predicción de culpables sin que se haya cometido delito

Israel se ha convertido en un régimen criminal (todavía más que la antigua Suráfrica, pues a su política de despiadado apartheid contra los palestinos suma su colonial militarismo agresor contra casi todos sus vecinos). Y la UE sostiene, sin apenas matices, a ese régimen criminal: con todo lo que ello significa para la catadura moral de la UE.

Uno de los asuntos más terribles sobre los que hemos sabido en los últimos años se refiere a cómo el ejército y los servicios secretos israelíes emplean tecnologías informáticas avanzadas, e inteligencia artificial, para planear y ejecutar sus asesinatos. Júlia Nueno es una investigadora barcelonesa en el equipo de Forensic Architecture (University of London).[1] En una entrevista explica que las zonas residenciales de Gaza se bombardeaban más de noche –cuando más presencia civil había en las casas descansando–, y las comerciales durante el día –cuando más aglomeración civil se da en los mercados–: “Eso prueba que Israel bombardea siempre donde hay más presencia civil, maximizando el mayor daño posible”. Y prosigue:

“La IA ayuda a criminalizar a la ciudadanía porque siempre, en algún grado, será culpable. Una de las tecnologías que usa Israel, el sistema Lavender, otorga a la población una puntuación entre 1 y 100 de cuán posible es que forme parte de la resistencia armada. Si no hay valor 0, no hay posibilidad de inocencia”. En Cisjordania, “el ejército israelí empezó a usar las redes sociales para vigilar a la población y generar objetivos de posibles atacantes. Un ingeniero de la Shin Bet [también conocida como Shabak, la agencia de seguridad interna y contrainteligencia de Israel] reveló que habían desarrollado una herramienta que les permite llegar a casa de un adolescente una semana antes de que él incluso sepa que es un terrorista. El ejército ya no actúa como reacción a un acto violento, sino escudándose en la prevención” (¡como en la desasosegadora película Minority Report!). Vemos que se adopta la postura de la denominada sociedad de objetivos: “Las redes sociales son un sistema de objetivos. Cuando las usamos, recibimos una publicidad concreta porque hay patrones de uso que generan un perfil para ser objetivo de cierta publicidad. El sistema de ICE, la policía migratoria de Estados Unidos, también está analizando esos análisis de patrones para ver quién podría ser un migrante ilegal. Existen similitudes en cómo las Big Tech, la policía y los militares usan los sistemas de cálculo de probabilidad y generación de perfiles. El poder ya no espera que cometas un acto subversivo, se apoya en que el sistema pronostica que puedes hacerlo. (…) Es un sistema recursivo que se autojustifica. Te dice: tengo datos que justifican que maté a este individuo porque era un enemigo identificado. Esta creación constante de objetivos es una forma de justificar la guerra del futuro. Israel y Estados Unidos están generando nuevos objetivos sin descanso y la IA es su herramienta discursiva para justificar la guerra del futuro. Las guerras se aceleran porque predicen culpables sin que se cometa el delito.”[2]

 

[1] Forensic Architecture es una entidad multidisciplinar que aplica la minuciosidad forense sobre las violaciones de los derechos humanos, actuaciones extrajudiciales o crímenes de Estado.

[2] Júlia Nueno: “La IA acelera las guerras porque predice culpables sin que se cometa delito” (entrevista), El País, 20 de marzo de 2026; https://elpais.com/internacional/2026-03-20/julia-nueno-investigadora-del-genocidio-en-gaza-la-ia-acelera-las-guerras-porque-predice-culpables-sin-que-se-cometa-delito.html

sobre poesía y compromiso -un texto mío de hace algunos lustros

https://www.facebook.com/daniel.freidemberg/posts/en-mi-opini%C3%B3n-cuando-uno-intenta-escribir-poes%C3%ADa-su-compromiso-es-con-la-poes%C3%ADa-/10243999468945243/

