reflexiones sobre la “relación de dominio social de la ciencia” en manuel sacristán (barcelona, 27 de noviembre de 2025):

Propuse estas reflexiones sobre la “relación de dominio social de la ciencia” en Manuel Sacristán (Barcelona, 27 de noviembre de 2025) en uno de los actos principales del «año Sacristán» de 2025, celebrando el centenario del pensador.

https://diobma.udg.edu/handle/10256.1/8356

algunas ideas sobre educación ecosocial

 

H.G. Wells (en su Esquema de la historia universal, 1920): la historia humana es “una carrera entre la educación y la catástrofe”.

Es muy correcto, sobre todo si entendemos educación en sentido amplio, como paideía, como autoconstrucción (colectiva y personal) a lo largo de la vida entera.

Somos simios averiados, somos vasijas resquebrajadas… pero contamos con una potente caja de herramientas para la autorreparación: la construcción cultural. Fingir que no disponemos de esa caja de herramientas es pura mala fe.

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Ahora bien: no siempre nos basta con nuestros esfuerzos basados en la buena fe. En la “carrera entre la educación y la catástrofe”, hoy caben pocas dudas de que está ganando la catástrofe.

Vivimos un momento histórico absolutamente excepcional: una desquiciada huida hacia adelante que conduce a una Tierra inhabitable.

La obscenidad del plan New Gaza, presentado por Jared Kushner, yerno del presidente Donald Trump, en una ceremonia de firma de la propuesta “Junta de la Paz” (¡más neolengua orwelliana!), durante el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el jueves 22 de enero de 2026.

Pero no hay que ir tan lejos para encontrar aplicaciones de ese “modelo Dubai” (¡sobre los huesos de los muertos en un espantoso genocidio!) más cerca. En Cercedilla, donde vivo, casi igual de demenciales son “Navacerrada 365” y “proyecto Blanca”, presentados en el verano de 2025.[1] Y este tipo de ejemplos podrían multiplicarse.

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Desquiciada huida hacia adelante que conduce a una Tierra inhabitable, decíamos. Trump es la encarnación de un fascismo fósil, sin duda; pero Mark Carney, el primer ministro de Canadá, en quien muchos ven ahora la defensa del orden liberal mundial contra los trumpismos tras su celebrado discurso en Davos el 20 de enero de 2026, aunque trabajó en tiempos como enviado especial de la ONU para la Acción Climática, al llegar a primer ministro de Canadá retiró el impuesto sobre las emisiones de dióxido de carbono.[2]

Tampoco para los políticos que se atreven a plantar cara al fascismo trumpista es la ecología una prioridad… cuando la crisis ecológico social se está acelerando hacia la catástrofe. Ni las elites fascistas ni las elites liberales van a sacarnos las castañas del fuego.

Y quizá lancemos un suspiro de alivio cuando leemos titulares como “la energía renovable marca máximos pese a las embestidas de Trump” (El País, 24 de enero de 2026), pero el alivio no tiene justificación: estamos añadiendo capacidad de generación eléctrica con renovables sin doblegar las emisiones de GEI ni realizar una verdadera transición energética –que para merecer llamarse tal tendría que impulsar una fuerte reducción del consumo. Leamos a Jean-Baptiste Fressoz…[3]

El Global Carbon Project ha dado a conocer hace poco que en 2025 las emisiones de dióxido de carbono han seguido creciendo: +1’1% este año.[4] Con estas emisiones de GEI en crecimiento (¡cuando deberían estar descendiendo en picado desde hace años!), no superar +1’5ºC (con respecto a las temperaturas preindustriales promedio) se convierte en un imposible, advierte Pierre Friedlingstein, climátologo de la Universidad de Exeter que ha dirigido el estudio.

También en España, según hemos sabido en enero de 2026: nuestro país ha aumentado sus emisiones en 2025 al menos un 0’6% (hasta 270.043’11 ton CO2 eq según los datos estimados en diciembre de 2025, con datos de consumo de combustibles hasta octubre de 2025). Así, España se aleja, año tras año, del objetivo climático al que se ha comprometido con la Comisión Europea, a pesar de la retórica del Gobierno. El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) estableció como meta que las emisiones cayeran un 32% en 2030 respecto a los niveles de 1990. Pero en 2025 son sólo un 5’8% menores que las de 1990…[5]

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No tiene sentido seguir discutiendo sobre si hay que llamar fascismo al régimen actual en EEUU: con el segundo mandato de Trump, lo que está cuajando en el país es fascismo. Varios analistas han señalado que se cumplen todos los criterios:[6] ultranacionalismo. Culto al líder y concentración del poder. Supremacía del Estado (y sobre todo de sus instituciones represivas) sobre el individuo. Rechazo del pluralismo y la democracia liberal. Normalización de la violencia como herramienta política. Creación constante de enemigos internos y externos. Uso del miedo como mecanismo de cohesión social. Anti-intelectualismo, elogio de la fuerza y desprecio por la complejidad. Control o instrumentalización de la cultura y el relato histórico. Estética del orden, la fuerza y la movilización de masas. Promesa de renacimiento nacional tras una supuesta decadencia… Ay, amigos y amigas: por desgracia, sí, se cumplen todos esos criterios. EEUU se está deslizando hacia el fascismo, con resistencias, pero por desgracia no las suficientes; y está alentando además ese corrimiento en todos los lugares donde llega su influencia (particularmente, en Europa y en América latina).

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Tim Morton (en una entrevista) expresa bien algo básico: “Un fascista es alguien que está seguro de ser el bueno de la película. Pero ser una buena persona implica estar preocupado por si en realidad resulta que eres el malo”.

O depredadores, o cuidadores (léase la disyuntiva con el matiz recién expresado, que la relativiza un poco). Depredador se puede decir en alemán Raubtier: literalmente, “bestia de rapiña” (era un término elogioso en el nazismo). Pero, a pesar de que las bestias de rapiña terminan canibalizándose a sí mismas (comenzando por ese “hiperobjeto” –Tim Morton– llamado capitalismo que tendría que ser el más analizado de todos los hiperobjetos, aunque, por lo que sea, no sucede así), mucha gente parece seducida por estas bestias…

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Según recientes encuestas, en España tienen intención de votar a Vox el 40% de los hombres jóvenes, entre 18 y 34 años (y el 21% de las mujeres jóvenes).[7] Y también triunfan entre los adolescentes, por las preocupantes noticias que llegan desde los institutos de enseñanza media…

Varones jóvenes desestabilizados por el feminismo y las redes (anti)sociales,[8] con un futuro oscurísimo (Vivir peor que nuestros padres, el ensayo de Azahara, se publicó hace ya tres años), se dejan encandilar por el mágico crecepelo securitario de Abascal y los suyos. Nostalgia de un mundo (más bien imaginario) donde su lugar no fuese cuestionado, y donde la promesa de prosperidad fuera creíble…

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Por cierto: llamar “fascismo ecológico” o “ecofascismo” al fascismo fósil antiecologista (y antiecológico) no es buena idea.

Daniela Zyman introduce el concepto de Silicon Reich: “Asistimos al colapso de una forma de vida que se ha vuelto insostenible, llámese globalismo neoliberal, capitalismo extractivo o modernidad neocolonial. Y la derecha lo sabe. La Nueva Derecha intelectual, el Silicon Reich, la clase tecnoautoritaria, entienden lo que pasa a la perfección. Sus soluciones son terroríficas: cerrar fronteras, esquilmar recursos, desmantelar gobiernos, aplastar la disidencia, privatizar los bienes comunes”.[9]

En una Carta a la Directora, un lector de prensa se pregunta: “Me miro en el espejo y no me reconozco. ¿Soy yo el de antes, el de siempre?”, sigue desarrollando la indiferencia con que nuestras sociedades contemplan el genocidio palestino, y concluye: “la historia nos juzgará”.[10] Pero ¿habrá continuación de la historia humana? La apuesta nihilista del Ragnarok-fascismo, el fascismo de fin de mundo que gana posiciones, es que no: no quedará nadie para contar tanta crueldad, tanta indignidad, tanta infamia.

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La política de apaciguamiento no funciona frente a dictadores como Trump o Hitler (que son narcisistas malignos, seres psicopáticos, ha diagnosticado más de un psiquiatra), y la política de decir muchas veces “sostenible” y de “hacer como si” no funciona frente a los procesos físicos, químicos y biológicos de la naturaleza.

El mundo donde vivíamos, que era malo, se desmorona –y emerge un mundo peor. Retengamos una fecha: 6 de enero de 2021, el día en que Trump incitó a asaltar el Capitolio tras perder unas elecciones que había intentado amañar. Tendría que haber sido juzgado y encarcelado por ello, pero eso no ocurrió.

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Bien: la historia humana, a cuyo final quizá nos estemos aproximando, es “una carrera entre la educación y la catástrofe”, decíamos con Wells, y en 2026 la catástrofe va ganando. ¿Qué podemos hacer en favor de la educación?

Necesitamos formular propuestas de sentido, porque la crisis ecológico-social es, quizá antes que otra cosa, una crisis de sentido (sentido de la vida para las personas, y un sentido que tiene que ver con el entrelazamiento de miríadas de vidas: somos holobiontes en un planeta simbiótico). Pero hemos de ser conscientes de que estas propuestas de sentido en el mundo de hoy, si son honestas, van a ser dolorosas: van a llevar consigo muchos duelos.

No deberíamos engañar ni engañarnos al respecto. Hagamos caso en eso al primer ministro canadiense Mark Carney, quien en su discurso de Davos, apoyándose en Vaclav Havel, rechazaba vivir en la mentira; y exhortaba a aceptar la realidad y a vivir en la verdad.[11]

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“El secreto principal del gobierno” –explicaba el abogado antibonapartista francés Maurice Joly en 1864— “consiste en debilitar el espíritu público, hasta el punto de desinteresarlo por completo de las ideas y los principios con los que hoy se hacen las revoluciones. En todos los tiempos, los pueblos al igual que los hombres se han contentado con palabras. Casi invariablemente les basta con las apariencias; no piden nada más. Es posible entonces crear instituciones ficticias que responden a un lenguaje y a ideas igualmente ficticios.”[12]

Es sabido que una parte esencial de la doctrina confuciana se refería al uso adecuado de los conceptos y la rectificación de los nombres. Si las denominaciones de la realidad no son correctas, la acción no podrá tampoco ser adecuada, ni la comunidad humana alcanzar florecimiento. “Si los conceptos no son exactos, los discursos no concuerdan; si los discursos no concuerdan, las obras no se producen; si las obras no se producen, la moral y el arte no florecen. (…) El noble no soporta que en sus discursos haya nada que sea impreciso. Esto es lo principal.”[13]

En nuestra época, o por mejor decir en la que inmediatamente la antecedió, Aldous Huxley insistía en este punto de vista confuciano, anticipando algo que se parece mucho a la pareja de conceptos Homo sapiens/ Homo demens de Edgar Morin: “El lenguaje ha permitido que el hombre progrese de la animalidad a la civilización. Pero el lenguaje ha inspirado también esa continua locura y esa sistemática y genuinamente diabólica perversidad que no son menos características del comportamiento humano (…). De un modo del que no tenemos plena conciencia, el sistema reticular del cerebro selecciona de una incontable multitud de estímulos esas pocas experiencias que tienen importancia práctica para nosotros. De estas experiencias inconscientemente seleccionadas, extraemos de modo más o menos consciente un reducido número, al que marcamos con palabras de nuestro vocabulario y luego clasificamos dentro de un sistema a la vez metafísico, científico y ético que está formado por otras palabras de un nivel de abstracción más alto. En los casos en que la selección y la extracción hayan sido dictadas por un sistema que no sea demasiado erróneo como opinión de la naturaleza de las cosas, y en que los marbetes verbales hayan sido inteligentemente elegidos y su naturaleza simbólica claramente comprendida, nuestro comportamiento tenderá a ser realista y tolerablemente decoroso. En cambio, bajo la influencia de palabras mal elegidas y aplicadas –sin comprensión alguna de su carácter meramente simbólico– a experiencias que han sido seleccionadas y extraídas a la luz de un sistema de ideas erróneas, tenderemos a comportarnos con una diabólica y organizada estupidez, de la que los animales mudos (precisamente porque son mudos y no pueden hablar) resultan beatíficamente incapaces.

