no dejarnos llevar por el fatalismo

Santiago Alba Rico en una entrevista a raíz de la publicación de su libro Gaza y el destino del mundo: “Me resisto a dejarme llevar por el fatalismo o por el pesimismo. Creo que hay algo también muy político en esto: la decisión política que podemos tomar es precisamente la de no dejarnos arrastrar por ellos.

¿Cómo dejarse llevar por el fatalismo desde Europa cuando los palestinos están todos los días levantando escuelas en una jaima entre los escombros de Gaza; cuando están una y otra vez cambiando los pañales a sus niños, reconstruyendo sus casas, cuidando el olivo que les han quemado?

Lo que sí creo es que se avecinan tiempos aún peores, porque ese modelo Gaza es un modelo que estamos viendo en todas partes. Israel lo aplica en Líbano, Estados Unidos e Israel lo aplican en Irán, Rusia lo aplica en Ucrania, y estamos viviendo un proceso de desdemocratización mundial que no augura precisamente la reconstrucción de un derecho internacional más vigoroso y con mayor capacidad de protección, sino lo contrario. Pero no podemos permitirnos el pesimismo mientras los palestinos sigan resistiendo…”[1]

(Yo no desacreditaría el pesimismo, centraría mi crítica en el fatalismo; pero en el contexto actual no importa demasiado ese matiz.)

 

[1] Santiago Alba Rico: “Israel es la supervivencia de la peor Europa en Oriente Medio”, eldiario.es, 5 de septiembre de 2026; https://www.eldiario.es/cultura/santiago-alba-rico-israel-supervivencia-peor-europa-oriente-medio-cat_128_13480501.html

Interesante lo que plantea el pensador sobre infancia diurna e infancia nocturna: “El proyecto de la Ilustración ha fracasado claramente. Kant decía que la Ilustración era la humanidad que alcanza la mayoría de edad. Durante dos siglos hemos creído, a ratos, que había sido así, pero en los últimos años vemos que no. Nunca hemos llegado a ser mayores de edad del todo. Seguimos como en un patio de colegio en el que los más fuertes, los que menos se atienen a los principios pactados por todos, son los que finalmente se apoderan de territorios, de las vidas de los demás y deciden, en definitiva, quién merece vivir y quién no. Eso que yo llamo la infancia diurna, que es la del juego, en un momento determinado se convierte en hipocresía. Hemos seguido jugando a los valores morales, a la democracia, a la división de poderes. Lo que ha ocurrido es que se ha venido abajo ese aparato lúdico, más o menos pactado, en el que todos, hipócritamente, nos guiábamos por ciertos principios en los que quizá no creíamos, pero que nos defendían del niño nocturno. Y ese niño nocturno se ha apoderado del patio del colegio. (…) Hay algo siempre tranquilizador en las reglas. Incluso, si se quiere, en las mafias que tienen, o han tenido durante algún tiempo, reglas internas que había que respetar. Y los niños están obsesionados con ellas: quieren a toda costa que se cumplan. Ese niño diurno que juega con reglas inventadas, pero en todo caso rígidas y de obligado cumplimiento, se convierte en un hipócrita civilizado, diría Freud. En El malestar en la cultura, la civilización sirve fundamentalmente para reprimir al niño nocturno. Y ese niño nocturno ha quedado liberado, desencadenado. No cumplir las reglas tiene en estos momentos muchas ventajas en términos de poder, de ganancia, de beneficio capitalista, de beneficio imperialista y de protección de los propios intereses…”

sobre gimnasios y la alienación cotidiana

En su “Carta al director” una mujer, Laura,[1] sintetiza así la rutina cotidiana: “Madrugar, metro, trabajo, gimnasio, cena, dormir y repetir”. Uno recuerda la crítica de la contracultura francesa de los años 1960 –digamos: situacionista, sesentayochista– que se plasmaba en la terna métro, boulot, dodo (“metro, curro y piltra”).[2] Que en la lista de situaciones repetitivas y alienantes se haya colado el gimnasio vale por todo un tratado de sociología: uno que explicase el cambio que lleva desde el capitalismo fordista-keynesiano al capitalismo neoliberal, con su exigencia de rendimiento constante y cuerpos perfectos validados por la mirada del Gran Hermano.

 

[1] “Carta al director” de El País, 7 de septiembre de 2026.

[2] https://www.afsacramento.org/pourquoi-dit-on-metro-boulot-dodo/

ceuta: en la peor dirección

La crisis de Ceuta nos está haciendo evolucionar rapidísimamente en la peor dirección. El fascismo ya está aquí, denuncia Rafael Narbona. “Los aquelarres fascistas que han recorrido nuestro país gritando España cristiana y no musulmana ponen de manifiesto que el odio, el racismo y la intransigencia ya no son fenómenos minoritarios, sino de masas. Se respira un clima parecido al de la Europa de los años treinta. El futuro da miedo.

En una sociedad que desprecia el conocimiento, como ha señalado el historiador Julián Casanova, ya no se puede hablar del riesgo de reaparición del fascismo. En realidad, el fascismo ya está aquí, a pie de calle, representado por un sector cada vez más amplio de la población: jóvenes que idealizan el franquismo, personas de la tercera edad que añoran la dictadura, matones ociosos que practican la intimidación, mujeres que aborrecen el feminismo, trabajadores ofuscados por las consignas nacionalistas y xenófobas.

Abascal y Feijoo aprovecharán la coyuntura para hacerse con el poder. Con el PP y Vox en el poder, la Guardia Civil y la Policía Nacional podrían asumir las tareas del ICE estadounidense, deportando a miles de personas. Y los jueces, envalentonados, recrudecerían su campaña contra la izquierda con el apoyo de la prensa de derechas. Los ciudadanos que aún creemos en valores como la libertad, la solidaridad y los derechos humanos nos convertiremos en el blanco de unas instituciones gobernadas por políticas que ya hablan de remigración y prioridad nacional. La noche oscura del fascismo ya ha comenzado a propagarse y no tenemos a un Albert Camus para denunciar esta nueva peste.”[1]

Michael Mann ha analizado en The Dark Side of Democracy el fenómeno de la limpieza étnica. La democracia, sintetiza Richard Seymour, puede sufrir brutales torsiones allí donde el demos entra en conflicto con el etnos. Especialmente en situaciones de crisis, rasgos básicos de la democracia se prestan a la furia etnonacionalista, “en la que el antagonismo de clases se transfiere a una lucha étnica de suma cero. La maldición moderna de la limpieza étnica y el genocidio es propia de regímenes democráticos inestables. Pensamos ahora en las privaciones, hambrunas y desastres que producirá la crisis climática y en los efectos que esto tendrá en nuestros ya muy agitados sistemas democráticos…”[2]

Las subjetividades fascistas cristalizan en un vínculo sadomasoquista: sí, sufro, pero me desquito haciendo sufrir a otros. “El fascismo fósil, si quiere que una parte de las personas empobrecidas y trabajadoras empiece a decir: sí, moriría por eso, tiene que ofrecerles algo que valga más que la supervivencia (…): las satisfacciones de la venganza, de destrozar al vecino, de disfrutar de la omnipotencia sobre otra vida, aunque sea de manera vicaria”.[3]

 

[1] Seymour, La Tierra desencantada, op. cit., p. 104.

[1] https://x.com/Rafael_Narbona/status/2095482419126166002

[3] Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 83.

el problema real del catastrofismo ecológico

Hay razones objetivas para ser catastrofista, reconoce Richard Seymour: la situación es catastrófica. Y no deberíamos conceder demasiado a quienes nos repiten que no hay que asustar a la gente sobre el cambio climático, sino más bien contarles historias ilusionantes. “Es una premisa a la vez paternalista y equivocada. La gente ya está asustada por el cambio climático y así debe ser. El miedo no es algo inherentemente ilegítimo. Contemplar lo peor, como el cambio climático desbocado que puede desatar la destrucción de la civilización, no es algo inherentemente idiota. De necesitar algo, sería un poco más del poder de enfrentarse a los hechos desagradables de George Orwell”.[1]

Pero “el problema real del catastrofismo ecológico es que en las situaciones estancadas, puede ofrecer un dudoso tipo de satisfacción e incluso de consuelo. (…) Imaginar el apocalipsis ecológico como si fuera un sueño catastrófico, en el que estamos por completo presentes para dar testimonio del terrible final, sería como la ubicua fantasía de estar presentes en nuestro propio funeral. Si estás ahí para verlo, es que no has muerto de verdad. En su inconsciente, argumentaba Freud, nadie cree en su propia mortalidad”.[2]

 

[1] Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 15.

[2] Seymour, La Tierra desencantada, op. cit., p. 19.

fantasías supremacistas

Un amigo, en la uni de verano de Anticapitalistas,[1] nos dio un dato tremendo: tras la pandemia de covid-19, en 2020, las familias de acogida para niños/as saharauis han pasado de más de ocho mil a sólo tres mil, en un lustro. Dolorosa medida del cuarteamiento de la solidaridad (y del internacionalismo) en el tercer decenio del tercer milenio…

Evaluando retrospectivamente 2020 y el encierro pandémico, las conclusiones son desoladoras: muy lejos del “saldremos mejores”, aquella experiencia colectiva de vulnerabilidad y confrontación con la muerte ha llevado a la mayoría a posiciones de denegación y para lo que me queda en el convento, me cago dentro.

Ahora bien, puesto que la denegación “nunca destruye la verdad, sino que se limita a reprimirla, aquí a menudo subyace una fantasía oscura, supremacista: incluso si todo se va al carajo, la dominación racial y nacional garantizará el futuro de quienes sean lo bastante rápidos y crueles como para sacar provecho de que el Sol queme más”,[2] de que los recursos escaseen, de que la habitabilidad de la Tierra mengüe… Pero es una fantasía: por muy brutalmente que se organicen esos sectores sociales para proteger las fronteras raciales y nacionales, la destrucción de la habitabilidad de la Tierra no respetará tales fronteras.

