sobre pedro y pablo y henry d. thoreau

Marc Badal y Anne Ibáñez Guridi, desde su refugio en Luzaide (Pirineo navarro), me incluyen amablemente en una encuesta que (desde su proyecto de confluencia de saberes Nube Local) hacen arrancar de una cita de Thoreau en sus diarios.[1] La cosa va del diálogo entre entendimiento e imaginación, que en esas líneas el gran escritor de Concord ve más bien en términos de diálogo de sordos: “¿Qué ciencia es aquella que sólo enriquece el entendimiento, robándole a la imaginación? No sólo le roba a Pedro (la imaginación) para pagar a Pablo (el entendimiento), sino que toma de Pedro mucho más de lo que podría darle a Pablo”. Eso resulta “tan inadecuado como lo sería, para un mecánico, la descripción que un poeta podría hacer de una máquina de vapor. ¿Sabríamos algo en realidad si conociéramos sólo mecánicamente todas las cosas?”

La pregunta de Thoreau está justificada, y no cuesta leerla como una actualización de la crítica romántica de la ciencia mecanicista que cabría también ejemplificar con Goethe. Algo he escrito al respecto en el marco del proyecto Speak4Nature.[2] Ahora bien, lo que quisiera subrayar ahora es que hay que tratar de desmontar esa suspicacia mutua entre Pedro y Pablo, y que de eso va la idea de una “tercera cultura” sobre la que tanto insistió Paco Fernández Buey en los últimos años de su vida.[3] Al fin y al cabo, el propio Thoreau fue a la vez Pedro y Pablo: no sólo un poeta del mundo vivo sino también un agudo observador naturalista, a quien hay que incluir desde luego entre los cultivadores de una ciencia natural descriptiva de enorme valor.

¡Recordemos a Alexander von Humboldt (1769-1859)! El investigador alemán encarnó como nadie la idea de una ciencia concebida como interminable diálogo con la naturaleza, ciencia orientada no por la dominación sino por la aspiración al disfrute de la vida… No en balde suele verse en él la síntesis lograda entre Ilustración y Romanticismo. Otros pensadores y artistas se sitúan en ese interesante lugar: Leopardi, Hölderlin, Mozart… Von Humboldt es uno de los precursores (o quizá habría que decir más bien uno de los fundadores) de la ecología, las “ciencias de la Tierra” y los esfuerzos por comprender las totalidades que en la segunda mitad del siglo XX desembocarán en la teoría de sistemas y los enfoques de la complejidad.

El objeto del conocimiento de la verdad, sostenía el científico y explorador, debería ser “no el poder sino el disfrute de la vida”. Sus esfuerzos científicos se dirigían a “despertar un conocimiento de todas las cosas dignas de amor”. En su magna obra Cosmos (que comenzó a publicar en 1845) trataba de explicar cómo en la naturaleza cada cosa estaba conectada con todas las demás, cómo todas las fuerzas de la naturaleza se hallaban en mutua dependencia. Valoraba como el núcleo del progreso histórico “el concepto de humanización, la tendencia a echar abajo las barreras del prejuicio y la religión y la creencia en que la humanidad es una gran comunidad capaz de desarrollar sus posibilidades inherentes”. Theodore Zeldin, que recoge estas palabras de Humboldt, comenta con acierto: “Fue también prisionero de la tela de araña [ideológica] de su época, un optimismo ingenuo, y no logró ver que la historia podía ir tanto hacia atrás como hacia adelante, pero si liberamos su pensamiento de esa ingenuidad, aparece como algo fundamental y poderoso.”[4]

¿No deberíamos entender la ciencia y la técnica más según el modelo de la bolsa (o morral) de transporte que el de la azagaya de dominación? Así lo proponía Ursula K. Le Guin en su espléndido texto “The carrier bag theory of fiction” (1986).[5] Gregory Bateson es otro faro en la oscuridad: “No debemos permitir que nuestra comprensión imperfecta alimente nuestra angustia y así incremente la necesidad de control. Más bien nuestros estudios podrían inspirarse en un motivo más antiguo, pero hoy menos respetado: una curiosidad sobre el mundo del que formamos parte. La recompensa de este trabajo no es poder, sino belleza.”[6] Expresado de otra forma por el gran matemático francés Poincaré: “El científico no estudia la naturaleza porque es útil: la estudia porque se deleita en ella, y se deleita en ella porque es bella. Si la naturaleza no fuese bella, no valdría la pena conocerla, y si no valiese la pena conocer la naturaleza tampoco valdría la pena vivir la vida.”[7]

La oposición se daría, en palabras del ecólogo Aldo Leopold, entre “la ciencia que afila su espada versus la ciencia que ilumina su universo”.[8] A la primera (“la ciencia que afila su espada”) se asocia Homo sapiens como conquistador y la naturaleza como esclava, nos dice Leopold; a la segunda Homo sapiens como ciudadano biótico, y la naturaleza como comunidad biótica.

