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tratar de comprender, tratar de ayudar
blog de Jorge Riechmann
Nuestras sociedades siguen sin reaccionar mientras se va construyendo la infraestructura de la distopía “interconectada por un sistema nervioso de satélites capaz de controlar cada metro de suelo, de hablar con cualquier dispositivo encendido y de observar los movimientos de los 9.700 millones de personas que habitarán la tierra dentro de cinco años, y procesar la información de manera selectiva, ejecutiva y potencialmente letal” (Marta Peirano sobre la SpaceX de Elon Musk).[1]
Escribió Novalis en uno de los fragmentos de la Enciclopedia que los seres humanos somos “el sentido superior de nuestro planeta, el ojo que éste eleva al cielo” (porque estamos “simultáneamente dentro de la naturaleza y fuera de ella”). La imagen del humano como ojo del planeta Tierra se nos ha vuelto siniestra con el giro tecnofascista que la noosfera está experimentando de la mano de gente como Elon Musk.
[1] Marta Peirano, “El megalodón de Musk”, El País, 8 de junio de 2026; https://elpais.com/opinion/2026-06-08/el-megalodon-de-musk.html
📅 Jueves 2 de julio
🕐 19:30 h
📍 La Pantera Rosa, C/ San Vicente de Paúl, 28. Zaragoza
La crisis climática es el elefante en la habitación. La gravedad de la situación, denunciada desde la ciencia y cada vez más evidente en nuestro día a día, contrasta con el poco espacio que ocupa en portadas y conversaciones.
Quienes se atreven a señalar la inacción de nuestros representantes son castigadas con cuantiosas multas o incluso la cárcel. Amnistía Internacional y la ONU han expresado su preocupación por esta deriva judicial que busca silenciar al activismo.
«Matar al mensajero» es una charla sobre la criminalización de la protesta ecologista y climática para denunciar el desplazamiento por el que la respuesta institucional a la emergencia climática pasa a centrarse en perseguir a quienes la señalan.
Para hablar de ello contaremos con Marina Gros, Jorge Riechmann y Carlos Buj.
Noruega, en vez de ayudar a descarbonizar, quiere ampliar su condición de petroestado explotando el Ártico. Y hay quien se sorprende en estos términos: “La política energética noruega encierra una enorme paradoja. Verde, muy verde de puertas adentro, ha conseguido la mayor electrificación del parque móvil del mundo: nueve de cada diez coches que se venden hoy en el país se mueven con batería y no emiten ni un solo gramo de dióxido de carbono en su uso. De puertas afuera, sin embargo, sigue siendo una economía tremendamente fósil: más del 90% de sus exportaciones son de gas natural y petróleo. Una cifra que, lejos de bajar, ha crecido con fuerza por las subidas de precios provocadas por las guerras de Ucrania e Irán…”[1] Pero no hay paradoja ni contradicción ninguna, si no cerramos los ojos ante la evidencia de que las renovables de alta tecnología son dependientes de los combustibles fósiles, y que es imposible descarbonizar de verdad sin reducir drásticamente nuestro uso de energía.
[1] “Noruega quiere que la UE avale la extracción de crudo del Ártico”, El País, 8 de junio de 2026; https://elpais.com/internacional/2026-06-08/noruega-presiona-a-la-ue-para-que-avale-la-extraccion-de-petroleo-del-artico.html
Ello tendrá lugar en la Sala de Juntas del edificio A de las Facultades de Filología y Filosofía de la UCM, a las 10 h.
Aquí el índice del extenso e intenso trabajo de Ariadna (por el que quedo muy agradecido):
Lo que propone la ultraderecha en auge (De la Espriella en Colombia, generalizable a Vox en España) para sus adversarios políticos es literalmente destriparlos. “Sepan ustedes, señores de la izquierda, que en mí tendrán siempre un enemigo acérrimo, que hará todo lo que esté a su alcance para destriparlos…”[1]
Humano, demasiado humano; sin olvidar nunca que inhumano, demasiado inhumano.
[1] Abelardo de la Espriella citado en Camila Osorio, “El tono incendiario del aspirante ultra eleva el temor a la violencia política en Colombia”, El País, 5 de junio de 2026; https://elpais.com/america-colombia/elecciones-presidenciales/2026-06-04/drogadicto-criminales-narcoterroristas-el-tono-incendiario-de-abelardo-de-la-espriella-aumenta-el-temor-a-la-violencia-politica.html
https://mientrastanto.org/257/notas/el-mensajero-en-el-banquillo/
«Que Jorge Riechmann tenga que sentarse en el banquillo por participar en protestas climáticas pacíficas resulta profundamente revelador del tiempo que vivimos. No porque sea un caso aislado, sino precisamente porque no lo es. El filósofo, poeta y ecologista que lleva décadas advirtiendo con rigor, serenidad y lucidez sobre el colapso ecosocial se enfrenta ahora a procesos penales por acciones de desobediencia civil no violenta. En uno de ellos, junto con Marina Martínez y Francisco del Pozo, ya celebrado el 26 de mayo de 2026 y pendiente de sentencia, la Fiscalía ha mantenido su petición de diez meses de prisión por el bloqueo del puente de la calle Raimundo Fernández Villaverde, sobre la Castellana, en Madrid, durante una protesta climática de octubre de 2019 dentro de una movilización de 2020 Rebelión por el Clima y Extinction Rebellion en la que participaron unas 300 personas para reclamar políticas urgentes frente a la emergencia climática. En otro procedimiento, Riechmann afronta una petición de 21 meses de prisión por la acción de Rebelión Científica ante el Congreso en 2022, en la que se vertió un líquido biodegradable para simbolizar la sangre derramada por la inacción climática.
