intramuros, extramuros y las elecciones generales del 29 de noviembre

Con la impresionante movilización en torno a la vivienda de estos días (incluida la acampada en Sol desde el 26 de septiembre), catalizada por el Sindicato de Inquilinas, se muestra otra vez algo decisivo que no deberíamos olvidar nunca: en lo que se refiere a la política intramuros (que es, para la mayoría, la única política que hay y tiende a resolverse en mera cratología), la acción decidida de un número muy pequeño de personas, llevada a cabo en el momento decisivo (kairós), logra grandes cosas. Según lo que se ha leído estos días en prensa, en Madrid el Sindicato de Inquilinas lo componen entre cien y doscientas personas, aunque el núcleo activo (quienes militan de forma regular, días tras día) son entre sesenta y setenta.

Habrá elecciones generales el 29 de noviembre. “Son, seguramente, los comicios más decisivos desde las elecciones de 1977. Lo que aquel año España dejó atrás fue la extrema derecha. Medio siglo después, la historia ha girado y lo que tenemos delante no parece una alternancia democrática al uso, sino la posibilidad real de que la extrema derecha vuelva al poder”.[1]

Y antes de esas elecciones habrá huelga general (convocada por el Sindicato de Inquilinas, CGT, CCOO, UGT y otras organizaciones). Salarios, vivienda, coste de la vida son lo que está llevando ahora a cientos de miles de personas (¡jóvenes sobre todo!) a las calles. Pero, ay, intramuros y extramuros: en lo macro y en lo que se desarrolla más allá de los muros de la ciudad, los precios baratos se logran (sin desmerecer los efectos de la desigualdad social, tan importantes) con la externalización masiva de daños y costes –comenzando por el uso de la atmósfera como cubo de basura de los GEI (Gases de Efecto Invernadero) y la tragedia climática.

Se puede ver estos días con la pugna política en Brasil, donde Lula ha perdido (por dos puntos) la primera ronda de las elecciones presidenciales frente a Flavio Bolsonaro. De lo que me duelo, como cualquier persona con dos dedos de frente que no pertenezca a la clase dominante. Pero la opción es entre destruir la selva amazónica y el clima de la Tierra con socialdemocracia (algo más lentamente, y con ciertos elementos de justicia social) o destruir la selva amazónica y el clima de la Tierra con fascismo (a ritmo acelerado y con furiosa, criminal exasperación nihilista).

 

[1] Toño Fraguas en la newsletter para suscriptores de eldiario.es, 6 de octubre de 2026.

etimologías: «verde»

El adjetivo verde viene del sustantivo vis (en latín: fuerza, potencia, vigor) a través de la forma viridis.[1] “Verde” expresa la fuerza del mundo vegetal, la potencia de la clorofila (que nos toca exaltar frente al mundo rojo de la hemoglobina). Si la Ilíada es “el poema de la fuerza” sangrienta (Simone Weil), hoy nos toca más bien escribir el poema de la fuerza verde.

 

[1] Sobre esta etimología: Cesare Pavese, El oficio de vivir, colección de clásicos de EL PAÍS (que retoma la edición de Ángel Crespo en Seix y Barral), Madrid 2003, p. 23.

¡sigamos a william e. rees!

Me gustaría llamar la atención sobre el blog (en la plataforma Substack) de William E. Rees, ecólogo y economista ecológico (ahora profesor emérito en la University of British Columbia, Canadá) que aporta mucho para nuestros interrogantes ecosociales… Aquí, por ejemplo, una entrada de hace un par de días sobre una cuestión que discutimos mucho ahora: la solución frente al calentamiento global ¿son aparatos de aire acondicionado a escala masiva?

https://reeswilliame.substack.com/p/seems-we-know-how-to-fix-global-heating

josé luis villacañas advierte frente a la virtualidad y la inteligencia artificial

“En el camino de los poderes imperiales se alza un nuevo espacio que se disputan los grandes Estados-imperio (…): el espacio de la virtualidad. En la medida en que conecta con elementos pulsionales profundos del psiquismo, como la curiosidad, el afán de novedad, la autoafirmación o el narcisismo, la virtualidad es el medio más adecuado para controlar el psiquismo; porque el control de tal espacio constituye l medio más capaz de producir un individualismo radical. La reducción al individuo aislado, anclado en el propio goce de representaciones infinitas en el mundo de la virtualidad, es el medio más directo de homogeneizar la interioridad, de provocar confusión, pulsionalidad, impotencia, arbitrariedad subjetiva, repudio de cualquier perfectibilidad comunicativa y de tener que darle la razón a algún otro. Ése es el medio más seguro de gobernar la subjetividad y de dejar intacta cualquier estructura de poder. En la medida en que la inteligencia artificial calme la aspiración del conocer, acuñando la respuesta más frecuente y segura, se impondrá un contenido mental promedio, que será el resultado del automatismo algorítmico, la encarnación de una burocracia automatizada que se incrustará en nuestra inteligencia, de forma que se abandonará la necesidad de planteamientos propios y globales, dotados de horizontes personales de significatividad. La industria farmacológica y las estructuras comunitarias de las iglesias, serán la alternativa para calmar las ansiedades y los desconsuelos que no logre hacer desaparecer la constante atención a las novedades digitales. Esta forma de construir la subjetividad por la inteligencia artificial hará imposible o irrelevante la democracia…”[1]

 

[1] José Luis Villacañas, Senderos que se bifurcan, arpa, Barcelona 2026, p. 227-228.

las noticias sobre la muerte de la ilustración han sido un poco exageradas

Doy aquí la versión original (en castellano) de un breve artículo mío que se ha publicado (traducido al catalán) en el número monográfico titulado LA IL.LUSTRACIÓ HA MORT? de la revista Valors (núm. 250, septiembre de 2026).

https://valors.org/valors-arriba-al-numero-250-i-proposa-un-retrat-global-del-mon-davui-preguntant-se-pel-desti-de-la-illustracio/


Las noticias sobre la muerte de la Ilustración han sido un poco exageradas

 

“Las noticias sobre mi muerte han sido exageradas” (o, más exactamente, “la noticia de mi muerte fue una exageración”) es una célebre cita atribuida a Mark Twain en 1897, tras varios informes erróneos sobre su fallecimiento. Quizá habría que decir algo parecido a las noticias sobre la muerte de la Ilustración.

Por un lado, es indudable que necesitamos una crítica radical, muy a fondo, de la Modernidad euro-occidental y sus mitos, empezando por el del progreso (que hay que escribir con mayúsculas: el Mito del Progreso). Ahí hay mucho y buen trabajo hecho: desde la filosofía (pensemos en la Teoría Crítica francfortiana), desde la sociología rebelde, desde la antropología anarquista (ah, esas páginas inolvidables de David Graeber y David Wengrow sobre ciertos orígenes iroqueses de la Ilustración europea), desde las Epistemologías del Sur (con Boaventura de Sousa Santos y otras autoras), desde el pensamiento de los pueblos originarios (un Ailton Krenak, una Robin Wall Kimmerer…), desde los ecologismos y ecofeminismos, desde la teorización descolonial… La lista podría alargarse.

A mí no me han interesado tanto las variantes de esa crítica que –para abreviar– podríamos llamar posmodernas como las autocríticas internas de esa propia Modernidad. Entre ellas, la tradición ecosocialista que siento como propia, dentro de la cual me encuentro con pensadores como Manuel Sacristán (1925-1985) o Francisco Fernández Buey (1943-2012). Consideremos a este último: continúa la tradición roja, verde y violeta de la revista mientras tanto (fundada en 1979 y aglutinada en torno a Manuel Sacristán y a Giulia Adinolfi) y en cierta forma recoge lo que podríamos llamar “ecosocialismo clásico” (uno de cuyos clásicos es el propio Sacristán, probablemente el pensador marxista español más importante del siglo XX), pero acentúa el aspecto de crítica colonial (que ya despuntaba, por otro lado, en el propio Sacristán con su interés por las culturas amerindias y su trabajo específico sobre la cultura apache y el destino de Gerónimo).

Vale la pena rememorar, siquiera brevemente, al maestro y amigo de Paco Fernández Buey. Manuel Sacristán (cuyo centenario hemos celebrado, con numerosas actividades públicas y publicaciones, en 2025) se forjó, al mismo tiempo, en la lucha clandestina contra la dictadura de Franco y en el pensamiento en filosofía de la ciencia y en lógica. El suyo fue un marxismo muy interesante, un marxismo praxeológico, gramsciano, pero también muy defensor la importancia de la ciencia y la racionalidad. Sacristán, de manera muy significativa, entró en unos años de honda crisis a raíz del 68: pero en su caso no tanto el 1968 francés como el checo (lo ha explicado muy bien Salvador López Arnal en su libro El final de una esperanza). En el verano de 1968 los tanques soviéticos entran en Praga y eso supone en efecto el final de las esperanzas (que abrigaban muchos comunistas de la época) en cierta posibilidad de regeneración desde dentro del bloque soviético. Esto afectó mucho a Sacristán, quien dejó entonces sus cargos en la dirección del PSUC (la oposición comunista clandestina a la dictadura de Franco) y padeció una depresión considerable en los años siguientes. Pues bien: una manera muy interesante que Sacristán encontró para ir elaborando todo aquello, aquel desastre político, fue el trabajo sobre algunas culturas amerindias, emprendido en 1970-1971, y que condujo por ejemplo a que el filósofo y profesor de la Universidad de Barcelona tradujese (y luego anotase muy profusamente) el libro de memorias conversadas de Gerónimo, el caudillo apache. Gerónimo. Historia de su vida (1975) es un libro fascinante por ese diálogo entre Sacristán –quien era un racionalista europeo, un auténtico heredero de la Ilustración– con todo lo que suponía aquella resistencia anticolonial amerindia.

