higiene léxica

A los destructores del mundo no vamos a llamarles conservadores, ¿verdad? Sería un enorme contrasentido…

Pero a quienes nos meten en callejones sin salida y acaban por hacernos retroceder a tiempos aciagos tampoco podemos llamarles progresistas, ¿no crees? (Y eso sin mencionar que el progreso ya no es lo que era…)

Hablamos de familias disfuncionales, de individuos disfuncionales, de actitudes disfuncionales… Pero lo que tenemos es una industria disfuncional, una agricultura disfuncional, una banca disfuncional, una política disfuncional, religiones e ideologías disfuncionales… Lo asombroso es que, con semejante trasfondo, topemos de vez en cuando con personas no disfuncionales.

 

algo más sobre deuda (¿qué hacemos con 134.000 millones de planetas Tierra de oro puro?)

Salvar la Tierra, se titulaba dramáticamente el número de junio de 2010 de Investigación y ciencia (la versión española de Scientific American). Pero la cuestión es: o salvar la Tierra, o hacer buenos negocios. Se trata de una disyunción excluyente: ambas propuestas no son viables a la vez.

El desajuste último, el que condena de forma inapelable a este sistema económico –el capitalismo que precisa una expansión constante, aunque se encuentra dentro de una biosfera finita–, es una idea errónea: tratar de vivir dentro de un planeta esférico y limitado como si se tratase de una Tierra plana e ilimitada.

Como si los recursos naturales fuesen infinitos, como si la entropía no existiese, como si los seres humanos fuésemos omnipotentes e inmortales.

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que parezca pero que no sea

Dos jovencísimos arquitectos españoles (pero ya premiados por la Fundación Banco Santander en la tercera edición de su convocatoria TalentosDesign por su trabajo “Kithouse”, para mejorar las condiciones de realojo tras una catástrofe natural… en fin, un emprendimiento con futuro, qué duda cabe, en esta época caracterizada porque muchas de las catástrofes “naturales”, como las inundaciones y huracanes, pongamos por caso, han dejado de ser naturales), los jóvenes arquitectos Álvaro Figueruelo y Daniel Mayo, como decía, declaran que durante demasiados años la arquitectura “se ha utilizado como elemento icónico. Se han construido miles de ‘cafeteras galácticas’, unas han cumplido su misión, como el Guggenheim de Bilbao, y otras no…” Y también, contestando a otra pregunta: “Lo bioclimático o sostenible ha existido siempre. La Alambra de Granada ya es un edificio bioclimático. Pero ahora hay una tendencia de edificios que parezcan bioclimáticos aunque no lo sean…”[1]

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¿pensamiento sobre el pensamiento?

Como la piedra imán y el trocito de hierro, se me aproximan dos momentos, dos de esas fugacidades reveladoras de las que nuestras vidas están llenas… En los pasillos de mi departamento universitario, hace un par de días, un profesor de filosofía bromeaba: “¿No descansas nunca?”

Descanso, claro, pero la pregunta suscitaba melancolía, porque sé que no deberíamos descansar, nosotros los conscientes de que “estamos todos en peligro” (“Siamo tutti in pericolo” se titulaba –como es sabido– aquella última entrevista a Pier Paolo Pasolini que L’Unità publicó el 1 de noviembre de 1975). Si queremos conservar lo humano, si queremos que llegue a realizarse lo humano, no podemos tumbarnos a descansar…

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un rinconcito de silencio y vacío

La primera regla para el intelectual es tratar de no exagerar. La primera regla para el showman mediático es exagerar. No hay lugar para el intelectual en la sociedad del espectáculo.

El mundo del capitalismo es un espacio atestado: de objetos, de ruido, de contaminación, de propaganda comercial, de ideas, de ideologemas, de páginas web, de productos culturales, de egos que tratan de venderse en los mercados… Todo está atestado de mercancías. Qué difícil, en este mundo, hallar un rinconcito de silencio y vacío donde recogernos.

El compositor y pianista Ryuichi Sakamoto añora: “Ahora tenemos música en todas partes, pero ya no queda tiempo para escucharla de verdad y amarla. Es bueno aparcar tanta información y vaciar el cerebro.”

sobre deuda, austeridad y ecosocialismo

Notas para la mesa redonda “La deuda: de la coartada a la estafa” (junto con Bibiana Medialdea y Alfredo Sánchez Alberca) en el Foro Viento Sur, Librería asociativa Traficantes de Sueños, Madrid, 16 de noviembre de 2011

“Hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades, por eso ahora toca una cura de austeridad”: una frase que provoca ampollas entre las gentes de izquierda, como nuestra amiga, la joven economista Bibiana Medialdea. Y tiene razón en revolverse contra este diagnóstico –al menos desde cierto conjunto de problemas.

