contra la indiferencia -manu fernández escribe desde valencia

¿Estamos luchando por la justicia?, se preguntaba Simone Weil ante el avance del fascismo en Europa. Para pensar esa pregunta, recurría a Tucídides, quien en su Historia de la Guerra del Peloponeso recordaba a los atenienses que “el examen de lo justo tan solo se lleva acabo cuando existe la misma necesidad por ambas partes. Cuando hay un fuerte y un débil, el primero ejecuta lo posible y el segundo lo acepta”. Simone Weil subrayaba que “los griegos definían admirablemente la justicia como consentimiento mutuo”: una justicia que solo puede existir allí donde no hay dominio, donde la fuerza no se impone como criterio.
Hoy, ante la devastación de Palestina, esa pregunta vuelve a interpelarnos con la misma urgencia: ¿estamos luchando por la justicia o aceptando que la fuerza decida lo posible?
Hay momentos en la historia en los que el sufrimiento de un pueblo se vuelve tan insoportable que mirar hacia otro lado deja de ser una omisión y se convierte en una forma de violencia. Lo que ocurre hoy en Palestina pertenece a esa categoría moral extrema. No es solo una tragedia: es una interpelación. Una exigencia ética que alcanza a toda la humanidad.
Simone Weil escribió que la verdadera justicia comienza por la atención: por la capacidad de mirar el dolor del otro sin apartar la vista, sin justificarlo, sin relegarlo a la periferia de nuestra conciencia. Esa atención —frágil, incómoda, radical— es lo primero que se está quebrando en el mundo ante la aniquilación sistemática del pueblo palestino. Y todo esto está ocurriendo ante nuestros ojos. Cuando el sufrimiento se vuelve cotidiano, cuando la muerte se vuelve estadística, cuando la destrucción se vuelve rutina, algo esencial en nosotros se desmorona.
En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt advirtió que el mal no siempre se presenta con estridencia: a veces avanza en silencio, protegido por la burocracia, por la obediencia, por la normalización del horror. Lo que vemos hoy es precisamente eso: una maquinaria que produce vidas sin derechos, poblaciones enteras reducidas a lo que Hannah Arendt llamó “seres superfluos”. Sobre todo, asistimos a la ruptura del principio más básico de la vida política: la igualdad no es un hecho natural, sino una construcción humana que sólo existe cuando decidimos reconocernos mutuamente como sujetos de derechos. Cuando permitimos que algunas vidas sean tratadas como prescindibles, renunciamos a esa tarea común y destruimos el fundamento mismo de la justicia.
A ello se suma una comunidad internacional atrapada en su propia parálisis moral, que permite que la deshumanización se vuelva administrable, incluso justificable. Por eso escribo. Porque no puedo aceptar que el mundo se acostumbre a este horror. Porque no puedo aceptar que la indiferencia se extienda sin resistencia. Porque no puedo aceptar que la devastación de un pueblo se convierta en un hecho más del ciclo informativo.
No escribo desde el odio. Escribo desde la responsabilidad. Desde la convicción de que la ética no es una opción, sino una obligación. Desde la certeza de que ninguna identidad, ningún trauma histórico, ninguna razón de Estado puede justificar la destrucción sistemática de un pueblo.
Lo que ocurre en Palestina no es un conflicto lejano: es un espejo que nos confronta. Un examen moral. Una pregunta que nos alcanza a todas y todos: ¿qué queda de nuestra humanidad si aceptamos que algunas vidas pueden ser destruidas sin que nada en nuestro interior se quiebre, mientras seguimos con nuestras vidas como si ese dolor no nos concerniera? Si eso no nos estremece, entonces lo que está en peligro no es solo un pueblo: es la idea misma de humanidad.

Manu Fernández, doctor en Filosofía

sobre protesta climática y estado constitucional, por maría eugenia rodríguez palop

https://www.publico.es/opinion/columnas/proceso-jorge-riechmann-protesta-climatica.html

El proceso: Jorge Riechmann y la protesta climática

María Eugenia Rodríguez Palop. Profesora de Filosofía del derecho en la Universidad Carlos III de Madrid. Eurodiputada (2019-2024)

Jorge Riechmann no es una amenaza, pero fue detenido el 7 de octubre de 2019, junto al técnico en energía Paco del Pozo y la psicóloga Marina M. Martínez, por haber participado en una protesta climática pacífica. El próximo día 26, se enfrentan a un juicio penal acusados de resistencia grave a la autoridad por el que la Fiscalía pide diez meses de prisión. Riechmann, además, está imputado por haber arrojado un líquido rojo biodegradable en la fachada del Congreso de los Diputados junto a otros académicos y activistas.  Filósofo, poeta, profesor universitario y autor de una extensísima obra, su suerte procesal será una prueba de fuego para nuestra salud constitucional y nuestra calidad democrática. Nos dirá mucho del grado en que estamos comprometidos con la defensa de la libertad de expresión, el derecho de reunión y la desobediencia civil no violenta.

Perseguir a quienes se movilizan para alertar sobre una emergencia climática sobre la que existe un consenso científico abrumador, supone castigar a quienes señalan el incendio y normalizar a quienes lo avivan. El caso de Jorge Riechmann ilustra una amplia tendencia de criminalización y estrechamiento del espacio cívico con la que se intenta inmovilizar a la gente y eludir responsabilidades estructurales.

En un Estado constitucional, la protesta pacífica es señal de pluralismo político y ciudadanía activa; una forma legítima de participación pública, especialmente cuando se persigue una finalidad de evidente interés general. Por eso, no toda acción disruptiva ha de recibir una respuesta penal. El derecho penal no puede convertirse en un mecanismo de pedagogía disciplinaria ni en una herramienta para blindar el statu quo a base de castigos ejemplarizantes.

De hecho, el artículo 557 de nuestro código penal exige una interpretación estricta acorde con el principio de legalidad, y no ampara la persecución de una protesta simplemente porque sea molesta, incómoda o contundente. Hay que probar la gravedad del resultado y la existencia de un ánimo intimidatorio o violento. La mera ocupación simbólica, la interrupción temporal o la visibilización mediática no satisfacen los elementos del tipo.

El Tribunal Constitucional español ha reiterado también que el derecho de reunión tiene una función central en el pluralismo y su limitación exige una motivación suficiente. Es decir, que el control de proporcionalidad debe reforzarse especialmente frente a manifestaciones vinculadas a la crítica política y social. Y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha llamado la atención sobre el efecto disuasorio que producen las sanciones penales o administrativas sobre protestas pacíficas, advirtiendo de que su imposición podría ser desproporcionada si acaban desalentando el debate público sobre asuntos de interés general.

En contextos de emergencia climática, la desobediencia civil no violenta se sitúa en la intersección entre nuestros deberes éticos y nuestros derechos políticos porque ayuda a corregir fallos sistémicos o institucionales. Su criminalización desactiva los canales que facilitan la (in)formación y la orientación de la voluntad popular.

Quienes trabajamos la filosofía del derecho (y en esto coincido con Jorge Riechmann) sabemos que puede haber oposición entre la legalidad que emana de las instituciones y la legitimidad de esas mismas instituciones, de manera que, en según qué términos, es posible justificar la desobediencia civil o la resistencia. El descontento no se canaliza solo a través de citas electorales o mediante un sistema judicial eficiente, capitaneado por supuestos jueces incorruptibles que «pronuncian» la ley, porque en una democracia constitucional lo importante no es que la ley sea la ley, sino que no sea solo eso. Es absurdo pensar que no hay nada entre la persona de orden que vota cada cuatro años, se reúne con autorización, se manifiesta en actitud festiva y a golpe de batucada, y los presuntos delincuentes que salen a las calles desordenadamente, aunque sea de forma pacífica y para defender nuestros derechos frente a los abusos del poder político o económico.

Como dice Habermas, todo Estado democrático de derecho debería entender que la desobediencia frente a una violación de derechos orquestada o consentida desde el sistema es una parte necesaria de la cultura democrática. No solo porque, a diferencia de la comisión de un delito, está moralmente fundada, sino porque apela a los fundamentos mismos del orden constitucional. Decir que un acto es ilegítimo, o que no está justificado, simplemente porque existe una norma que lo prohíbe, es una afirmación completamente extemporánea en un sistema que, como el democrático, no funda su legitimidad en la pura legalidad. Si queremos ciudadanos conscientes y racionales para que legitimen los procesos legales con sus votos, hemos de asumir que estos mismos ciudadanos sometan al poder político a un cuidadoso escrutinio y a una permanente crítica y revisión.

