cien mil millones

“El mundo es una basura, pero estamos vivos”, dice el recluta Bufón al final de Full Metal Jacket (La chaqueta metálica), la película de Stanley Kubrick. Quizá podamos permitirnos añadir: y mientras estemos vivos, tenemos el deber de luchar por que el mundo sea un poco más cosmos, y un poco menos locura. Pero ¿de dónde nacería una obligación así? Uno se siente tentado a responder: es lo que debemos ala Gran Asamblea: la que forman los seres humanos vivos, muertos y por nacer, junto con todas las demás criaturas con las que hemos compartido y compartiremos la biosfera.

Buf, esa asamblea de trillones de criaturas resultará para muchos y muchas una imagen un tanto abrumadora… ¿Por qué convocar a esa multitudinaria pero imaginaria asamblea, por qué emplear esa especie de truco anímico? Me parece que se trata de un buen ejercicio espiritual en sentido laico, como aquellos que tan convincentemente ha defendido Pierre Hadot desde su idea de la filosofía como forma de vida (y no mero discurso teorético).[1]

Entre estos ejercicios, ahora ofrece un interés especial para nosotros el de la mirada desde lo alto y el viaje imaginario a través del cosmos, que el propio Hadot rastrea desde la Antigüedad grecorromana hasta la Modernidad de un Goethe.[2] Valga como ejemplo el texto de Marco Aurelio, con ecos de Heráclito y Platón:

“Preciso es que quien hace discursos sobre los hombres examine también lo que acontece en la Tierra, como desde una atalaya: manadas, ejércitos, trabajos agrícolas, matrimonios, divorcios, nacimientos, muertes, tumulto de tribunales, regiones desiertas, poblaciones bárbaras diversas, fiestas, trenos, reuniones públicas, toda la mezcla y la conjunción armoniosa procedente de los contrarios. (…) Contempla desde arriba innumerables rebaños, infinidad de ritos y todo tipo de travesía marítima en medio de tempestades y bonanza, diversidad de seres que nacen, conviven y se van…”[3]

Pues bien, uno tiene la impresión de que la literatura de ciencia ficción y el periodismo llevan ya algunos decenios ofreciendo ejercicios espirituales populares centrados en el viaje cósmico y la colonización de otros mundos. La argumentación que desarrollé en mi libro Gente que no quiere viajar a Marte mostró, creo, hasta qué punto este tipo concreto de ejercicio espiritual resulta funcional al capitalismo. ¿Por qué no desplegar otra clase de ejercicios espirituales –por ejemplo uno que, siendo igual de imaginario que los viajes a Marte y más allá, por lo menos sirva para consolidar otros imaginarios sociales –que podríamos llamar ecosocialistas y ecofeministas?[4] Precisamente la Gran Asamblea es, a mi entender, un ejercicio espiritual de este tipo –pero orientado a “obrar de acuerdo con el bien común, en la convicción de que esta tarea es acorde con tu naturaleza”.[5]

El número de seres humanos que han vivido alguna vez es de algo más de cien mil millones.[6] Imaginémoslos reunidos en una sola asamblea, y añadamos los miles de millones de seres humanos adicionales que existirán si no dañamos la habitabilidad de la Tierra y las perspectivas de nuestra propia especie. Podemos imaginar que en primera fila se encuentran Buda, Safo, Sócrates, Confucio, Hildegarda von Bingen, Montaigne, Emily Dickinson y Einstein, entre otras viejas glorias; pero lo importante es darnos cuenta de que cada una de aquellas vidas tuvo y tendrá posibilidades específicas de cumplimiento, irreductibles a las de ningún otro ser. Imaginemos además que, en círculos más lejanos de la asamblea (porque no pueden hablar por sí mismos), se encuentran todos los demás seres vivos con los que hemos compartido la biosfera en el pasado, y también todos los que existieron desde el comienzo de la vida en la Tierra (hace más de cuatro mil millones de años) y antes de que hubiera seres humanos, y también todos los que existirán en el futuro –con o sin seres humanos–. Realmente es una Gran Asamblea, ¡la integran trillones y trillones de seres vivos –desde los microbios primitivos hasta las inimaginables especies vivas del futuro remoto! Pues bien, hoy sabemos que la potencia de una especie como la nuestra, dotada de lenguaje natural, sistemas simbólicos y tecnologías avanzadas, afecta a una cantidad enorme de los integrantes de esa Gran Asamblea… ¿Cómo podemos justifcar razonablemente ante la misma las decisiones que tomamos –y las que no tomamos?

Ése es el ejercicio espiritual que propongo: en nuestra conciencia, rendimos cuentas ante la Gran Asamblea, la compuesta por todos los vivientes –del pasado, el presente y el futuro— reunidos en un tiempo simultáneo.



[1] Pierre Hadot, La filosofía como forma de vida, Alpha Decay, Barcelona 2009.

[2] Pierre Hadot, No te olvides de vivir. Goethe y la tradición de los ejercicios espirituales, Siruela, Madrid 2010, p. 51 y ss.

[3] Marco Aurelio, Meditaciones, libro VII, parágrafo 48, y libro IX, parágrafo 30; por ejemplo en la edición de Ramón Bach Pellicer, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid 1977, p. 138 y 170.

[4] Más sobre ejercicios espirituales en el libro seminal de Pierre Hadot Ejercicios espirituales y filosofía antigua (Siruela, Madrid 2006).

[5] Marco Aurelio, Meditaciones, libro IX, parágrafo 31.

[6] Carl Haub, “How many people have ever lived on Earth?”, artículo publicado primero en 1995 y luego actualizado en 2002 y en 2011. La última versión puede consultarse en http://www.prb.org/Publications/Articles/2002/HowManyPeopleHaveEverLivedonEarth.aspx

La estimación del demógrafo Carl Haub contabiliza, a partir de supuestos razonables, la población humana entre 50.000 AEC (Antes de la Era Común), con 5 millones hacia 8.000 AEC (vale decir hacia el comienzo del Neolítico) y llegando a 6.987 millones en 2011. El acumulado en esa fecha serían 108.000 millones de seres humanos (de hecho, subestimando un poco: la cuenta debería comenzar al menos hacia 150.000 AEC, ¿verdad? Y yo sería partidario de llevarla más atrás de Homo sapiens sapiens…). De manera que los humanos vivos hacia 2011-2012 seríamos el 6’5% del total a lo largo de la historia humana.