«En mi opinión, cuando uno intenta escribir poesía, su compromiso es con la poesía. Éste es el compromiso primero y principal. Lo que sucede es que los poetas son más cosas, además de poetas; entonces, si se quiere, a esa dimensión de la poesía se sobreañade —se yuxtapone de alguna forma— una dimensión de ciudadano. Y eso, claro, tiene efectos sobre la poesía. Pero, por esa vía indirecta, no porque uno se diga de forma programática: voy a escribir poesía comprometida. Lo primero es la poesía y lo secundario, el compromiso. Uno tiene sus compromisos como ciudadano que vive en un mundo inaceptable; tengo compromisos con la sociedad en la que vivo, compromisos con mi tiempo, con determinadas causas. Con la idea de emancipación humana, con el proyecto de una sociedad igualitaria, con el intento casi desesperado de frenar la devastación ecológica del mundo en el que vivimos… Pero esos compromisos no son de naturaleza distinta de los que tiene cualquier ciudadano crítico y consciente del mundo en el que vive. “Los poetas no son ciudadanos especiales”, he dicho alguna vez. ¿Esos compromisos influyen, entonces, en la poesía que uno escribe? Claro que sí. No hay una escisión entre el momento en que uno escribe poesía y toda esa otra dimensión política, social o ecológica.»

los anishinaabe (a través de robin wall kimmerer) en el siglo de la gran prueba

Robin Wall Kimmerer, en Una trenza de hierba sagrada, transmite la profecía del pueblo anishinaabe sobre los Siete Fuegos como etapas de la humanidad. Estaríamos en el séptimo: «La gente que habita la tierra se encontrará una bifurcación en el camino. Tendrá que tomar una decisión sobre su futuro. Uno de los senderos es suave y verde, cubierto de hierba fresca. Dan ganas de caminar descalzo sobre él. El otro es de un negro calcinado, duro; los rescoldos se te clavarían en los pies si lo hicieras. Si la gente el camino de hierba, le dará sostén a la vida. Pero si elige el camino de ceniza, los daños que le ha causado a la tierra se volverán contra ella y traerán sufrimiento y muerte a todas las criaturas del planeta».

Comenta Fernando, un amigo: «No cabe duda de cuál hemos elegido; la única esperanza es que no haya holocausto nuclear (aunque soy incapaz de imaginar como haríamos para manejar el arsenal atómico, los residuos nucleares y las centrales, en un contexto de colapso del comercio mundial y carencia de recursos fósiles), y la deriva nihilista-nazi de todas las élites del Norte privilegiado y del Sur martirizado provoquen un colapso brutal de la megamáquina capitalista, que frene en seco las emisiones, la erosión de la biodiversidad y permita a Gaia recomenzar el proceso de restauración (tampoco seamos ingenuos: esto implicará el sacrificio de miles de millones de seres humanos).»

Añade Kimmerer: «El pueblo del séptimo fuego no caminaría hacia delante: su misión sería volver sobre los pasos de aquellos que nos trajeron aquí. Debían recorrer el camino rojo de nuestros ancestros y recoger todos los fragmentos que quedaron diseminados por el camino. Fragmentos de tierra, jirones de lenguaje, trozos de canciones, enseñanzas sagradas: todo lo que se perdió».

algo más sobre humanidades ecológicas

https://tratarde.org/sobre-las-humanidades-ecologicas/

Las Humanidades ecológicas, tal y como las hemos propuesto y desarrollado en los últimos años (remito al libro conjunto Humanidades ecológicas, que coordinaron Jose Albelda, Fernando Arribas y Carmen Madorrán, publicado en 2023), quieren ir más allá de las Humanidades ambientales al menos en tres sentidos: 1) superando los marcos del desarrollo sostenible y el “capitalismo verde” (hacia ecosocialismos y ecofeminismos); 2) asumiendo las tesis del Decrecimiento[1] (pensando, por consiguiente, en ecosocialismos descalzos o decrecentistas y en ecofeminismos de subsistencia); 3) desbordando el antropocentrismo (remito ahí a mis propuestas de humanismo descentrado).

Preguntaron una vez a Freud qué debería estudiarse en una Facultad de Psicoanálisis (lo cuenta el analista Gabriel Rolón), y contestó: arquitectura, poesía, filosofía, literatura, religión… Es decir, las formas en que los seres humanos intentamos encontrar un sentido frente a la angustia del vacío existencial. Nosotros podríamos resumir hoy: ¡Humanidades ecológicas! Las formas en que tratamos de averiguar cómo desenvolvernos en un mundo que padece una crisis de civilización profunda, con el objetivo de reinsertarnos en la biosfera, sobrellevar el dolor de vivir y dar una respuesta válida (siquiera para uno mismo) a la pregunta por el sentido de nuestra existencia.

 

[1] Decrecimiento con mayúscula, por las razones expuestas en Luis González Reyes y Adrián Almazán: Decrecimiento: del qué al cómo, Icaria, Barcelona 2023.