Aunque estemos aquí evocando a pensadores modernos, en realidad este asunto quedó planteado ya en la Antigüedad grecorromana. En la filosofía antigua el fruto de la contemplación de la naturaleza se llamaba “grandeza del alma” (magnanimidad) y estaba relacionado con una “mirada desde arriba” a las cosas humanas, una liberación con respecto a las “pasiones” del cuerpo y una pérdida del miedo a la muerte. Es un asunto que ha estudiado con detalle Pierre Hadot, quien relaciona esta “física de la contemplación” con una mirada desinteresada que está en la base de lo que denomina “actitud órfica”. Ésta es una mirada que no saca provecho utilitario del descubrimiento de “los secretos de la naturaleza” (como sí es propio de su opuesto: la actitud prometeica), sino que en su lugar permite el brotar del asombro y la admiración. En este sentido, la física tiene así una función dentro de la práctica espiritual, pues conduce a la “paz del alma”: “El estoico alcanzará la paz del alma situándose en una disposición de consentimiento a la voluntad de la Razón que dirige el universo, mientras que el epicúreo también alcanzará la paz del alma pensando en la infinidad de los mundos en el vacío infinito, sin temer ni los caprichos de la divinidad ni los ataques de una muerte que no es nada para nosotros. Las teorías físicas propuestas por estas escuelas están, pues, destinadas a liberar al hombre de la angustia que experimenta ante el enigma del universo”.[9]

Para Carl Jung, quien de alguna forma también representa la crítica romántica frente a la Ilustración (freudiana en este caso), la ciencia moderna “no es realmente un instrumento perfecto, pero es una herramienta magnífica y valiosa que sólo causa daños cuando se la toma como un fin en sí misma. La ciencia debe servir; se equivoca cuando usurpa el trono. Debe estar lista para servir a todas sus ramas, pues cada una, insuficiente por sí misma, necesita la ayuda de las otras. (…) Forma parte de nuestro entendimiento y sólo oscurece nuestro pensamiento cuando afirma que el entendimiento que transmite es el único tipo que existe. Oriente nos enseña otro entendimiento, más amplio, más profundo, superior: el entendimiento a través de la vida”.[10]

En síntesis: lo que caracteriza a la ciencia es a) el interrogatorio/ diálogo con la realidad/ naturaleza (el mundo “ahí afuera”) y b) los procedimientos autocorrectivos. Es cierto que el interrogatorio puede consistir en atar a la naturaleza al potro de tortura (las famosas y terribles imágenes de Francis Bacon), pero no tiene por qué ser necesariamente así. Hay otras vías… Una humanidad que optase por la simbiosis con la naturaleza en vez de la dominación podría sin duda hacer ciencia (de hecho, una ciencia mejor que la que hoy prevalece). Se trataría –podríamos decir con William Morris– de buscar el conocimiento (y la belleza) como un fin en sí mismo, y no como un medio para dominar a otros; se trata de renunciar a una parte del dominio sobre la naturaleza que hemos adquirido, y vivir una vida más sencilla, plena y libre.[11]

 

[1] Una anotación del 25 de diciembre de 1851, El diario (1837-1861) vol. 1, Capitán Swing, Madrid 2013, p. 156-157.

[2] https://www.speak4nature.eu/es/dictionary/mecanicismo/

[3] Francisco Fernández Buey, Para la tercera cultura, El Viejo Topo, Barcelona 2013; https://tienda.elviejotopo.com/pensamiento/992-para-la-tercera-cultura-ensayos-sobre-ciencias-y-humanidades-9788492616053.html . Salvador López Arnal resumía así algunas de las tesis de este libro:

“1. El humanista de nuestra época no tiene por qué ser un científico en sentido estricto, de hecho no puede serlo, “pero tampoco tiene por qué ser necesariamente la contrafigura del científico natural o el representante finisecular del espíritu del profeta Jeremías, siempre quejoso ante las potenciales implicaciones negativas de tal o cual descubrimiento científico o de tal o cual innovación tecno-científica”.

  1. Si se limita a ser esa contrafigura, el intelectual tradicional, el humanista, tiene todas las de perder. “Puede, desde luego, optar por callarse ante los descubrimientos científicos contemporáneos y abstenerse de intervenir en las polémicas públicas sobre las implicaciones de estos descubrimientos”. Sólo que entonces, remarca oportunamente FFB, “dejará de ser un contemporáneo”.
  2. Consciente de ello, el humanista de nuestra época podría ser, debe ser también un amigo de la ciencia. En un sentido parecido “a como lo son, a veces, los críticos literarios o artísticos, equilibrados y razonables, de los narradores, de los pintores y de los músicos”.
  3. Si, como se suele afirmar, hemos de aspirar en el siglo XXI a una tercera cultura, a otra cultura más integradora, y a una ciencia con conciencia, como él mismo escribiría en el ensayo que dedicó a uno de sus granes clásicos, Albert Einstein, “el éxito de esta aspiración no dependerá ya tanto o sólo de la capacidad de propiciar el diálogo entre filósofos y científicos como de la habilidad y precisión de la comunicación científica a la hora de encontrar las metáforas adecuadas para hacer saber al público en general lo que la ciencia ha llegado a saber sobre el universo, la evolución, los genes, la mente humana o las relaciones sociales”.
  4. La consideración anterior obliga a prestar mucha atención “no sólo a la captación de datos y a su elaboración, a la estructura de las teorías y a la lógica deductiva en la formulación de hipótesis, o sea, al método de investigación, sino también a la exposición de los resultados, a lo que los antiguos llamaban método de exposición”. Si se concede importancia a ello como debe concederse, a la forma de exponer resultados científicos alcanzados (el punto es esencial políticamente para religar ciencia y ciudadanía) hay que volver entonces “la mirada hacia dos de los clásicos que vivieron cabalgando entre la ciencia propiamente dicha y las humanidades y que dieron además mucha importancia a la forma arquitectónica de la exposición de los resultados de la creación y de la investigación: Goethe y Marx”. A ambos, clásicos también del estudioso de Gandhi y Lenin, les debemos, entre muchas otras cosas valiosas, consideraciones y reflexiones sobre el método de exposición “cuyo valor se apreciará tanto más cuanto mayor sea nuestra atención a la ciencia como pieza cultural”. Prólogos y prefacios de El Capital son muestra de ello.

