https://youtu.be/YZbSQgtfwfw?si=c4rUyiya3vVJTA-W
tratar de comprender, tratar de ayudar
blog de Jorge Riechmann
https://laoficinagaleria.com/exposicion-9
(Texto escrito para acompañar una exposición de Isaías Griñolo)
Tengo una relación íntima con los fosfoyesos de Huelva. Esa enorme cantidad de residuos tóxicos y radiactivos (unos 120 millones de toneladas acumuladas desde 1968 a apenas medio kilómetro de la ciudad) proceden de la fabricación de fertilizantes de síntesis.[1] Ya con eso aparece una relación carnal, compartida con casi todos mis conciudadanos y conciudadanas: mi cuerpo, como el de todas las personas que hemos crecido en sistemas alimentarios agroindustriales (como el que tomaba forma en la España franquista de los años 1960), está construido básicamente con petróleo y gas fósil, a diferencia de los cuerpos de generaciones anteriores (que se construían con luz solar).[2] Y en esa construcción agroindustrial de los cuerpos españoles, la fabricación de fertilizantes es una pieza clave (amoníaco como resultado del proceso químico de Haber-Bosch, y fosfatos de origen mineral, en la base de los típicos abonos industriales N-K-P).[3]
Pero mi intimidad con los fosfoyesos va más allá. En los años sesenta (yo nací en 1962) se instalaron en España plantas modernas de fabricación de amoníaco, y en los setenta el sector se fue concentrando de forma notable. Mi padre, formado como perito agrícola, trabajó toda su vida en estas empresas de fabricación de abonos nitrogenados y fosfatados que por otra parte fueron absorbiéndose y fusionándose a lo largo de los años: Unión Española de Explosivos, Explosivos Riotinto, Fertiberia, ERCROS… Esto es: el salario que entraba en casa (mi madre trabajó como “ama de casa”, sin venta de fuerza de trabajo a terceros) provenía de la fabricación de esos fertilizantes sintéticos cuyos residuos de producción se amontonan en la balsa de fosfoyesos onubense. Y así, no sólo mi cuerpo sino también mi alma, en cierta forma, han sido construidos a base de fosfoyesos: toda mi formación para llegar a ser quien soy (educación primaria y secundaria en un centro privado, clases adicionales de francés en el Institut Français de Madrid o de alemán en el Instituto Goethe, alguna estancia en el extranjero…) fue costeada por el salario de mi padre, ganado en el sector de los fertilizantes. Y como no hay producción industrial sin generación de residuos:[4] ganado a base de fosfoyesos.
Lo que he contado no es una historia privada que se pudiera desechar como anecdótica. Si examinásemos las biografías de casi cualquier persona que haya crecido en la España del desarrollismo franquista (esto es, en la incorporación tardía de nuestro país al mundo industrial a partir de los años 1950), o después hasta llegar a hoy mismo, encontraríamos una situación parecida: nos hallamos entremezclados con fenómenos de dominación y destrucción que escapan a nuestro control individual. La gran mayoría de los empleos que ofrecen nuestras sociedades tienen como efecto daños a la naturaleza y a la salud humana análogos a los que causan los fosfoyesos de Huelva: sólo que a veces ocurren más lejos de donde nos encontramos (el Norte global conserva una capacidad notable de “externalizar” costes y daños lejos de los centros, y hacia las periferias).
En la guerra contra la naturaleza que mantienen las sociedades industriales, la conscripción es forzosa para casi todo el mundo, y nos vemos empuñando las armas como guerreros letales casi sin darnos cuenta. Unos versos de Idea Vilariño recogen bien el fenómeno de nuestra caída: “Como un jazmín liviano/ que cae sosteniéndose en el aire/ que cae cae cae/ cae./ Y qué va a hacer.”
Algo de análisis (que por razones de espacio no puedo emprender aquí) nos haría ver que para salir de estas relaciones estructurales de violencia no basta la deserción individual: necesitamos trabajar por un cambio sistémico (abolir el ejército). Si regresamos al caso concreto de los fosfoyesos: se trataría de salir del sistema agroindustrial, y reducir nuestra dependencia de los fertilizantes sintéticos mediante una transición agroecológica a gran escala que nos permita volver a construir los cuerpos a partir de la luz solar (y no a base de petróleo y gas fósil).
“Qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también”, dice una copla de Antonio Machado… Ya sé que hoy la noviolencia nos resulta casi inimaginable –hasta tal punto vivimos en sociedades asentadas sobre violencias de todas clases (de género, coloniales, laborales, contra los demás seres vivos y la naturaleza…)–, pero ¿tenemos otra opción? Si hablamos (desde hace decenios) de crisis de civilización es porque la guerra de las sociedades industriales contra la naturaleza se aproxima a su desenlace en forma de colapso ecológico-social. No se trata sólo de calentamiento global (habría que hablar más bien de tragedia climática)[5] o de crisis de biodiversidad (en términos más precisos, Sexta Gran Extinción):[6] chocamos con violencia contra los límites biofísicos de la Tierra. Justo en 2025, la acidificación de los océanos es el séptimo de los planetary limits (según el marco de investigación del Instituto de Resiliencia de Estocolmo) que las sociedades industriales estamos sobrepasando en el tercer decenio del tercer milenio.[7] Y frente a todo ello, la reacción de las elites del capitalismo es nihilista y exterminista.[8]
Aunque sea difícil, cuando todo baja, no dejarse caer, recordemos: tenemos la poesía. Tenemos la tierra viva y el océano vivo. Tenemos el olor del azahar y el desnudo de la persona amada. Tenemos el alfabeto de las nubes y la canción de los grillos. ¿Cómo vamos a permitir que triunfen el odio, la crueldad, el exterminio, la extinción?
[1] Las balsas de fosfoyesos de Huelva se generaron entre 1968 y 2010 durante la fabricación de ácido fosfórico a partir de roca fosfática (para elaborar abonos fosfatados, “superfosfatos”). Esta roca, de origen sedimentario, tiene concentraciones naturales de uranio y torio radiactivos. A las balsas onubenses se añadieron ciertas cantidades de otros residuos tóxicos. Sobre la historia política y judicial de los fosfoyesos, véase por ejemplo Raúl Bocanegra: “El problema radiactivo de los fosfoyesos de Huelva, una historia interminable”, Público, 5 de mayo de 2023; https://www.publico.es/politica/problema-radiactivo-fosfoyesos-huelva-historia-interminable.html
[2] “Seis de cada siete calorías que ingieren los europeos provienen de los combustibles fósiles y solo una de la fotosíntesis que provoca la luz solar. Y nueve de cada diez calorías son de origen fósil para los norteamericanos. Así, Dale Allen Pfeiffer puede decir con toda propiedad que comemos petróleo.” Pedro Prieto, “Lo prescindible”, 22 de julio de 2013; https://lacrisisenergetica.wordpress.com/2013/07/22/lo-prescindible/
[3] Hasta entrado el siglo XX, se usaron abonos nitrogenados de carácter natural como el nitrato de Chile. Se llega a los fertilizantes de síntesis como fruto del esfuerzo bélico durante la Primera Guerra Mundial (amoníaco para fabricar explosivos). En nuestras sociedades de agricultura industrial, hasta el 80% del nitrógeno presente en nuestros cuerpos (donde es un componente estructural) procede del gas natural por la vía de los fertilizantes de síntesis con los que cultivamos alimentos (gracias al proceso químico de Haber-Bosch, que transforma el nitrógeno atmosférico en amoníaco asimilable por las plantas).
[4] Aquí es importante la visión de conjunto de la economía ecológica y la noción de producción conjunta. Frente a las ilusiones de la economía convencional, la economía ecológica señala que todo fenómeno de producción entraña siempre, necesariamente, también una destrucción; las fuerzas productivas son siempre productivo-destructivas. Y en los últimos dos siglos de desarrollo capitalista, el segundo fenómeno ha ganado constantemente en importancia, en forma de aumento de contaminación, deterioro de la base de recursos naturales…
El concepto de producción conjunta (Kuppelproduktion en alemán, joint production en inglés) dice lo siguiente: la producción de bienes siempre viene acompañada de la generación de “males”. Cuando producimos bienes y servicios, creamos siempre también efectos indeseados (“males”) que muchas veces son perjudiciales para la salud de los seres vivos y para el medio ambiente. La producción conjunta está vinculada estrechamente con las leyes de la termodinámica: de hecho, es una consecuencia de la primera y la segunda ley. Se puede describir cualquier proceso productivo como la transformación de cierto número de insumos en cierto número de productos, cada uno de los cuales se caracteriza por su masa y su entropía. De las leyes de la termodinámica se sigue entonces que cualquier producción es producción conjunta, dado que la materia y la energía se conservan pero la entropía aumenta (vale decir, la calidad de la energía mengua). En particular, los procesos productivos que generan bienes deseados (caracterizados por su baja entropía) producen necesariamente residuos y contaminación (caracterizada por su alta entropía).