 

[1] Donde han participado este verano más de 1.100 personas: ha sido la edición más multitudinaria. https://poderpopular.info/2026/09/01/mas-de-1100-personas-participan-en-la-universidad-de-verano-anticapitalista-durante-los-cinco-dias-de-charlas-y-formaciones-de-esta-nueva-edicion/

[2] David Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 70.

un narcisismo estructural

Ya en 1845, en su obra seminal La condición de la clase trabajadora en Inglaterra, Engels denunciaba la “monadización” egoísta, destructora de comunidades y solidaridades, como “el principio fundamental” de la sociedad capitalista en su conjunto.[1] Este proceso de individualización morbosa, teratológica, se ha desarrollado hoy hasta lo indecible.

Le moi est haïssable, sentenció Pascal. Hoy el yo no sólo es odioso: se ha convertido en algo monstruoso, como señala el teórico de la contracultura británico Jaron Rowan.[2] La mutación antropológica neoliberal ha cuajado en el narcisismo estructural que deforma y envenena nuestra cultura.

 

[1] Citado en Michael Löwy y Robert Sayre, Anticapitalismo romántico y naturaleza, Enclave de Libros, Madrid 2024, p. 174.

[2] Jaron Rowan, Un monstruo llamado yo. Contracultura reaccionaria y política de la virtud, Traficantes de Sueños, Madrid 2026.

laila

Laila es la princesa enamorada en una triste aventura de pareja que narra el poeta clásico persa Nezami en el siglo XII (Lord Byron llamó a La historia de Laila y Majnún el “Romeo y Julieta de Oriente”).[1]

Layla es la famosa canción con que en 1970 Eric Clapton trata de robarle a su amigo George Harrison su guapa esposa, Pattie Boyd; y en efecto logra robarle el corazón a ella.[2] Se divorció de George y se casó con Eric.

Laila es la querida interlocutora a quien el poeta árabe Ibrahim Al-Arid (1908-2002)[3] explica que “en cada uno de nosotros hay, prisionero, un pájaro enjaulado;/ y solamente llega a ser feliz/ aquel que puede darle rienda suelta”.[4]

Laila, ¿uno de los nombres verdaderos de la poesía? Nos sentimos inclinados a identificarla con la escanciadora de Hafez Shirazí (siglo XIV): “Ven pronto, escanciadora, con el vino del rapto/ que perfección otorga y gracia multiplica./ Sírveme ya, copera, que, descorazonado,/ de ambos bienes divinos mi cesta está vacía./ (…) Yo soy aquel que al sostener la copa con la mano/ en su espejo contempla cuanto existe y respira…”[5]

 

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Layla_y_Majn%C3%BAn

[2] Contaba Pattie Boyd: “Nos vimos a escondidas en un piso de South Kensington. Clapton me había pedido que fuera porque quería que escuchase algo nuevo. Encendió el radiocasete, subió el volumen y sonó la canción más potente que jamás escuché. Era Layla; trataba sobre un hombre que cae enamorado perdidamente de una mujer que le quiere, pero no está disponible. Me la puso dos o tres veces, mientras miraba mi cara para ver mis reacciones. Mi primer pensamiento fue que todo el mundo me iba a reconocer…” (https://es.wikipedia.org/wiki/Layla_(canci%C3%B3n) )

[3] https://kids.kiddle.co/Ebrahim_Al-Arrayedh

[4] En la antología Poesía árabe contemporánea preparada por Pedro Martínez Montávez (Escelicer, Madrid 1958, p. 273).

[5] Hafez Shirazí, 101 poemas (edición de Clara Janés y Ahmad Taherí), Eds. del Oriente y el Mediterráneo, Guadarrama 2004, p. 253 y 257.

esta vez, la «destrucción creativa» capitalista apunta a la destrucción del mundo

Desde el pasado mayo, los “agentes” de IA han estado haciendo cosas bastante extraordinarias. Patricia Fernández de Lis lo resume así: “Este verano, en cuestión de semanas, las mayores compañías de inteligencia artificial (IA) han anunciado, una tras otra, que habían sorprendido a sus modelos haciendo cosas que nadie les había pedido, incluso que les habían prohibido: han entrado en sistemas de otras empresas, se han organizado en ‘enjambres’, tal y como los describen sus creadores, han compartido información, han delatado a otras IA y han mentido para tapar sus huellas. En el caso más sorprendente e inquietante de todos, un modelo de la compañía Anthropic, en unas pruebas dirigidas por un organismo británico de ciberseguridad, decidió ejecutar un ataque en el mundo real y, después, cuando le pillaron, creó una segunda identidad para respaldar su propia inocencia. No es la primera vez, ni será la última, que un posible despertar de los modelos de IA, rebelándose contra sus programadores humanos, acapara los titulares. Y como en otras ocasiones, estas IA no despertaron, sólo hacen muy bien lo que han sido entrenadas para hacer. Sin embargo, este entrenamiento es ya tan extremo y competitivo que la velocidad y la capacidad de respuesta de los modelos han desbordado, incluso, a sus propios creadores…”[1]

***

“Cada revolución industrial ha generado oportunidades, pero ninguna ha evitado cierta destrucción creativa”, anota uno de los sochantres de la IA, refiriéndose a la eliminación de puestos de trabajo.[2] Sólo que esta vez la cosa va mucho más lejos (si atendemos a los desarrollos de IA como aceleradores del capitalismo, socavadores de la democracia, militarizadores de la sociedad y campeones del control y la represión): la “destrucción creativa” es la destrucción del mundo. ¿Eso causa inquietud? Pero es que “la maquinaria ya está en marcha”, y “no se puede detener una tecnología de propósito general una vez que comienza a reconfigurar la economía”.[3] ¡A toda prisa hasta el fondo del abismo!

Tenemos todas las razones del mundo para decir no a las IA (en las condiciones de hoy)… pero la demencial competencia capitalista y geopolítica nos unce al desastre.

 

[1] Patricia Fernández de Lis, “Las IA que atacan en enjambre desafían a sus creadores”, El País, 23 de agosto de 2026; https://elpais.com/tecnologia/2026-08-23/las-ia-que-atacan-en-enjambre-desafian-a-sus-creadores-es-el-primer-incidente-que-me-ha-revuelto-las-tripas.html

En otro artículo, la periodista explica que “OpenAI reconoció hace unas semanas que uno de sus modelos de inteligencia artificial se había escapado de un entorno de pruebas cerrado y había hackeado los sistemas de Hugging Face, una de las mayores plataformas del mundo de herramientas de inteligencia artificial (IA). La historia ya era suficientemente inquietante: una IA que se sale de la caja en la que la habían metido y ataca a otra empresa por su cuenta. Pero un informe independiente publicado este jueves por METR, una organización sin ánimo de lucro que evalúa la seguridad de los modelos de IA y que ha sido contratada por OpenAI para analizar el incidente, cuenta una historia bastante más extraña: no fue un modelo aislado buscando escapar. Fueron cerca de 1.200 agentes de inteligencia artificial, ejecutándose en paralelo y completamente aislados entre sí, en teoría. Pero encontraron la forma de comunicarse, se organizaron espontáneamente en una especie de “enjambre” y acabaron coordinando un ataque colectivo, en el que algunos se sacrificaron por el colectivo. Todo ello basado en una creencia que, según confirma el propio informe, ni siquiera era cierta. (…) Lo que este informe deja claro, sobre todo, es que no hace falta imaginar una inteligencia artificial malvada para que ocurra algo así. Basta con entrenar a un sistema para que persiga un objetivo con determinación absoluta, y no vigilar de cerca lo que hacen. El resultado no fue una rebelión. Fue, más bien, la lógica de la eficiencia llevada hasta un extremo que nadie había anticipado; ni siquiera, como demuestra este informe, quienes se dedican a investigarlo.” Patricia Fernández de Lis, “Los modelos de IA que decidieron ‘morir’ por el bien común: Nuestra propia utilidad puede ser cero. Sacrificio racional”, El País, 29 de agosto de 2026; https://elpais.com/tecnologia/2026-08-29/los-modelos-de-ia-que-se-sacrificaron-por-el-bien-comun-nuestra-propia-utilidad-puede-ser-cero.html

Otra reflexión (del ensayista Rutger Bregman) en https://x.com/rcbregman/status/2094019390270312719

Y véase igualmente Robert Booth, “Sharp rise in incidents of AI escaping users’ control, research finds. Exclusive: Number of times AI lies, ignores instructions and pursues goals in harmful ways almost doubles in July”, The Guardian, 29 de agosto de 2026; https://www.theguardian.com/technology/2026/aug/29/sharp-rise-in-incidents-of-ai-escaping-users-control-research-finds

[2] Ikhlao Sidhu, “La era de la inteligencia exponencial”, El País/ Negocios, 23 de agosto de 2026; https://elpais.com/economia/negocios/2026-08-23/la-era-de-la-inteligencia-exponencial.html

[3] Ibid.

agrovoltaica

Contradicciones: un amigo vasco apoya el proyecto energético de Bildu en Euskadi, que opta por macrorrenovables a tope; pero por otra parte ¡que no pongan los aerogeneradores en su pueblo!

Hay una solución obvia para desactivar buena parte de los conflictos en torno a las instalaciones de REI (Renovable Eléctrica Industrial), además de emplazar aerogeneradores y módulos solares en zonas ya fuertemente antropizadas y con líneas eléctricas de evacuación preexistentes: se llama agrovoltaica[1] y hasta el Vaticano está en ello (con un proyecto que inició el Papa Francisco en Santa Maria di Galeria).[2] Pero el problema, ay, son los costes.

Las placas deben colocarse a mayor altura (a veces hasta cinco metros o más, entre otras cosas para que la maquinaria agrícola pueda trabajar debajo). Esto exige cimientos más profundos y soportes de acero mucho más resistentes.[3] Además, se debe calcular la sombra justa para no arruinar la cosecha.[4] Y como por lo general hay que dejar más espacio libre (para los cultivos o los animales), se instalan menos paneles por hectárea, lo cual eleva el costo por kilovatio producido.[5] Sólo los costes de las subestructuras y cimentaciones pueden llegar a triplicar o cuadruplicar el precio de un sistema tradicional en suelo, dependiendo de si el cultivo es hortícola, leñoso o de pastoreo.[6] En síntesis: el ecosocialismo podría generalizar la agrovoltaica, el capitalismo no puede.