De modo que, aunque traspase los límites de lo jurídicamente establecido, una acción pacífica de protesta que se apoya en derechos conquistados y garantizados constitucionalmente, no puede ser, en puridad, una acción sediciosa, porque lo que la mueve no son las creencias privadas o los intereses propios de unos cuantos individuos sino las razones moralmente compartidas que le dan sentido al mismísimo sistema democrático. Así entendida, la desobediencia civil no pretende derrocar o subvertir un orden basado en derechos, sino más bien resistir a su desmantelamiento institucional.

En un Estado que pretenda ser legítimo y democrático, que quiera recabar para sí una adhesión ciudadana voluntaria y genuina, una movilización ecologista debería recibir un tratamiento político mucho más refinado e inteligente. Jorge Riechmann se enfrenta a un juicio el próximo martes. Penalizar a quienes defienden la Tierra y los bienes comunes en nombre de un aparente legalismo sin matices es un error normativo que acabará por corroer la propia estructura jurídica que dice defender.

 

¿inteligencia artificial para las humanidades?

Deprimente jornada en mi Facultad sobre “DocencIA. Pensar, aprender y enseñar en la era de la Inteligencia Artificial” (21 de mayo de 2026). Ay, compañeras y compañeros… ¿Y si subtitulásemos: “Pensar, aprender y enseñar en la era del colapso ecosocial”?

El problema humano fundamental, en el Siglo de la Gran Prueba, es: cómo convivir (entre nosotros los humanos y con miríadas de otros seres vivos) en un planeta Tierra que siga siendo habitable. Como se puede ver, un problema ético-político (no tecnológico) frente al que vamos fracasando de forma lamentable. ¿Pueden las IA ayudar en eso? La respuesta breve es: no, agravarán la situación. ¿Parecerá de mal gusto recordar que los dos campos donde se centra ahora mismo la IA más puntera e innovadora es el control de las personas y el reconocimiento de imágenes con el fin de automatizar al máximo la guerra?

Qué erróneo es situar este debate bajo el paradigma de la herramienta útil (y neutral, faltaría más) en un mundo de competencia capitalista desbocada, en vez de reparar en que lo que está en juego es un cambio sociocultural profundo inducido por los algoritmos de la IA –y no para bien.

Juan Carlos San Miguel, profesor de programación y Delegado de la Rectora para la Integración de Soluciones de IA en la UAM, habla de sostenibilidad sólo en términos de viabilidad económica. Las cuestiones éticas parecen reducirse a protección de datos o identificación de sesgos. Retórica de la inevitabilidad: “La IA generativa transforma la enseñanza superior de forma imparable”. Y cuando se le interpela señalando que toda esta transformación conduce a un mundo peor, ¡reconoce que sí! Pero no podemos quedarnos atrás en un mundo muy competitivo, aunque la huida hacia adelante nos conduzca a situaciones peores.

Igualmente la geógrafa Laura García Juan: declara que “el dato es dinero”, y también que “no es ni bueno ni malo, estamos en la cadena”. Para esta buena mujer “nuevos retos traen nuevas oportunidades; hay que adaptarnos a los cambios y formar para lo que el mercado demanda”. Y otra buena dosis de retórica de la inevitabilidad.

Las (engañosas) promesas de la IA tienen que ver con la eficiencia, la productividad y la competitividad. Pero alimentar estos valores instrumentales ¿hacia qué objetivos? Los medios devoran los fines… Recordemos: en la UC3M (Universidad Carlos III de Madrid) se ha extinguido el Grado en Humanidades; ahora sólo podrán cursarse Humanidades Digitales. ¿Qué nos dice eso sobre el tipo de seres humanos que vamos a construir en nuestros sistemas de enseñanza?

Campa a sus anchas, en una jornada así, la peculiar combinación de fatalismo de apocalipsis más hipernormalidad sobre la que ya he advertido en otras ocasiones.

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Vamos hacia un mundo peor, reconocen incluso los promotores de la IA, pero no tenemos otra que subirnos a ese carro…

Everybody knows the world’s gone wrong, canta Lucinda Williams. Todo el mundo sabe que vamos hacia un mundo peor –mucho peor–, pero al mismo tiempo el hechizo de la hipernormalidad nos impide reaccionar, salvo a minorías a las que un sistema de control y represión incomparable con nada de lo que hemos conocido en el pasado logra neutralizar sin demasiados costes.

cádiz, 9 y 10 de julio: curso (seminario) de verano sobre ecologismo y activismo ciudadano (¡muchas becas!)

https://celama.uca.es/76CVC/A14/

El Seminario A14 Ecologismo y activismo ciudadano: 50 años de lucha ambiental desde la sociedad civil tendrá lugar los días 9 y 10 de julio de 2026; y mi participación titulada “Pensar los ecologismos desde su historia”, el día 09 de julio, a las 09.30 horas, en el Edificio Constitución de 1812 (Antiguo Aulario La Bomba), Paseo Carlos III, 3 de Cádiz.

azahara palomeque contra la criminalización de la protesta climática

https://elpais.com/opinion/2026-05-22/criminalizar-la-protesta-climatica-la-pesadilla-kafkiana-de-jorge-riechmann.html

Criminalizar la protesta climática: la pesadilla kafkiana de Jorge Riechmann

Las peticiones de cárcel contra el filósofo y activista ecologista por dos manifestaciones pacíficas responden a la dinámica que prioriza los intereses empresariales sobre la desobediencia civil
                                        Azahara Palomeque, 22 de mayo de 2026
“Alguien tuvo que calumniar a Josef K., ya que, sin haber hecho nada malo, una mañana lo detuvieron”. Sonará a los lectores esta frase; se trata del inicio de El procesola famosa novela de Kafka cuyo protagonista intentará esclarecer —sin éxito— las misteriosas razones de una detención que no obedece a ningún comportamiento criminal. El arbitrio de la justicia, los vericuetos insondables de la burocracia, y la prevalencia del sinsentido constituirán, a partir de entonces, un periplo angustioso a lo largo de las páginas.
En la vida real, quizá Jorge Riechmann, filósofo, poeta y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, se haya sentido como Josef K. desde que el 7 de octubre de 2019 la Policía lo detuviese, junto al técnico en energía Paco del Pozo y la psicóloga Marina M. Martínez, por haber participado en una protesta climática pacífica. De los 300 manifestantes que ese día cortaron el tráfico a la altura de Nuevos Ministerios, en Madrid, sólo ellos tres fueron objeto de la acción de las fuerzas del orden. Ahora, más de un lustro después, el próximo día 26, se enfrentan a un juicio penal acusados de resistencia grave a la autoridad —algo que ellos niegan—, delito por el que la Fiscalía les pide 10 meses de prisión. “Sin haber hecho nada malo”, quizá sostendría, si levantara la cabeza, el autor judío; es más, por haber realizado una buena obra, se podría argumentar, pues alertar de una emergencia ecológica que amenaza la supervivencia de la especie humana demuestra un alto grado de compromiso moral.
Riechmann es un erudito cuya extensísima producción intelectual —más de 100 libros— se encuentra profundamente imbricada con su labor como activista: gracias a él, conocemos la interrelación entre el antropocentrismo extractivista y la falta de justicia intergeneracional, el transhumanismo y la adicción a los móviles; por descontado, el calentamiento global y el desapego hacia una naturaleza considerada apenas como recurso y disociada del alma humana desde, al menos, la instauración del relato de la modernidad. Su prolífico desempeño se relaciona estrechamente con un discurso científico que, como dijo el secretario general de la ONU, António Guterres, advierte a menudo de que se han abierto las puertas del infierno.
La dana de Valencia, con 238 muertos a cuestas, las inundaciones sufridas recientemente en Andalucía o la desconsoladora temporada de incendios vividos el verano pasado son apenas pruebas cercanas de un horror que también se materializa a nivel internacional. Podemos preguntarnos cómo incide el cambio climático en las decisiones geopolíticas que están tomando las potencias hegemónicas, desde la pelea por los combustibles fósiles en un mundo marcado por la escasez, hasta la invasión de Ucrania, pasando por el deseo febril de conquistar Groenlandia a sabiendas de que el derretimiento del hielo permitirá nuevas rutas árticas.
El afán belicista que se expande ante nuestros ojos atónitos, con el consiguiente aumento de la militarización y el gasto en defensa en muchos países, responden a la inseguridad que nace de una Tierra esquilmada, pero, en lugar de premiar a quienes izan la bandera roja de peligro a partir de un conocimiento incuestionable, el sistema judicial español parece haberse sumado a una represión de la protesta pacífica que ya se ejerce en otras naciones.
El caso de Riechmann, por lo tanto, no representa una excepción; más bien se inserta en una fatídica inercia por la cual se siguen priorizando el interés de grandes grupos empresariales y las dinámicas neoliberales por encima del bienestar ciudadano y derechos humanos como el de manifestación. Sus circunstancias ejemplifican la deliberada elección institucional de evitar modificar el rumbo hacia el abismo, y amedrentar a quienes avistan las consecuencias. Pero la de Riechmann no es sólo una historia de criminalización del ecologismo; su cuerpo acusado podría emparentarse asimismo con una trayectoria de desobediencia civil que va desde Gandhi a Martin Luther King, pasando por Berta Cáceres o Rosa Parks. La ética en el obrar que brota en tiempos convulsos cuando, según King, la ley esconde una inmoralidad, ha caracterizado a lo largo de la historia movimientos sociales que abogaban por la igualdad racial o de género, la descolonización, la democracia y, en general, distintas cristalizaciones de la dignidad humana. Si algunos de estos luchadores dieron sus huesos por una causa justa, los de Riechmann podrían acabar entre rejas, pues está imputado por otro acto ocurrido en abril de 2022, cuando varios académicos y activistas arrojaron un líquido rojo biodegradable contra la fachada del Congreso de los Diputados, tras lo cual algunos fueron detenidos por la Policía.
La justicia debe hacer su trabajo, pero auguro que pocas cosas causarían más estupor colectivo que la imagen del profesor encerrado en una celda. Supondría el símbolo de un fracaso de la civilización; el confinamiento de la razón, sometida al régimen penitenciario; el triunfo de la ilógica fábula kafkiana sobre la necesidad de cuidar la casa de todos y de cuidarnos a nosotros mismos. Ninguna acción no violenta que parta, además, del consenso científico debería ser estigmatizada, mucho menos castigada.