[5] Jorge Riechmann, “Crisis climática”, revista Nuestra Bandera 267 (monográfico Vivir dentro de los límites planetarios: otro paradigma es posible), segundo trimestre de 2025.
[6] Jorge Riechmann, “Ética y diversidad biológica”, en Joaquín Araujo (coord.), Biodiversidad en España, Lunwerg, Madrid 2010.
[7] Recapitulemos: en 2009, un grupo de investigadores (desde el Centro de Resiliencia de Estocolmo) propuso una nueva forma de medir la crisis ecológico-social: utilizarían como indicadores varios procesos clave para la vida en la Tierra, como la integridad de la biosfera o la capa de ozono. Estas personas especialistas descubrieron en un primer informe que tres de esos indicadores ya habían sido sobrepasados y, en 2023, elevaron la cifra a seis (es decir, dos de cada tres límites planetarios ya se habían alcanzado). Y lanzaron una advertencia: de continuar la quema de combustibles fósiles, la acidificación de los océanos no tardaría en unirse a los indicadores clave superados de la crisis climática. Ahora, un estudio demuestra que ese límite también ha sido sobrepasado. “Es una bomba de relojería”, resume uno de los investigadores. Véase Deva Mar Escobedo: “La Tierra sobrepasa otro límite planetario: la acidificación de los océanos supera niveles críticos”, El Salto, 11 de junio de 2025; https://www.elsaltodiario.com/oceanos/tierra-sobrepasa-otro-limite-planetario-acidificacion-oceanos-supera-niveles-criticos
[8] Impresionante, al respecto, el análisis de Gil-Manuel Hernández, “El normal caos del exterminio”, que se abre con esta cita de Maurizio Lazzarato: “El genocidio y la limpieza étnica practicados por los israelíes sobre los palestinos no sólo ponen de manifiesto la relación colonial, sino también el nivel de enfrentamiento al que están dispuestas las clases dominantes, los capitalistas y gran parte de la opinión pública del Norte del mundo”. Véase Gil-Manuel Hernández, “El normal caos del exterminio”, Rebelión, 24 de septiembre de 2025; https://rebelion.org/el-normal-caos-del-exterminio/
En 2023, al final de su vida y en una suerte de testamento (pues se hallaba muy enfermo de cáncer), el oceanógrafo experto en ballenas Roger Payne advertía que ya habíamos descubierto el conocimiento más importante de todos, pero que no lo asimilábamos. “Es éste: cada especie, incluida la humana, depende de un conjunto de otras especies para que el mundo siga siendo habitable para ellas”. Y señalaba que el gran obstáculo al que nos enfrentamos para no sucumbir a la extinción humana no es tecnológico sino emocional (ético-político, habría que decir más bien, en mi opinión): “averiguar cómo motivarnos a nosotros mismos y a nuestros congéneres para hacer de la preservación de las especies nuestra vocación más elevada”.[1]
[1] Roger Payne, “I spent my life saving the whales. Now they might save us”, Time, 5 de junio de 2023; https://time.com/6284884/whale-scientist-last-please-save-the-species/ . Evoca estas páginas Tom Mustill en Cómo hablar balleno. La sorpresa, el placer y el valor de escuchar a los animales, Taurus, Barcelona 2024, p. 298.
por Javier Morales
Resulta paradójico que los pequeños agricultores consideren a los ecologistas como sus enemigos
Hoy hace nueve años que nos dejó el escritor y crítico británico John Berger. En 2026, además, se celebra el centenario de su nacimiento, el de uno de los intelectuales más originales, comprometidos e influyentes de la segunda mitad del siglo XX y de los inicios del XXI. Después de una carrera exitosa como crítico de arte y pintor, en el Londres de la posguerra, decidió abandonar su país y recaló en Quincy, un pequeño pueblo de los Alpes franceses, muy cerca de Ginebra, ciudad en la que está enterrado Borges y por quien Berger sentía una gran admiración, a pesar de estar en las antípodas ideológicas. Había abandonado la pintura para dedicarse íntegramente a la escritura, una escritura híbrida, sin fronteras, como el mundo que imaginaba. De hecho, la emigración fue uno de los temas que recorren su obra, en la que cohabitan varios géneros, desde el cuento a la novela, el guion cinematográfico (trabajó con Alain Tanner), la poesía o el ensayo, por separado o dentro de un mismo libro, como en Puerca tierra, el primer volumen libro de su Trilogía de las Fatigas. “Otros se fatigaron/y vosotros os aprovecháis de sus fatigas”. Esta cita del Evangelio de San Juan abre el libro y conviene recordarla ahora que estamos en épocas navideñas. El autor de Modos de ver, G (Ganador del Booker Prize), Una vez en Europa o Lila y Flag fue un marxista muy heterodoxo, con los pies en la tierra pero con un sentido de la trascendencia.
John Berger escribió los relatos de Puerca tierra en Quincy, entre 1974 y 1978, muy pegado a la vida de los campesinos con los que compartía la vida desde hacía años. No era un turista de lo rural, un concepto que entonces no existía, sino alguien empeñado en contar la historia de una clase, el campesinado, que estaba a punto de desaparecer. En el texto «Una explicación», incluido en el libro, nos dice: “No soy campesino. Soy escritor: mi escritura es al mismo tiempo un vínculo y una barrera”. No se mentía a sí mismo. A pesar de que echaba un montón de horas en el campo, de que la casa donde vivía (con Beverly, su mujer, y su hijo Yves) era de uno de los vecinos, de que su compromiso con la tierra no era un pasatiempo sino un modo de vida, un lugar a donde había ido a aprender y no a enseñar, a pesar de todo eso Berger siempre tuvo claro que era un privilegiado, que él podía marcharse en cualquier momento.
En este volumen de cuentos, que finaliza con un ensayo revelador, aún más vigente tantas décadas después de ser escrito, John Berger señaló que puede haber agricultura sin campesinos, mundo rural sin personas. “En Europa Occidental, si los planes salen conforme fueron previstos por los economistas, en 25 años no quedarán campesinos”, escribió. Palabras visionarias que nos hablan también de la España actual, donde se ha impuesto el agronegocio y la agricultura intensiva e industrializada. El modo de vivir campesino no tenía que ver solo con la producción de alimentos, sino con una manera de relacionarse con el entorno, con una cultura que hoy se ha perdido. “La vida campesina es una vida dedicada por entero a la supervivencia”, afirmó Berger. “Despachar la experiencia campesina como algo que pertenece al pasado y es irrelevante para la vida moderna; imaginar que los miles de años de cultura campesina no dejan una herencia para el futuro, sencillamente porque esta casi nunca ha tomado la forma de objetos perdurables; seguir manteniendo, como se ha mantenido durante siglos, que es algo marginal a la civilización; todo ello es negar el valor de demasiada historia y demasiadas vidas. No se puede tachar una parte de la historia como el que traza una raya sobre una cuenta saldada”. La pérdida de la cultura rural es tan relevante como la quema de la Biblioteca de Alejandría, remataría años más tarde el escritor extremeño Luis Landero.
No obstante, a pesar de los augurios, sostiene Berger, el campesinado ha sido más resiliente de lo que se pensaba. “El campesino ha sobrevivido más tiempo del que le habían pronosticado. Pero durante los últimos 20 años, el capital monopolista, mediante sus empresas multinacionales, ha creado una nueva estructura rentable, la agrobusiness, por medio de la cual controla el mercado, aunque no necesariamente la producción, y el procesado, empaquetado y todo tipo de productos alimenticios”.
Hoy, el campo en Europa está en manos de grandes propietarios. La política agraria común ha favorecido la agricultura industrial e intensiva, en contra de los pequeños productores, que cada vez ven más reducidos sus márgenes de beneficio. La aireada firma del acuerdo con Mercosur es un paso más hacia esa deslocalización de la agricultura que necesitamos, que debería atender el consumo de cercanía y no estar planificada para la exportación y que solo favorece a las grandes empresas. Aunque aún muy limitados (aun se permite el uso del glisofato, por ejemplo, un potente herbicida que causa estragos en la naturaleza, también la humana), los pequeños avances que se habían aprobado en la Agenda Verde para limitar el uso de pesticidas y productos fitosanitarios han saltado por los aires con la nueva ola reaccionaria que recorre el mundo. Una tierra más contaminada es una tierra menos fértil, con menos biodiversidad y más amenazas para los cultivos.