La proclama ilustrada-y-más-que-ilustrada del autor puede decirse así: atrévete a saber porque (una neta ampliación de la XI tesis sobre Feuerbach) el saber científico (falible, provisional, casi siempre probabilista cuando no sólo plausible) ayuda en las decisiones que conducen al hacer, es imprescindible en asuntos de praxis. “Ayuda también a la intervención razonable de los humanistas en las controversias públicas del cambio de siglo”. Si bien, por lo general, esta ayuda se produce por vía negativa: “indicándonos lo que no podemos hacer o lo que no nos conviene hacer”. Francisco Fernández Buey solía recordar en estos casos las palabras de Maquiavelo: “Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”. ¡Para evitarlos, no para hundirnos en ellos!” Salvador López Arnal en espai marx, 13 de agosto de 2013; https://espai-marx.net/?p=2315

El pensamiento crítico –y la ciencia social crítica– pueden ganar fuerza de “un racionalismo atemperado por la consciencia crítica de lo que ha sido y es la vida de los hombres”. Francisco Fernández Buey, La ilusión del método, Crítica, Barcelona 1991, p. 245.

[4] Thedore Zeldin, Historia íntima de la humanidad, Plataforma Editorial, Barcelona 2014 (el original en inglés es de 1996), p. 221.

[5] https://arquitecturacontable.wordpress.com/2021/01/14/ursula-k-leguin-teoria-bolsa-para-llevar-cosas/

[6] Bateson citado por Tim Parks, “Everything is connected”, The Guardian, 13 de septiembre de 2008; https://www.theguardian.com/books/2008/sep/13/politics.art

[7] Jules Henri Poincaré citado en Eric D. Schneider y Dorion Sagan, La termodinámica de la vida, Tusquets, Barcelona 2006, p. 78.

[8] Aldo Leopold, “Escudilla”, en Una ética de la tierra, Catarata, Madrid 1999, p. 153.

[9] Pierre Hadot, El Velo de Isis. Ensayo sobre la historia de la idea de naturaleza. Ediciones Alpha Decay, Barcelona 2015, p. 248.

[10] Jung citado en Boaventura de Sousa Santos, El fin del imperio cognitivo, Trotta, Madrid 2020, p. 79.

[11] William Morris, “La sociedad del futuro” (1887), en La Era del Sucedáneo, Pepitas de Calabaza, Logroño 2016, p. 63-64.

el cuatrimestre de las aulas vacías

Clase de las 15’30, ayer tarde (9 de mayo): cinco estudiantes (de un grupo de 32). Clase de las 17’30: tres estudiantes (de un grupo de 15). Vale, es viernes por la tarde, estamos a final de curso, yo no paso lista, se trata de estudiantes de tercer y cuarto curso. Pero anteayer me contaba el joven profesor Adrián Santamaría que en clase de ética de primer curso habían asistido a clase apenas una docena de estudiantes (de un grupo de más de sesenta).

Éste habrá sido el cuatrimestre de las aulas vacías. Uno no puede evitar preguntarse: ¿qué estoy haciendo mal?

Y sin embargo hay que plantear, probablemente, otras preguntas previas. ¿Qué está sucediendo con la vivienda y los alojamientos en España? “Un profesor nos contó lo que estaba pasando en Sevilla: el alto precio de los alquileres y las residencias universitarias hacía que muchos alumnos que viven en otras ciudades fuesen a clase sólo una o dos veces por semana. Van, echan el día y se vuelven. No pueden permitirse más.”[1]

Me decía el decano de mi Facultad, Manuel Alcántara: “Efectivamente es un drama lo de la vivienda en Madrid, con repercusiones también para quienes desearían estudiar aquí. Justo ayer tuve una reunión con la decana de Filosofía y Letras de la UNAM en México y me comentaba que habían detectado ese problema también para los estudiantes que querían venir de estancia desde allí.”[2]

En un estudio reciente en Barcelona (El absentismo en las aulas universitarias de la UAB. Por qué vale la pena ir a clase) se constata que casi cuatro de cada diez estudiantes trabajan mientras estudian, una parte significativa presenta dificultades económicas o de salud, y la gran mayoría depende del transporte público para acceder al campus, a menudo afectados por el mal funcionamiento de algunos servicios de transporte.[3]

Uno intuye que otros tres factores están desempeñando un papel cada vez más importante. Por una parte, el avance de los trumpismos en muchos países lleva consigo una depreciación creciente del conocimiento como valor: un rasgo importante de estas nuevas ultraderechas, además de su antifeminismo y su antiecologismo, es su antiintelectualismo. Por otro lado, la rápida expansión de las Inteligencias Artificiales generativas induce en mucha gente la ilusión de que pueden aprender mejor, y más fácilmente, que en las aulas simplemente interactuando con un chatbot.

Y en tercer lugar, pero sobrevolándolo todo, el miedo al futuro. Hace un par de días me referí a la décima edición del informe de la Fundación SM Jóvenes españoles 2026, donde se califica el sentimiento de los y las investigadas con respecto al futuro como apocalíptico. En un artículo en el New York Times, Anna Louie Sussman examina cómo la incertidumbre y el miedo al futuro sería el elemento clave para entender el actual declive demográfico en la mayor parte del mundo (en realidad, el mundo entero salvo algunas regiones de África) incluso en entornos con situaciones económicas aceptables y servicios sociales suficientes.[4]

Y después de todo lo anterior, efectivamente uno ha de preguntarse: ¿en qué puedo mejorar mi docencia?

 

[1] https://x.com/FernandoArancon/status/2048844236544528539 (tuit del 27 de abril de 2026).

[2] Comunicación personal, 28 de abril de 2026.