cuidar la tierra no es delito (texto que envía alfonso madrid desde chile)

Cuidar la Tierra no es un delito

https://www.15-15-15.org/webzine/2026/05/19/cuidar-la-tierra-no-es-delito/

Alfonso Madrid Echeverria, antropólogo y divulgador científico

Corporación Escuela Horizonte de Pensamiento Popular (EHPP), Lo Hormida, Chile

Cuidar la Tierra no es delito porque proteger las condiciones que hacen posible la vida constituye un deber ético, social e incluso histórico de la humanidad. Delito es destruir aquello de lo que depende la existencia colectiva: el agua, los bosques, el aire, los territorios y las comunidades humanas que viven en relación con ellos.

La defensa de la Tierra nace del principio más básico de supervivencia y responsabilidad intergeneracional. Ninguna sociedad puede sostenerse sobre la devastación permanente de la naturaleza sin poner en riesgo su propia continuidad. Por eso, quienes actúan para denunciar la crisis ecológica no están atacando a la sociedad: están alertando sobre un modelo que normaliza la destrucción ambiental en beneficio de privilegios económicos y políticos cada vez más concentrados.

Llamar “resistencia grave a la autoridad” a acciones de protesta no violenta distorsiona el sentido mismo de la justicia. La desobediencia civil pacífica ha sido, históricamente, una herramienta legítima frente a leyes, poderes o decisiones que perpetúan injusticias. Defender la Tierra mediante acciones simbólicas, visibles y no violentas no puede equipararse a la violencia real que implica destruir ecosistemas, contaminar ríos, expulsar pueblos de sus territorios o acelerar el colapso climático.

Además, verter un líquido biodegradable y fácil de limpiar, o participar en una cadena humana pacífica, no constituye un ataque contra la convivencia democrática. Por el contrario, son formas de participación política y expresión colectiva orientadas a visibilizar una emergencia planetaria que afecta a toda la humanidad. Criminalizar estas acciones supone desplazar el foco: se persigue a quienes denuncian el daño, mientras el daño estructural continúa.

La verdadera amenaza para la convivencia humana no proviene de quienes protegen la vida, sino de un modelo de poder que convierte la naturaleza en mercancía y subordina el bienestar colectivo a intereses privados. Cuando la ley castiga con mayor dureza a quienes intentan defender el planeta que a quienes contribuyen a su destrucción, aparece una profunda contradicción ética y política.

Cuidar la Tierra no es delito. Es responsabilidad, conciencia histórica y defensa de la vida común. Los pueblos que resisten en defensa del territorio, del clima y de la naturaleza no expresan criminalidad: expresan dignidad, memoria y futuro.

Cuidar la Tierra no es delito porque proteger las condiciones que hacen posible la vida constituye un deber ético, social e histórico de la humanidad. Delito es destruir aquello de lo que depende la existencia colectiva: el agua, los bosques, el aire, los territorios y las comunidades humanas que viven en relación con ellos.

La defensa de la Tierra nace del principio más elemental de supervivencia y responsabilidad intergeneracional. Ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente sobre la devastación de la naturaleza sin poner en riesgo su propia continuidad. Quienes actúan para denunciar la crisis ecológica no atacan a la sociedad: intentan evitar su colapso moral, ambiental y humano.

A lo largo del mundo, innumerables personas han entregado incluso su vida por proteger la naturaleza y los derechos de los pueblos. En Honduras, Berta Cáceres fue asesinada en 2016 por defender los ríos y territorios del pueblo lenca frente a proyectos extractivos. Su lucha se convirtió en símbolo mundial de la defensa de la Tierra y de los pueblos originarios.

En Brazil, Chico Mendes fue asesinado en 1988 por defender la Amazonía y las comunidades campesinas frente a la destrucción forestal. Su muerte reveló el enorme poder económico y político que muchas veces se enfrenta violentamente a quienes protegen la vida.

En Nigeria, Ken Saro-Wiwa fue ejecutado por denunciar la devastación ambiental causada por la explotación petrolera en el territorio ogoni. Su lucha mostró cómo la defensa del ambiente también es defensa de la dignidad humana y de los derechos colectivos.

En Peru, Edwin Chota fue asesinado junto a otros dirigentes indígenas por enfrentar la tala ilegal en la Amazonía. Como él, cientos de líderes indígenas, campesinos y defensores ambientales son perseguidos cada año por proteger bosques, ríos y territorios ancestrales.

Estos casos no son excepciones aisladas: son parte de una realidad global donde defender la Tierra puede implicar persecución, criminalización o incluso la muerte. La violencia estructural contra quienes protegen la vida contrasta con la falta de protección efectiva para los ecosistemas que sostienen a toda la humanidad.

En el sur del mundo, el Pueblo Mapuche continúa enfrentando procesos de despojo territorial, criminalización y conflictos asociados a la defensa de sus tierras ancestrales. Diversas comunidades denuncian la expansión de proyectos extractivos, forestales y energéticos sobre territorios tradicionales, mientras que desde organizaciones sociales se ha señalado reiteradamente la persistencia de una respuesta estatal centrada más en la represión que en el diálogo intercultural y la reparación histórica. Este conflicto evidencia tensiones profundas entre modelos de desarrollo y derechos de los pueblos originarios, así como el persistente silencio o insuficiencia de respuestas estructurales por parte de los Estados involucrados.

La verdadera violencia no proviene de quienes protestan pacíficamente o realizan acciones simbólicas para alertar sobre la emergencia climática. La violencia real proviene de un modelo económico y político que destruye ecosistemas enteros, desplaza comunidades y criminaliza a quienes resisten. La historia demuestra que muchas conquistas sociales y humanas nacieron de actos de resistencia considerados ilegítimos por el poder de su tiempo. Hoy, quienes defienden la Tierra continúan esa tradición ética: proteger la vida frente a estructuras que privilegian el beneficio económico y la lógica de la fuerza sobre el bienestar colectivo.

En este contexto, cobra especial relevancia la labor de Jorge Riechmann, quien desde la universidad en Madrid y su trabajo ecologista en la Sierra de Guadarrama ha desarrollado una obra y una enseñanza constante centradas en la ecología política, la ética, la ciudadanía responsable y los derechos humanos. Su trabajo intelectual y pedagógico insiste en la necesidad de repensar la relación entre sociedad y naturaleza, poniendo la vida en el centro frente a modelos de desarrollo que la subordinan al beneficio económico.