En este sentido, resulta paradójico que los pequeños agricultores consideren a los ecologistas como sus enemigos, cuando la única agricultura viable en términos biofísicos y económicos es la agricultura ecológica y regenerativa. Que no vean una amenaza para su supervivencia la emergencia climática. ¿Cómo cultivar la tierra en un mundo donde pueden desaparecer las estaciones, cuando mirar al cielo en busca de una respuesta puede convertirse en un recuerdo del pasado? Puerca tierra.
Javier Morales es escritor, periodista y profesor de escritura creativa. Su nuevo libro, Mientras quede una rosa. Miradas de John Berger (Editorial Cuatro Lunas), llegará a las librerías en febrero.
(Aquí Jorge con John, en una de las entrevistas de comienzos de los años noventa…)
Fernando Cembranos me hace llegar «una síntesis de media página del libro de la ecoespiritualidad por si tuviera alguna utilidad.
Elementos, ejes semánticos de la ecoespiritualidad y la búsqueda del sentido
Metafísica de las revoluciones, religión obrera, el carácter sagrado de la tierra, mesorreligión gaiana, reencantar el mundo, armar el mito de la convivencia, vida digna (además de supervivencia), poesía
Aunque parece poco espiritual hacer un concentrado de significados. Un abrazo».
¡Gracias, querido Fernando!
Alejandro Cencerrado: «Estas navidades he podido compartir mesa y entender a votantes de Vox en Extremadura. Esto es lo que he aprendido sobre por qué votan lo que votan:
1. Defensa de una forma de vida tradicional. Muchas personas (incluidas bastantes mujeres) aún se sienten cómodas con roles más tradicionales: cocinar para la familia, cuidar de la pareja, priorizar el hogar… En los últimos años, ciertos discursos feministas les han hecho sentir juzgadas, como si elegir esa vida las convirtiera en “retrógradas” o cómplices del patriarcado. Vox les ha ofrecido una especie de escudo contra esto, porque ha validado su forma de vivir sin sentirse señaladas, es más, les ha devuelto cierto orgullo por ser así. Es básicamente una reacción defensiva ante la sensación continua de que su elección personal era moralmente reprobable.
2. La única alternativa percibida al PP. Hay votantes históricos de derecha que están muy decepcionados con el PP, pero no contemplan ni por un momento que la izquierda siga gobernando, así que Vox se convierte en la herramienta más directa para “bloquear” eso, aunque no estén de acuerdo en todo lo que dicen.
3. Relatos de segunda mano sobre inmigración. Se repite mucho el argumento de “me contó fulanito que un marroquí pedía ayudas y se las daban todas”. Nadie lo ha visto directamente, nadie ha tenido problemas con ellos de primera mano, pero todo el mundo conoce estas anécdotas de terceros. De hecho, muchos aquí contratan a inmigrantes porque trabajan bien y más barato, pero cuando señalas esa contradicción, la respuesta habitual es: “ah no pero el mío es distinto, es muy bueno y muy trabajador, no es la norma». Curioso que siempre el malo sea el que no conocemos de nada. Creo que uno de los antídotos más potentes contra los prejuicios hacia la inmigración sería, simple y llanamente, promover más ocasiones en las que la población inmigrante y la local compartan tiempo —actividades deportivas, fiestas vecinales, lo que sea— para que haya contacto humano directo, porque se ve muy claro; un rato de charla tranquila con el del kebab o el de la frutería, y pasa de ser “el inmigrante” en abstracto, a ser Pedro, Fátima o Mohamed.
4. Meritocracia individualista y clasismo. Mucha gente en Extremadura ha prosperado económicamente con esfuerzo propio y han convertido su biografía personal en una especie de ley universal: “si se esforzaran como me he esforzado yo no estarían como están”. Se olvidan -o se quieren olvidar- de que cualquier golpe de mala suerte, una enfermedad o el simple hecho de nacer en un barrio sin oportunidades puede torcer la vida de cualquiera por muy dispuesto que esté uno a esforzarse. De nuevo, el prejuicio viene de pensar en abstracto y no ahondar en la vida de los demás. Pero hay además un componente de egocentrismo clasista, porque para poder seguir diciéndose a sí mismos lo especiales que son por haber llegado lejos, necesitan creer que todo en la vida depende de tus capacidades y tu esfuerzo, y si crees eso, es inevitable que creas también que quien es pobre es porque se lo merece. Y ahí se corta todo camino a la compasión por los que están peor.
Estos días me he dado cuenta de lo fácil que es agitar la bandera del miedo al desconocido, del orgullo patrio, o el egoísmo, y lo difícil que es convencer a la gente de que hay que ayudar a los demás, aunque no los conozcas. Yo pensaba que la compasión era una virtud innata al ser humano, pero no lo es, sobretodo cuando se cuela la desconfianza en nuestros juicios, y en la derecha la desconfianza se ha colado hasta la cocina: desconfianza a que el que se beneficia de las ayudas sociales sea un vago, a que el inmigrante venga a vivir del cuento, a que el empleado se tome la baja porque es un cuentista o a que el inquilino vaya a destrozar la casa. Es ahí, en la desconfianza hacia los demás, donde se cuelan los populismos más rancios de la derecha.»
https://x.com/AlejandroCence2/status/2004506769280671793
Gracias a Antonio Orihuela, lector atento, me acabo de dar cuenta de un fallo grande en la primera edición de mi libro Donde el amor, allí el mundo… ¡Resulta que faltan las tres últimas páginas, que aquí voy a adjuntar (tomadas de las primeras pruebas)! Tengo mi parte de responsabilidad, pues corregí esas pruebas y las posteriores. Mea culpa.
(Aunque hoy sea 28 de diciembre, esto NO es ninguna inocentada, salvo que consideremos que un Hado fatal juega con nosotros.)
Donde el amor, allí el mundo_TRES PÁGINAS QUE FALTAN al final del libro
“Un diálogo con Manuel Sacristán sobre política y filosofía, cuarenta años después”, por Horacio Tarcus y Laura Klein
El pasado 27 de agosto se cumplieron cuarenta años de la muerte de Manuel Sacristán (1925-1985). Filósofo, editor, traductor y docente, Sacristán fue una figura clave en la renovación del marxismo español. Alejado del comunismo español después de su militancia juvenil antifranquista, jugó a partir de la década de 1970 un rol clave en la configuración de una red político-cultural que buscaba articular las clásicas demandas del socialismo con las reivindicaciones contemporáneas de los movimientos feministas, ecologistas y pacifistas.
Fue el maestro de una nueva generación de filósofos críticos, como Paco Fernández Buey, Toni Domenech, Juan-Ramón Capella y Gustavo Muñoz. Otro de sus herederos intelectuales, Salvador López Arnal, se refirió al marxismo de Sacristán como “excéntrico, heterodoxo, radical y sin ismos”. Durante su vida publicó apenas dos libros, pero se prodigó en artículos de revista, prólogos y clases, que sus discípulos fueron reuniendo en las últimas décadas. Estas ediciones permitieron un redescubrimiento de su pensamiento en tiempos recientes. Y mientras que otros autores muy leídos del siglo XX han quedado eclipsados, Sacristán ‒que fue cabalmente un hombre del siglo pasado‒ es más leído en el siglo XXI que en su propio siglo.
Por una serie de curiosas vicisitudes, esta entrevista, realizada en Madrid el viernes 28 de octubre de 1983, permaneció inédita hasta hoy. Sacristán la concedió generosamente a dos jóvenes argentinos que acababan de llegar a España después de siete años de dictadura. Laura Klein, entonces joven poeta y estudiante de filosofía, y quien escribe, estudiante de historia, asistíamos como ansiosos espectadores al Coloquio Internacional “Cien años después de Karl Marx. Ciencia y marxismo”, que tuvo lugar en la Universidad Complutense de Madrid entre el 24 y el 28 de octubre de 1983. Íbamos a escuchar a los referentes de una cultura marxista interdicta en la Argentina, figuras de la talla de los historiadores Pierre Vilar y Josep Fontana, el economista francés Benjamin Coriat, el sociólogo catalán Manuel Castells, el politólogo alemán Kurt Lenk, los filósofos Adolfo Sánchez Vázquez y Manuel Sacristán, entre muchos otros. Debía cerrar el coloquio una conferencia magistral de Toni Negri, pero la justicia italiana lanzó en ese ínterin su orden de captura. Negri debió refugiarse súbitamente en París y su conferencia fue leída en su nombre por Gabriel Albiac.
