómetros por hora (es decir, 34 veces más rápido que el Solar Impulse) y que podría así cruzar el Atlántico en menos de cuatro horas.[31] Boom Technology ha anunciado que podría tener un prototipo real del avión a finales de 2017. Se trataría, en este caso, de extremar la apuesta fáustica de los combustibles fósiles, ofreciendo servicios extraordinarios para el 1% de la elite global[32] –aunque sea a costa de devastar el mundo en el intento.

 

 

Ninguno de estos dos prototipos tiene nada que ver con la movilidad sostenible. El ecosocialismo descalzo que podemos propugnar para el Siglo de la Gran Prueba nos indica que movilidad sostenible es, en primer lugar, menos movilidad. “Todos queremos más”, enseña una canción de la que se han hecho múltiples versiones (hay una, por ejemplo, de Peret). El gran desafío es vencer esa conventional wisdom y ser capaces de afirmar: lo suficiente basta.

 

El “Maximum Power Principle” intuido por diversos biólogos desde tiempos de Lotka fue enunciado por Howard T. Odum en estos términos: “Durante la auto-organización, se desarrollan y prevalecen diseños de sistemas que maximizan el consumo de energía y su transformación, así como aquellos usos que refuerzan la producción y la eficiencia”[33]… Viene a ser el “todos queremos más” elevado a rango de conjetura científica de alto nivel. ¿De verdad los seres racionales que se supone somos van a ser incapaces de limitar el Maximum Power Principle con medidas de autocontención?

 

Aquí vale la pena observar que power tiene en realidad un triple sentido: en castellano significa energía, pero también poder como dominación, y poder como capacidad.[34] Desde el tercero de los sentidos de power (digamos, un desarrollo armónico de las capacidades humanas) ¿no podríamos poner límites a los dos primeros (el aumento constante del uso de energía y de la dominación)? Sostener lo contrario equivale a afirmar la desesperante doctrina que en otro lugar he llamado fatalismo de la placa de Petri.[35] El brillante neocórtex humano, y las portentosas capacidades cooperativas de la especie, no servirían de nada: nuestro comportamiento colectivo sería idéntico al de una colonia de bacterias en una placa de Petri, que se multiplican ciegamente hasta consumir todos los recursos disponibles para después perecer.[36]

 

¿Sería capaz un ecosocialismo descalzo, en los tiempos turbulentos que vienen, de enlazar con lo mejor del movimiento de tecnologías intermedias de los años setenta del siglo XX[37] -y más aún, con aquella politécnica artesanal (tardomedieval y tempranomoderna) que nos enseñaron a apreciar William Morris y Lewis Mumford?[38] Fue este último quien escribió:

“Es un error creer que la motivación que subyace al sistema [la megamáquina capitalista] es imposible de desafiar porque representa una fuerza cósmica que no puede ser ni contrariada ni controlada. ¿Qué ley de la naturaleza ha decidido que el incremento en el consumo de energía es la ley de la existencia orgánica? La respuesta es: esa ley no existe. En las interacciones complejas que hicieron posible la vida en la Tierra, la energía en todas sus formas es, por supuesto, un componente indispensable, pero no es el único factor. Los organismos casi pueden definirse como múltiples invenciones para regular la energía, invertir la tendencia de ésta a la disipación y conservarla dentro unos límites favorables a las propias necesidades e intereses.”[39]

 

El dogma del fatalismo es una profecía que se autocumple. Si estamos de verdad convencidos de que no podemos obrar en conjunto más que como bacterias, acabaremos, en efecto, actuando bacterianamente. Junto al Maximum Power Principle debemos situar el principio biológico no menos fundamental de la homeostasis –y sobre todo la capacidad humana de autoconstrucción cultural, que es el verdadero rasgo determinante de la especie.

