la invención de las tradiciones

“Ah, cuándo/ me daré cuenta de que todo es simple./ Qué estaba yo mirando/ que no lo vi…”[1]

“Pero escucha ese grillo,/ esa brizna de noche,/ de vida enloquecida.// Ahora es cuando canta./ Ahora/ y no mañana./ Precisamente ahora./ Aquí./ A nuestro lado…/ como si no pudiera cantar en otra parte.”[2]

Adiós, coleccionista de experiencias; hola, bañista que cada día buscas la misma poza en el río de montaña.

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el espacio de la responsabilidad, delgada franja

Un momento revelador –hay varios— en el libro de conversaciones de Pierre Mendès-France en 1974. Este político francés de centro izquierda –cuando “centro izquierda” no significaba “derecha no demasiado extrema”, como es el caso hoy en día–, que ya fue joven ministro con el Frente Popular de Léon Blum, que encarnaba como pocos los valores de la inteligencia, la tenacidad, la veracidad y la búsqueda del bien común –qué nostalgia siente uno cuando lee los buenos libros políticos de los años sesenta o setenta del siglo XX–, este Mendès-France dice, refiriéndose al conflicto palestino-israelí –pero la reflexión es de alcance general–: “Nuestra responsabilidad no se extiende durante siglos. Trabajamos para nuestra generación y la siguiente, quizás un poco más, si somos muy ambiciosos…”[1]

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reglas de juego monstruosas producen seres humanos monstruosos

La primera persona en el mundo que formuló la “regla de oro”, por lo que nos dicen las historiadoras de las religiones, fue el sabio chino Confucio (551-479 AEC). Cuando sus discípulos le preguntaron qué enseñanza podían practicar “todo el día y todos los días”, contestó: “Tal vez el dicho sobre el shu [concepto que suele traducirse por consideración]: nunca hagas a los otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti”[1]. De otro gran pensador chino seguidor de Confucio, Mencio (371-288 AEC, aproximadamente), procede una reflexión a menudo citada cuando se cavila sobre egoísmo y altruismo: si vieras a una niña en el brocal de un pozo, con grave peligro de caer dentro, no te pararías a pensar si es pariente tuya, o si podías lograr un beneficio ayudándola: sin tiempo para cálculos te lanzarías a apartarla del pozo, simplemente porque sientes la gravedad de su situación en tu propio fuero íntimo.

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vivir no es negociar en un mercado, sino buscar la piedra filosofal

Quien camina como es debido no llega nunca pronto ni tarde a ningún sitio: siempre en el momento justo.

En el parágrafo 29 de “Poesía practicable”[1], escrito en agosto de 1988, narro cómo pasé de largo ante el naipe caído boca abajo en cierto lugar del parque del Retiro, sin ceder a la breve tentación de darle la vuelta. Eran los años en que yo podía escribir “odio la magia” e identificarla con un estado de sonambulismo.

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en un «mundo lleno», no cooperar sale muy caro

En un “mundo lleno”, el comportamiento no cooperativo no sólo destruye a otros: es también autodestructivo. Ser egoísta sale muy caro cuando las cosas vienen mal dadas. Y ser egoísta no es “natural” en ningún sentido interesante de la palabra “natural”, como los etnólogos y antropólogos saben muy bien.

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en la sala de espera de la dentista

Cuando no está uno arreglándose las muelas, está arreglando la batería del portátil… Pero la gente se embrutece con fantasías de inmortalidad.

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En la sala de espera la dentista, los insistentes ojos del sesentón sobre la bella veinteañera: el rostro, los pechos, las piernas; las piernas, los pechos, el rostro… Ay, los viejos verdes.

Las españolas lo designan con un término muy preciso: babosería.

 

«vacare», vacación, vacío

Tres pisos tenía el edificio donde vivimos aquellos días: pero el ascensor llevaba hasta el noveno.

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“Traemos un burro/ cargado de nada/ que no come hierba/ paja ni cebada/ sólo come huevos/ y tortas sobadas…”[1] Vaya pues por aquí este asnillo cargado de nada, de la enriquecedora, limpia y liberadora nada.

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negacionismo: no sólo referido al calentamiento global…

Se tradujo y publicó hace un año un Manifiesto de economistas aterrados (Pasos Perdidos, en coedición con Eds. Barataria, Madrid 2010), que halló enseguida bastantes lectores: segunda edición en 2011. Pero los biólogos, los climatólogos, los oceanógrafos, y muchos otros científicos de las diversas disciplinas que se dedican a auscultar el pulso de esta maltrecha biosfera nuestra llevan decenios aterrados: y básicamente seguimos sin hacerles caso. La mayoría de la gente, sin entender siquiera lo que están diciendo.

Me impresionó ayer la columna del “observador global” Moisés Naïm en El País.

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vamos allá…

El 21 de octubre de 2011 recibí una electromisiva (imeil, emilio, correo electrónico) del señor Vicedecano de Espacios y Tecnologías de la Información de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid donde anunciaba la próxima extinción de las “páginas del profesor” vigentes en la UAM, “tras los problemas técnicos ocurridos con la carga de datos en el inicio de curso”. Se instaba a los profesores a migrar a la plataforma Moodle, como si se tratase de lo mismo: la “página del profesor” era de acceso abierto, una ventana universitaria franca hacia el mundo exterior, mientras que Moodle es una herramienta de uso académico exclusivamente volcada a la docencia en redes cerradas de profesores y alumnos. En fin, un paso más hacia esa universidad española burocratizada, tecnocratizada y ensimismada que dibuja el proceso boloñés (continuado en la “Estrategia Universidad 2015”), donde la apertura a la sociedad se entiende básicamente como disposición a dejarse colonizar por las empresas privadas…

Para mí era un contratiempo: desde mi llegada a la UAM en el verano de 2009 había encontrado útil la “página del profesor” y le había dado bastante uso.

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