Cuidar la Tierra no es delito. Es una forma de defender la humanidad, la memoria de los pueblos y el derecho de las generaciones futuras a existir en un planeta habitable. Quienes arriesgan su libertad o su vida para proteger el agua, los bosques y los territorios no representan criminalidad: representan dignidad, conciencia histórica y compromiso con la vida común.

manifiesto ecosocialista de euskal herria, 2026

manifiesto-ecosocialista-euskal-herria-2026-CAST

https://omal.info/manifiesto-ecosocialista-de-euskal-herria-2026/

Manifiesto Ecosocialista de Euskal Herria 2026

10 años de ecosocialismo en Euskal Herria

 

Diez años después: Un mundo más insostenible y violento

Hace 10 años, el manifiesto final del III Encuentro Ecosocialista Internacional celebrado en Euskal Herria mencionaba de manera explícita la urgencia ecológica provocada por la superación de los límites biofísicos, y alertaba de la emergencia social generada por desplazamientos migratorios forzosos, precariedades y violencias crecientes, situando el origen de estos dos problemas -estrechamente relacionados- en el orden institucionalizado en torno al sistema capitalista. Más específicamente, en su dinámica de crecimiento ilimitado, en función de la maximización de las ganancias corporativas.

10 años después, lamentablemente, este análisis se muestra certero y premonitorio, poniendo de manifiesto la más que evidente inacción ecosocial de la comunidad internacional ante unos retos urgentes y de calado. No obstante, el diagnóstico realizado hace una década apenas era capaz de prever la amplitud e intensidad de los funestos fenómenos que definen hoy en día el panorama internacional.

En términos ecológicos, y según el Centro de Resiliencia de Estocolmo, en 2025 se superaron ya siete de los nueve límites biofísicos planetarios: cambio climático –1,44 ºC de incremento respecto a la época preindustrial–, biodiversidad, deforestación, agua dulce, ciclos del nitrógeno y el fósforo, contaminación química y acidificación de los océanos, todos los cuales han trascendido sus márgenes de seguridad –cuando solo cuatro lo habían hecho en 2015–, mientras que los dos restantes -el agotamiento de la capa de ozono y la carga de aerosoles atmosféricos- quedarían como los únicos dos ámbitos no sobrepasados.

En términos económicos la errática dinámica internacional, azuzada por el estallido financiero de 2008, se ha agravado en los últimos años, sin viso alguno de mejora. El capitalismo está estancado –un magro 2,4 % de crecimiento esperado para la década presente–, sufre de sobrecapacidad productiva, y apenas la financiarización lo sostiene con respiración asistida. En otras palabras, la tarta del crecimiento se achica –especialmente para las y los trabajadores–, los capitales que pugnan por la misma son abundantes –desarrollándose un juego de suma cero en el que solo uno gana, siendo este China en la mayoría de muchos rubros estratégicos–, y el marco en el que estos actúan es altamente inestable, incrementándose el riesgo de estallidos de todo tipo.

Se impone de este modo la guerra económica como sentido de época, a través de una competencia extrema por el control de mercados, rutas comerciales (Groenlandia, Oriente Medio), inversiones estratégicas (inteligencia artificial, semiconductores, economía verde) y, muy especialmente, el acaparamiento de suministros como las energías fósiles y la minería metálica.

En coherencia, y en términos políticos, el orden internacional basado en el multilateralismo, las reglas compartidas y la democracia liberal, ha saltado por los aires en el último lustro. Pese a tratarse este de un modelo de gobernanza sesgado a favor de las potencias occidentales, apuntalado por una lex mercatoria que blinda los intereses de sus corporaciones, y definido por un marco de baja intensidad democrática, el contexto de crisis global y la consolidación de China como hegemón económico han modificado el tablero mundial.

Ahora son las agendas reaccionarias y autoritarias de las extremas derechas, con la fuerza y la violencia como valores fuertes, así como el avance del régimen de guerra, quienes imperan en un panorama político trastocado en sus principales términos por EE. UU. y sus aliados, entre ellos Israel y la Unión Europea. La secuencia de guerras y agresiones imperialistas se acelera de este modo –Ucrania, genocidio en Gaza, Venezuela, Irán–, dentro de una peligrosa espiral militarista, en un contexto marcado por el riesgo de contienda nuclear.

Sin duda, somos las mayorías populares y la clase trabajadora en su conjunto quienes sufrimos de manera específica los embates de esta tormenta perfecta que está generando el capitalismo. Quienes enfrentamos en primera línea los desastres naturales. Quienes, de una manera cruelmente asimétrica, tenemos crecientes dificultades para la reproducción de nuestras vidas, explotadas y atravesadas por una precariedad cada vez más generalizada. Quienes somos expropiadas de lo común, y de nuestros propios trabajos. Quienes nos vemos obligadas a emigrar por motivos económicos, políticos, y/o ambientales. Quienes resistimos las agresiones de la extrema derecha y sus agendas reaccionarias. Quienes nos convertimos en las primeras víctimas directas del militarismo y de la guerra.

Agenda ecosocialista, más necesaria y urgente que nunca

Frente al diagnóstico global expuesto en el apartado anterior, el manifiesto del Encuentro celebrado en Euskal Herria en 2016 también alertaba de los cantos de sirena del capitalismo verde, que amenazaba con reproducir el mismo modelo de consumo y perpetuar las mismas estructuras que generaron la urgencia ecológica y la emergencia social. Este, reconvertido hoy en capitalismo verde oliva y digital -como versión hegemónica tras la pandemia– pretende que la suma de alianzas público-privadas e inversiones masivas en energía, economía verde, digitalización y armamento, ofrecen una oportunidad económica y una respuesta política a la conflictividad geopolítica que el propio sistema ha generado, conduciéndonos hacia un horizonte de crecimiento estable y generalizado, así como a un desacoplamiento de dicho crecimiento, con respecto a las emisiones contaminantes, y frente al consumo energético y material.

El impacto real de esta agenda oficial, no obstante, es diametralmente opuesto al planteado: ni se revierte el estancamiento económico, ni se avanza en términos de sostenibilidad, ni se reducen en términos absolutos las emisiones y el consumo físico –sí en algún territorio específico, pero nunca al ritmo comprometido, y, sin tener en cuenta la naturaleza global de las cadenas de valor en las que cada país o región están involucrados–. Por el contrario, se refuerza el poder corporativo como protagonista –y por tanto la vigencia de la maximización de la ganancia como meta fundamental–, se consolida la dinámica extractivista –sobre todo de energía y minería metálica–, y se azuza la guerra económica respecto a los suministros estratégicos, así como el régimen de guerra dentro de la escalada militarista que lo define.

Por lo tanto, este capitalismo verde oliva y digital no supone solución alguna sino, al contrario, es la agenda con la que explícitamente hay que confrontar. Tampoco lo son las versiones neokeynesianas de este que, comprando su marco general y descontextualizando la emergencia climática respecto al conjunto de parámetros que definen el panorama internacional actual, plantean dirigir estrategias nacionales de transición desde gobiernos “progresistas” a través de una mezcla de pactismo con las grandes empresas, innovaciones tecnológicas y cambios sociológicos progresivos. Evitan, en consecuencia, cualquier transformación en profundidad y renuncian a la necesidad de generar movilización popular; niegan la lucha de clases; soslayan la relevancia estratégica de la propiedad pública; y obvian el carácter retardista de un poder corporativo, atravesado por el estancamiento secular y la sobrecapacidad productiva.

Queremos, por tanto, reforzar nuestra apuesta por el ecosocialismo como agenda estratégica de superación radical del estado de cosas actual. Y lo hacemos desde Euskal Herria, un país con su idiosincrasia, pero también atravesado por muchas de las variables que definen el contexto global en la actualidad: un país del Norte Global, pero sin soberanía para tomar decisiones en todos los ámbitos estratégicos; un país de renta alta, pero con una matriz económica vulnerable –automoción, aeronáutica, máquina-herramienta, siderometalurgia, sector armamentístico, etc.–; un país muy consumidor de energías fósiles, pero absolutamente dependiente del exterior; un país con instituciones volcadas en políticas en favor del poder corporativo, apuntalando su dinámica desde la esfera pública; un país, también, que cuenta con una mayoría sindical confrontativa y de clase, así como con una trayectoria de notable movilización popular.

Para el movimiento ecosocialista de Euskal Herria, la última década ha sido un tiempo de aprendizaje acelerado y de maduración política. Desde los III Encuentros Ecosocialistas Internacionales, las luchas ecosociales han avanzado en cuatro direcciones clave: la articulación interseccional entre sindicalismo, feminismo y ecologismo -con la mayoría sindical vasca asumiendo posiciones explícitamente ecosocialistas-; la huelga general por unas pensiones y vidas dignas de 2020; la huelga general feminista de 2023 en defensa de un sistema público-comunitario de cuidados; el arraigo territorial materializado en experiencias concretas (el proyecto de un Índice de sostenibilidad de Busturialdea-Urdaibai o el acompañamiento a la reconversión industrial de Mecaner); la defensa del territorio frente a los megaproyectos corporativos (Guggenheim Urdaibai, entre otros); y la construcción de una pedagogía ecosocialista que facilite su difusión y desarrollo.