 

 

Catamaranes de verdad sustentables

 

Si ni Solar Impulse ni el avión supersónico de Boom Technology sirven, ¿qué podemos presentar como un ejemplo de movilidad que sí sea sustentable –durable en el tiempo, y generalizable? Pongamos por caso los catamaranes Vaka Moana. Se trata de un tipo de navío tradicional en varias áreas del Pacífico, igualmente apto para el transporte de personas que de mercancías, tanto en navegación de cabotaje como en alta mar. Prácticamente había desaparecido hasta que la fundación Okeanos –iniciada en 2005 por Hannah y Dieter Paulmann- recuperó la idea e hizo construir siete de estos catamaranes a la manera tradicional, modernizándolos sólo con un pequeño motor solar para momentos en que los vientos dejasen de empujar las velas. La flotilla de los siete catamaranes, cada uno de 22 metros de eslora –bautizada como The Pacific Voyagers-, navegó en 2011 desde Aotearoa (donde habían sido construidos) hasta Hawai y de allí a San Francisco, mostrando sus estupendas cualidades marineras.[40]

 

 

El lema comercial de la sociedad de la mercancía es NO LIMITS. El primer mandamiento de una sociedad que quiera tener futuro en el tercer planeta del Sistema Solar es asumir límites.

 

¿Se considerará de mal gusto recordar que el prototipo de nave espacial de Virgin Galactic se estrelló en el desierto de Mojave el 31 de octubre de 2014?

 

 

 

Déjame creer lo que quiera

 

“Déjame creer lo que quiera, incluso que las arañas bajarán a tierra por un hilo nuevo”, le dice Colombina a Pierrot en un hermoso texto de Joan Brossa.[41] “Dime que me quieres aunque sea mentira”, le pedía Sterling Hayden a Joan Crawford en aquella gran película que es Johnny Guitar… “El hombre no puede soportar demasiada realidad”, reza el conocido verso de los Cuatro cuartetos de Eliot (quien parece responder a la intimación de Nietzsche: ¿cuánta verdad es capaz de soportar el ser humano?).

 

Hay en alemán una expresión interesante: Lebenslüge, mentira existencial. Literalmente se traduciría por “mentira vital”: una clase de autoengaño que necesitamos para seguir adelante, para sobrellevar una existencia que si no se haría insoportable. (El concepto, parece, fue acuñado por Ibsen a finales del siglo XIX: “Quítele a una persona su mentira existencial, y con ello la privará al mismo tiempo de su felicidad”, escribía el dramaturgo noruego en su otra teatral de 1884 El pato silvestre). “Sin la ficción, sin el autoengaño, nuestra vida sería peor de lo que es ahora”, postula con rotundidad el profesor de estética Fernando Castro Flórez.[42] Pero ¿bajo qué condiciones una “mentira vital” se convierte en mentira mortal?

 

Puede que el positive thinking, como sostienen los gurús de la autoayuda, alargue nuestra vida y nos ayude a lograr nuestras metas; pero también infantiliza a nuestras sociedades hasta tal punto que hace difícil la continuidad de la vida civilizada en el planeta Tierra. Una cosa es impedir que la verdad nos agríe el carácter, y otra distinta autoengañarnos, ¿verdad? Lo segundo no es condición necesaria para lo primero.

 

La Lebenslüge de nuestras sociedades es que podrán continuar su senda de expansión industrial sin trabas. Ahora bien, en el Siglo de la Gran Prueba que es el nuestro, ¿cabrá contar con un abastecimiento creciente de energía y un clima estable? Las expectativas de progreso social y crecimiento económico que hoy prevalecen dan por sentado que sí; pero un análisis realista y racional de nuestra situación –dónde estamos en el segundo decenio del siglo XXI- indica que no. Las expectativas que prevalecen indican, por ejemplo, que sobrará petróleo por todas partes cuando se generalice el coche eléctrico;[43] una reflexión mejor informada sabe que más bien deberíamos estar preguntándonos si, en diversos ámbitos, no estaremos regresando a la tracción animal más pronto que tarde. Nos prometen el internet de las cosas, la producción robotizada y la digitalización total… pero en el mejor de los casos tendremos quizá una buena Edad Media.[44]

 

Por favor, ¡no seamos tan crédulos! La cuestión no estriba en ser optimistas o pesimistas: se trata, antes que nada, de analizar la realidad sin hacernos trampas en el solitario. La cultura dominante se ha situado –y nos ha situado a todas y a todos- fuera de la realidad. Basta con reflexionar un rato sobre clima y energía para darse cuenta de ello… Nuestras sociedades petrodependientes y biocidas no deberían reprimir esta reflexión, a comienzos del Siglo de la Gran Prueba.