La escena tiene algo de inversión moral intolerable. Quienes han contribuido durante décadas a ocultar, minimizar o retrasar la respuesta frente al desastre climático continúan disfrutando de respetabilidad política, económica y mediática. Quienes interrumpen pacíficamente la normalidad para denunciar que esa normalidad nos conduce al abismo son tratados como delincuentes. Se castiga el gesto que incomoda, mientras se tolera la inacción que destruye. Se persigue la protesta que bloquea durante unas horas una vía urbana, mientras se normalizan políticas que bloquean durante décadas la posibilidad de un futuro habitable.
El caso de Riechmann no debe leerse sólo como un episodio penal español. Forma parte de una tendencia internacional que los informes recientes sobre litigación climática describen con creciente preocupación. El informe de UNEP y el Sabin Center sobre litigación climática de 2025 recuerda que la litigación climática tiene dos caras: puede servir para exigir a estados y empresas que actúen frente al calentamiento global, pero también puede ser utilizada como reacción contra la acción climática. El informe llama backlash cases a los litigios de reacción o contraataque: procedimientos destinados a retrasar, desmontar o resistir políticas climáticas, o a intimidar a quienes defienden la justicia climática. Dentro de esa categoría incluye expresamente los procedimientos civiles o penales contra activistas, periodistas, personas y organizaciones que se oponen a los combustibles fósiles u otros proyectos altamente emisores.
Conviene ser precisos. El procesamiento de Riechmann no es una SLAPP clásica, si por SLAPP entendemos una demanda civil abusiva promovida por una empresa poderosa para silenciar a sus críticos. Aquí estamos ante un procedimiento penal impulsado por la Fiscalía. Pero el efecto político puede ser parecido: producir miedo, desgaste, autocensura, cansancio, prudencia forzada. El informe del Grantham Research Institute de la London School of Economics señala que el Sabin Center ha identificado más de ochenta casos en el mundo vinculados a manifestantes climáticos, muchos de ellos «reactivos», en los que se procesa a activistas por actos como allanamiento, daños o desórdenes, y en los que éstos invocan la llamada «defensa de necesidad climática», esto es, la idea de que la acción estaba justificada para evitar un daño mayor.
Lo inquietante es precisamente ese efecto desaliento. Climática recoge cómo los propios activistas hablan del chilling effect: el frío que se instala en el cuerpo social cuando la protesta pacífica empieza a implicar años de procedimientos, gastos, ansiedad, miedo a la cárcel y amenaza de antecedentes. El castigo no empieza con la sentencia; empieza mucho antes, con el proceso mismo. Empieza cuando una persona sabe que, si se tumba en el suelo para denunciar la emergencia climática, puede pasar años pendiente de un juzgado mientras quienes toman decisiones que agravan esa emergencia siguen hablando de crecimiento, competitividad y sentido común.
Y en España este proceso no ocurre en el vacío. Coincide con el ascenso de una cultura política abiertamente antiecológica, alimentada sobre todo por la ultraderecha y parcialmente normalizada por sus alianzas con la derecha conservadora. Vox ha convertido el ecologismo en uno de sus enemigos simbólicos. En su programa ambiental para las elecciones de 2023 defendía más regadíos, más coches de combustión y el abandono del Acuerdo de París, mientras presentaba los avances climáticos como imposiciones de «radicales ecologistas», de la Unión Europea o de organismos internacionales. No estamos ante simples diferencias técnicas sobre cómo hacer la transición ecológica. Estamos ante una operación ideológica: convertir la defensa de las condiciones materiales de la vida en una amenaza a la patria, al campo, al empleo o a la libertad.
Los pactos entre PP y Vox en distintas instituciones han mostrado hasta qué punto ese discurso puede traducirse en políticas concretas. El País señalaba ya en 2023 que esos acuerdos ignoraban la crisis climática y entregaban a Vox áreas ligadas al campo, mientras incorporaban medidas como la ampliación de regadíos, la rebaja de normas ambientales, la reducción de limitaciones en espacios protegidos, la reversión de políticas europeas y la supresión de carriles bici en algunas ciudades. Es decir, justo cuando la ciencia climática exige acelerar la mitigación y la adaptación, una parte de la política española se dedica a deshabilitar y desacreditar los instrumentos mínimos para hacerlas posibles.
La estrategia, además, se ha vuelto más sofisticada. No siempre consiste ya en negar frontalmente que exista el cambio climático. A menudo adopta la forma del retardismo: aceptar de palabra que hay un problema, pero oponerse sistemáticamente a cualquier medida eficaz para afrontarlo. Se desvía la conversación, se exageran los costes inmediatos, se invoca la defensa de «los nuestros» contra supuestas imposiciones globalistas, se prometen falsas soluciones tecnológicas futuras y se deslegitima a quienes reclaman actuar ahora. Climática ha descrito esta evolución en el discurso de Vox: la ultraderecha ya no necesita negar siempre el fenómeno; le basta con desmovilizar, retrasar y vaciar de contenido las políticas climáticas.
En ese contexto, procesar penalmente a quienes practican la desobediencia civil climática no es un hecho neutro. Por supuesto, los tribunales deben valorar actos concretos, derechos de terceros, proporcionalidad y legalidad. Nadie sostiene que toda protesta quede automáticamente fuera del derecho. Pero tampoco puede fingirse que una protesta climática pacífica es un simple problema de orden público, como si quienes se sientan en una carretera lo hicieran por capricho, vandalismo o afán de notoriedad. El cambio climático es una amenaza existencial reconocida por la comunidad científica, por tribunales internacionales y por organismos de Naciones Unidas. La protesta climática no es una molestia privada; es una forma de intervención democrática ante la insuficiencia de las instituciones.
Hay tribunales que han entendido esto. En Olsen v. Police, en Nueva Zelanda, el tribunal afirmó que el derecho a la protesta pacífica, especialmente en materia climática, debía tener peso al valorar condiciones de libertad bajo fianza. Ese caso no es un ejemplo de represión, sino precisamente de lo contrario: muestra que incluso dentro del sistema penal es posible reconocer la relevancia democrática de la protesta climática. Por eso resulta más grave que en otros contextos la respuesta institucional parezca consistir en cerrar los ojos al mensaje y ensañarse con el mensajero.