Hemos aprendido también que las victorias parciales son posibles y necesarias. Que no hay transición justa sin conflicto ni movilización popular. Que el ecosocialismo en Euskal Herria solo tiene sentido si se construye desde lo común, lo feminista y lo internacionalista, en diálogo permanente con los pueblos del Sur global.

Abogamos pues por un ecosocialismo que, bajo una bandera de cuatro colores (verde ecologista, rojo de la justicia social, violeta feminista y negro del empoderamiento ciudadano) se construya sobre:

  1. La confrontación con el statu quo, situando en el centro la sostenibilidad de vidas dignas para la clase trabajadora, en su conjunto y con su diversidad.
  2. El vínculo de necesidad entre las luchas de clase, feministas, ecologistas, antirracistas, internacionalistas y antimilitaristas.
  3. Un horizonte que sitúe la explícita superación del orden hoy institucionalizado en torno al capitalismo.
  4. Estrategias de transición ecosocial justa que, aquí y ahora, permitan avanzar en términos de desmercantilización, descorporativización, emancipación, protagonismo de lo común, ajuste del modelo social a los límites biofísicos, y redistribución radical de la riqueza y de todos los trabajos (productivos y reproductivos).

Unas estrategias de transición ecosocial justa definidas por las siguientes claves:

  • La apuesta por una planificación democrática y vinculante, como herramienta indispensable para responder al interés y los derechos, tanto de la clase trabajadora como de la naturaleza.
  • El protagonismo de la propiedad pública y comunitaria como única garantía de control colectivo y viabilidad del proceso.
  • La participación popular como condición democrática,ante un reto político de época.
  • La justicia global, dentro de un panorama crecientemente imperialista y neocolonial.
  • El desarrollo de alternativas de todo tipo, frente a la hegemonía actual de los megaproyectos.
  • La articulación entre movimientos populares y sindicatos de clase, en dinámicas conjuntas para crear redes a favor de la vida que sean la punta de lanza de la transformación ecosocialista.

Estas claves estratégicas, en última instancia, deberían atravesar y dotar de identidad al impulso de nuevas agendas ecosocialistas:

  1. que pongan en el centro el cuidado de la vida, tanto de las personas, como de los ecosistemas;
  2. que sitúen como horizonte el decrecimiento justo y asimétrico, la electrificación y el impulso de profundas transformaciones sociales, económicas y culturales;
  3. que incidan en la disputa con la extrema derecha reaccionaria y negacionista, desde propuestas que transformen la materialidad de la vida de las y los trabajadores en beneficio de lo común;
  4. que defiendan sin tapujos el “no a la guerra”, enfrentando la deriva militarista y sus estructuras principales, como la OTAN;
  5. que apunten al desmantelamiento de la arquitectura de la impunidad corporativa, blindada hoy por tratados de comercio e inversión, y otras fórmulas de perpetuar los intereses de las empresas transnacionales;
  6. que apuesten por una redistribución radical de la riqueza y de todos los trabajos;
  7. que abunden en cambiar las matrices económico-energéticas, priorizando enfoques como la soberanía alimentaria, la economía feminista, la economía solidaria, etc., mediante la relocalización, la soberanía, la cohesión y el equilibrio territorial.
  8. que avancen en la consideración de ámbitos sociales como vivienda, cuidados, educación y salud como derechos públicos, libres de mercantilización y, por tanto, ajenos a la dinámica capitalista.

Somos conscientes de que la actual agenda de las élites económicas y políticas, nos arrastra irremediablemente a un escenario caracterizado por un ecocidio y genocidio, de proporciones difícilmente predecibles, pero de terribles consecuencias, sobre todo para las personas y pueblos más vulnerables. La disyuntiva es clara: ecosocialismo feminista o barbarie. Apostemos entonces por defender la vida, la naturaleza y los derechos de la clase trabajadora, aquí y ahora, en todos los espacios y desde todos los ámbitos.

Gora Euskal Herriko langileria! Gora munduko langileria!

sobre pedro y pablo y henry d. thoreau

Marc Badal y Anne Ibáñez Guridi, desde su refugio en Luzaide (Pirineo navarro), me incluyen amablemente en una encuesta que (desde su proyecto de confluencia de saberes Nube Local) hacen arrancar de una cita de Thoreau en sus diarios.[1] La cosa va del diálogo entre entendimiento e imaginación, que en esas líneas el gran escritor de Concord ve más bien en términos de diálogo de sordos: “¿Qué ciencia es aquella que sólo enriquece el entendimiento, robándole a la imaginación? No sólo le roba a Pedro (la imaginación) para pagar a Pablo (el entendimiento), sino que toma de Pedro mucho más de lo que podría darle a Pablo”. Eso resulta “tan inadecuado como lo sería, para un mecánico, la descripción que un poeta podría hacer de una máquina de vapor. ¿Sabríamos algo en realidad si conociéramos sólo mecánicamente todas las cosas?”

La pregunta de Thoreau está justificada, y no cuesta leerla como una actualización de la crítica romántica de la ciencia mecanicista que cabría también ejemplificar con Goethe. Algo he escrito al respecto en el marco del proyecto Speak4Nature.[2] Ahora bien, lo que quisiera subrayar ahora es que hay que tratar de desmontar esa suspicacia mutua entre Pedro y Pablo, y que de eso va la idea de una “tercera cultura” sobre la que tanto insistió Paco Fernández Buey en los últimos años de su vida.[3] Al fin y al cabo, el propio Thoreau fue a la vez Pedro y Pablo: no sólo un poeta del mundo vivo sino también un agudo observador naturalista, a quien hay que incluir desde luego entre los cultivadores de una ciencia natural descriptiva de enorme valor.

¡Recordemos a Alexander von Humboldt (1769-1859)! El investigador alemán encarnó como nadie la idea de una ciencia concebida como interminable diálogo con la naturaleza, ciencia orientada no por la dominación sino por la aspiración al disfrute de la vida… No en balde suele verse en él la síntesis lograda entre Ilustración y Romanticismo. Otros pensadores y artistas se sitúan en ese interesante lugar: Leopardi, Hölderlin, Mozart… Von Humboldt es uno de los precursores (o quizá habría que decir más bien uno de los fundadores) de la ecología, las “ciencias de la Tierra” y los esfuerzos por comprender las totalidades que en la segunda mitad del siglo XX desembocarán en la teoría de sistemas y los enfoques de la complejidad.

El objeto del conocimiento de la verdad, sostenía el científico y explorador, debería ser “no el poder sino el disfrute de la vida”. Sus esfuerzos científicos se dirigían a “despertar un conocimiento de todas las cosas dignas de amor”. En su magna obra Cosmos (que comenzó a publicar en 1845) trataba de explicar cómo en la naturaleza cada cosa estaba conectada con todas las demás, cómo todas las fuerzas de la naturaleza se hallaban en mutua dependencia. Valoraba como el núcleo del progreso histórico “el concepto de humanización, la tendencia a echar abajo las barreras del prejuicio y la religión y la creencia en que la humanidad es una gran comunidad capaz de desarrollar sus posibilidades inherentes”. Theodore Zeldin, que recoge estas palabras de Humboldt, comenta con acierto: “Fue también prisionero de la tela de araña [ideológica] de su época, un optimismo ingenuo, y no logró ver que la historia podía ir tanto hacia atrás como hacia adelante, pero si liberamos su pensamiento de esa ingenuidad, aparece como algo fundamental y poderoso.”[4]

¿No deberíamos entender la ciencia y la técnica más según el modelo de la bolsa (o morral) de transporte que el de la azagaya de dominación? Así lo proponía Ursula K. Le Guin en su espléndido texto “The carrier bag theory of fiction” (1986).[5] Gregory Bateson es otro faro en la oscuridad: “No debemos permitir que nuestra comprensión imperfecta alimente nuestra angustia y así incremente la necesidad de control. Más bien nuestros estudios podrían inspirarse en un motivo más antiguo, pero hoy menos respetado: una curiosidad sobre el mundo del que formamos parte. La recompensa de este trabajo no es poder, sino belleza.”[6] Expresado de otra forma por el gran matemático francés Poincaré: “El científico no estudia la naturaleza porque es útil: la estudia porque se deleita en ella, y se deleita en ella porque es bella. Si la naturaleza no fuese bella, no valdría la pena conocerla, y si no valiese la pena conocer la naturaleza tampoco valdría la pena vivir la vida.”[7]

La oposición se daría, en palabras del ecólogo Aldo Leopold, entre “la ciencia que afila su espada versus la ciencia que ilumina su universo”.[8] A la primera (“la ciencia que afila su espada”) se asocia Homo sapiens como conquistador y la naturaleza como esclava, nos dice Leopold; a la segunda Homo sapiens como ciudadano biótico, y la naturaleza como comunidad biótica.