Luego, Paco Fernández Buey –quien es uno de los discípulos principales de Sacristán, yo diría que el más importante junto con Antoni Domènech– dedica un montón de trabajo, durante años, a recuperar la figura de Bartolomé de Las Casas. La gran perturbación. Discurso del indio metropolitano (1995) es una obra mayor, escrita antes de que se comenzase a hablar de “giro decolonial”. Ejemplifica muy bien esa autocrítica de la tradición europea ilustrada que puede conectar con algunos elementos dentro de sus propias trayectorias (pese a que, históricamente, esas posiciones fueron derrotadas). Las Casas fue en efecto derrotado en el decenio de 1550-1560, en la España absolutista y colonial de entonces; pero ese hilo rojo, aunque sea delgado y frágil, sigue estando ahí: es muy real.

Pero si consideramos a Las Casas, y a los erasmistas, y a Montaigne, ¿no habría que hablar de cierta ilustración europea anterior a la Ilustración oficial del XVIII? Esto aconsejaría referirnos siempre a ilustraciones (en plural) más que a una Ilustración. Si decimos “ilustraciones” ya nos situamos en un marco un poco diferente: no estamos remitiéndonos a aquellos europeos con pelucas empolvadas en salones franceses del siglo XVIII, sino a “momentos de ilustración” que, históricamente, han tenido lugar en distintas culturas a lo largo de los siglos. De hecho, habría que considerar, en Eurasia, la filosofía griega antigua como una primera ilustración. Hilary Putnam (en Ética sin ontología) ha insistido en que no existió una sola ilustración, la Ilustración con mayúsculas de los siglos XVII-XVIII, sino tres ilustraciones: la primera vinculada a Sócrates, Platón, Epicuro…y la tercera (sin cristalizar del todo) que estaría vinculada a la figura de John Dewey. Pero al asomarnos fuera del mundo occidental vemos enseguida que la India, una cultura enorme con aspectos racionalistas muy considerables, tiene grandes momentos de ilustración; y algo parecido sucede con China.

Necesitamos por tanto una ilustración no eurocéntrica, descentrada (igual que hablamos de humanismo descentrado). Amartya Sen ha llamado la atención más de una vez acerca de cómo algunos pensadores no occidentales (y anteriores a la Modernidad) subrayaron también la “búsqueda de la razón” frente a la “dependencia de la tradición”. Ni una idea cualitativa de progreso (reconocimiento del otro, resolución pacífica de los conflictos, vida buena para todos y todas) ni los demás ideales ilustrados son una especie de coto vedado de Occidente. Como señaló en su momento Eduardo Subirats, un papel fundamental para nosotros –en Europa y España– lo puede desempeñar Ibn Rushd/ Averroes en la Córdoba del siglo XII, a quien con razón podemos considerar iniciador de la ilustración de lo que luego se llamó Occidente.

Creo que si pluralizamos, hablando de “ilustraciones” en vez de “Ilustración”, y descentramos, buscando esos momentos de ilustración que no han existido sólo en Europa –momentos, en muchas culturas, de intentar comprender al extraño, hacerse cargo de las diferencias y llegar a ciertas formas de universalidad, con la dificultad que tiene trascender lo tribal para un ser tribal como Homo sapiens–, entonces estaríamos en mucha mejor disposición para seguir adelante. No deberíamos dar crédito a las noticias un poco exageradas sobre la muerte de la Ilustración; no deberíamos arrojar por la borda lo que tenga que ver con las ilustraciones históricas que he venido evocando. Sobre todo teniendo en cuenta que, si algo nos hace falta hoy desesperadamente, son ciertos niveles básicos de racionalidad ecosocial desde donde responder a las crisis entrelazadas que enfrentamos. Esto implica, también, cierta forma de ilustración, por lo que hablamos a veces, en contextos ecosociales, sobre la necesidad de una “nueva (eco)ilustración”.

En fin: la Ilustración europea –con su anastomosis que la conectaría con ciertos pueblos originarios: ya mencioné antes a David Graeber y David Wengrow con su suculenta investigación sobre “Maldita libertad. La crítica indígena y el mito del progreso”, capítulo 2 de su libro El amanecer de todo–, la Ilustración europea que (insisto) es sólo uno de los “momentos de ilustración” de la humanidad a lo largo de los siglos, si la purgamos de sus elementos coloniales, eurocéntricos, patriarcales, capitalistas, mecanicistas y antropocéntricos, sigue siendo algo bastante presentable. Hoy hacemos frente a una verdadera contrailustración: nos arrastran hacia una Edad Oscura de fascismo fosilista, devastación de la biosfera, precarización existencial, fundamentalismo tecnológico y soledad interconectada. Opondremos toda la resistencia posible.

Rechazar la finitud y perseguir la dominación: en esta fórmula podríamos resumir el extravío de la Modernidad euro-norteamericana a partir del siglo XVI… El actual ascenso del fascismo/ nazismo, en tantos lugares, ¿no es la respuesta contrailustrada, nacionalista y genocida ante los límites del crecimiento? Lewis Mumford, en el capítulo 7 de El pentágono del poder, estimaba que el problema central de nuestra época era dar forma a “seres humanos capaces de comprender su propia naturaleza lo suficiente como para controlar, y suprimir cuando tal cosa sea necesaria, las fuerzas y mecanismos que ellos mismos han creado”. Autoilustración para la autocontención, podríamos resumir. Corine Pelluchon (una autora contemporánea clave cuando pensamos en términos de ecoilustración) reflexiona con lucidez: “La emergencia ecológica nos enfrenta a límites: límites al crecimiento, a la explotación, al control. Las tentaciones autoritarias suelen surgir como una negación de estos límites. Sin embargo, el rechazo de los límites es precisamente lo que ha producido tanto la devastación ecológica como la fragilidad democrática. La crisis ecológica y la crisis de la democracia comparten una raíz común: la obsesión por el control y la dominación. Para hacerle frente, necesitamos una política basada en la consideración, en el reconocimiento de la vulnerabilidad, en el cuidado del mundo compartido y en la restauración de los lazos sociales” (“Abandonemos a los líderes fuertes. Abracemos el poder de lo femenino”, El País/ Ideas, 29 de marzo de 2026).

Cuando la vida reflexiva y autoconsciente –eso que solemos llamar filosofía– intenta encarnar en un movimiento de masas, hablamos de ilustración. Soñamos –contrafácticamente– con un curso civilizatorio diferente, que hubiera buscado otras metas y fomentado otros valores: acoger al extraño, cuidar lo frágil, hacer las paces con la naturaleza, aceptarnos como los vulnerables seres mortales que somos. La Ilustración que necesitamos no es –sólo– la de Newton, Voltaire y Kant; ésa nos empuja también a abismos, si no la reequilibra la autocrítica ilustrada de Goya y Leopardi.

Hoy necesitamos una ilustración de la biofilia, la sustentabilidad, la autocontención, el respeto por la Madre Tierra y el cuidado. Una concepción del mundo anclada en la reverencia por la vida, como le gustaba decir a Albert Schweitzer. “Yo soy Arnaut, que amaso el aire”, cantaba el trovador occitano Arnaut Daniel en el siglo XII. Sí: amasar el aire sin olvidar arraigar bien en la tierra, y recordando que el planeta Tierra es en realidad el planeta Océano, y encareciendo que necesitamos preservar la llama de la inteligencia y la lucidez –sobre todo en estos tiempos aciagos de contrailustración rampante.

 

valiosa entrevista con el psicoanalista josep maria panés: “el psicoanálisis nos permite entender mejor las causas de la crisis ecológica y de nuestra dificultad para reaccionar ante ella”

«…el superyó contemporáneo cumple la misma función que en el siglo XIX, pero con exigencias totalmente diferentes. El superyó contemporáneo dice “¡Disfruta!”. Y no sólo lo dice, lo exige: “Just do it”, “Lo quieres, lo tienes”, “¡Siempre más!”. El superyó contemporáneo nos pide satisfacer este imperativo, dedicando nuestro tiempo y nuestras energías, y nunca le basta: lo que obtenemos nunca nos satisface plenamente, también porque el sistema nos aporta constantemente nuevos objetos y nuevas experiencias, que debemos hacer para comprarlas, vivirlas y mostrarlo a los demás…»

Texto completo en https://catalunyaplural.es/josep-maria-panes-el-psicoanalisis-nos-permite-entender-mejor-las-causas-de-la-crisis-ecologica-y-de-nuestra-dificultad-para-reaccionar-ante-ella/

Véase también esta otra entrevista: https://www.pagina12.com.ar/2026/08/16/el-inconsciente-social-nos-empuja-hacia-el-colapso/

 

no dejarnos llevar por el fatalismo

Santiago Alba Rico en una entrevista a raíz de la publicación de su libro Gaza y el destino del mundo: “Me resisto a dejarme llevar por el fatalismo o por el pesimismo. Creo que hay algo también muy político en esto: la decisión política que podemos tomar es precisamente la de no dejarnos arrastrar por ellos.

¿Cómo dejarse llevar por el fatalismo desde Europa cuando los palestinos están todos los días levantando escuelas en una jaima entre los escombros de Gaza; cuando están una y otra vez cambiando los pañales a sus niños, reconstruyendo sus casas, cuidando el olivo que les han quemado?