 

 

titánicos semidioses, pero exentos de toda responsabilidad

En una sociedad infantilizada, volcada en los tebeos de superhéroes, impresiona que la lección más básica de todas las impartidas en esa infraliteratura, aquello de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, no se asimile en absoluto. Pues resulta que, en las sociedades industriales fosilistas, todas y todos somos superhéroes: “primates de treinta toneladas” (Nate Hagens) que tienen decenas de esclavos energéticos a su disposición.[1] Deseamos ser titánicos semidioses, sí, pero exentos de toda responsabilidad.

 

[1] https://www.15-15-15.org/webzine/2018/07/13/a-donde-vamos-los-cuarenta-tipos-de-gris/

 

no mires dónde está el balón, busca dónde está el hueco

“Para descubrir la verdad hay que empezar por inventarla”, escribía Gonzalo Suárez en Con el cielo a cuestas. Vale, maestro: pero inventarla con una atención sin fisuras enfocada a la realidad.

(El padrastro del cineasta y escritor fue Helenio Herrera, gran entrenador de fútbol, quien le dio un valioso consejo aplicable también fuera de los estadios: no mires dónde está el balón, busca dónde está el hueco.)

 

hacerlo ligero

Es un fin de mundo, sí. Pero no deberíamos intentar cargar ese peso sobre nuestras espaldas: nos quebraría (sobre todo si lo intentamos en soledad). Cabe intentar si acaso el difícil ejercicio que propone Adam Zagajewski (en su poema IMPROVISACIÓN): “Hay que hacerse cargo de todo el peso del mundo/ y hacerlo ligero…”

(En cada agenda mía de estos últimos años he copiado estos dos versos.)

en el juzgado de lo penal por protestas climáticas

https://noticiasobreras.es/2026/02/en-el-juzgado-de-lo-penal-por-protestas-climaticas/

Vemos con desazón y espanto el genocidio en Gaza, la deriva fascista en EEUU, el avance de las ultraderechas en casi todo el mundo, la reacción frente a las conquistas del feminismo, las estrategias de contra-Ilustración, el despliegue de posverdad y máquinas de generar bulos, el asalto contra los recursos públicos y los bienes comunes, los ataques contra quienes defienden los derechos humanos, el descontrol de la tecnociencia, el caos climático frente al cual nuestras sociedades siguen básicamente sin actuar, el desgarro de la red de la vida (Sexta Gran Extinción), y nos preguntamos: ¿cómo hemos podido llegar a esto? ¿Quién hubiera pensado que estaríamos así como sociedad a estas alturas de la historia? Nos miramos en un espejo y no nos reconocemos…

Por otra parte, si lo pensamos un poco (y estudiamos un poco también: historia, economía política, termodinámica, ecología, psicología, filosofía moral…), no resulta difícil entender el trasfondo de esta trayectoria catastrófica: no fuimos capaces de detener a tiempo el despliegue destructivo del capitalismo.

Pero vayamos a algo más concreto. Dentro de algunas semanas, el 26 de mayo de 2026, me veré ante la jueza titular del Juzgado de lo Penal número 8 de Madrid, en el primer juicio penal que voy a afrontar en mi vida (aunque no será el último). He participado en diversas protestas noviolentas a lo largo de los años, como parte del trabajo que hacemos desde movimientos sociales como el ecologismo y el pacifismo, que luchan por la supervivencia y la emancipación. Lo he hecho convencido de que supone un deber cívico en un mundo atravesado de injusticia, explotación y opresión, donde van menguando las posibilidades de evitar los desenlaces peores. En particular, dos acciones de desobediencia civil pacífica contra la tragedia climática que va desplegándose en nuestro siglo –el Siglo de la Gran Prueba, como lo vengo llamando desde que titulé así un libro en 2013– dieron lugar a dos detenciones, estos últimos años.

Por una parte, el 7 de octubre de 2019 unos trescientos activistas y militantes, convocados por la plataforma 2020 Rebelión por el Clima y por Extinction Rebellion Spain, cortamos el tráfico rodado el puente de la calle Joaquín Costa (junto a Nuevos Ministerios) y aguantamos la presión de la policía durante una hora y media aproximadamente. En ese contexto, tres personas fuimos detenidas (hubo además 180 identificaciones), y posteriormente remitidas al juzgado de instrucción bajo acusaciones engañosas –en otro más de los muchos montajes policiales que hemos vivido en años recientes–. Se nos acusa falsamente (a Paco del Pozo, Marina M. Martínez y a mí) de resistencia grave a la autoridad (artículo 556.1 del Código Penal español), castigada con penas de prisión de tres meses a un año o multas (de 6 a 18 meses). Toda nuestra “resistencia” consistió en tratar de que no nos lesionaran al retirarnos del puente –algunos compañeros y compañeras sí resultaron heridos, incluso con algún hueso roto–.