La cuestión de fondo es ésta: ¿qué tipo de sociedad castiga antes a quienes alertan del incendio que a quienes siguen echando gasolina? Riechmann no es peligroso porque bloquee un puente. Lo que resulta peligroso, para el poder, es que diga con claridad lo que tantos prefieren no oír: que la crisis ecológica no se resolverá con pequeños ajustes, que el capitalismo fosilista ha chocado contra los límites biofísicos del planeta y que la transición necesaria exige transformaciones profundas en la producción, el consumo, la movilidad, la energía y la idea misma de progreso. Público recoge sus palabras sobre el auge reaccionario y el antiecologismo como una de las marcas de la ultraderecha, así como su diagnóstico de una «hipernormalidad» en la que seguimos actuando como si el mundo que conocemos pudiera durar indefinidamente. La criminalización de la protesta climática cumple entonces una función política: proteger la apariencia de normalidad. Mientras se juzga a quienes interrumpen el tráfico, no se juzga la irresponsabilidad de quienes retrasan la transición. Mientras se exagera la gravedad de una acción simbólica, se minimiza la gravedad de la desertificación, las olas de calor, la pérdida de biodiversidad, la destrucción de cosechas, el sufrimiento de los más vulnerables y la transferencia de daños hacia las generaciones futuras. Se invierte la escala de valores: el orden circulatorio importa más que el orden climático; la fachada del Congreso importa más que las condiciones materiales de la democracia; la tranquilidad del presente pesa más que la habitabilidad del futuro.
En mi nota sobre litigación climática señalaba que ésta no es un terreno automáticamente favorable a la justicia climática. Puede servir para exigir responsabilidad a estados y empresas, pero también para intimidar a activistas, periodistas y comunidades locales mediante procedimientos penales, demandas estratégicas o litigios de reacción. El caso Riechmann muestra esa segunda cara. No estamos sólo ante un juicio a tres personas. Estamos ante una señal dirigida a todo un movimiento: protestar puede salir caro; interrumpir la normalidad puede destruir tu propia normalidad; decir la verdad en voz alta puede llevarte al banquillo.
Frente a eso, conviene no responder con moderación impostada. Hay que decirlo con claridad: resulta indecente que una sociedad que no está haciendo lo suficiente para proteger a sus jóvenes, a sus mayores, a sus trabajadores expuestos al calor, a sus territorios amenazados por la sequía y a sus generaciones futuras trate como amenaza penal a quienes reclaman precisamente esa protección. La democracia no se defiende silenciando a quienes advierten de sus condiciones ecológicas de posibilidad. Se defiende escuchándolos, incluso cuando molestan; quizá sobre todo cuando molestan. Porque, en un tiempo de colapso climático, la protesta no violenta no es el problema. El problema es la tranquilidad obscena de quienes quieren seguir llamando «orden» a la marcha organizada hacia el desastre.»
«Hace quince años publiqué Green Is the New Red.
Antes de eso, pasé muchos años inmerso en esa historia, investigando cómo [en EEUU] el FBI y los fiscales federales tildaban de terroristas a los activistas por los derechos de los animales y el medio ambiente en los años posteriores al 11 de septiembre.
Mi argumento era que estos movimientos eran los canarios en la mina de carbón. Que criminalizar la disidencia como terrorismo, poner a prueba ese manual con estos activistas, fue el pistoletazo de salida. Que también se utilizaría contra otros movimientos sociales.
Eso es exactamente lo que ocurrió. Y sigue acelerándose…»
https://mailchi.mp/ce89e4d87d3e/little-red-barns-pre-order-11048564
«Ante la escalada de amenazas y el discurso belicista que promueve el Gobierno de los Estados Unidos contra la República de Cuba, quienes abajo firmamos, integrantes del profesorado y del personal de universidades y centros de investigación, manifestamos nuestro más enérgico rechazo a cualquier forma de agresión militar.
Los recientes pronunciamientos del presidente estadounidense Donald Trump, así como las declaraciones de su secretario de Estado, Marco Rubio, que califican a Cuba como una «amenaza a la seguridad nacional» y reavivan públicamente el espectro de una intervención armada, constituyen una violación de los principios del Derecho Internacional y de la Carta de las Naciones Unidas. Este discurso viene acompañado de hechos que evidencian una preparación para la guerra, tales como el envío del grupo de ataque del portaaviones USS Nimitz al Caribe y la reciente imputación del expresidente Raúl Castro por supuestos hechos ocurridos hace 30 años.
La amenaza de una intervención militar por parte de la mayor potencia del planeta contra una pequeña isla no solo tendría consecuencias incalculables para la paz y la estabilidad regional, sino que supone de por sí un crimen internacional en su fase de formulación.
En el ámbito académico y universitario, no podemos permanecer impasibles ante la construcción de un relato que allana el camino hacia la guerra. Condenamos el uso de la desinformación y la presión mediática como armas al servicio de una agresión imperialista. Exigimos el cese inmediato de las amenazas, el fin del criminal bloqueo económico y energético que asfixia al pueblo cubano, y el pleno respeto a la soberanía y la autodeterminación de Cuba.
Frente a la lógica de la fuerza, reivindicamos el diálogo, la cordura y la paz.
Cuba no está sola.»