Sacristán había llegado unos días antes desde Barcelona (su ciudad adoptiva) a Madrid (su ciudad natal), acompañado por su nutrido grupo de discípulos, entre los que ya sobresalían Paco Fernández Buey y Toni Domenech. Laura Klein y yo nos acercamos a hablarle y no tardó en invitarnos a la mesa que compartía cada noche, al final de la jornada académica, con los jóvenes filósofos, en el reservado de una fonda madrileña. El jueves 27 asistimos a su conferencia magistral: “Los últimos años de Marx a través de su correspondencia”. A la salida le pedimos una entrevista y nos dio cita para el día siguiente, a las 15 horas, en un viejo bar madrileño cercano a la Plaza Cibeles.
Era el último viernes de octubre de 1983. Llegamos primero y lo esperamos con cierto nerviosismo. Pedimos dos cafés, probamos el grabador. Y a los pocos minutos vimos cómo se recortaba la figura austera de Sacristán caminando por la Calle de Alcalá. Se acercó lentamente, con movimientos parsimoniosos. Se disculpó por la ligera demora, se sentó entre nosotros y pidió un té. Y se entregó mansamente a nuestras preguntas acuciosas. La entrevista duró una hora, el anverso y el reverso de un antiguo cassette. Han transcurrido 42 años de aquel encuentro, cuatro décadas de transformaciones colosales. Es posible, sin embargo, que muchas de sus reflexiones tengan todavía reverberaciones en nuestro presente y no estemos tan sólo ante un documento histórico.
Nos gustaría comenzar la entrevista por su trayectoria intelectual, que sólo conocemos fragmentariamente por algunos artículos o prólogos suyos que han llegado a nuestro país. ¿Como llega usted al marxismo?
Ah, ¡comenzando desde tan lejos! Eso fue hace muchos años, ‒dice Sacristán, dejando asomar una tenue sonrisa.‒Pues, cuando se acabó mi infancia ‒por así decirlo‒, es decir, cuando cumplí 14 o 15 años, se estaba en el ambiente de la inmediata posguerra, y como muchos niños estaba en la organización del franquismo, la sección juvenil de la Falange Española y en lo que entonces se llamaba Sindicato Español Universitario. El camino de salida del fascismo español ‒que era bastante más contradictorio que otros, porque era una mezcla de motivos fascistas europeos típicos, sobre todo italianos, con la tradición carlista española, muy tradicionalista‒ era muy fácil. Era un fascismo, por lo tanto, bastante contradictorio en el plano ideológico, y la salida de él era sencilla: por regla general teníamos una crisis entre los 17 y los 18 años, y salíamos. En mi caso, fue una crisis particularmente difícil, porque por una serie de vicisitudes ‒imprudencia mía, por un lado‒ y lo que pasó por otro, no salí tranquilamente, sino condenado a muerte y esas cosas que hacían las bandas fascistas de la organización juvenil. Eso me motivó una temporada muy inquieta, en la que siempre tenía que ir armado, esperando que me dispararan. Pero al final, acabó más bien cómicamente, grotescamente: no pudiendo ya aguantar más, me fui a la casa de uno de los que yo sabía eran los ejecutores, los encargados de matarme. Aparecí allí a las seis de la mañana. Llamé a la puerta, la empujé, me fui a la cama del tipo y le dije: pues ahora vamos a ver quién mata a quién. Entonces hubo una escena ridícula, en donde el tipo me dice que no, que la condena a muerte había sido anulada, que no habían tenido tiempo de decírmelo… (risas).
¿Y cuál fue el primer rumbo que tomó, una vez que salió del franquismo?
Mi evolución ideológica ,por entonces, fue más bien anarquista. Mi primer hallazgo ideológico, el mensaje de crisis del pensamiento nacionalista y tan heterogéneamente católico, conservador y fascista, fue una salida anarquista. Doctrinariamente y también prácticamente, porque en la práctica me puse a buscar los restos de los sindicatos anarquistas en Barcelona, donde había pasado mi juventud. Y conseguí algunos contactos, de dos tipos. Había restos de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) en la clandestinidad, muy pasivos ‒se imaginan ustedes‒, muy desorientados. Nunca contacté con los anarquistas de la FAI, los combatientes armados, que eran muy pocos, pero que en ese tiempo, bajo el franquismo, se mantuvieron haciendo atentados: pocas veces con bombas, más bien atentados de tipo personal, disparando. Por ejemplo, un personaje impresionante, un tal Sabaté. Era un guerrillero aislado, un guerrillero solo, un guerrillero sin guerrilla, que murió acribillado en una estación de trenes1/1/. Yo nunca los encontré, a pesar que que sabía de su existencia. Nunca conseguí hallarlos.
Y luego había un tercer grupo de gente, que me defraudó mucho, que en su mayoría está incrustado en los sindicatos franquistas. Seguramente habían entrado con ánimos revolucionarios, pero la verdad es que estaban asimilados. Y en muchos casos, bastante corrompidos, no diría económicamente, pero sí en el plano moral. En realidad, no luchaban. Eran funcionarios de los sindicatos de Estado. Entonces [hubo] una larga temporada en la que, desanimado de las cosas públicas, simplemente estudié.
¿Cuánto duró ese período de repliegue en el estudio?
Unos diez años.
¿Siempre bajo el influjo de ideología anarquista?
Pues no, no necesariamente. En el plano del pensamiento político leía todo, también a Marx. Pero quiero decir que más bien me dediqué a estudios filosóficos. Es la época en que más me dediqué a la lógica.
¿Encaró estos estudios por su cuenta, o en la universidad?
¿En la universidad? Mmm, no. Ha sido muy accidentada mi carrera en la universidad, porque yo tuve una larga enfermedad ‒una tuberculosis renal, perdí un riñón‒ que retrasó mucho mis estudios. No los terminé hasta el año 1952, cuando tenía 27 años. Y luego de un año fui a Alemania para seguir estudiando. Y fue precisamente allí donde me cansé de no hacer nada políticamente y donde trabé relación con el Partido Comunista de España (PCE). E ingrese ahí, trabajando primero en el Partido Comunista de Alemania (KPD).
¿En qué año sucedía todo esto?
En el ‘54. El KPD era un partido minúsculo, con muy poca gente, muy dogmática, muy ruda. Buena gente, en verdad. Eran obreros que habían caído prisioneros del ejército soviético durante la guerra, y en la Unión Soviética habían descubierto que todo aquello en lo que habían creído de la grandeza alemana, de la raza aria, era malo. Y se convirtieron al opuesto, a todo lo que fuera opuesto. ¿Y lo opuesto que era? Pues los catecismos soviéticos. Y habiendo comprendido la criminalidad de su propio ejército y de su propia condición nazi, surgieron entonces con una fe incondicional, la fe del carbonero.
Cuatro ideas de materialismo histórico y materialismo dialéctico. Eran a la vez gente muy conmovedora, muy buena gente. Y eran muy pocos en la ciudad en la que yo estaba, Münster. Tenían un aura de combatientes, pero en verdad los que militaban y trabajaban eran apenas seis. Era algo de una extrema pobreza, muy triste. Y además, estando yo ahí, cuando el Partido Comunista Alemán renunció a la legalidad, se disolvieron. Yo les ayudé a retirar sus cosas de la casita muy modesta que tenían. Entonces, escribí a Praga, a la dirección del PCE, diciendo que estaba libre y a ver qué hacía yo.
Paralelamente usted estudiaba lógica matemática y filosofía de la ciencia en la universidad.
Sí, pero en 1956, concluidos mis estudios, volví a España y comencé a trabajar en la sección de estudiantes e intelectuales del PC de Barcelona, que entonces se llamaba Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC). Durante bastantes años, por la presión del franquismo, era posible estar en el partido comunista, aunque uno tuviera muchas reservas políticas. Porque fue la única fuerza que resistió al franquismo: uno pasaba por alto lo que no le gustaba porque… ¡aquello era lucha de verdad! En cambio, los socialistas, los republicanos… no hacía nada. Y los anarquistas, porque estaba destruidos por las razones que fuere, tampoco hacían mucho. Lo que pasa es que, de todas maneras, los desacuerdos con el Partido Comunista español se fueron acumulando…
¿Cuándo y cómo se dio su ruptura con el PCE?
Yo salí, realmente, cuando pensé que ya no podía seguir, en un pleno del Comité Central del año 1970, verano del setenta. Yo era miembro del Comité central y del Ejecutivo, y en ese verano tuvimos una discusión en la que mi propuesta quedó en una posición ridícula: votamos yo a favor, una abstención y todos los demás en contra. Yo no podía seguir en una situación así, y lo que hice fue retirarme, sin ningún espectáculo, silenciosamente. Yo nunca he pegado gritos para irme.