 

 

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[1] Ha sido el economista ecológico Herman E. Daly quien más lúcidamente ha argumentado que ya no nos encontramos en una “economía del mundo vacío”, sino en un “mundo lleno” o saturado en términos ecológicos (porque los sistemas socioeconómicos humanos han crecido demasiado en relación con la biosfera que los contiene): Véase Daly y y John B. Cobb, Para el bien común, FCE, México 1993, p. 218. También Daly, “De la economía del mundo vacío a la economía del mundo lleno”, en Robert Goodland, Herman Daly, Salah El Serafy y Bernd von Droste: Medio ambiente y desarrollo sostenible; más allá del Informe Brundtland, Trotta, Madrid 1997, p. 37-50.

[2] A mediados del siglo XX -hacia1950- habría tenido lugar, según Will Steffen, la transición efectiva del Holoceno al Antropoceno en forma de Gran Aceleración. El Holoceno es el periodo de la historia geológica del planeta Tierra, dentro del Cuaternario, en el que nos hallamos desde hace algo más de diez mil años. “La segunda mitad del siglo XX es única en toda la historia de la existencia humana en la Tierra. Muchas actividades humanas llegaron a puntos de despegue en algún momento del siglo XX y se han acelerado bruscamente hacia el final del siglo. Los últimos cincuenta años del siglo XX [y lo que llevamos del siglo XXI, J.R.] han visto sin duda la más rápida transformación de la relación humana con el mundo natural de toda la historia de la humanidad” (Will Steffen, Wendy Broadgate, Lisa Deutsch, Owen Gaffney y Cornelia Ludwig: “The trajectory of the Anthropocene: The Great Acceleration”, The Anthropocene Review vol. 2 num. 1, abril de 2015; http://anr.sagepub.com/content/early/2015/01/08/2053019614564785.abstract , http://anr.sagepub.com/content/2/1/81 ).

Una posible fecha de inicio específica del Antropoceno sería el 16 de julio de 1945, cuando la primera bomba atómica fue detonada en el desierto de Nuevo México: “Los isótopos radiactivos de esta detonación se emitieron a la atmósfera y se extendieron por todo el mundo para proporcionar una señal única del inicio de la ‘Gran Aceleración’, una señal que es inequívocamente atribuible a las actividades humanas”, dice este importante estudio.

“Es difícil sobreestimar la magnitud y la velocidad del cambio. En una sola vida la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica a escala planetaria”, señala el autor principal, Will Steffen, de la Universidad Nacional de Australia y el Centro de Resiliencia de Estocolmo. Los investigadores e investigadoras han trazado gráficos de la actividad humana desde el comienzo de la Revolución Industrial (hacia 1750) al año 2010, así como de los cambios en el sistema de la Tierra en este período: los niveles de gases de efecto invernadero, la acidificación de los océanos, la desforestación, el deterioro de la biodiversidad… Doce indicadores muestran la actividad humana, entre ellos el crecimiento económico (PIB), la población, el uso de energía, las telecomunicaciones, el transporte y el uso del agua. Otros doce, los cambios ambientales: en el ciclo del carbono, el ciclo del nitrógeno, la biodiversidad… “La primera vez que agregamos estos datos, esperábamos ver grandes cambios, pero lo que nos sorprendió fue el tiempo. Casi todas las gráficas muestran el mismo patrón. Los cambios más dramáticos han ocurrido a partir de 1950. Fue el inicio de la ‘Gran Aceleración’,” dice Steffen (Judith de Jorge, “Y la humanidad dio la «Gran Aceleración»”, ABC, 15 de enero de 2015; http://www.abc.es/ciencia/20150115/abci-humanidad-gran-aceleracion-201501151521.html ).

Sintetiza Mateo Aguado: “La Gran Aceleración es como se conoce al fenómeno de rápidas transformaciones socioeconómicas y biofísicas que se inició a partir de mediados del siglo XX como consecuencia del enorme desarrollo tecnológico [y económico] acontecido tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Según sus defensores (Crutzen y Stoermer, 2000; Steffen et al., 2011, 2015), este fenómeno, junto a la posterior globalización económica, habría sumido al planeta Tierra en un nuevo estado de cambios drásticos inequívocamente atribuible a las actividades humanas. Así, el enorme crecimiento del sistema económico-financiero mundial, junto al desarrollo tecnológico y al proceso de globalización, habrían posibilitado un acoplamiento a escala planetaria entre el sistema socioeconómico y el sistema biofísico de la Tierra que representaría el comienzo de la era de los humanos” (Mateo Aguado: Vivir bien en un planeta finito. Una mirada socio-ecológica al concepto de bienestar humano, tesis doctoral defendido en el Departamento de Ecología, Universidad Autónoma de Madrid, 17 de marzo de 2016, p. 17).

