cezaneando

Señala Antonio Martínez Sarrión que su pintor preferido, Cézanne, siempre la ha dado “una intensidad emocional singular que pocos de sus coetáneos me ofrecen, ni tan siquiera Van Gogh o Toulouse-Lautrec. Tiene que ver ese impacto con su esencialidad, su despojamiento, su antisentimentalismo, su rigor constructivo, su rectitud moral frente al lienzo, su gusto seguro y callado, sin exhibicionismos ni desbordamientos. Su ausencia, en fin de cinismo y autocompasión.”[1]

Ausencia de cinismo y de autocompasión, en efecto; y habría que añadir, para que la admiración por el virtuoso fuese mayor: descentramiento del ego.


[1] Antonio Martínez Sarrión, Escaramuzas, Alfaguara, Madrid 2011, p. 19.