En su propaganda antirracional, los enemigos de la libertad pervierten sistemáticamente los recursos del lenguaje, con objeto de atraer o empujar a sus víctimas hacia el modo de pensar, sentir y obrar que ellos, los manipuladores de la mente, desean. Una educación para la libertad (y para el amor y la inteligencia que son, a un mismo tiempo, las condiciones y los resultados de la libertad) debe ser, entre otras cosas, una educación para el uso correcto del lenguaje.”[14]

Si la red es inadecuada, la pesca será mala, necesariamente. Esto lo sabe cualquier pescador: ¿puede permitirse ignorarlo el político, el intelectual, el ciudadano? Sin hacer frente a la perversión del lenguaje de forma organizada y consciente, sin una rectificación de los nombres adecuada para la era de internet y la “posverdad”, no hay posibilidad de edificar un orden democrático de convivencia. Por no hablar de sustentabilidad (en el recto uso de tal concepto)…

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Fernando Broncano en Twitter/X: “Negar la ciencia, negar las evidencias, asfixiar a las universidades. Huir hacia adelante, crear un mundo de preppers privilegiados, negar el futuro, el presente y el pasado. Trump, Milei, Ayuso. Habría que pensar en categorías psicoanalíticas: Todestrieb, pulsión de muerte”.[15]

Curtis Yarvin: “Es absolutamente esencial para el éxito de cualquier cambio de régimen que todas las universidades acreditadas sean liquidadas física y económicamente”. J.D. Vance: la educación superior en EEUU es “el corazón de la bestia”.[16] En este mundo nos encontramos ahora: de nada sirve fantasear que seguimos en el mundo de ayer.

Es en este mundo donde hemos de replantear la educación ambiental y ecosocial.

Se atribuye a Bravo Murillo esta respuesta a los primeros proyectos culturales inspirados en España por un socialismo más bien tirando a utópico: “Aquí no necesitamos gente que piense, sino bueyes que trabajen”. El tipo de formación que propician los gestores y gestoras del capitalismo tardío (en nuestro país y en otros) parece guiarse también por esa máxima.

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Bien, ya no estamos en 1972, cuando en la Cumbre de Estocolmo se plantearon objetivos para una educación ambiental que se integrase plenamente en el sistema escolar y en la educación no formal; que desarrollase programas para tomadores de decisiones de los sectores público y privado; que colaborase con los gobiernos para que incluyeran la dimensión ambiental en las políticas públicas; a la formación de las personas docentes; que elaborase materiales didácticos y medios audiovisuales; que impulsase la investigación, la experimentación y la evaluación, así como establecer un sistema de intercambio y difusión de la información.

Ni estamos en 1977, cuando tuvo lugar la famosa Conferencia de Educación Ambiental de Tbilisi, donde se enunció que el proceso de desarrollo debe tomar en consideración el medio ambiente y servir para satisfacer las necesidades fundamentales de la población. Se realizó una crítica a un crecimiento económico que redundaba en beneficio de un sector privilegiado de la población mundial. Se instó a evitar la explotación abusiva de unos ecosistemas y los daños acarreados a otros por la contaminación y se exigió la búsqueda de nuevas fórmulas de ordenación del territorio (interesándose, en particular, por las modalidades de apropiación social).

Ha pasado medio siglo. Atención a la autocrítica de un educador ambiental profundamente comprometido con su actividad: “Cuántos talleres, charlas, materiales, campañas… dirigidas a mostrar lo importante que es reciclar papel, cerrar el grifo o preferir el autobús. Ante crisis globales, crisis que –no nos hemos cansado de repetir– son el resultado de formas ‘equivocadas’ de establecer las reglas del juego de la sociedad, las fórmulas que hemos puesto en marcha han estado dirigidas al individuo, convencidos de que en él está la virtud del cambio. Nos ha preocupado la suma de miles de esfuerzos para dar lugar a cambios ambientales. Aunque no lo reconocemos, hemos querido crear culpables ambientales ante culpas de las que no tienen apenas responsabilidad. El paso a la acción, que reivindicamos como imprescindible, se ha quedado demasiadas veces en un recetario de sugerencias de consumo…

(…) En la educación ambiental también aplicamos, quizá de forma inconsciente, un modelo político a nuestra actividad. Hay educación ambiental neoliberal, ya lo dijo Pablo Neira hace unos años, pero no sólo porque es apadrinada por entidades de dudosa conciencia ambiental, sino porque promueve la resolución individual de los problemas: cierra el grifo, recicla tus basuras, no consumas productos sobreenvasados… y alégrate de que vas a mejorar el mundo. Cierra los ojos al resto. Y que no te interese de dónde viene el agua de tu grifo. Estamos haciendo educación ambiental neoliberal. Pero ya es hora de encarar el reto social de la sostenibilidad: o nos enfrentamos a la tarea colectiva de cuestionar lo insostenible y [avanzar hacia] la solución compartida de los problemas, o nos quedamos haciendo talleres de papel reciclado. Si fuéramos paranoicos podríamos pensar que la educación ambiental no es sino un bonito decorado para la institución, un entretenimiento para que el ciudadano tenga la conciencia tranquila, y un motivo para tener a activistas atareados.

(…) Hace unos meses leí que el altruismo, el trabajo para el otro, da lugar en nuestro organismo a una explosión de endorfinas, las hormonas del placer. O sea que ayudar, además de dar buen rollo, es bueno para el cuerpo. ¿Vamos a privar de ello a nuestros sufridos ‘destinatarios’?”[17]

A los peligros de una educación ambiental puesta al servicio de una política maquilladora, centrada en acicalar los efectos destructivos más visibles del progreso (entendido en sentido convencional), se refirió en repetidas ocasiones Fernando González Bernáldez (1933-1992), maestro de ecólogos y ecologistas en nuestro país a partir de los años sesenta del siglo XX.[18]

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Algo básico pero que no está de más recordar: no debemos entender la educación sólo como el aprendizaje formal que se imparte en las escuelas, los institutos y luego en las universidades. Los contextos educativos son los contextos sociales generales, y creo que la forma de autoconstrucción, de autoformación, de educación, de paideía más importante, sin menospreciar la educación ambiental en sentido estricto y formal, es la que se da en los movimientos sociales. Es ahí donde la gente se autoorganiza para actuar y, mientras lo hace, aprende en el recorrido. Nos educamos en lo ecosocial, sobre todo, luchando por el bien común en los conflictos ecosociales.

Lo que sucede es que, mientras en los años setenta y ochenta esa clase de procesos iban hacia adelante, pese a todas las dificultades, hoy estamos en tiempo de dolorosos retrocesos…

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Pese a lo cual, diría que no debemos contemporizar ni rebajar nuestras aspiraciones. De nada servirá tratar de hacernos simpáticos ante los “descreadores de la Tierra” (por emplear una fórmula que propuso Manuel Sacristán). Necesitamos una educación ambiental, o mejor dicho ecosocial, valiente y a la altura de las circunstancias. A la altura del excepcional tiempo histórico que es el nuestro.

No cabe pensar, a estas alturas, en una educación ambiental confortable ni aséptica: la alfabetización ecológica nos plantea un reto especial, porque tomarte en serio ese conocimiento te llevaría a cambiar tu forma de vivir.

Y hay que hablar de capitalismo, porque su dinámica autoexpansiva es la causa principal de la crisis ecológico-social. Me parece necesaario recuperar la siguiente reflexión de Cornelius Castoriadis en 1992: “La ecología es subversiva porque cuestiona el imaginario capitalista que domina el planeta. Ella recusa su motivo central según el cual nuestro destino es aumentar sin cesar la producción y el consumo. Muestra el impacto catastrófico de la lógica capitalista en el medio ambiente natural y en la vida de los seres humanos. Esta lógica es absurda en sí misma y conduce a una imposibilidad física a escala planetaria puesto que desemboca en la destrucción de sus propias presuposiciones. No es solamente la dilapidación irreversible del medio y de los recursos no renovables. Es también la destrucción antropológica de los seres humanos transformados en bestias productoras y consumidoras, en zapeadores embrutecidos. Es la destrucción de sus medios de vida. Las ciudades, por ejemplo, maravillosa creación de fines del Neolítico, se destruyen al mismo tiempo que la selva amazónica, dislocadas en guetos, barrios residenciales en las afueras y barrios de oficinas muertos después de las ocho de la tarde. No se trata entonces de una defensa bucólica de la ‘naturaleza’, sino de una lucha por la salvaguardia del ser humano y su hábitat. Es claro, en mi opinión, que esta salvaguardia resulta incompatible con el mantenimiento del sistema existente y que ella depende de una reconstrucción política de la sociedad, que haría de esto una democracia en la realidad y no en palabras.”[19]

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Por tanto: no educación ambiental funcional al capitalismo, sino educación ecosocial anticapitalista, decrecentista y pacifista. No una escuela/ instituto/ universidad para generar lealtades al Estado y al Mercado, sino el compromiso con los objetivos de una humanidad libre y justa en una Tierra habitable.

  • No sólo protección de la naturaleza (que es importante) o reciclaje (que también)…
  • Economía inclusiva
  • Nueva Cultura de la Tierra
  • Cultura de paz
  • Transiciones ecosociales justas
  • Democracia deliberativa
  • Ética de la autocontención, la responsabilidad y el cuidado.

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Escribió Benjamin en Dirección única, un libro de apuntes, fragmentos y agudezas publicado en 1928: “Dominar la naturaleza, enseñan los imperialistas, es el sentido de toda técnica. Pero ¿quién confiaría en un maestro que, recurriendo al palmetazo, viera el sentido de la educación en el dominio de los niños por los adultos? ¿No es la educación, ante todo, la organización indispensable de la relación entre las generaciones y, por tanto, si se quiere hablar de dominio, el dominio de la relación entre las generaciones y no de los niños? Lo mismo ocurre con la técnica: no es el dominio de la naturaleza, sino dominio de la relación entre naturaleza y humanidad”.[20]

Se trataría entonces de dominar no la naturaleza sino la relación entre naturaleza y humanidad. Dominar nuestro dominio: creo que esta idea sigue siendo inmensamente fecunda en el siglo XXI. Se trata, de alguna manera, de llevar la enkráteia que encomiaban Sócrates y Aristóteles del ámbito personal al socioecológico, transformando el autodominio del varón prudente en autocontención civilizatoria. Todas las relaciones humanas entrañan ejercicio de poder: insistía en ello un filósofo como Michel Foucault (en la estela de Nietzsche). Pero si, en un ejercicio de reflexividad guiado por los valores de la compasión, trato de dominar no al otro sino mi relación con el otro, si trato de dominar mi dominio, de autocontenerme, se abren impensadas posibilidades de transformación. De verdadera humanización para esos inmaduros homínidos que aún seguimos siendo.

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Aprender, sí; pero también la importancia de desaprender.