Señala con acierto Josep Xercavins que es mejor hablar de Gran Aceleración que usar el eufemismo Cambio Global: “la exponencialidad tan manifiesta de todas (¡todas!) las tendencias presentadas, actualizadas y analizadas [muestra] que todos nuestros sistemas: sociales, económicos, ambientales, etc. están claramente acelerándose -evolucionan con el tiempo de forma exponencial: con una gran aceleración- y están, por lo tanto, fuera -totalmente fuera- de toda tendencia lineal mínimamente estabilizadora, mínimamente cercana a futuras situaciones estacionarias” (“La Gran Aceleración… ¿hacia el Gran Colapso?”, Other News en español, 11 de febrero de 2015; http://www.other-news.info/noticias/2015/02/la-gran-aceleracion-hacia-el-gran-colapso/ ).

[3] El término fue formulado en 2000 por el químico holandés Paul J. Crutzen (junto a Eugene Stoermer), ganador en 1995 del Premio Nobel de su especialidad por sus aportaciones a la química del ozono en la atmósfera terrestre. Véase Paul J. Crutzen y Eugene F. Stoermer, “The Anthropocene”, Global Change Newsletter 41, mayo de 2000; así como W. Steffen y otros, “The Anthropocene: from global change to planetary stewardship”, AMBIO vol. 40, 2011, p. 739-761. Una síntesis de datos y análisis en Ramón Fernández Durán: El Antropoceno: la expansión del capitalismo global choca contra la biosfera, Ed. Virus, Barcelona 2011. (Puede descargarse una versión anterior del libro en http://www.rebelion.org/docs/104656.pdf). Reflexión de fondo en Clive Hamilton (ed.), The Anthropocene and the Global Environmental Crisis. Rethinking modernity in a new epoch, Routledge 2015.

¿Cuándo habría comenzado esta era, marcada por las transformaciones globales antropogénicas que estamos causando en la biosfera, y que seguiría al Holoceno? Una propuesta es considerar la fecha de la detonación de la primera bomba atómica, en el desierto de Nuevo México el 16 de julio de 1945, como principio del Antropoceno. Los elementos radiactivos depositados en los sedimentos a raíz de aquella y sucesivas explosiones (una cada 9’6 días hasta 1988) tienen un origen inequívocamente humano, como lo tienen los plásticos que se depositan en los fondos marinos. Véase al respecto J. Zalasiewicz y otros, “When did the Anthropocene begin? A mid-twentieth century boundary level is stratigraphically optimal”, Quaternary International (2014), http://dx.doi.org/10.1016/j.quaint.2014.11.045 . Una síntesis de este studio en Malen Ruiz de Elvira, “La bomba atómica marca una nueva era geológica”, Público, 27 de enero de 2015 (http://www.publico.es/ciencias/bomba-atomica-marca-nueva-geologica.html ).

Hoy las pruebas se amontonan: extinción de flora y fauna, micropartículas de plástico y aluminio en sedimentos oceánicos, depósitos masivos de nitrógeno y fósforo de uso agrícola que alteran los ciclos químicos básicos, los indicios radiactivos de las detonaciones de bombas nucleares desde 1945 hasta el final de las pruebas atómicas de superficie en los años sesenta y, por supuesto, el dióxido de carbono. En los años cincuenta, el CO2 en la atmósfera se medía en 315 partes por millón (ppm), superando las 280 ppm, la media aproximada a lo largo de los últimos 5.000 años. En 2016 llegó a las 400 ppm y sigue creciendo. En definitiva, los geólogos tienen razones fundadas para fechar el Antropoceno alrededor de 1945. Véase Colin N. Waters y otros, “The Anthropocene is functionally and stratigraphically disctinct from the Holocene”, Science vol. 351 num. 6269, 8 de enero de 2016; DOI 10.1126/science.aad2622; http://science.sciencemag.org/content/351/6269/aad2622

[4] Robert Goodland, “La tesis de que el mundo está en sus límites”, en Robert Goodland Herman Daly, Salah El Serafy y Bernd von Droste: Medio ambiente y desarrollo sostenible; más allá del Informe Brundtland, Trotta, Madrid 1997, p. 19.

