entrevista (con Rafael Bardají) para la revista ES POSIBLE

Pregunta (RB).- La crisis que padecemos estaba cantada. ¿Estamos a tiempo para reaccionar?

Respuesta (JR).- Estamos a tiempo, pero un aspecto muy inquietante de los años que vivimos es que en cierto sentido el tiempo se nos está acabando… Estamos a tiempo, pero ¿durante cuánto tiempo aún? En lo que se refiere a asuntos como la hecatombe de biodiversidad, el calentamiento climático, o el cénit del petróleo y del gas natural, estamos en la cuenta atrás. La oceanógrafa Sylvia Earle –ex científica jefe de la Administración NacionalOceánica y Atmosférica de EEUU— lo expresa con precisión: “Es la primera vez que tenemos capacidad [científica] para entender los riesgos que sufre el planeta, pero tal vez la última para solucionarlo”[1].

Si se debe en gran parte, como usted apunta, a la mercantilización de todo, la tarea de cambiar parece ingente.

Se acaba de publicar en Buenos Aires un libro importante de Michael Löwy, Ecosocialismo. Déjeme que le lea cómo caracteriza al sistema socioeconómico donde vivimos, y que nos está llevando a una verdadera catástrofe civilizatoria: “Un sistema fundado sobre el predominio del valor de cambio sobre el valor de uso, de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, y que sólo puede subsistir bajo la forma de un proceso expansivo incesante y autorreproductor de acumulación de capital. Un sistema en el que todo, incluso uno mismo, se convierte en mercancía, y que impone a todos un conjunto potente y uniforme de obligaciones: la rentabilidad a corto plazo, la competitividad, el crecimiento a cualquier precio, la expansión, el consumo exacerbado. Un sistema que sólo puede producir contaminación, despilfarro y la destrucción de ecosistemas y que, controlado por las potencias industriales avanzadas, efectivamente querría exportar los perjuicios hacia los países del Sur…”[2] Y unas líneas más, de santiago Alba Rico en la revista del CIP_Ecosocial, Papeles: “Veinte años después de la derrota de la URSS en la guerra fría, la contrarrevolución capitalista que llamamos ‘crisis’ ha dejado al desnudo la incompatibilidad no sólo entre Mercado y Estado del Bienestar sino, más radicalmente, entre Mercado y Democracia”[3]. Pues sí, yo creo que hemos de preguntarnos si este sistema es compatible con una vida decente para los seres humanos dentro de una biosfera vulnerable y finita.

¿La crisis económica está ligada a la medioambiental?

¿De qué trata la economía? La respuesta convencional dice: trata del dinero, de cómo hacer crecer el dinero, y puede desentenderse de los procesos biofísicos (que sin embargo están en la base de cualquier dinámica económica). La economía crítica, la economía feminista, la economía ecológica dicen: la economía trata no solamente del dinero sino también de necesidades humanas, de instituciones, de trabajos de cuidado, de recursos naturales, de ecosistemas, de la vida buena. Hay una importantísima distinción que Aristóteles ya introdujo en su Política: entre la economía real (que produce bienes y servicios tangibles) y la crematística que se ocupa de dinero. En realidad hemos de considerar un tercer nivel (o más bien primero): la base biofísica de la economía real, los ecosistemas, servicios ecosistémicos y recursos naturales a partir de los cuales la actividad económica logra producir bienes y servicios útiles para el ser humano. Pues bien, apreciamos una doble desconexión: 1) de lo crematístico y financiero respecto de la economía real, productiva; 2) de la economía (tanto financiera como productiva) con respecto a la biosfera. Con la crisis que empezó en 2007, un nivel de insostenibilidad ya ha sido desenmascarado ante los ojos de todos: en España, “economía del ladrillo”, deuda, bajos salarios, escasa cualificación laboral, depredación del territorio, corrupción inmobiliaria y política, hipotecas donde queda uno entrampado… Y finalmente desplome económico que se lleva por delante la protección social y la ciudadanía democrática. Pero hay otro nivel de insostenibilidad que la mayoría social sigue sin ver, y muchas personas negándose a ver: me refiero a lo ecológico-ambiental. Constituye una ilusión mortal pensar que los mercados y la tecnología pueden suplir lo que una biosfera sana ha de aportar como sustento para una vida humana decente.

Dígame razones para la esperanza.

La gente habla de esperanza, en esta cultura nuestra corrompida por el positive thinking, y en realidad está pidiendo lo que Sterling Hayden en Johnny Guitar, aquella memorable película de Nicholas Ray: “dime que me quieres aunque sea mentira”[4], dime que puede venir la prosperidad o la sustentabilidad o la liberación humana como vendría el buen tiempo en una primavera cálida… Pero lograr metas valiosas, o evitar lo peor del desastre hacia el que nos estamos precipitando, no cuadra con esa voluntad de autoengaño: tiene que ver con la acción –o con la inacción— humana. La esperanza se anuda con lo que hagamos o dejemos de hacer: con nuestras resistencias, nuestras luchas y nuestras formas creativas de estar juntos.