Carlos Taibo (en su prólogo a El pensamiento militarista de Fernando Hernández Holgado): “Si desde hace tres lustros, y a efectos de ilustrar lo que reclama la perspectiva del decrecimiento, he asociado ésta con seis verbos –decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar, descolonizar y descomplejizar–, en los últimos tiempos he decidido agregar, creo que con razones que no precisan mayor explicación, un séptimo: desmilitarizar”.[21]

Y todavía habría que añadir algunos verbos más en des-, ¿no? ¿Quizá desdigitalizar, o desempantallar? ¿Desturistificar? Y desde luego desacelerar y desfosilizar, pero también desnuclearizar…

Tantos desaprendizajes necesarios.

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Volvamos para ir concluyendo a la cuestión del sentido, antes evocada. Ahora necesitamos cambiar radicalmente el sentido de nuestra existencia. El sentido de pertenencia –a un territorio, a la naturaleza, a la Madre Tierra/ Gaia/ Gea– es “el alimento más vital de todos”, nos dice Robin Wall Kimmerer en El guillomo.[22] Pero precisamente esa fuente de sentido es muy débil en los entornos urbano-industriales, salvo que la cuidemos y nutramos mediante prácticas específicas. Éste es un importante desafío para la educación ecosocial.

Los centenares de millones de personas que hoy buscan este sentido de la vida en la capacidad de provisión de cada vez más mercancías, deberían quizá considerar que una existencia plena tiene mucho más que ver con actividades satisfactorias en el terreno de la creación y de la relación con los demás. Ahí es donde tanto el arte como la educación y la ciencia podrían desempeñar un papel fundamental, y con ello señalamos otro importante desafío para la educación ecosocial.

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Vale la pena reflexionar sobre las motivaciones positivas que podrían impulsar el cambio ecosocial que necesitamos desesperadamente. Recupero para ello un par de páginas de un texto mío anterior, “El colapso no es el fin del mundo”.

Una parte del movimiento ecologista (y su expresión política –permítaseme aquí simplificar un poco–, los partidos verdes) se extravió en los años ochenta-noventa del siglo XX, cediendo ante el empuje del neoliberalismo. Depuso su crítica antisistema (esto es, su crítica sistémica del capitalismo) y se limitó a intentar encontrar soluciones pragmáticas a una situación que se agravaba constantemente. Se concentró en tratar de conseguir mejoras marginales dentro de los estrechos márgenes de acción que permitía el sistema. Y perdió parte de su alma en alianzas con el poder corporativo de las grandes empresas. Como señalaba Paul Kingsnorth, esta clase de ambientalismo se ha mostrado “demasiado dispuesto a adoptar la noción de ‘desarrollo sostenible’ que a menudo se parece al business as usual con menos emisiones de carbono”.[23] Aquí sería ilustrativa la historia de desnaturalización de Die Grünen, los Verdes alemanes…[24]

Hoy no necesitamos (prioritariamente) acumular más datos sobre la crisis multidimensional, o frangollar nuevos modelos científicos: necesitamos sobre todo construir movimiento social. Los problemas ecológicos son, esencialmente, asuntos sociopolíticos y culturales. Presentarlos como cuestiones técnicas –así lo hace sistemáticamente la cultura dominante– es un reduccionismo que trabaja a favor de la ilusión de un “capitalismo verde” –pero esa expresión es un oxímoron.[25] Hoy no necesitamos (prioritariamente) más avances técnicos, aunque algunos de ellos puedan ser bienvenidos, sino otra praxis social. Necesitamos construir movimiento social. Tiene razón el economista Jean-François Noubel cuando apunta que “los mayores retos de la humanidad no son el hambre, la pobreza, el desarrollo sostenible, la paz, la salud, la educación, etc., sino nuestra capacidad de organizarnos colectivamente para poder resolverlos”.[26]

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Lo “verde” no es el coche eléctrico, pongamos por caso: es caminar, pedalear y usar transporte colectivo. Darnos cuenta de esto resulta fundamental. Ahora bien, no hay que insistir en que, criados como estamos dentro de la cultura de expansión de la Modernidad, pedir contracción y decrecimiento no resulta de entrada una opción muy popular. Hoy no luchamos por construir la brillante utopía, sino para evitar las distopías peores. Y sabemos además que hay ciertos factores psicológicos –como la aversión a la pérdida– que todavía dificultarán más nuestro empeño.[27] ¿De dónde, entonces, el atractivo para la transformación socioecológica necesaria? ¿Cómo proporcionarnos motivación ético-política suficiente, en nuestras sonámbulas e infantilizadas sociedades? ¿A qué podemos recurrir como perspectiva positiva? Diría que sobre todo a estos siete elementos:

  1. El amor por los hijos e hijas, las nietas y nietos (y me refiero al amor concreto, no a un abstracto “instinto de supervivencia” humano en cuya solidez sería necio confiar).
  2. Libertad real (no nuestro fantasear con ella desde una profunda enajenación), fuera del horizonte de consumismo totalitario que se nos ofrece como casi única opción: libertad para vivir la propia vida de acuerdo con decisiones y valores personales. Tomar nuestro destino en nuestras propias manos. Esta libertad real se coimplica con la igualdad, como he argumentado en otros lugares.
  3. Comunidad –y este vivir en comunidad (en comunidades) resulta esencial para los simios supersociales que somos los seres humanos.[28] Podemos resumir los dos puntos anteriores en una vida con mucha menos enajenación que las que hoy vivimos, una existencia humana menos alienada.
  4. De esa existencia menos alienada formaría parte el trabajo con sentido, que puede convertirse en un placer –incluso cuando se trata de duro trabajo físico, en el campo por ejemplo– cuando se evita una excesiva parcelización del mismo y la privación de los frutos de ese trabajo. William Morris formuló vívidamente el objetivo de esa recuperación de un trabajo semiartesanal o artesanal no divorciado de la producción de belleza. Hacer bellos los objetos cotidianos y los entornos vitales es necesario “para impedir que los seres humanos sean un pegote feo y degenerado que se adhiere a la superficie terrestre”.[29]
  5. Riqueza en tiempo y en vínculos sociales, capaz de compensar las pérdidas de riqueza material que se seguirán de la renuncia al extractivismo.[30] Por aquí enlazaríamos con la socialidad del Sur que, a partir de Pier Paolo Pasolini y Michel Maffesoli, nos propone Amador Fdez. Savater.[31]
  6. Una existencia de resonancia con la vida y conexión con el cosmos. La resonancia (en el sentido que dio a este término el filósofo canadiense Charles Taylor) es en cierta forma lo contrario de la alienación. Como señala Hartmut Rosa, “la vida buena se obtiene resonando con nuestro entorno, viviendo conectados con el mundo. En las relaciones, en el arte, en la naturaleza… buscamos estar en contacto con la existencia, que nos emocionen y emocionar a los otros.”[32]
  7. Un nuevo sentido de la vida (vida buena con dignidad humana y tratando bien a la Tierra, reconciliando natura y cultura) que puede proporcionar buenos mimbres para tejer el cesto de la “autorrealización” (vida lograda o cumplida). La sensación de vivir una vida con sentido (incluso si tiene aspectos duros y comprometidos) es una de las motivaciones más fuertes que podemos experimentar los seres humanos.

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El mundo ha de ser para los seres humanos un hogar con el que conectemos emocionalmente –no un reservorio inanimado de recursos para explotar.[33] Parece haber, sugiere Hartmut Rosa, dos grandes formas o sistemas culturales para establecer esa clase de conexiones profundas con el mundo, entrando en una suerte de conversación con él: la religión y el arte (“que, al decir de los románticos, despierta el mundo para que responda con cantos”).[34] Ahora bien, la religión –sugiere la gran analista de las religiones Karen Armstrong– puede considerarse en realidad una forma de arte.[35]

Tendríamos entonces el arte, en ese sentido antropológico muy amplio (que incluiría la religión)… y también la ciencia, como una forma privilegiada de diálogo con la realidad. (En la base de la ciencia, en efecto, se halla el respeto por la realidad y por la alteridad. La realidad –las realidades– existe como algo diferente al yo o al grupo humano: la reconozco, la aprecio como lo otro, la investigo sin pretender reducirla a mí –o a mi grupo humano–. Es cierto que aquí se abre una disyuntiva: investigar la realidad –las realidades– puede hacerse en el modo de la dominación y la tortura o en el modo de la contemplación, la admiración y el respeto.)[36] Necesitamos al arte y necesitamos a la ciencia para conversar con el mundo, y sentirnos en él como nuestro hogar. Esa sensación de conexión que expresa el poema HOY del poeta afrobrasileño Solano Trindade:

“Hoy estoy exuberante,/ estoy poroso de poesía./ Como el liberto/ recién salido de la cárcel,/ canto,/ aprecio el sol,/ aprecio la lluvia,/ aprecio al hombre que pasa;/ hay gracia en todo,/ en el colorido de los vestidos de las mujeres,/ en el caminar de los niños,/ en las frutas de los puestos,/ en todo hay gracia;/ en el jardín de la plaza,/ en las flores del jardín./ Hoy estoy exuberante,/ estoy poroso de poesía…”[37]

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¿Qué hacemos, amigos y amigas, en un mundo que se desmorona?

¿Vamos a ser capaces de ir a contracorriente –de la necropolítica, del ecocidio, de la economía capitalista en guerra contra la vida, de la destrucción de la democracia, del rechazo a los derechos humanos, del militarismo, del racismo, del androcentrismo –del antropocentrismo…?

No basta con dejarnos llevar, pues la corriente nos impulsa con fuerza hacia abajo: “¡qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también!”.[38] Ni basta con tratar de permanecer donde estamos, porque el mundo que fantaseamos estable no lo es. Hemos de resistir para cambiar a fondo, buscando ser mejores… Necesitamos una enorme confianza –no ciega, sino lúcida– en las opciones de la calidad frente a la cantidad para no desfallecer en este tiempo de Gran Desproporción.

La versión hispana del “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad” de Gramsci se la debemos a Giner de los Ríos (que escribió antes que Gramsci): “esperar bien poco y trabajar como si esperásemos mucho” (carta a José Castillejo en 1906).

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Para terminar, cuatro preguntas:

Volvemos una y otra vez a la idea de la salvación a través de una educación mejorada, pero ¿tenía razón Rafael Sánchez Ferlosio cuando sugería que “el imponente poder pedagógico de la publicidad tiene ya derrotado de antemano cualquier otro intento educativo”?[39] (Hoy la situación ha empeorado mucho más, con los smartphones, la producción industrial de fake news, las IA generativas…)

¿Habría que pensar la educación ambiental/ ecosocial en términos de guerra cultural?

¿No serían requisitos básicos para una educación moral prácticas como: aprender a llamar las cosas por su nombre; aprender a decir no; aprender inacción?