[5] Una sugerente actualización de las ideas de los años setenta sobre tecnologías “blandas” o de alcance intermedio en el blog http://www.lowtechmagazine.com/ (versión española en http://www.es.lowtechmagazine.com/ ).

[6] Por analogía con la propuesta de economía descalza de Manfred Max-Neef.

[7] Por eso, si uno desea a toda costa mantener una sociedad capitalista tecnológicamente avanzada, acaba abogando por la energía nuclear… Incluso alguien como James Hansen escribe: “La mayoría de los expertos en energía están de acuerdo en que las renovables no serán una fuente suficiente de energía eléctrica en el futuro previsible. También hay un consenso amplio en que ahora tenemos sólo dos opciones para un suministro eléctrico de base a gran escala y con pocas emisiones carbómicas: el carbón con captura y almacenamiento de carbono, y la fisión nuclear” (James Hansen, Storms of my grandchildren, Bloomsbury, Nueva York 2009, p. 193). Lástima que la primera opción sea una promesa ingenieril no materializada (y con escasas perspectivas de materializarse) y la segunda sea una irresponsabilidad total, precisamente en tiempos de calentamiento global…

La energía nuclear requiere precisamente las condiciones de control, predecibilidad y estabilidad a larguísimo plazo (milenios) que no se han dado a lo largo de la historia humana y que sobre todo no van a darse en los escenarios que tenemos ante nosotros, marcados por el descenso energético, la escasez de alimentos y materiales básicos, las migraciones masivas, la insostenibilidad urbana, los conflictos geopolíticos y la creciente violencia. Cuando el colapso de las sociedades industriales se convierte en un futuro cada vez más probable, ¿construir centrales nucleares? Nada sería más irresponsable.

[8] “La principal ausencia en el discurso socialdemócrata de Vicenç Navarro para salir de la crisis, recuperando las bases de la democracia y con políticas redistributivas, es la carencia de referencias a la cuestión de los límites de la acción humana sobre el planeta. Para redistribuir hay que crecer y la inversión pública debe ser el motor. Su receta es el New Deal 80 años después. Pero hace 80 años disponíamos de energía barata en abundancia y no se apreciaban significativos impactos en el planeta. El debate de sobre los límites del planeta se inició en los años setenta, hace más de cuarenta años. Y me remito a los datos cuantitativos sobre impacto del hombre en el cambio climático, con niveles de CO2 en la atmósfera: hemos pasado de 280 antes de 1800 a 402 p.p.m. de CO2 en la atmósfera, el doble de las que provocaron la última glaciación. ¿Cómo crecer el P.I.B. decreciendo los niveles de CO2 en la atmósfera? Esa es una pregunta ausente en el discurso del profesor Navarro. La huella ecológica global es hoy 1.5 veces la capacidad bioproductiva del planeta. La de España, de generalizarse, nos llevaría a necesitar tres planetas. Pero no tenemos Planeta B, ni C. ¿Cómo generar empleo en España reduciendo nuestra huella ecológica?” Esteban de Manuel Jerez, “No tenemos un Planeta B, sí tenemos un Plan B”, entrada del 5 de junio de 2016 en su blog Letras emergentes; https://estebandemanueljerez.wordpress.com/2016/06/05/no-tenemos-un-planeta-b-si-tenemos-un-plan-b/#more-1140

[9] “El Plan B existe y está en el debate desde hace décadas: el Green New Deal como estrategia para cambiar el modelo productivo hacia una economía en equilibrio con la naturaleza y orientada al bien común. Ayer día 4 celebramos el quinto aniversario de la constitución de Equo que en estos años ha logrado constituirse en el referente de la ecología política en España”, ibid.

[10] El congreso del SPD en Bad Godesberg se celebró en noviembre de 1959. A pesar de lo cual, ¡ahí seguimos! En su encuentro con empresarios españoles en el Hotel Ritz, en junio de 2016, Pablo Iglesias “ha desgranado su habitual discurso: la defensa de una salida neokeynesiana a la crisis. El líder de Podemos se ha reivindicado, como ya hiciera ante los empresarios catalanes en Sitges, como la nueva socialdemocracia” (Aitor Riveiro: “Pablo Iglesias: si hay una palabra que defina nuestra candidatura es patriótica”, eldiario.es, 6 de junio de 2016; http://www.eldiario.es/politica/Pablo-Iglesias-Ritz-candidatura-patriotica_0_523897662.html ).