La principal razón para la esperanza es que la gente se rebele contra el fatalismo de lo peor: mucha más gente de la que lo está haciendo ahora, en los pequeños grupos que este execrable sistema se complace en llamar “antisistema”. Soledad Gallego-Díaz recordaba recientemente unas líneas del ensayista José María Ridao en su libro de 2002 La elección de la barbarie: «De la misma manera que el futuro no está determinado para lo bueno, tampoco lo está para lo malo, y tan funestos resultados puede provocar una creencia como la otra. (…) La barbarie no sobreviene, se elige», afirmaba Ridao, y Gallego –Díaz insiste: “Lo que sucede no está a merced de una hipotética ley universal de la destrucción, y quienes pregonan ese fatalismo lo que reclaman es que nos sintamos insignificantes y renunciemos de antemano a la resistencia. Que dejemos de preguntarnos que detrás de cada acción hay una responsabilidad, y detrás de cada responsabilidad, un responsable.”[5] El desastre socio-ecológico en que estamos no ha sucedido como una catástrofe natural: tiene responsables que lo han buscado activamente (quizá diciendo que es un inevitable “daño colateral” de la necesaria búsqueda del “progreso”), y demasiada gente que ha consentido.

Y si tuviera usted que resumir en cuatro palabras una orientación para el futuro…

“Bien común y bienes comunes” podría ser una buena consigna. Que apunta a priorizar los intereses colectivos (¡no solamente los de los seres humanos, y no solamente los de las generaciones hoy vivas!), y a gestionar las riquezas comunes más allá de las exigencias de rentabilidad del capital.

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[1] Entrevista con Sylvia Earle: “Sigo buceando en los océanos porque aún respiro”, El País, 5 de octubre de 2010.

[2] Michael Löwy en Ecosocialismo, El Colectivo/ Ediciones Herramienta, Buenos Aires 2011, p. 117.

[3] Santiago Alba Rico, “La crisis capitalista y el deseo de democracia”, Papeles 116, Madrid 2012, p. 105.

[4] El diálogo entre los personajes de Hayden y Joan Crawford era el siguiente: “—¿A cuántos hombres has olvidado? —A tantos como mujeres tú recuerdas. —¡No te vayas! —No me he movido. —Dime algo agradable. —Claro. ¿Qué quieres que te diga? —Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo. —Te he esperado todos estos años. —Dime que habrías muerto si yo no hubiera vuelto —Habría muerto si tú no hubieras vuelto. —Dime que me quieres todavía, como yo te quiero. —Te quiero todavía como tú me quieres. —Gracias. Muchas gracias.”

[5] Soledad Gallego-Díaz: “Un debate bien vivo”, El País, 5 de febrero de 2012.

«suponiendo que no utilice un dispositivo nuclear…»

La nueva detención de Dominique Strauss-Kahn –acusado en Francia de proxenetismo— simboliza bien el nivel de degradación moral de nuestras elites. No por el “libertinaje”, ojo: la coerción ejercida muchas veces sobre las prostitutas sólo es una gota en el océano de violencia estructural y violencia directa sobre el que se apoya el dominio de esas elites –el comprador de mujeres es el ex director gerente del Fondo Monetario Internacional. En los mismos días de febrero de 2012, la periodista del New York Times Elisabeth Bumiller analiza opciones estratégicas de Israel contra Irán y despreocupadamente se permite escribir: “Suponiendo que no utilice un dispositivo nuclear, Israel posee bombas antibúnker de más de dos toneladas…”. Suponiendo que no utilice un dispositivo nuclear: la sangre se nos hiela en las venas. Están ya dando por sentado que las guerras del siglo XXI –que vemos venir, y no precisamente escasas— se combatirán empleando bombas atómicas. Aquellos simios al mando; y estas armas de destrucción masiva. “Estamos todos en peligro”…

 

queremos, tendremos el más allá en esta vida

“El tiempo de los descubrimientos no ha terminado. Continuemos descubriendo a los otros, continuemos descubriéndonos a nosotros mismos.”[1]

Cuenta Tiziano Terzani –en sus imprescindibles Cartas contra la guerra[2]— que Vivekananda, el gran místico hindú, viajó a finales del siglo XIX a EE.UU. para hacer conocer el hinduismo. En San Francisco, al final de una conferencia, una señora estadounidense se levantó y le preguntó: “¿No piensa que el mundo sería más hermoso si hubiera una sola religión para todos los hombres?”. “No”, respondió Vivekananda. “Quizá sería aún más hermoso si hubiera tantas religiones como hombres”.

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La piedra de toque para juzgar el carácter represivo o emancipatorio de las religiones no son sus textos sagrados, sino la relación de sus clérigos con los muy terrenales poderes de este mundo. La religión no es en general el opio del pueblo: puede ser eso y su contrario. Dentro de cada confesión encontramos siempre inquisidores y teólogos de la liberación, moralistas enemigos de la vida y místicos enamorados de ella. Para distinguir, hay que fijarse en si el cura de la aldea va con más frecuencia al Círculo Agrario y Mercantil –vale decir, el casino de los señoritos— o a la Casa del Pueblo (permitidme el ligero anacronismo). La piedra de toque es la cuestión del poder.

(Por lo demás, lo mismo puede decirse de cualquier movimiento espiritual, cultural o social de los que impulsamos los seres humanos.)

