La ola de calor de finales de junio, que ha causado miles de muertes en Europa (en el caso de España, unas setecientas defunciones), ha dado lugar a vivos debates sobre el aire acondicionado en varios países. Y hay que decir lo primero de todo: por supuesto, climatización allí donde pueda suponer la diferencia entre la vida y la muerte (piensa uno primero en residencias de ancianos y hospitales). Pero hay que reparar también en que, considerando la situación general, responder al calentamiento global climatizando todo es como hacer frente al fuego arrojando gasolina. Aumentar el consumo energético hacer crecer la extralimitación ecológica (que la electricidad proceda de paneles solares sólo alivia un poco esa endiablada situación general). Piénsalo un poco, amigo, amiga: instalar un aparato de aire acondicionado en el piso de tu anciana madre puede ser indispensable para salir del paso a corto plazo, pero en el fondo repite la estrategia de segregación y huida con que los ultrarricos pretenden hacer frente a la policrisis ecosocial (que es una crisis de extralimitación y mala inserción de los sistemas humanos en la red de la vida). El aparato de aire acondicionado pagado a plazos es, para los pobres, el equivalente al búnker en nueva Zelanda para los ultrarricos (reléase el famoso artículo de Douglas Rushkoff en 2018). Lo que necesitamos (pero ya vamos tarde, tan tarde…) es cambiar el sistema de producción y los modos de vida. Por decirlo con una imagen: no sólo instalar aires acondicionados allí donde de verdad sean necesarios, sino eliminar el automóvil privado y el chuletón imbatible. Lo cual, ya lo sé, son palabras mayores.