Murió Edgar Morin, uno de los grandes, y Manuel Casal Lodeiro dice que su madre suele comentar cuando muere gente tan vieja (104 años tenía Morin, nada menos): “No se ha muerto: se ha acabado”. Al coordinador de la benemérita revista digital 15-15-15 le parece “una expresión que contiene una profunda sabiduría acerca de la temporalidad de la vida humana, algo que nuestra cultura tanatofóbica insiste en hacernos olvidar”.[1]
“En sus últimos años, Morin utilizó el concepto de policrisis para describir la convergencia de múltiples crisis que se alimentan mutuamente. Crisis ecológica, crisis económica, crisis política, crisis democrática, crisis cultural y crisis del sentido forman parte de una misma trama histórica. La policrisis no es la suma de problemas independientes; es la expresión de una crisis sistémica de la relación entre humanidad y Tierra. Desde Abya Yala, esta idea adquiere una resonancia particular. Los incendios, las sequías, los desplazamientos humanos, la expansión de los minerales críticos y tierras raras, la mercantilización de los territorios y el debilitamiento de los derechos comunitarios son manifestaciones concretas de una policrisis que afecta tanto a las comunidades humanas como a los ecosistemas…”[2]
[1] Comunicación personal, 30 de mayo de 2026.
[2] Alfonso Madrid Echeverria, “Despedida a Edgar Morin desde Abya Yala: la Tierra como destino común en tiempos de crisis planetaria”, Le Monde Diplomatique (edición chilena), 31 de mayo de 2026; https://www.lemondediplomatique.cl/despedida-a-edgar-morin-desde-abya-yala-la.html
Desde la Internacional Antifascista de Educación manifestamos nuestro apoyo absoluto y nuestra solidaridad con el filósofo, profesor y activista ecosocial Jorge Riechmann, así como con todas las personas represaliadas por participar en acciones de protesta climática pacífica.
Nos parece profundamente alarmante que, en pleno agravamiento de la emergencia climática, quienes alertan sobre el colapso ecológico y defienden el derecho colectivo a la vida digna puedan enfrentarse a penas de cárcel. La criminalización de la desobediencia civil no violenta constituye un grave retroceso democrático y un intento evidente de disciplinar, intimidar y silenciar a quienes cuestionan un modelo económico ecocida e incompatible con la sostenibilidad de la vida como es el capitalismo.
Este no es un caso aislado. Estamos asistiendo a un proceso cada vez más preocupante de judicialización de la protesta social y de persecución de voces críticas, mientras los verdaderos responsables de la devastación ambiental continúan actuando con impunidad. Se persigue a quienes denuncian el desastre, no a quienes lo provocan. Se castiga a quienes defienden el planeta, no a quienes lo destruyen.
Muchos de los avances democráticos y sociales han sidoposibles gracias a la desobediencia civil, a la movilización social y a la valentía de quienes se negaron a aceptar la injusticia como normalidad. Hoy, quienes alzan la voz frente al colapso climático cumplen una función ética, pedagógica y democrática imprescindible.
Resulta especialmente grave que se pretenda convertir en delincuentes a profesorado, investigadores, intelectuales y activistas comprometidos con el bien común. Defender la Tierra no es delito. Delito es destruir las condiciones materiales que hacen posible la vida. Delito es normalizar un modelo basado en el saqueo ecológico, la desigualdad y el sacrificio del futuro de las próximas generaciones.
Nos preguntamos: ¿hasta cuándo vamos a soportar impávidos la persecución de quienes luchan pacíficamente por la justicia climática y social? ¿Hasta cuándo se utilizarán mecanismos judiciales y represivos para intentar desactivar la protesta legítima y el pensamiento crítico?
Desde la Internacional Antifascista de Educación denunciamos este intento de amedrentamiento contra el movimiento ecosocial y reafirmamos nuestro compromiso con una educación crítica, emancipadora y comprometida con la defensa de la vida, la democracia y los derechos humanos.
Exigimos el fin de la criminalización de la protesta climática y reclamamos garantías efectivas para el ejercicio de la libertad de expresión, manifestación y desobediencia civil pacífica.
Porque cuidar la Tierra no es delito.
Porque alertar del desastre no puede ser castigado.
Porque defender la vida nunca será un crimen.
Zwischen zwei Stühlen sitzen es una expresión idiomática alemana que significa, más o menos, no saber a qué carta quedarse (a veces: estar entre dos aguas). Me gustaría recuperar la imagen –estar sentado entre dos sillas– pero dándole otro sentido: sentarse no en una única silla, y también entre dos sillas (variadas), y también en bancos y escaleras, y también en el suelo. No contentarse con los cerramientos de las disciplinas y tender puentes: eso que mi maestro y amigo Paco Fernández Buey teorizaba como tercera cultura.
Exámenes. Mira uno a esos chicos y chicas mientras escriben, concentradas y diligentes, y se pregunta qué será de ellas dentro de diez, de veinte años… En la mayoría de nuestros estudiantes de filosofía encuentra uno amor por los libros, respeto por el saber, curiosidad intelectual, atención a la diferencia, cultivo de la creatividad, búsqueda de pensamiento propio… Y es que esta Facultad nuestra de Filosofía y Letras tiene algo de refugio, de reducto para quienes buscan un mundo mejor que debería ser posible. Que debería, pero que probablemente no lo será.
Ahora bien, “la historia puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma realmente en serio la dignidad de todos”, escribe el Papa León en su encíclica recién publicada.
Por su fondo, Donde el amor, allí el mundo es una puerta a la riquísima biblioteca del pensamiento ecologista. Por su forma, también, es una muñeca matrioska. Una voz que contiene otra voz que a su vez contiene otra voz y otra y otra, porque —como en Gaia— el pensamiento es un cuerpo conformado por múltiples pieles. Capas y capas del conocimiento con el que nos obsequiaron aquellos que nos precedieron y aquellos que en este mismo instante están pensando con nosotros. Así, Jorge Riechmann es mucho más que un filósofo o que un excelente escritor, es un sereno que con una mano sostiene la luz que debe conjurar las tinieblas de nuestra ignorancia ecológica y con la otra sostiene un manojo de llaves imperfectas —pero honestas— que nos abren la puerta a las bases de una Nueva Cultura de la Tierra. Leer este libro es tomar una de esas llaves y abrir esa cancela.