En los años siguientes, hasta la muerte de Franco (1975), no dije nada. E incluso colaboré muchas veces, si se necesitaba algún texto en la sección de estudiantes del partido. Estuve hasta el primer pleno del Comité Central en Madrid después de la muerte de Franco, en que fui a despedirme. Desde entonces, me ha parecido que no había base para sumarme a ninguno de los pequeños partidos comunistas existentes, ni para crear uno nuevo. Por eso hice más bien un trabajo de propaganda en revistas, conferencias, cursos…
Volvamos a esos años de la ruptura. ¿Cuáles eran las diferencias?
Bueno, no se pueden zanjar en unos minutos los principales motivos de desacuerdo, pero se pueden, al menos, mencionar de una manera vaga. Yo no compartía, desde hacía muchos años, ni la actitud que podríamos llamar ideológica, cada vez más alejada de los principios y los valores políticos y morales comunistas, ni sus juicios sobre la realidad. Curiosamente, me parecían demasiado realistas en cuestión de valores y demasiado utópicos en relación a la realidad. Constituían una especie de utopía de derechas, llena de ilusiones acerca de las posibilidades de alianzas con monárquicos, con la alta burguesía…, algo tan utópico como el utopismo más extremista.
¿Tuvo algún acercamiento con las posiciones críticas de Fernando Claudín y Jorge Semprún, que los llevaron algunos unos años antes a una ruptura con el Partido Comunista Español (PCE)?
No, no… quizás coincidía con algunos elementos, pero positivamente, no. Es que Semprún y Claudín, aunque personalmente son hombres enteros y honestos, curiosamente en la crisis que los separó del PCE falsearon voluntariamente la cuestión: ellos en realidad salía por la derecha. Salían considerando que no era posible movilizar a la clase obrera, que la economía capitalista había logrado superar la crisis y que tenía capacidad de desarrollo autosostenido, indefinido… Sin embargo, como su salida coincidió casi con el ‘68, insensiblemente se colocaron a la izquierda. Pero habían salido por derecha, claramente. Es decir, eran ideológicamente muy oscuros, una mezcla de reacción de izquierdas con un fondo del pensamiento ideológico muy de derechas.
Que hoy se ve más claro, con sus posiciones actuales de apoyo al ingreso de España en la OTAN.
Hoy se ve clarísimo, pero entonces lo vimos pocos. Y sobre todo a los no españoles los engañó completamente. Pero para quien lo veía desde dentro, era claro. Eso no quita que los elementos de crítica de Claudín a la manera de dirigir la lucha política del PCE estuvieran llenos de realidad. Pero esto ya era otra cuestión, ¿verdad? Por ejemplo, la crítica de Claudín acerca de la estimación insensatamente optimista que la dirección del partido hacía del resultado de las huelgas en los últimos años del franquismo era acertada.
La crisis del marxismo y la pobreza teórica del marxismo español
En el coloquio Cien años después de Marx, de Madrid, se discutió mucho si estábamos ante una crisis del marxismo, o una crisis del movimiento obrero, si la crisis era sólo práctica o se trataba de una crisis teórica…
Del movimiento obrero europeo, seguro. El otro día, en el Coloquio, recordé la frase aquella de Perry Anderson: “sólo el movimiento obrero está en crisis y no la teoría”, y dije entonces que me parecía una verdad parcial. Tomada al pie de la letra, bueno, es verdad. Porque la acumulación de escritos teóricos marxistas de los últimos quince años es enorme, y en ese sentido no se podría hablar de una crisis. Pero esto a mí me deja insatisfecho, porque es claro que el marxismo no es sólo un núcleo teórico, sino una doctrina inseparable de un movimiento. Y si el movimiento está en crisis, no puede ser que eso no afecte de ninguna manera al pensamiento marxista. Yo personalmente no dispongo de los instrumentos científicos para abocarme a esta tarea, que sería tema de estudio de un colectivo de sociólogos, economistas, historiadores… y también filósofos, pero no sólo filósofos.
Se me ocurren causas sueltas, pero no una explicación completa. Por empezar, el final del prestigio de la Unión Soviética en la mayoría de las masas trabajadoras y entre los intelectuales es un factor claro. Junto con eso, la pérdida de atractivo ideológico de las otras revoluciones del siglo. Un hombre de finales del siglo XX, como estamos, tiene que darse cuenta de que la revolución rusa tuvo resultados que no le acaban por gustar. La mexicana, no digamos. Los intentos de revolución de finales de los cincuenta y principios de los sesenta que aparecían anunciar el final del imperialismo ‒la subida de Jânio Quadros, la revolución cubana, el final del imperio belga en África…‒ fueron experiencias, año a año, de una esperanza enorme. Pero en Brasil, después de Quadros y Goulart, llegaron los gorilas estos y lo echan todo para atrás. En Cuba, los resultados son discutibles. Y en África central, no digamos lo que pasó: Lumumba y todo el movimiento lumumbista terminaron de la manera más horrenda. Y lo que hay ahora es casi peor que el rey Leopoldo de los belgas…
Una persona que piense un poco y que no tenga muchos ánimos para sostener eso que Antonio Gramsci llamaba el “optimismo de la voluntad”, bueno…¡no hay una sola revolución del siglo que le dé lo que prometía! No sólo la revolución rusa: es la experiencia trágica de todas las revoluciones. Entre trágica, como es el caso mexicano o el congoleño, o dudosa, como es el caso cubano, pero en todo caso las expectativas se han ido diluyendo.
Por último, agregaría otra causa: la crisis económica. Claro que la crisis podía haber sido punto de partida de una recuperación. Pero por las causas que sean, no lo ha sido. Es claro que la crisis provoca un retroceso en el movimiento obrero que alcanza extremos increíbles. En estos días, por ejemplo, la redacción de mientras tanto está contactando a sus amigos en Madrid, y nos vamos encontrando con varias sorpresas. Nuestro principal autor en cuestiones de política energética nos dice que no quiere saber nada más con este tema, que quiere dedicarse al arte y la literatura. “¿Para que seguir ocupándose de aquel tema, si vamos a salir volando por los aires?”, nos dice. Estamos hablando de un hombre muy valioso, muy capaz…
¿Que aportes hizo a su juicio el marxismo español al marxismo contemporáneo?
Creo que el marxismo español siempre ha sido muy pobre, mientras que el movimiento político de inspiración marxista siempre fue bastante rico y bien popular. Se ha dicho muchas veces que es un movimiento con poca teoría. En la estructura del Partido Comunista, por ejemplo, no hay manera de encontrar teóricos importantes. Hay intelectuales muy valiosos desde su fundación, pero teóricos no. Intelectuales muy valiosos, casi excelsos, grandísimos poetas como Miguel Hernández o Federico García Lorca, pero teóricos no. Sin embargo, la estructura del Partido Comunista de España (PCE) era en un sentido más prometedora que la del Partido Comunista Francés (PCF) o la del italiano (PCI).
El porcentaje de obreros industriales del partido español rebasaba con mucho al francés o al italiano. Sus debilidades eran los intelectuales y los campesinos. De modo que quizás tenga que contestar negativamente: la función teórica del marxismo español es pobre.
Aun así, si tuviera que hacer algunos nombres, ¿cuáles mencionaría?
Incluyendo lo que no me gusta ‒sonríe‒, pues seguramente habría que empezar por Gustavo Bueno2/2/. Creo que tiene una obra importante, consistente. Es un intento de preservar un máximo de nociones del marxismo tradicional en un nuevo revestimiento. Luego, está la corriente que se podría representar como nueva izquierda, que es un marxismo de ascendencia muy neohegeliana y mística, con mucha consideración por las tradiciones religiosas. Un representante de esta corriente que prometía mucho y que luego no se le ha visto fue Francisco Fernández Santos…
Sí, lo conocemos, a la Argentina llegó su libro Filosofía e Historia.
Bueno, ese era un libro interesante, muy interesante. Pero lo he perdido de vista. Finalmente, está lo que yo he intentado ‒y no sólo yo, sino muchos otros, aunque generalmente más jóvenes que yo‒, que es considerar la tradición de Marx más como una tradición política que como una tradición científica. Esto, sin desprecio de los elementos científicos que hay en la obra de Marx. Pero importa más la persistencia de los valores políticos que el detalle de las categorías científicas del marxismo. En ese sentido, nosotros nos movemos más libremente que los que están en la línea de Gustavo Bueno. No por desprecio de lo científico, repito, ni mucho menos. Sino por una consideración de lo científico más analítica, más instrumental, dando menos importancia a la teoría científica de Marx y más al método.