Lo que sí creo es que se avecinan tiempos aún peores, porque ese modelo Gaza es un modelo que estamos viendo en todas partes. Israel lo aplica en Líbano, Estados Unidos e Israel lo aplican en Irán, Rusia lo aplica en Ucrania, y estamos viviendo un proceso de desdemocratización mundial que no augura precisamente la reconstrucción de un derecho internacional más vigoroso y con mayor capacidad de protección, sino lo contrario. Pero no podemos permitirnos el pesimismo mientras los palestinos sigan resistiendo…”[1]

(Yo no desacreditaría el pesimismo, centraría mi crítica en el fatalismo; pero en el contexto actual no importa demasiado ese matiz.)

 

[1] Santiago Alba Rico: “Israel es la supervivencia de la peor Europa en Oriente Medio”, eldiario.es, 5 de septiembre de 2026; https://www.eldiario.es/cultura/santiago-alba-rico-israel-supervivencia-peor-europa-oriente-medio-cat_128_13480501.html

Interesante lo que plantea el pensador sobre infancia diurna e infancia nocturna: “El proyecto de la Ilustración ha fracasado claramente. Kant decía que la Ilustración era la humanidad que alcanza la mayoría de edad. Durante dos siglos hemos creído, a ratos, que había sido así, pero en los últimos años vemos que no. Nunca hemos llegado a ser mayores de edad del todo. Seguimos como en un patio de colegio en el que los más fuertes, los que menos se atienen a los principios pactados por todos, son los que finalmente se apoderan de territorios, de las vidas de los demás y deciden, en definitiva, quién merece vivir y quién no. Eso que yo llamo la infancia diurna, que es la del juego, en un momento determinado se convierte en hipocresía. Hemos seguido jugando a los valores morales, a la democracia, a la división de poderes. Lo que ha ocurrido es que se ha venido abajo ese aparato lúdico, más o menos pactado, en el que todos, hipócritamente, nos guiábamos por ciertos principios en los que quizá no creíamos, pero que nos defendían del niño nocturno. Y ese niño nocturno se ha apoderado del patio del colegio. (…) Hay algo siempre tranquilizador en las reglas. Incluso, si se quiere, en las mafias que tienen, o han tenido durante algún tiempo, reglas internas que había que respetar. Y los niños están obsesionados con ellas: quieren a toda costa que se cumplan. Ese niño diurno que juega con reglas inventadas, pero en todo caso rígidas y de obligado cumplimiento, se convierte en un hipócrita civilizado, diría Freud. En El malestar en la cultura, la civilización sirve fundamentalmente para reprimir al niño nocturno. Y ese niño nocturno ha quedado liberado, desencadenado. No cumplir las reglas tiene en estos momentos muchas ventajas en términos de poder, de ganancia, de beneficio capitalista, de beneficio imperialista y de protección de los propios intereses…”

el problema real del catastrofismo ecológico

Hay razones objetivas para ser catastrofista, reconoce Richard Seymour: la situación es catastrófica. Y no deberíamos conceder demasiado a quienes nos repiten que no hay que asustar a la gente sobre el cambio climático, sino más bien contarles historias ilusionantes. “Es una premisa a la vez paternalista y equivocada. La gente ya está asustada por el cambio climático y así debe ser. El miedo no es algo inherentemente ilegítimo. Contemplar lo peor, como el cambio climático desbocado que puede desatar la destrucción de la civilización, no es algo inherentemente idiota. De necesitar algo, sería un poco más del poder de enfrentarse a los hechos desagradables de George Orwell”.[1]

Pero “el problema real del catastrofismo ecológico es que en las situaciones estancadas, puede ofrecer un dudoso tipo de satisfacción e incluso de consuelo. (…) Imaginar el apocalipsis ecológico como si fuera un sueño catastrófico, en el que estamos por completo presentes para dar testimonio del terrible final, sería como la ubicua fantasía de estar presentes en nuestro propio funeral. Si estás ahí para verlo, es que no has muerto de verdad. En su inconsciente, argumentaba Freud, nadie cree en su propia mortalidad”.[2]

 

[1] Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 15.

[2] Seymour, La Tierra desencantada, op. cit., p. 19.

fantasías supremacistas

Un amigo, en la uni de verano de Anticapitalistas,[1] nos dio un dato tremendo: tras la pandemia de covid-19, en 2020, las familias de acogida para niños/as saharauis han pasado de más de ocho mil a sólo tres mil, en un lustro. Dolorosa medida del cuarteamiento de la solidaridad (y del internacionalismo) en el tercer decenio del tercer milenio…

Evaluando retrospectivamente 2020 y el encierro pandémico, las conclusiones son desoladoras: muy lejos del “saldremos mejores”, aquella experiencia colectiva de vulnerabilidad y confrontación con la muerte ha llevado a la mayoría a posiciones de denegación y para lo que me queda en el convento, me cago dentro.

Ahora bien, puesto que la denegación “nunca destruye la verdad, sino que se limita a reprimirla, aquí a menudo subyace una fantasía oscura, supremacista: incluso si todo se va al carajo, la dominación racial y nacional garantizará el futuro de quienes sean lo bastante rápidos y crueles como para sacar provecho de que el Sol queme más”,[2] de que los recursos escaseen, de que la habitabilidad de la Tierra mengüe… Pero es una fantasía: por muy brutalmente que se organicen esos sectores sociales para proteger las fronteras raciales y nacionales, la destrucción de la habitabilidad de la Tierra no respetará tales fronteras.

 

[1] Donde han participado este verano más de 1.100 personas: ha sido la edición más multitudinaria. https://poderpopular.info/2026/09/01/mas-de-1100-personas-participan-en-la-universidad-de-verano-anticapitalista-durante-los-cinco-dias-de-charlas-y-formaciones-de-esta-nueva-edicion/

[2] David Seymour, La Tierra desencantada. Reflexiones sobre ecosocialismo y barbarie, Akal, Tres Cantos 2024, p. 70.

agrovoltaica

Contradicciones: un amigo vasco apoya el proyecto energético de Bildu en Euskadi, que opta por macrorrenovables a tope; pero por otra parte ¡que no pongan los aerogeneradores en su pueblo!

Hay una solución obvia para desactivar buena parte de los conflictos en torno a las instalaciones de REI (Renovable Eléctrica Industrial), además de emplazar aerogeneradores y módulos solares en zonas ya fuertemente antropizadas y con líneas eléctricas de evacuación preexistentes: se llama agrovoltaica[1] y hasta el Vaticano está en ello (con un proyecto que inició el Papa Francisco en Santa Maria di Galeria).[2] Pero el problema, ay, son los costes.

Las placas deben colocarse a mayor altura (a veces hasta cinco metros o más, entre otras cosas para que la maquinaria agrícola pueda trabajar debajo). Esto exige cimientos más profundos y soportes de acero mucho más resistentes.[3] Además, se debe calcular la sombra justa para no arruinar la cosecha.[4] Y como por lo general hay que dejar más espacio libre (para los cultivos o los animales), se instalan menos paneles por hectárea, lo cual eleva el costo por kilovatio producido.[5] Sólo los costes de las subestructuras y cimentaciones pueden llegar a triplicar o cuadruplicar el precio de un sistema tradicional en suelo, dependiendo de si el cultivo es hortícola, leñoso o de pastoreo.[6] En síntesis: el ecosocialismo podría generalizar la agrovoltaica, el capitalismo no puede.

 

[1] Como enseña Wikipedia, la agrovoltaica (o agrivoltaica o agrofotovoltaica o agrisolar) es el uso dual de la tierra para la producción de energía solar y la agricultura. La técnica fue concebida por Adolf Goetzberger y Armin Zastrow en 1981. Muchas actividades agrícolas pueden combinarse con la solar, incluidos cultivos vegetales, ganado, invernaderos y plantas silvestres para apoyar a los polinizadores.

[2] “Vaticano hace acuerdo para creación de planta agrivoltaica”, Vatican News, 15 de junio de 2026; https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-06/santa-sede-hace-acuerdo-para-creacion-de-planta-agrivoltaica.html

Se trata de una gran planta agrovoltaica, con inversión de unos cien millones de euros, en Santa María de Galería (a unos 30 km de Roma) para autoabastecerse de energía eléctrica 100% renovable.

[3] Emiliano Bellini, “Comparando costes entre plantas agrovoltaicas y sistemas montados en el suelo”, PV Magazine, 29 de marzo de 2021; https://www.pv-magazine.es/2021/03/29/comparando-costes-entre-plantas-agrovoltaicas-y-sistemas-montados-en-el-suelo/

[4] https://es.wikipedia.org/wiki/Agrovoltaica . Pero téngase en cuenta que algunos cultivos y ganado se benefician de la mayor sombra.