El germen de este libro se recoge en otro ensayo anterior: Simbioética. Homo sapiens en el entramado de la vida (Plaza y Valdés, 2022). En aquellas páginas Riechmann nos hace tomar contacto con el neologismo simbioética. Una nueva manera de abrazar la biosfera, de orientar nuestras sociedades, nuestra forma de estar en el planeta basada en la simbiosis que, etimológicamente, significa «vivir en común o vivir juntos». Simbioética porque en nuestra radical ecodependencia e interdependencia, lo correcto y lo incorrecto; lo bueno y lo malo; la moral, aquello que tomamos como buen vivir; lo virtuoso; la felicidad; y el deber; todo aquello que rige la conducta humana ha de articularse en torno a la profunda asunción de que la vida que nos anima es el resultado de una íntima colaboración entre seres: vidas «que han de articularse con millones de otras formas de vida».
Donde el amor, allí el mundo se estructura alrededor de nueve bloques. Nueve bloques que recorren los grandes asuntos en los que se fundamenta la necesaria transformación cultural en este Siglo de la Gran Prueba. Estos son: la necesidad de una cultura Gaiana; la construcción de un pensamiento extramuros; y la defensa de un humanismo descentrado. O grandes debates como la cuestión de la población humana, la transición ecológica y los ambientalismos de lujo frente al ecologismo de emergencia. Continúa con un interesantísimo bloque dedicado a la esperanza. Y un capítulo final que da título al ensayo. Son algunos de los grandes ejes que atraviesan toda la obra del propio autor.
Los grandes problemas de la humanidad son el punto de partida: dominación, desmesura y xenofobia. Materializados en una tecnosfera que esconde un fuerte supremacismo humano cuyos instrumentos son la velocidad, la dominación, la agresión y la competencia. Al tiempo que construimos más autopistas y cercenamos cada vez más bosques, la expansión del mundo urbano-industrial —a la par que degrada y destruye el mundo natural— nos confunde, nos desencamina y nos desorienta.

Es difícil reseñar un libro que se adentra en las complejidades de lo humano intentando abarcar todo aquello que forma parte de nuestro cosmograma. Aquellos puntos ciegos que hoy constituyen las razones por las que estamos dando la espalda no solo al único hogar posible que tenemos: este planeta, sino también al cuerpo al que pertenecemos: la biosfera. No obstante, lo intentaré.
Partiendo de la teoría de Gaia y la simbiogénesis como marco ideológico, Riechmann comienza ponderando entre unas éticas y otras: ¿éticas biocéntricas frente a éticas ecocéntricas? ¿Perder de vista al individuo por proteger a Gaia? Para resolver esta dicotomía, en una lúcida cabriola del pensamiento, nos desvela que lo necesario es una ética que nos coloque en un punto de partida sin centro, una ética descentrada, puesto que conceptualizar la naturaleza como algo separado y externo a nosotros es un error de base. Si la vida propicia la vida, ¿dónde está el centro?: y así, desde esa premisa, nos lleva de la mano al neologismo fluminista de Ginny Battson. Una ética del amor, que retomando el concepto de la realidad-río de Heráclito y una ontología procesual y relacional como base, valora en primer lugar los procesos vitales interconectados esenciales para la prosperidad de la vida. Una ética que no cede al holismo moral ni renuncia a la idea de florecimiento individual y que pone el foco en los procesos interconectados.
El fluminismo de Battson es una forma de honrar la red de la vida, una trama cuya regla maestra, que redunda en la expansión y la enorme fortaleza de esta «Tierra viviente», es la simbiosis. Autopercibirnos como simbiontes es descentrarnos. O ¿acaso es más importante que tú, tu flora intestinal? De esta manera y congruente, otro de los puntales a los que Riechmann presta atención es el enfoque sistémico y multifuncional (tan ausente) que nos haría renegar de reduccionismos de todo pelaje. Si las reglas que rigen la vida en la biosfera se asimilan a las de un superorganismo, a las de un holobionte (no solo como metáfora, también como realidad empírica), el pensamiento sistémico nos incita a concluir que no hay partes en absoluto, sino patrones dentro de una red de relaciones. En una visión sistémica de la biosfera constataremos que los seres vivos son redes de relaciones inmersas en redes mayores; y no una simple colección a modo de acumulación inconexa[1].

Ahora ya tenemos definidos algunos de los pilares centrales que nos permitirán reconocer este atroz antropocentrismo que atraviesa todos los aspectos de nuestras formas humanas de organizarnos. Vivimos encerrados en cápsulas de comodidad, sumidos en nuestros ombligos, aislados en ciudadelas cercadas que no nos permiten ver la vida que bulle más allá de esas murallas. A eso, a romper esas murallas, Riechmann lo ha venido a llamar pensamiento extramuros, una definición en extremo gráfica: romper con las losas de nuestros mitos, salir al exterior (a la naturaleza) y tomarnos en serio la materia, la energía, el territorio, los ecosistemas y las dinámicas evolutivas. No se es suficientemente materialista si solo hablamos de opresión, plusvalor y correlación de fuerzas y olvidamos nuestro metabolismo ecosocial, nuestra pertenencia a la biosfera. No se es suficientemente materialista si no damos espacio político (y real) al río o a la montaña o al resto de seres vivos. Necesitamos un nosotros solidario y compasivo con todos los seres terrestres.
Riechmann nos dice: «Hay que salir al exterior, extramuros. Hay que desafiar el antropocentrismo que nos parece tan natural. Hay que situar la aventura humana en el marco de la historia de la Tierra». Y más adelante, nos recordará que lo que importa es ser anti-antropocéntrico (declinado como anti-androcéntrico y anti-especista) y que en positivo esto conducirá hacia una ética de la simbiosis.
