indigenación

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Indigenación, nos intima el poeta Daniel Macías.[1] Sugirió Juan Ramón Jiménez que el poeta es un “indígena de la belleza”. Indígena, del latín inde (de allí, de aquí) + gena (nacido de; derivado de genere, engendrar). ¿No somos todos indígenas hasta que nos desterramos o nos destierran? O aún más, como nos preguntan Cecilia Vicuña y James O’Hern: ¿no somos todos indígenas en la familia humana pero lo hemos olvidado?

 

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Colonizar nos ha llevado a un desastre terminal. ¿Optamos por la vía de la indigenación? Un notable texto reciente de Richard Heinberg merece atenta lectura (como todos los suyos)… Se trata de una aguda reflexión sobre la policrisis de la Modernidad, algunos de cuyos párrafos quiero rescatar:

“Mientras que los tecnoutópicos prevén que la humanidad se haga cargo de la Tierra y luego se traslade a las estrellas, los críticos de la Modernidad, al contemplar el futuro de nuestra especie, son más propensos a buscar pistas en la naturaleza. Cuando una especie encuentra una nueva fuente de alimento y se multiplica, acaba alcanzando los límites de esa fuente; su población sobrepasa un nivel sostenible y se desploma. Este ciclo de extralimitación/ muerte de la población es especialmente común entre las especies invasoras, que a menudo afectan negativamente a las especies autóctonas. Sin embargo, una vez que las especies invasoras han estado presentes el tiempo suficiente, suelen coadaptarse a las especies autóctonas circundantes, a veces en detrimento a largo plazo de al menos algunas de las autóctonas, a veces en detrimento de la invasora. Si los invasores son depredadores, acaban aprendiendo a capturar sólo algunas de sus presas potenciales. Si los invasores son especies de presa, aprenden nuevas estrategias de supervivencia, que pueden incluir el camuflaje.

En las sociedades humanas se han producido ciclos similares de auge y decadencia. Muchas sociedades experimentaron épocas doradas en las que los recursos parecían abundantes y el confort, la comodidad y el conocimiento aumentaban para una parte significativa de la población. A estas épocas doradas les siguieron épocas oscuras de escasez de recursos, pobreza y pérdida de la alta cultura. En la actualidad, la única diferencia es que hemos alcanzado una Edad de Oro global basada en el uso de combustibles fósiles (que nos permiten extraer recursos en mayores cantidades y trasladarlos a distancias más largas); a medida que los combustibles fósiles se agoten y las consecuencias de su combustión degraden los ecosistemas, es probable que sobrevenga una Edad Oscura global. Pero su grado de oscuridad dependerá de la voluntad y el éxito con que la humanidad se adapte a los límites.”[2]

El ecólogo, ensayista y colaborador del Post Carbon Institute sugiere entonces que quizá sea útil pensar en el proceso histórico de adaptación cultural humana a los límites medioambientales en términos ligeramente diferentes. En un pasado lejano, cuando un grupo humano concreto llegaba a una crisis de límites (normalmente alimentaria), tenía dos opciones: indigenarse o colonizar.

“Indigenarse significaba adaptar el tamaño de la población y el comportamiento de consumo del grupo a niveles que pudieran sostenerse con los recursos existentes. Colonizar significaba trasladarse a otro lugar, apoderarse de los recursos de otros grupos o inventar formas de acceder a recursos que antes eran inaccesibles. Sin duda, las circunstancias y la historia del grupo (y, por tanto, su mentalidad) predispusieron a cada grupo hacia una u otra estrategia. La Modernidad marca el momento histórico en que los colonizadores se han apoderado de todo el mundo. Pero, una vez hecho esto, se encuentran en un aprieto: no hay ningún otro lugar que colonizar, los recursos en manos de los pueblos indígenas ya han sido saqueados en su mayoría y los nuevos recursos sin explotar (entre los que quizá se encuentren el torio o el hidrógeno geológico) son escasos y de utilidad o accesibilidad cuestionables. La única solución real a largo plazo es que los colonizadores se indigenen.”[3]

 

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Cuidado, no se trata aquí de ninguna exaltación romántica del “buen salvaje”. Sospechamos que, en muchos casos, se trata más bien de haber asimilado con éxito las duras lecciones de la adaptación y la coevolución. Como señala Heinberg, “el impulso de moderar nuestras humanas ansias (hacia la codicia y la expansión hacia el exterior) surgió muchas veces de un humillante descenso previo a la escasez que se produjo por la sobreexplotación de los recursos”. Durante los últimos sesenta o setenta mil años, Homo sapiens se dispersó por todo el planeta, encontrando ecosistemas nuevos (Australia, América, las islas del Pacífico).[4] Y aquí topamos con la tragedia de la extinción de la megafauna: en cada lugar desconocido que encontraban estos seres humanos, tendían a matar animales grandes que proporcionaban un alto rendimiento al esfuerzo de caza. Muchos de estos animales (como los mamuts, los mastodontes, los perezosos terrestres o tres especies de camellos) se extinguieron y la gente tuvo que recurrir a la caza de animales más pequeños cuya caza requería más trabajo. Poco a poco, los pueblos que permanecieron en un mismo lugar durante muchas generaciones aprendieron a dejar suficientes plantas y animales sin recolectar para que estas especies pudieran reproducirse y florecer. La pauta para estos pueblos de cazadores-recolectores parece ser la siguiente: gran destrucción al llegar a un ecosistema nuevo y desconocido, y adaptación posterior.