A mi criterio esto cubre lo que serían las tres tendencias que me parecen más vivas en la tradición marxista española, aunque no se puede decir que haya una tradición intelectual marxista. No digo que no haya intelectuales marxistas, pero creo que no han cuajado en escuela, en una escuela del pensamiento marxista, ni en el ámbito del Partido Comunista español ni tampoco en los partidos comunistas menores. Claro, está la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), que tiene siempre la proyección trotskista detrás, proviene de una tradición, aunque no estrictamente española.
Hemos visto que los trotskistas españoles de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) no sólo disputan liderazgos en el movimiento obrero, sino que participan en las luchas feministas, ecologistas, en las manifestaciones contra la OTAN…
Bueno, todos los pequeños partidos comunistas participan de esas luchas, especialmente en las marchas por el desarme. Algunos de manera muy contradictoria, como un partido socialista de liberación catalán que va a las manifestaciones pacifistas con una pancarta que dice “Lucha armada por la paz”.
Deshegelianizar a Marx
Volvamos a su propia corriente de pensamiento, la que usted representa, junto a Francisco Fernández Buey, Juan-Ramón Capella, Toni Domènech. ¿Se podría decir que ustedes se proponen eliminar los resabios especulativos de tradición hegeliana que perviven en la obra de Marx? ¿Se podría resumir su estrategia teórica en la consigna deshegelianizar a Marx?
Yo creo que sí. Me planteo la cuestión en estos términos: Hegel ha sido decisivo en el pensamiento de Marx. Y hasta el final. Sin Hegel no habría Marx, sin lugar a dudas. Negarlo, al modo de Louis Althusser, es una locura. Incluso en lo malo de Hegel, en lo peor de Hegel, en lo que hace a la calidad de científica, pues esa concepción filosófica de la historia que comentaba ayer en el coloquio, incluso eso, ha sido vital para la obra de Marx.
Porque sin esa fe un poco metafísica y trascendental según la cual la historia se movía necesariamente, probablemente el hombre no habría tenido la fuerza moral para trabajar en esas condiciones de hambre y enfermedad, ¿no? Así también sirvió la religión cristiana para resistir al imperio de Roma, ¿no? La de Marx era una creencia de origen hegeliano, aunque con el injerto ilustrado de darle gran valor a la técnica y a la ciencia. Esa creencia en la infalibilidad de la evolución histórica era fundamental para que siguiera trabajando.
Luego hay, además, numerosas influencias de Hegel muy positivas y buenas. La influencia, para empezar, de la enorme cultura de Hegel, esa gigantesca cultura que fue alimento intelectual de Marx. E incluso observaciones muy agudas de Hegel sobre la ciencia y la técnica: por ejemplo, hay una frase de Hegel sobre las máquinas en la Filosofía del Derecho que está en la base de ciertos desarrollos de Marx3/.
Lo que yo creo que es digno de ser eliminado es esa noción de ciencia como saber absoluto. Para Hegel, lo científico es lo absolutamente sabido, como era para Platón. Hoy sabemos que eso no es la ciencia, esa es acaso la ilusión. Ciencia es, en principio, saber realizable, saber no absoluto.
¿Usted considera que en Marx prevalece esa noción de ciencia como saber absoluto, incluso en una obra como El Capital?
Creo que Marx trabaja un poco confusamente con nociones de ciencia de tipo distinto. Parte de una idea de ciencia absoluta que ya de joven critica con los otros jóvenes hegelianos para pasar a la noción de ciencia como crítica. Luego, mientras va madurando a lo largo de su vida, él mismo va haciendo ciencia positiva, ciencia real. Así va adquiriendo inconscientemente la noción de ciencia de su época. Entonces, los tres planos de la ideología de la ciencia se pelean en su obra constantemente. Yo creo que en el pensamiento de Marx estas tres nociones de ciencia nunca han llegado a aclararse.
De modo que la noción de cientificidad del marxismo había que deshegelizarla, entendiendo por cientificidad simplemente el método científico propio de cada campo, al servicio ‒en el campo específico del marxismo‒ de una práctica transformadora. Y en segundo lugar, habría que romper con ese fatalismo histórico que es más o menos coherente con esa idea de ciencia. Aquí también la cosa es, en el propio Marx, muy contradictoria, porque él, desde bastante joven, está haciendo afirmaciones de que el cambio social no es fatal. Pero, por otra parte ‒y simultáneamente‒, está la idea de la infalibilidad. Lo primero está en el mismo Manifiesto comunista, en términos sumamente cautos, cuando está admitiendo la posibilidad de que la lucha de clases no tenga una resolución positiva4/. Pero otra es cuando está polemizando, por ejemplo, en la Crítica del Programa de Gotha, cuando es capaz de usar palabras como infalible, inexorable…
¿Usted cree que Marx “cierra el sistema”, de un modo semejante al que Engels señala en la obra de Hegel?
No, entre otras cosas porque si hubiera querido, ni siquiera hubiera tenido el tiempo para hacerlo. Ante lo que parecen “cierres”, como la proposición del materialismo histórico en La ideología alemana, o el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, tanto él como Engels han declarado que no se trataba de tal, que era un sistema abierto.
Según Engels, la tarea teórica consistía en recuperar el método de Hegel volviéndolo contra su sistema. Lukács lo convalidó muchos años después y esto se ha convertido en un lugar común de la cultura marxista. ¿Es posible pensar semejante contraposición entre método y sistema en la obra de un autor?
Yo no lo haría. Y curiosamente, Hegel mismo se ha anticipado a esto: hay un texto donde dice que el método es el sistema y el sistema es el método5/. Yo creo lo mismo, creo que el método de Hegel sólo es justificable en el sistema del idealismo absoluto. Sólo si de verdad la comprehensión correcta del Ser fuera el idealismo absoluto, el Ser sería dialéctico en sentido hegeliano, capaz de un desarrollo propio de una definición, dotado de una logicidad interna. Si el Ser es el Espíritu, pues de acuerdo. Si el Ser es Idea, esto es posible. Pero si no lo es, si el Ser no es Razón, o bien no todo el Ser es Razón, no es así. En suma, el método está implicado en el sistema y viceversa.
Engels hablaba de un método dialéctico que reniega de todo lo dogmático, incluso del contenido dogmático del sistema, ¿no es así?
Yo creo que el método, tal como está en Hegel, es perfectamente compatible con el sistema, cuando el sistema es el sistema absoluto. Pero creo, sin embargo, que el intento de separación del método de Hegel ‒utilizable en otro contexto ontológico‒ de su sistema, ha sido un error, como tantos otros, fecundo. Ha permitido como una explosión de la idea hegeliana de dialéctica. Ha permitido la aparición tácita, poco clara pero fecunda, de nuevas nociones de dialéctica.
La dialéctica como estilo
¿Pero cuál es la noción de dialéctica que rescata usted aquí: dialéctica como método, como lógica, como proceso objetivo de la historia…?
Como lógica desde luego que no, terminantemente no. Como proceso objetivo, bueno, es algo meramente metafórico. Como método sí, pero en un sentido laxo de método, un sentido en el que método quiera decir estilo intelectual.
A mí me parece que un concepto sostenible de dialéctica es un concepto integrado por notas como globalidad de la visión, inmanentismo ‒explicación por el conjunto de los datos y no fuera de los datos-, asunción de la noción de cambio como noción fundamental del proceso… Yo creo que esas nociones que componen una dialecticidad razonable ‒no la de Hegel‒ están siendo realizadas y planificadas por técnicas formales y matemáticas modernas. Algunos marxistas ya lo están viendo y aplicando. Una de las cosas más interesantes de todo esto es la aplicación de las ideas dialécticas marxistas a la Teoría de catástrofes, la teoría matemática de catástrofes 6/.
Esta teoría, por ejemplo, viene a aclarar viejas intuiciones dialécticas, como la del salto cualitativo de la dialéctica. O la Teoría general de sistemas7/, que sin perjuicio del carácter conservador y reaccionario de muchos de sus cultores, clarifican mucho nociones dialécticas como la de “totalidad”. Y es capaz de incorporar también la idea de movimiento, lo que equivale a un cambio de sistema. En fin, se están desarrollando bastantes técnicas exactas que, en mi opinión, incorporan las nociones dialécticas y le dan una comprensión a esto de la dialéctica en tanto que estilo intelectual.
Lo que sucede es que para una tradición socialista de verdad, socialista radical, este estilo intelectual es no sólo interesante y más verdadero, sino imprescindible. Porque la práctica revolucionaria necesita tener delante una visión concreta e integrada de la realidad en la que busca intervenir. No es como la práctica tecnológica, que es fragmentaria. La práctica revolucionaria no puede ser fragmentaria, y por tanto necesita de una visión dialéctica.
