Ateneo de Madrid, 17 de noviembre de 2011, 10 horas
tratar de comprender, tratar de ayudar
blog de Jorge Riechmann
(Reflexiones para concluir las jornadas “Los transgénicos en el ámbito científico, agrícola, medioambiental y de la salud”, Escuela de Organización Industrial (Madrid), 10 y 11 de noviembre de 2011.)
Programa jornadas transgénicos en EOI, 10 y 11 de nov. de 2011
Sobreestimamos lo que sabemos –en una manifestación “de libro” de la ilusión de control que estudian los psicólogos— y las empresas buscan beneficios rápidos con aplicaciones de potentísimas tecnologías cuyas consecuencias se nos escapan todavía más… Nuestro lenguaje expresa ese exceso de confianza “estructural”, nuestro “ir sobrados”, apresados en la ilusión de control. Hablamos por ejemplo de cómo hemos “descifrado” el genoma humano (u otros genomas), pero nada de eso: sólo lo hemos secuenciado, vale decir descrito su estructura química. Aunque estamos lejísimos de saber cómo funciona, de comprender el significado de las letras y palabras (los genes, permítaseme la imprecisión) que componen ese genoma…
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Podría argumentarse que existe una obligación moral de combatir el pesimismo: pues cada persona que cree en el triunfo del mal hace más probable el triunfo del mal.
La democracia exige ciudadanos de alta calidad (conocimientos, valores, virtudes, emociones), que a su vez sólo pueden formarse mediante prácticas democráticas de alta calidad. El círculo es perfecto. La única forma de escapar de la trampa es: partir del hic et nunc (del ahí sociopolítico), e intentar poner en marcha procesos autoamplificatorios de mejora, por modestos que sean.
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¿Y el máster gratuito
sobre capitalismo financiero
con sus pompas –fúnebres— y sus obras –inconclusas—
que se nos está impartiendo a tiempo completo y trepidante ritmo
desde 2007?
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Miércoles, 16 de noviembre de 2011
19:30 Foro de Viento Sur. “La Deuda: de la coartada a la estafa”.
Lugar: Traficantes de Sueños, Embajadores 35 <M> Lavapies.
Presentación para la prensa de Adiós a la universidad. El declive de las humanidades, el libro de Jordi Llovet recién traducido al castellano, a partes iguales autobiografía intelectual y reflexión sobre nuestro desastre educativo (que culmina provisionalmente en el proceso boloñés). Durante esa especie de “desayuno de trabajo” junto a los periodistas organizado por Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores (qué buen hacer, como siempre, el de Lola Ferreira y sus compañeras/os), el profesor Llovet evocó un buen consejo que alguna vez le diera uno de sus maestros, José Manuel Blecua. Todo profesor universitario comienza enseñando más de lo que sabe (con la petulancia e inseguridad del novato). Luego madura un poco y enseña solamente lo que sabe. Finalmente, aprende a enseñar exactamente aquello que el alumno/a puede entender, asimilar y aprender.
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Si hay metas colectivas, y concepciones colectivas comunes de la vida buena, ¿por qué no debería haber derechos colectivos? (Cuyos titulares serán individuos, y no peligrosas abstracciones teológico-políticas como el “pueblo”, claro está.)
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En mi país, el racismo de Estado sólo concluyó en 1865, es decir, ayer mismo. Hasta esa fecha se prolongaba la locura de la limpieza de sangre, que obligaba a cualquier persona que quisiera acceder a un empleo público a probar que en su familia no había habido ningún miembro judío o musulmán desde al menos cuatro generaciones antes. Dos siglos y medio después de haberse consumado la expulsión de judíos y moriscos (entre 1492 y 1607), aún se prolongaba la destructiva obsesión de pureza.
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La política –nos recuerda Ignacio Sánchez-Cuenca—“es el arte de lo posible; lo posible, sin embargo, suele quedar muy por debajo de los imperativos de la moral”.
Otra forma de ver las cosas sería: ser humanos –nuestra tarea ético-política— es el arte de lo necesario imposible.
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Colas frente a las oficinas del paro. Colas frente a las administraciones de lotería (¡Doña Manolita en la calle del Carmen, Madrid, 2 de noviembre de 2011, diez y media de la mañana!). Y ninguna cola frente a los locales de los embriones de organización revolucionaria disponibles. Así estamos, después de cuatro años de la crisis sistémica que comenzó en 2007.