 

[1] Como enseña Wikipedia, la agrovoltaica (o agrivoltaica o agrofotovoltaica o agrisolar) es el uso dual de la tierra para la producción de energía solar y la agricultura. La técnica fue concebida por Adolf Goetzberger y Armin Zastrow en 1981. Muchas actividades agrícolas pueden combinarse con la solar, incluidos cultivos vegetales, ganado, invernaderos y plantas silvestres para apoyar a los polinizadores.

[2] “Vaticano hace acuerdo para creación de planta agrivoltaica”, Vatican News, 15 de junio de 2026; https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-06/santa-sede-hace-acuerdo-para-creacion-de-planta-agrivoltaica.html

Se trata de una gran planta agrovoltaica, con inversión de unos cien millones de euros, en Santa María de Galería (a unos 30 km de Roma) para autoabastecerse de energía eléctrica 100% renovable.

[3] Emiliano Bellini, “Comparando costes entre plantas agrovoltaicas y sistemas montados en el suelo”, PV Magazine, 29 de marzo de 2021; https://www.pv-magazine.es/2021/03/29/comparando-costes-entre-plantas-agrovoltaicas-y-sistemas-montados-en-el-suelo/

[4] https://es.wikipedia.org/wiki/Agrovoltaica . Pero téngase en cuenta que algunos cultivos y ganado se benefician de la mayor sombra.

[5] “Agrovoltaica: ¿arruinar la agricultura para producir energía?”, https://youtu.be/g_YT2CfZ9Es?si=CRQbeEWYFWhJqB9E

[6] Bellini, “Comparando costes entre plantas agrovoltaicas y sistemas montados en el suelo”, op. cit.

mares y océanos también arden

“La temperatura media diaria global de la superficie del mar alcanzó un nuevo máximo histórico el 22 de agosto, cuando llegó a los 21’1°C y superó en una centésima al anterior récord, fijado en 21’09°C en marzo de 2004, según datos del Servicio de Cambio Climático (C3S) del sistema satelital Copernicus, cuyo histórico se remonta a 1979 y indica que lo usual es que los máximos se alcance en primavera. Según los expertos del C3S, aunque los récords diarios siempre deben interpretarse dentro de un contexto climático más amplio, este hito es coherente con el continuo calentamiento a largo plazo del océano global y la aparición este año de un fenómeno extremo de El Niño en el Pacífico tropical. Además, cobra inusual relevancia, debido a que las temperaturas oceánicas globales suelen alcanzar su punto máximo en marzo y abril, tras el verano austral; mientras que el nuevo récord se ha dado en agosto”.[1]

El calentamiento de mares y océanos, además de tener consecuencias nefastas para la vida en esas aguas, convierte los mares en una bomba climática. “Cada vez tenemos más papeletas para que en España vuelva a suceder algo grave como en 2024”, incide Juan Jesús González Alemán, meteorólogo de la AEMET e investigador que ha estudiado cómo el calentamiento intensificó la catastrófica DANA en la que murieron más de 230 personas.[2]

En el Mediterráneo se han pulverizado también los récords de calentamiento: este verano, una boya al oeste de Mallorca midió 33’2°C. “Una verdadera salvajada”, asegura el oceanógrafo Carlos Duarte. Uno de los peores impactos de este calentamiento (y uno de los tipping points del cambio climático planetario) es la muerte de los corales. “Una tercera parte de toda la biodiversidad del océano depende de los arrecifes de coral en algún momento de su ciclo de vida, y aproximadamente mil millones de personas dependen de alguna forma de ellos, ya sea como alimento, como protección ante eventos extremos o incluso como fuente de ingresos a través del turismo”, destaca Duarte. “Para ver el colapso de un ecosistema de esta relevancia global, posiblemente tendríamos que irnos casi cuarenta millones de años atrás; estamos hablando de una tendencia irreversible que afecta a muchas generaciones humanas que pueden vivir en un planeta donde los ecosistemas de coral sean un recuerdo similar a los dinosaurios, pero en este caso los meteoritos somos nosotros”.[3]

Finalmente: la estimación provisional de muertes por calor extremo en Europa, desde junio hasta mediados de agosto, es de más de 35 mil muertes.

En España, de momento, las muertes por calor extremo en verano se cuentan por miles (más de 5.100 entre junio y agosto de 2026, según el Ministerio de Sanidad y el Instituto de Salud Carlos III); por desgracia, todo hace prever que pronto serán decenas de miles.

 

[1] Ana Tuñas Matilla: “La temperatura máxima diaria del mar alcanza un nuevo récord: 21’1°C el 22 de agosto”, EFE verde, 24 de agosto de 2026; https://efeverde.com/la-temperatura-maxima-diaria-del-mar-alcanza-un-nuevo-record-211-c-el-22-de-agosto/

[2] Clemente Álvarez, “La bomba climática de unos mares extremadamente calientes: ‘Cada vez hay más papeletas para una dana como la de 2024’. El efecto sobre el océano del calentamiento del planeta y un ‘superNiño’ disparan los riesgos en los próximos meses”, El País, 1 de septiembre de 2026; https://elpais.com/clima-y-medio-ambiente/2026-09-01/la-bomba-climatica-de-unos-mares-extremadamente-calientes-cada-vez-hay-mas-papeletas-para-una-dana-como-la-de-2024.html

[3] Citado en Clemente Álvarez, “La bomba climática de unos mares extremadamente calientes”, op. cit.

«las fronteras se trazan con sangre»

Murió Ratko Mladic, el genocida general serbobosnio a quien debemos esta iluminación: “Las fronteras se trazan con sangre y las tumbas delimitan los Estados”.[1]

El escritor portugués Gonçalo M. Tavares advierte sobre la sopa del mal a la que vamos añadiendo ingredientes: El siglo XXI comienza a parecerse al siglo XX como una mala fotocopia. (…) Es como si estuviésemos haciendo una sopa del mal, donde vamos colocando ingredientes. El horror que ocurre en Palestina, estas guerras que van apareciendo, son ingredientes muy semejantes a los colocados al comienzo del siglo XX. El nacionalismo está siendo recuperado sobre todo por la extrema derecha, se trata de crear los ingredientes para que la juventud a la que la Segunda Guerra Mundial no le dice ya nada vaya alegremente cantando a defender a su país si es necesario invadiendo otro…”[2]

 

[1] Clara Usón, “El legado de odio de Ratko Mladic”, El País, 31 de agosto de 2026; https://elpais.com/internacional/2026-08-31/el-legado-de-odio-de-mladic.html . Comenta la escritora:

“Mladic ha muerto pero su legado, y el de sus compinches Milosevic y Karadzcic, no sólo pervive sino que está en plena expansión, ellos fueron los primeros en formular los postulados que en la actualidad defienden, aunque sin abogar por las armas, los políticos de extrema derecha como Le Pen, Abascal, Orriols, Meloni, Weidel (Trump es un caso aparte, en cuanto a Putin y Netanyahu, han superado en violencia y vesania a sus precursores): el orgullo de la tribu, el odio y el miedo a los que vienen de fuera, de quienes debemos librarnos porque amenazan nuestra cultura, nuestra religión, nuestra lengua, nuestra forma de vida y, ¿por qué no admitirlo?, nuestra etnia, de piel tan blanca, no vayamos a ensuciarla. Todo será maravilloso cuando por fin estemos solos.”

[2] Gonçalo M. Tavares, “Una democracia con pobreza no es una democracia”, El país Semanal, 30 de agosto de 2026; https://elpais.com/eps/2026-08-29/goncalo-m-tavares-escritor-si-en-un-pais-como-ee-uu-hay-40-millones-de-pobres-ese-pais-no-es-rico-lo-siento.html

quemar todo lo quemable

Tres noticias tremendas en estos días de agosto: “Lula celebra el hallazgo de petróleo frente a Amazonia” (y no sólo eso, sino que la petrolera brasileña, Petrobras, ha cerrado en junio un acuerdo con su homóloga mexicana para buscar juntas más petróleo en las aguas profundas del Golfo de México).[1] Por otra parte, “Noruega desoye el veto europeo y seguirá adelante con la explotación petrolera [y gasística] del Ártico”.[2] Finalmente, “Trump toma el control de una quinta parte del petróleo de Venezuela”.[3] El pelotazo imperialista de Trump sorprende por su magnitud, pero no por su orientación. En cambio, desasosiegan los rumbos que prosiguen el socialdemócrata Lula (para muchos, la Gran Esperanza Blanca de la izquierda mundial) y la ecológica Noruega. Ya se ve de qué va esto: quemar todo lo quemable, atizando los fuegos de un Piroceno que extinguirá a la humanidad… Es la carrera competitiva hacia el fin del mundo, donde los desastres asociados con el calentamiento global y los vinculados a las IA se disputarán la primacía.

 

[1] Redacción de la BBC: “Qué se sabe del controvertido hallazgo de petróleo cerca del río Amazonas”, 18 de agosto de 2026; https://www.bbc.com/mundo/articles/ce3q0098nkvo

[2] Ignacio Fariza, “Noruega desoye el veto europeo y seguirá adelante con la explotación petrolera del Ártico. El jefe de la mayor energética del país, Equinor, afirma que el crudo y el gas se enviarán a cualquier otra parte del mundo si la UE los rechaza”, El País, 24 de agosto de 2026; https://elpais.com/internacional/2026-08-24/noruega-desoye-el-veto-europeo-y-seguira-adelante-con-la-explotacion-petrolera-del-artico.html

[3] Jorge González Márquez, “Estados Unidos obtiene el control de una quinta parte del petróleo venezolano”, Descifrando la guerra, 30 de agosto de 2026; https://www.descifrandolaguerra.es/estados-unidos-petroleo-venezolano/

pensar los ecologismos desde su historia

[Sobre este texto basé un par de intervenciones este verano, la última en la XVI Universidad de Verano de Anticapitalistas en La Granja, el 27 de agosto de 2026.]