Cuando usted habla de “totalidad”, “inmanencia”, “cambio”, no las considera categorías de pensamiento, sino que se refiere a ellas como “notas”, “nociones” que conformarían un “estilo”.
Efectivamente, no se trata de categorías lógicas en la medida en que no son sucedáneos, el sustituto de la lógica formal, de la lógica corriente. Se construyen con elementos mínimos lógicos, propios de la lógica formal, más simples. Digamos que se trata de articulaciones de elementos lógicos mínimos.
… pero que ya están fuera de la lógica.
Son más que lógica, en el sentido de distintos, o contrarios. Son composiciones complejas de elementos lógicos, si es que se hace un análisis formal de ellos.
Pero, ¿no son categorías que se contraponen a la lógica formal, o que por lo menos la exceden?
Es que no hay otra lógica que no sea formal. Hay autores importantes que, aun estando en contra de esto, son más claros que lo que se era en otra época. Hay autores en Latinoamérica, en Canadá, en Inglaterra, empeñados en formalizar como un sistema lógico un pensamiento que ellos consideran dialéctico. Utilizan procedimientos como las lógicas trivalentes ‒donde al verdadero/ falso se agregan el valor indefinido‒, o como un lógico inglés, utilizan el valor paradójico, o como un lógico ecuatoriano ‒Lorenzo Peña, un clérigo marxista español que enseña en la Universidad Católica de Quito‒, que intenta una lógica dialéctica muy formalizada, con todos los requisitos técnicos de la lógica simbólica moderna, para salvar frases de Engels gracias a Santa Teresa (risas). Sí, sí, de veras, recoge frases de Engels como la “negación de la negación” junto a versos de Santa Teresa como “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero”… Junta todo esto, pero con una buena calidad técnica8/. Me parece que, como ejercicio intelectual, es un trabajo muy valioso.
Formalmente no hay nada que decir, está claro que uno puede construir un sistema formal con valores paradójicos, ya sea introduciendo dos negaciones diferentes, donde una fuerte cumple la función de la negación clásica y la débil no la cumple. Pero aquí no hay contradicción: se respeta la lógica clásica. Ahora bien, epistemológicamente, me parece inútil para toda reflexión en ciencia política y en teoría de la revolución. Y también discutible en su propio campo. Por ejemplo, en el uso político del lenguaje, a mí me parece un disparate. Lorenzo Peña considera útil e incluso imprescindible apelar al lenguaje natural ‒Peña llama natural a su negación débil‒ manteniendo como correctas expresiones como Lo sé y no lo sé…, Quiero y no quiero…. A mí me parece mucho más sano considerarlas como elipsis de otra cosa, como la frase “He estudiado un poco, pero no bastante” o “Aún no estoy decidido”. Yo le preguntaría a Lorenzo Peña qué pasaría si al llegar un día a casa de su madre se encuentra con el médico y a la pregunta de si la encuentra enferma el médico responde: “Está y no está”. ¿Se daría por contento?.
En fin, yo encuentro a estos sistemas formalmente impecables, pero epistemológicamente estériles y discutibles. Y digo discutibles porque no soy competente en física cuántica y tengo que fiarme de los que dicen físicos, matemáticos y científicos competentes en ese campo. De todos modos, hay que ser ecuánime: hay matemáticos interesados en desarrollar una teoría apenas explorada: la teoría de los conjuntos difusos o confusos, respecto de los cuales puede ocurrir que no sea posible decidir si un determinado objeto sea o no parte del conjunto. Esta teoría podría dar fundamento a la lógica del sí y no. Es materia de discusión. Yo personalmente creo que para la teoría económica y social que puede ser de interés para el socialismo es irrelevante. Y hasta que no esté claro, reservo el juicio para la física.
Notas
1/ Francesc Sabaté (1915-1960), más conocido como El Quico, fue un anarquista catalán, emblema de la resistencia armada antifranquista durante las décadas de 1940 y 1950. Nota del editor.
2/ Gustavo Bueno Martínez (1924-2016) fue un filósofo español, autor de una vasta obra encuadrada en lo que él mismo llamó “materialismo filosófico”. Nota del editor.
3/ “La abstracción del producir hace además que el trabajo sea cada vez más mecánico y permite que finalmente el hombre sea eliminado y ocupe su lugar una máquina”. G. H. F. Hegel, Principios de Filosofía del Derecho, Buenos Aires, Sudamericana, 2012, §198, traducción de Juan Luis Vermal. Nota del editor.
4/ “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes”. Karl Marx-Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista, cap. I (Burgueses y Proletarios). Traducción de Wenceslao Roces. Nota del editor.
5/ Es posible que haga referencia al párrafo de la Ciencia de la Lógica en que Hegel señala que en el método entra la consideración del contenido al mismo tiempo que “el método mismo se amplía ahora, debido a este momento, en un sistema”. G. H. F. Hegel, Ciencia de la Lógica, Buenos Aires, Solar, 1982, p. 577, traducción de Augusta y Rodolfo Mondolfo. Nota del editor.
6/ La Teoría de catástrofes surgida en la década de 1960 gracias a los trabajos del matemático francés René Thom, se hizo conocida en la década siguiente por los desarrollos del matemático británico Christopher Zeeman. Entre los diversos tipos de catástrofe establecidos por esta teoría (catástrofe de pliegue, cúspide, cola de golondrina, mariposa, hiperbólica, elíptica y parabólica), uno de los más conocidos popularmente es el efecto mariposa, que permitiría explicar matemáticamente cómo los sistemas cambian abruptamente (se rompen) ante pequeñas perturbaciones. Si en un sistema se produce una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación se podrá generar un efecto considerablemente grande, a corto o mediano plazo. Nota del editor.
7/ La Teoría general de sistemas, nacida en el campo de la biología para entender los organismos como sistemas abiertos y en constante intercambio con otros sistemas, fue formulada inicialmente por el biólogo austríaco Ludwig von Bertalanffy. En su Teoría general de sistemas (1969), Von Bertalanffy afirma que las propiedades de los sistemas no pueden comprenderse en términos de sus elementos separados. La comprensión de los sistemas sólo ocurre cuando se estudian globalmente, considerando la interdependencia de sus partes. Las tres premisas básicas son las siguientes: Nota del editor.
8/ Lorenzo Peña, Formalización y lógica dialéctica. Estudio sobre la contradictorialidad de lo real y la crítica de la filosofía marxista, Quito, Pontificia Universidad Católica del Salvador, 1980. Nota del editor.
“Netanyahu y su fallido gobierno son responsables de los dos mayores desastres de la historia de Israel: la masacre del 7 de octubre y la respuesta israelí a la masacre del 7 de octubre. En el primer desastre, unas 1200 personas fueron asesinadas, mujeres y niños fueron secuestrados y se cometieron horribles crímenes contra la humanidad. En el segundo desastre, matamos a decenas de miles de civiles, causamos la muerte de cautivos, infligimos la destrucción de todo un distrito, provocamos una hambruna masiva y cometimos innumerables crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. El primer desastre provocó un trauma cuyas repercusiones se sentirán durante décadas. Pero el segundo desastre destruyó los cimientos sobre los que se construyó el Estado de Israel: la legitimidad internacional, las relaciones diplomáticas y económicas con el mundo árabe y la solidaridad dentro de la sociedad israelí. (…) El historiador Adam Raz, al comienzo de la guerra, escribió sobre el surgimiento de una ‘comunidad del crimen’. Previó cómo los israelíes se unirían en torno al crimen conjunto y cómo los líderes se asegurarían de que todos participáramos en él. ‘Hay un tipo de político cuya política consiste en convertir a los israelíes en criminales’, escribió Raz. Yo también formo parte de la comunidad israelí del crimen.”[1]
[1] Nir Hasson, “Two years after the massacre, I look back in disbelief. I, too, missed the October 8 surprise”, Haaretz, 3 de octubre de 2025; https://www.haaretz.com/israel-news/2025-10-03/ty-article-magazine/.highlight/two-years-post-massacre-i-look-back-in-disbelief-i-too-missed-the-october-8-surprise/00000199-a5f9-dde8-a9f9-bdf98f850000
Acaba de celebrarse (en el Congreso de los Diputados de Madrid) la jornada “Más allá del crecimiento”, el pasado 26 de septiembre, que ha consensuado un documento interesante y recomendable.[1] ¿Somos capaces de imaginar un futuro más allá del crecimiento, donde el valor de suficiencia sea clave?