Un punto clave suele ser la cuestión del proselitismo. En este asunto, por lo general, la actitud del budismo es ejemplar: “Hablando del precepto que prohíbe el uso de sustancias intoxicantes, Suzuki Roshi [el monje zen Shunryu Suzuki] dio una interpretación sorprendente: Esto significa que no se debe vender budismo. No sólo el licor es embriagante. También lo es la enseñanza espiritual.[3]

También el novelista israelí Amos Oz se ha referido sensatamente al proselitismo del fanático: “Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en lugar de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa, un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvarte, redimirte. (…) Echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto.”[4]

Otro punto clave es sin duda la cuestión de la inmanencia y la trascendencia. Casi podría formularse como una regla cuantitativa: el potencial liberador de un credo es inversamente proporcional a la distancia que media entre la vida cotidiana y la salvación prometida. Las religiones de liberación son de tejas para abajo, se ajustan bastante bien al desiderátum surrealista: queremos, tendremos el más allá en esta vida. Dos extraordinarios ejemplos procedentes de la tradición judía y budista:

“La luz de la redención” –dijo el rabí Abraham Jacob de Sadagora— “está dispersa en torno de nosotros a la altura de nuestras cabezas. No la notamos porque nuestras cabezas están inclinadas bajo la carga del exilio. ¡Oh, si Dios quisiera levantar nuestras cabezas!”[5]

“Una mujer le dijo al Roshi que le resultaba difícil combinar la práctica del zen con las exigencias de ser un ama de casa. Siento como si estuviese tratando de subir una escalera, pero por cada escalón que subo, caigo dos escalones abajo. Suzuki le dijo: Olvida la escalera. En el zen, todo está aquí en el suelo.[6]

Otro maestro jasídico, Rabí Búnam de Pzhysha, empleaba la imagen siguiente: estamos pasando continuamente a través de dos puertas, saliendo de este mundo y entrando en el otro, y saliendo y entrando nuevamente[7]. Nuestra Teresa de Cepeda, que sabía que Dios anda también entre los pucheros de la cocina, se hubiera entendido sin dificultad ninguna con estos tzadikim jasídicos o estos monjes budistas. Sabrosos, los diálogos a tres bandas que se puede imaginar uno…

 

  • [Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 63-64. Este «diario de trabajo» va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]



[1] José Saramago en su discurso ante el Primer Congreso Iberoamericano de Filosofía en Cáceres, 1998.

[2] Tiziano Terzani, Cartas contra la guerra, Integral/ RBA, Barcelona 2002, p. 153.

[3] David Chadwick (comp.): Para hacer brillar un rincón del mundo. Historias de un maestro zen contadas por sus discípulos. Ed. Troquel, Buenos Aires 2002, p. 124.

[4] Amos Oz, Contra el fanatismo, Siruela, Madrid 2003. No me resisto, en este punto, a citar otra anécdota del maestro zen antes evocado: “Una mañana, cuando estábamos todos sentados en zazen, Suzuki Roshi dio una breve charla inesperada. Entre otras cosas, dijo: Cada uno de ustedes es perfecto tal cual es… y también puede perfeccionarse un poquito” (Para hacer brillar un rincón del mundo, op. cit., p. 13).

[5] Martin Buber, Cuentos jasídicos. Los maestros continuadores vol. 1, Paidos, Barcelona 1983, p. 43.

[6] Para hacer brillar un rincón del mundo, op. cit., p. 69.

[7] Martin Buber, Cuentos jasídicos. Los maestros continuadores vol. 2, Paidos, Barcelona 1983, p. 104.

donde moralmente se puede respirar

Cierto que nuestros colectivos –las comisiones de Ecologistas en Acción, los grupos de base de Izquierda Anticapitalista, las asambleas de barrio que guardan y desarrollan los rescoldos de la gran llamarada del 15-M— son pequeños y pueden poco. Cierto que, sin un milagro laico en términos políticos –vale decir, uno de esos momentos extraordinarios de reconfiguración de un sistema complejo, basculante con rapidez hacia un nuevo estado de equilibrio–, estamos perdidos. Pero, al menos, en el seno de estos pequeños colectivos moralmente se puede respirar. No es poca cosa, en esta época nuestra donde se bautizan las cloacas con perfumería de gran lujo.

mente habitual, mente atenta –y la racionalidad que brilla por su ausencia

Alex Pentland, investigador del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts), sugiere que existen “dos mentes” (dos formas básicas de funcionamiento del cerebro humano): se trataría de 1.) mente habitual, caracterizada por un funcionamiento cerebral rápido, automático y por asociación, donde impera la costumbre y el “piloto automático”. Y 2.) mente atenta, con funcionamiento cerebral lento, controlado y basado en reglas. Ahí es donde predomina la intención, el control consciente y la deliberación.

Pues bien: la actividad de tomar decisiones reflexiva y deliberativamente, sopesando con cuidado todos los factores pertinentes y sólo ellos, es comparativamente rara. ¡No somos animales demasiado racionales! Algunos estudiosos del tema estiman que entre siete y ocho de cada diez decisiones se toman de forma inconsciente, o en un estado de baja consciencia (“mente habitual”, no “mente atenta”).