Según la Unesco, cultura es el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales, materiales y afectivos que caracterizan una sociedad o grupo social. La cultura engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, creencias y tradiciones. En consecuencia, para materializar nuestra nueva cosmovisión es imprescindible redefinirla. Por tanto, frente a una cultura de la dominación y la crueldad necesitamos una cultura basada en la compasión, en el discernimiento del sufrimiento del otro, y en el deseo —y la acción— de aliviar, reducir o eliminar por completo su dolor. Frente a una cultura de la explotación y el lucro necesitamos una cultura ecofeminista que ponga en el centro los cuidados y reniegue de la dominación sobre la naturaleza y sobre el cuerpo de las mujeres y otros cuerpos. Y, al fin, frente a una cultura atravesada por el mecanicismo y alejada del pensamiento sistémico, necesitamos una cultura basada en la teoría de Gaia porque, si reconocemos la simbiosis como el mecanismo evolutivo por excelencia en este planeta (la llave maestra), estamos reconociendo que nosotros somos los otros, que no hay vidas más valiosas. Llegar ahí es abrazar nuestra radical ecodependencia y asumir que «los seres humanos no somos la única sede de valor, o las únicas criaturas agraciadas con una singular propiedad llamada dignidad».
Este sería el sustrato fértil en el que crecería el tallo fuerte de una nueva cultura gaiana, pero además tendríamos que abjurar de nuestra desmesura destronando a la tecnología, aspirando a sociedades humanas biomiméticas y a sociedades solares y sobrias, porque como dice Jorge Riechmann no se puede obviar el componente asceta del ecologismo por el que, en cualquier sociedad humana correctamente inserta en la biosfera, regiría el principio de autolimitación (contenerme para dejar existir al otro) y el principio de prudencia.
Me detengo ahora en el bloque titulado: «Por un humanismo descentrado» Aquí, el autor vuelve sobre la necesidad de descentrarnos. Y de la mano de Joaquín Araujo, evocando a su vez a Miguel Hernández, nos insta a superar las tres heridas:
La sima que existe entre los poderosos-ricos y los sometidos-pobres; la que descubrimos entre la humanidad y la naturaleza; y la no menor que desencuentra a cada uno de nosotros con nuestra propia naturaleza. Porque también hemos fracturado las conexiones de cada uno con la condición humana, con un verdadero humanismo, siempre propuesto, jamás alcanzado, pero hoy más lejos que nunca.
Buscar un humanismo no antropocéntrico —y no, no es una contradicción— sería descentrarnos con respecto a la tradición judeocristiana y cuestionar la figura del hombre como centro y corona de la creación, arquetipo del supremacismo humano.
Somos, nos define Riechmann, simios averiados, seres ego-centrados alrededor de un vacío, holobiontes en un planeta simbiótico, animales con responsabilidades especiales y criaturas capaces de transformarse en conciencia a sí mismas. Deberíamos ser capaces de descentrarnos. Necesitamos una profunda deshumanización en dos sentidos[2]. En un primer lugar, en el sentido ecológico del término en tiempos de Antropoceno (o Capitaloceno), necesitamos contraer nuestras actividades, retroceder, decrecer para dejar espacio ecológico al resto de seres vivos. Sería «deshumanizar la Tierra para que la vida florezca; también la vida humana, aunque suene paradójico». Pero, además, necesitamos deshumanizarnos en un sentido íntimo y liberarnos de nuestra inclinación egocéntrica al autointerés. Y esto es ineludible, estas deshumanizaciones sucederán en el siglo XXI. Ya que la concepción de que solo importa el ser humano o de que tenemos el control declinará en esta centuria[3].

No hace mucho, Antonio Guterres denunciaba que las naciones industriales habíamos abierto las puertas del infierno. Esto conlleva que no hay forma de evitar los peores escenarios sin abandonar los combustibles fósiles lo que, a su vez, supondrá una contracción económica de emergencia ya que el capitalismo global es subsidiario del petróleo por completo. Necesitamos decrecer aquí, en el Norte global, y decrecer (que significa en esencia empobrecernos según el estilo de vida estándar) requerirá reformular nuestra concepción de la vida buena. Y en esto, el ecologismo es el invitado que llega a la fiesta y pone encima de la mesa una calavera que nos obliga a mirar al futuro y a renegar de la aceleración y el consumismo voraz. No obstante, como el mayor triunfo del capitalismo ha sido y es el cultural, el diagnóstico del ecologismo social, ese que defiende una humanidad autocontenida en un mundo igualitario y justo, no es bienvenido. Por eso considero muy pertinente el bloque en el que Riechmann preconiza la necesidad de abrazar la esperanza.
Con toda seguridad, el trabajo primordial es construir una Nueva Cultura de la Tierra, una que nos permita, al fin, asumir nuestra condición de simbiontes. Y esta enorme tarea pasa por deconstruir las estructuras que nos rodean y nos empujan a los abismos de la extinción y, también, pasa por autoconstruirnos a nosotros mismos reformulando cómo y de qué manera podemos satisfacer nuestras necesidades sin pesarle a la biosfera. Un trabajo político y colectivo; y un trabajo individual y espiritual al que Riechmann llama conversión.
Pero esa humanidad autocontenida significa renuncias. Renunciar «al espacio ecológico que ocupamos; a la explotación neocolonial; al abuso patriarcal sobre las mujeres; a ese entretenimiento que desvalija nuestra conciencia y nuestra atención; y al confort que encubre las estructuras del crimen». Simplificar para vivir dentro de los límites del planeta y a su vez cubrir las necesidades de toda la humanidad. Una tarea titánica para nosotros pobres simios anclados a nuestros sentidos y a nuestras subjetividades.