[3] José Luis Muñoz Moreno y otros: L’absentisme a les aules universitàries de la UAB : per què val la pena anar a clase, Institut de Ciències de l’Educació (Universitat Autònoma de Barcelona), Bellaterra 2026; https://ddd.uab.cat/record/327188

[4] Anna Louie Sussman, “Why so few babies? We might have overlooked the biggest reason of all”, The New York Times, 8 de mayo de 2026;  https://www.nytimes.com/2026/05/07/opinion/birthrate-kids-parents-demographics-future.html . También en español: https://www.nytimes.com/es/2026/05/08/espanol/opinion/tasa-natalidad-maternidad-demografia-futuro.html . Leemos en el texto: “El futuro nunca ha estado asegurado, pero da la sensación de que vivimos en una época de incertidumbre espectacular. En Estados Unidos, la permanencia en el empleo se ha contraído y la volatilidad de los ingresos ha aumentado. La esperanza de vida, antaño en inexorable marcha ascendente, ha descendido para las mujeres y los hombres con menos estudios. Muchas de las fuerzas sobre las que se asienta nuestra economía –la inteligencia artificial (IA), la inmigración, el comercio mundial– se sienten angustiosamente volátiles; la perturbación, antaño sinónimo de alboroto o problema, es el ethos rector de un sector aterradoramente poderoso de nuestra economía. El auge de los mercados de predicción ha convertido el mundo en un gran casino. La crisis climática se dispara, al igual que los costos de todo lo que podría permitir la maternidad, ya sea un techo o el cuidado de los niños. El último medio siglo nos ha traído una desigualdad pasmosa, acompañada de un fuerte declive de la movilidad social. Las dos generaciones que actualmente están en edad de procrear llevan las cicatrices psicológicas y financieras de haber llegado a la mayoría de edad en medio de catástrofes a escala mundial: los milénials de más edad entraron en el mercado laboral durante la Gran Recesión; muchos vieron cómo sus padres perdían sus trabajos o sus casas. La generación Z, cuyas vidas se vieron trastocadas por la pandemia del COVID-19, se encuentra ahora compitiendo contra la IA por puestos de trabajo de nivel inicial e incluso por posibles parejas. El hombre que dirige Estados Unidos parece entregado sin reservas al caos en casa y en el extranjero. (…) Para entender los cambios actuales de la población debemos mirar más allá de los indicadores que los investigadores de otros contextos han denominado como ‘la sombra del pasado’. ¿Alguien tiene trabajo? ¿Está casado? ¿Tiene estudios universitarios? También debemos considerar lo que se ha definido como las ‘sombras del futuro’…”

avaricia, afán de dominio y tecnofascismo

Han tardado años en verlo, pero por fin El País titula: “La IA sin careta: avaricia y tecnofascismo” (lástima que ello no compense la desaforada promoción de la IA que llevan tanto tiempo practicando). Según el artículo, “en cinco días ha quedado claro que la IA puede tumbar el sistema financiero mundial, que ya todas las big tech prestan sus servicios sin disimulo al mayor ejército del mundo y que esto no va de beneficiar a la humanidad, sino de enriquecer a sus dueños”.[1]

Se está produciendo una tardía, tímida e insuficiente reacción… Gary Marcus sintetiza: “Fuera de las aplicaciones en programación (donde hay un valor claro) y un puñado de otros dominios (p. ej., lluvia de ideas), la IA generativa ha tenido un impacto neto negativo para la sociedad. Ha estado socavando la educación secundaria y universitaria, abriendo las puertas a la vigilancia masiva, aumentando la desinformación, los engaños, la suplantación de identidad, el phishing y otras formas de ciberdelito, la pornografía deep fake no consentida, los sesgos en la contratación y otros dominios, y la disparidad económica, inundando el mundo con basura y centros de datos no deseados, sobreexplotados y dañinos para el medio ambiente que nos someten al riesgo de una recesión.

Simultáneamente, ha empoderado a un grupo de personas que quieren privatizar casi todas las ganancias mientras dejan todos los inconvenientes a la sociedad, sin asumir ni la mínima responsabilidad. No creo que estemos mejor que hace cuatro años.

Parte de esto son problemas técnicos (los LLM no son confiables), otra parte político-económicos (como la absoluta falta de regulación responsable). La mayor parte de ello era predecible. Casi nada de ello es bueno.

Dicho todo esto, creo honestamente que alguna forma futura de IA podría ser genial. Pero la IA generativa ha hecho más daño que bien, y ha sido gestionada de manera irresponsable. No es de extrañar que muchas personas hayan dicho: hasta aquí”.[2]

 

[1] Manuel G. Pascual, “La IA sin careta: avaricia y tecnofascismo”, El País, 3 de mayo de 2026.

[2] https://x.com/GaryMarcus/status/2050750631342907725

un mundo de riqueza y belleza casi inexpresables

Vivimos en un mundo de riqueza y belleza casi inexpresables, heredado de muchas generaciones anteriores de seres vivos, antepasados humanos y no humanos: los parques urbanos (como el del Retiro por donde paseo ahora), los bosques primarios, los muesos de bellas artes (a diez minutos de camino desde aquí, ¡el Prado!), las playas y las dunas y los océanos, las acogedoras bibliotecas, las escuelas y universidades con su gente joven avanzando hacia lo mejor de sí misma, los huertos que nos nutren, esos palacios submarinos que son los arrecifes de coral o las praderas de posidonia, los hospitales públicos, los humedales bullentes de vida, los desiertos y estepas y otros biomas que erróneamente juzgamos pobres, las salas y conciertos de música, las raves, los éxtasis y epifanías (con ayuda química extrasomática o sin ella), los cafés con sus inagotables tertulias, el discurrir fraterno de las nubes, la alegría del perrito que compartimos en su paseo, el abrazo de la persona que amamos: y todo esto ¿lo vamos a perder por ser unos desdichados yonquis incapaces de desengancharnos de los combustibles fósiles?

lo terrestre frente a la «planetariedad»

No: lo terrestre (y gaiano) frente a esta “planetariedad” de Armen Avanessian.