Y desde luego no deberíamos identificar ese 20% aproximado de decisiones conscientes como “racionales” en ningún sentido sustantivo del término… En los días buenos, uno piensa que quizá un 2% de las decisiones de Homo sapiens pueden ser consideradas racionales (en ese sentido fuerte). En los días malos, barrunta que, si acaso, el 0’2%: un par de decisiones de cada mil…

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Nunca terminamos de calibrar hasta qué punto somos bandas de primates ruidosos, emotivos, tribales, chismorreros, cotillas, pasionales y egocéntricos. Siempre lo pienso: se ve mejor lo que está en juego en cualquier reunión de Homo sapiens, ya se trate de un grupo de sesudos catedráticos o de una asociación de adeptos de bailes latinos, imaginando durante unos momentos a cada uno de ellos y ellas bajo la figura de un gran simio. Ahí tenemos a un gorila con laptop, más allá a una bonoba calzada con zapatillas de deporte llevando a su cría de la mano, acullá todo un agitado señor orangután con mochila y teléfono móvil…

 

la aspiración ética, una tarea inacabable

El filósofo francés Paul Ricoeur propuso la siguiente fórmula para tratar de captar la aspiración ética en una suerte de triángulo con tres vértices: (a) tratar de lograr una vida buena, (b) junto con los otros, (c) en el marco de instituciones justas[1]. Ricoeur establece una interesante analogía con los pronombres personales: (a) el “yo” que aspira a la vida buena (b) en diálogo con un “tú” (c) en el contexto de la tercera persona, un “él”, que incluye la referencia al otro de la anonimidad impersonal y de lo institucional, en cuyo marco discurre la acción humana.

La cuestión es que si nos fijamos en cada uno de los elementos de la terna, rápidamente nos daremos cuenta de que se trata de tareas inacabables. (a) Para aproximarme a una vida buena, tengo que hacer frente y tratar de contrarrestar tendencias humanas tan arraigadas como la egocentricidad, o el estar demasiado pendiente de la mirada de los demás[2]. (b) El vínculo con el “tú” siempre me plantea tareas exigentes: ¿por qué debería dejar de explotar las ventajas que me confiere, por ejemplo, una posición de superioridad? En el límite: ¿por qué debería dejar de matar al extranjero, apropiarme de todo lo suyo y comerme su cuerpo? (c) No podemos vivir sin instituciones, y al mismo tiempo las instituciones que vamos construyendo nunca nos convienen del todo: esa desdichada tendencia a que los medios se nos conviertan en fines… Recurrentemente las instituciones adquieren una vida propia, dejan de servir –al menos parcialmente— a los propósitos para los que fueron creadas y tienden a perseguir su propia perpetuación, como si fueran fines en sí mismos…

Tanto (a) como (b) y (c), los tres vértices del triángulo de Ricoeur, son trabajos de Sísifo. La aspiración ética –ser humanos, en un sentido normativo— es una tarea inacabable. No apta para perezosos/as: ay, no podemos tumbarnos a descansar…

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Sugería Michio Kaku (en Parallel Worlds, Penguin Books 2006) cuatro criterios de vida buena –metas valiosas que una sociedad puede facilitar o imposibilitar a sus integrantes–: 1) realizar un trabajo útil, 2) dar y recibir amor, 3) desarrollar nuestros talentos y capacidades y 4) dejar tras nosotros un mundo mejor que el que nos encontramos. La camarilla de esbirros del capital que nos gobierna lo está poniendo dificilísimo en todas esas dimensiones…

 


[1] “Llamamos intencionalidad ética a la intencionalidad de la ‘vida buena’ con y para otro en instituciones justas.” Paul Ricoeur, Sí mismo como otro, Siglo XXI, Madrid 1996, p. 176. Cf. también Juan Masiá, El animal vulnerable, Universidad Pontificia de Comillas, Madrid 1997, p. 222 y ss.

[2] Lo argumenté en Jorge Riechmann, “Vivamos bien”, introducción a ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena, Los Libros de la Catarata, Madrid 2011.

cuatro dimensiones de la vida buena

Sugería Michio Kaku (en Parallel Worlds, Penguin Books 2006) cuatro criterios de vida buena –metas valiosas que una sociedad puede facilitar o imposibilitar a sus integrantes–: 1) realizar un trabajo útil, 2) dar y recibir amor, 3) desarrollar nuestros talentos y capacidades y 4) dejar tras nosotros un mundo mejor que el que nos encontramos. La camarilla de esbirros del capital que nos gobierna lo está poniendo dificilísimo en todas esas dimensiones…

Ignacio Castro Rey sobre el rechazo a la finitud en el tardocapitalismo

LA DEPRESIÓN INFORMATIVA. Entrevista de Pablo E. Chacón a Ignacio Castro para la revista cultural Ñ de diario Clarín (Buenos Aires).

«En La depresión informativa del sujeto. Esencialismo e indiferencia (ediciones Grama), el ensayista español Ignacio Castro Rey explora cierto costado de las nuevas tecnologías de la información; conjetura sobre la supuesta ‘libertad’ que promueven esos sistemas y sostiene que el capitalismo –en cualquiera de sus vertientes– es un dispositivo de amansamiento disciplinario por sustracción. Asegura que “el sujeto transfiere a la religión socio-estatal todas las decisiones vitales, desde su medicación hasta la descendencia y su divorcio” y encuentra respuestas en la literatura: “Insisto en que, no lejos de Clarice Lispector, debiéramos volver a concebir la libertad como una negociación con lo que nos ata, una travesía por nuestra patología más turbia”. Esta es la conversación que sostuvo con Ñ digital desde Madrid.