 

La poeta Ángela Segovia declara en una entrevista: “Cuando pienso que el mundo es una mierda, miro mi biblioteca y recapacito: bien, algo bueno hemos hecho”. Podríamos también reparar en la música almacenada en nuestros dispositivos electrónicos (más probablemente que en LP o CD, hoy), o en otros logros humanos, desde técnicas de meditación hasta declaraciones de derechos. No todo lo hemos hecho mal, pese al calamitoso estado actual del mundo.

Y resulta fácil refugiarse en la biblioteca, ciertamente (o en esos otros refugios): para mí es una tentación constante. Pero los escritores y poetas, en estos tiempos excepcionales de la historia humana (el Siglo de la Gran Prueba), ¿tenemos derecho a algo así? Se puede releer a Sartre (en ¿Qué es la literatura?) sobre el engagement: “Ya que el escritor no tiene modo alguno de evadirse, queremos que se abrace estrechamente con su época; es su única oportunidad; su época está hecha para él y él está hecho para ella (…). No tenemos más que esta vida para vivir, en medio de esta guerra, tal vez de esta revolución…” Los debates del siglo XX sobre el compromiso de los intelectuales se referían a luchar contra las injusticias y construir una sociedad mejor. Hoy la situación es incomparablemente más grave: lo que está en juego es la habitabilidad de la Tierra…

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Lo que estamos haciendo al degradar la habitabilidad de la Tierra (o incluso acabar con ella, para seres como nosotros) con la tragedia climática y la Sexta Gran Extinción es peor que ninguno de los crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y genocidios cometidos en el pasado. Es peor que la Shoah y el Porraimos, peor que los exterminios coloniales, peor que los genocidios (como los del pueblo armenio o el pueblo herero o el pueblo palestino), peor que África convertida en “corazón de las tinieblas”, peor que la masacre de los comunistas indonesios, peor que las violencias patriarcales, peor que las peores guerras, peor que los choques humanos más destructivos. Pero preferimos seguir mirando hacia otro lado, atenuar la molesta disonancia cognitiva e ignorar todo esto.

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La capacidad de autongaño y denegación del ser humano es enorme –de hecho, cabe sospechar que haya sido inscrita en nuestra naturaleza por nuestra evolución biológica. Hoy, medios tecnológicos de una potencia y penetración inaudita, incomparables con aquello de lo que las clases dominantes han dispuesto en el pasado, amplifican este problema hasta lo indecible (pensemos en las empresas tecnológicas concebidas para la modificación de las mentes y las conductas humanas que por inercia seguimos llamando “redes sociales”).

Permitidme una digresión. Llegué hace un par de años a un libro fascinante: Denial: Self-Deception, False Beliefs and the Origins of the Human Mind (2013). Se trata de la elaboración de un par de autores que en realidad casi no se conocían: Danny Brower (muerto prematuramente en 2007) y Ajit Varki. Tras la muerte de Brower, y a partir de sus papeles, Varki ha desarrollado la hipótesis de que, en la evolución humana, el factor diferencial del Homo sapiens con respecto a muchas otras variedades humanas y a muchos otros seres vivos podría ser nuestra fabulosa capacidad de autoengaño.

Lo plantean más o menos en los siguientes términos: hay otras variedades de seres humanos que ahora ya no están con nosotros pero que estuvieron hasta hace cincuenta o sesenta mil años. Si retrocedemos hasta esa época en el tiempo encontramos hasta ocho especies o variedades de homos diferentes, pero también otros animales (los grandes simios, los cetáceos, los elefantes, los cuervos, varias especies de aves), que sabemos tienen eso que los psicólogos llaman una teoría de la mente: la capacidad de leer las intenciones del otro y anticipar lo que está pensando y puede hacer. Es decir: esa capacidad de leer la mente del otro no nos caracteriza sólo a nosotros, los autodenominados animales racionales.

Pero ¿qué sucede cuando se desarrolla una teoría de la mente poderosa, extendida, ampliada? Nos hace mucho más vulnerables porque nos volvemos más conscientes de nuestra propia fragilidad y mortalidad. Un ser que desarrolle una teoría de la mente profunda, extendida, probablemente se suma en una depresión profunda —podríamos decirlo así bromeando un poco— y quizá no tenga mucho futuro evolutivo, porque se le viene encima su condición mortal: ve sufrir, ve morir a los otros, y anticipa él mismo o ella misma su propia muerte.

Pero si se diera a la vez esa teoría de la mente profunda, junto con una capacidad considerable de autoengaño, en términos evolutivos esa conjunción sí podría suponer una ventaja. Es decir, se combinarían dos desventajas: la capacidad de autoengaño profunda no permitiría que darwinianamente ese ser tuviera mucho éxito, y la teoría de la mente profunda tampoco. Pero si se dan a la vez, como es nuestro caso, la teoría de la mente profunda junto con una gran capacidad de autoengaño que nos permite esquivar las cuestiones de la mortalidad de una manera muy eficaz, quizá esto fuera una ventaja que nos hubiera permitido llegar hasta donde estamos hoy.

En suma: la ventaja competitiva de Homo sapiens frente a muchas otras especies (incluyendo a otras variedades de ser humano como los neandertales y los denisovanos), ¿sería que nos autoengañamos más y mejor que los demás? Es un asunto fascinante, pero lo dejaremos aquí. [Véase mi ppt Denegación (sobre autoengaño y teoría MORT, Mind Over Reality Transition)]

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Pues hemos venido a reflexionar sobre ecologismo (véase la entrada correspondiente en https://www.speak4nature.eu/es/diccionario/ ). Se trata de un movimiento social que pretende la transformación de las relaciones entre los sistemas humanos y los naturales, entendiendo que la actual crisis ecosocial global genera consecuencias indeseables y puede ser incluso terminal (si, por ejemplo, un calentamiento climático desbocado nos condujese a un estado de hothouse Earth o “Tierra cocedero”).

Al igual que se ha sugerido para otros movimientos de transformación social como los feminismos, cabe decir que el ecologismo se define por su acción, no tanto por su declaración. Ahora bien, aunque el ecologismo tiene un importante componente emancipatorio, comparte con el pacifismo antinuclear que no sólo son movimientos de emancipación, sino –de manera más básica– movimientos de supervivencia.

De forma amplia, es la crítica del productivismo y del antropocentrismo lo que ponen en juego los diferentes ecologismos. Implican un compromiso con el cuidado y la atención hacia lo vivo, si bien en un sentido general, que pretende reducir el impacto de nuestra actividad en el planeta sobre otras especies y ecosistemas. La palabra ecología procede etimológicamente del griego oikos (οἶκος) = casa u hogar (en sentido amplio) y logos (λóγος), que cabe traducir como estudio, pensamiento, reflexión, razón, etc. Es decir, la ecología sería la reflexión o el estudio de la casa, concibiendo el planeta Tierra y la naturaleza como nuestra casa.

El ecologismo sería la defensa y cuidado de los ecosistemas que, junto a otros seres y en un equilibro y conexión espectaculares, nos dan cobijo. Pero no se trata tanto de conservar lo que fue (al fin y al cabo, en la realidad de nuestro mundo todo fluye y cambia constantemente, como ya observó Heráclito de Efeso) como de habitar mejor la Tierra (y sus ecosistemas y territorios); reaprender cómo vivir bien en el inmenso Holobionte del que formamos parte. Luego volveremos, si hay tiempo, a este asunto: somos holobiontes en un planeta simbiótico.

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Suelen hacerse coincidir los comienzos del ecologismo moderno con la publicación en 1962 de la obra de Rachel Carson La primavera silenciosa, que alertaba sobre los impactos de plaguicidas sintéticos como el DDT contra la red de la vida. Y sin duda puede ser un buen hito para fijar ideas, pero habría que tener en cuenta que: (1) hay precedentes importantes de estas ideas euro-norteamericanas que cabe rastrear al menos hasta el trabajo de Rousseau y de los románticos alemanes, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX (una lectura muy sugerente al respecto: Michael Löwy y Robert Sayre, Anticapitalismo romántico y naturaleza, Enclave de Libros, Madrid 2024).

(2) Las cosmovisiones de muchos pueblos originarios evidencian todo un conjunto de ideas y valores que también asociamos hoy con los ecologismos (recordemos sin ir más lejos a multitud de pensadores amerindios, de Alce Negro a Ailton Krenak, así como el extenso panorama que despliega John Baird Callicott en su libro Cosmovisiones de la tierra. Un estudio multicultural de éticas ecológicas desde la cuenca del Mediterráneo hasta el desierto australiano, Universidad de Magallanes (Chile)/ Plaza y Valdés (México), 2017).

(3) ¿No hay algo un poco extraño en situar el comienzo de un movimiento social en la publicación de un libro como el de Carson, aunque se trate de un movimiento, como el ecologismo, donde la alianza con el pensamiento científico ha sido tan importante? Se dan, de hecho, movimientos protoecologistas organizados tanto en los países de industrialización más antigua como en la periferia de Occidente. Con respecto a lo primero, por ejemplo, cabe considerar la masacre del 4 de febrero de 1888 (el “Año de los Tiros”) en la Cuenca Minera de Riotinto como una de las primeras luchas medioambientales de la historia (más de cien mineros y familiares suyos fueron asesinados cuando protestaban contra la intensa contaminación que causaba la quema del mineral al aire libre en las minas de cobre onubenses).