[5] “Agrovoltaica: ¿arruinar la agricultura para producir energía?”, https://youtu.be/g_YT2CfZ9Es?si=CRQbeEWYFWhJqB9E

[6] Bellini, “Comparando costes entre plantas agrovoltaicas y sistemas montados en el suelo”, op. cit.

mares y océanos también arden

“La temperatura media diaria global de la superficie del mar alcanzó un nuevo máximo histórico el 22 de agosto, cuando llegó a los 21’1°C y superó en una centésima al anterior récord, fijado en 21’09°C en marzo de 2004, según datos del Servicio de Cambio Climático (C3S) del sistema satelital Copernicus, cuyo histórico se remonta a 1979 y indica que lo usual es que los máximos se alcance en primavera. Según los expertos del C3S, aunque los récords diarios siempre deben interpretarse dentro de un contexto climático más amplio, este hito es coherente con el continuo calentamiento a largo plazo del océano global y la aparición este año de un fenómeno extremo de El Niño en el Pacífico tropical. Además, cobra inusual relevancia, debido a que las temperaturas oceánicas globales suelen alcanzar su punto máximo en marzo y abril, tras el verano austral; mientras que el nuevo récord se ha dado en agosto”.[1]

El calentamiento de mares y océanos, además de tener consecuencias nefastas para la vida en esas aguas, convierte los mares en una bomba climática. “Cada vez tenemos más papeletas para que en España vuelva a suceder algo grave como en 2024”, incide Juan Jesús González Alemán, meteorólogo de la AEMET e investigador que ha estudiado cómo el calentamiento intensificó la catastrófica DANA en la que murieron más de 230 personas.[2]

En el Mediterráneo se han pulverizado también los récords de calentamiento: este verano, una boya al oeste de Mallorca midió 33’2°C. “Una verdadera salvajada”, asegura el oceanógrafo Carlos Duarte. Uno de los peores impactos de este calentamiento (y uno de los tipping points del cambio climático planetario) es la muerte de los corales. “Una tercera parte de toda la biodiversidad del océano depende de los arrecifes de coral en algún momento de su ciclo de vida, y aproximadamente mil millones de personas dependen de alguna forma de ellos, ya sea como alimento, como protección ante eventos extremos o incluso como fuente de ingresos a través del turismo”, destaca Duarte. “Para ver el colapso de un ecosistema de esta relevancia global, posiblemente tendríamos que irnos casi cuarenta millones de años atrás; estamos hablando de una tendencia irreversible que afecta a muchas generaciones humanas que pueden vivir en un planeta donde los ecosistemas de coral sean un recuerdo similar a los dinosaurios, pero en este caso los meteoritos somos nosotros”.[3]

Finalmente: la estimación provisional de muertes por calor extremo en Europa, desde junio hasta mediados de agosto, es de más de 35 mil muertes.

En España, de momento, las muertes por calor extremo en verano se cuentan por miles (más de 5.100 entre junio y agosto de 2026, según el Ministerio de Sanidad y el Instituto de Salud Carlos III); por desgracia, todo hace prever que pronto serán decenas de miles.

 

[1] Ana Tuñas Matilla: “La temperatura máxima diaria del mar alcanza un nuevo récord: 21’1°C el 22 de agosto”, EFE verde, 24 de agosto de 2026; https://efeverde.com/la-temperatura-maxima-diaria-del-mar-alcanza-un-nuevo-record-211-c-el-22-de-agosto/

[2] Clemente Álvarez, “La bomba climática de unos mares extremadamente calientes: ‘Cada vez hay más papeletas para una dana como la de 2024’. El efecto sobre el océano del calentamiento del planeta y un ‘superNiño’ disparan los riesgos en los próximos meses”, El País, 1 de septiembre de 2026; https://elpais.com/clima-y-medio-ambiente/2026-09-01/la-bomba-climatica-de-unos-mares-extremadamente-calientes-cada-vez-hay-mas-papeletas-para-una-dana-como-la-de-2024.html

[3] Citado en Clemente Álvarez, “La bomba climática de unos mares extremadamente calientes”, op. cit.

quemar todo lo quemable

Tres noticias tremendas en estos días de agosto: “Lula celebra el hallazgo de petróleo frente a Amazonia” (y no sólo eso, sino que la petrolera brasileña, Petrobras, ha cerrado en junio un acuerdo con su homóloga mexicana para buscar juntas más petróleo en las aguas profundas del Golfo de México).[1] Por otra parte, “Noruega desoye el veto europeo y seguirá adelante con la explotación petrolera [y gasística] del Ártico”.[2] Finalmente, “Trump toma el control de una quinta parte del petróleo de Venezuela”.[3] El pelotazo imperialista de Trump sorprende por su magnitud, pero no por su orientación. En cambio, desasosiegan los rumbos que prosiguen el socialdemócrata Lula (para muchos, la Gran Esperanza Blanca de la izquierda mundial) y la ecológica Noruega. Ya se ve de qué va esto: quemar todo lo quemable, atizando los fuegos de un Piroceno que extinguirá a la humanidad… Es la carrera competitiva hacia el fin del mundo, donde los desastres asociados con el calentamiento global y los vinculados a las IA se disputarán la primacía.

 

[1] Redacción de la BBC: “Qué se sabe del controvertido hallazgo de petróleo cerca del río Amazonas”, 18 de agosto de 2026; https://www.bbc.com/mundo/articles/ce3q0098nkvo

[2] Ignacio Fariza, “Noruega desoye el veto europeo y seguirá adelante con la explotación petrolera del Ártico. El jefe de la mayor energética del país, Equinor, afirma que el crudo y el gas se enviarán a cualquier otra parte del mundo si la UE los rechaza”, El País, 24 de agosto de 2026; https://elpais.com/internacional/2026-08-24/noruega-desoye-el-veto-europeo-y-seguira-adelante-con-la-explotacion-petrolera-del-artico.html

[3] Jorge González Márquez, “Estados Unidos obtiene el control de una quinta parte del petróleo venezolano”, Descifrando la guerra, 30 de agosto de 2026; https://www.descifrandolaguerra.es/estados-unidos-petroleo-venezolano/

pensar los ecologismos desde su historia

[Sobre este texto basé un par de intervenciones este verano, la última en la XVI Universidad de Verano de Anticapitalistas en La Granja, el 27 de agosto de 2026.]

 

La poeta Ángela Segovia declara en una entrevista: “Cuando pienso que el mundo es una mierda, miro mi biblioteca y recapacito: bien, algo bueno hemos hecho”. Podríamos también reparar en la música almacenada en nuestros dispositivos electrónicos (más probablemente que en LP o CD, hoy), o en otros logros humanos, desde técnicas de meditación hasta declaraciones de derechos. No todo lo hemos hecho mal, pese al calamitoso estado actual del mundo.

Y resulta fácil refugiarse en la biblioteca, ciertamente (o en esos otros refugios): para mí es una tentación constante. Pero los escritores y poetas, en estos tiempos excepcionales de la historia humana (el Siglo de la Gran Prueba), ¿tenemos derecho a algo así? Se puede releer a Sartre (en ¿Qué es la literatura?) sobre el engagement: “Ya que el escritor no tiene modo alguno de evadirse, queremos que se abrace estrechamente con su época; es su única oportunidad; su época está hecha para él y él está hecho para ella (…). No tenemos más que esta vida para vivir, en medio de esta guerra, tal vez de esta revolución…” Los debates del siglo XX sobre el compromiso de los intelectuales se referían a luchar contra las injusticias y construir una sociedad mejor. Hoy la situación es incomparablemente más grave: lo que está en juego es la habitabilidad de la Tierra…

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Lo que estamos haciendo al degradar la habitabilidad de la Tierra (o incluso acabar con ella, para seres como nosotros) con la tragedia climática y la Sexta Gran Extinción es peor que ninguno de los crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y genocidios cometidos en el pasado. Es peor que la Shoah y el Porraimos, peor que los exterminios coloniales, peor que los genocidios (como los del pueblo armenio o el pueblo herero o el pueblo palestino), peor que África convertida en “corazón de las tinieblas”, peor que la masacre de los comunistas indonesios, peor que las violencias patriarcales, peor que las peores guerras, peor que los choques humanos más destructivos. Pero preferimos seguir mirando hacia otro lado, atenuar la molesta disonancia cognitiva e ignorar todo esto.

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La capacidad de autongaño y denegación del ser humano es enorme –de hecho, cabe sospechar que haya sido inscrita en nuestra naturaleza por nuestra evolución biológica. Hoy, medios tecnológicos de una potencia y penetración inaudita, incomparables con aquello de lo que las clases dominantes han dispuesto en el pasado, amplifican este problema hasta lo indecible (pensemos en las empresas tecnológicas concebidas para la modificación de las mentes y las conductas humanas que por inercia seguimos llamando “redes sociales”).

Permitidme una digresión. Llegué hace un par de años a un libro fascinante: Denial: Self-Deception, False Beliefs and the Origins of the Human Mind (2013). Se trata de la elaboración de un par de autores que en realidad casi no se conocían: Danny Brower (muerto prematuramente en 2007) y Ajit Varki. Tras la muerte de Brower, y a partir de sus papeles, Varki ha desarrollado la hipótesis de que, en la evolución humana, el factor diferencial del Homo sapiens con respecto a muchas otras variedades humanas y a muchos otros seres vivos podría ser nuestra fabulosa capacidad de autoengaño.

Lo plantean más o menos en los siguientes términos: hay otras variedades de seres humanos que ahora ya no están con nosotros pero que estuvieron hasta hace cincuenta o sesenta mil años. Si retrocedemos hasta esa época en el tiempo encontramos hasta ocho especies o variedades de homos diferentes, pero también otros animales (los grandes simios, los cetáceos, los elefantes, los cuervos, varias especies de aves), que sabemos tienen eso que los psicólogos llaman una teoría de la mente: la capacidad de leer las intenciones del otro y anticipar lo que está pensando y puede hacer. Es decir: esa capacidad de leer la mente del otro no nos caracteriza sólo a nosotros, los autodenominados animales racionales.