-La idea de ‘drama de vivir’ o el rechazo a la finitud que detectás en la sociedad contemporánea, ¿implica un cambio de paradigma, un salto epocal que supone ciertas condiciones? ¿Cuáles serían esas condiciones y a qué política responderían? 

-Creo que el panorama subjetivo que intento precisar en mis libros es nuevo solamente en parte, pues arranca de fenómenos de normalización ya diagnosticados en el siglo XIX por (Max) Stirner, (Soren) Kierkegaard o (Friedrich) Nietzsche, entre otros (creo que Karl Marx se nos ha quedado un poco más anticuado). El odio a la finitud, bajo esta apariencia de flexibilidad contemporánea, no ha dejado de acentuarse y precisarse en las últimas décadas de Occidente. Al fin y al cabo, ese rechazo a la condición mortal está arraigado en el eje del capitalismo como espíritu (separación de la ‘cultura de los sentidos’, según Max Weber) y en la pasión por la seguridad de lo regular. Lo que ocurre es que, tal vez desde la Segunda Guerra, esa aversión no ha dejado de hacerse más capilar o microfísica, con la puesta en pie de un tipo de poder flexible que entra en un ‘cuerpo a cuerpo’ con el individuo.

La diferencia entre el paradigma disciplinario y el del control, según (Michel) Foucault y (Gilles) Deleuze, es justamente el cambo del sistema de encierro masivo, rígido y represivo en el primer caso, por un sistema de control de ‘geometría variable’ en el segundo caso. Esto último se parece a un poder-surf que es más maternal y sonriente que paternal y autoritario. Las paredes fijas de la autoridad permiten al menos que el individuo sepa donde están los límites de su autonomía, dónde comienza la opresión, y así pueda pensar en rebelarse. Las nuevas formas de poder basadas en la participación interactiva, en la información, la comunicación continua de una crisis que ha de ser compartida, dejan a las subjetividades inermes, sumergidas en una especie de flexibilidad cada vez más cadavérica. El ‘Post-Scriptum’ de Deleuze sobre las ‘sociedades de control’ y muchos trabajos de (Jacques) Lacan y de (Jean) Baudrillard advierten de un poder temible.

-El estatuto de la violencia soterrada, afelpada, sibilina (aparte de la explícita, brutal o como se le diga), ¿cómo opera en el sujeto? ¿No tiene algo que ver esa violencia con el miedo –la ‘inseguridad’– y con el pánico –colectivo– y la pérdida de referencias o garantías, en un mundo que sin mediaciones tiende a pasar al acto, incluso los más peligrosos?

-Es la violencia del ‘pluralismo’ y el consenso que ha penetrado en los cuerpos. Desarrollando trabajos de (Giorgio) Agamben y Deleuze, el colectivo Tiqqun (en ‘Teoría del Bloom’) habla de una neutralización sin precedentes de la subjetividad, una parálisis que tendría estrecha relación con la separación que se ha logrado, en el interior del individuo, entre la identidad y la condición mortal, entre la conciencia y experiencia de los límites, entre el deseo de libertad y la fatalidad de unas condiciones reales de existencia. En el fondo, un hombre sólo puede ser libre si atraviesa y empuña las limitaciones más íntimas que le atan. Esas ataduras (modo de ser, género sexual, carácter, cultura natal y familiar, manías, fantasmas, patología) constituyen la base de su singularidad. Elegimos dentro de esas ataduras, dentro de esa limitación de partida. Pero la violencia de la información consiste en que con una dialéctica entre miedos inducidos y promesas repartidas, ha logrado una dicotomía sin precedentes entre todas las condiciones natales de existencia y la ilusión de la libertad. Esta ‘liberación’ de la identidad de todo lo que sea arraigo crea una oscilación embrutecedora entre estados larvariosy prolongados de pasividad (como máximo de interpasividad, dice Baudrillard), donde el sujeto se mantiene misteriosamente catatónico, y brutales pasos al acto donde el sujeto intenta desesperadamente una catarsis, una realización definitiva. Buena parte de la obscenidad televisiva y de las nuevas formas de delito y crimen, a veces absurdas, no se explicarían sin esta pérdida paradójica del término medio en la sociedad de los medios, un mundo dominado por la mediación infinita. Es la impotencia de la pasividad, inducida por la religión del consenso, lo que crea esos brutales pasos al acto. Como si el yo no pudiera ejercer ya de instancia mediadora entre el ello y el superyó y sólo quedase la oscilación espectacular entre esos dos polos.

-En un momento del libro, la ‘indiferencia’ de la que hablás está acompañada de ignorar, de alguna manera, a quienes nos rodean, el señor que un día se levanta y ametralla una escuela o que se tira, tan feliz que parecía, del balcón. ¿Juega algún papel los dispositivos de evaluación, calidad de vida, estadísticos en ese anonimato mortífero?