Por otra parte, en los mismos EEUU de Rachel Carson hay un importante acontecimiento anterior que dio lugar a una movilización social muy importante: me refiero a la explosión de la bomba termonuclear Castle Bravo en el atolón de Bikini, el 1 de marzo de 1954. Con una potencia de 15 megatones (más de tres veces el rendimiento estimado en su diseño, y mil veces más que la bomba que el ejército estadounidense lanzó sobre Hiroshima), dio lugar a una intensa contaminación radiológica que se extendió a las islas cercanas (incluyendo los habitantes y los soldados de EE. UU. estacionados allí) y afectó de forma directa a un pesquero japonés (el Daigo Fukuryu Maru), todo lo cual resultó en alguna muerte directa y posteriores problemas continuos de salud para muchas de las personas expuestas. Siguieron estudios de muchos científicos alarmados y descontentos con la desinformación del gobierno de Eisenhower, que mostraron cómo la lluvia radiactiva se extendía por buena parte del planeta y se concentraba especialmente en el Ártico; estos estudios suscitaron el temor de una crisis ecológica planetaria.[1] Los esfuerzos de Barry Commoner (quien ya en 1958 ayudó a organizar el Comité Ciudadano de Información Nuclear de San Luis) se cuentan entre los inicios del movimiento ecologista moderno.[2] La reacción del público ante las pruebas atómicas y la concienciación de los efectos a largo plazo de las pruebas nucleares fueron parte de la motivación para el importante Tratado de prohibición parcial de los ensayos nucleares de 1963.

Finalmente, el movimiento chipko en la India (uno de los primeros y más importantes ejemplos del ecofeminismo a nivel mundial), a comienzos de los años 1970, podía inspirarse en corrientes protoecologistas locales (comenzando por Mahatma Gandhi) cuando luchaban contra la despiadada tala comercial que estaba destruyendo los bosques en las laderas del Himalaya.

Sigamos con los matices, entonces: 4) como acabamos de ver, el ecologismo se hibrida con el feminismo dando lugar a movimientos ecofeministas de enorme importancia.

5) El ecologismo moderno, pero también sus antecedentes desde el comienzo de la era nuclear en 1945, nace como ecopacifismo: ello puede comprobarse tanto examinando la trayectoria vital del pensador y activista francés Bernard Charbonneau, como analizando la forma en que la campaña de 1969 contra los ensayos atómicos Don’t Make Waves dio lugar a la organización ecologista global Greenpeace a partir de 1971.

6) En el Sur global se dan numerosos movimientos de resistencia contra agresiones ambientales y proyectos extractivistas que quizá no se ven a sí mismos como ecologistas, pero que pueden analizarse bajo la noción de ecologismo de los pobres (que propuso Joan Martinez Alier desde finales de los años 1980).

En suma, aunque hay un pensamiento protoecologista que puede rastrearse desde la Antigüedad y en muy distintas tradiciones culturales, suele hablarse de nuevo ecologismo como un movimiento que surge, se organiza, crece y se ramifica a partir de la década de los sesenta del siglo XX. A diferencia del conservacionismo, centrado en la idea de la protección de la naturaleza ya fuera con un fundamento moral o estético, el ecologismo que coge impulso en la segunda mitad del siglo XX sitúa en el centro la supervivencia del ser humano y alerta sobre la crisis civilizacional a la que hay que responder con urgencia.

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Veamos algunas distinciones conceptuales. El gran ecólogo catalán Ramón Margalef definió hace muchos años la relación entre la ciencia de la ecología y el movimiento ecologista en estos términos: “la ecología es al ecologismo lo que la sociología es al socialismo”. Hay quien quiso ver en esta frase cierto menosprecio por los movimientos sociales, pero según Joandomènec Ros “el profesor Margalef quería decir que tanto una como otra necesitan una base científica sólida para que sus programas y acciones para mejorar la sociedad o para proteger la naturaleza tengan sentido y puedan entusiasmar a los ciudadanos”.

La ciencia ecológica moderna (que según Paul R. Ehrlich es una ciencia subversiva, por cuanto que puede hacernos reconsiderar la posición que el ser humano ocupa en el mundo natural) se constituyó hacia 1930 aproximadamente, y su desarrollo en los decenios sucesivos será una condición previa para el nacimiento de los ecologismos de los años sesenta y setenta.

A la hora de examinar la diversidad interna de los ecologismos (tomando la palabra en sentido amplio), una forma de proceder en abstracto sería identificar las principales líneas de conflicto ecosocial para luego combinarlas y examinar el espacio de posiciones resultante. Como mínimo habría que considerar cinco líneas de conflicto: las tres dimensiones principales de las luchas contra la dominación en la Modernidad (dominación capitalista, patriarcal y colonial), más el antropocentrismo, más la tecnolatría. De ahí resultarían, elevando dos a la quinta potencia, 32 posiciones posibles. Algunas de ellas no se darían nunca en la realidad: ¿alguien puede imaginar a un ecologista que fuese procapitalista, feminista, colonialista, antiespecista y amante de la low tech? En cualquier caso, el procedimiento que seguiremos ahora será mucho más sencillo: identificar unas pocas posiciones que en la historia reciente han cuajado en corrientes reconocibles en los movimientos ecologistas realmente existentes

Cabe empezar deslindando el conservacionismo que no es tanto un movimiento político como el tejido de asociaciones y grupos de presión orientados a la conservación de determinados bienes naturales, sociales y culturales. Sus orígenes son casi tan antiguos como los de la industrialización, y el núcleo de su acción es la creación de áreas protegidas (en 1872 se crea en EEUU el primer parque natural de la historia, el de Yellowstone). Por ejemplo, Félix Rodríguez de la Fuente, quien se hizo inmensamente popular en España como divulgador de la defensa de la naturaleza (a través de programas de televisión como El hombre y la Tierra), era conservacionista (y defensor de la energía nuclear), pero no ecologista. El peligro al que constantemente está expuesto el conservacionismo es el de miopía: centrarse en los efectos y en lo puntual en lugar de considerar también las causas y los contextos globales.

Por ambientalismo cabe entender, siguiendo la sugerencia de Ramón Folch, aquella actividad y aquellos movimientos sociales que luchan por un mejor ambiente y una mejor calidad de vida para los seres humanos, con perspectiva antropocéntrica. El ambientalismo suele ser un ecorreformismo (sin cuestionar el capitalismo) y se ve amenazado por una miopía simétrica de la conservacionista: si aquélla puede ignorar en ocasiones lo humano, ésta puede también ignorar todo lo no humano; sólo las amenazas contra la salud humana y la calidad de vida movilizan a los ambientalistas.

Tanto ambientalismo como proteccionismo tienden a ser opciones reformistas: típicamente, no cuestionan de forma radical los modos actuales de producción y consumo. El viejo conservacionismo separaba la naturaleza de la sociedad, y actuaba presuponiendo esa separación y para mantenerla: tal es el objetivo de la protección de la vida silvestre y los espacios naturales. Por el contrario, el moderno ecologismo (que en los años 1970 fue intensamente catalizado por las luchas antinucleares) se constituye como ecología política o ecología social o ecología humana: en su concepción del mundo tiende precisamente a anular aquella separación. El ambientalismo ignora que la protección del medio ambiente no es una tarea más que añadir a la lista de nuestras actividades económicas y sociales, dejando intacto lo demás: es un fin que exige otra manera de producir y consumir, otra manera de vivir y trabajar. Sin una ecologización estructural de las sociedades industriales (para lo cual el mundo social tiene que cambiar de base material), las medidas de política ambiental no son más que inútiles cataplasmas aplicadas sobre un cáncer en proliferación.

Conservacionismo y ambientalismo pueden creer en la posibilidad de un “capitalismo verde”; en cambio el ecologismo consecuente critica esa idea, pues se toma en serio las decisivas constricciones que derivan de la finitud de nuestro planeta y se pregunta por las prácticas políticas, sociales y económicas que son compatibles con esas constricciones (y deseables desde un ideario de emancipación).

En 1972, el filósofo noruego Arne Naess (uno de los grandes del pensamiento ecológico del siglo XX) advertía: “Un movimiento superficial, aunque actualmente bastante poderoso, y otro movimiento profundo, aunque menos influyente, compiten (dentro del ecologismo) por nuestra atención”. El movimiento de la ecología superficial (shallow ecology) se caracteriza por la “lucha contra la contaminación y el agotamiento de los recursos [y su] objetivo central [es] la salud y la prosperidad de la gente de los países desarrollados”. Esta “ecología superficial” coincide, a grandes rasgos, con lo que antes hemos llamado ambientalismo, y Naess la oponía a la deep ecology o ecología profunda (mejor: ecologismo profundo), que caería bajo lo que hemos llamado “ecologismo consecuente”. Éste incluiría también los ecosocialismos y ecofeminismos que van más allá del reformismo.

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Bien, ¿dónde nos encontramos hoy? Realmente, en una situación trágica. Pero además, en una situación muy extraña. Intensa sensación de mundo vuelto del revés…

Inversión. Todo como puesto cabeza abajo. En la actualidad se está consumando el último acto de una tragedia, pero ¿cuándo comenzó ésta? ¿Cuándo tomamos las decisiones equivocadas, malinterpretando o ignorando las señales que advertían del peligro? ¿Desde cuándo vivimos en el mundo enloquecido de la película Don’t look up –otro caso terrorífico de distopía que se vuelve costumbrismo? ¿Cuándo nos convertimos en una sociedad delirante?

Ah, esos años clave: 1971-1972-1973… ¿De qué manera se relaciona la cuestión de la posverdad con el segundo principio de la termodinámica? Tratar de responder a esta cuestión puede arrojar alguna luz interesante sobre cómo hemos podido llegar a la terrible situación actual, al borde del abismo ecológico-social.

Desde la elección de Donald Trump como Presidente de Estados Unidos (2016), dice el filósofo y sociólogo francés Bruno Latour, estamos viviendo una situación de “delirio epistemológico”. Cada vez resulta más difícil que nuestras sociedades se pongan de acuerdo ni siquiera sobre lo que han de ser considerados hechos elementales. La cuestión de la “posverdad” (o la reivindicación de “hechos alternativos” desde lo alto de la pirámide de poder) no es nada baladí:  si aceptamos el negacionismo climático, y con él la denegación de nuestra situación existencial básica, perdemos casi toda posibilidad de orientarnos entre verdades y mentiras (y errores). Pues “la denegación no es una situación cómoda. Denegar es mentir fríamente y luego olvidar que uno mintió (y, a pesar de todo, recordar siempre la mentira)”.