Pero ¿qué sucede cuando se desarrolla una teoría de la mente poderosa, extendida, ampliada? Nos hace mucho más vulnerables porque nos volvemos más conscientes de nuestra propia fragilidad y mortalidad. Un ser que desarrolle una teoría de la mente profunda, extendida, probablemente se suma en una depresión profunda —podríamos decirlo así bromeando un poco— y quizá no tenga mucho futuro evolutivo, porque se le viene encima su condición mortal: ve sufrir, ve morir a los otros, y anticipa él mismo o ella misma su propia muerte.

Pero si se diera a la vez esa teoría de la mente profunda, junto con una capacidad considerable de autoengaño, en términos evolutivos esa conjunción sí podría suponer una ventaja. Es decir, se combinarían dos desventajas: la capacidad de autoengaño profunda no permitiría que darwinianamente ese ser tuviera mucho éxito, y la teoría de la mente profunda tampoco. Pero si se dan a la vez, como es nuestro caso, la teoría de la mente profunda junto con una gran capacidad de autoengaño que nos permite esquivar las cuestiones de la mortalidad de una manera muy eficaz, quizá esto fuera una ventaja que nos hubiera permitido llegar hasta donde estamos hoy.

En suma: la ventaja competitiva de Homo sapiens frente a muchas otras especies (incluyendo a otras variedades de ser humano como los neandertales y los denisovanos), ¿sería que nos autoengañamos más y mejor que los demás? Es un asunto fascinante, pero lo dejaremos aquí. [Véase mi ppt Denegación (sobre autoengaño y teoría MORT, Mind Over Reality Transition)]

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Pues hemos venido a reflexionar sobre ecologismo (véase la entrada correspondiente en https://www.speak4nature.eu/es/diccionario/ ). Se trata de un movimiento social que pretende la transformación de las relaciones entre los sistemas humanos y los naturales, entendiendo que la actual crisis ecosocial global genera consecuencias indeseables y puede ser incluso terminal (si, por ejemplo, un calentamiento climático desbocado nos condujese a un estado de hothouse Earth o “Tierra cocedero”).

Al igual que se ha sugerido para otros movimientos de transformación social como los feminismos, cabe decir que el ecologismo se define por su acción, no tanto por su declaración. Ahora bien, aunque el ecologismo tiene un importante componente emancipatorio, comparte con el pacifismo antinuclear que no sólo son movimientos de emancipación, sino –de manera más básica– movimientos de supervivencia.

De forma amplia, es la crítica del productivismo y del antropocentrismo lo que ponen en juego los diferentes ecologismos. Implican un compromiso con el cuidado y la atención hacia lo vivo, si bien en un sentido general, que pretende reducir el impacto de nuestra actividad en el planeta sobre otras especies y ecosistemas. La palabra ecología procede etimológicamente del griego oikos (οἶκος) = casa u hogar (en sentido amplio) y logos (λóγος), que cabe traducir como estudio, pensamiento, reflexión, razón, etc. Es decir, la ecología sería la reflexión o el estudio de la casa, concibiendo el planeta Tierra y la naturaleza como nuestra casa.

El ecologismo sería la defensa y cuidado de los ecosistemas que, junto a otros seres y en un equilibro y conexión espectaculares, nos dan cobijo. Pero no se trata tanto de conservar lo que fue (al fin y al cabo, en la realidad de nuestro mundo todo fluye y cambia constantemente, como ya observó Heráclito de Efeso) como de habitar mejor la Tierra (y sus ecosistemas y territorios); reaprender cómo vivir bien en el inmenso Holobionte del que formamos parte. Luego volveremos, si hay tiempo, a este asunto: somos holobiontes en un planeta simbiótico.

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Suelen hacerse coincidir los comienzos del ecologismo moderno con la publicación en 1962 de la obra de Rachel Carson La primavera silenciosa, que alertaba sobre los impactos de plaguicidas sintéticos como el DDT contra la red de la vida. Y sin duda puede ser un buen hito para fijar ideas, pero habría que tener en cuenta que: (1) hay precedentes importantes de estas ideas euro-norteamericanas que cabe rastrear al menos hasta el trabajo de Rousseau y de los románticos alemanes, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX (una lectura muy sugerente al respecto: Michael Löwy y Robert Sayre, Anticapitalismo romántico y naturaleza, Enclave de Libros, Madrid 2024).

(2) Las cosmovisiones de muchos pueblos originarios evidencian todo un conjunto de ideas y valores que también asociamos hoy con los ecologismos (recordemos sin ir más lejos a multitud de pensadores amerindios, de Alce Negro a Ailton Krenak, así como el extenso panorama que despliega John Baird Callicott en su libro Cosmovisiones de la tierra. Un estudio multicultural de éticas ecológicas desde la cuenca del Mediterráneo hasta el desierto australiano, Universidad de Magallanes (Chile)/ Plaza y Valdés (México), 2017).

(3) ¿No hay algo un poco extraño en situar el comienzo de un movimiento social en la publicación de un libro como el de Carson, aunque se trate de un movimiento, como el ecologismo, donde la alianza con el pensamiento científico ha sido tan importante? Se dan, de hecho, movimientos protoecologistas organizados tanto en los países de industrialización más antigua como en la periferia de Occidente. Con respecto a lo primero, por ejemplo, cabe considerar la masacre del 4 de febrero de 1888 (el “Año de los Tiros”) en la Cuenca Minera de Riotinto como una de las primeras luchas medioambientales de la historia (más de cien mineros y familiares suyos fueron asesinados cuando protestaban contra la intensa contaminación que causaba la quema del mineral al aire libre en las minas de cobre onubenses).

Por otra parte, en los mismos EEUU de Rachel Carson hay un importante acontecimiento anterior que dio lugar a una movilización social muy importante: me refiero a la explosión de la bomba termonuclear Castle Bravo en el atolón de Bikini, el 1 de marzo de 1954. Con una potencia de 15 megatones (más de tres veces el rendimiento estimado en su diseño, y mil veces más que la bomba que el ejército estadounidense lanzó sobre Hiroshima), dio lugar a una intensa contaminación radiológica que se extendió a las islas cercanas (incluyendo los habitantes y los soldados de EE. UU. estacionados allí) y afectó de forma directa a un pesquero japonés (el Daigo Fukuryu Maru), todo lo cual resultó en alguna muerte directa y posteriores problemas continuos de salud para muchas de las personas expuestas. Siguieron estudios de muchos científicos alarmados y descontentos con la desinformación del gobierno de Eisenhower, que mostraron cómo la lluvia radiactiva se extendía por buena parte del planeta y se concentraba especialmente en el Ártico; estos estudios suscitaron el temor de una crisis ecológica planetaria.[1] Los esfuerzos de Barry Commoner (quien ya en 1958 ayudó a organizar el Comité Ciudadano de Información Nuclear de San Luis) se cuentan entre los inicios del movimiento ecologista moderno.[2] La reacción del público ante las pruebas atómicas y la concienciación de los efectos a largo plazo de las pruebas nucleares fueron parte de la motivación para el importante Tratado de prohibición parcial de los ensayos nucleares de 1963.

Finalmente, el movimiento chipko en la India (uno de los primeros y más importantes ejemplos del ecofeminismo a nivel mundial), a comienzos de los años 1970, podía inspirarse en corrientes protoecologistas locales (comenzando por Mahatma Gandhi) cuando luchaban contra la despiadada tala comercial que estaba destruyendo los bosques en las laderas del Himalaya.

Sigamos con los matices, entonces: 4) como acabamos de ver, el ecologismo se hibrida con el feminismo dando lugar a movimientos ecofeministas de enorme importancia.

5) El ecologismo moderno, pero también sus antecedentes desde el comienzo de la era nuclear en 1945, nace como ecopacifismo: ello puede comprobarse tanto examinando la trayectoria vital del pensador y activista francés Bernard Charbonneau, como analizando la forma en que la campaña de 1969 contra los ensayos atómicos Don’t Make Waves dio lugar a la organización ecologista global Greenpeace a partir de 1971.

6) En el Sur global se dan numerosos movimientos de resistencia contra agresiones ambientales y proyectos extractivistas que quizá no se ven a sí mismos como ecologistas, pero que pueden analizarse bajo la noción de ecologismo de los pobres (que propuso Joan Martinez Alier desde finales de los años 1980).

En suma, aunque hay un pensamiento protoecologista que puede rastrearse desde la Antigüedad y en muy distintas tradiciones culturales, suele hablarse de nuevo ecologismo como un movimiento que surge, se organiza, crece y se ramifica a partir de la década de los sesenta del siglo XX. A diferencia del conservacionismo, centrado en la idea de la protección de la naturaleza ya fuera con un fundamento moral o estético, el ecologismo que coge impulso en la segunda mitad del siglo XX sitúa en el centro la supervivencia del ser humano y alerta sobre la crisis civilizacional a la que hay que responder con urgencia.

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Veamos algunas distinciones conceptuales. El gran ecólogo catalán Ramón Margalef definió hace muchos años la relación entre la ciencia de la ecología y el movimiento ecologista en estos términos: “la ecología es al ecologismo lo que la sociología es al socialismo”. Hay quien quiso ver en esta frase cierto menosprecio por los movimientos sociales, pero según Joandomènec Ros “el profesor Margalef quería decir que tanto una como otra necesitan una base científica sólida para que sus programas y acciones para mejorar la sociedad o para proteger la naturaleza tengan sentido y puedan entusiasmar a los ciudadanos”.