La segunda acción que me llevará más adelante ante otro juez o jueza tuvo lugar el 6 de abril de 2022, durante una semana de movilizaciones internacionales impulsadas por Rebelión Científica, surgida de Extinction Rebellion. En Madrid participamos un centenar de personas de varios colectivos, como Ecologistas en Acción –donde desarrollo mi militancia principal–. La protesta consistió en acercarnos sin ser detectados al Congreso de los Diputados y verter un líquido biodegradable de color rojizo, fácil de limpiar, en sus escaleras. La policía nos retiró al poco tiempo y se produjeron identificaciones que derivaron en la detención de 15 personas. En un principio se nos acusó de haber paralizado la actividad parlamentaria, lo que abría la puerta a una causa de carácter “antiterrorista” ante la Audiencia Nacional. Finalmente, esas acusaciones decayeron –incluida la de resistencia a la autoridad– y quedó sólo en firme la de daños al patrimonio histórico, por la que la Fiscalía de Madrid pide 21 meses de cárcel.

Por cierto, esta protesta dio lugar a una incisiva obra de teatro, Zumo de remolacha, a cuyo través el científico Fernando Valladares prosigue una obra de concienciación ejemplar. Hace unos días, Valladares escribía en una red (anti)social: “Vivimos tiempos extraños en los que quienes buscan la defensa de la vida son arrestados con mentiras. Si Jorge Riechmann, profesor de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, llegara a entrar en la cárcel, estaríamos ante un solemne e injusto disparate”. Y es que si las cosas fueran mal y se sumaran dos condenas, tengo opciones para pasar algún tiempo en prisión.

No abrigo ningún deseo de que eso suceda, pero tampoco me quita el sueño. Por una parte, quienes hemos protestado en esas acciones estamos cumpliendo deberes básicos de ciudadanía, y lo hacemos con la conciencia tranquila. Se trata de actualizar un compromiso con la democracia y con la protección del mayor de los posibles bienes comunes: el derecho a la vida de las generaciones futuras, preservando la habitabilidad de la Tierra. Para llegar a la cita previa a la acción del 6 de abril de 2022 en el Congreso, tenía yo que atravesar caminando el Parque del Retiro. Iba valorando la situación, temiendo que hubiese quizá detenciones y acabásemos en los calabozos la gran Comisaría de Moratalaz, pasando revista a lo que debíamos hacer y evitar en una acción de desobediencia civil como la que iba a tener lugar apenas una hora después… y veía a gente haciendo deporte. Jubilados caminando rápido o corriendo, un piragüista en el gran Estanque, un joven practicando artes marciales… Cuidar el cuerpo está bien, sí. Pero ¿cuidar el cuerpo para qué? Y sentía yo aquella mañana una gran serenidad al pensar que mi vida, como la de las y los otros activistas a cuyo encuentro iba, estaba en cierto modo justificada. En un mundo desquiciado donde casi nada tiene sentido, nuestras vidas sí lo tienen. La desproporción entre lo que habría de lograrse y nuestras flacas fuerzas es enorme, pero al menos lo que hacemos se orienta bien. Sentimos quizá ecoangustia, pero al menos no la triste angustia del sinsentido existencial.

Por otro lado, ya Thoreau señaló que, en una sociedad injusta, el lugar para un ser humano que aspira a la justicia será en muchas ocasiones la cárcel. Uno intuye que quizá la prisión fuese un espacio de serenidad en un mundo cuyas dinámicas se aceleran para llevarnos hacia futuros infernales. Podría uno decirse a sí mismo: “bueno, hice casi todo lo que pude por evitar este horror”. En medio de las luchas de los años 1960, escribía el poeta gallego Uxío Novoneyra: “da vergüenza estar vivo”. En la cárcel ¿sentiría uno, quizá, menos vergüenza de estar vivo?