Así pues, delirio epistemológico. Pero ¿sólo desde momentos tan recientes como las elecciones que llevaron a Donald Trump o a Jair Bolsonaro al poder? ¿O más bien la cosa viene de mucho más atrás? Yo diría que esto último es el caso, y que los años que siguieron a 1971-1972-1973 marcarían esa deriva. En efecto, en 1971 se publicó uno de los textos clave del siglo XX: el libro de Nicholas Georgescu-Roegen La ley de la entropía y el proceso económico, una propuesta de reconstrucción de la teoría económica asumiendo las realidades fundamentales que estaban siendo ignoradas por la concepción del mundo dominante: que los sistemas económicos se hallan insertos en los ecosistemas de la biosfera y dependen de ellos, así como de un stock limitado de recursos minerales finitos; y que todo el proceso económico está marcado por la entropía y sometido a la segunda ley de la termodinámica, probablemente la ley física más importante del universo. Y después, en 1972, se publicó otro libro esencial: Los límites al crecimiento, el primero de los informes al Club de Roma. Y en ese mismo año se celebró la primera de las grandes conferencias internacionales de Naciones Unidas sobre medio ambiente, la “Cumbre de Estocolmo”.

1971-1972-1973… Y el episodio Nicholas Georgescu-Roegen versus William Nordhaus. El primero, en la salida de los debates de los años 1970, fue exitosamente cancelado. A William Nordhaus le concedieron el “premio Nobel” de economía en 2018. En su discurso de aceptación en Estocolmo, este economista neoclásico sugirió que la “política óptima” para abordar el cambio climático daría como resultado un “calentamiento global aceptable” de aproximadamente ¡3°C para 2100 y 4°C en 2150! Las y los climatólogos (y científicos de otras disciplinas), a diferencia de los economistas neoclásicos (quienes por desgracia han llegado a dominar en su disciplina, cancelando a los rivales que defendían teorías económicas más razonables), consideran que un calentamiento global de esta magnitud sería catastrófico (probablemente incompatible con la mera supervivencia de la especie humana).

La mirada económica convencional nos impide ver realidades básicas o las vuelve del revés. El velo monetario nos nubla la vista. Esta forma de mirar ve la realidad a través del dinero, llegando a confundir las variables cuantitativas monetarias con la realidad misma. En este mundo al revés, un bosque sólo tiene valor una vez ha sido talado…

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Más de medio siglo de movimientos ecologistas… en luchas que, en lo esencial, no hemos sido capaces de ganar. Pues el capitalismo (si queremos especificar: el extractivismo + productivismo + consumismo) está destruyendo la habitabilidad de la Tierra, hoy como ayer. Y en las luchas de este más de medio siglo, que mayoritariamente han ido ganando los de arriba, la prioridad para las clases dominantes ha sido proteger el capitalismo, no la habitabilidad de la Tierra.

Asumir la derrota de los ecologismos. Pero “estamos en derrota, nunca en doma”. EL ECOLOGISMO HA DE SEGUIR DICIENDO NO.

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¿Cómo explicarnos la trágica situación de hoy? Desde luego, está la fuerza de “los malos”. Pero algunos elementos más para la reflexión:

  • “Sucede que me canso de ser hombre…” Releamos el poema WALKING AROUND de Pablo Neruda. Nuestras dificultades para aceptar la endiablada condición humana à fuga al ciberespacio (entre otros fenómenos llamativos: la medicalización de una sociedad entera con ansiolíticos y antidepresivos, etc) y proyectos transhumanistas
  • Reducción de la disonancia cognitiva
  • Tecnolatría desesperada (con “viva quien vence”)
  • Hipernormalidad
  • Adaptación a lo malo que va sucediendo: shifting baselines

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Para concluir, algunos elementos de crítica (según mi libro Ecologismo: pasado y presente, Catarata, Madrid 2024, p. 93-96, 134-138).

¿Qué pasó con el ecologismo radical de los años 1970? La tarea (un cambio socioeconómico y cultural profundo, avanzando hacia un “nuevo paradigma ecológico”) resultó ser demasiado ardua para las fuerzas disponibles. Se estaba impugnando el orden socioeconómico capitalista (e incluso, de forma más amplia, industrial-productivista) pero no sólo: más allá de ese cuestionamiento (¡que es enorme!) se ponía en entredicho todo un orden civilizacional, una concepción del mundo o cosmovisión basada en el mecanicismo, el antropocentrismo y la dominación sobre la naturaleza. Resulta significativo cómo, a medida que va imponiéndose la reacción neoliberal desde los años 1980, ese cuestionamiento más radical que simbolizarían pensadores como Lewis Mumford, Lynn Margulis, Nicholas Georgescu-Roegen, Ivan Illich, Manuel Sacristán, Maria Mies o Arne Naess no encuentra apenas eco en el seno del ambientalismo mainstream (embrujado por el paradigma capitalista del “desarrollo sostenible”) que se va imponiendo.

En aquellos dos decenios clave, 1970 y 1980, las elites capitalistas reaccionaron contra lo que consideraban el “exceso de democracia” en Occidente y dieron paso al orden/ desorden neoliberal. Otra forma de aproximarnos a aquella situación: desde los años 1970 va esbozándose en muchos países una pugna dentro de los ecologismos y ambientalismos entre lo que serían dos amplias estrategias: a) la autolimitación primero (con la comprensión de la necesidad de reinsertarnos en el Sistema Tierra) y b) la tecnología primero (en términos sobre todo de ecoeficiencia).

Y es que el diagnóstico básico del ecologismo consecuente puede resumirse en una palabra: extralimitación (que en inglés se dice overshoot). Una economía capitalista expansiva, que necesita el crecimiento constante para funcionar medio bien, choca necesariamente contra los límites biofísicos del planeta Tierra. En esa situación de extralimitación (una huella ecológica global mayor que la biocapacidad del planeta) nos encontramos desde los años 1980, y la crisis ecológico-social va empeorando constantemente (el calentamiento climático sólo es el síntoma más evidente y catastrófico de ese problema de fondo).

La segunda de estas estrategias (la tecnología primero, sin que nos atrevamos a cuestionar el orden socioeconómico que impera) obtuvo un eco creciente en los sectores sociales que al menos intuían que era real algo llamado crisis ecológico-social. En una sociedad cada vez más troquelada por un capitalismo fosilista, tecnólatra y (a partir de los años 1980) neoliberal, ¿cabía otro desenlace? Pero como el problema de fondo es, de hecho, la extralimitación, sólo la primera línea estratégica hubiera podido alejarnos de los desenlaces catastróficos.

Pensando en términos supranacionales (desde esa “conciencia de especie” que invocaban los movimientos ecologistas de los años 1970), diríamos que hubo dos errores teóricos capitales en aquel decenio, cuyas consecuencias se alargan hasta hoy mismo: por una parte, el rechazo indiscriminado de la deep ecology, con su cuestionamiento del marco antropocéntrico dominante en la concepción del mundo occidental y su insistencia en un cuestionamiento profundo de nuestros modos de vida. Y en segundo lugar, la incomprensión de las cuestiones sobre economía, ecología y termodinámica que planteaba la bioeconomía de Nicholas Georgescu-Roegen, quien mostró que el carácter entrópico de las actividades de producción y consumo exigía pensar de otra manera, por ejemplo, las transiciones energéticas. En definitiva, ignorar (o incluso desacreditar) a Arne Naess y a Georgescu-Roegen fue una mala idea en los años 1970, cuyos desgraciados efectos estamos pagando todavía.

A partir de los años 1980-90, se cedió demasiado frente a la perspectiva convencional del desarrollo sostenible, con la idea de que se podía trabajar dentro del sistema con un margen amplio. Parte de los ambientalismos y ecologismos concedieron demasiado a eso que al final se manifestó como mero gatopardismo del sistema.

En suma: la salida de los años 1970, los avances del neoliberalismo van incrementando el poder del capital y desplazando a las sociedades hacia la derecha; la crítica ecológica radical va perdiendo mordiente; el “desarrollo sostenible” se va convirtiendo en paradigma dominante. Y se consuma el overshoot (extralimitación ecológica), y nos adentramos en una tragedia climática que se va agravando y acelerando.

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Hoy (igual que hace medio siglo) asumir de verdad la gravedad de la situación en que nos encontramos en el Siglo de la Gran Prueba nos obligaría a un cambio sistémico (revolucionario), un cambio de vida a todos los niveles (desde los hábitos y comodidades personales hasta la organización de la economía) de la noche a la mañana, como quien dice. (Piénsese en lo que IPCC y NNUU han establecido ya desde hace años: reducción de las emisiones mundiales de GEI un 7’5% anual… que tendría que haber empezado a finales del decenio anterior. Y si quisiéramos que esa transición/ cambio sistémico se realizara con algo de equidad Norte/ Sur, en un país como el nuestro, reducción del 11-12% anual. Una verdadera contracción económica de emergencia.)

Y ese cambio sistémico tendría un componente importante de restricción, de ascesis ecologista.

Pues bien: desde la salida de las luchas de los años 1970, nuestras sociedades (mal orientadas por elites muy poderosas, desde luego) han ido diciendo no a esa transformación necesaria, y enredándose en diversas formas de denegación y autoengaño.

Y a su modo, los movimientos ecologistas y ambientalistas se vieron ante el mismo dilema, y en muchos casos tampoco respondieron bien, y se enredaron –nos enredamos– en el autoengaño del “desarrollo sostenible”.

 

[1] Véase https://es.wikipedia.org/wiki/Castle_Bravo , así como John Bellamy Foster, Dialéctica de la ecología: socialismo y naturaleza, El Viejo Topo, Barcelona 2026, p. 283-286.

[2] Véase Barry Commoner, Ecología y acción social (edición de Jorge Riechmann e Iranzu Tellechea), Catarata, Madrid 2022.

