en la muerte de juan gelman -dos textos de jorge riechmann

(Un texto de Resistencia de materiales, Montesinos, Barcelona 2006, p. 13-17)

 

LUMBRE LIBERTAD

(para Juan Gelman*)

Acaso lo más admirable en su poesía es su casi impensable ternura allí donde más se justificaría el paroxismo del rechazo y la denuncia, su invocación de tantas sombras desde una voz que sosiega y arrulla, una permanente caricia de palabras sobre tumbas ignotas.”

Julio Cortázar

como cuando encontré la justicia en el mundo/ y era como tu rostro,/ mejor dicho: te amo.”

Juan Gelman

1

Muchos días empiezan cuando aún no han empezado, y hay crepúsculos que acaecen con muchas jornadas de retraso. No es posible encontrar a alguien sin correr el riesgo de no reconocerlo.

Leo a Borges, y pienso: después vino Videla. Leo a Cortázar: luego fue Massera. Tras Roberto Juarroz, Alfredo Astiz. Después de Porchia y de Sabato, la Escuela Mecánica de la Armada.

Eufonía y masacre, lírica y tortura. Las letras de este siglo no pueden olvidar ni por un segundo su contigüidad con el horror. No para atormentarse en jardines insomnes, no para desangrarse en raíces inacabables: sólo para calibrar adecuadamente la solidez del terreno que se pisa. Y para no llamarnos a engaño cuando el fétido hedor nos golpea la nuca nuevamente.

2

Toda poesía es hostil al capitalismo, ha dicho Juan Gelman/ John Wendell enfatizando el toda. “Toda poesía es hostil al capitalismo/ puede volverse seca y dura pero no/ porque sea pobre sino/ para no contribuir a la riqueza oficial”1.

En este campo, como las dos maderas de una cruz muy humilde, ética y estética: ética de la dicción y estética de la resistencia.

Juan sabe que mataron a Federico García Lorca en Tucumán, en Azul, en Santa Fe, en Salta2. Nosotros sabemos que a Haroldo Conti lo mataron en Badajoz, que Rodolfo Walsh cayó en Teruel, que Francisco Urondo fue asesinado en Madrid.

Nuestro mundo: un cuerpo amputado y golpeado, herido a chorros, violado, descoyuntado. A pesar de la pérdida de sangre y las fracturas, de alguna forma misteriosa todo está ahí, junto: incluso lo irrecuperable permanece como ausencia y arista y dulce deseo, fecundando nuestras luchas con polen transparente.

La poesía, para este nuestro torturado mundo, es una voz que acompaña y a veces –de alguna forma misteriosa– cura.

3

Durante muchos años, para mucha gente, Gelman no sólo era la voz enramada en la poesía más libre y limpia: era también un referente moral. En un segundo momento, muchos lectores nos dimos cuenta de que su calidad moral tenía que ver no sólo con su ejemplar combate político y con su ejemplar trabajo de duelo por los compañeros y compañeras asesinados, sino con la manera de enfrentarse al lenguaje: interrogando las falsas certidumbres, removiendo los grumos solidificados, despertando los ecos insospechados, cuestionando las ideologías implícitas.

Se ve que el movimiento es circular, o más bien espiral (una espiral abierta al infinito): no puede haber liberación social sin liberación interior, y a la vez la primera es presupuesto de la segunda.

4

Demasiados esfuerzos para no perder el equilibrio acaban lastrando al funámbulo con tantos pesos y contrapesos que al final no puede moverse. No se avanza sin correr riesgos.

El interés de la poesía, su poder de revelación, suele ser directamente proporcional a los riesgos que asume el poeta. En este sentido, Juan Gelman no nos ha defraudado nunca desde que en 1956 publicara su primer libro, Violín y otras cuestiones, que ahijó el gran Raúl González Tuñón.

Cuando el poeta sabe más que el poema, este último no tiene mucho que decirnos.

