hacia el fascismo

Violencia económica y social, más represión política: eso se abrevia diciendo fascismo.

Titular de prensa esta mañana: «La resistencia pasiva en las protestas conllevará cárcel». Vamos hacia el fascismo. No sólo el fascismo económico imperante, o el fascismo social difuso que va ganando terreno desde hace años: fascismo directamente político en esta España –y Europa– nuestra de 2012.

Tres textos para calibrar dónde estamos:

http://www.publico.es/espana/429104/el-15-m-denuncia-que-el-gobierno-recurra-a-la-estrategia-del-miedo

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=4861

http://www.iglesiaviva.org/249/249-11-DEMETRIO.pdf

comenzar cooperando

En cada interacción con tu semejante, comienza ofreciendo cooperación, tratando de ayudar.

¿Por qué? De manera intuitiva, porque es la forma de que tenga alguna posibilidad de manifestarse “lo que no es infierno en el infierno” (por emplear la expresión de Italo Calvino en un pasaje importante de Las ciudades invisibles que he citado otras veces). Y de manera más formal, porque así es como arranca la estrategia de tit for tat (“pagar con la misma moneda”) en el “dilema del prisionero” iterado (comenzar la interacción cooperando y en los sucesivos lances reproducir la actitud adoptada por el contrincante en el movimiento previo), estrategia con las que los cooperadores pueden a la larga vencer a los egoístas al tiempo que van construyendo una sociedad vivible.

 

no anular las distancias, sino vivirlas

Madrid- Barcelona- París- Hamburgo- Malmö- Copenhague- Kivik- Kalmar- Estocolmo- Gotemburgo- Kiel- Bremen- París- Barcelona- Madrid… En tren, autobús y barco. Viajar no es teletransportarse –aunque en esa fantasía toma cuerpo, sin duda, el ideal de la mayoría de nuestros contemporáneos… Lo cual contribuye a explicar el demencial culto a la velocidad que tan llamativamente caracteriza a esta época.

El viaje en barco, autobús y tren no trata de anular las distancias, sino de vivirlas.

if it ain’t broke, don’t fix it

Si funciona, no lo arregles, dicen los anglosajones. Éste debería ser el primer principio del urbanista –pero qué ajeno les resulta a la gran mayoría de los responsables de las ciudades y pueblos españoles, nuestras urbes sometidas a tan terribles destrozos…

Sea un medio de transporte tan eficiente y refinadamente urbano como el tranvía, por ejemplo. ¿Qué necesidad había de destruir las redes de transporte tranviario en todas las ciudades españolas –sólo para tratar de recuperarlas decenios después, con ese “quiero y no puedo” de los tranvías posmodernos en las ciudades gentrificadas de un país que se entregó a los sueños de los nuevos ricos?

«there is no right or wrong…»

En el retrete del Café Berlín de Gotemburgo leí la siguiente pintada: THERE IS NO RIGHT OR WRONG, JUST CONSEQUENCES OF YOUR ACTIONS.

Notemos que no es en absoluto un nivel filosófico bajo, para tratarse de un graffiti en tal lugar… Nos remite al “ama y haz lo que quieras” de Agustín de Hipona; al “más allá del bien y del mal” de Friedrich Nietzsche; a la propuesta de “ética sin códigos” que formuló Leszek Kolakowski… Y nos remite, por supuesto, a intuiciones fundamentales del budismo.

Buda y sus seguidores constatan lo que llaman anatta (en pali, anatman en sánscrito): la insustancialidad del yo (no-yo o “sinyó” serían términos quizá adecuados), la carencia de un yo firme y perdurable. Además, dukkha (el sufrimiento como realidad omnipresente en el mundo) y anicca (la inestabilidad o mutabilidad de todos los fenómenos) están relacionados entre sí: por intentar aferrarse al flujo fenoménico constante como si fuera algo consistente, el ser humano se ve arrastrado al remolino del sufrimiento.

Otra intuición básica se refiere a la íntima conexión de todo con todo. El budismo ha formulado esta realidad mediante la llamada cadena de causalidad (kamma o karma). Karma –explica Juan Masiá— “remite a la repercusión de todo en todo. Esta originación y dependencia mutua de todas las cosas interrelacionadas da lugar al mundo pasajero y efímero (samsara), en el que predomina el sufrimiento (dukkha).”