Aunque estemos aquí evocando a pensadores modernos, en realidad este asunto quedó planteado ya en la Antigüedad grecorromana. En la filosofía antigua el fruto de la contemplación de la naturaleza se llamaba “grandeza del alma” (magnanimidad) y estaba relacionado con una “mirada desde arriba” a las cosas humanas, una liberación con respecto a las “pasiones” del cuerpo y una pérdida del miedo a la muerte. Es un asunto que ha estudiado con detalle Pierre Hadot, quien relaciona esta “física de la contemplación” con una mirada desinteresada que está en la base de lo que denomina “actitud órfica”. Ésta es una mirada que no saca provecho utilitario del descubrimiento de “los secretos de la naturaleza” (como sí es propio de su opuesto: la actitud prometeica), sino que en su lugar permite el brotar del asombro y la admiración. En este sentido, la física tiene así una función dentro de la práctica espiritual, pues conduce a la “paz del alma”: “El estoico alcanzará la paz del alma situándose en una disposición de consentimiento a la voluntad de la Razón que dirige el universo, mientras que el epicúreo también alcanzará la paz del alma pensando en la infinidad de los mundos en el vacío infinito, sin temer ni los caprichos de la divinidad ni los ataques de una muerte que no es nada para nosotros. Las teorías físicas propuestas por estas escuelas están, pues, destinadas a liberar al hombre de la angustia que experimenta ante el enigma del universo”.[9]

Para Carl Jung, quien de alguna forma también representa la crítica romántica frente a la Ilustración (freudiana en este caso), la ciencia moderna “no es realmente un instrumento perfecto, pero es una herramienta magnífica y valiosa que sólo causa daños cuando se la toma como un fin en sí misma. La ciencia debe servir; se equivoca cuando usurpa el trono. Debe estar lista para servir a todas sus ramas, pues cada una, insuficiente por sí misma, necesita la ayuda de las otras. (…) Forma parte de nuestro entendimiento y sólo oscurece nuestro pensamiento cuando afirma que el entendimiento que transmite es el único tipo que existe. Oriente nos enseña otro entendimiento, más amplio, más profundo, superior: el entendimiento a través de la vida”.[10]

En síntesis: lo que caracteriza a la ciencia es a) el interrogatorio/ diálogo con la realidad/ naturaleza (el mundo “ahí afuera”) y b) los procedimientos autocorrectivos. Es cierto que el interrogatorio puede consistir en atar a la naturaleza al potro de tortura (las famosas y terribles imágenes de Francis Bacon), pero no tiene por qué ser necesariamente así. Hay otras vías… Una humanidad que optase por la simbiosis con la naturaleza en vez de la dominación podría sin duda hacer ciencia (de hecho, una ciencia mejor que la que hoy prevalece). Se trataría –podríamos decir con William Morris– de buscar el conocimiento (y la belleza) como un fin en sí mismo, y no como un medio para dominar a otros; se trata de renunciar a una parte del dominio sobre la naturaleza que hemos adquirido, y vivir una vida más sencilla, plena y libre.[11]

 

[1] Una anotación del 25 de diciembre de 1851, El diario (1837-1861) vol. 1, Capitán Swing, Madrid 2013, p. 156-157.

[2] https://www.speak4nature.eu/es/dictionary/mecanicismo/

[3] Francisco Fernández Buey, Para la tercera cultura, El Viejo Topo, Barcelona 2013; https://tienda.elviejotopo.com/pensamiento/992-para-la-tercera-cultura-ensayos-sobre-ciencias-y-humanidades-9788492616053.html . Salvador López Arnal resumía así algunas de las tesis de este libro:

“1. El humanista de nuestra época no tiene por qué ser un científico en sentido estricto, de hecho no puede serlo, “pero tampoco tiene por qué ser necesariamente la contrafigura del científico natural o el representante finisecular del espíritu del profeta Jeremías, siempre quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento científico o de tal o cual innovación tecno-científica”.

  1. Si se limita a ser esa contrafigura, el intelectual tradicional, el humanista, tiene todas las de perder. “Puede, desde luego, optar por callarse ante los descubrimientos científicos contemporáneos y abstenerse de intervenir en las polémicas públicas sobre las implicaciones de estos descubrimientos”. Sólo que entonces, remarca oportunamente FFB, “dejará de ser un contemporáneo”.
  2. Consciente de ello, el humanista de nuestra época podría ser, debe ser también un amigo de la ciencia. En un sentido parecido “a como lo son, a veces, los críticos literarios o artísticos, equilibrados y razonables, de los narradores, de los pintores y de los músicos”.
  3. Si, como se suele afirmar, hemos de aspirar en el siglo XXI a una tercera cultura, a otra cultura más integradora, y a una ciencia con conciencia, como él mismo escribiría en el ensayo que dedicó a uno de sus granes clásicos, Albert Einstein, “el éxito de esta aspiración no dependerá ya tanto o sólo de la capacidad de propiciar el diálogo entre filósofos y científicos como de la habilidad y precisión de la comunicación científica a la hora de encontrar las metáforas adecuadas para hacer saber al público en general lo que la ciencia ha llegado a saber sobre el universo, la evolución, los genes, la mente humana o las relaciones sociales”.
  4. La consideración anterior obliga a prestar mucha atención “no sólo a la captación de datos y a su elaboración, a la estructura de las teorías y a la lógica deductiva en la formulación de hipótesis, o sea, al método de investigación, sino también a la exposición de los resultados, a lo que los antiguos llamaban método de exposición”. Si se concede importancia a ello como debe concederse, a la forma de exponer resultados científicos alcanzados (el punto es esencial políticamente para religar ciencia y ciudadanía) hay que volver entonces “la mirada hacia dos de los clásicos que vivieron cabalgando entre la ciencia propiamente dicha y las humanidades y que dieron además mucha importancia a la forma arquitectónica de la exposición de los resultados de la creación y de la investigación: Goethe y Marx”. A ambos, clásicos también del estudioso de Gandhi y Lenin, les debemos, entre muchas otras cosas valiosas, consideraciones y reflexiones sobre el método de exposición “cuyo valor se apreciará tanto más cuanto mayor sea nuestra atención a la ciencia como pieza cultural”. Prólogos y prefacios de El Capital son muestra de ello.

La proclama ilustrada-y-más-que-ilustrada del autor puede decirse así: atrévete a saber porque (una neta ampliación de la XI tesis sobre Feuerbach) el saber científico (falible, provisional, casi siempre probabilista cuando no sólo plausible) ayuda en las decisiones que conducen al hacer, es imprescindible en asuntos de praxis. “Ayuda también a la intervención razonable de los humanistas en las controversias públicas del cambio de siglo”. Si bien, por lo general, esta ayuda se produce por vía negativa: “indicándonos lo que no podemos hacer o lo que no nos conviene hacer”. Francisco Fernández Buey solía recordar en estos casos las palabras de Maquiavelo: “Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”. ¡Para evitarlos, no para hundirnos en ellos!” Salvador López Arnal en espai marx, 13 de agosto de 2013; https://espai-marx.net/?p=2315

El pensamiento crítico –y la ciencia social crítica– pueden ganar fuerza de “un racionalismo atemperado por la consciencia crítica de lo que ha sido y es la vida de los hombres”. Francisco Fernández Buey, La ilusión del método, Crítica, Barcelona 1991, p. 245.

[4] Thedore Zeldin, Historia íntima de la humanidad, Plataforma Editorial, Barcelona 2014 (el original en inglés es de 1996), p. 221.

[5] https://arquitecturacontable.wordpress.com/2021/01/14/ursula-k-leguin-teoria-bolsa-para-llevar-cosas/

[6] Bateson citado por Tim Parks, “Everything is connected”, The Guardian, 13 de septiembre de 2008; https://www.theguardian.com/books/2008/sep/13/politics.art

[7] Jules Henri Poincaré citado en Eric D. Schneider y Dorion Sagan, La termodinámica de la vida, Tusquets, Barcelona 2006, p. 78.

[8] Aldo Leopold, “Escudilla”, en Una ética de la tierra, Catarata, Madrid 1999, p. 153.