-Sí, la indiferencia es el recipiente de la multiplicidad consumista del mercado, del dispositivo genérico del ‘pluralismo’ informativo que se nos ofrece. Toda la atención del sujeto a lo exterior y lejano (comunicación con desconocidos en las redes, noticias, modas, campañas de solidaridad) debe librarlo del peso abrumador de lo cercano, una cercanía que incluye tanto las sombras de la subjetividad como un prójimo cada día más demonizado: es fumador, puede estar enfermo; es inmigrante, puede ser terrorista o delincuente. Los dispositivos de evaluación constante (empresarial, social, médico, escolar) que no tienen una agencia concreta desde la que se ejerza pues su poder está extendido por todo el cuerpo social, hunden al individuo en un anonimato mortífero, una pasividad letal que se alimenta del hecho de que hoy la ilusión de delegación (el nuevo feudalismo) se ha arraigado en la más profunda intimidad. De manera que existe hoy como una transferencia perversa, pues el sujeto transfiere a la religión socio-estatal todas las decisiones vitales, desde su medicación hasta su descendencia y su divorcio. Esto tiene relación con lo que nombra la palabra biopolítica, un tipo de gestión pública que ha llevado la transparencia a los cuerpos: medicina, medicación, psiquiatría, dieta, salud… Cuando por fin ocurre en las vidas algo, algún ‘accidente’ para el que no hay ‘expertos’, y eso exige una decisión en la existencia, ya es demasiado tarde y el sujeto se encuentra desarmado. Entonces es cuando la tragedia está prácticamente servida.

-¿Podrías explayarte sobre la cuestión del ‘comunismo’, de las comunidades de pertenencia inducidas por las nuevas tecnologías de la información, y de la soledad ‘perdida’, o mejor, gestionada por la industria del entretenimiento?

-Creo que sólo hay comunidad (y ‘comunismo’) a golpe de encuentro. No hay comunidad sin presencia real, sin esa complejidad envolvente, sin el reto de un evento real que es contingente y no reversible: no se puede teclear, no tiene varios canales, ni ‘ventanas’ ni ‘pasillos’. Las tecnologías de la comunicación no ofertan comunidad, sino que venden aislamiento y agregación, narcisismo y conexión masiva del narcisismo. Ninguna clase de comunidad, menos aún comunismo: harían falta los límites, el peligro real para eso. Una cosa es utilizar como una herramienta, esclavizar esas tecnologías para forzar una nueva presencia real, como a veces se ha hecho en algunos movimientos sociales. Pero para ello hace falta que una tecnología existencial maneje esa tecnología social. Si falta tal potencia, dejamos que esos medios se conviertan en fines. Y hay una tendencia en esa dirección. El narcisismo es la cara externa del oscurantismo. Estoy con la idea de que las redes sociales son tanto un mecanismo de exposición y drenaje de la intimidad, en esa comunicación constante de idioteces, como también un mecanismo del blindaje más bobo en el individualismo, pues todos los fetiches que se intercambian (fotos personales y familiares, ocurrencias del momento, nuevos ‘amigos’) se ponen en circulación al instante: se ‘comparten’ antes de ser vividos, sufridos. Esa multiplicidad, esa publicación inmediata protege al sujeto de sí mismo, lo protege de lo que hay de intransferible en él. Pero esa protección es suicida, pues convierte el onanismo en ley. El sujeto se limita a reaccionar a las tonterías privadas que le llegan, a narrar su propia pasividad ante el escaparate del mercado. Al perder espacio y tiempo de soledad, de clandestinidad, es difícil que un sujeto así haga otra cosa que interactuar con la servidumbre voluntaria del cuerpo social. Es posible que la asombrosa obediencia masiva en las democracias, tanto o más que los nuevos movimientos sociales, se explique por estas nuevas redes de ‘geometría variable’ que atrapan al sujeto. En este sentido, Internet puede ser no menos alienante que la más nauseabunda televisión. Es preciso volver a aprender a detenerse, a desaparecer, a escuchar el silencio. Es necesario inventar interruptores de esta circulación continua que (incluso clavada en las redes) es la peor de las armas del poder, de un poder que nos expropia por dentro. Es la violencia de vivir la que nos quita el ‘sistema’. Creo que por toda clase de razones, no podemos ceder en ese punto.

-Las cosas ¿eran mejor antes?, ¿vale la pena pensar en un declive social? ¿Quién o qué fuerzas disponen de la adaptación del sujeto al individuo o a la persona, y con qué beneficios?  

-Es un espejismo decir que las cosas eran mejor ‘antes’, ya que siempre hubo mecanismos muy eficaces de captura. Lo que ocurre es que ahora la contradicción entre la oferta de posibilidades virtuales y la estrechez de las opciones reales es cómica. Antes, al menos, no parecía tan fácil engañarse acerca de la crueldad imperante. Digamos, exagerando un poco, que hoy el sujeto es tan ’libre’ que no puede elegir, no puede mantener ninguna opción, tomar una decisión que le comprometa. En este sentido, creo que el hombre siempre ha de retroceder a un ‘antes’ no cronológico para poder decidir. En otras palabras, retroceder a un sustrato existencial de ‘atraso’ o ‘subdesarrollo’ desde donde poder elegir, un agujero negro donde resuene el deseo. Creo que los autores clásicos, de Sartre a Lacan, de Deleuze a Agamben, que de un modo u otro aluden a una decisión no reflexiva, tienen razón. Es necesario mantener viva una región subdesarrollada dentro de nosotros mismos, una vacuola de no comunicación, desde la cual interrogar a nuestra existencia más abajo y antes de esta actualización constante que se nos exige día a día. Antes, en suma, de que el estrés de la variación constante (hoy el poder utiliza el movimiento, no la quietud) nos confunda, nos atrape definitivamente. El cuerpo social entero, en su asombrosa coherencia (que hace reciclable todo evento catastrófico), podría decirse que se mantiene por la huida de millones de átomos de vida de una zona trágica de sombra que les podría hacer ‘libres’. La huida de la tragedia, hacia la comedia, redobla la tragedia. Lamentaría parecer pesimista, pues no lo soy. Todo lo contrario, intento mantener el optimismo sin razones de la infancia… una infancia que no es tanto una edad como una sombra creadora que acompaña a cualquier edad.