Desde esta muy errada perspectiva (el punto de vista desde Sirio, más o menos), un dron puede sustituir a una abeja (análogamente a como tecnología y capital se supone pueden sustituir a lo que llaman “capital natural”) y ello se celebrará como una ganancia de complejidad.

Desde nuestra perspectiva terrestre, superar el dualismo naturaleza-cultura, dejar atrás el principio antrópico y comprendernos como parte de un planeta en coevolución constante son principios importantes; pero no se puede compartir semejante aceleracionismo que pide, “provocativamente, más alienación desde el futuro”.[1]

Nuestro hogar no es un (no)lugar planetario. Es un hogar terrestre.

 

[1] Armen Avanessian: “La pregunta no es sólo cómo pensamos la naturaleza, sino también quién piensa” (entrevista), El Salto, 13 de abril de 2026; https://www.elsaltodiario.com/atenea_cyborg/armen-avanessian-naturaleza-planetariedad

ceguera ante el apocalipsis y ceguera hacia la energía

Con los combustibles fósiles –con su excepcionalidad no reconocida como tal– nos hemos emborrachado de energía casi gratis: una cogorza de proporciones cósmicas que ha desestabilizado muchas dimensiones de la biosfera, comenzando por el clima de la Tierra. Un barril de petróleo igual a cinco años de trabajo físico de un ser humano:[1] esta ecuación debería figurar grabada en la puerta de todas las escuelas, pero ¿quién se ha topado con ella alguna vez, fuera de debates ecologistas de esos que se consideran “de nicho” y de algunas formaciones especializadas? Nuestra ceguera ante el apocalipsis (Günther Anders) va de la mano con nuestra ceguera hacia la energía (Nate Hagens).

 

[1] Véase lo que cabe llamar la “trilogía del petróleo” (tres vídeos breves) de Nate Hagens: “What You Actually Need to Know About Oil: Frankly 135, 136 & 137”. https://tratarde.org/como-entender-la-actual-crisis-energetica-tres-videos-breves-de-nate-hagens/

sobre atrofia cognitiva y convergencia mecanizada

La IA generativa sirve para manipular datos, para gestionar documentos, pero no para comprender. Si olvidamos esto, nos adentramos en el camino que lleva a la pérdida de lo humano…

Escribe Brad Stulberg: “Estamos en un punto de la historia —no acercándonos a él, sino aquí donde nos hallamos ya— en que todos van a tener que decidir si están conformes con adormecerse con un flujo interminable de bazofia digital similar al fentanilo, o si van a luchar por su humanidad y tocar tierra y desafiarse a sí mismos y crear y participar y amar.”[1]

Por lo demás, es la propia Microsoft la que constata que “una mayor confianza en la IA generativa se asocia con menos pensamiento crítico”.[2]

 

[1] Sigue la reflexión así: “Décadas de investigación muestran que las personas se sienten más realizadas cuando se preocupan profundamente por proyectos significativos. Cuando tienen maestría y sentido de trascendencia. Cuando hacen un buen trabajo y aman a buenas personas. Nadie se siente ni rinde al máximo cuando está desplazándose sin pensar.

El antídoto a la distracción masiva algorítmica es el enfoque profundo y el esfuerzo duradero en actividades significativas. Hacer música. Escribir. Correr. Hacer jardinería. Entrenar. Bailar. Construir mesas.

Cuando trabajas con un enfoque profundo en una actividad o artesanía —cuando te lanzas de lleno a algo que te importa y le das todo de ti— experimentas lo opuesto a la añoranza existencial. Experimentas presencia, profundidad y vitalidad.

Quizás el mayor riesgo del mundo moderno es que vayamos adonde nos lleve la corriente, como autómatas flotando a lo largo de una cinta transportadora pixelada hacia ninguna parte. Lo único que nos separa de esta distopía somos nosotros mismos. Nuestra agencia —nuestra atención, nuestra capacidad para pensar, crear y amar—exige que luchemos por ella.” https://x.com/BStulberg/status/2044040321793671169

El extenso informe de la Universidad de Stanford sobre “IA centrada en el ser humano” se publica en la primavera de 2026, y Luiza Jarovsky (o su IA de confianza) resume así sus puntos clave: “1. La capacidad de la IA no está estancándose. Se está acelerando y llegando a más personas que nunca.

  1. La brecha de rendimiento en modelos de IA entre EE.UU. y China se ha cerrado efectivamente.
  2. EE.UU. alberga la mayoría de los centros de datos de IA, con la mayor parte de sus chips fabricados por una fábrica de Taiwán.
  3. Los modelos de IA pueden ganar una medalla de oro en la Olimpiada Internacional de Matemáticas, pero no pueden decir la hora de manera confiable, un ejemplo de lo que los investigadores llaman la “frontera irregular” de la IA.
  4. Los robots aún fallan en la mayoría de las tareas domésticas, incluso mientras destacan en entornos controlados.
  5. La IA responsable no está manteniendo el ritmo con la capacidad de la IA, con benchmarks de seguridad rezagados e incidentes en aumento pronunciado.
  6. EE.UU. lidera en inversión en IA, pero su capacidad para atraer talento global está disminuyendo.
  7. La adopción de la IA se está extendiendo a una velocidad histórica, y los consumidores están obteniendo un valor sustancial de herramientas que a menudo acceden de forma gratuita.
  8. Las ganancias de productividad de la IA están apareciendo en muchos de los mismos campos donde el empleo de nivel inicial está comenzando a declinar.
  9. La huella ambiental de la IA se está expandiendo junto con sus capacidades.
  10. Los modelos de IA para la ciencia pueden superar a los científicos humanos, aunque los modelos más grandes no siempre rinden mejor.
  11. La IA está transformando la atención médica clínica, pero la evidencia rigurosa sigue siendo limitada.
  12. La educación formal está rezagada con respecto a la IA, pero las personas están aprendiendo habilidades de IA en todas las etapas de la vida.
  13. La soberanía en IA se está convirtiendo en una característica definitoria de la política nacional, pero las capacidades siguen siendo desiguales, incluso mientras el desarrollo de código abierto ayuda a redistribuir quién participa.
  14. Los expertos en IA y el público tienen perspectivas muy diferentes sobre el futuro de la tecnología, y la confianza global en las instituciones para gestionar la IA está fragmentada.” https://x.com/LuizaJarovsky/status/2044033970560512149 ; véase el documento original en https://hai.stanford.edu/ai-index/2026-ai-index-report