La pregunta “¿quién se atreve a escribir?” es incomprensible desde otro lugar discursivo que no sea el que nos propone la poesía. (La poesía que –-como nos enseñaba Juan Gelman— es lenguaje calcinado.)3

La poesía que nos interesa más no es la de quien piensa que sabe, y escribe para comunicar una verdad –digamos—moral. Sino la poesía del que no sabe y busca, la poesía –como la de Juan Gelman– que no sabe y busca.

Dormimos sobre las reglas, vivimos en las excepciones.

5

No se trata de decir la revolución sino de hacer la revolución –sobre todo si hablamos desde dentro del poema.

Se suele ser revolucionario en el modo de la rabia: Juan Gelman lo es sobre todo en el modo de la ternura. Nos entrega, en medio de la desolación y el desconsuelo, extraviados en el paisaje de ruinas que es íntimamente nuestro, formas de felicidad lingüística que no habíamos imaginado nunca, tallos de fresca lucidez que nos tocan con la suavidad de una caricia:

caballeros brindemos las vírgenes no virgan/ los obispos no obispan los funcionarios no funcionan/ todo lo que se pudre en ternura dará/ miro mi corazón hinchado de desgracias/ tanto lugar como tendría para las bellas aventuras”4

Sólo se construye a partir de ruinas. La verdadera opción es: o las piedras de las antiguas edificaciones encastradas dentro de los nuevos muros, recreadas y transformadas por esa apropiación, o la guardarropía historicista del monumento posmoderno, que borra la historia en el preciso momento en que la cita. Sólo se construye a partir de ruinas. También ésta es una lección que podemos aprender de Juan, cuando comparte pan y aperos con Teresa de Ávila, con Edgar Lee Masters, con Juan de la Cruz, con Homero Manzi o con Salomón Ibn Gabirol.

6

No sé si hay otra palabra más gelmaniana que la palabra huesitos: a mí no se me ocurre. Con huesitos no pueden construirse andamios, armas ni sistemas filosóficos. Cuando se fracturan huesitos, los fragmentos se pierden muchas veces, no permanecen dentro de la fosa y sólo sueldan con dificultad.

Pero los huesitos son del aire. Pueden volar.

A Juan Gelman hay que leerlo por el aire.

Amar lo que ha sido. Amarlo como algo incompleto, abierto, inacabado. Amar también lo atroz y trabajar por transformarlo: una victoria modifica todas las derrotas pretéritas. No la ilusión del final feliz, sino la convicción de que la historia es una construcción humana, y cada nueva pared, túnel o torre modifica el sentido del conjunto. No hay final: ni feliz ni de ningún otro tipo. Y por eso es menester amar lo que ha sido.

Ternura a pesar de la masacre. La dignidad de la resistencia. La revolución no como un deber, sino como objeto de deseo. Toda poesía es hostil al capitalismo.

Somos de lo incompleto. “A la poesía nunca se la aferra. Por eso sólo se puede escribir así: incompletamente.”5

Incompletamente. “Afuera llueve y el mundo está por hacerse”, escribe Juan Gelman en otro de los poemas de Cólera buey6. La intemperie y el inacabamiento son rasgos esenciales de la condición humana. Así nos mantenemos vivos: en el deber del trabajo –la construcción común de un mundo compartido— y la promesa de lo abierto.

7

El ser humano, como la literatura, puede definirse como una entidad capaz de poner en entredicho su propio modo de ver”7. Ésta es una forma de enunciar la condición de animal fronterizo del ser humano –sometido a la permanente tentación de abdicar de esa su peculiar, tensa, difícil manera de existir.

Contra toda propuesta de clausura del sentido –literaria, política, religiosa, moral–, la poesía como aventura de libertad, como interrogación infinita del mundo entre todos edificado y compartido. No hay poeta –al menos yo no lo conozco– en cuyos versos uno encuentre tantas preguntas como en Juan Gelman.

Ningún marxista debería permitirse nunca olvidar que la máxima favorita de Marx era DE OMNIBUS DUBITANDUM (hay que dudar de todo).