El budismo invita al ser humano a tomar conciencia de las condiciones del sufrimiento: ignorancia (avidiya) e ilusión (maya). Y ello con el objetivo de reducir, quizá incluso eliminar el sufrimiento. Alguien así esclarecido estaría de acuerdo con la pintada en el retrete del café sueco: oposiciones como la de “correcto/ incorrecto” se nos dan en un nivel superficial de la realidad, puramente fenoménico; pero el mundo de los fenómenos carece de cualquier consistencia. Para alguien más consciente y lúcido, lo que cuentan son las consecuencias de las propias acciones. Se trataría de juzgar menos –resistirnos a esa fuerte tendencia humana al juicio moral rápido e intuitivo, tendencia probablemente anclada en nuestra biología— y de comprender más. Unos versos del Dhammapada nos exhortan: “Comprende que tu cuerpo/ es apenas la espuma de una ola,/ la sombra de una sombra apenas./ Rompe las floridas flechas del deseo/ y escapa del reino de la muerte./ (…) La abeja liba néctar de las flores/ sin ajar su belleza o su perfume:/ así vive el maestro donde vive.”

Juzgar menos y comprender más. Una amiga me escribía: “Quizá sea ya el momento de alejarnos de propuestas normativas simplificadas y asumir la complejidad inherente al intento de tratar conectar nuestras preocupaciones con el mundo. (…) Frente a las propuestas normativas, una necesidad imperiosa: recuperar la complejidad de lo existente y reavivar nuestra imaginación para reconectar con el mundo.” Y también: “¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer? O dicho de otro modo, ¿por qué he de confiar en ti, qué es lo que legitima tu discurso? ¿Qué cambiaría en el mundo si alguien tan insignificante como yo asumiese ese esfuerzo? ¿No habría más bien que denunciar el error de asumir que hemos de esforzarnos por algo que nos resulta ajeno y que, en realidad, poco va a cambiar el orden de las cosas? Quizá –y digo quizá porque no tengo certezas– el único camino pase por la previa comprensión de una realidad compleja, con todas sus implicaciones. Comprensión para la que sin duda hay muchas resistencias, empezando por las que uno mismo, con las orejas cerradas al otro, alimenta todos los días, reafirmando posiciones de desencuentro… (Y de esto tú no puedes escaparte, por muchos periódicos o libros que leas.)”

Sí, la comprensión debe de ser lo primero. Mas ¿podemos decir adiós a la normatividad? Desde la superior comprensión de quien afirma THERE IS NO RIGHT OR WRONG, JUST CONSEQUENCES OF YOUR ACTIONS, ¿qué hacemos con las normas y las reglas?

Por atractivo que nos resulte muchas veces, no podemos pensar en un mundo humano sin normas. ¿Por qué? La respuesta breve dice: porque podemos hacernos –y de hecho nos hacemos– mucho daño unos a otros. Acordamos normas para contener la destructividad humana. “Ama y haz lo que quieras”: pero sólo en un mundo liberado, bajo el signo del amor, podríamos obviar normas y reglas. Si no vivimos en ese mundo, lo normativo ha de seguir con nosotros. El Dhammapada, otra vez: “Todos los seres tiemblan ante la violencia./ Todos temen la muerte, todos aman la vida./ Tú no mates ni seas causa de matanza./ Si te ves a ti mismo en los demás,/ ¿a quién puedes hacer daño?”

Y así, nos recuerda Gary Snyder, “el principal mandato ético [del budismo] se conoce como el Primer Precepto. Versa sobre el dañar y quitar la vida, ahimsa en sánscrito, glosado como no causar daño innecesario.” Sobre esta norma de no-violencia y no-dominación no sólo ha insistido el budismo, por supuesto, sino todas las grandes tradiciones ético-religiosas (aunque no todas han extendido el círculo de los seres protegidos del daño innecesario más allá de lo humano).

A estas alturas de la historia, una ética aceptable ha de ser autónoma, y una política aceptable ha de ser democrática. Eso implica que la respuesta a “quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer” viene a sugerir: soy sólo alguien que recuerda lo que tú misma asumiste, o podrías asumir en tus mejores momentos. Y tú haces exactamente lo mismo conmigo.