La ciencia ecológica moderna (que según Paul R. Ehrlich es una ciencia subversiva, por cuanto que puede hacernos reconsiderar la posición que el ser humano ocupa en el mundo natural) se constituyó hacia 1930 aproximadamente, y su desarrollo en los decenios sucesivos será una condición previa para el nacimiento de los ecologismos de los años sesenta y setenta.

A la hora de examinar la diversidad interna de los ecologismos (tomando la palabra en sentido amplio), una forma de proceder en abstracto sería identificar las principales líneas de conflicto ecosocial para luego combinarlas y examinar el espacio de posiciones resultante. Como mínimo habría que considerar cinco líneas de conflicto: las tres dimensiones principales de las luchas contra la dominación en la Modernidad (dominación capitalista, patriarcal y colonial), más el antropocentrismo, más la tecnolatría. De ahí resultarían, elevando dos a la quinta potencia, 32 posiciones posibles. Algunas de ellas no se darían nunca en la realidad: ¿alguien puede imaginar a un ecologista que fuese procapitalista, feminista, colonialista, antiespecista y amante de la low tech? En cualquier caso, el procedimiento que seguiremos ahora será mucho más sencillo: identificar unas pocas posiciones que en la historia reciente han cuajado en corrientes reconocibles en los movimientos ecologistas realmente existentes

Cabe empezar deslindando el conservacionismo que no es tanto un movimiento político como el tejido de asociaciones y grupos de presión orientados a la conservación de determinados bienes naturales, sociales y culturales. Sus orígenes son casi tan antiguos como los de la industrialización, y el núcleo de su acción es la creación de áreas protegidas (en 1872 se crea en EEUU el primer parque natural de la historia, el de Yellowstone). Por ejemplo, Félix Rodríguez de la Fuente, quien se hizo inmensamente popular en España como divulgador de la defensa de la naturaleza (a través de programas de televisión como El hombre y la Tierra), era conservacionista (y defensor de la energía nuclear), pero no ecologista. El peligro al que constantemente está expuesto el conservacionismo es el de miopía: centrarse en los efectos y en lo puntual en lugar de considerar también las causas y los contextos globales.

Por ambientalismo cabe entender, siguiendo la sugerencia de Ramón Folch, aquella actividad y aquellos movimientos sociales que luchan por un mejor ambiente y una mejor calidad de vida para los seres humanos, con perspectiva antropocéntrica. El ambientalismo suele ser un ecorreformismo (sin cuestionar el capitalismo) y se ve amenazado por una miopía simétrica de la conservacionista: si aquélla puede ignorar en ocasiones lo humano, ésta puede también ignorar todo lo no humano; sólo las amenazas contra la salud humana y la calidad de vida movilizan a los ambientalistas.

Tanto ambientalismo como proteccionismo tienden a ser opciones reformistas: típicamente, no cuestionan de forma radical los modos actuales de producción y consumo. El viejo conservacionismo separaba la naturaleza de la sociedad, y actuaba presuponiendo esa separación y para mantenerla: tal es el objetivo de la protección de la vida silvestre y los espacios naturales. Por el contrario, el moderno ecologismo (que en los años 1970 fue intensamente catalizado por las luchas antinucleares) se constituye como ecología política o ecología social o ecología humana: en su concepción del mundo tiende precisamente a anular aquella separación. El ambientalismo ignora que la protección del medio ambiente no es una tarea más que añadir a la lista de nuestras actividades económicas y sociales, dejando intacto lo demás: es un fin que exige otra manera de producir y consumir, otra manera de vivir y trabajar. Sin una ecologización estructural de las sociedades industriales (para lo cual el mundo social tiene que cambiar de base material), las medidas de política ambiental no son más que inútiles cataplasmas aplicadas sobre un cáncer en proliferación.

Conservacionismo y ambientalismo pueden creer en la posibilidad de un “capitalismo verde”; en cambio el ecologismo consecuente critica esa idea, pues se toma en serio las decisivas constricciones que derivan de la finitud de nuestro planeta y se pregunta por las prácticas políticas, sociales y económicas que son compatibles con esas constricciones (y deseables desde un ideario de emancipación).

En 1972, el filósofo noruego Arne Naess (uno de los grandes del pensamiento ecológico del siglo XX) advertía: “Un movimiento superficial, aunque actualmente bastante poderoso, y otro movimiento profundo, aunque menos influyente, compiten (dentro del ecologismo) por nuestra atención”. El movimiento de la ecología superficial (shallow ecology) se caracteriza por la “lucha contra la contaminación y el agotamiento de los recursos [y su] objetivo central [es] la salud y la prosperidad de la gente de los países desarrollados”. Esta “ecología superficial” coincide, a grandes rasgos, con lo que antes hemos llamado ambientalismo, y Naess la oponía a la deep ecology o ecología profunda (mejor: ecologismo profundo), que caería bajo lo que hemos llamado “ecologismo consecuente”. Éste incluiría también los ecosocialismos y ecofeminismos que van más allá del reformismo.

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Bien, ¿dónde nos encontramos hoy? Realmente, en una situación trágica. Pero además, en una situación muy extraña. Intensa sensación de mundo vuelto del revés…

Inversión. Todo como puesto cabeza abajo. En la actualidad se está consumando el último acto de una tragedia, pero ¿cuándo comenzó ésta? ¿Cuándo tomamos las decisiones equivocadas, malinterpretando o ignorando las señales que advertían del peligro? ¿Desde cuándo vivimos en el mundo enloquecido de la película Don’t look up –otro caso terrorífico de distopía que se vuelve costumbrismo? ¿Cuándo nos convertimos en una sociedad delirante?

Ah, esos años clave: 1971-1972-1973… ¿De qué manera se relaciona la cuestión de la posverdad con el segundo principio de la termodinámica? Tratar de responder a esta cuestión puede arrojar alguna luz interesante sobre cómo hemos podido llegar a la terrible situación actual, al borde del abismo ecológico-social.

Desde la elección de Donald Trump como Presidente de Estados Unidos (2016), dice el filósofo y sociólogo francés Bruno Latour, estamos viviendo una situación de “delirio epistemológico”. Cada vez resulta más difícil que nuestras sociedades se pongan de acuerdo ni siquiera sobre lo que han de ser considerados hechos elementales. La cuestión de la “posverdad” (o la reivindicación de “hechos alternativos” desde lo alto de la pirámide de poder) no es nada baladí:  si aceptamos el negacionismo climático, y con él la denegación de nuestra situación existencial básica, perdemos casi toda posibilidad de orientarnos entre verdades y mentiras (y errores). Pues “la denegación no es una situación cómoda. Denegar es mentir fríamente y luego olvidar que uno mintió (y, a pesar de todo, recordar siempre la mentira)”.

Así pues, delirio epistemológico. Pero ¿sólo desde momentos tan recientes como las elecciones que llevaron a Donald Trump o a Jair Bolsonaro al poder? ¿O más bien la cosa viene de mucho más atrás? Yo diría que esto último es el caso, y que los años que siguieron a 1971-1972-1973 marcarían esa deriva. En efecto, en 1971 se publicó uno de los textos clave del siglo XX: el libro de Nicholas Georgescu-Roegen La ley de la entropía y el proceso económico, una propuesta de reconstrucción de la teoría económica asumiendo las realidades fundamentales que estaban siendo ignoradas por la concepción del mundo dominante: que los sistemas económicos se hallan insertos en los ecosistemas de la biosfera y dependen de ellos, así como de un stock limitado de recursos minerales finitos; y que todo el proceso económico está marcado por la entropía y sometido a la segunda ley de la termodinámica, probablemente la ley física más importante del universo. Y después, en 1972, se publicó otro libro esencial: Los límites al crecimiento, el primero de los informes al Club de Roma. Y en ese mismo año se celebró la primera de las grandes conferencias internacionales de Naciones Unidas sobre medio ambiente, la “Cumbre de Estocolmo”.

1971-1972-1973… Y el episodio Nicholas Georgescu-Roegen versus William Nordhaus. El primero, en la salida de los debates de los años 1970, fue exitosamente cancelado. A William Nordhaus le concedieron el “premio Nobel” de economía en 2018. En su discurso de aceptación en Estocolmo, este economista neoclásico sugirió que la “política óptima” para abordar el cambio climático daría como resultado un “calentamiento global aceptable” de aproximadamente ¡3°C para 2100 y 4°C en 2150! Las y los climatólogos (y científicos de otras disciplinas), a diferencia de los economistas neoclásicos (quienes por desgracia han llegado a dominar en su disciplina, cancelando a los rivales que defendían teorías económicas más razonables), consideran que un calentamiento global de esta magnitud sería catastrófico (probablemente incompatible con la mera supervivencia de la especie humana).

La mirada económica convencional nos impide ver realidades básicas o las vuelve del revés. El velo monetario nos nubla la vista. Esta forma de mirar ve la realidad a través del dinero, llegando a confundir las variables cuantitativas monetarias con la realidad misma. En este mundo al revés, un bosque sólo tiene valor una vez ha sido talado…

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Más de medio siglo de movimientos ecologistas… en luchas que, en lo esencial, no hemos sido capaces de ganar. Pues el capitalismo (si queremos especificar: el extractivismo + productivismo + consumismo) está destruyendo la habitabilidad de la Tierra, hoy como ayer. Y en las luchas de este más de medio siglo, que mayoritariamente han ido ganando los de arriba, la prioridad para las clases dominantes ha sido proteger el capitalismo, no la habitabilidad de la Tierra.

Asumir la derrota de los ecologismos. Pero “estamos en derrota, nunca en doma”. EL ECOLOGISMO HA DE SEGUIR DICIENDO NO.