[9] Pierre Hadot, El Velo de Isis. Ensayo sobre la historia de la idea de naturaleza. Ediciones Alpha Decay, Barcelona 2015, p. 248.

[10] Jung citado en Boaventura de Sousa Santos, El fin del imperio cognitivo, Trotta, Madrid 2020, p. 79.

[11] William Morris, “La sociedad del futuro” (1887), en La Era del Sucedáneo, Pepitas de Calabaza, Logroño 2016, p. 63-64.

el cuatrimestre de las aulas vacías

Clase de las 15’30, ayer tarde (9 de mayo): cinco estudiantes (de un grupo de 32). Clase de las 17’30: tres estudiantes (de un grupo de 15). Vale, es viernes por la tarde, estamos a final de curso, yo no paso lista, se trata de estudiantes de tercer y cuarto curso. Pero anteayer me contaba el joven profesor Adrián Santamaría que en clase de ética de primer curso habían asistido a clase apenas una docena de estudiantes (de un grupo de más de sesenta).

Éste habrá sido el cuatrimestre de las aulas vacías. Uno no puede evitar preguntarse: ¿qué estoy haciendo mal?

Y sin embargo hay que plantear, probablemente, otras preguntas previas. ¿Qué está sucediendo con la vivienda y los alojamientos en España? “Un profesor nos contó lo que estaba pasando en Sevilla: el alto precio de los alquileres y las residencias universitarias hacía que muchos alumnos que viven en otras ciudades fuesen a clase sólo una o dos veces por semana. Van, echan el día y se vuelven. No pueden permitirse más.”[1]

Me decía el decano de mi Facultad, Manuel Alcántara: “Efectivamente es un drama lo de la vivienda en Madrid, con repercusiones también para quienes desearían estudiar aquí. Justo ayer tuve una reunión con la decana de Filosofía y Letras de la UNAM en México y me comentaba que habían detectado ese problema también para los estudiantes que querían venir de estancia desde allí.”[2]

En un estudio reciente en Barcelona (El absentismo en las aulas universitarias de la UAB. Por qué vale la pena ir a clase) se constata que casi cuatro de cada diez estudiantes trabajan mientras estudian, una parte significativa presenta dificultades económicas o de salud, y la gran mayoría depende del transporte público para acceder al campus, a menudo afectados por el mal funcionamiento de algunos servicios de transporte.[3]

Uno intuye que otros tres factores están desempeñando un papel cada vez más importante. Por una parte, el avance de los trumpismos en muchos países lleva consigo una depreciación creciente del conocimiento como valor: un rasgo importante de estas nuevas ultraderechas, además de su antifeminismo y su antiecologismo, es su antiintelectualismo. Por otro lado, la rápida expansión de las Inteligencias Artificiales generativas induce en mucha gente la ilusión de que pueden aprender mejor, y más fácilmente, que en las aulas simplemente interactuando con un chatbot.

Y en tercer lugar, pero sobrevolándolo todo, el miedo al futuro. Hace un par de días me referí a la décima edición del informe de la Fundación SM Jóvenes españoles 2026, donde se califica el sentimiento de los y las investigadas con respecto al futuro como apocalíptico. En un artículo en el New York Times, Anna Louie Sussman examina cómo la incertidumbre y el miedo al futuro sería el elemento clave para entender el actual declive demográfico en la mayor parte del mundo (en realidad, el mundo entero salvo algunas regiones de África) incluso en entornos con situaciones económicas aceptables y servicios sociales suficientes.[4]

Y después de todo lo anterior, efectivamente uno ha de preguntarse: ¿en qué puedo mejorar mi docencia?

***

Dejo por aquí una reflexión de la profesora Beatriz Muñoz González, socióloga en la Universidad de Extremadura: “Tras un titular sobre absentismo universitario enseguida aparece una explicación cómoda: son los estudiantes, son los profesores, son los PowerPoints, es la desgana. Pero quizá el problema empieza ahí: en lo rápido que resolvemos asuntos complejos con diagnósticos simples.

El absentismo universitario quizá no habla sólo de horarios, docentes o motivación, quizá señale un cambio cultural más profundo: una nueva forma de estar en la universidad atravesada por la lógica del consumo rápido, la utilidad inmediata y la atención fragmentada. Puede ser que la clase sea ahora para muchos algo que se usa si encaja, si renta, si entra en el examen o si ofrece un beneficio visible. La presencia deja de ser un vínculo con una comunidad de aprendizaje y pasa a medirse como coste-oportunidad.

Quizá reducir el absentismo a desgana estudiantil o a malos docentes se quede corto. A lo mejor es pertinente preguntarse qué ocurre cuando la universidad, pensada para tiempos largos, entra en conflicto con una cultura de tiempos cortos, de la inmediatez y la conexión débil.

Nuestra forma de debatir el absentismo también dice algo de la época. Ante un fenómeno complejo, buscamos rápido un culpable y una explicación cerrada. Quizá esa prisa por simplificar forma parte del mismo problema. Quizá hemos olvidado que en nuestras aulas están hoy quienes aprendieron durante la pandemia en modo online. Y que las universidades, con sus campus virtuales, también hemos alterado la cultura de la presencialidad: el espacio académico ya no se habita ni se interpreta igual. Los campus virtuales no solo han añadido herramientas, también han modificado la idea misma de presencia, aula y espacio académico.”[*]

 

[*] Tuits del 27 de abril de 2026: https://x.com/45Beatriz/status/2048775427942932617

[1] https://x.com/FernandoArancon/status/2048844236544528539 (tuit del 27 de abril de 2026).

[2] Comunicación personal, 28 de abril de 2026.

[3] José Luis Muñoz Moreno y otros: L’absentisme a les aules universitàries de la UAB : per què val la pena anar a clase, Institut de Ciències de l’Educació (Universitat Autònoma de Barcelona), Bellaterra 2026; https://ddd.uab.cat/record/327188

[4] Anna Louie Sussman, “Why so few babies? We might have overlooked the biggest reason of all”, The New York Times, 8 de mayo de 2026;  https://www.nytimes.com/2026/05/07/opinion/birthrate-kids-parents-demographics-future.html . También en español: https://www.nytimes.com/es/2026/05/08/espanol/opinion/tasa-natalidad-maternidad-demografia-futuro.html . Leemos en el texto: “El futuro nunca ha estado asegurado, pero da la sensación de que vivimos en una época de incertidumbre espectacular. En Estados Unidos, la permanencia en el empleo se ha contraído y la volatilidad de los ingresos ha aumentado. La esperanza de vida, antaño en inexorable marcha ascendente, ha descendido para las mujeres y los hombres con menos estudios. Muchas de las fuerzas sobre las que se asienta nuestra economía –la inteligencia artificial (IA), la inmigración, el comercio mundial– se sienten angustiosamente volátiles; la perturbación, antaño sinónimo de alboroto o problema, es el ethos rector de un sector aterradoramente poderoso de nuestra economía. El auge de los mercados de predicción ha convertido el mundo en un gran casino. La crisis climática se dispara, al igual que los costos de todo lo que podría permitir la maternidad, ya sea un techo o el cuidado de los niños. El último medio siglo nos ha traído una desigualdad pasmosa, acompañada de un fuerte declive de la movilidad social. Las dos generaciones que actualmente están en edad de procrear llevan las cicatrices psicológicas y financieras de haber llegado a la mayoría de edad en medio de catástrofes a escala mundial: los milénials de más edad entraron en el mercado laboral durante la Gran Recesión; muchos vieron cómo sus padres perdían sus trabajos o sus casas. La generación Z, cuyas vidas se vieron trastocadas por la pandemia del COVID-19, se encuentra ahora compitiendo contra la IA por puestos de trabajo de nivel inicial e incluso por posibles parejas. El hombre que dirige Estados Unidos parece entregado sin reservas al caos en casa y en el extranjero. (…) Para entender los cambios actuales de la población debemos mirar más allá de los indicadores que los investigadores de otros contextos han denominado como ‘la sombra del pasado’. ¿Alguien tiene trabajo? ¿Está casado? ¿Tiene estudios universitarios? También debemos considerar lo que se ha definido como las ‘sombras del futuro’…”

25 de mayo, círculo de bellas artes, madrid: defender la tierra no es delito

https://www.peticiones.net/defender_la_tierra_no_es_delito

ATENCIÓN: el acto público del 25 de mayo se celebrará en la sala Ramón Gómez de la Serna, en la 5a planta del CBA (no en la sala Minerva, como se creyó al principio).