El amor no es un tallo hundido en el costado, sino una piel de palabras.

Lo que cuenta en poesía no es la parada del pavo real, sino alcanzar el agua profunda. Seguro que en cada momento histórico hay mucho de lo primero y poco de lo segundo: no importa. Todo está ahí donde sabes encontrarlo. Zapatero a tus zapatos, poeta a tu manantial.

Poesía es libertad, lumbre de libertad. Hoy, aquí, estamos vivos y nos arrimamos todos a esta lumbre. Nos toca gelmanear. Termino leyéndoos EL JUEGO EN QUE ANDAMOS según Juan:

Si me dieran a elegir, yo elegiría/ esta salud de saber que estamos muy enfermos,/ esta dicha de andar tan infelices./ Si me dieran a elegir, yo elegiría/ esta inocencia de no ser un inocente,/ esta pureza en que ando por impuro.// Si me dieran a elegir, yo elegiría/ este amor con que odio,/ esta esperanza que come panes desesperados.// Aquí pasa, señores,/ que me juego la muerte.”8

* Una primera versión fue leída en el acto público celebrado en el Ateneo de Madrid, el 3 de abril de 1998. Luego se publicó como prólogo a la edición española de Cólera buey (colección HOJA POR OJO, Germanía, Alzira 1999).

1 Los poemas de John Wendell XCI, en Cólera buey, 1965-68

2 ROJOS en Relaciones, Interrupciones I.

3 Pablo Montanaro y Rubén Salvador: Palabra de Gelman (en entrevistas y notas periodísticas). Corregidor, Buenos Aires 1998, p. 142.

4 HIMNO DE LA VICTORIA (EN CIERTAS CIRCUNSTANCIAS). De Partes en Cólera buey, 1963.

5 Pablo Montanaro y Rubén Salvador: Palabra de Gelman (en entrevistas y notas periodísticas). Corregidor, Buenos Aires 1998, p. 149.

6 AMA DE LA NOCHE, en la sección del libro Sefiní (1964-65).

7 Paul de Man, “Historia y modernidad literaria”, en Visión y ceguera, Universidad de Puerto Rico, Puerto Rico 1991.

8 De El juego en que andamos, 1956-58.

——————————————————————————————

 

(Un texto de El siglo de la Gran Prueba, Baile del Sol, Tegueste (Tenerife) 2013, p. 15-23)

 

 

JUAN GELMAN

Y EL DESTINO DE NUESTRA ESPERANZA[1]

 

 

1. Todavía en Auschwitz

“Theodor Adorno pronunció alguna vez una frase infeliz: afirmó que no era posible escribir poesía después de Auschwitz. Se equivocaba y ahí está la obra de Paul Celan que lo desmiente. O la de Kenzaburo Oé, después de Hiroshima y Nagasaki. Durante años pensé que el error de Adorno consistía en una omisión, que le faltó un ‘como antes’, que no se podía escribir poesía como antes de Auschwitz, como antes de Hiroshima y Nagasaki, como antes del genocidio argentino. Y ahora pienso que no hay un después de Auschwitz, de Hiroshima y Nagasaki, ni del genocidio argentino, que estamos en un durante, que las matanzas se repiten una y otra vez en algún rincón del planeta, que existe ese genocidio más lento que los hornos crematorios pero no menos brutal llamado hambre, que en el medio siglo que dejamos atrás no ha habido un solo día de paz en el mundo. Padecemos un tiempo anterior, en realidad, anterior al sueño posible, a la humanidad posible, a su fulgor posible. Y, sin embargo, la poesía continúa, tal vez porque encuentra, como Juan Rulfo dijo, el olor de la gente como una esperanza.”[2]

 

En efecto: Auschwitz es un mundo donde la gente muere de hambre al tiempo que los graneros están repletos.

 

Auschwitz es un mundo donde se encara la destrucción de una parte sustancial de la población humana (hacia lo que nos está conduciendo el calentamiento climático) con tal de que se puedan seguir haciendo buenos negocios en la devastada biosfera.