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¿Cómo explicarnos la trágica situación de hoy? Desde luego, está la fuerza de “los malos”. Pero algunos elementos más para la reflexión:

  • “Sucede que me canso de ser hombre…” Releamos el poema WALKING AROUND de Pablo Neruda. Nuestras dificultades para aceptar la endiablada condición humana à fuga al ciberespacio (entre otros fenómenos llamativos: la medicalización de una sociedad entera con ansiolíticos y antidepresivos, etc) y proyectos transhumanistas
  • Reducción de la disonancia cognitiva
  • Tecnolatría desesperada (con “viva quien vence”)
  • Hipernormalidad
  • Adaptación a lo malo que va sucediendo: shifting baselines

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Para concluir, algunos elementos de crítica (según mi libro Ecologismo: pasado y presente, Catarata, Madrid 2024, p. 93-96, 134-138).

¿Qué pasó con el ecologismo radical de los años 1970? La tarea (un cambio socioeconómico y cultural profundo, avanzando hacia un “nuevo paradigma ecológico”) resultó ser demasiado ardua para las fuerzas disponibles. Se estaba impugnando el orden socioeconómico capitalista (e incluso, de forma más amplia, industrial-productivista) pero no sólo: más allá de ese cuestionamiento (¡que es enorme!) se ponía en entredicho todo un orden civilizacional, una concepción del mundo o cosmovisión basada en el mecanicismo, el antropocentrismo y la dominación sobre la naturaleza. Resulta significativo cómo, a medida que va imponiéndose la reacción neoliberal desde los años 1980, ese cuestionamiento más radical que simbolizarían pensadores como Lewis Mumford, Lynn Margulis, Nicholas Georgescu-Roegen, Ivan Illich, Manuel Sacristán, Maria Mies o Arne Naess no encuentra apenas eco en el seno del ambientalismo mainstream (embrujado por el paradigma capitalista del “desarrollo sostenible”) que se va imponiendo.

En aquellos dos decenios clave, 1970 y 1980, las elites capitalistas reaccionaron contra lo que consideraban el “exceso de democracia” en Occidente y dieron paso al orden/ desorden neoliberal. Otra forma de aproximarnos a aquella situación: desde los años 1970 va esbozándose en muchos países una pugna dentro de los ecologismos y ambientalismos entre lo que serían dos amplias estrategias: a) la autolimitación primero (con la comprensión de la necesidad de reinsertarnos en el Sistema Tierra) y b) la tecnología primero (en términos sobre todo de ecoeficiencia).

Y es que el diagnóstico básico del ecologismo consecuente puede resumirse en una palabra: extralimitación (que en inglés se dice overshoot). Una economía capitalista expansiva, que necesita el crecimiento constante para funcionar medio bien, choca necesariamente contra los límites biofísicos del planeta Tierra. En esa situación de extralimitación (una huella ecológica global mayor que la biocapacidad del planeta) nos encontramos desde los años 1980, y la crisis ecológico-social va empeorando constantemente (el calentamiento climático sólo es el síntoma más evidente y catastrófico de ese problema de fondo).

La segunda de estas estrategias (la tecnología primero, sin que nos atrevamos a cuestionar el orden socioeconómico que impera) obtuvo un eco creciente en los sectores sociales que al menos intuían que era real algo llamado crisis ecológico-social. En una sociedad cada vez más troquelada por un capitalismo fosilista, tecnólatra y (a partir de los años 1980) neoliberal, ¿cabía otro desenlace? Pero como el problema de fondo es, de hecho, la extralimitación, sólo la primera línea estratégica hubiera podido alejarnos de los desenlaces catastróficos.

Pensando en términos supranacionales (desde esa “conciencia de especie” que invocaban los movimientos ecologistas de los años 1970), diríamos que hubo dos errores teóricos capitales en aquel decenio, cuyas consecuencias se alargan hasta hoy mismo: por una parte, el rechazo indiscriminado de la deep ecology, con su cuestionamiento del marco antropocéntrico dominante en la concepción del mundo occidental y su insistencia en un cuestionamiento profundo de nuestros modos de vida. Y en segundo lugar, la incomprensión de las cuestiones sobre economía, ecología y termodinámica que planteaba la bioeconomía de Nicholas Georgescu-Roegen, quien mostró que el carácter entrópico de las actividades de producción y consumo exigía pensar de otra manera, por ejemplo, las transiciones energéticas. En definitiva, ignorar (o incluso desacreditar) a Arne Naess y a Georgescu-Roegen fue una mala idea en los años 1970, cuyos desgraciados efectos estamos pagando todavía.

A partir de los años 1980-90, se cedió demasiado frente a la perspectiva convencional del desarrollo sostenible, con la idea de que se podía trabajar dentro del sistema con un margen amplio. Parte de los ambientalismos y ecologismos concedieron demasiado a eso que al final se manifestó como mero gatopardismo del sistema.

En suma: la salida de los años 1970, los avances del neoliberalismo van incrementando el poder del capital y desplazando a las sociedades hacia la derecha; la crítica ecológica radical va perdiendo mordiente; el “desarrollo sostenible” se va convirtiendo en paradigma dominante. Y se consuma el overshoot (extralimitación ecológica), y nos adentramos en una tragedia climática que se va agravando y acelerando.

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Hoy (igual que hace medio siglo) asumir de verdad la gravedad de la situación en que nos encontramos en el Siglo de la Gran Prueba nos obligaría a un cambio sistémico (revolucionario), un cambio de vida a todos los niveles (desde los hábitos y comodidades personales hasta la organización de la economía) de la noche a la mañana, como quien dice. (Piénsese en lo que IPCC y NNUU han establecido ya desde hace años: reducción de las emisiones mundiales de GEI un 7’5% anual… que tendría que haber empezado a finales del decenio anterior. Y si quisiéramos que esa transición/ cambio sistémico se realizara con algo de equidad Norte/ Sur, en un país como el nuestro, reducción del 11-12% anual. Una verdadera contracción económica de emergencia.)

Y ese cambio sistémico tendría un componente importante de restricción, de ascesis ecologista.

Pues bien: desde la salida de las luchas de los años 1970, nuestras sociedades (mal orientadas por elites muy poderosas, desde luego) han ido diciendo no a esa transformación necesaria, y enredándose en diversas formas de denegación y autoengaño.

Y a su modo, los movimientos ecologistas y ambientalistas se vieron ante el mismo dilema, y en muchos casos tampoco respondieron bien, y se enredaron –nos enredamos– en el autoengaño del “desarrollo sostenible”.

 

[1] Véase https://es.wikipedia.org/wiki/Castle_Bravo , así como John Bellamy Foster, Dialéctica de la ecología: socialismo y naturaleza, El Viejo Topo, Barcelona 2026, p. 283-286.

[2] Véase Barry Commoner, Ecología y acción social (edición de Jorge Riechmann e Iranzu Tellechea), Catarata, Madrid 2022.

¿trocear y vender parques nacionales? a trump le parece lo correcto…

¿Qué más puede pasar? Bueno, por ejemplo: Trump planea vender un trozo del Parque Nacional de Yosemite a un promotor inmobiliario privado de Nevada.[1] Es un golpe brutal a la historia entera de la protección de la naturaleza: el 30 de junio de 1864, Abraham Lincoln firmó una ley para proteger el Valle de Yosemite y el Bosque Mariposa (en la Sierra Nevada de California), con lo que empezó la trayectoria de los espacios naturales protegidos en EEUU y después en otros países. Yosemite “fue nombrado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco en 1984 y es reconocido internacionalmente por sus acantilados de granito, saltos de agua, ríos cristalinos, bosques de secuoyas gigantes y la gran diversidad biológica (cerca del 95% de su territorio está designado como área silvestre)”.[2] Qué mejor lugar para que los amigos de Trump comiencen a construir urbanizaciones…

 

[1] Anna Kramer, “Trump’s quietly working to give part of Yosemite to a private developer. The National Park Service is under pressure to make an unprecedented deal that cedes a quarter-mile strip of the park”, Notus, 28 de agosto de 2026; https://www.notus.org/agencies/trump-administration-yosemite-private-developer-deal

[2]  https://es.wikipedia.org/wiki/Parque_nacional_de_Yosemite

lastura eds. sobre ‘el empeño del manantial’

https://lasturaediciones.substack.com/p/el-empeno-del-manantial-poesia-filosofia

El empeño del manantial: poesía, filosofía y conciencia ecológica en Jorge Riechmann

El empeño del manantial, antología poética de Jorge Riechmann seleccionada y editada por Alberto García-Teresa, constituye una aproximación especialmente significativa a una de las voces más singulares y comprometidas de la poesía española contemporánea. Publicada por Lastura Ediciones en 2022, la antología recorre buena parte de la trayectoria poética de Riechmann, desde Cántico de la erosión (1987) hasta obras recientes como Z o En el fondo del valle ha muerto Jorge Riechmann (2022). Este volumen permite reconocer la coherencia de un proyecto literario en el que poesía, pensamiento filosófico, crítica social y conciencia ecológica se encuentran estrechamente relacionados.

La importancia de Riechmann trasciende, por ello, el ámbito estrictamente literario. Su figura intelectual se caracteriza por una extraordinaria amplitud: filósofo, matemático y politólogo, además de traductor y lector en distintas lenguas, ha desarrollado una obra que comprende poesía, ensayo y cuadernos de trabajo. Esta formación explica en parte la densidad conceptual de sus poemas. En ellos, escribir no significa únicamente expresar una experiencia subjetiva, sino tratar de comprender las condiciones históricas, sociales y ecológicas que hacen posible -o amenazan- la vida. De ahí que su poesía pueda entenderse como una forma de pensamiento crítico.