-El psicoanálisis, para el cual es imprescindible el tiempo y el silencio, ¿puede dar respuestas a la hiperconectividad y a la ansiedad del ‘evento’?

-Creo que el psicoanálisis, aliado con la literatura y la filosofía, puede ayudar a liberar al sujeto de esa ilusión mortífera de liberación expresiva y constante que se encarna en el cuerpo social y su estruendo comunicativo. Para conseguir sangre fresca, el capitalismo nos obliga a todos a ‘salir del armario’, a huir del silencio y el secreto. Pero eso es una trampa mortal. Sin clandestinidad, sin zona de sombras, sin no reconocimiento, el hombre no es nada. Sin esa escena primitiva que en la modernidad se ha encarnado en la literatura (de Rulfo a Borges), en el psicoanálisis y en la filosofía, no hay nada, ni singularidad, ni decisión, ni (al menos) un modo peculiar de fracaso. Si el sujeto no empieza por tropezar con su trauma más íntimo, ninguna liberación es posible. Insisto en que, no lejos de Clarice Lispector, debiéramos volver a concebir la libertad como una negociación con lo que nos ata, una travesía por nuestra patología más turbia. Todo lo que sea aplazar ese trauma real significa también aplazar un modo de cura más duradero y ético.

-Repito una pregunta que hacés en el libro: ‘¿Podemos temer entre nosotros una batalla sin cuartel contra el alma de la subjetividad, ese Dasein cuya esencia es existencia?’ 

-Sí, insisto en que el alma del capitalismo como cultura es su odio a la esencia de la existencia, la ‘infinitud’ que se encarna en la finitud. De ahí que por todos lados la cultura que nos rodea trate de cortar las relaciones del sujeto con lo que habla en su dolor y en su muerte. Tanto la histeria de la cobertura técnica como la incesante demonización de los alivios autónomos del individuo (el sol, el tabaco, el aire libre, la comida, el alcohol, las relaciones, el sexo) son una astucia de la razón occidental para hacer sociodependiente al sujeto. Una dependencia que después, con más medios técnicos y sociales, ya no tiene cura. Todo lo que no sea recuperar tecnologías de la vida al desnudo, tecnologías que nacen de la propia indefensión de vivir, es entrar en una vía de heteronomía que tiene graves implicaciones psíquicas y corporales.


-Y algo más: el promocionado ‘ataque de pánico’, la neurosis de angustia freudiana, ¿que pensás guarda de colectivo en ese adentro aterrorizado que impide, muchas veces, salir, estar afuera, a la intemperie? ¿Es una cuestión de temple o de la verdad ilusoria del lazo social? 

-La respuesta anterior incluye también que la cultura occidental, igual que odia la zona de sombra subjetiva desde la cual puede surgir algo singular que nos sostenga, odia también a los pueblos externos, a las culturas exteriores. La geografía y la vida de afuera (calificada sistemáticamente de ‘atrasada’ o ‘tiránica’) es una metáfora planetaria de lo que la cultura capitalista odia en el sujeto. No sólo la humanidad exterior, hasta la tierra misma está en el punto de mira. En este aspecto me parece que Deleuze pone un importante acento no eurocéntrico (lejano al racionalismo francés, a la dialéctica alemana), sobre lo dicho por Lacan y Foucault, a la hora de pensar las otras culturas. Necesitamos a los tres, más Agamben y Baudrillard, para hacer una nueva mezcla que nos permita pensar de otro modo, lo más apartado posible de un canon ilustrado que sataniza a los árabes, a los eslavos, chinos. En este punto, una vez más, la literatura y la poesía con frecuencia han ido más lejos, y antes, que la filosofía y el pensamiento conceptual. Encontraremos en Rilke, Onetti y Handke un caudal indispensable para repensar a nuestros clásicos del psicoanálisis y la filosofía.»

lo inesperado del don

“Los españoles sólo bebéis café. Café solo, con hielo, con leche… En los cinco meses que llevo trabajando aquí, nadie me había pedido nunca té.” Y no consiente en que le pague el vasito de té turco muy azucarado, aduciendo que lo tiene siempre preparado para él mismo. Lo inesperado para él, lo inesperado para mí: el don.

La plegaria más honda no tiene nada que ver con rogar perdones o pedir mercedes: sólo está ahí para acompañar la soledad del dios.