[2] Microsoft Research (Hao-Ping Lee y otros), “The impact of generative AI on critical thinking: Self-reported reductions in cognitive effort and confidence effects from a survey of knowledge workers”, 2025; https://www.microsoft.com/en-us/research/wp-content/uploads/2025/01/lee_2025_ai_critical_thinking_survey.pdf

“Lo que realmente sucedió en el estudio es lo siguiente. A los trabajadores se les pidió documentar cada vez que usaban IA en el trabajo — qué hicieron, cuán confiados se sentían en la IA y cuánto involucraron su propio cerebro en el proceso.

El patrón fue idéntico en cada profesión. Cada industria. Cada tipo de tarea. Cuanto más confías en la IA, menos piensas. Y aquí está la parte que lo empeora. Los trabajadores que más confiaban en la IA también reportaron terminar tareas más rápido. Se sentían productivos. Se sentían eficientes. No tenían idea de que la habilidad se les estaba escapando en tiempo real.

Los investigadores pusieron un nombre a lo que le sucede a tu cerebro cuando dejas de usarlo: atrofia cognitiva. La misma palabra que usan los médicos para los músculos que se atrofian cuando dejas de moverte. Tu capacidad de pensar se deteriora — silenciosamente, gradualmente — cada vez que dejas que la IA haga el trabajo en su lugar.

Los investigadores citaron algo que debería imprimirse en cada producto de IA enviado jamás: ‘Una ironía clave de la automatización es que, al mecanizar tareas rutinarias, privas al usuario de las oportunidades rutinarias para practicar su juicio — dejándolo atrofiado e desprevenido cuando surgen las excepciones’. Pero las excepciones son los únicos momentos que realmente importan.

La cirugía que no sale como se planeó. El caso legal sin precedente. La decisión de negocios que nadie ha enfrentado antes. El momento en que no hay plantilla ni prompt ni salida de IA para verificar. Ése es el momento en que tu cerebro necesita trabajar. Y ése es exactamente el momento en que la IA te ha estado entrenando en silencio para fallar.

Hay un hallazgo más del que nadie está hablando. Los trabajadores que más dependían de la IA no sólo pensaban menos. Producían resultados más homogéneos. Las mismas ideas. Las mismas estructuras. Las mismas soluciones — porque todos usaban los mismos prompts y aceptaban los mismos resultados. Los investigadores lo llamaron convergencia mecanizada. Equipos enteros circulando variaciones de un solo concepto generado por IA, confundiendo el pulido con la originalidad.

La IA no nos está haciendo más productivos. Nos está haciendo más idénticos. Y menos capaces de notar la diferencia.” https://x.com/iam_elias1/status/2043767406087286916

tecnofascismo, de nuevo

Sobre IA y democracia es importante la reflexión que Máriam Martínez-Bascuñán viene desarrollando durante los últimos meses. La politóloga de la UAM recoge cómo, cuando Trump se dirigió a Irán desde el pórtico sur de la Casa Blanca en pleno paroxismo de la guerra, a su lado tenía a un hombre disfrazado de conejo de Pascua.

“Parecía un montaje, pero no lo era. Llevo días pensando en por qué me costó saberlo y no es una pregunta menor. Mientras Trump aparecía flanqueado por un conejo gigante, escribía en Truth Social: ‘Una civilización entera morirá esta noche para no volver jamás’. Amenaza de exterminio y disfraz de conejito en el mismo scroll y protagonizados por el hombre con el dedo en el gatillo de la mayor potencia militar de la historia. ¿Cómo se juzga eso políticamente? ¿Qué escala moral sirve para medir una semana así? Porque Trump ha conseguido exactamente eso: saturar el espacio público con imágenes tan contradictorias, extremas y absurdas que la perplejidad es ya nuestro estado normal. El conejo de Pascua no es inocente. Además de un insulto, es parte del mismo mecanismo que hace que una amenaza de exterminio civilizatorio se reciba como hipérbole negociadora, como síntoma psiquiátrico, como cualquier cosa menos como lo que es.

Y mientras esto ocurre a la luz del día, algo más perturbador sucede en la oscuridad. El ejército estadounidense utiliza en Irán un sistema de IA llamado Maven, de la empresa Palantir. Un soldado se sienta frente a una pantalla que le dice: éste es el objetivo. El soldado lo aprueba y el ataque se lanza. El sistema permite tomar mil decisiones de ese tipo por hora, algo sin precedentes en la historia militar. ¿Fue así como se decidió el bombardeo del 28 de febrero a una escuela primaria en Minab? Esa mañana, un misil asesinó a decenas de niñas de entre siete y doce años. Esto no es solo una tragedia; es el síntoma de algo más profundo. ¿Fue así como murieron las niñas de Minab? ¿Un soldado mirando una pantalla, pulsando una tecla? Cuando la decisión la sugiere un algoritmo y el humano solo aprueba, ¿quién es el responsable?