[11] Sin perder de vista, y éste es un enorme asunto que no cabe tratar ahora, que ¡la escasez de petróleo no tiene por qué significar escasez de vida buena!

[12] Pedro Murillo, “El Hierro prescinde del petróleo”, El País, 28 de junio de 2014.

[13] Teguayco Pinto, “La isla de El Hierro, un paraíso sostenible”, eldiario.es, 11 de julio de 2016; http://www.eldiario.es/sociedad/sostenibilidad-El_Hierro-renovables_0_536847005.html

[14] Sergio González y Juan Lorenzo: “Central hidroeólica de el hierro: una visión crítica”, http://www.sanborondon.info/content/view/62214/1/

Sergio González Martín es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Jefe de Infraestructuras de Gorona del Viento (2009-2013). Juan Lorenzo Falcón Domínguez es ingeniero Industrial. Jefe de Explotación de Gorona del Viento (2008-2012).

[15] Roger Andrews, “El Hierro completes a year of full operation”, Energy Matters, 11 de julio de 2016; http://euanmearns.com/el-hierro-completes-a-year-of-full-operation/

[16] Leire Urkidi en la “Introducción” a Transiciones energéticas, libro del grupo de investigación Ekopol (de Iñaki Bárcena y otros investigadores/as) que se publica en 2015. Se dio a conocer en el curso “Transición energética en Euskal Herria: Sostenibilidad y Democracia Energética”, Bilbao, 22 al 23 de junio de 2015.

[17] Jean-Baptiste Fressoz, “Pour une histoire désorientée de l’énergie”, Entropia. Revue d’étude théorique et politique de la décroissance 15, otoño de 2013.

[18] Manuel Sacristán, De la Primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón (edición de Francisco Fernández Buey y Salvador López Arnal), Los Libros de la Catarata, Madrid 2004, p. 188.

[19] Tendremos más elementos de juicio para este debate trascendental a medida que se desarrolle MEDEAS (acrónimo de “Modelizando la transición energética renovable en Europea” en inglés), un proyecto europeo coordinado por Jordi Solé y financiado en el marco del esquema Horizonte 2020 de financiación de la investigación europea. En él van a trabajar codo con codo investigadores españoles “optimistas” como Gª Olivares y “pesimistas” como Carlos de Castro, junto con científicos de varios países más. Véase Antonio Turiel, “Arranca el proyecto MEDEAS”, blog The Oil Crash, 16 de febrero de 2016; http://crashoil.blogspot.com.es/2016/02/arranca-el-proyecto-medeas.html

[20] Para esta controversia véase también el intercambio entre David Schwartzman, Pedro Prieto y Carlos de Castro, en septiembre de 2015, que he recogido en mi blog Tratar de comprender, tratar de ayudar: http://tratarde.org/un-horizonte-de-comunismo-solar-articulo-de-david-schwartzman-y-quincy-saul-pensando-en-venezuela-actualizacion/

[21] Gail Tverberg, “Deflationary collapse ahead?”, en su blog Our Finite World, 26 de agosto de 2015; http://ourfiniteworld.com/2015/08/26/deflationary-collapse-ahead/

[22] Gail Tverberg en el documental de la UNED “Desmontando la energía. Cap.3: Las ilusiones renovables”, publicado el 8 de julio de 2016 en https://www.youtube.com/watch?v=Rd2Vhw31iL8 , minutos 17 y ss.

[23] Antonio Garcıa-Olivares, Joaquim Ballabrera-Poy, Emili García-Ladona y AntonioTuriel: “A global renewable mix with proven technologies and common materials”, Energy Policy 41 (2012), p. 561–574.