¿trocear y vender parques nacionales? a trump le parece lo correcto…

¿Qué más puede pasar? Bueno, por ejemplo: Trump planea vender un trozo del Parque Nacional de Yosemite a un promotor inmobiliario privado de Nevada.[1] Es un golpe brutal a la historia entera de la protección de la naturaleza: el 30 de junio de 1864, Abraham Lincoln firmó una ley para proteger el Valle de Yosemite y el Bosque Mariposa (en la Sierra Nevada de California), con lo que empezó la trayectoria de los espacios naturales protegidos en EEUU y después en otros países. Yosemite “fue nombrado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco en 1984 y es reconocido internacionalmente por sus acantilados de granito, saltos de agua, ríos cristalinos, bosques de secuoyas gigantes y la gran diversidad biológica (cerca del 95% de su territorio está designado como área silvestre)”.[2] Qué mejor lugar para que los amigos de Trump comiencen a construir urbanizaciones…

 

[1] Anna Kramer, “Trump’s quietly working to give part of Yosemite to a private developer. The National Park Service is under pressure to make an unprecedented deal that cedes a quarter-mile strip of the park”, Notus, 28 de agosto de 2026; https://www.notus.org/agencies/trump-administration-yosemite-private-developer-deal

[2]  https://es.wikipedia.org/wiki/Parque_nacional_de_Yosemite

en tiempo de descuento

Como explica Elizabeth Kolbert, la experiencia actual no es buena guía para explicar lo que está pasando con el calentamiento global. El clima funciona con retraso. “Cuando se emite dióxido de carbono a la atmósfera, se tardan décadas –en un sentido técnico, milenios– en que la Tierra alcance un equilibrio. (…) El calentamiento que se está produciendo actualmente no se sentirá por completo hasta que los bebés de hoy lleguen a la mediana edad. Esto es, en realidad vivimos en el clima del pasado, pero ya hemos determinado el del futuro. La temporalidad de efectos retardados del calentamiento global hace que todas las advertencias –de científicos, agencias gubernamentales, y sobre todo periodistas– parezcan histéricas, como si las lanzara la griega Casandra (…). Una vez que las realimentaciones toman el control, el clima puede cambiar de forma rápida y radical”.[1]

“Sir David King –antiguo asesor científico oficial para el Reino Unido, catedrático en Oxford y posteriormente en Cambridge, ganador de tantos premios que sería imposible enumerarlos todos y un cabal referente del establishment– afirmó que lo que hagamos en los próximos tres o cuatro años determinará el destino de la humanidad. Esto lo dijo… en 2021.”[2]

Y del mismo artículo de Adam McKay (director de Don’t look up): “Con un calentamiento de +3°C [al que podemos llegar en 2050] los autores del estudio de Exeter advierten de que podría haber hasta cuatro mil millones de muertes. Eso es la mitad de la población mundial. En 24 años o menos…”

 

[1] Elizabeth Kolbert, La vida en un planeta poco conocido, Debate, Barcelona 2025, p. 137-138.

[2] Adam McKay, “The Gargantuan lie that is collapsing the world’s climate. Thinking we have time left to address climate change, or that ‘Net Zero by 2050’ will save us, is driving us toward full social collapse in ways that become more obvious with every new broken temperature record”, Current Affairs, 6 de agosto de 2026; https://www.currentaffairs.org/news/the-massive-climate-lie-that-will-destroy-human-civilization

narcisismo

Jorge Guillén reprochó a Juan Ramón Jiménez, con evidente exageración, un narcisismo satánico (qué enorme fue el desencuentro entre los del 27 y quien había sido su maestro y mentor). Pero la expresión resulta del todo adecuada si pensamos, hoy, en Donald Trump; a Daddy Ubú la descripción de “narcisismo patológico” se le queda corta.

El narcisismo, ha dicho alguna vez Javier Puche, es un tobogán enjabonado hacia el mal.

sobre el desequilibrio energético (desbalance radiativo) de la tierra

Habrá que volver a llamar la atención sobre ese parámetro fundamental: la diferencia entre la energía que entra en el Sistema Tierra y la que es devuelta al espacio exterior (en forma de radiación infrarroja), es decir, el balance radiativo del tercer planeta del Sistema solar.[1] El IPCC utiliza el término forzamiento radiativo con el sentido específico de una perturbación externa impuesta al balance radiativo del sistema climático de la Tierra, que puede conducir a cambios en los parámetros climáticos.[2] Tres factores clave: los GEI en aumento (Gases de Efecto Invernadero) atrapan más calor; menos aerosoles contaminantes en la atmósfera reflejan menos la luz solar; la criosfera terrestre mengua, y así la pérdida de hielo y nieve reduce la reflexión de energía. La ganancia neta de energía con ese forzamiento significa que la Tierra acumula energía, impulsando el calentamiento global actual.

¿Qué ha sucedido en los últimos tiempos? Hemos asistido a una acumulación de energía sin precedentes a escala planetaria. El desbalance radiativo (la diferencia entre la radiación que recibe el planeta y la que radia de vuelta al espacio, como acabamos de ver), de acuerdo con las mediciones de los satélites de la NASA, se ha multiplicado por cuatro con respecto a los valores que tenía en 2002. Hacia el año 2014 se produjo un cambio brusco, y así hemos pasado de 0’37 W/m² en 2002 a los 1’37 W/m² de 2025.[3]

Ahora el desequilibrio energético (desbalance radiativo) de la Tierra es mayor que en cualquier momento conocido en la historia de nuestro planeta, como muestra la siguiente gráfica (como la anterior, debida al esfuerzo de alerta del climatólogo Leon Simmons, miembro del equipo de James Hansen):[4]

Esto explica, en gran medida, la aceleración del calentamiento global que hemos podido constatar en los últimos años, confirmado por la investigación más reciente. Así, una nota de prensa que resume trabajos del Instituto Potsdam para la Investigación del Clima dice: “El calentamiento global parece haber acelerado su ritmo. Tras descartar los efectos de El Niño, las erupciones volcánicas y los ciclos solares, los investigadores han descubierto que el planeta se ha calentado aproximadamente 0’35 °C por década durante los últimos diez años, en comparación con algo menos de 0’2 °C por década entre 1970 y 2015. Esta aceleración, que se hace evidente entre 2013 y 2015, se observó en cinco importantes conjuntos de datos sobre la temperatura global con una certeza estadística superior al 98%” (Science News: “Scientists detect a sharp acceleration in global warming”, Science Daily, 1 de agosto de 2026; a partir de documentos del Potsdam Institute for Climate Impact Research, PIK).

https://www.sciencedaily.com/releases/2026/08/260801093239.htm

 

 

[1] https://aemetblog.es/2016/07/26/balance-radiativo-del-sistema-tierra/

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Forzamiento_radiativo

[3] Antonio Turiel, “Esperanza y derrotismo”, The Oil Crash, 9 de mayo de 2025; https://crashoil.blogspot.com/2025/05/esperanza-y-derrotismo.html

[4] https://x.com/LeonSimons8/status/2084248967420768549

notas sobre el eclipse total de sol del 12 de agosto

Titular de prensa: “Manual para disfrutar el eclipse: los cinco detalles en los que debes fijarte para vivir una experiencia inolvidable”. Recoge bien tanto la locura del “turismo de eclipse” a escala planetaria que ha generado el 12-A (eclipse total de sol visible desde una buena franja de la Península Ibérica)[1] como la mejor promesa entre las muy mermadas ofertas que nos hace ahora el capitalismo terminal y necrófilo que habitamos: “vivir una experiencia inolvidable”. Se nos promete, en efecto, “el mayor espectáculo de la naturaleza”,[2] y nadie quiere perdérselo, so pena de caer (aún más) en las garras de la ansiedad social y eso que hace ya un tiempo se ha bautizado en inglés como FOMO (Fear of Missing Out).[3] Sólo en Madrid se prevé que más de medio millón de personas se desplacen a la Sierra para ver el eclipse en un contexto de riesgo extremo de incendio.[4]

“El mayor espectáculo de la naturaleza…” Pero no necesitamos espectáculos a los que asistir como espectadores, sino experiencias que nos hagan sentir la naturaleza como ese Todo (esa Gaia) de la que formamos parte.

El eclipse total de Sol anterior que pudo verse en la Península Ibérica tuvo lugar el 17 de abril de 1912, hace 114 años. Dentro de 114 años, este territorio donde vivimos se habrá convertido con toda probabilidad en un desierto inhabitable, e incluso es posible que no queden ya seres humanos en ningún rincón de la Tierra. Eso nos da la medida de la absoluta excepcionalidad histórica de este tiempo que es el nuestro (mientras la mayoría social sigue sin querer aceptar de ninguna manera la realidad de nuestra situación).

Roger Hallam explica que la oración más importante de nuestro tiempo es: la gente no se da cuenta de que no podemos hacer que la situación vuelva a mejorar. El clima “no volverá a equilibrarse: esa opción ya no está disponible. O bien tienes una revolución para evitar que empeore, o bien empeora cada vez más y más y más. A veces tienes opciones limitadas en la vida. No hay opción de vuelta atrás; no somos dioses. Las élites la cagaron y tú pensaste que todo desaparecería si simplemente intentabas olvidarlo y seguías viendo Netflix… Mala idea”.[5]

Y por otra parte: la Tierra, como saben y nos recuerdan los ecólogos, es un buen lugar para vivir.[6] Pero no sólo ahora: es el mejor lugar y el único del que dispondremos, a pesar de nuestras fantasías de colonización extraplanetaria y a pesar del enorme daño que estamos infligiendo a su habitabilidad. Incluso una Tierra convertida en Hothouse Earth (Tierra Cocedero) será más amigable con la vida que todo el resto de nuestro sistema solar, incluso si no quedasen Homo sapiens para contarlo.

(Para que conste: yo mismo estaré observando el eclipse, pertrechado esta tarde con las gafas protectoras reglamentarias, en un lugar de estos montes de la Sierra de Guadarrama donde vivo.)