 

Auschwitz es un mundo donde se emprende una nueva carrera de armamentos (eufemismo: “escudo antimisiles”) mientras 2.500 millones de personas malviven con menos de dos dólares al día.

 

Auschwitz es un mundo donde el petróleo es un factor político de primera magnitud, pero las necesidades humanas básicas no lo son.

 

Auschwitz es este mundo nuestro, tan íntimamente conocido, donde constantemente se privatizan beneficios y se socializan pérdidas; y donde el dinero que no se encuentra para políticas sociales acude sin problemas a financiar la guerra, las guerras.

 

La noche oscura sigue siendo oscurísima; Auschwitz es, todavía, nuestro mundo.

 

“¿Qué alegra la noche oscura? Una/ palabra. ¿Qué/ enalma la noche/ oscura? Una palabra./ Una anchura del mundo./ (…) Un/ polvo de astros toca/ el enamor de una/ palabra que/ abriga el desgarrón.” [3]

 

2. Con esperanza pero sin autoengaño

Idea Vilariño, una poeta uruguaya sólo diez años mayor que Juan Gelman (ella nació en 1920) y compañera de fatigas en la izquierda latinoamericana, escribe: “No hay ninguna esperanza/ de que todo se arregle/ de que ceda el dolor/ y el mundo se organice./ No hay que confiar en que/ la vida ordene sus/ caóticas instancias/ sus ademanes ciegos…”[4]

 

Sin esperanza, con convencimiento, reza el título del conocido libro del poeta español Ángel González. Quizá sería mejor reclamar algo así como: con esperanza pero sin autoengaño (en la medida que los seres humanos, tan incurablemente propensos al autoengaño, fuéramos capaces de tal hazaña, tan altamente contraria a nuestra naturaleza).

 

Muy pronto (en El juego en que andamos, escrito en 1956-58) Juan Gelman sabía que la esperanza “come panes desesperados”[5]. No estamos hablando de confirmación ni de garantía alguna: nos situamos en el campo de la incertidumbre, de una fragilidad extrema. ¿Cómo no, si tratamos de no engañarnos sobre lo que son y lo que pueden los seres humanos?

 

La esperanza de la que hablamos es una apuesta contrafáctica: no tiene nada que ver con el imbécil keep smiling que ahora nos llega de nuevo, más o menos reciclado como “pensamiento positivo”. Nada de optimismo metódico: si algo tiene sentido como principio de método es la sobria lucidez.

 

La pregunta que a mi juicio define el destino de la esperanza es: en el ser humano ¿existe un núcleo indoblegable, un centro de resistencia último, un recurso vital contra la humillación y la cosificación que fuese capaz de aguantar en las peores circunstancias?

 

3. Seis razones

Es decir, ¿puede prevalecer la resistencia frente a la barbarie, a pesar del paisaje de masacres y ruinas y atrocidades que nos pone la historia ante los ojos? Cuando el poeta escribe “se oye el ruido de los muertos de mi país peleando/ contra la vejez del mundo”[6], ¿podemos confiar en su palabra dada, o más bien sospechar que ha sucumbido al wishful thinking como dicen los anglosajones, al pensamiento desiderativo que es una de las formas del omnipresente autoengaño humano?

 

Cuenta Juan Gelman en uno de sus artículos de prensa –una parte de la obra del poeta que no es en absoluto desdeñable, como sus lectores sabemos bien– que el poeta Raúl González Tuñón decía que en el creador palpitan «territorios que nadie puede hollar». Se refería a los poetas de su tiempo, asediados por el estalinismo. Y Gelman parafrasea: en cada ser humano –que es en última instancia un ente creador– hay un territorio que ningún totalitarismo puede hollar[7].