[24] El más decisivo stress test para la izquierda occidental en muchos decenios tuvo lugar en 2007-2010, y su resultado fue terrible: evidenció que prácticamente no hay izquierda en Occidente (vale decir, fuerzas organizadas que luchen por la igualdad y la emancipación humana). Cuando se tambaleaban los cimientos de la fatídica dominación que ha impuesto el capital financiero sobre el conjunto de la sociedad en los pasados cuatro decenios de creciente hegemonía neoliberal, cuando hubiera sido el momento –kairós- para emprender una decidida corrección de rumbo, comenzando por una regulación drástica de la banca privada y el desarrollo de una potente banca pública, ¡nada de eso tuvo lugar! Tras ese momento de desnudez y revelación, sabemos que no podemos esperar, a corto plazo, que una izquierda renovada consiga imponer políticas favorables al bien común. Antes al contrario: son las fuerzas de ultraderecha las que se robustecen por toda Europa y EEUU en la “salida de la crisis”…

[25] Sobre todas estas cuestiones he discurrido en Jorge Riechmann, Autoconstrucción, Catarata, Madrid 2015, especialmente el cap. 1.

[26] Sobre colapsos ecológico-sociales véase: Joseph Tainter, The Collapse of Complex Societies, Cambridge, Cambridge University Press 1988. Jared Diamond, Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Debate, Barcelona 2006. Peter Turchin y Surgey Nefedov, Secular Cycles, Princeton University Press 2009. Ugo Bardi, Los límites del crecimiento retomados, Catarata, Madrid 2014. Ferran Puig Vilar, ¿Hasta qué punto es inminente el colapso de la civilización actual?, libro publicado en varias entregas en su blog “Usted no se lo cree” durante las navidades de 2014-2015 (entre el 23 de diciembre y el 17 de enero), https://ustednoselocree.com/background-climatico/otros/hasta-que-punto-es-inminente-el-colapso-de-la-civilizacion-actual-indice-tentativo/ . Y Carlos Taibo, Colapso, Catarata, Madrid 2016.

[27] Un buen arranque para pensar en esa dirección: Jérôme Baschet, Adiós al capitalismo, NED, Barcelona 2015.

[28] El Solar Impulse es un avión alimentado únicamente mediante energía solar fotovoltaica, tanto de día como de noche. Puede volar durante el día propulsado por las células solares que cubren sus alas, a la vez que carga las baterías que le permiten mantenerse en el aire durante la noche, lo que le proporciona gran autonomía. En 2015-2015 está dando la vuelta al mundo; por ejemplo, el 23 de junio de 2016 aterrizó en Sevilla procedente de Nueva York, tras un vuelo sobre el Atlántico de 71 horas y 8 minutos. Véase http://www.solarimpulse.com/

[29] Véase la reflexión de Richard Heinberg: http://www.resilience.org/stories/2015-06-05/renewable-energy-will-not-support-economic-growth

[30] http://boom.aero/

[31] Esta velocidad supondría ir 2’6 veces más rápido que una aerolínea actual estándar y recorrer así la distancia entre San Francisco y Tokio en cinco horas, en vez de las 11 habituales.

[32] Se supone que el billete aéreo costaría 5.000 dólares. En palabras de Blake Scholl, el fundador y director del proyecto: “Estamos hablando del primer avión supersónico en el que la gente puede permitirse volar”. ¿Qué gente? Scholl definía este precio como “prácticamente el mismo” que el coste de viajar en clase business. Este nuevo avión tendría solo cuarenta asientos, separados en dos filas, con el objetivo de que cada pasajero tenga vista directa “de la curvatura de la Tierra”.

[33] “During self-organization, system designs develop and prevail that maximize power intake, energy transformation, and those uses that reinforce production and efficiency”, leemos en la Wikipedia (https://en.wikipedia.org/wiki/Maximum_power_principle ). Desde la biología evolucionista se ha sugerido también una importante Constructal Law (https://en.wikipedia.org/wiki/Constructal_law ).

[34] Spinoza en su Tractatus politicus (1677) establece la importante diferencia entre las palabras latinas potentia y potestas. Potentia significa el poder de las cosas en la naturaleza, incluidas las personas, “de existir y actuar”. Potestas se utiliza en cambio cuando se habla de un ser en poder de otro. (En alemán, la pareja de conceptos Macht/ Herrschaft capta la distinción: se ve bien en Max Weber.) Tenemos entonces potentia como “poder para”, poder en cuanto capacidad. Y potestas en cuanto “poder sobre otros”, poder en cuanto dominación. El primero es más originario que el segundo.