Pensemos en la sanidad pública, por ejemplo. La nuestra es universal –lo que no ocurre en demasiados países del mundo–; es barata, se mire por donde se mire; y es muy eficiente. Con un gasto público por habitante de apenas 3.067 dólares por habitante (frente a 5.352 de Noruega o 7.960 en EEUU), las prestaciones son muy superiores al promedio de la UE y obtenemos resultados de entre los mejores de la OCDE (y la UE) (baja mortalidad infantil, la segunda mayor esperanza de vida, y cobertura prácticamente universal). Nos gastamos en sanidad pública sólo el 6% del PIB, menos de 70.000 millones de euros[1].

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una nota sobre consumo, «consumerism» y ecosocialismo

El crecimiento (del PNB) es el síntoma, pero la enfermedad es el capitalismo, con su naturaleza intrínsecamente expansiva. ¿No deberíamos descender a las raíces del problema? Está muy bien reducir individualmente el consumo de carne y de agua: pero nos hace falta –si de veras aspiramos a ecologizar la economía y la sociedad— socializar la banca y el sector energético.

La reciente reflexión decrecentista se centra en el consumo (a menudo con una perspectiva individual)[1]. Veamos una definición típica: “El decrecimiento es una gestión individual y colectiva basada en la reducción del consumo total de materias primas, energías y espacios naturales gracias a una disminución de la avidez consumista, que nos hace querer comprar todo lo que vemos”[2]. Pero consumo y producción van de la mano. Productivismo-y-consumismo: producir más para consumir más para producir más para… (Otra forma de verlo: producir por producir y consumir por consumir.) Pero la rueda que mueve la máquina infernal está oculta detrás del vistoso primer plano: es la acumulación de capital. Nos oponemos al productivismo/ consumismo (producción por la producción acoplada con el consumo por el consumo), y no puede obviarse la dimensión de los cambios estructurales que son necesarios. Dicho de forma un poco provocadora: no solamente necesitamos fomentar organizadamente el consumo responsable, sino también la socialización responsable de los medios de producción (de una parte esencial de los mismos).

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una rana dentro de un puchero

El pasado 30 de octubre, en la plaza del 2 de Mayo de Malasaña, asistí a una conferencia –organizada por la Asamblea 15-M del barrio— de Antonio Lafuente sobre el procomún (esta vieja palabra castellana, recuperada por activistas del siglo XXI, remite a los bienes comunes: lo que es de todos y no es de nadie). El debate fue plural, rico y enriquecedor. Una de las cuestiones que volvían una y otra vez era la perplejidad ante la falta de reacción de la mayoría de la gente frente a la terrible crisis que afrontamos. Y varias veces se evocó el cuentecillo de la rana cocida lentamente, “un clásico en las escuelas de negocios” como recordó Antonio.

Como se sabe, si arrojamos a la rana dentro del puchero de agua hirviendo sus reflejos de supervivencia se impondrán: saltará instantáneamente fuera del puchero y salvará la vida. Si en cambio echamos la rana dentro de un puchero de agua que se va calentando muy lentamente, nuestro pobre anfibio se quedará dentro y acabará cocido.

Dos perspectivas muy diferentes sobre la misma historia: para las escuelas de negocios, se trata más bien de cómo cocer a la rana (ecológica y económicamente) sin que ésta se dé cuenta. Para nosotros, la cuestión es cómo escapar del puchero antes de cocernos. Noam Chomsky reflexionó hace tiempo sobre la estrategia de la gradualidad; se le atribuye el siguiente texto:

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desobediencia humilde

Amigos creyentes: Dios está en el interior del ser humano. El drama es que no le dejamos ni la menor opción de salir y manifestarse un poco…

Nuestro pecado original no es haber tratado de comer la fruta del Árbol del Conocimiento: es la indiferencia ante el dolor del otro.

El 99% de nuestra cultura hoy: se toca la lira mientras Roma está ardiendo.

Desobediencia humilde; o humildad desobediente.

sobre transgénicos, agroecología, democracia y capitalismo

(Reflexiones para concluir las jornadas “Los transgénicos en el ámbito científico, agrícola, medioambiental y de la salud”, Escuela de Organización Industrial (Madrid), 10 y 11 de noviembre de 2011.)