¿Qué papel podemos conceder a la pedagogía de la catástrofe que invoca a menudo un sabio como Joaquim Sempere?[40]

 

 

[1] Julio Vías: “Nace Navacerrada 365, según sus promotores un proyecto de desarrollo deportivo sostenible. Tan ‘sostenible’ que contempla la construcción en el #PuertodeNavacerrada de una instalación de innivación artificial tipo Xanadú de 30.000 m²…” (https://x.com/JulioVias/status/1940658070214111255 )

Véase también: https://www.lugaresdenieve.com/?q=es/noticia/nace-navacerrada-365-un-proyecto-integral-desarrollo-sostenible-y-deportivo#google_vignette

https://aquienlasierra.es/navacerrada/una-propuesta-ciudadana-busca-preservar-y-revitalizar-el-puerto-de-navacerrada-durante-todo-el-ano

https://periodicosierramadrid.es/index.php/municipios/item/14049-navacerrada-nace-navacerrada-365-un-ambicioso-proyecto-para-impulsar-el-puerto-de-navacerrada-como-enclave-deportivo-y-turistico-todo-el-ano

[2] El 14 de marzo de 2025, en su primer día como primer ministro de Canadá, Mark Carney firmó una orden para eliminar el impuesto federal al carbono sobre el consumo (gasolina, gas) a partir del 1 de abril de 2025, respondiendo así a la impopularidad de la medida. Véase: https://www.swissinfo.ch/spa/el-nuevo-primer-ministro-canadiense-cancela-el-impuesto-a-las-emisiones-de-carbono/89013453

[3] Jean-Baptiste Fressoz, Sin transición, Arpa, Barcelona 2024. Se puede ver esta reseña: https://blogs.sindominio.net/colapsando/resena-del-libro-sin-transicion/

[4] También en España, según hemos sabido después, en enero de 2026: nuestro país ha aumentado sus emisiones en 2025 al menos un 0’6% (hasta 270.043’11 ton CO2 eq según los datos estimados en diciembre de 2025, con datos de consumo de combustibles hasta octubre de 2025). Así, España se aleja, año tras año, del objetivo climático al que se ha comprometido con la Comisión Europea, a pesar de la retórica del Gobierno. El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) estableció como meta que las emisiones cayeran un 32% en 2030 respecto a los niveles de 1990. Pero en 2025 son sólo un 5,8% menores que las de 1990… Veáse el informe de estimación de las emisiones del año 2025 del Observatorio de Sostenibilidad; https://www.observatoriosostenibilidad.org/informes (y también https://acrobat.adobe.com/id/urn:aaid:sc:EU:32640109-54db-4636-b638-528ca184b0aa ).

[5] Veáse el informe de estimación de las emisiones del año 2025 del Observatorio de Sostenibilidad; https://www.observatoriosostenibilidad.org/informes  (y también https://acrobat.adobe.com/id/urn:aaid:sc:EU:32640109-54db-4636-b638-528ca184b0aa ).

[6] https://www.theatlantic.com/ideas/2026/01/america-fascism-trump-maga-ice/685751/

[7] B. Andrino y Kiko Llaneras, “Estos son los perfiles de los nuevos votantes del partido de Abascal”, El País, 14 de septiembre de 2025.

[8] Entre los “pánicos morales” que ha logrado ir introduciendo la guerra cultural de la ultraderecha, estos últimos años, en la sociedad española: ser acusado falsamente de violencia de género, y sufrir “ocupación” en tu propia casa (o segunda residencia), o “inquiokupación” en tu piso de rentista que alquila. Y por supuesto la inmigración…

[9] Daniela Zyman, “Diseñar un planeta en transición”, Icon Design 17, verano de 2025, p. 20.

[10] Emilio Gómez-Caminero, “La historia nos juzgará”, El País, 31 de mayo de 2025.

[11] https://youtu.be/S5KXh26_nKI?si=kK_UkH_Lz5CSQLcs ; https://legrandcontinent.eu/es/2026/01/21/construir-algo-mejor-el-discurso-completo-de-mark-carney-en-davos-x/

[12] Maurice Joly, Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, Barcelona, Muchnik Editores 1987, p. 57.

[13] Confucio citado en Ricardo Wilhelm, Kungtsé, Revista de Occidente, Madrid 1926, p. 111.

[14] Aldous Huxley, Nueva visita a Un mundo feliz, Sudamericana, Buenos Aires 1973, p. 131. (El original inglés es de 1958.)

[15] https://x.com/FernandoBroncan/status/1862400545878585360

[16] Naief Yehya, “Curtis Yarvin, el profeta de la nueva reacción”, ctxt, 30 de mayo de 2025; https://ctxt.es/es/20250501/Politica/49334/Naief-Yehya-Curtis-Yarvin-EEUU-extrema-derecha-tecnofascismo-neorreacionarismo.htm

[17] Santiago Campos, “Uno contra todos o todos para uno: la educación ambiental se hace política”, Ihitza 13, primavera de 2004. El trabajo científico al que se refiere es probablemente: James K. Rilling/ David A. Gutman/ Thorsten R. Zeh/ Giuseppe Pagnoni/ Gregory S. Berns/ Clinton D. Kilts, “A neural basis for social cooperation”, Neuron 35 (2002), donde se muestra que la cooperación conduce a la activación de regiones cerebrales implicadas en la liberación de dopamina y en el comportamiento del placer. Como señala Antonio Damasio, al menos en casos como éste la virtud es su propia recompensa.

[18] AA.VV., Figura con paisajes. Homenaje a Fernando González Bernáldez, Fundación Fernando González Bernáldez, Madrid 2002, p. 167.

[19] Cornelius Castoriadis, Una sociedad a la deriva. Entrevistas y debates (1974-1997), Katz Editores, Buenos Aires 2006, p. 265-266.

[20] Walter Benjamin, Dirección única, Alfaguara, Madrid 1987, p. 97.

[21] https://www.carlostaibo.com/articulos/texto/?id=717

[22] Robin Wall Kimmerer, El guillomo, Capitán Swing, Madrid 2025, p. 16.

[23] Paul Kingsnorth, “Cuarenta días” (2013), traducido por Sara Plaza en su blog Civallero & Plaza, 5 de marzo de 2018; http://civalleroyplaza.blogspot.com.es/2018/03/retirarse-para-llegar-ser.html

[24] La abordé en mi libro Los Verdes alemanes: historia y análisis de un experimento ecopacifista a finales del siglo XX (prólogo de Francisco Fernández Buey). Editorial Comares, Granada 1994.

[25] No cabe ecologizar una megamáquina de producción y consumo que sólo puede funcionar bien destruyendo cada vez más naturaleza… Una economía ecológica no puede ser capitalista. En los decenios últimos, las curvas de crecimiento de la “conciencia ecológica” medida demoscópicamente van en paralelo con las curvas de aumento del uso de energía y recursos naturales. “Capitalismo verde” es un oxímoron. Lo ha vuelto a argumentar exhaustivamente Richard Smith en Green Capitalism –The God that Failed, World Economics Association Book Series vol. 5, College Publications 2016.

[26] Citado por Félix Riera, “La revolución pendiente”, Culturas/ La Vanguardia, 27 de mayo de 2017.

[27] “En determinadas situaciones el miedo a perder algo puede ser una motivación mucho más poderosa que la esperanza de ganar algo, en parte porque una vez que poseemos algo (un objeto, un valor ético, etc.) empezamos a valorarlo mucho más. (…) La aversión a la pérdida también influye en nuestras decisiones sobre el estilo de vida. Aumentar el consumo cuando las personas tienen dinero para ello es psicológicamente muy sencillo. Reducir de cualquier manera significativa (por ejemplo, mudarse a una casa más pequeña o reducir la cantidad de electrodomésticos que uno tiene) parece doloroso, incluso cuando en el pasado esa persona haya sido completamente feliz con un nivel más bajo de consumo.” Nick Cooney, Cambio en el corazón –Cómo puede enseñarnos la psicología a generar el cambio social, Plaza y Valdés, Pozuelo (Madrid) 2015, p. 58 y 59.

Daniel Kahneman y Amos Tversky han estudiado este fenómeno en profundidad. Véase por ejemplo Kahneman y Tversky, “Choices, values and frames”, American Psychologist vol. 39 num. 4, 1984; y Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio, Debate 2012, p. 367-371.

[28] En el capítulo 10 de mi libro La habitación de Pascal (Ensayos para fundamentar éticas de suficiencia y políticas de autocontención) (Catarata, Madrid 2009), titulado “Sobre socialidad humana y sostenibilidad”, argumenté que dos de los deseos básicos de los seres humanos (bienestar personal y potencia de obrar) pueden actuar intensamente contra nuestras perspectivas de sostenibilidad. Para contrarrestar estas tendencias –que, extremadas, desembocan en un nada improbable colapso donde se combinarían ecocidio y una suerte de antropocidio– habría que apoyarse sobre todo en otro deseo fundamental, en de vínculos sociales, tratando de reforzar y enriquecer la socialidad básica del ser humano.

Un autor contemporáneo que explora la fuerza de lo comunitario es Sebastian Junger (en Tribu, Capitán Swing 2016). Comentando este libro, y resumiendo una de sus tesis, Manuel Jabois escribía: “Cuando la moderna sociedad estadounidense invadía un mundo, el de los indios, que no había mejorado tecnológicamente en 15.000 años, se encontró con que los prisioneros preferían quedarse en las tribus cuando eran rescatados. Franklin escribió que a pesar de educar a un niño indio y habituarle a sus costumbres, si se le dejaba cinco minutos con sus parientes no volvía. Un emigrante escribió en 1782: ‘Miles de europeos son indios, y no tenemos un ejemplo de que indio haya elegido convertirse en europeo’…” (“Tribu”, El País, 25 de enero de 2017; http://elpais.com/elpais/2017/01/24/opinion/1485280565_272926.html ). En una jugosa entrevista Junger lo explicaba así: “Un amigo vivió un año escondido en unas cuevas de las montañas cuando los alemanes entraron en su pueblo. Eran unas 150 personas. Juntas buscaban comida. Los nazis no sabían que estaban ahí. El abuelo de mi amigo dice que fue el mejor momento de su vida y siempre le ha pesado que terminara. También fue obviamente el peor momento de su vida. ¿Cómo se explica eso? Mi libro trata de explicar esta contradicción…” (Sebastian Junger: “Competir con un grupo rival nos hace sentir bien”, El País, 11 de junio de 2017; http://cultura.elpais.com/cultura/2017/06/09/actualidad/1497007904_425225.html ).

[29] William Morris, La Era del Sucedáneo y otros textos contra la civilización moderna, Pepitas de Calabaza, Logroño 2016, p. 77.

[30] Como ha señalado Manfred Linz, “debemos describir el bienestar como un compuesto de tres elementos: riqueza en bienes, riqueza en tiempo y riqueza relacional. La riqueza en bienes y la riqueza en tiempo no precisan de demasiada aclaración. La riqueza o bienestar relacional se orienta al espacio social donde me muevo, e intenta lograr situaciones en las cuales me sienta acogido, reconocido; situaciones en las que las relaciones sociales sean satisfactorias y tenga para esas relaciones atención y tiempo suficiente. El aspirar a cada vez más bienes, a cada vez más cantidades de todo lo que me pueda permitir, suele ir en detrimento del tiempo libre y de las relaciones logradas. Y cuando me importa demasiado lo que desearía poseer, eso menoscaba la satisfacción derivada de disponer de mi propio tiempo y vincularme con otras personas.” Manfred Linz en Jorge Riechmann (coord.), Vivir (bien) con menos, Icaria, Barcelona 2007, p. 12.

[31] “Según el sociólogo (de la vida cotidiana) Michel Maffesoli, siempre ha existido, insistido y resistido una socialidad del sur. Una socialidad difusa, sumergida y oculta, difícil de ver pero presente, capaz de rebelarse y activarse si resulta amenazada. Una dinámica informal (formas de vínculo, de pertenencia subjetiva, de hacer práctico) determinante en la vida diaria, como substrato o ‘manto freático’ de la existencia colectiva.

¿En qué consiste esta socialidad del sur? En primer lugar, es un impulso vital, a-racional. Una voluntad de vivir, un querer vivir. Pero no vivir de cualquier modo, sino afirmando un tipo de vínculo, un tipo de existencia, una cierta idea de felicidad: un estar-juntos antropológico. Es también un conjunto de saberes y estrategias para reproducir esos vínculos, esas formas de vida.