Buda significa “el despierto”, “el iluminado”. Se nos ha transmitido que Siddartha Gotama alcanzó la iluminación a los 35 años; pero lejos de permanecer en ese nivel superior de realidad, regresó “al siglo” –como dirían nuestros abuelos— para tratar de ayudar a los demás y dedicó los 45 años siguientes a la predicación. De esa opción del fundador por reducir el sufrimiento de todos los seres vivos han derivado los budistas la figura fundamental del bodhisattva. Kenneth Rexroth:

“Un Bodhisattva es un ser que vuelve la espalda a la Gloria del Nirvana con la promesa de no ingresar en la paz eterna hasta que no lleve con él a todos los demás seres. El Bodhisattva emprende esta acción, afirma el budismo místico, de manera indiferente, puesto que sabe que no existe el ser ni la nada, ni la paz ni la ilusión, ni el redimido ni el salvador, ni la verdad ni el efecto.”

La oración del bodhisattva reza: que alcance la iluminación para el beneficio de todos los seres sintientes.

 

a propósito de la tragedia

¿Por qué no interrogar a Kenneth Rexroth, para quien la noción de tragedia era tan importante?[1]

El tema de la tragedia: la derrota de lo ideal por parte de lo real, del ser por parte de la existencia. “La historia humana, al igual que la vida, no es optimista ni pesimista, sino trágica. Al final –o en alguna ocasión— todos los valores se gastan en el transcurrir del mundo de los hechos.”

“La muerte es absurda, y en contra de este absurdo, la afirmación inmediata de la carne lo es muy poco menos.” Y unas líneas más abajo, este recuento final de la vida humana: “El sol en el cielo, el cálido olor de una mujer, la hierba en la tierra, la carne humana junto a los huesos, la farsa de la muerte.”

A Rexroth le gustaba citar la carta que Horace Walpole envió a la condesa del Alto Ossory: “Este mundo es una comedia para los que piensan, pero una tragedia para los que sienten.”

Según el gran poeta estadounidense (muerto en 1982) “los textos clásicos más evidentes son trágicos debido a que la vida es trágica en su estructura misma. No existen clásicos optimistas que nos indiquen que todo lo que sucede es para bien en el mejor de los mundos posibles y, además, que todo se perfecciona a cada momento. No hay clásicos que sean falsos. Es verdad, empero, que muchos de ellos representan intensas afirmaciones de la vida. La especie humana perdura debido a que millones de personas han seguido afirmando su existencia de manera poco destacada, sin excluir aspectos que son demasiado trágicos para la literatura.”

Pero ¿qué perspectiva sociopolítica a partir de una concepción trágica de la existencia humana? “Sólo recientemente se ha puesto de moda considerar peyorativamente a Walt Whitman como tonto y anticuado, creyente en el mito del Progreso y predicador de un patriotismo absurdo. Hoy día sabemos que no hay otra opción: sólo la visión de Whitman. ‘La humanidad, el espíritu de la Tierra, la conciliación paradójica de la parte con el todo y de la unidad con la multiplicidad: a todo esto se le llama utópico, y sin embargo es biológicamente necesario. Para que esto encarne en el mundo, todo lo que necesitamos es imaginar que nuestro poder amoroso se desarrolla hasta abarcar la totalidad del ser humano y del planeta.’ Esto lo dijo Teilhard de Chardin; o como Whitman lo dice en los grandes poemas místicos del final de Hojas de hierba, la contemplación es forma más alta y la fuente última de toda actividad moral porque observa todas las cosas en su aspecto atemporal, a través de los ojos del amor.”

Y más sintéticamente, a partir de Tolstoi: “La sociedad organizada es un fraude letal, y los seres humanos deben aprender a vivir de la manera más sencilla y en paz, con respeto y amor, o el género humano no pasará de este siglo. Hoy en día esto resulta evidente para todos. ¿O no?”


[1] Sigo a Rexroth en Recordando a los clásicos (FCE, México 2001), p. 9, 215, 216, 233, 237 y 268.