[35] Jorge Riechmann, “Construirnos como seres humanos”, parágrafo dentro del capítulo final (titulado “Tiempo de resistencia”) de Ética extramuros (egunda edición revisada y actualizada de Interdependientes y ecodependientes), Ediciones UAM, Madrid 2016.

[36] ¿Nos comportaremos con respecto a los hidrocarburos fósiles –y otros recursos minerales y bióticos— como la colonia de bacterias sobre la placa de Petri? ¿Agotar todos los recursos mientras uno puede seguir creciendo exponencialmente, y luego perecer –ésa será la trayectoria de la “civilización”? ¿Nuestra inteligencia colectiva no superará a la de la colonia bacteriana? Esta “visión de la placa de Petri” está bien expuesta por Gail Tverberg, una experta estadounidense en peak oil: “Los seres humanos no están haciendo nada ‘malo’ [al sobreexplotar los recursos, en especial la energía exosomática]. Los seres humanos están reaccionando guiados por el mismo instinto que todas las especies tienen, a saber: hacer uso de la energía disponible para permitir que un mayor número de miembros de la especie viva hasta la madurez. El crecimiento demográfico se detiene cuando una especie topa contra un límite de alguna clase –falta de alimento porque la especie consume demasiado de su posible suministro de alimento; demasiada contaminación; epidemias (relacionadas con el hacinamiento y la mala alimentación); o límites asociados con la recolección de energía exosomática. Los individuos pueden cambiar sus acciones personales, pero sus instintos innatos (built-in instincts) tienden a orientar la dirección de las civilizaciones en su conjunto. Así, la población tiende a crecer hasta que se alcancen cuellos de botella” (Gail Tverberg, “Converging energy crisis –and how our current situation differs from the past”, en su blog Our Finite World, 29 de mayo de 2014. Puede consultarse en http://ourfiniteworld.com/2014/05/29/converging-energy-crises-and-how-our-current-situation-differs-from-the-past ).

Y también, en otro texto: “Si nuestra civilización colapsa con regresión a un nivel inferior [p. ej. una sociedad agraria de técnicas simples], pero no hasta el comienzo de la partida [vale decir, los cazadores-recolectores de hace cien mil de años, o más bien los homínidos de hace más de un millón de años, aún desconocedores del control del fuego], parece probable que los seres humanos volverán a repetir las pautas históricas que ya han experimentado, una y otra vez. Volverá a crecer la población y el uso de recursos naturales, si tales recursos están disponibles. Esa pauta parece ser un instinto común para todas las especies, por lo que resulta prácticamente imposible eliminarlo.” (Gail Tverberg, “Is a steady-state economy posible?”, en Economy Watch. 22 de mayo de 2013. Puede consultarse en http://www.economywatch.com/economy-business-and-finance-news/is-a-steady-state-economy-possible-gail-tverberg.22-05.html )

Bueno, ya ven ustedes: hablamos de instintos innatos pero no de acumulación de capital… ¡Como si los mercados de futuros de cereales negociados en la Bolsa de Chicago fuesen igual de naturales que el amamantamiento o la construcción de nidos! Realmente, uno echa en falta algo más de análisis inteligente (sociológico y no sólo biológico) en personas tan inteligentes como la señora Tverberg…

[37] Ya antes llamé la atención sobre la actualización de las ideas de los años setenta sobre tecnologías “blandas” o de alcance intermedio en el blog http://www.lowtechmagazine.com/ (versión española en http://www.es.lowtechmagazine.com/ ).

[38] Véase el capítulo 6 (“La tradición politécnica”) de Lewis Mumford, El pentágono del poder (vol. 2 de El mito de la máquina), Pepitas de Calabaza, Logroño 2011.

[39] Mumford, El pentágono del poder, op. cit., p. 654.

[40] Véase la web http://pacificvoyagers.org/vaka-moana/

[41] Joan Brossa, “Fragmentos de una pantomima con palabras”, Añafil 2, Huerga & Fierro, Madrid 1995, p. 12.

[42] Intervención desde un tribunal de Trabajos de Fin de Grado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UAM, 2 de junio de 2016.

[43] Véase por ejemplo Juan Ignacio Crespo, “El mundo al revés”, El País, 4 de junio de 2016.

[44] José David Sacristán de Lama, La próxima Edad Media, Edicions Bellaterra, Barcelona 2008.