 

En primerísimo lugar se trata de la esperanza, pues, en cierto carácter indoblegable del núcleo creador del ser humano. Juan Gelman la formula también en relación con la cuestión del poder. “Al mutilar la realidad, el poder se mutila y deja espacio para lo que vendrá.”[8]

 

“El poder es el poder y su autoritarismo se asienta en la no admisión de la diferencia, percibida siempre como un riesgo. Es decir, el poder es débil. Fracasa en la intimidad de las conciencias. (…) Los sistemas dominantes se empeñan, a veces ferozmente, en uniformar el pensamiento de los dominados, mutilarlo en aras de la permanencia en el poder. Esa tentativa de recortar el espacio humano tiene éxito un tiempo, incluso mucho tiempo. No más.”[9]

 

Juan Gelman enuncia –en segundo lugar– esperanza en la capacidad de resistencia de los pueblos fortalecidos por su memoria histórica:

 

“En la revista Time del 9 de septiembre de 1993 se publicó una nota sobre el mundo maya que incluye la anécdota de una turista que visitaba las ruinas de Palenque, en Chiapas, expresión extraordinaria de la arquitectura maya clásica de los siglos IV a X de nuestra era. Maravillada por la grandeza de las construcciones preguntó al guía, un joven del lugar: ‘¿Y a dónde se fue toda la gente?’ El guía respondió: ‘Aquí estamos, no nos fuimos nunca’.

El alzamiento de Chiapas [en enero de 1994] dimana de una memoria colectiva que los mayas de hoy llevan escrita en el cuerpo. A un pueblo que recuerda y se recuerda lo podrán derrotar, pero nunca destruir. Como sucede con el ser humano, dijo Hemingway.”[10]

 

Un tercer motivo de esperanza gelmaniana se dirige al carácter acumulativo –pese a las derrotas y los terribles retrocesos— del proceso de civilización:

 

“Lo conmovedor, lo que consuela, es comprobar una vez más cómo se va construyendo oscuramente, a través de tiempos y fronteras, un tejido cultural universal que ninguna barbarie pudo hasta ahora destruir.” [11]

 

Aparece, en cuarto lugar, la esperanza en la palabra viva. Para el poeta bonaerense, la poesía es vida del deseo contra las mutilaciones del poder.[12] Un conmovedor episodio carcelario que transmite Gelman ilustra ejemplarmente esta dimensión.

 

En las ominosas prisiones de la dictadura militar, presos políticos como Abel Rovino (secuestrado por los “milicos” en 1978, exiliado en 1982) aprenden de los presos comunes una depurada técnica para la trasmisión de obras literarias. “Con una bic o un lápiz de punta muy afilada copiábamos los libros que teníamos en papel de fumar, lo doblábamos hasta darle una superficie de 1 cmpor 1 cm, lo cubríamos con papel de plata de atados de cigarrillos y encima con algún plástico, y estaba hecho el ‘caramelo’, listo para ser tragado si nos trasladaban [o registraban la celda]. Los recuperábamos después, ya te imaginás como.”[13]

 

Juan Gelman recoge otros testimonios de esa época aciaga –que no dejan de evocar episodios análogos de transmisión bajo el totalitarismo nazi o la dictadura estaliniana–: “Me contó una madre que su hijo preso en la Unidad 9 de La Plata le pedía, en nombre del pabellón, que de algún modo le hiciera conocer unos libros de poemas. La hermana del prisionero se aprendía un poema de memoria antes de verlo en las cortas visitas semanales permitidas y se lo repetía hasta que él lo memorizaba a su vez para compartirlo con sus compañeros. ¿Qué fulgor temblaba en ese tiempo urgente, negado a la confidencia personal y volcado a la palabra de otros? Sería un tiempo amasado por el enigma de la transmisión, ejercicio porfiado de la condición humana.” [14]

 

Esperanza en quinto lugar porque tenemos, junto a la evidencia de la iniquidad humana, contra el recuento de crueldades, también los testimonios de la bondad, la verdad y la nobleza. “Gracias, compañero Cernuda,/ gracias por recordarnos la nobleza humana/ en este tiempo de la despasión./ Gracias por recordarla con belleza,/ como sol que entra en una casa vacía…”[15]