Además de estar ya disponibles en la web del Congreso (https://app.congreso.es/AudiovisualCongreso/audiovisualEmisionSemiDirecto?codOrgano=497&codSesion=438&idLegislaturaElegida=15&fechaSesion=26/09/2025 ), los vídeos de cada una de las sesiones de conferencia estarán pronto disponibles en la web https://beyondgrowth.es/ . Entre las muchas intervenciones importantes, recupero éstas de tres personas cercanas: intervención de Carmen Madorrán a partir de 1h. 7’; intervención de Júlia Martí a partir de 4 h. 59’; intervención de Adrián Almazán a partir de 6 h. 17’.
Aquí la intervención de Manuel Casal Lodeiro: https://casdeiro.info/textos/2025/09/29/mi-intervencion-en-la-conferencia-mas-alla-del-crecimiento-26-09-25-version-extensa/ . El activista gallego escribe: “Seguir insistiendo en crecer en un planeta finito sólo puede llevar a luchar encarnizadamente contra otros pueblos, contra otras especies, contra las generaciones de nuestras propias hijas y nietos, por robarles un pedazo de los recursos que en justicia les corresponden. Como decía William Catton y muchos después de él, «estamos saqueando futuro». Y ¿por qué?, o ¿para qué? Pues simplemente para quemar el botín en el altar del sacrosanto Producto Interior Bruto, a mayor gloria de un sistema tan absurdo, el capitalista, que sólo funciona si crece sin parar, y que por tanto es un cáncer para nuestra especie y para el conjunto de la Vida en la Tierra. Existen infinidad de otras maneras de organizar una economía, y una sociedad, que no son tumorales. Existen otras culturas, otras formas de civilización: ¡han existido durante el 99% de nuestra historia! Y es hora de recuperarlas o de reinventarlas. Si de verdad somos tan listos como nos creemos… ¿por qué no inventar juntos el poscrecimiento?, ¿por qué no podemos inventar juntas el poscapitalismo y curarnos de este cáncer que nos está matando?”
[1] La Declaración común presentada en la jornada está abierta a adhesiones a través del siguiente enlace: https://my.liberaforms.org/adhesiones-declaracion-conferencia-beyondgrowth . Después del 14 de octubre, una vez concluido el proceso de adhesiones colectivas, se difundirá el documento de manera masiva.
Lilith Verstrynge, en uno de los artículos de análisis sobre la situación en Francia que publica con cierta regularidad, evoca lo que el filósofo Alfred Sohn-Rethel “ha llamado la gestión de la ruina: dar oxígeno a un capitalismo en crisis a costa de destruir las condiciones de vida de la mayoría”.[1] Pero lo que está en riesgo no son sólo las condiciones de vida de la mayoría (intramuros), sino también las condiciones de habitabilidad de la Tierra (extramuros). Habría que hablar más bien de gestión de la ruina, el ecocidio y el genocidio.
Impresionante, al respecto, el análisis de Gil-Manuel Hernández, “El normal caos del exterminio”.[2]
[1] Lilith Verstrynge, “Francia, algo más que un problema de deuda”, El País, 29 de septiembre de 2025.
[2] Gil-Manuel Hernández, “El normal caos del exterminio”, Rebelión, 24 de septiembre de 2025; https://rebelion.org/el-normal-caos-del-exterminio/
https://espai-marx.net/sacristan/?page_id=1861
Este número monográfico dedicado a Manuel Sacristán en su centenario ha sido coordinado por José Sarrión Andaluz. Me ha correspondido escribir uno de los artículos:
NB268_artículo J.Riechmann PENSAR CON MANUEL SACRISTÁN ECOSOCIALISMOS, otoño 2025
“No son humanos (o no del todo, como lo somos nosotros). Y como somos más fuertes, podemos hacer con ellos lo que queramos”. Ésta es la fórmula del genocidio: lo fue para la Shoah, lo es ahora para el genocidio palestino, vale también para los demás genocidios (Armenia, Ruanda…).
La relatora de NN.UU. para Palestina, Francesca Albanese, estima en 680.000 las muertes causadas por Israel en Gaza.[1] Esta cifra incluiría no sólo las muertes a manos del ejército israelí (con una inmensa mayoría de civiles frente a los reales o supuestos militantes de Hamás), sino también las muertes por hambre, enfermedades y otras carencias. Se llega a este guarismo horroroso por la estimación (que avanzó The Lancet en 2024) de que las muertes indirectas en los conflictos armados son entre tres y quinces veces superiores a las muertes directas. Así, unas 544.000 personas podrían haber muerto en gaza de esa forma indirecta; y entre 65.000 y 136.000, directamente a manos del ejército israelí.[2]
El nivel de destrucción en la Franja de Gaza (apenas 360 km2, con un enorme hacinamiento de población a resultas de varios decenios de colonialismo israelí) es inimaginable: hasta junio de este año el Estado sionista había lanzado más de cien mil toneladas de bombas en el enclave.
La ultraderecha israelí (en el Gobierno) quiere asesinar a buena parte de la población de Gaza, expulsar al resto y quedarse con el territorio (para aplicar después un plan semejante en Cisjordania… y más allá, según la bárbara aspiración al Gran Israel). Pero, más allá de eso, quiere hacer a su propia sociedad cómplice de crímenes tan horrendos que luego no haya marcha atrás. Y así está destruyendo, moral y políticamente, a los israelíes…
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No, no hay infrahumanos (salvo en las construcciones mentales del supremacismo racista).
Y por si acaso piensa usted en otros seres vivos que Homo sapiens: no, ellos son more-than-humans como dicen los anglosajones: más que humanos. En el sentido de que llevan más tiempo que nosotros aquí, y saben mucho sobre cómo vivir en esta Tierra, y nosotros somos (como diría cualquier amerindio de Abya Yala) los hermanitos menores.
***
El judaísmo –esa grande y valiosísima corriente cultural cuyos principios rectores incluyen “no destruir, dar reposo y reparar” –[3] ha sido en buena medida secuestrado por el sionismo. Interesa a toda la humanidad ayudarle a liberarse de ese abrazo mortal.
Y por lo que nos toca a nosotros en España: fuimos pioneros en limpieza étnica de judíos (¡ah, nuestros celebrados Reyes Católicos!), lo cual no debería estar nunca ausente de nuestra consideración de estos asuntos. Al respecto, estas líneas de José María Ripalda en un breve artículo en Viento Sur donde se suma a las evocaciones de Manuel Sacristán en su centenario:
“El referéndum de la OTAN (1986) fue algo así como la última batalla de Sacristán, que, a semejanza del Cid, libraron notoriamente sus discípulos después de muerto; seguramente significó también la derrota que selló ‘la Transición’. Felipe González, quien se había opuesto a la entrada en la OTAN bajo Calvo Sotelo, fue quien, como ‘poli bueno’, convenció de que entraran por el aro a los españoles, traumatizados por el aún cercano 23-F. Pero he creído escuchar un eco del clamor antimilitarista que recorrió entonces las calles de España en las protestas recientes por la destrucción de Palestina… pese a su reformulación como ética de las buenas intenciones y a la incapacidad crónica de reconocer una resaca también de nuestro pasado genocida (con los judíos) en el actual genocidio palestino. Demasiada buena conciencia oficial una vez que algo es declarado pasado.”[4]
[1] Claudia Maniscalco, “La relatora de la ONU, Francesca Albanese, estima en 680.000 las muertes en Gaza”, 20 minutos, 15 de septiembre de 2025.
[2] Richard Hil, “Gaza death toll far worse than reported in Western media”, Independent Australia, 12 de agosto de 2025.
[3] Y. Neril, “Intro al judaísmo y el medio ambiente”, JewishEcoSemibars, octubre de 2009; citado en Josep Maria Panés, La locura del progreso. Un psicoanalista escribe sobre cambio climático, Xoroi eds. 2025, p. 253.
[4] José María Ripalda, “Adiós a Manuel Sacristán”, Viento Sur, 17 de septiembre de 2025; https://vientosur.info/adios-a-manuel-sacristan/
MORALIDAD, ÉTICA NORMATIVA, ETC_compressed
SOBRE ÉTICA Y ANIMALES, parte 1
SOBRE ÉTICA Y ANIMALES, parte 2
Burgui & Chuvieco DILEMAS AMBIENTALES, 2017 -índice, 1
Burgui & Chuvieco DILEMAS AMBIENTALES, 2017 -cómo decidir, 2
Burgui & Chuvieco DILEMAS AMBIENTALES, 2017 -Garray, 3
ÉTICA ECOLÓGICA -UNA APROXIMACIÓN_compressed
32 respuestas a la pregunta «¿Qué queda (y quedará) de la obra de Manuel Sacristán en el centenario de su nacimiento?».
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Aquí la mía:
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