Endzeit

Que no acabe el viaje a través de las islas griegas (o de los archipiélagos escandinavos). Que no acaben los encuentros de los amantes. Que no acaben las indagaciones autocorrectivas de la ciencia. Que no acaben los arrobos de la alumbrada. Que no acaben las narraciones del juglar, las canciones del goliardo, las tonadas del acordeonista. Que no acaben los juegos de esa niña. Que no acaben las gozosas carreras de aquel perro. Que no acabe la danza del enamorado. Que no acabe el vuelo del águila pescadora. Que no acabe la aventura humana.

esa república mediterránea universal

El midi normativo que Albert Camus encontraba en Provenza o en Grecia, o la condición humana neolítica tal y como la esbozan Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria, son algo muy semejante al sabio humanismo mediterráneo de Don Quijote. Kenneth Rexroth lo interpreta así:

“Don Quijote aprende ‘por la vía difícil’ –como dicen algunos— que el Sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el Sábado. Ésta es una enseñanza que la mitad de la cultura española se ha negado violenta y constantemente a aceptar: una visión de esplendores verdaderos que sobrepasan todos los imaginados, y que sólo está al alcance de la nobleza de un loco, el loco más noble de la literatura.

¡Cuán urbano es todo esto!, a pesar de que las aventuras de Don Quijote tienen lugar entre campesinos y castillos, entre miseria y esplendor. La inteligencia que opera sobre este material es la inteligencia de un ciudadano que no habita un pueblo miserable; habita antes bien esa república mediterránea universal que se remonta hasta la Jericó de la Edad de Piedra con sus calles de arena, sus buenas acequias, sus casas de adobe rodeadas de jardines, sus foros donde hombres y mujeres iban a escuchar y a charlar acerca de cada una de las novedades, su vida de decencia y orden.”

Buda lo vio con más claridad que Cristo

La religión, decía Alfred North Whitehead, es “lo que el ser humano hace con su soledad”. Seres tan necesitados de vínculo y de sentido como nosotros nos descubrimos desamparados delante de la contingencia, el sinsentido, la precariedad, el fracaso, la muerte: y hemos de hacer algo con ello.

Pero ¿qué hacer? ¿Fantasear que somos protagonistas centrales de un drama cósmico –o quizá algo mucho más modesto? Uno diría que sobre todo a los occidentales nos convendría el tránsito desde una cultura de la redención a una cultura de la pacificación. No necesitamos ser salvados: necesitamos aceptar la condición humana, ayudarnos unos a otros y hallar sosiego.

rápidas notas sobre lo necesario imposible

En el mundo humano, ubicuidad de la incertidumbre (incertidumbre cognitiva, a la que se suma la incertidumbre sobre los resultados de nuestra acción); y también ubicuidad de los fenómenos de poder.

Partimos de la confusión, del desarraigo, de nuestro tantear en la oscuridad. Y desde ahí, se diría, dos grandes vías:

  1. o bien lograr uno imponerse mediante persuasión irracional o mediante fuerza frente a los otros, o bien
  2. tratar de ponernos en claro ayudándonos unos a otros; tratar de crear entre todos un terreno común, un logos común no identificado con ninguna de las personas participantes. Ello supondría, de alguna forma, que emerja una “tercera persona impersonal” dispuesta a abdicar de la dominación.

Lo más importante de la filosofía práctica ¿no consistiría en la renuncia a la dominación? Pero si admitimos eso ¿no atribuimos al filósofo una aspiración a la santidad?

Renunciar a dominar ahí donde podríamos hacerlo: a quienes así se autocontienen los hemos llamado, en varias culturas y tradiciones, los justos. A eso lo podemos llamar santidad.