Ese ‘sur’ se refiere original e históricamente a los países mediterráneos y latinoamericanos, pero se convierte enseguida en la obra del autor en una noción más movediza que apunta a ‘valores’ y ‘climas afectivos’ más que a una localización geográfica. En ese sentido, hay ‘sur en el norte’, como también hay ‘norte en el sur’. Colonia (vividora, alegre, habladora, proletaria) sería el ‘sur’ en Alemania y la financiera Frankfurt, el ‘Norte’. Podemos entresacar ahora cinco ‘valores’ (lo que vale) para esta socialidad del sur:

—en primer lugar, el presente: la vida no se proyecta ‘hacia adelante’ (un futuro de salvación, de perfección), sino que se afirma ‘ahora’. Esa cierta despreocupación hacia el mañana no excluye (¿paradójicamente?) una obstinación por reproducirse y durar. La temporalidad de la socialidad del sur es intensa y no extensa, pero ella se empeña en ‘perseverar en su ser’.

—en segundo lugar, el vínculo: La vida se da en continuidad con otros, entramada con otros, enredada con otros. No solamente por necesidad, sino también por el placer de compartir. El vínculo más apreciado es el vínculo cercano, próximo, al alcance de la mano (lo táctil como valor). Este ‘aquí’ no nos separa de lo que está ‘allí’ (lo lejano), sino al revés: a partir de lo que vivimos ‘aquí’ nos puede resonar algo ‘allí’.

—en tercer lugar, lo trágico: la asunción de la anarquía de lo que hay, de lo que es. No se trata de ‘solucionar’ o ‘superar’ lo dado (incierto, oscuro, múltiple), sino más bien de saber ‘componérselas’ con ello. Otra relación pues con el mal, el riesgo o la muerte, que no son algo a erradicar (según las lógicas imperantes del control, la securización y la previsibilidad total), sino un costado de la vida (y también pueden ser fuerza, palanca, si nos sabemos componer).

—en cuarto lugar, lo dionisíaco: no la vida encerrada en uno mismo (trabajo, éxito, progreso), sino la vida ‘extática’ que busca salir de sí a través del goce del cuerpo, el gusto por la máscara y el disfraz (las apariencias), la fusión con el otro en las celebraciones colectivas (musicales, deportivas, religiosas), etc. Exceso, derroche, vértigo, entrega, destrucción: lo ‘dionisíaco’ son tanteos con la alteridad.

—por último, el doble juego: no la pasión por lo recto, lo frontal y lo explícito, sino por el desvío, la astucia, el apaño, el rebusque, la brega, la duplicidad, el disimulo, el juego con la ley y la norma, las estrategias informales de conservación y supervivencia (mía y de los míos). No la pasión por corregir y enderezar, sino por sortear, regatear, driblar y burlar.” Amador Fernández Savater, “Una vida que se basta a sí misma: la revancha de los valores del sur”, eldiario.es, 30 de junio de 2017; http://www.eldiario.es/interferencias/capitalismo-crisis-revolucion_cultural_6_660094029.html

[32] Continúa el sociólogo y filósofo alemán: “Las experiencias de conexión siempre tienen una calidad transformadora. La mala vida es una vida alienada, puedes tener mucho dinero y relaciones, pero si pierdes la resonancia, acabas quemado. (…) Cuando en las encuestas preguntamos a la gente cuál fue la última vez que se sintió feliz, suele contarnos una historia que acaba con “…eso realmente me emocionó”: conectividad. (…) En el mundo moderno neoliberal no existe ningún refugio en el que podamos decir “ya tengo suficiente”. En cuanto permaneces en el mismo peldaño te vas para abajo, pierdes tu posición. (…) La energía que mueve esa enorme rueda proviene del propio sistema, pero también de nosotros. Hay que comprender cómo funciona el capitalismo. (…) Nuestro deseo básico de conexión se ha enmascarado en un deseo de bienes y objetos. Quiero un móvil para estar conectado con mis amigos, pero acabo atrapado en el consumo del último modelo, por eso los objetos siempre nos decepcionan. (…) Así funciona el capitalismo: hemos de sentirnos lo suficientemente decepcionados para no estar satisfechos, pero no lo suficiente como para dejar de comprar. Si lo entiendes, podrás hacer algo al respecto…” Hartmut Rosa, “La sociedad moderna necesita crecer para permanecer igual”, entrevista en La Vanguardia, 3 de mayo de 2016; http://www.lavanguardia.com/lacontra/20160503/401523102929/la-sociedad-moderna-necesita-crecer-para-permanecer-igual.html

En otra entrevista, este sociólogo alemán declara que “necesitamos una nueva concepción de qué es vivir bien, una visión más cultural. Sólo podemos llevar esto a cabo de forma colectiva. Creo que el gran error de nuestra era es la firme creencia de que el crecimiento, la aceleración y la innovación hacen la vida mejor. En muchos sentidos, nos hacen cada vez más miserables. Así que pensemos en ello de otra forma: creo que podemos determinar el punto en el que el crecimiento perpetuo conlleva la alienación -de la gente, de los lugares, de las cosas, de nuestras actividades, de nuestros cuerpos, etc. El opuesto a esta alienación es, creo yo, la resonancia. Somos felices cuando sentimos que el mundo resuena con nosotros: cuando responde y vibra a nuestro contacto. Tenemos este tipo de experiencias cuando interactuamos con los demás, pero también gracias al arte, la música, la naturaleza, el océano o las montañas, y para mucha gente, también gracias a la religión. Pero en cada caso la resonancia sólo puede desarrollarse cuando gozamos del tiempo necesario para que cada uno pueda hacer suyos los lugares, los libros, la gente. Así, al final, podemos re-conquistar el mundo, y obtendremos una vida mejor para todos. Esa es, al menos, mi visión” (“Cuanto más rápido vivimos, menos tiempo tenemos”, entrevista en El Confidencial, 17 de marzo de 2012; http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2012-03-17/cuanto-mas-rapido-vivimos-menos-tiempo-tenemos_501839/ ).

Bueno, ya se sabe que los Beach Boys encomiaban las good vibrations. Y mi difunta tía Enriqueta, cuando tenía reunidos en torno a sí a sus seres queridos, en la sobremesa de una buena comida: “Qué bien se está cuando se está bien…”

[33] “Con el advenimiento del industrialismo y el colonialismo se produjo un quiebro conceptual. Los ‘recursos naturales’ se transformaron en aquellas partes de la Naturaleza que eran requeridas como insumos para la producción industrial y el comercio colonial. (…) La Naturaleza, cuya naturaleza es surgir nuevamente y rebrotar, fue transformada por esta concepción del mundo originariamente occidental en materia muerta y manejable. Su capacidad para renovarse y crecer ha sido negada. Se ha convertido en dependiente de los seres humanos.” Vandana Shiva citada en Alberto Acosta y Ulrich Brand, Salidas del laberinto capitalista, Icaria, Barcelona 2017, p. 64.

[34] Hartmut Rosa, Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía, Katz, Madrid/ Buenos Aires 2016, p. 180.

[35] “Creo que todas las religiones tienen unos elementos particulares positivos y una serie de defectos. No hay una religión mejor que otra. La gente siempre ha luchado por encontrar sentido a la vida. Veo la religión como un tipo de arte. Los humanos caemos muy fácilmente en la desesperación y buscamos consuelo en cosas como el arte o los sueños de belleza y justicia…” Armstrong entrevistada en El País, 1 de junio de 2017; http://cultura.elpais.com/cultura/2017/05/31/actualidad/1496216971_762655.html

[36]  En la primera perspectiva (dominación), son famosas algunas formulaciones de Francis Bacon (1561-1626) que compara la experimentación sistemática con la violación y la tortura de la naturaleza, concebida como una hembra. La epistemóloga feminista Carlyn Merchant sostiene que la filosofía de Bacon “trata a la naturaleza como una hembra a la que hay que torturar con inventos mecánicos”, al modo de “los instrumentos mecánicos empleados para torturar a las brujas”. ¿Fue Bacon tan malo como a veces lo pintamos? Una defensa en Lothar Schäfer, Das Bacon-Projekt. Von der Erkenntnis, Nutzung und Schonung der Natur. Suhrkamp, Frankfurt am Main 1993.

Hegel y Schelling consideraron la experimentación científica como un acto de violencia contra la naturaleza (punto de vista que retoman, en el siglo XX, Adorno y Horkheimer).

La alternativa sería la praxis de Alexander von Humboldt, quien encarnó como nadie la idea de una ciencia concebida como interminable diálogo con la naturaleza, ciencia orientada no por la dominación sino por la aspiración al disfrute de la vida… No en balde suele verse en él la síntesis lograda entre Ilustración y Romanticismo (otros pensadores y artistas que se sitúan en ese interesante lugar: Leopardi, Hölderlin, Mozart)… Alexander von Humboldt (1769-1859) es uno de los precursores (o quizá habría que decir más bien uno de los fundadores) de la ecología, las “ciencias de la Tierra) y los esfuerzos por comprender las totalidades que en la segunda mitad del siglo XX desembocarán en la teoría de sistemas y los enfoques de la complejidad.

[37] Solano Trindade, Poemas antológicos (edición de Bethania Guerra de Lemos y Juan Bautista Rodríguez Aguilar), Rapsoda Editorial, Pozuelo (Madrid) 2015, p. 45.

[38] Antonio Machado, Los complementarios, CLXXVII.

[39] Rafael Sánchez Ferlosio, “Educar e instruir”, El País, 29 de julio de 2007.

[40] “Hemos llegado tarde: los avisos ecologistas de hace más de medio siglo se han ignorado y estamos en una situación en gran medida irreversible. Aunque se tomen medidas de rectificación, parece prácticamente imposible evitar al menos un genocidio de magnitudes incalculables.

El dilema antropocentrismo-ecocentrismo dibuja el fondo del problema. Pero el antropocentrismo está demasiado arraigado en las mentes para que pueda ser objeto de una reconsideración operativa a corto plazo. La situación límite en que vivimos obliga a tomar iniciativas, aunque lleguemos tarde, y aunque pensemos que no lograremos lo deseable: por lo menos hay que plantearse minimizar los daños. Luego se verá cómo seguir adelante.

Si no se logra una masa crítica de personas para un cambio profundo y radical, los convencidos seguiremos siendo una secta impotente, por mucha lucidez que tengamos. Por eso hay que pensar en términos operativos. Sólo en esos términos lograremos la pedagogía necesaria. La catástrofe es inevitable; pero probablemente será una catástrofe por etapas y con multitud de formas. Hay que aprovechar esta circunstancia en sus vertientes didácticas: la pedagogía de la catástrofe será insustituible.

Estamos convencidos de que hay que frenar las dinámicas económicas expansivas, y para eso, ante un enemigo muy poderoso como es el poder económico capitalista de hoy, hay que ‘superar el capitalismo’ o prepararse para un ‘poscapitalismo sin crecimiento’. No tenemos fórmulas alternativas bien construidas para avanzar, pero sí experiencias históricas que nos pueden indicar cómo avanzar y qué hay que evitar.

Pero hay que evitar los doctrinarismos y los debates nominalistas estériles. Por ejemplo, propiedad privada y mercado son instituciones que pueden funcionar, y funcionan; pueden ser parte de la solución, siempre que se sitúen en un contexto de regulación política de la economía (con un poder político capaz de sobreponerse al gran capital), con elementos de planificación democrática. Otro ejemplo: lo peor, hoy por hoy, es un capitalismo depredador que sólo se satisface con tasas desmesuradas de ganancia, que prioriza la economía financiera, que sobreexplota el personal y los ecosistemas, que reclama un crecimiento indefinido, etc. En cambio, tal vez es posible colaborar con un capital privado que acepte tasas moderadas de ganancia y regulaciones públicas para mantener a raya las prácticas depredadoras de los recursos naturales, etc. Anticapitalismo, sí; pero sabiendo qué es lo esencial y qué lo accesorio.