Para no desarmarnos, nosotros, los ecologistas, a los que a menudo se nos acusa de catastrofismo porque tenemos la osadía de mirar al cielo y señalar al cometa —en ese ir contra corriente— debemos enhebrar una práctica sólida en torno a la esperanza. Pero una vez más, Riechmann pone patas arriba el común de los sentidos y va más allá proponiéndonos una esperanza contrafáctica, ajena a la psicología del optimismo, que nace del imperativo categórico kantiano. Una esperanza ligada a la acción a pesar de la conciencia del probable fracaso. Actuar sin autoengaño, con determinación, generosidad y amor. La esperanza sería así una forma de energía, no una garantía. Trabajar —intentarlo— puesto que en este mundo roto reparar algo, una sola cosa, solo un poco, ya es mucho. Parafraseando unos versos de Juan Gelman, diremos que de desaliento, trabajo y esfuerzo está forjada nuestra esperanza.
Por último, quiero enfatizar lo hermoso de este verso de Juan Ramón Jimenez: «Donde el amor, allí el mundo» que da su nombre al libro. Y lo haré recurriendo a unos renglones leídos en ¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista? Allí, Jorge Riechmann escribe:
Deberíamos dar un salto cualitativo en ciertas dimensiones básicas de valor (cooperación, cuidado, igualdad, sustentabilidad, biofilia) y organización social, salto del que cabe hablar en términos de conversión. Pero como se ve, ni siquiera los observadores más lúcidos que otean desde la atalaya de la cultura dominante (tipo Ian Morris) conceden el menor crédito a la opción de amarnos los unos a los otros.
Imposible obviarlo, cuando sabemos que este será el siglo en el que la derrota de los glaciares —entre otras— acarreará migraciones masivas como nunca antes presenció la humanidad. Imposible no preguntarse cómo vamos a resolver la imperiosa necesidad de millones de seres por su derecho no solo a una vida digna, sino a la propia vida. ¿Cómo lo vamos a afrontar de una manera mínimamente ética, mínimamente digna y mínimamente gaiana, si no es con amor? O, como escribe nuestro autor: «La esperanza no puede venir de ninguna clase de confianza desinformada en el futuro, sino de la fuerza de los cuerpos que se abrazan ahora». Sí, en la oscuridad que hoy nos envuelve, esta es la pequeña llama, que entre las manos Riechmann nos entrega.
En esta reseña no me he ocupado de algunas cuestiones desarrolladas con maestría por el autor como son el problema demográfico de la población humana o el bloque dedicado a lo que es y lo que no es la transición ecológica. No lo he hecho porque son temas algo más tratados. También he omitido el diálogo coral de las innumerables voces que Riechmann maneja para cimentar sus tesis. Lo he omitido por pura incapacidad de seleccionar, extractar y citar aquello que me parece más relevante. Creo que este ensayo es un poco Rayuela, que tiene una y mil lecturas. Y no, no son teorías, sino embriones en ciernes que nos abren a mundos nuevos, que nos sacan de la costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos ahora es la única manera en que se puede vivir[5]. Así pues, no dejes de leerlo, no dejes de subrayarlo y no dejes de recomendarlo. Y sobre todas las cosas, levántate y piensa.

[1] Fritjof Capra, La trama de la vida, p. 57.
[2] Cita aquí a Joseba Azkarraga.
[3] Cita aquí a Paul Kingsnorth.
[4] Julio Anguita, «Levántate y Piensa«.
[5] Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar.
Frente a la criminalización de la protesta climática y la persecución de quienes defienden la vida
Desde la Internacional Antifascista de Educación manifestamos nuestro apoyo absoluto y nuestra solidaridad con el filósofo, profesor y activista ecosocial Jorge Riechmann, así como con todas las personas represaliadas por participar en acciones de protesta climática pacífica.
Nos parece profundamente alarmante que, en pleno agravamiento de la emergencia climática, quienes alertan sobre el colapso ecológico y defienden el derecho colectivo a la vida digna puedan enfrentarse a penas de cárcel. La criminalización de la desobediencia civil no violenta constituye un grave retroceso democrático y un intento evidente de disciplinar, intimidar y silenciar a quienes cuestionan un modelo económico ecocida e incompatible con la sostenibilidad de la vida como es el capitalismo.
Este no es un caso aislado. Estamos asistiendo a un proceso cada vez más preocupante de judicialización de la protesta social y de persecución de voces críticas, mientras los verdaderos responsables de la devastación ambiental continúan actuando con impunidad. Se persigue a quienes denuncian el desastre, no a quienes lo provocan. Se castiga a quienes defienden el planeta, no a quienes lo destruyen.
Muchos de los avances democráticos y sociales han sido posibles gracias a la desobediencia civil, a la movilización social y a la valentía de quienes se negaron a aceptar la injusticia como normalidad. Hoy, quienes alzan la voz frente al colapso climático cumplen una función ética, pedagógica y democrática imprescindible.
Resulta especialmente grave que se pretenda convertir en delincuentes a profesorado, investigadores, intelectuales y activistas comprometidos con el bien común. Defender la Tierra no es delito. Delito es destruir las condiciones materiales que hacen posible la vida. Delito es normalizar un modelo basado en el saqueo ecológico, la desigualdad y el sacrificio del futuro de las próximas generaciones.
Nos preguntamos: ¿hasta cuándo vamos a soportar impávidos la persecución de quienes luchan pacíficamente por la justicia climática y social? ¿Hasta cuándo se utilizarán mecanismos judiciales y represivos para intentar desactivar la protesta legítima y el pensamiento crítico?
Desde la Internacional Antifascista de Educación denunciamos este intento de amedrentamiento contra el movimiento ecosocial y reafirmamos nuestro compromiso con una educación crítica, emancipadora y comprometida con la defensa de la vida, la democracia y los derechos humanos.
Exigimos el fin de la criminalización de la protesta climática y reclamamos garantías efectivas para el ejercicio de la libertad de expresión, manifestación y desobediencia civil pacífica.