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“Deberías seguir el ejemplo de shunk tokecha (el lobo). Aunque lo sorprendas y corra para salvar la vida, se parará para echarte otra mirada antes de entrar en su último refugio. Así debes también tú echar otra mirada a todo cuanto ves.”

Así hablaba el anciano tío de Oyihesa, un indio dakota santi.[1] A lo que más se parece este consejo sobrecogedor es al que nos proporcionaba Walter Benjamin en la sexta de sus “Tesis de filosofía de la historia”: “Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo ‘tal y como verdaderamente ha sido’. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro.”

Historiador, activista, poeta: aprende a mirar como el lobo en ese instante de liberación o condena, de proximidad de la muerte o del milagro, de supremo peligro.

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Bares y estaciones de autobús son lugares decisivos para pulsar la naturaleza y calidad del “encuentro con el otro” que se está produciendo en mi país. Laboratorios morales a pequeña escala; un filón para el observador.

En este sentido, dos recuerdos terribles. En el documental Vida de moro –una inmersión profunda en la penosa vida de los jornaleros inmigrantes en El Ejido[2]— se muestra cómo en una cafetería de la localidad hay dos listas diferentes de precios. “Una para los castellanos”, aclara la camarera, “y otra para los moros y la gente con mala pinta. No es que seamos racistas, pero…”

Otra experiencia: bares euskaldunes, en el País Vasco y Navarra, donde el forastero “español” es ignorado ostentosamente, y conseguir algo del camarero costará un rato largo de sutiles desprecios y humillaciones. En los dos casos está, in nuce, todo el horror del fascismo.



[1] También conocido como Charleas Eastman: véase del mismo Indian Boyhood, su libro de 1902 (hay traducción española: La vida en los bosques, Olañeta, Palma de Mallorca 1991.)

[2] Vida de moro, Canal +, enero de 2001.

  • [Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 61-62. Este «diario de trabajo» va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]

cisne negro saluda a cuervo blanco

Todo indica que vamos hacia un fin de mundo. Una clase de desastre que, si la policía del pensamiento no se mantuviese dispuesta a intervenir, no dudaríamos en calificar de apocalíptico. ¿Por qué los padres han de devorar a los hijos, en virtud de qué ley los abuelos deberían convertirse en caníbales de sus nietos? Ninguna necesidad natural rige las volteantes trayectorias de las carnicerías que vienen, y sin embargo el Gran Maestre Negro gobierna las tres pistas de este circo perverso sin quitarse nunca la careta de papel que figura puerilmente una calavera, detrás de la cual –¿alguien puede ignorarlo?— sólo encontraríamos el siseo contable de la mercancía.

Y es que en 2012, más de cuatro decenios después de que Ronald Reagan decidiese tirar al cesto de los papeles aquel informe Global 2000 con que el Presidente Carter se proponía comenzar a girar el timón para evitar que el titánico buque chocase contra la masa de hielo a la deriva, después de cuatro decenios de obsceno aumento de las desigualdades y de crecientes dentelladas biocidas sobre los ecosistemas, ni siquiera la abominable regla paretiana del 20/ 80 está en vigor: ahora es más bien el 15% de la población mundial la que consume el 85% de los recursos del planeta.

Teofrasto Paracelso, preso de una fatiga extrema y sin embargo entero, se ofrece a pesar de todo para ayudarnos a transportar nuestra pesada maleta. Si en mi tiempo hubiéramos dispuesto de estos artefactos con ruedas, masculla. No cejéis, insiste, no cerréis el pequeño tragaluz de la esperanza materialista, junto al contenedor de residuos industriales no olvidéis aquella otra maleta, la que trataba de arrastrar mi compadre Walter Benjamín a través de algún filiforme desfiladero pirenaico. Pues por mucho que un médico conozca y sepa, inesperadamente se presenta un azar, un azar como un cuervo blanco, y echa a perder todos los libros…

 

4’3 billones de toneladas

En febrero de 2012, la casi simultaneidad de la condena al juez Garzón por el Tribunal Supremo del Reino de España, y la brutal reforma laboral del gobierno del PP, viene a manifestar más o menos lo siguiente: continúa la guerra de clases de los de arriba contra los de abajo (y se ha exacerbado con la “salida” de la crisis que comenzó en 2007). Y la clase dominante de este país avisa: si hubiera resistencia estaríamos dispuestos a desatar la peor de las violencias, como ya hicimos en 1936.

Y mientras tanto, el último estudio científico sobre pérdida de hielos a causa del calentamiento climático, publicado el 8 de febrero en Nature, constata: entre 2003 y 2010 la criosfera de la Tierra menguó en 4’3 billones de toneladas.

http://www.nature.com/nature/journal/vaop/ncurrent/full/nature10847.html

http://www.sciencedaily.com/releases/2012/02/120209100544.htm

economía, recursos, poderes

No se puede hablar de economía sin hablar de recursos biofísicos y sin hablar de poder, nos recuerdan economistas «heterodoxos» como José Manuel Naredo: pero la ideología económica dominante hace como si lo contrario fuese cierto… El «desarrollo» no es tanto asunto de producción eficiente como de apropiación y posición de dominio dentro de una constelación de poder. Estos asuntos, desde semejantes perspectivas, están tratándose del 9 al 11 de febrero en la Universidad de Sevilla, que acoge las XIII Jornadas de Economía Crítica.