El problema no es sólo la velocidad de las máquinas sino también la velocidad de nuestra atención. Mientras una inteligencia artificial toma mil decisiones por hora sobre Irán, las redes frivolizan el exterminio con la imagen de un conejo de Pascua. Son dos algoritmos trabajando en paralelo: uno produce hechos, otro impide que los reconozcamos, porque reconocer algo políticamente exige condiciones que se han erosionado, como tiempo para pensar y un espacio donde lo que vemos individualmente se transforme en algo compartido. Pero sobre todo, exige que la escala de nuestro juicio no se disuelva, que mantengamos la capacidad de medir la gravedad de las cosas y distinguir lo urgente de lo importante, lo grave de lo escandaloso, lo que exige respuesta de lo que simplemente impacta.”[1]

 

[1] Máriam Martínez-Bascuñán, “Irán y el conejo de Pascua”, El País, 12 de abril de 2026; https://elpais.com/opinion/2026-04-12/iran-y-el-conejo-de-pascua.html . La politóloga termina así su artículo: “Si todo es igualmente extremo, ¿cómo saber si lo de hoy es más o menos grave que lo de ayer? O dónde poner la atención, o cuánta indignación corresponde a cada cosa. Porque lo peor es que no estamos engañados sino saturados. Cada semana es más extrema que la anterior, cada imagen más absurda, cada hecho más difícil de procesar. Lo que permite transformar lo que sabemos en algo políticamente relevante está siendo erosionado por la saturación de imágenes y decisiones que operan a velocidades incompatibles con la deliberación democrática. Es una estrategia calculada que erosiona cómo distinguimos lo grave de lo trivial, lo urgente de lo espectacular. Por eso necesitamos repensar un espacio público donde los hechos vuelvan a tener peso y el pensamiento no sea inmediatamente desplazado por la siguiente imagen; un lugar, en fin, donde reconocer algo como políticamente relevante vuelva a ser posible.”

tecnofascismo, otra vez

Carmen Madorrán en la presentación del libro de Lucía Ortiz de Zárate Ética en la inteligencia artificial, en Espacio Dykinson, el 19 de marzo de 2026, justo antes del equinoccio de primavera: “Invitarnos a usar IA a los profesores de Humanidades es como pedir a un médico que haga daño a sus pacientes”.

A la hora de valorar de manera amplia la digitalización y las IA, lo principal es percatarnos de que están posibilitando que se desplieguen y vayan afianzándose formas de totalitarismo inéditas, como nunca antes ha conocido la humanidad. Lo estamos viendo en directo en EEUU, en Rusia, en China; ¿y aplaudimos porque se pueden crear impresionantes videojuegos, u organizar bibliografías académicas más fácilmente –y sobre todo acelerar aún más las demenciales dinámicas tecnosociales donde estamos inmersos?

Algunos despistados hablan de ecofascismo, pero la verdadera amenaza es el tecnofascismo.

los peces en el río

Las poblaciones de peces de agua dulce han disminuido en más del 80% desde 1970 (¡en apenas medio siglo!),[1] lo que refleja una dramática caída de la calidad del agua de nuestros ríos, lagos y zonas húmedas por la contaminación, la construcción de barreras y la masiva expansión del regadío.

La crisis ecológico-social (que se despliega desde hace más de medio siglo) es lo más grave de todo lo muy grave y gravísimo que está pasando; pero hoy, igual que durante los decenios anteriores, las mayorías sociales siguen sin hacer caso. Con una buena parte de las mismas negando la realidad y otra parte haciendo “como si” y engañándose con estrategias compensatorias (es decir, fingiendo políticas ecológicas que en realidad no están a la altura de los problemas que afrontamos).

 

[1] https://insideclimatenews.org/news/24032026/migratory-freshwater-fish-disappearing/

sobre «malismo»

¿Hasta dónde puede conducirnos el “malismo” que en años recientes las ultraderechas y derechas de casi todo el mundo han ido introduciendo, de forma casi juguetona a veces, en la vida pública de nuestras sociedades? El ataque de Israel y EEUU contra Irán en la primavera de 2026, culminando una trayectoria previa de progresivo desprecio por las normas comunes y la decencia humana básica, lo muestra: nos conduce hasta guerras de agresión que sitúan al mundo al borde de un holocausto nuclear; hasta ecocidios que eliminan todo provenir deseable para las generaciones futuras; hasta genocidios como el espanto que ha vivido Gaza, y que ha desembocado en que “Israel ha institucionalizado la tortura como un elemento estructural del genocidio y el apartheid colonial contra el pueblo palestino”, como denuncia Francesca Albanese.[1]

El ecocidio estaba ya fatalmente normalizado. Pero desde 2023 en adelante hemos normalizado también el genocidio… El retroceso ético (sobre todo en Occidente) es enorme.

 

[1] ONU: “El genocidio se ha convertido en la forma última de tortura del pueblo palestino, denuncia una experta”, 23 de marzo de 2026; https://news.un.org/es/story/2026/03/1541270

¿un coche impulsado por carbón vegetal, como ahora alguno en cuba, sería una buena idea?