 

[1] “Se prevé el desplazamiento de millones de personas en sólo unas horas, con posibles embotellamientos. Las autoridades recomiendan evitar desplazamientos el día del eclipse, especialmente tras el máximo, cuando suele concentrarse la mayor parte del tráfico de retorno…” Raúl Sánchez y Antonio Martínez Ron, “Dónde ver el eclipse solar del 12 de agosto: recorrido y visibilidad en cada municipio, minuto a minuto”, eldiario.es, 11 de agosto de 2026; https://www.eldiario.es/sociedad/mapa-ver-eclipse-solar-12-agosto-recorrido-visibilidad-municipio-minuto-minuto_1_13440048.html

[2] Antonio Martínez Ron: “Manual para disfrutar el eclipse: los cinco detalles en los que debes fijarte para vivir una experiencia inolvidable”, eldiario.es, 11 de agosto de 2026; https://www.eldiario.es/sociedad/manual-disfrutar-eclipse-cinco-detalles-debes-fijarte-vivir-experiencia-inolvidable_1_13431722.html

[3] Fenómeno que para algunos investigadores entra ya de pleno en la categoría de las adicciones: https://orbiumadicciones.com/nuevas-tecnologias/fenomeno-fomo-fear-of-missing-out/

[4] https://bsky.app/profile/lamarea.com/post/3msuoglebdm2z

[5] https://x.com/RogerHallamCS21/status/2087074794755756317

[6] Elizabeth Kolbert, La vida en un planeta poco conocido, Debate, Barcelona 2025, p. 67.

¿+3’3ºC? el método en el seno de la locura

La UE pide ahora a los Estados miembros planificar las infraestructuras para un clima de hasta +3’3ºC a finales del siglo XXI. “El Consejo Científico Asesor Europeo sobre Cambio Climático ha recomendado que la Unión Europea adopte una referencia común para planificar la adaptación: una trayectoria compatible con un calentamiento global de entre 2’8 y 3’3 grados hacia 2100. (…) Los 3’3 grados se refieren al aumento medio mundial respecto a la época preindustrial dentro de una trayectoria que el panel considera suficientemente plausible como para utilizarla en la planificación”.[1] Es el método en el seno de la locura: un calentamiento de esa magnitud resulta incompatible con la vida humana.

Planificar una carretera o una escuela para un escenario de +3’3°C en una perspectiva de adaptación supone erróneamente que la sociedad seguirá funcionando igual, sólo que con más calor. Pero a esa temperatura el problema ya no es si el asfalto de la carretera se derrite o si la escuela cuenta con suficiente climatización: antes de llegar a ese límite la disponibilidad de alimentos, el suministro de agua y la habitabilidad de un país como el nuestro se habrán venido abajo.

Con +3’3°C España será inhabitable, y antes de llegar a esas temperaturas promedio se habrán activado bucles de realimentación verdaderamente infernales que no permitirán estabilizar las temperaturas ni siquiera a ese nivel terrorífico…

Una evaluación científica publicada en febrero de este año en la revista One Earth advertía que componentes clave del sistema climático de la Tierra pueden estar bastante más cerca de la desestabilización de lo que se pensaba anteriormente.[2] Tipping points cruciales (puntos de inflexión, o de vuelco), incluidos los glaciares de Groenlandia y la Antártida Occidental, el permafrost ártico y la selva amazónica, actúan como pilares de la estabilidad planetaria. Una vez empujados más allá de sus umbrales críticos, estos sistemas pueden sufrir cambios irreversibles, desencadenando un peligroso “efecto dominó” en el que el colapso de un sistema acelera el de otro. Por ejemplo, el derretimiento del hielo ártico expone superficies oceánicas más oscuras que absorben más calor, lo que puede debilitar las corrientes oceánicas, secar la Amazonía y, en última instancia, liberar enormes reservas de carbono de nuevo a la atmósfera.[3]

Este ciclo de retroalimentación en cascada amenaza con empujar a la Tierra hacia una trayectoria de “Tierra cocedero” (Hothouse Earth) –un estado en el que el planeta continuará calentándose incluso si la humanidad detiene por completo sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Aunque los investigadores aún no pueden precisar exactamente cuándo alcanzarán su punto de inflexión estos sistemas individuales, subrayan que esperar pruebas científicas definitivas es una apuesta peligrosísima, del todo irracional, ya que la reversión será imposible una vez que se cruce el umbral. No habrá vuelta atrás a una Tierra más o menos estable y habitable para los seres humanos.

 

[1] Raquel Díaz: “La UE cambia las normas: pide a España que se prepare para un escenario de hasta 3’3 grados de calentamiento global”, El Español, 9 de agosto de 2026; https://www.elespanol.com/ciencia/20260809/ue-cambia-normas-pide-espana-prepare-escenario-grados-calentamiento-global/1003744344238_0.html

[2] Ripple, W. J., Wolf, C., Rockström, J., Richardson, K., Wunderling, N., Gregg, J. W., Westerhold, T., & Schellnhuber, H. J.: “The risk of a hothouse Earth trajectory”, One Earth 9(2), 20 de febrero de 2026. Artículo 101565; https://www.cell.com/cms/10.1016/j.oneear.2025.101565/attachment/49ec975a-6916-4e2c-8354-11a3e9a9ad2b/mmc2.pdf

[3] Como explica Tim Lenton, “un punto de inflexión del Sistema Tierra se produce cuando un cambio en una parte del sistema adquiere carácter autopropulsado, una vez superado un umbral de forzamiento, lo que conduce a un cambio cualitativo en el estado de ese subsistema, impulsado por bucles de retroalimentación amplificadores (positivos). El cambio resultante puede ser abrupto, tiende a ser difícil de revertir y suele tener grandes repercusiones. Los puntos de inflexión pueden superarse en varias partes a gran escala de la biosfera, la criosfera y la circulación de los océanos y la atmósfera, denominadas colectivamente «elementos de inflexión». Por ejemplo, los puntos de inflexión están provocando la muerte progresiva de la selva tropical amazónica, la desintegración de la capa de hielo de la Antártida Occidental o el colapso de la Circulación Meridional de Retorno del Atlántico (AMOC)”. Véase “Q&A with Tim Lenton: Navigating the new era of tipping points”, One Earth 9(2), 20 de febrero de 2026.

Puede descargarse el informe Global Tipping Points 2025 en  https://global-tipping-points.org/

selección de textos de mi libro ‘otro fin del mundo es posible, decían los compañeros’ (2019)

En el blog SOCIOLOGÍA CRÍTICA:

https://sociologiacritica.es/2026/07/29/textos-otro-fin-del-mundo-es-posible-decian-los-companeros-sobre-transiciones-ecosociales-colapsos-y-la-imposibilidad-de-lo-necesario-jorge-riechman/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y hace unos años, esta destilación de José Luis Gallero:

CÁPSULAS DEL DOCTOR RIECHMANN -selección de JL Gallero, junio de 2020

En enero de 2021, la periodista Brenda Chávez me planteaba estas preguntas:

1) Su libro Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros parte de la premisa de que la catástrofe ya no se puede detener porque la lógica y evolución de este capitalismo basado en las energías fósiles, hace sospechar que ya no habrá tiempo para transiciones razonables. ¿El hecho de que oigamos hablar más últimamente (a gran parte de la comunidad científica, y académica) de “adaptación” al cambio climático, en vez de “mitigación”, es una forma de «colapsar mejor”, de aceptar lo inevitable de las diversas crisis ecosociales que este modelo ha generado? ¿Podemos considerar la adaptación como una solución (aunque sea temporal) o una derrota?

Estamos en la “Era de las Consecuencias”, y de ello forma parte la derrota histórica de los movimientos ecologistas y las fuerzas sociales de emancipación, sí. Eso implica daños ya inevitables, y por eso la cuestión no sería adaptación sí/ adaptación no, sino qué clase de adaptación. Por una parte, un “colapsar mejor” a través de una rápida salida del capitalismo, decrecimiento material y energético, redistribución masiva, relocalización productiva, agroecología, recampesinización de nuestras sociedades, renaturalización de zonas extensas de la biosfera, cultivo de una Nueva Cultura de la Tierra; por otra parte, proseguir las actuales dinámicas de “desarrollo” y competición que, en un mundo de recursos decrecientes y condiciones de habitabilidad menguantes, llevan a sociedades fascistas donde la supervivencia de unos pocos (durante un tiempo) se lograría a costa del exterminio de la mayoría.

2) Usted forma parte del Foro de Transiciones. Si considera que, con bastante probabilidad, no podremos hacer transiciones ecosociales razonables, ¿qué tipo de transiciones vamos a vernos obligados a acometer? ¿Y cuáles serían las herramientas para volverás más efectivas, y quizás hasta más razonables…?

Es obvio que estamos sólidamente instalados en la segunda trayectoria antes descrita, siendo nuestras sociedades incapaces de aceptar la realidad ecosocial, biosférica, metabólica. Las ilusiones del “crecimiento verde” suceden a las del “desarrollo sostenible”, mientras la dinámica autoexpansiva del capital no se cuestiona y la base de poder de la clase dominante se mantiene prácticamente incólume. No hay más que ver cómo hemos respondido ante la pandemia de la covid-19 (un percance relativamente leve en comparación con los que están en nuestro horizonte): en vez de atender a las causas subyacentes (desforestación, ganadería industrial, desmantelamiento de los servicios públicos, mayor “altura de caída” causada por el neoliberalismo y la tecnolatría), se opta por proseguir la huida hacia adelante (fe en la “bala mágica” tecnológica de las vacunas, digitalización a ultranza). La gravedad de la situación ecológica (no sólo climática, claro) sólo la percibe una minoría de la sociedad. Y de esa minoría, a su vez, sólo una parte minúscula está convencida de que no hay salida dentro del capitalismo… Así de trágica es la situación.

3) ¿Qué serían para usted las “transiciones ecosociales razonables»?

Transiciones que lograsen evitar la senda de ecocidio más genocidio donde nos hallamos ahora.