¿Tratar de no hablar de lo que uno no sabe? ¡Enmudeceríamos! Seamos humildes: tratemos de no hablar de lo que no sabemos como si en verdad supiéramos.
Sin higiene léxica no podemos tener ni claridad de pensamiento ni decencia moral. “Los mercados” es un eufemismo: hay que hablar del capital financiero extraterritorial, que se amasa no con actividades productivas sino mera apropiación y prospera con la complicidad del poder político.
“Ah, cuándo/ me daré cuenta de que todo es simple./ Qué estaba yo mirando/ que no lo vi…”[1]
“Pero escucha ese grillo,/ esa brizna de noche,/ de vida enloquecida.// Ahora es cuando canta./ Ahora/ y no mañana./ Precisamente ahora./ Aquí./ A nuestro lado…/ como si no pudiera cantar en otra parte.”[2]
Adiós, coleccionista de experiencias; hola, bañista que cada día buscas la misma poza en el río de montaña.
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Un momento revelador –hay varios— en el libro de conversaciones de Pierre Mendès-France en 1974. Este político francés de centro izquierda –cuando “centro izquierda” no significaba “derecha no demasiado extrema”, como es el caso hoy en día–, que ya fue joven ministro con el Frente Popular de Léon Blum, que encarnaba como pocos los valores de la inteligencia, la tenacidad, la veracidad y la búsqueda del bien común –qué nostalgia siente uno cuando lee los buenos libros políticos de los años sesenta o setenta del siglo XX–, este Mendès-France dice, refiriéndose al conflicto palestino-israelí –pero la reflexión es de alcance general–: “Nuestra responsabilidad no se extiende durante siglos. Trabajamos para nuestra generación y la siguiente, quizás un poco más, si somos muy ambiciosos…”[1]
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22 de noviembre de 2011, 19 horas, LA CASA ENCENDIDA:
debate con Marcel Coderch, Ignacio Pérez Arriaga y Jorge Riechmann
JORNADAS DEBATE ENERGÍA La Casa Encendida nov 2011
La primera persona en el mundo que formuló la “regla de oro”, por lo que nos dicen las historiadoras de las religiones, fue el sabio chino Confucio (551-479 AEC). Cuando sus discípulos le preguntaron qué enseñanza podían practicar “todo el día y todos los días”, contestó: “Tal vez el dicho sobre el shu [concepto que suele traducirse por consideración]: nunca hagas a los otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti”[1]. De otro gran pensador chino seguidor de Confucio, Mencio (371-288 AEC, aproximadamente), procede una reflexión a menudo citada cuando se cavila sobre egoísmo y altruismo: si vieras a una niña en el brocal de un pozo, con grave peligro de caer dentro, no te pararías a pensar si es pariente tuya, o si podías lograr un beneficio ayudándola: sin tiempo para cálculos te lanzarías a apartarla del pozo, simplemente porque sientes la gravedad de su situación en tu propio fuero íntimo.
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Otoño –apenas…
Se refleja en los charcos
seca belleza
Quien camina como es debido no llega nunca pronto ni tarde a ningún sitio: siempre en el momento justo.
En el parágrafo 29 de “Poesía practicable”[1], escrito en agosto de 1988, narro cómo pasé de largo ante el naipe caído boca abajo en cierto lugar del parque del Retiro, sin ceder a la breve tentación de darle la vuelta. Eran los años en que yo podía escribir “odio la magia” e identificarla con un estado de sonambulismo.
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En un “mundo lleno”, el comportamiento no cooperativo no sólo destruye a otros: es también autodestructivo. Ser egoísta sale muy caro cuando las cosas vienen mal dadas. Y ser egoísta no es “natural” en ningún sentido interesante de la palabra “natural”, como los etnólogos y antropólogos saben muy bien.
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Cuando no está uno arreglándose las muelas, está arreglando la batería del portátil… Pero la gente se embrutece con fantasías de inmortalidad.
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En la sala de espera la dentista, los insistentes ojos del sesentón sobre la bella veinteañera: el rostro, los pechos, las piernas; las piernas, los pechos, el rostro… Ay, los viejos verdes.
Las españolas lo designan con un término muy preciso: babosería.
Tres pisos tenía el edificio donde vivimos aquellos días: pero el ascensor llevaba hasta el noveno.
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“Traemos un burro/ cargado de nada/ que no come hierba/ paja ni cebada/ sólo come huevos/ y tortas sobadas…”[1] Vaya pues por aquí este asnillo cargado de nada, de la enriquecedora, limpia y liberadora nada.
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