 

Tendríamos, en sexto lugar y en cierto modo en el primero, la esperanza puesta en el otro: en la novedad e impredecibilidad del otro, y en los vínculos que nos enlazan bajo el signo de Eros. El yo –nos decía el filósofo Levinas— se constituye como respuesta al otro, y como responsabilidad hacia ese otro. El poeta escribe:

 

“hay que pasar del reino de la necesidad al reino de la libertad/ de la teología a la religión/ del capitalismo a la vida/ de la poesía económica a la economía poética/ del hambre a vos”[16]

 

Esto no es un programa político, es una declaración de amor. El amor tullido se apoya en la esperanza. La esperanza tullida se apoya en el amor.

 

4. Esperanza contrafáctica

“El lenguaje va/ a muros ciegos y/ hay rostros que empiezan de nuevo”[17]. De Juan Gelman esperamos la tenacidad del que denuncia la mentira y sigue construyendo, con frágiles materiales, un inverosímil nido para la esperanza. Él está ahí:

 

“así trabaja la esperanza:/ la torturan y no habla/ no habla con la policía/ no habla con el juez/ no habla con almirantes/ no habla con la muerte señora/ con nada que chupe seque vuelva pobre o triste habla/ con ellos no habla// eso pasa todos los días”[18]

 

Esperanza, memoria, resistencia, lenguaje: ahí está Gelman –cada vez más intensamente en estos últimos años–. “En los lenguajes abolidos pasea/ la memoria pisando su animal”. Lenguaje, resistencia, memoria, esperanza: y sobre este cuadrilátero el vértice de la poesía. [19]

 

El artista plástico, pensador y activista Joseph Beuys señalaba que “el sistema no sabe que en el fondo no se puede manipular eternamente al ser humano, sino que hay un punto en que eso empieza a resultar contraproducente”[20]. Como vimos antes, Juan Gelman comparte esa idea donde podemos situar el nodo, el punto axial de nuestra esperanza. Sin garantía metafísica ni teológica ninguna…

 

“Está desnudo y tiembla. No hay/ justicia afuera y él/ busca lo que no es”.[21] La poesía sobrevive “como sobrevive la imposibilidad” [22]. Esperanza que comienza en el no. Esperanza contra. Esperanza a pesar de. Esperanza, ya lo decíamos antes, contrafáctica. Esperanza porque –tal y como recomendaba Heráclito de Efeso en el alba del pensamiento occidental– hemos de “esperar lo inesperado”[23] para tener opción a hallarlo, o para responder adecuadamente cuando se presente.

 

Porque el futuro no está escrito, porque a pesar de los fuertes condicionamientos no hay determinismo histórico, porque no podemos apenas predecir lo que va a ocurrir (nos lo recuerda Nassim Nicholas Taleb en su sugerente ensayo El Cisne Negro[24]), seguimos esperando un milagro. La llamita que sigue alumbrando en las vueltas y revueltas del camino, a pesar de los embates de un viento sombrío:

 

“La vieja llama no se apaga./ Las tormentas, las/ impiedades, todo/ lo que renuncia no/ le impiden temblar como un cuerpo deseado./ Insiste en el fracaso del mal…”[25]

 



[1] Una primera versión de este texto se presentó en Alcalá de Henares, el 22 de abril de 2008 (dentro de la mesa redonda en la víspera de la entrega del Premio Cervantes a Juan Gelman).

[2] Del discurso de Juan Gelman en Guadalajara (México) en noviembre de 2000, al recibir el premio Juan Rulfo. El texto continúa: “Ninguna catástrofe, natural o provocada por el hombre, ha podido jamás cortar el hilo de la poesía, esa sombra sin cuerpo que nace de las huellas del límite para borrarlo de la faz de la sangre. A pesar de los genocidas, la lengua permanece, sortea sus agujeros, el horror que no puede nombrar. El ser humano creó las lenguas y hace cosas que ellas no pueden nombrar. El ser humano está dentro y fuera de la lengua. La poesía, lengua calcinada, tuvo que padecer en nuestro Sur discursos mortíferos, tuvo que atravesarlos y no salió indemne, pero sí más rica. Es que la poesía es un movimiento hacia el Otro, busca ocupar un espacio que en el Otro no existe. Pero ¿cómo hacer olvidar a la lengua su ayer manchado de espanto? ¿Cómo cicatriza la lengua olvidando su ayer?