Somos una población humana cuatro veces superior a lo que la Tierra puede mantener de forma más o menos sustentable.[1] Y cuando fallan los combustibles fósiles, que son la fuente de energía que ha posibilitado esa enorme sobrepoblación, como ahora en Cuba (por la intensificación del criminal bloqueo de EEUU), se recurre al carbón vegetal o la leña…[2] Es decir, a la destrucción intensificada de la vida en la Tierra (considerada como recurso natural, “biomasa”). Éste es el tenebroso horizonte humano-terrestre en el Siglo de la Gran Prueba, si no somos capaces de un decrecimiento planificado, justo y solidario (que ha de incluir también un decrecimiento demográfico “por las buenas”, es decir, basado en la salud reproductiva y el control de las mujeres sobre su cuerpo y su sexualidad).

(Hace unos años escribí esto: https://www.fuhem.es/papeles_articulo/somos-demasiados-reflexiones-sobre-la-cuestion-demografica/?srsltid=AfmBOortlF6_0orCct07C1ArnIzseCZVXbr8yhBy8uicAj0y4diySmo5 )

 

[1] Corey J.A. Bradshaw y otros, “Global human population has surpassed Earth’s sustainable carrying capacity”, Environmental Research Letters vol. 21 num. 6, 27 de marzo de 2026; https://iopscience.iop.org/article/10.1088/1748-9326/ae51aa . Véase también https://www.elperiodico.com/es/medio-ambiente/20260401/tierra-rebasado-nivel-poblacion-asumible-128651088

[2] Noor Mahtani, “Magos contra la escasez en Cuba: coches a carbón y baños con agua de lluvia. Apagones infinitos y la falta de agua y combustible obligan a los cubanos a una agotadora tarea de supervivencia diaria”, El País, 6 de abril de 2026; https://elpais.com/america/2026-04-03/magos-contra-la-escasez-en-cuba-coches-a-carbon-y-banos-con-agua-de-lluvia.html

la palabra verdadera

Mi rechazo –desde siempre– al modo enfático y engolado de recitar poemas, como con voz de estatua de mármol, lo encuentro confirmado en esta explicación que Adam Zagajewski da sobre la manera antiteatral de dirigirse al público por parte del poeta Stanislaw Baranczac: “Existe una tensión, casi una contradicción insoluble, entre el enunciado poético que, de una manera artística y a menudo metafórica, persigue la verdad o la veracidad (aunque lo haga con métodos muy distintos de los que utiliza un enunciado periodístico, filosófico e incluso novelístico), y la expresión teatral, el ‘ambiente escénico’, el mundo de la farándula”.[1] Estamos hablando de esa verdad que es “el logos de los griegos, la garantía de la condición humana, la palabra verdadera”.[2] Sí me representa.

 

[1] Adam Zagajewski, Poesía para principiantes, Acantilado, Barcelona 2026, p. 114.

[2] Zagajewski, Poesía para principiantes, p. 126.

silicon valley es una secta gnóstica

Los seres humanos hemos imaginado semidioses, demiurgos y dioses a lo largo de los siglos: criaturas de fantasía donde se superarían las insuficiencias, desequilibrios y disfunciones de este simio averiado que somos, quien va creando más poder y complejidad de la que es capaz de gestionar. Ahora, los proyectos de IA general constituyen un paso al acto (en términos psicoanalíticos) de aquellas fantasías: el intento de crear un verdadero Dios en la Tierra (en vez de ser capaces de aceptar de verdad la finitud de lo humano). Silicon Valley es una secta gnóstica…

(Algo más sobre esto: https://tratarde.org/aceptar-la-condicion-humana/ )

sobre aquella «globalización feliz»

El horror descarnado de Trump y Netanyahu ¿no desvela la verdad de aquel tiempo que a muchos les parecía una época de afortunado progreso neoliberal y posmoderno en un mundo dominado por el Imperio del Norte –1991 a 2008, si quisiéramos periodizar? En aquellos años mucha buena gente (y mucha gente mala también, claro está) se hizo la ilusión de que habían quedado definitivamente atrás los “infiernos del siglo XX” (expresión recurrente en los ensayos de Adam Zagajewski, por ejemplo), sin darse cuenta de que estaban preparándose los infiernos –verosímilmente aún peores– del siglo XXI. En los años de “globalización feliz”, bajo la égida del monoteísmo del mercado (Roger Garaudy), se estaban cocinando a fuego lento estas aberraciones.

sobre el adjetivo «ubuesco»

¿Quince años tenía cuando me sumergí durante varias semanas en el mundo de Ubú Rey, en el programa de estudios de lengua y literatura francesa que cursaba por las tardes en el Institut Français de Madrid, donde estudié también, con semejante atención sostenida, L’éducation sentimentale de Flaubert, por ejemplo, o L’espoir de Malraux? Aún conservo estos libros en ediciones de bolsillo muy baqueteadas, y también apuntes míos de entonces. En el caso de Alfred Jarry, la suma de Tout Ubu que estaba disponible en Le Livre de Poche, y sigue estándolo para mí en la sección francesa de mi biblioteca.

Ay: hasta el advenimiento de Trump, Daddy Ubú, no hemos sabido verdaderamente qué demencia risible y sangrienta estaba anticipando Alfred Jarry. Ubú es la premonición genial de todas las tragedias del siglo XX (comenzando por la masacre mundial de 1914-18), traspuestas a un guiñol grotesco que nos hiela la sonrisa en el rostro (ubuesco es un adjetivo que se hizo enseguida tan imprescindible como kafkiano, al menos en lengua francesa). Hay que situar los mundos siniestros de Ubú cerca de las creaciones de Goya y de Beckett. Y ¿cómo no unirse al deseo de Joan Miró de que las últimas palabras que uno pronuncie antes de morir sean un vigoroso MERDRE!?

Espléndida exposición la de Ubú pintor en el Museo Picasso de Barcelona. Sí: no supimos de verdad qué significaba el adjetivo ubuesco hasta que llegó Donald Trump.