Uno de los aspectos más relevantes de El empeño del manantial es precisamente la manera en que Riechmann incorpora el conflicto político, económico, social y ecológico a la experiencia cotidiana. Su poesía no se limita a describir los efectos de la injusticia o de la crisis ambiental, sino que intenta descubrir sus causas y cuestionar las estructuras que los producen. El antólogo, poeta y especialista en la obra de Riechmann, Alberto García-Teresa, destaca que su posición crítica constituye una cuestión de perspectiva y de enfoque más que de simple elección temática. El poeta pone a los lectores y lectoras ante las contradicciones del sistema y les obliga a participar en su interpretación.

Esta voluntad de cuestionamiento puede observarse en poemas como «Has olvidado la escritura del líquen», incluido en Cántico de la erosión. El propio título resulta revelador: el líquen, una forma de vida aparentemente insignificante, se convierte en símbolo de aquello que la mirada humana dominada por la lógica productiva ha dejado de saber leer. La naturaleza no aparece, por tanto, como mero paisaje, sino como una realidad que contiene un conocimiento que debemos recuperar. En este sentido, la poesía de Riechmann exige una transformación de la mirada: aprender a observar lo pequeño, lo cotidiano y lo aparentemente marginal para descubrir las relaciones que sostienen la vida.

La dimensión política se hace más explícita en poemas como «La sociedad burguesa» y «Cuestiones marxistas disputadas», pertenecientes a Material móvil. Estos textos muestran que la preocupación ecológica del autor no puede separarse de su crítica del modelo económico y social. Para Riechmann, la destrucción ambiental no constituye un accidente aislado, sino una consecuencia de determinadas formas de producción, consumo y organización de la sociedad.

Esta perspectiva alcanza una formulación especialmente clara en el poema «De dónde viene», perteneciente a la producción más reciente. El texto comienza con una pregunta aparentemente sencilla: «De dónde viene / el café que bebías». A partir de ella, el poema reconstruye las relaciones materiales ocultas detrás de un objeto cotidiano: los árboles, la energía solar acumulada durante millones de años, los hidrocarburos, el trabajo humano. El poeta concluye señalando que existen «tantos trabajos humanos y fuerzas naturales / entrelazadas». En estos versos se encuentra condensada una de las ideas centrales de su pensamiento ecológico: la existencia humana depende de una red de relaciones materiales que la economía tiende a ocultar.

Esta noción de ecodependencia aparece vinculada a otra igualmente importante: la interdependencia. Alberto García-Teresa señala que la propuesta de Riechmann apunta hacia una sociedad basada precisamente en la conciencia de ambas, así como en la empatía y en el respeto por todo lo vivo. El ecologismo de Riechmann no consiste, por tanto, únicamente en defender determinados espacios naturales, sino en replantear la propia concepción del ser humano. Somos seres dependientes de otros seres, de los ecosistemas y de unas condiciones materiales que no hemos creado individualmente.

Esta idea alcanza una formulación de gran intensidad en «El esfuerzo de no ser de nadie», donde encontramos los versos: «El esfuerzo de no ser de nadie / El trabajo de no ser nadie / El descubrimiento de ser todos los seres». La afirmación posee una evidente dimensión filosófica: frente al individualismo y a la concepción del sujeto como entidad autónoma, Riechmann propone reconocerse como parte de una totalidad de relaciones. El «yo» no desaparece, pero deja de concebirse como centro absoluto del mundo.

Formalmente, esta profundidad conceptual no implica una poesía inaccesible. La antología destaca por la precisión léxica, la claridad enunciativa, el empleo significativo de los símbolos y un tono que puede ser sereno y meditativo. Riechmann combina diferentes procedimientos y registros a lo largo de su trayectoria, pero mantiene una preocupación constante por hacer del poema un espacio de desvelamiento. Su lenguaje busca romper la normalidad de los discursos dominantes y provocar en el lector una mirada más consciente.

 

 

 

no contemos con la cercanía de los cataclismos para tornarnos más conscientes, advertía latour

“No contemos con la cercanía de los cataclismos para tornarnos más conscientes, todo lo contrario. (…) El historiador Ian Kershaw [en su libro El final: Alemania, 1944-45] muestra cómo Alemania tuvo más bajas de soldados y civiles en el último año de la guerra, cuando los alemanes habían perdido cualquier esperanza de victoria, que durante los cuatro años precedentes. Muestra que en la situación más catastrófica, cuando el Reich ya está condenado, cuando la guerra está claramente perdida y cuando todo el mundo, desde los generales hasta las amas de casa, lo sabe perfectamente, no obstante, a falta de una alternativa, el combate continúa y el sistema dictatorial-criminal permanece casi intacto hasta el derrumbe final. Es precisamente porque el carácter evidente de la amenaza [ecológica y climática] no nos hará cambiar por lo que hay que aprestarse a rehacer la política. Si no hay nada agradable, armonioso o tranquilizador en abordar los problemas ecológicos; si Lovelock pudo describir a Gaia como ‘en estado de guerra’ y ‘tomándose su revancha’ contra los humanos, a los que compara con el ejército británico cercado en las dunas de Dunkerque, completamente desorientado (…), es porque la geohistoria no debe ser concebida como la gran irrupción de la Naturaleza capaz de pacificar nuestros conflictos, sino como un estado de guerra generalizado.”[1]

 

[1] Bruno Latour, Cara a cara con el planeta, Siglo XXI, Buenos Aires 2017, p. 91.

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Como explica Elizabeth Kolbert, la experiencia actual no es buena guía para explicar lo que está pasando con el calentamiento global. El clima funciona con retraso. “Cuando se emite dióxido de carbono a la atmósfera, se tardan décadas –en un sentido técnico, milenios– en que la Tierra alcance un equilibrio. (…) El calentamiento que se está produciendo actualmente no se sentirá por completo hasta que los bebés de hoy lleguen a la mediana edad. Esto es, en realidad vivimos en el clima del pasado, pero ya hemos determinado el del futuro. La temporalidad de efectos retardados del calentamiento global hace que todas las advertencias –de científicos, agencias gubernamentales, y sobre todo periodistas– parezcan histéricas, como si las lanzara la griega Casandra (…). Una vez que las realimentaciones toman el control, el clima puede cambiar de forma rápida y radical”.[1]

“Sir David King –antiguo asesor científico oficial para el Reino Unido, catedrático en Oxford y posteriormente en Cambridge, ganador de tantos premios que sería imposible enumerarlos todos y un cabal referente del establishment– afirmó que lo que hagamos en los próximos tres o cuatro años determinará el destino de la humanidad. Esto lo dijo… en 2021.”[2]

Y del mismo artículo de Adam McKay (director de Don’t look up): “Con un calentamiento de +3°C [al que podemos llegar en 2050] los autores del estudio de Exeter advierten de que podría haber hasta cuatro mil millones de muertes. Eso es la mitad de la población mundial. En 24 años o menos…”

 

[1] Elizabeth Kolbert, La vida en un planeta poco conocido, Debate, Barcelona 2025, p. 137-138.

[2] Adam McKay, “The Gargantuan lie that is collapsing the world’s climate. Thinking we have time left to address climate change, or that ‘Net Zero by 2050’ will save us, is driving us toward full social collapse in ways that become more obvious with every new broken temperature record”, Current Affairs, 6 de agosto de 2026; https://www.currentaffairs.org/news/the-massive-climate-lie-that-will-destroy-human-civilization

un mundo militarizado y belicoso no se descarboniza

“El efecto inmediato de la guerra [de Israel y EEUU contra Irán] sobre la demanda de combustibles fósiles ha sido contradictorio. A corto plazo, los precios más altos, las disrupciones del transporte marítimo y la desaceleración de la economía mundial han deprimido el consumo. Pero el efecto político más amplio de la guerra apunta en sentido contrario. Conflictos como estos refuerzan la centralidad estratégica de los combustibles fósiles, porque aceleran el rearme y empujan a los Estados a anteponer la seguridad energética a los objetivos climáticos. El gasto militar global ya había alcanzado los 2.887 billones de dólares en 2025 —el undécimo aumento anual consecutivo— y esta guerra está intensificando esa tendencia, sobre todo en Europa, Oriente Medio y Asia. Los ejércitos modernos son instituciones extraordinariamente intensivas en el uso del petróleo y un mundo organizado en torno a la preparación permanente para la guerra es también un mundo más firmemente atado a los hidrocarburos.”[1]

 

[1] Adam Hanieh: “La preparación permanente para la guerra deja un mundo atado al petróleo” (entrevista), eldiario.es, 16 de agosto de 2026; https://www.eldiario.es/internacional/adam-hanieh-investigador-preparacion-permanente-guerra-deja-mundo-atado-petroleo_128_13446026.html

sobre la paradoja de jevons generalizada

Un artículo importante recién publicado: William Oman, Etienne Espagne y Jean-Baptiste Fressoz, «The Generalized Jevons Paradox and the future of energy» (2026)

https://www.elibrary.imf.org/view/journals/001/2026/157/article-A000-en.xml

y un comentario pertinente: Romaric Godin, «Por qué la ‘transición ecológica’ es un engaño» (yo lo hubiera titulado más bien: por qué nos engañamos acerca de la transición ecológica) (2026)

https://vientosur.info/por-que-la-transicion-ecologica-es-un-engano/