 Programa jornadas transgénicos en EOI, 10 y 11 de nov. de 2011

Sobreestimamos lo que sabemos –en una manifestación “de libro” de la ilusión de control que estudian los psicólogos— y las empresas buscan beneficios rápidos con aplicaciones de potentísimas tecnologías cuyas consecuencias se nos escapan todavía más… Nuestro lenguaje expresa ese exceso de confianza “estructural”, nuestro “ir sobrados”, apresados en la ilusión de control. Hablamos por ejemplo de cómo hemos “descifrado” el genoma humano (u otros genomas), pero nada de eso: sólo lo hemos secuenciado, vale decir descrito su estructura química. Aunque estamos lejísimos de saber cómo funciona, de comprender el significado de las letras y palabras (los genes, permítaseme la imprecisión) que componen ese genoma…

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consejo para profesores

Presentación para la prensa de Adiós a la universidad. El declive de las humanidades, el libro de Jordi Llovet recién traducido al castellano, a partes iguales autobiografía intelectual y reflexión sobre nuestro desastre educativo (que culmina provisionalmente en el proceso boloñés). Durante esa especie de “desayuno de trabajo” junto a los periodistas organizado por Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores (qué buen hacer, como siempre, el de Lola Ferreira y sus compañeras/os), el profesor Llovet evocó un buen consejo que alguna vez le diera uno de sus maestros, José Manuel Blecua. Todo profesor universitario comienza enseñando más de lo que sabe (con la petulancia e inseguridad del novato). Luego madura un poco y enseña solamente lo que sabe. Finalmente, aprende a enseñar exactamente aquello que el alumno/a puede entender, asimilar y aprender.

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higiene léxica

Colas frente a las oficinas del paro. Colas frente a las administraciones de lotería (¡Doña Manolita en la calle del Carmen, Madrid, 2 de noviembre de 2011, diez y media de la mañana!). Y ninguna cola frente a los locales de los embriones de organización revolucionaria disponibles. Así estamos, después de cuatro años de la crisis sistémica que comenzó en 2007.

¿Tratar de no hablar de lo que uno no sabe? ¡Enmudeceríamos! Seamos humildes: tratemos de no hablar de lo que no sabemos como si en verdad supiéramos.

Sin higiene léxica no podemos tener ni claridad de pensamiento ni decencia moral. “Los mercados” es un eufemismo: hay que hablar del capital financiero extraterritorial, que se amasa no con actividades productivas sino mera apropiación y prospera con la complicidad del poder político.

 

el espacio de la responsabilidad, delgada franja

Un momento revelador –hay varios— en el libro de conversaciones de Pierre Mendès-France en 1974. Este político francés de centro izquierda –cuando “centro izquierda” no significaba “derecha no demasiado extrema”, como es el caso hoy en día–, que ya fue joven ministro con el Frente Popular de Léon Blum, que encarnaba como pocos los valores de la inteligencia, la tenacidad, la veracidad y la búsqueda del bien común –qué nostalgia siente uno cuando lee los buenos libros políticos de los años sesenta o setenta del siglo XX–, este Mendès-France dice, refiriéndose al conflicto palestino-israelí –pero la reflexión es de alcance general–: “Nuestra responsabilidad no se extiende durante siglos. Trabajamos para nuestra generación y la siguiente, quizás un poco más, si somos muy ambiciosos…”[1]

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reglas de juego monstruosas producen seres humanos monstruosos

La primera persona en el mundo que formuló la “regla de oro”, por lo que nos dicen las historiadoras de las religiones, fue el sabio chino Confucio (551-479 AEC). Cuando sus discípulos le preguntaron qué enseñanza podían practicar “todo el día y todos los días”, contestó: “Tal vez el dicho sobre el shu [concepto que suele traducirse por consideración]: nunca hagas a los otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti”[1]. De otro gran pensador chino seguidor de Confucio, Mencio (371-288 AEC, aproximadamente), procede una reflexión a menudo citada cuando se cavila sobre egoísmo y altruismo: si vieras a una niña en el brocal de un pozo, con grave peligro de caer dentro, no te pararías a pensar si es pariente tuya, o si podías lograr un beneficio ayudándola: sin tiempo para cálculos te lanzarías a apartarla del pozo, simplemente porque sientes la gravedad de su situación en tu propio fuero íntimo.

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