DEFENDER LA TIERRA NO ES DELITO. CONTRA LA CRIMINALIZACIÓN DE LA PROTESTA CLIMÁTICA

Círculo de Bellas Artes. Sala Ramón Gómez de la Serna, 5ª planta.

25 de mayo de 2026 / 19:00 h.

INTRO Bienvenida, autopresentación y presentación del acto: Paula Pita

SALUDO en nombre del Círculo de Carolina del Olmo, Directora de Publicaciones del Círculo y de la revista Minerva

Tramo primero

Carmen Madorrán. Filósofa. Profesora MANIFIESTO

Adrián Almazán. Filósofo. Profesor MANIFIESTO

Joaquín Araujo. Escritor, naturalista

Alberto San Juan. Actor y creador del Teatro del Barrio

Amador Fernéndez-Savater. Pensador y escritor

Eva Saldaña. Directora de Greenpeace España

Ana Morente. Periodista

Manuel Alcántara. Decano Facultad Filosofía y Letras, UAM

Charo Morán. Miembro de Ecologistas en Acción y de la cooperativa Garúa

José María Parreño. Poeta, profesor.

Climabar: Carmen Huidobro y Belén Hinojar. Comunicólógicas

(bajan del escenario los intervinientes y ocupan sus sillas los y las poetas)

Tramo segundo

Olvido García-Valdés

Miguel Casado

Nacho Fernández Rocafort

Fernando Beltrán

Ariadna G. García

Jordi Doce

Nares Montero

Antonio Crespo Massieu

Rosana Acquaroni

Juan Carlos Mestre

PAULA PITA DA PASO A LA TERCERA Y ÚLTIMA PARTE DEL ACTO:

Jorge Riechmann, Marina M. Martínez y Paco del Pozo

PAULA: AGRADECIMIENTO, CONVOCATORIA DE LA CONCENTRACIÓN Y DESPEDIDA

 

DEFENDER LA TIERRA NO ES DELITO

El próximo 26 de mayo se juzgará en Madrid a tres personas: Jorge Riechmann, Marina M. Martínez y Paco del Pozo, acusadas de “resistencia grave a la autoridad”, un delito castigado con multas o penas de prisión de tres meses a un año. Su grave resistencia consistió en evitar ser lesionadas cuando la policía deshizo la cadena humana que cortaba el tráfico de una calle de Madrid el 7 de octubre de 2019. Es, pues, una acusación falsa. Alguna de estas personas y otras catorce se enfrentarán, además, en los próximos meses, a otro proceso penal, este por la acción realizada el 6 de abril de 2022, consistente en verter un líquido biodegradable y fácil de limpiar en las columnas de la fachada del Congreso de los Diputados. En este caso, las penas solicitadas son aún más duras.

Estas dos acciones no violentas formaban parte de campañas de movilizaciones internacionales. La primera fue impulsada por la plataforma 2020 Rebelión por el Clima junto con Extinction Rebellion Spain. La segunda, por Rebelión Científica, integrada por científicos y académicos que, tras advertir durante décadas de la gravedad de la crisis ecológica, y particularmente de la mutación climática, y en vista de la inacción política, han decidido pasar a la acción.

Un país como el nuestro, que ha sufrido estos últimos años olas de incendios devastadores, creciente desertificación, sequías prolongadas y una DANA de consecuencias terribles, todo ello sin precedentes, debería ser especialmente sensible a la hora de tomar medidas ante la crisis ecológica y sus efectos ya patentes.

¿Es tan grave la situación como para que valga la pena arriesgar la libertad y el patrimonio para tratar de llamar a la acción? Sí, si damos por cierto los últimos informes del IPBES o del IPCC de las Naciones Unidas. En este último se afirmaba: “Nos enfrentamos a una catástrofe inminente; estamos sobrepasando un punto de inflexión climático irreversible sin que los Gobiernos estén actuando en consecuencia”. El propio Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, advertía en diciembre de 2024: “Estamos presenciando el colapso climático en tiempo real. Este camino está abocado a la ruina y tenemos que abandonarlo lo antes posible”. Y en 2025, dijo: “Los países deben encaminar al planeta hacia perspectivas más seguras, reduciendo drásticamente las emisiones y apoyando la transición a un futuro renovable”. Por su parte, en enero de 2020, el Consejo de Ministros del gobierno español había aprobado la Declaración ante la Emergencia Climática y Ambiental en España.

La realidad es que ni la comunidad internacional ni nuestro gobierno están actuando de acuerdo a sus compromisos, y las causas que motivan la crisis, lejos de disminuir, siguen aumentando su impacto. En primer lugar, porque ni en la práctica ni en el discurso han abandonado la senda del crecimiento económico, que está en la base de la destrucción ecológica en curso. En el caso europeo, además, dicho crecimiento avanza a remolque del sector militar, es decir, de la destrucción de la vida. Por otro lado, incluso cuando se avanza en políticas de corte ecosocial, se reduce el problema ecológico multidimensional al factor de las emisiones, poniendo en marcha medidas ambiguas que, aunque pueden reducir emisiones localmente, suponen un empeoramiento global de la extralimitación planetaria (un ejemplo palmario de ello es el incentivo público al coche eléctrico).

Por todo ello, necesitamos más que nunca que las voces de los defensores de la tierra se hagan oír. No solo por la gravedad de la devastación ecológica y sus temibles consecuencias para la sociedad, ni tampoco por la escandalosa falta de medidas serias para la paliarla, sino porque, en un nuevo giro de la espiral, quienes recurren a la acción pacífica para llamar la atención sobre todo ello son castigados con una violencia institucional absolutamente desproporcionada. ¡Un año y nueve meses de cárcel por participar en una manifestación pacífica! Es lo que pide la Fiscalía por la acción ante el Congreso. Pero ¿hace falta recordar que la desobediencia civil no violenta es un recurso fundamental de la democracia, gracias a la cual se han conseguido algunos de los logros más nobles de nuestras sociedades? Aceptar su criminalización es aceptar el menoscabo de la soberanía popular y del derecho fundamental de oponerse pacíficamente a la injusticia.

Esta oposición pacífica es hoy más importante que nunca. El mundo se está encaminando por una senda de violencia y belicismo que aniquila a su paso pueblos, como el de Gaza, ecosistemas y, en resumen, las perspectivas de un futuro digno en este planeta vivo. Si no interponemos acciones de paz frente a la guerra, lo peor de lo que puede pasarnos ocurrirá, y de manera acelerada.

Por todo lo anterior, solicitamos tu firma al pie de este manifiesto y tu presencia en el acto de apoyo a esta causa que tendrá lugar en el Círculo de Bellas Artes, el próximo 25 de mayo de 2026 a las 19:00 h.

 

PRIMERAS FIRMAS:

 

Adrián Almazán. Profesor de universidad, escritor

Ana Morente. Periodista

Ana Pérez Cañamares. Poeta

Antonio Crespo Massieu. Poeta

Antonio Gamoneda. Poeta

Antonio Orihuela. Poeta

Alberto García-Teresa. Poeta

Alberto San Juan. Actor, fundador del Teatro del Barrio

Ana Rosetti. Poeta

Aurora Fernández Polanco. Catedrática de universidad

Azahara Palomeque. Poeta y novelista

Belén Gopegui. Escritora

Bernardo Atxaga. Escritor

Berta García Faet. Poeta

Carmen Madorrán. Profesora de universidad, escritora

Chema Madoz. Fotógrafo

Eva Lootz. Artista

Gabi Martínez. Escritor

Jaime Vindel. Científico titular del CSIC

Joaquín Araujo. Naturalista, escritor, agricultor ecológico

Jordi Doce. Poeta, crítico literario

José Albelda. Pintor, fundador de MHESTE/ DESEEEA

Joseba Sarrionandia. Escritor

José Luis Tirado. Artista, cineasta

José María Parreño. Poeta, profesor de universidad

Juan Carlos Mestre. Poeta

Laura Casielles. Poeta

Manuel Alcántara. Decano Facultad Filosofía y Letras UAM

María Sánchez. Poeta

Martha Asunción Alonso. Poeta y traductora

Marta Sanz. Poeta y novelista

Miguel Casado. Poeta y crítico

Mar Villaespesa. Comisaria de exposiciones

Marina Garcés. Filósofa

Manuel Rivas. Escritor

Nacho Fernández Rocafort. Poeta, profesor

Olvido García Valdés. Poeta

Ruper Ordorika. Músico

Tonia Raquejo. Catedrática de universidad

Tristán Ulloa. Cineasta, actor

Viggo Mortensen. Actor, cineasta

Yayo Herrero. Antropóloga, activista ecosocial, profesora de universidad