Porque cuidar la Tierra no es delito.
Porque alertar del desastre no puede ser castigado.
Porque defender la vida nunca será un crimen.
Internacional Antifascista de Educación
Mayo de 2026
Ya está aquí el programa de la XVI Universidad de Verano Anticapitalista. 25 a 30 de agosto en La Granja (Segovia): una semana de formación, encuentro y cultura para alimentar la organización y el pensamiento estratégico ecosocialista contra el capitalismo y la extrema derecha. http://unianticapi.info
Nuestro caso (Marina, Paco y yo) quedó visto para sentencia, y es un poco ocioso especular sobre qué ocurrirá… Pero esperemos que no se dé crédito a la falsa versión de los hechos de la policía (no hubo ninguna «resistencia grave a la autoridad»), y seamos absueltos.
La cuestión de fondo es que, como en tantos otros ámbitos de esta sociedad disfuncional nuestra, los medios devoran a los fines: en un juicio así no puede ni mencionarse el peligro existencial del calentamiento global (que motivó nuestra protesta el 7 de octubre de 2019), y todo se reduce a calibrar si usted se levantó o no del suelo con la debida diligencia cuando los policías antidisturbios querían abrir el paso al tráfico rodado con la máxima urgencia posible.
Amigos, amigas, miremos hacia la Luna en vez de quedarnos embobados mirando el dedo. Miremos hacia arriba (desoyendo la intimación del sistema que resuena cada vez con más fuerza: Don’t Look Up). En torno a los juicios climáticos de estos días, de estos meses, se dirimen dos enormes –gigantescas– cuestiones: 1) la degradación acelerada de la democracia y 2) el avance rápido hacia un planeta Tierra inhabitable para los eres humanos. Hacia eso hay que mirar, y no cejar en nuestros esfuerzos.
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Juicios contra activistas climáticos: quieren convertir la protesta pacífica en delito. Intervención en el programa de la SER «A vivir que son dos días», 30 de mayo de 2026:
https://cadenaser.com/audio/1780124105109/
«Jorge Riechmann, un filósofo a la espera de sentencia»: intervención en el programa de R5 «Reserva natural», 31 de mayo de 2026:
https://www.rtve.es/play/audios/reserva-natural/jorge-riechmann-filosofo-espera-sentencia/17091863/
https://mastodon.social/@enriquesantiago/116639955070609719
https://x.com/anticapiMadrid/status/2059239650745586082
https://youtu.be/Wx-ToL1_Kj8?si=PIgR4nbS8aIOJYU9
https://x.com/PoderPopularWeb/status/2059540619035295765
Vivimos ayer tarde, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, un tiempo compartido inolvidable de amor, poesía y lucidez. «Por el tronco hacia la altura», como dicen las palabras de Garcilaso que se evocaron en cierto momento. Todo lo dicho y cantado merecería recuerdo (por desgracia, no se grabaron las intervenciones), pero recojo aquí, como muestra, la intervención del maestro Joaquín Araújo (como lo presentó Paula Pita, quien condujo el acto: agricultor ecológico, plantador de árboles, reforestador de conciencias, naturalista y escritor). Y que la vida, sí, nos atalante.
Para RIECHMANN (y Paco del Pozo, y Marina M. Martínez)
Dada la evidencia de que poco o nada acapara más que el olvido nos animamos a recordar
Y RECORDAMOS QUE
Nos acompaña la compasión. Compasión hacia todo lo que no quiere ser otra cosa que lo que ya es.
El propósito del pensamiento y el activismo ecológicos es respetar los propósitos. del resto de lo viviente.
Por eso escuchamos los lenguajes sin palabras de la Natura.
Somos, pues, cómplices de la continuidad de lo vivaz.
Buscamos restaurar los equilibrios entre lo que ha sido y lo que solo quiere volver a serlo.
Nos enseña la decente docencia de la austeridad, la lentitud y la belleza e
Intentamos fertilizar armonías sumando nuestra admiración a los paisajes todavía no destruidos.
Al haber comprobado que no hay sabiduría mayor que la del abrazo -es decir las simbiosis- intentamos emularlas.
Denunciamos y combatimos, en consecuencia, los parasitismos. El mayor de los cuales es el modelo económico
Exigimos que cese la conversión de aires, aguas y tierras en ingentes vertederos que solo consiguen una humanidad cada día más enferma.
No somos violentos ni siquiera con la ignorancia que incesantemente nos agrede.
Nuestro objetivo de liberar a todos, sin excepción, de la codicia de los listos. ciertamente desata descalificaciones casi siempre basadas en mentiras y calumnias.
Frente al supremacismo que toda codicia cría nosotros, como el bosque o los mares, solo excluimos el excluir.
Informados por el conocimiento positivo, lo que menos miente, somos parte de una rebelión científica
Buscamos la paz doblemente desarmados. No solo NO A LA GUERRA, NO TAMBIÉN A LAS ARMAS
Todo ello lo hacemos desde un arreciado altruismo. Nada monetario ganamos con nuestras acciones. No queremos poder alguno. No pedimos votos.
Nuestras ideas y compromisos morales no trafican y mucho menos comercian con poder alguno.
Solo intentamos enseñar a elegir lo que prefieren Y prefieren, como nosotros, lo lento, limpio, sano, bello, femenino, igualitario y vivaz
Por mucho que los ignorantes teman nuestro pacifismo no podemos admitir que se juzgue y menos se condene a nadie por manifestarse a favor de la salud de todos, siempre ligada a la calidad del aire.
Por defender a nuestro mayor servidor público la atmósfera. nadie debe ser multado y mucho menos encarcelado.
GRACIAS Y QUE LA VIDA OS ATALANTE
(Carmen Madorrán y Adrián Almazán en la lectura inicial del manifiesto de la convocatoria)