en la asamblea: optimismo, pesimismo, realismo…

En una asamblea, me encontré con compañeros y compañeras a quienes no veía desde hacía tiempo… Una de ellas me dijo: “qué bien verte por aquí, ¡todo el mundo decía que estabas deprimidísimo!”

Lo que había ocurrido –durante el período de los dos años anteriores, más o menos— es que yo me había esforzado por repensar perspectivas, evaluar opciones de futuro en lo ecológico-social y –a la postre— realizar un difícil duelo por la humanidad venidera (pues todo indica que vamos hacia un ecocidio acompañado de un genocidio). Pero lo que se había difundido en medios militantes es “Jorge está fatal, muy deprimido”. Esa reducción al supuesto o real problema psicológico personal de alguien evita tener que enfrentarse a lo más difícil: pensar nuestra situación, tomando de verdad en cuenta el abismo ante el cual nos hallamos. (Y así funciona, por lo demás, la avasalladora cultura dominante bajo el capitalismo: los problemas sociales se redefinen como cuitas de cada cual y se remiten a la responsabilidad personal del agobiado individuo.) Es algo parecido a lo que Fernando Savater señala con respecto a las “fobias” sociales:

“Se ha puesto de moda que quienes detestan ver sus opiniones ridiculizadas o discutidas lo atribuyan a una ‘fobia’ contra ellos. Llamarla así es una forma de convertir cualquier animadversión, por razonada que esté, en una especie de enfermedad o plaga social. Pero (…) la fobia consiste en perseguir con saña a personas, no en rechazar o zarandear creencias y costumbres. Lo curioso es que la apelación a las ‘fobias’ es selectiva: no he oído hablar de ‘nazifobia’ para descalificar a quienes detestamos a los nazis, ni de ‘lepenfobia’ para los que no quieren manifestarse por París con Marine Le Pen y sus huestes…”[1]

Si estamos de verdad en una situación catastrófica –y lo estamos–, tratar de analizarla no es discurso catastrofista ni ceder a la depresión, sino un ejercicio de realismo.

Por lo demás, en términos estrictamente cognitivos nuestro problema colectivo no es el realismo de los depresivos que constata la psicología clínica, sino más bien lo contrario: el sesgo hacia el optimismo irracional que parece evolutivamente inscrito en los genes de nuestra especie.[2] Un rasgo como la propensión al autoengaño, que probablemente nos ayude –y por eso tenga valor adaptativo– a la hora de hacer frente a crisis personales, podría resultar fatal si gobierna nuestro comportamiento a la hora de hacer frente a crisis colectivas tan dramáticas como la que se nos plantea hoy.

En tiempos históricamente “normales” (las comillas resultan obligadas, pues ¿a qué podríamos llamar normalidad histórica?) el optimismo por principio, para salir adelante, tendría un pase. A un alcalde palestino le preguntaron si era pesimista u optimista. Contestó: “Ser pesimista es un lujo que no me puedo permitir, porque mediante el optimismo vislumbramos proyectos que nos permiten salir de nuestra situación”.[3] Éste es el esquema –tan reconfortante cuando uno se encuentra en una mala situación histórica— de “lo hicimos porque no sabíamos que era imposible”, que por lo demás puede reclamar avales tan importantes como los de Karl Liebknecht y Max Weber.[4] Pero si nos hallamos en el Siglo de la Gran Prueba, si hacemos frente a las mayores discontinuidades históricas en la vida de la especie, ¿podemos permitirnos el lujo de plantearnos las cosas en esos términos?



[1] Fernando Savater, “Fobia a las fobias”, Babelia, 17 de enero de 2015.

[2] Cierta dosis de autoengaño parece ser una condición necesaria para la salud humana. La psicología experimental ha comprobado que los individuos más “realistas”, más capaces de guiarse por el principio de realidad antes de por el principio de placer, son… personas clínicamente deprimidas. Por el contrario, los individuos “normales” –ni maníacos ni depresivos— tienden a sobreestimar sus capacidades y a verse bajo una luz favorable (creyendo por ejemplo que los demás tienen sobre ellos una opinión mejor de lo que es el caso) (cf. Jon Elster, Tuercas y tornillos, Gedisa, Barcelona 1990, p. 46). Por decirlo de manera campechana: parece que normalmente los seres humanos vamos “sobraos”, bien arropados de autoestima (sin duda otros preferirán hablar de narcisismo), y sólo cierto “bajón” nos sitúa en el nivel de la apreciación sobria de los hechos, del juicio razonable sobre nuestras capacidades y circunstancias.

                Cuando se pregunta a graduados estadounidenses si tienen capacidad de liderazgo por encima de la media, más del 70% dicen que sí y sólo un 2% dicen que no. En una muestra de profesores universitarios en EE.UU., el 94% afirma que cree ser mejor en su trabajo que el promedio de sus colegas (W.G. Runciman, El animal social, Taurus, Madrid 1999, p. 116). Quizá quepa recordar aquí que el filósofo alemán Hans Vaihinger (1852-1933) caracterizó al ser humano como un mono con megalomanía…

[3] Lo cuenta el cineasta israelí Amos Gitai (entrevista en Minerva 9, Madrid 2008, p. 109).

[4] Weber, en La política como vocación, insistía en que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. El presupuesto de este consejo, claro, es que uno podrá seguir intentándolo una y otra vez en el futuro: que no se interrumpirá la historia humana… Pero éste es precisamente el peligro en el Siglo de la Gran Prueba.