¿Existe la palabra justa? La palabra, como la utopía, es incesante emulsión de dos pérdidas –lo deseado, lo obtenido–, un paraíso que nunca se tuvo y que hay que buscar eternamente. La palabra justa pertenece al reino de la muerte. Y la condición de los poetas es frágil, no encuentran abrigo en su obra, cada momento de esa obra cuestiona los demás y entonces nada sostiene a quien no tiene otro sostén que el acto de escribir. Y, sin embargo, la poesía continúa. La poesía está cargada de más vida. Un poema sin ojos no puede cruzar la calle.

El trabajo de la poesía es dar forma al vacío para que éste sea posible. El porvenir de la poesía es la palabra liberada del lenguaje. El viaje hacia el poema es más importante que el poema. La poesía es patria de los espacios negros y mira la calandria que sale volando de los ojos de un niño porque él la quiso ver. No hay necesidad de defender a la poesía frente o contra la realidad: la poesía desvela la realidad velándola.” El texto completo puede consultarse en La Estafeta del Viento 2, Casa de las Américas, Madrid, otoño-invierno de 2002, p. 18-19.

[3] Juan Gelman, Mundar, Visor, Madrid 2008, p. 45.

[4] Idea Vilariño, En lo más implacable de la noche (antología personal), Eds. Colihue, Buenos Aires 2005, p. 80.

[5] Juan Gelman, Pesar todo (antología), FCE, México DF 2001, p. 24.

[6] Gelman, Pesar todo (antología), op. cit., p. 252. El poema pertenece al libro Hacia el sur, de 1981-82.

[7] Juan Gelman, Prosa de prensa, Grupo Zeta, Buenos Aires 1997, p. 69.

[8] Gelman, Prosa de prensa, op. cit, p. 77.

[9] Gelman, Prosa de prensa, op. cit., p. 322 y 324.

[10] Juan Gelman, Prosa de prensa, Grupo Zeta, Buenos Aires 1997, p. 340.

[11] Gelman, Prosa de prensa, op. cit., p. 316.

[12] Juan Gelman, conferencia “Alrededor de la poesía”, Residencia de Estudiantes, Madrid, 4 de octubre de 2004.

[13] Gelman, Prosa de prensa, op. cit., p. 317.

[14] Gelman, Prosa de prensa, op. cit., p. 321.

[15] Juan Gelman, Valer la pena, Visor, Madrid 2002, p. 50.

[16] Juan Gelman, Pesar todo (antología), FCE, México DF 2001, p. 257. El poema REINOS pertenece a Hacia el sur (1981-82).

[17] Juan Gelman, Mundar, Visor, Madrid 2008, p. 30.

[18] Juan Gelman, Pesar todo (antología), FCE, México DF 2001, p. 113. El poema SUCESOS pertenece al libro Relaciones (1971-73).

[19] Juan Gelman, Valer la pena, Visor, Madrid 2002, p. 67.

[20] Clara Bodenmann-Ritter: Joseph Beuys. Cada hombre, un artista, La Balsa de la Medusa/ Visor, Madrid 1998, p. 105.

[21] Juan Gelman, Valer la pena, Visor, Madrid 2002, p. 11.

[22] Gelman, Valer la pena, op. cit., p. 29.

[23] Edición Diels-Kranz 22 B 18.

[24] Nassim Nicholas Taleb: El Cisne Negro. Sobre el impacto de lo altamente improbable, Paidos, Barcelona 2008.

[25] Juan Gelman, Valer la pena, Visor, Madrid 2002, p. 66.