Pero ¿qué es la santidad sino la versión religiosa de aquello que, a su manera laica, formuló Sigmund Freud como lo necesario imposible? Psicoanalizar, gobernar, educar; la democracia, la autogestión, la renuncia a la dominación –¿no son todas ellas irrenunciables tareas que podemos situar bajo el signo de lo imposible necesario?

lo más interesante de la religión

Lo más interesante de la religión comienza más allá de las creencias dogmáticas en la inmortalidad de alguna parte del ser humano (comúnmente llamada “alma”) o en la existencia de superseres con superpoderes (comúnmente llamados “dioses”). Y, por supuesto, más allá de las estructuras de poder basadas en creencias religiosas (comúnmente llamadas “iglesias”). Así que lo interesante de la religión comienza, se diría, más allá de las respuestas más comunes y consolidadas frente al trauma de la finitud humana, frente a la muerte y el desamparo existencial. Más allá de lo que la mayoría, precisamente, entiende como la esencia de la religión.

raíces

Una de las raíces del cinismo que envenena nuestra “alta cultura”, en países como el mío, es esa desdichada obligación de tener que parecer siempre un poco más listo que los demás. Tú no tengas miedo de parecer más tonto, torpe y lisiado que los demás: ése es precisamente el lugar desde donde puedes aprender.

doble denegación

La cultura de la sociedad industrial  –capitalista y fosilista— se construye sobre una doble denegación: la del expolio y la explotación de los más por los menos, y la del abuso de los recursos naturales y la degradación de la biosfera. A partir de esa doble denegación ¿cómo sorprenderse de que la mayor parte de los productos de esa cultura –y las instituciuones de esa sociedad— lleven inscrita la falsedad en su mismo corazón?

Y lo más irónico es que los poderes dominantes llaman “realismo” a su actitud respecto a ese delirante mundo de fantasía que han construido: una fantasía política de equidad liberal donde cada cual recibe lo debido de acuerdo con sus méritos, y una fantasía económica de “Tierra plana” donde los límites biofísicos no existen y los recursos naturales son infinitos.

 

economía del trade-off

Antón Costas y Xosé Carlos Arias han publicado La torre de la arrogancia. Política y mercados después de la tormenta (Ariel, Barcelona 2011), cuyo hilo conductor –según un comentarista— es “la necesidad de optar entre objetivos contrapuestos”, lo cual convierte las decisiones públicas “en un continuado dilema”: entre desempleo e inflación, entre eficiencia y equidad, entre crecimiento y austeridad… Los dos economistas gallegos afirman que estamos por ello en plena economía del trade-off. Pero, cabe preguntarse, ¿es que estuvimos alguna vez en otra situación? Siempre, en este humano mundo nuestro de la finitud y la escasez de recursos, nos hallamos sacrificando unos objetivos para lograr otros, y compensando algunas carencias o fracasos con acciones que creemos remediadoras… Esto lo teorizó Odo Marquard con su figura del Homo compensator, a quien haríamos bien en no perder nunca de vista.

los dos grandes valores

Los dos grandes valores: el florecimiento de la vida y la pacificación de la existencia. Son el alfa y el omega, e importa darse cuenta de la contradictoria tensión del arco que trazan. El florecimiento de la vida entraña un festival de crueldad: el valor vida es la base sobre la que pueden alzarse todos los demás valores (sin seres vivos no habría valores), pero la biosfera es el lugar donde un ser vivo devora a otro, para ser a si vez devorado por un tercero. Por eso, en el extremo del arco, la pacificación de la existencia humana: ser capaz de responder al trauma de la finitud –tratar de situarse frente al horizonte de la muerte– con una respuesta de compasión, auxilio y cuidado (en vez de intentar la inútil huida hacia delante del que busca siempre la dominación).Veintiséis siglos después, Buda sigue siendo la mejor respuesta de la humanidad frente a las preguntas de Darwin.

viajar despacio

Viajar despacio –en autobús, en barco y en tren convencional… Ésa es la forma de desplazamiento congruente con el mundo que deseamos. Quien niegue su viabilidad está negando que sean posibles sociedades donde florezcan la sustentabilidad y la justicia.

En París el 18 de marzo, aniversario de la sublevación de la Comuna. (18 de marzo al 28 de mayo de 1871: apenas dos meses y diez meses de esperanza emancipatoria, frente a tantos plúmbeos siglos de explotación y opresión de la criatura humana…)

pirotecnologías

Ese gran arco desde el control inicial del fuego, hace muchos cientos de miles de años, hasta los combustibles fósiles. Y una vez que nos hemos dado cuenta de que fisionar isótopos de uranio para hacer hervir agua no es una buena idea, ¿seremos capaces de realizar la transición a una sociedad industrial de base solar?