Aunque hayamos ya llegado tarde, hay que trabajar para minimizar los daños. No creo que baste decir: ‘sólo nos queda un trabajo humanitario de curar las heridas’. Hay que tener la ambición de (re)construir lo que se pueda. Las incertidumbres son demasiado grandes para que podamos afirmar que ya no hay nada que hacer.

Lo que podamos hacer aún, lo tenemos que hacer con la gente, con el máximo número de personas. Para movilizarlas no basta predicar: las inercias y rutinas, así como las expectativas productivistas-consumistas, son demasiado poderosas. Hay que tratar de movilizar a las mayorías con propuestas practicables a corto plazo (como la transición energética), y que sean las personas mismas las que vayan topando con los obstáculos y vayan comprendiendo, sobre la marcha, que la era de las vacas gordas se acabó, que hay que vivir con menos, que hay que asumir una visión de la Tierra y de la vida completamente distinta, etc. Hay que hablar, sí, de decrecer, no ocultar la magnitud de los cambios y de las renuncias necesarias; pero a la vez trabajar para que la gente misma se vaya convenciendo con su propia experiencia y acción práctica.

Finalmente, ante la magnitud de las incertidumbres, no hay que poner el acento en fórmulas alternativas acabadas, sino en una educación (teórica y práctica y lo más masiva posible) en principios ético-políticos que permitan ir encontrando sobre la marcha las soluciones concretas en colaboración con la gente. Estos principios son del tipo: libertad, igualdad, fraternidad, suficiencia, amor y respeto por la Tierra, consciencia de los límites, prioridad del cuidado a las personas, etc. ¿Podremos evitar la barbarie y los ecofascismos con eso? Lo ignoramos, pero debemos intentarlo. (No ignoro lo difícil que es asumir estos principios ético-políticos en un contexto de catástrofe planetaria. La resistencia de la gente en los campos de exterminio nazis nos puede dar pistas.)” Joaquim Sempere, comunicación personal, hace ya algunos años.

otro aspecto de la gran desproporción

Simios averiados, digo a veces. También podría decir: somos monstruos. Se me replicará acaso que la naturaleza no deja de producir toda clase de monstruos, y es verdad. Pero no la clase de monstruos que somos nosotros: los capaces de torturar, de fabricar bombas atómicas y letales virus de artificio, los monstruos capaces de genocidio y ecocidio.

Los racionalistas tenemos que hacérnoslo mirar, siquiera un poco… No porque haya nada malo en el ejercicio de la razón (¡al contrario!, resulta más necesario que nunca) sino por no haber tenido suficientemente en cuenta las taras de ese simio averiado que somos los Homo sapiens (sobre todo los varones de la especie), en cuyas manos el uso intensivo de la razón instrumental ha puesto un poderío tecnocientífico del todo descompensado con nuestras limitadas capacidades político-morales. Un uso adecuado de la “recta razón” y de las Luces ilustradas hubiera debido llevar consigo una autocontención en el desarrollo de la ciencia y la técnica que por desgracia no tuvo lugar.

 

cuando todo baja (sobre fosfoyesos y crisis de civilización)

https://laoficinagaleria.com/exposicion-9

(Texto escrito para acompañar una exposición de Isaías Griñolo)

Tengo una relación íntima con los fosfoyesos de Huelva. Esa enorme cantidad de residuos tóxicos y radiactivos (unos 120 millones de toneladas acumuladas desde 1968 a apenas medio kilómetro de la ciudad) proceden de la fabricación de fertilizantes de síntesis.[1] Ya con eso aparece una relación carnal, compartida con casi todos mis conciudadanos y conciudadanas: mi cuerpo, como el de todas las personas que hemos crecido en sistemas alimentarios agroindustriales (como el que tomaba forma en la España franquista de los años 1960), está construido básicamente con petróleo y gas fósil, a diferencia de los cuerpos de generaciones anteriores (que se construían con luz solar).[2] Y en esa construcción agroindustrial de los cuerpos españoles, la fabricación de fertilizantes es una pieza clave (amoníaco como resultado del proceso químico de Haber-Bosch, y fosfatos de origen mineral, en la base de los típicos abonos industriales N-K-P).[3]

Pero mi intimidad con los fosfoyesos va más allá. En los años sesenta (yo nací en 1962) se instalaron en España plantas modernas de fabricación de amoníaco, y en los setenta el sector se fue concentrando de forma notable. Mi padre, formado como perito agrícola, trabajó toda su vida en estas empresas de fabricación de abonos nitrogenados y fosfatados que por otra parte fueron absorbiéndose y fusionándose a lo largo de los años: Unión Española de Explosivos, Explosivos Riotinto, Fertiberia, ERCROS… Esto es: el salario que entraba en casa (mi madre trabajó como “ama de casa”, sin venta de fuerza de trabajo a terceros) provenía de la fabricación de esos fertilizantes sintéticos cuyos residuos de producción se amontonan en la balsa de fosfoyesos onubense. Y así, no sólo mi cuerpo sino también mi alma, en cierta forma, han sido construidos a base de fosfoyesos: toda mi formación para llegar a ser quien soy (educación primaria y secundaria en un centro privado, clases adicionales de francés en el Institut Français de Madrid o de alemán en el Instituto Goethe, alguna estancia en el extranjero…) fue costeada por el salario de mi padre, ganado en el sector de los fertilizantes. Y como no hay producción industrial sin generación de residuos:[4] ganado a base de fosfoyesos.

Lo que he contado no es una historia privada que se pudiera desechar como anecdótica. Si examinásemos las biografías de casi cualquier persona que haya crecido en la España del desarrollismo franquista (esto es, en la incorporación tardía de nuestro país al mundo industrial a partir de los años 1950), o después hasta llegar a hoy mismo, encontraríamos una situación parecida: nos hallamos entremezclados con fenómenos de dominación y destrucción que escapan a nuestro control individual. La gran mayoría de los empleos que ofrecen nuestras sociedades tienen como efecto daños a la naturaleza y a la salud humana análogos a los que causan los fosfoyesos de Huelva: sólo que a veces ocurren más lejos de donde nos encontramos (el Norte global conserva una capacidad notable de “externalizar” costes y daños lejos de los centros, y hacia las periferias).

En la guerra contra la naturaleza que mantienen las sociedades industriales, la conscripción es forzosa para casi todo el mundo, y nos vemos empuñando las armas como guerreros letales casi sin darnos cuenta. Unos versos de Idea Vilariño recogen bien el fenómeno de nuestra caída: “Como un jazmín liviano/ que cae sosteniéndose en el aire/ que cae cae cae/ cae./ Y qué va a hacer.”

Algo de análisis (que por razones de espacio no puedo emprender aquí) nos haría ver que para salir de estas relaciones estructurales de violencia no basta la deserción individual: necesitamos trabajar por un cambio sistémico (abolir el ejército). Si regresamos al caso concreto de los fosfoyesos: se trataría de salir del sistema agroindustrial, y reducir nuestra dependencia de los fertilizantes sintéticos mediante una transición agroecológica a gran escala que nos permita volver a construir los cuerpos a partir de la luz solar (y no a base de petróleo y gas fósil).

“Qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también”, dice una copla de Antonio Machado… Ya sé que hoy la noviolencia nos resulta casi inimaginable –hasta tal punto vivimos en sociedades asentadas sobre violencias de todas clases (de género, coloniales, laborales, contra los demás seres vivos y la naturaleza…)–, pero ¿tenemos otra opción? Si hablamos (desde hace decenios) de crisis de civilización es porque la guerra de las sociedades industriales contra la naturaleza se aproxima a su desenlace en forma de colapso ecológico-social. No se trata sólo de calentamiento global (habría que hablar más bien de tragedia climática)[5] o de crisis de biodiversidad (en términos más precisos, Sexta Gran Extinción):[6] chocamos con violencia contra los límites biofísicos de la Tierra. Justo en 2025, la acidificación de los océanos es el séptimo de los planetary limits (según el marco de investigación del Instituto de Resiliencia de Estocolmo) que las sociedades industriales estamos sobrepasando en el tercer decenio del tercer milenio.[7] Y frente a todo ello, la reacción de las elites del capitalismo es nihilista y exterminista.[8]

Aunque sea difícil, cuando todo baja, no dejarse caer, recordemos: tenemos la poesía. Tenemos la tierra viva y el océano vivo. Tenemos el olor del azahar y el desnudo de la persona amada. Tenemos el alfabeto de las nubes y la canción de los grillos. ¿Cómo vamos a permitir que triunfen el odio, la crueldad, el exterminio, la extinción?

 

[1] Las balsas de fosfoyesos de Huelva se generaron entre 1968 y 2010 durante la fabricación de ácido fosfórico a partir de roca fosfática (para elaborar abonos fosfatados, “superfosfatos”). Esta roca, de origen sedimentario, tiene concentraciones naturales de uranio y torio radiactivos. A las balsas onubenses se añadieron ciertas cantidades de otros residuos tóxicos. Sobre la historia política y judicial de los fosfoyesos, véase por ejemplo Raúl Bocanegra: “El problema radiactivo de los fosfoyesos de Huelva, una historia interminable”, Público, 5 de mayo de 2023; https://www.publico.es/politica/problema-radiactivo-fosfoyesos-huelva-historia-interminable.html

[2] “Seis de cada siete calorías que ingieren los europeos provienen de los combustibles fósiles y solo una de la fotosíntesis que provoca la luz solar. Y nueve de cada diez calorías son de origen fósil para los norteamericanos. Así, Dale Allen Pfeiffer puede decir con toda propiedad que comemos petróleo.” Pedro Prieto, “Lo prescindible”, 22 de julio de 2013; https://lacrisisenergetica.wordpress.com/2013/07/22/lo-prescindible/

[3] Hasta entrado el siglo XX, se usaron abonos nitrogenados de carácter natural como el nitrato de Chile. Se llega a los fertilizantes de síntesis como fruto del esfuerzo bélico durante la Primera Guerra Mundial (amoníaco para fabricar explosivos). En nuestras sociedades de agricultura industrial, hasta el 80% del nitrógeno presente en nuestros cuerpos (donde es un componente estructural) procede del gas natural por la vía de los fertilizantes de síntesis con los que cultivamos alimentos (gracias al proceso químico de Haber-Bosch, que transforma el nitrógeno atmosférico en amoníaco asimilable por las plantas).

[4] Aquí es importante la visión de conjunto de la economía ecológica y la noción de producción conjunta. Frente a las ilusiones de la economía convencional, la economía ecológica señala que todo fenómeno de producción entraña siempre, necesariamente, también una destrucción; las fuerzas productivas son siempre productivo-destructivas. Y en los últimos dos siglos de desarrollo capitalista, el segundo fenómeno ha ganado constantemente en importancia, en forma de aumento de contaminación, deterioro de la base de recursos naturales…

El concepto de producción conjunta (Kuppelproduktion en alemán, joint production en inglés) dice lo siguiente: la producción de bienes siempre viene acompañada de la generación de “males”. Cuando producimos bienes y servicios, creamos siempre también efectos indeseados (“males”) que muchas veces son perjudiciales para la salud de los seres vivos y para el medio ambiente. La producción conjunta está vinculada estrechamente con las leyes de la termodinámica: de hecho, es una consecuencia de la primera y la segunda ley. Se puede describir cualquier proceso productivo como la transformación de cierto número de insumos en cierto número de productos, cada uno de los cuales se caracteriza por su masa y su entropía. De las leyes de la termodinámica se sigue entonces que cualquier producción es producción conjunta, dado que la materia y la energía se conservan pero la entropía aumenta (vale decir, la calidad de la energía mengua). En particular, los procesos productivos que generan bienes deseados (caracterizados por su baja entropía) producen necesariamente residuos y contaminación (caracterizada por su alta entropía).