Reflexionemos un momento. El Consejo de Ministros de nuestro Gobierno aprobó el acuerdo de Declaración ante la Emergencia Climática y Ambiental en España en enero de 2020. Pero, pese a que la situación objetiva empeora cada vez más, ni el Gobierno ni otras instituciones están actuando adecuadamente frente a esos peligros. Y la respuesta frente a la crisis ecológico-social que están dando, a nivel mundial, las derechas y ultraderechas es la peor de las posibles: negación de aspectos básicos de nuestra situación real, ideología supremacista y nacionalista, militarización de la sociedad y del pensamiento, preparación para luchar por recursos que se prevén escasos, sometimiento del “enemigo interno” y las minorías incómodas, represión de la disidencia. En suma: socialización en la crueldad y huida hacia adelante en un escenario de ecocidio más genocidio. Creo que tenemos la obligación moral y política de resistir, en la medida de nuestras fuerzas, frente a esta deriva homicida, liberticida, ecocida. Y como esto se veía venir, participé (en 2019 y 2022) en las protestas cuya represión me conduce ahora al juicio penal.

Soy bien consciente de la situación de privilegio desde la que afronto esta desagradable coyuntura: en comparación con las torturas, asesinatos y muchas formas de violación de los derechos humanos con que se están castigando en tantos lugares del mundo las resistencias a favor de la vida, y contra la necropolítica que trata de imponerse, un par de juicios en un Estado que todavía trata de ser Estado de Derecho no son gran cosa. Poca cosa comparada, por ejemplo, con los más de 2.253 ecologistas y defensoras del territorio asesinadas en poco más de un decenio, 2012-2024, en países del Sur global, con Brasil y Colombia en cabeza (informe Global Witness 2025).

Y, sin embargo, creo que tiene sentido llamar la atención sobre los y las activistas detenidas tras esta clase de protestas pacíficas, en nuestro país, en los últimos años, por dos razones. Una: en las derivas fascistas que vemos por casi todas partes, la represión de la actividad ético-política escala rápidamente hacia lo espantoso –y hemos de intentar impedir esa escalada–. Y, en segundo lugar, sucede que absorbidos por la geopolítica neoimperialista y los destrozos que provoca, estamos olvidando el nivel más básico e importante del entrelazamiento de crisis que experimentamos: la devastación ecológica. Por eso, recordar que estamos poniendo en riesgo nada menos que la habitabilidad de la Tierra –para seres como nosotros, no para la vida en general– me parece oportuno.

 

¿cerrar los ojos?

Si es cierto –como lo es– que vivimos en un mundo monstruosamente deformado, y que la destructividad y la injusticia sólo pueden mantenerse porque una mayoría elige ignorar sobre qué cimientos se levantan sus formas de vida, ¿no deberíamos considerar que el gesto de apartar la mirada o cerrar los ojos constituye una de las fuentes primarias y más graves de inmoralidad? Añadida a la inmoralidad de orden superior,[1] la inmoralidad de consentir en la inmoralidad de orden superior.

¿Puede ayudarnos la poesía? “Ciertos poemas ven lo que no vemos, lo que hemos renunciado a ver, y nos lo cuentan. Pero si no aprendemos ni tan siquiera un poco de su idioma, mala cosa”.[2]

 

[1] Más allá de los problemas morales dentro del sistema, ¿no planteará un megaproblema moral el sistema como tal? Los cristianos hablan de pecado estructural; el sociólogo estadounidense C. Wright Mills de una inmoralidad de orden superior… Véase también la noción de violencia estructural que encontramos en los estudios para la paz (Johan Galtung y otros/as).

[2] Jordi Doce, La insistencia, Pre-Textos, Valencia 2025, p. 16.

 

no juzgar

No juzgar. Cuando uno examina las trayectorias vitales de los seres humanos –de todos, incluso de los que nos parecen lamentables; con la única excepción de los psicópatas declarados–, sólo puede sentir piedad. Tanto extravío, tanta indolencia, tanta cobardía, tanta locura, tanto esfuerzo mal encauzado, tanta desorientación, tanto ceder frente al mal… No juzgar. Pero sí advertir: estamos frente a un abismo y toca reaccionar bien.

se agradecen apoyos (tanto personales como de organizaciones) contra la represión de la protesta climática

Algunos amigos/as han organizado esta web contra la criminalización de la protesta climática  para recabar apoyos (tanto personales como de organizaciones). Se agradece la firma y la difusión:

norepresionprotestaclimatica.org

En cuanto a mi situación en todo esto:

https://www.publico.es/opinion/columnas/mis-dos-juicios-penales-protestas-climaticas.html