contra la indiferencia -manu fernández escribe desde valencia

¿Estamos luchando por la justicia?, se preguntaba Simone Weil ante el avance del fascismo en Europa. Para pensar esa pregunta, recurría a Tucídides, quien en su Historia de la Guerra del Peloponeso recordaba a los atenienses que “el examen de lo justo tan solo se lleva acabo cuando existe la misma necesidad por ambas partes. Cuando hay un fuerte y un débil, el primero ejecuta lo posible y el segundo lo acepta”. Simone Weil subrayaba que “los griegos definían admirablemente la justicia como consentimiento mutuo”: una justicia que solo puede existir allí donde no hay dominio, donde la fuerza no se impone como criterio.
Hoy, ante la devastación de Palestina, esa pregunta vuelve a interpelarnos con la misma urgencia: ¿estamos luchando por la justicia o aceptando que la fuerza decida lo posible?
Hay momentos en la historia en los que el sufrimiento de un pueblo se vuelve tan insoportable que mirar hacia otro lado deja de ser una omisión y se convierte en una forma de violencia. Lo que ocurre hoy en Palestina pertenece a esa categoría moral extrema. No es solo una tragedia: es una interpelación. Una exigencia ética que alcanza a toda la humanidad.
Simone Weil escribió que la verdadera justicia comienza por la atención: por la capacidad de mirar el dolor del otro sin apartar la vista, sin justificarlo, sin relegarlo a la periferia de nuestra conciencia. Esa atención —frágil, incómoda, radical— es lo primero que se está quebrando en el mundo ante la aniquilación sistemática del pueblo palestino. Y todo esto está ocurriendo ante nuestros ojos. Cuando el sufrimiento se vuelve cotidiano, cuando la muerte se vuelve estadística, cuando la destrucción se vuelve rutina, algo esencial en nosotros se desmorona.
En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt advirtió que el mal no siempre se presenta con estridencia: a veces avanza en silencio, protegido por la burocracia, por la obediencia, por la normalización del horror. Lo que vemos hoy es precisamente eso: una maquinaria que produce vidas sin derechos, poblaciones enteras reducidas a lo que Hannah Arendt llamó “seres superfluos”. Sobre todo, asistimos a la ruptura del principio más básico de la vida política: la igualdad no es un hecho natural, sino una construcción humana que sólo existe cuando decidimos reconocernos mutuamente como sujetos de derechos. Cuando permitimos que algunas vidas sean tratadas como prescindibles, renunciamos a esa tarea común y destruimos el fundamento mismo de la justicia.
A ello se suma una comunidad internacional atrapada en su propia parálisis moral, que permite que la deshumanización se vuelva administrable, incluso justificable. Por eso escribo. Porque no puedo aceptar que el mundo se acostumbre a este horror. Porque no puedo aceptar que la indiferencia se extienda sin resistencia. Porque no puedo aceptar que la devastación de un pueblo se convierta en un hecho más del ciclo informativo.
No escribo desde el odio. Escribo desde la responsabilidad. Desde la convicción de que la ética no es una opción, sino una obligación. Desde la certeza de que ninguna identidad, ningún trauma histórico, ninguna razón de Estado puede justificar la destrucción sistemática de un pueblo.
Lo que ocurre en Palestina no es un conflicto lejano: es un espejo que nos confronta. Un examen moral. Una pregunta que nos alcanza a todas y todos: ¿qué queda de nuestra humanidad si aceptamos que algunas vidas pueden ser destruidas sin que nada en nuestro interior se quiebre, mientras seguimos con nuestras vidas como si ese dolor no nos concerniera? Si eso no nos estremece, entonces lo que está en peligro no es solo un pueblo: es la idea misma de humanidad.

Manu Fernández, doctor en Filosofía