[5] Jorge Riechmann, “Crisis climática”, revista Nuestra Bandera 267 (monográfico Vivir dentro de los límites planetarios: otro paradigma es posible), segundo trimestre de 2025.

[6] Jorge Riechmann, “Ética y diversidad biológica”, en Joaquín Araujo (coord.), Biodiversidad en España, Lunwerg, Madrid 2010.

[7] Recapitulemos: en 2009, un grupo de investigadores (desde el Centro de Resiliencia de Estocolmo) propuso una nueva forma de medir la crisis ecológico-social: utilizarían como indicadores varios procesos clave para la vida en la Tierra, como la integridad de la biosfera o la capa de ozono. Estas personas especialistas descubrieron en un primer informe que tres de esos indicadores ya habían sido sobrepasados y, en 2023, elevaron la cifra a seis (es decir, dos de cada tres límites planetarios ya se habían alcanzado). Y lanzaron una advertencia: de continuar la quema de combustibles fósiles, la acidificación de los océanos no tardaría en unirse a los indicadores clave superados de la crisis climática. Ahora, un estudio demuestra que ese límite también ha sido sobrepasado. “Es una bomba de relojería”, resume uno de los investigadores. Véase Deva Mar Escobedo: “La Tierra sobrepasa otro límite planetario: la acidificación de los océanos supera niveles críticos”, El Salto, 11 de junio de 2025; https://www.elsaltodiario.com/oceanos/tierra-sobrepasa-otro-limite-planetario-acidificacion-oceanos-supera-niveles-criticos

[8] Impresionante, al respecto, el análisis de Gil-Manuel Hernández, “El normal caos del exterminio”, que se abre con esta cita de Maurizio Lazzarato: “El genocidio y la limpieza étnica practicados por los israelíes sobre los palestinos no sólo ponen de manifiesto la relación colonial, sino también el nivel de enfrentamiento al que están dispuestas las clases dominantes, los capitalistas y gran parte de la opinión pública del Norte del mundo”. Véase Gil-Manuel Hernández, “El normal caos del exterminio”, Rebelión, 24 de septiembre de 2025; https://rebelion.org/el-normal-caos-del-exterminio/

en torno a la polémica generada por un libro de analía plaza

Si han de hacerse (hacérsenos) reproches generacionales a los búmers/ boomers, mucho antes de hablar de pensiones o vivienda -si atendemos a la gravedad de los asuntos, más allá de lo inmediato-, habría que preguntar: ¿por qué dejasteis al país dentro de la OTAN -referéndum de 1986-, y tolerasteis la desastrosa conducción de esta alianza militar por EEUU (desaprovechando el «momento Gorbachov» a finales de los ochenta)? ¿Por qué dejasteis al PSOE neoliberalizar nuestra sociedad? ¿Por qué no construisteis con la IU de Julio Anguita una izquierda a la altura de las circunstancias en los noventa? Y sobre todo ¿por qué habéis consentido, e incluso impulsado, la deriva ecocida que ahora pone en tela de juicio la habitabilidad de la Tierra?

el mal empieza, y también acaba, en la crueldad

Si algo han ido revelando los inenarrables meses de la segunda presidencia de Trump es la facilidad con que sociedades enteras, igual que individuos tomados de uno en uno, se dejan caer a lo peor de sí mismas.[1]

Si cada uno de los seres despreciables en que nos vamos convirtiendo tuviese que explicarle a su madre cómo se ha llegado a esto, ¿soportaríamos tanta miseria moral?

“Se veía venir”, decimos a veces. Pero si se veía venir el horror, es porque en realidad ya estaba ahí. Y nuestra falta fue apartar la mirada, y no combatir ese horror cuando aún era posible hacerlo.[2]

A las nuevas anormalidades se suman las nuevas subnormalidades y las nuevas normopatías, mientras seguimos cayendo, cayendo, cayendo… Pero a estas alturas (o más bien bajuras) deberíamos saberlo: debajo de cada círculo del infierno todavía se encuentra otro peor.

El mal empieza, y también acaba, en la crueldad.

 

[1] Resumo (con la ayuda de Brenda Estefan) los principales puntos de la entrevista con Trump que el The New York Times ha publicado el 8 de enero de 2026, pocos días después del ataque militar contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa:

  • Trump afirma que su poder como comandante en jefe está limitado únicamente por “su propia moral” y “su propia mente”.
  • Desestima el derecho internacional como un freno real: dice que no lo necesita y que él decide cuándo se aplica.
  • Sostiene que la fuerza nacional —y no las leyes, tratados o convenciones— debe ser el factor decisivo entre potencias.
  • Afirma que la OTAN es esencialmente inútil sin Estados Unidos y admite que podría tener que elegir entre preservar la alianza u obtener Groenlandia.
  • Califica las normas del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial como cargas innecesarias para una superpotencia.
  • Deja claro que, en su visión, el poder de Estados Unidos es el factor determinante y que presidentes estadunidenses anteriores fueron demasiado cautelosos para utilizarlo con fines políticos o económicos.
  • Defiende la “propiedad” territorial —en particular sobre Groenlandia— como psicológicamente necesaria para el éxito, y sostiene que ofrece ventajas que no se obtienen mediante arrendamientos, tratados o la simple firma de documentos.
  • La conversación deja claro que, para Trump, la soberanía y las fronteras nacionales son secundarias frente al “papel de EE.UU. como protector de Occidente”. Entrevista: “Trump lays out a vision of power restrained only by ‘my own morality’ ”, The New York Times, el 8 de enero de 2026; https://www.nytimes.com/2026/01/08/us/politics/trump-interview-power-morality.html

[2] En el caso de Trump: ¿cómo explicar que no fuese juzgado y encarcelado después del asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021?

13 y 14 de febrero, cantoblanco: foro social más allá del crecimiento

Las inscripciones a la primera sesión del Foro Social Más Allá del Crecimiento ya están abiertas.

https://beyondgrowth.es

Tras el impacto de la Conferencia Más Allá del Crecimiento, el Foro Social supone un espacio de encuentro para construir democráticamente las bases de una transición ecosocial justa que cuestione el capitalismo verde, frene al fascismo fósil y proponga alternativas más allá del crecimiento basadas en el decrecimiento y la economía del bienestar para superar el modelo económico actual en vías de colapso.

➡️ Formulario de inscripción: https://my.liberaforms.org/inscripciones-foro-social-mas-alla-del-crecimiento

▶️ Llamada abierta a sesiones/talleres (hasta el 15 de enero): https://my.liberaforms.org/llamada-abierta-a-sesionestalleres

Nos vemos el 13 y 14 de febrero en la Universidad Autónoma de Madrid para hacer realidad otros futuros posibles, comenzando a dar forma a un acuerdo ecosocial más allá del crecimiento.

Programa: Programa_Foro_Social_Más allá del crecimiento

https://noticiasobreras.es/2026/02/foro-social-mas-alla-del-crecimiento-en-madrid/?srsltid=AfmBOoowqFKjZFLmmXItVlJzp-ctLMk8E1w4Vc-VTgzr3csnM2EXet8a

11 de enero, sierra de guadarrama: caminata por la presa del gasco y el canal de guadarrama

Algunas referencias reivindicativas:

La marcha discurrirá por el camino de La Isabela o del Pardillo, que se consiguió reabrir al uso público después de reclamarlo y pelearlo desde los movimientos sociales, pues estaba cerrado por los propietarios de una de las fincas por las que pasa. Durante años, hemos reivindicado también la declaración de la Presa del Gasco y del trazado del canal como Bien de Interés Cultural, por su valor histórico y arqueología industrial. Finalmente se ha conseguido y la declaración como BIC se ha producido en septiembre de 2021, aunque recortando la superficie protegida en torno al recorrido del Canal de Guadarrama, que ha quedado en 40 m desde el eje del canal hacia el lado del camino de sirga y 20 m hacia el lado del monte. En la primera propuesta que hizo la propia CAM se protegían 50 m a cada lado. Además, en Las Rozas, se pretende edificar una urbanización que afectaría a parte de su trazado, en la parcela del antiguo edificio de la Kodak (edificio y entorno de valor arquitectónico y etnológico). Del canal construido, una parte considerable ha quedado arrasado por la especulación inmobiliaria. Otra parte lo fue por infraestructuras (ferrocarril, carreteras y la A-6). Pero se conservan visibles unos 10 km desde las cercanías de la Presa del Gasco hasta la A-6 (cerca de la estación de tren de Las Matas) y otros tramos posteriores como el que pasa por la parcela de la antigua fábrica Kodak y el que está en la dehesa de Navalcarbón (donde se ha convertido en un estanque, tras una dudosa actuación del Ayuntamiento de Las Rozas, hormigonándolo). Una parte de este recorrido conserva su “cajeado” de piedra de mampostería (unos 12 km) En épocas de lluvias, sectores de la traza del canal se llenan de agua, produciendo la ilusión de que es navegable.

Referencias históricas:

El objetivo de la Presa del Gasco era almacenar agua del río Guadarrama, para surtir al canal navegable que desde la presa estaba previsto hasta Madrid, donde enlazaría con el canal de Manzanares, que estaba parcialmente construido y que se pretendía que llegara hasta Aranjuez y al que se pensaba abastecer también con el agua de la presa. Se hicieron también estudios teóricos para un canal desde Aranjuez hasta Sevilla para que las barcazas pudieran seguir por el río Guadalquivir hasta Sanlúcar de Barrameda, lo que se planteaba como lo que iba a ser enlazara por agua Madrid con el Océano Atlántico. Además, se llegó a plantear en el proyecto que la navegación sería posible desde la cola del embalse del Gasco hasta Collado Villalba y el pueblo de Guadarrama, con el fin de facilitar el transporte de la piedra de granito hacia la capital. Éste fue uno más de los proyectos de canales y otras obras públicas que abundaron en los siglos XVI, XVII y XVIII en gran parte de Europa, para abaratar el tráfico de mercancías. Fueron impulsados por la gran burguesía comercial, que administraba el poder político en alianza con las monarquías centralistas (“monarquías absolutas”) en la llamada época mercantilista, o de despegue del capitalismo sustentado en el comercio internacional y la banca. El proyecto del canal hasta Sevilla, su trazado preciso entre la presa del Gasco y Madrid y el de la propia presa, los hizo el ingeniero militar, arquitecto y matemático de origen francés Carlos Lemaur, que había participado en el diseño y construcción de otros canales y obras públicas, y sus cuatro hijos, quienes dirigieron las obras de construcción del primer tramo del canal de Guadarrama, entre la presa del Gasco y Las Rozas, tras el fallecimiento de su padre. Este proyecto fue promovido y financiado por el Banco de San Carlos, un banco privado, privilegiado por el Estado, que tenía prerrogativas tan importantes como el monopolio de la explotación de la plata de América, la emisión de los primeros billetes de curso legal, el suministro en exclusiva al ejército y la marina, el descuento y pago de los Vales Reales, etc. En el Banco Nacional de San Carlos hubo oscuros manejos y su director, Francisco Cabarrús, otro personaje de la oligarquía de la época, también de origen francés, llegó a estar preso durante casi 6 años. En alguna documentación y estudios históricos, al canal de Guadarrama se le denomina canal de Cabarrús. Se ha dicho que en la construcción de la presa y del canal llegaron a trabajar, en el momento de mayor actividad, hasta cinco mil personas. Una parte de ellas vivían en la cercanía de las obras, constituyendo un poblado, del que hoy quedan algunas ruinas. En algunos momentos participaron en la construcción soldados y presos, que afrontaron no solo la dureza de los trabajos, sino también una epidemia de paludismo, que era entonces endémico en el entorno de la Sierra. Se llegaron a excavar unos 26 km del canal, entre la presa y Las Rozas, con entre 38 y 41 acueductos y pasos para los arroyos. Este trabajo se hizo en solo un año, pero las obras quedaron casi totalmente paralizadas posteriormente. Después comenzaron las obras de la presa, que se extendieron desde 1787 hasta 1799, más de 12 años. Ni la presa inconclusa, ni el tramo de canal construido fueron nunca operativos. Cuando se suspendieron las obras, solo se habían construido esos 26 km de canal, de un trazado esbozado de más de 700 km. La construcción de todo el proyecto hubiera implicado, además, la de otras 35 presas, 177 esclusas, varios puentes-acueducto, más de 15 km de canal en mina (túnel), infraestructuras y caminos, etc. Además, estas obras se pusieron en marcha en medio de una fuerte crisis económica, inflación y con un gobierno que tenía un gigantesco déficit y una gigantesca deuda, que a punto estuvo de quebrar las finanzas del Estado. Fue un proyecto desmesurado, que hubiera tenido un coste inasumible y unos enormes gastos de operación y mantenimiento, y que era además de dudosa viabilidad técnica, tanto por la magnitud y el coste de las obras, como por la dificultad de garantizar el agua para que fuera navegable siquiera una parte del año (se consideraba que un buen canal tenía que ser navegable unos nueve meses al año). Todo parece indicar que fue un trampantojo o una operación de propaganda que permitió que los grupos de capital que se nucleaban en torno al Banco de San Carlos pudieran mantener los privilegios otorgados por el gobierno, frente a otros grupos de capital que los ambicionaban (como el Banco de los Gremios). El final de las obras de la presa, cuando ya estaban reducidas al trabajo de unas pocas cuadrillas, se produjo bruscamente el 14 de mayo de 1799, cuando se derrumbó una parte considerable del muro anterior (aguas abajo) de la presa. No hay, ni hubo, unanimidad sobre las causas del derrumbe (uno de los hijos de Lemaur llego a decir que las causas “han de entenderse como sobrenaturales”) Se dijo que no había fraguado adecuadamente la cal que ligaba las piedras (lo que no parece muy realista si se tiene en cuenta que la presa llevaba 12 años construyéndose y al derrumbe las obras avanzaban muy muy lentamente) que al estar expuesta su parte superior se había filtrado el agua deteriorando y arrastrando el relleno, que tenía defectos en su relleno, que los muros de la presa que formaban las celdas rellenas de piedra y arcilla no estaban engarzados sino sobrepuestos… También que el diseño de la presa, según se dijo ya en la época, era defectuoso e insostenible. Lo indudable es que la presa colapsó cuando todavía le faltaban unos 40 m para alcanzar la altura prevista y aun cuando nunca había sido llenada y sus muros no habían soportado la enorme presión y las filtraciones del agua embalsada. Posteriormente hubo estudios para intentar sacarle partido a los restos de la presa y a lo iniciado como canal, para el abastecimiento de agua a la capital y para riego de los huertos de los pueblos cercanos (que fueron también objetivos secundarios del proyecto original) pero no se llevaron adelante.

y el comunicado del ezln

https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2026/01/04/en-solidaridad-con-el-pueblo-venezolano/

EN SOLIDARIDAD CON EL PUEBLO VENEZOLANO

En las primeras horas del 03 de enero de 2026, las tropas de Estados Unidos de América (EUA) invadieron territorio venezolano, bombardearon distintos puntos de ese país y secuestraron al presidente de esa nación y a su esposa. Estados Unidos pretende, así, apoderarse de todo un territorio, como reinicio de las guerras de conquista del Gran Capital.

Frente a estos hechos, compartimos nuestra palabra:

1.- Hay un país agresor, los EUA, y un pueblo agredido, Venezuela.
2.- El sistema no respeta ni sus propias leyes internacionales y sus pretextos para agredir son cada vez más ridículos y ocultan la verdadera razón: la ganancia.
3.- Por encima de gobiernos y de fobias y filias, apoyamos al pueblo de Venezuela y nos solidarizamos en la medida de nuestras posibilidades.

posicionamiento de universitarios frente a la intervención militar en Venezuela

https://c.org/Qr5KJpRhpj

Firmé este posicionamiento:

Posicionamiento de universitarios frente a la intervención militar en Venezuela y sus implicaciones jurídicas internacionales

A la opinión pública, a las comunidades universitarias de América Latina, a los organismos internacionales y a los gobiernos de la región:

En la universidad sabemos que el silencio educa: acostumbra a la fuerza. Por eso hoy alzamos la voz.

El 3 de enero de 2026, medios internacionales informaron que fuerzas de Estados Unidos capturaron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y lo trasladaron a territorio estadounidense para procesarlo. Más allá de simpatías o repulsas, el hecho instala algo peligroso: la normalización de la “extracción” militar de un jefe de Estado.

Decirlo claro no equivale a absolver a nadie. La crítica a Maduro, a su gobierno, a sus abusos, debe hacerse con rigor. Pero sustituir la rendición de cuentas por la lógica de la captura es inadmisible. Sin autorización multilateral, estas acciones erosionan el piso mínimo de convivencia entre naciones: la soberanía, el debido proceso y los límites al uso de la fuerza.

La operación se ha defendido como “aplicación de la ley” desde la administración de Donald Trump. El mensaje se vuelve aún más grave cuando se anuncia que Washington pretende “administrar” Venezuela, como si la autodeterminación de los pueblos fuera una concesión revocable.

Este hecho no es aislado. El propio Trump ha amenazado a México, ha insinuado ampliar su foco hacia Cuba y Colombia, y ha insistido en la anexión de Groenlandia como si la integridad territorial fuera negociable. Se trata de una lógica de poder que reduce el derecho internacional a obstáculo y presenta la fuerza como solución.

Por eso, desde esta Comunidad Universitaria, sostenemos:

  1. Condenamos la captura y extracción forzada de Nicolás Maduro como una práctica de fuerza que sienta un precedente peligroso para la región y para el orden internacional.
  2. Rechazamos que las disputas políticas se “resuelvan” mediante operaciones militares y no a través de mecanismos multilaterales, diplomáticos y jurídicos legítimos.
  3. Exigimos a la ONU, a la OEA y a los gobiernos que pasen de los comunicados a las acciones verificables para frenar la escalada, reafirmar la Carta de la ONU y evitar cualquier pretensión de “administrar” a otra nación por la fuerza.
  4. Llamamos a los gobiernos latinoamericanos, con sus diferencias ideológicas incluidas, a construir una respuesta común. Hoy es Venezuela; mañana puede ser cualquier país que incomode.
  5. Defendemos una idea simple: si creemos en la democracia y en el derecho internacional, deben valer también cuando es incómodo, cuando el acusado es impopular y cuando el poderoso presume que puede hacer lo que sea.

No escribimos para alimentar bandos, sino para poner un freno. Una región sin límites compartidos se convierte en un tablero de castigos donde casi siempre pierden los mismos. La universidad no es un cuartel ni un coro obediente: es el espacio donde el pensamiento se vuelve responsabilidad pública.

Por ello, llamamos a respetar la democracia, el derecho internacional y la soberanía de las naciones como principios irrenunciables, no como discursos de ocasión. Defenderlos hoy no es un gesto simbólico: es una condición mínima para evitar que la fuerza sustituya al derecho y que la arbitrariedad se normalice.

Invitamos a la comunidad universitaria y a la ciudadanía en general a suscribir este pronunciamiento y a exigir una respuesta regional firme, ética y colectiva.

Porque callar no es neutralidad: es permiso.

un comunicado (desde la coordinación de mheste y deseeea) sobre la agresión a venezuela

Querido profesorado y alumnado de MHESTE/DESEEEA:

Desde el equipo de dirección y coordinación de los títulos, queremos transmitir nuestra solidaridad con el pueblo venezolano y hacer llegar nuestro apoyo a la comunidad MHESTE/ DESEEEA de América Latina/ Abya Yala por lo que consideramos un grave ataque a la legalidad internacional que pone en peligro la paz y la soberanía de los pueblos de la zona.

Más allá de las distintas valoraciones que se puedan hacer sobre el gobierno de Nicolás Maduro, rechazamos rotundamente el bombardeo de territorio venezolano (precedido por varios meses de intimidación militar creciente y las ejecuciones extrajudiciales de supuestos narcotraficantes) y el secuestro del presidente y su esposa. Consideramos todo lo anterior injustificable desde posiciones democráticas: se vulnera, una vez más, la soberanía de los países de América Latina y sus posibilidades de un desarrollo autocentrado y verdaderamente sustentable.

Este tipo de ataques no son nuevos y forman parte de la tradición imperialista estadounidense, reanudada por el gobierno de Trump (quien parece haber actualizado la “doctrina Monroe” en “doctrina Donroe”). Asistimos a otro caso de violencia extrema asociada al extractivismo, donde el propio Trump ha reconocido que el petróleo de Venezuela, además de otros recursos (como el coltán, el cobre, etc.) son los motores de este ataque. Esta agresión militar ha vuelto a cruzar una línea roja, como ya se hizo, por ejemplo, en Panamá en 1989, cuando EEUU secuestró a su presidente Noriega acusándolo también de narcotraficante.

Se intenta imponer una geopolítica de dominación imperial cuando nos haría falta avanzar rápidamente hacia una Gaia-política (o Gea-política) de reintegración de los sistemas humanos en la biosfera terrestre. Todo este panorama internacional insostenible refuerza nuestra posición sobre la crisis ecosocial que tenemos encima, donde, desde la base, hemos de empujar para que esta sea entendida y gestionada poniendo la vida de las comunidades humanas y no humanas en el centro, rechazando la violencia militar y extractivista que se nos quiere imponer. Seguiremos en ello.

Equipo de dirección y coordinación de MHESTE/ DESEEEA, 4 de enero de 2026

con la que está cayendo

Y con la que está cayendo, se preguntará, ¿defender a las ranas y los pájaros? Sí, precisamente con la que está cayendo. Pues, o bien somos capaces de reintegrarnos de forma sana en una biosfera próspera (en vez de explotar y degradar la Tierra en una huida hacia adelante sonámbula, como hacemos ahora), o nada se vuelve menos probable que la supervivencia humana.

Utópico, buenista, quijotesco, se reprochará. Podemos responder con el poema de Erri de Luca, su “Manifiesto de Quijote”: “No es el opositor de los poderes, él es lo opuesto./ A la potencia opone la impotencia, otra voluntad./ No está en la oposición, que no existe, está en las antípodas./ Los poderes se agrupan en los centros, para él no hay espacio,/ lo opuesto es largo, difamado, esparcido./ Cuando encuentra un semejante funda una república/ sobre un apretón de manos, una ciudad/ sin alcalde, policía, jueces, bolsa./ Lo anima cada voz que se enfrenta al poder,/ pero a la revolución le dice: demasiado poco,/ lanzar piernas al aire, subvertir no basta,/ es necesario desarraigar del pecho, de la respiración/ la voluntad de asumir poder, de lo contrario se vuelve a empezar./ Lo opuesto tiene un solo artículo de la Constitución:/ haz a cada uno aquello que te gustaría que te hicieran.”[1]

 

[1] Erri de Luca, Sólo ida. Poesía completa, Seix y Barral, Barcelona 2016, p.273.