“Los antropólogos Colding y Folke, en sus estudios sobre los pueblos indígenas, descubrieron seis tipos de tabúes tribales que regulan la recolección de especies vulnerables. Se trata de «tabúes de segmento», que prohibían la recolección de un recurso a las personas de determinada edad, sexo o clase social; «tabúes temporales», que prohibían el uso de un recurso de subsistencia durante determinados días, semanas o estaciones; los «tabúes de método», que restringen las técnicas de recolección excesivamente eficientes que pueden agotar las reservas de un recurso; los «tabúes de ciclo vital», que prohíben la recolección de una especie durante el desove o la nidificación; los «tabúes de especie específica», que protegen a una especie en todo momento; y los «tabúes de hábitat», que prohibían la explotación humana de especies en determinados arrecifes o bosques que servían de reservas o santuarios biológicos. Los pueblos indígenas no eran automáticamente ecologistas por el mero hecho de ser premodernos. Habitaban mundos que ya habían sido sobreexplotados, con los consiguientes conflictos y privaciones. Las lecciones de moderación se ganaron a pulso y acabaron dando lugar a culturas arraigadas localmente que asumían la responsabilidad de mantener el equilibrio de la naturaleza, que hacían demandas modestas a los ecosistemas y que reciclaban todo. Algunas sociedades indígenas, como los aborígenes de la actual Australia, desarrollaron conocimientos prácticos y probados para vivir en equilibrio con un mundo más que humano que perduraron durante decenas de miles de años.”[5]

 

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En este punto piensa uno en el famoso artículo de Kenneth E. Boulding que releo cada año con mis estudiantes de tercer curso del Grado en Filosofía (“The economics of the coming spaceship Earth”, 1966)[6] donde se contraponen la economía del cowboy colonizador y la economía del astronauta teórico de sistemas que ha de hacerse cargo de los límites. (La metáfora encierra un grave peligro tecnocrático, claro está: no debemos fantasear con gobernar la Tierra a la manera de una nave espacial…). Quien falta en ese escenario made in USA es justamente el poblador originario, el indio que fue casi exterminado mientras aquella nación genocida se iba forjando en el mito de la conquista del Oeste. Esto es: no nos sirven ni la economía del cowboy ni la del astronauta: lo que de verdad necesitamos (y cuadra bien con mi perspectiva de ecosocialismo descalzo) es la economía del pielroja (o si se prefiere: de la indígena potawatomi).[7]

 

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Una ecoespiritualidad es una espiritualidad de la Tierra, de la Madre Tierra: Gaia o Gea. Y por eso tiene todo el sentido volver a conversar con los pueblos y las culturas que han mantenido vivas esas cosmovisiones de una Tierra viva,[8] especialmente los pueblos originarios (pienso en mediadores como Robin Wall Kimmerer, como Ailton Krenak, como Eliane Brum, como los mamos koguis y arhuacos). Y por eso tiene todo el sentido hablar de indigenación.

 

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Indígena, en sentido etimológico, significa “nacido/a aquí”. Es obvio que, en un sentido trivial, todos somos indígenas (de nuestro lugar de origen). Podemos ir un paso más allá y exigir cierta vivencia y sentimiento de arraigo. Pero sabemos que el arraigo encierra un gran peligro: puede fácilmente derivar en prácticas de exclusión y enfrentamiento con el otro. Puede ser caldo de cultivo de posiciones reaccionarias, incluso fascistas. Necesitamos una suerte de arraigo cosmopolita (sin que se vea en ello una contradicción en los términos), o aún mejor: que el arraigo local, biorregional, sea al mismo tiempo un arraigo en la Tierra.

 

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Indigenarse no quiere decir hacer el indio (esto es, apropiarse, de forma más bien ridícula, de piezas de identidad ajenas), sino decir: soy de aquí. Terrestre. Indígena manchego, o asturiana, o andaluz, o gallega. Nacido en esta Madre Tierra, y dispuesto a defenderla. Ailton Krenak, y las demás personas sabias de los pueblos originarios, nos invitan a parar de desarrollarnos y comenzar a involucrarnos.[9] Involucrarnos en la red gigante y esplendorosa que constituimos todos los seres vivos; volver a ser terrestres.

 

 

[1] Su intervención en el curso de la UNIA “Voces del Extremo: la poesía a través del libro, el cante y la pared” (La Rábida, 22 a 24 de julio de 2024) se titulaba: “Indigenación: cómo descubrir y revivir el credo natural o precivilizado de nuestra especie para crear una nueva relación con la comunidad y la naturaleza”.

[2] Richard Heinberg, “The evolution of Modernity”, resilience, 21 de marzo de 2025; https://www.resilience.org/stories/2025-03-21/the-evolution-of-modernity/

[3] Heinberg, “The evolution of Modernity”, op. cit.

[4] Capta muy bien las enseñanzas de la expansión de los pueblos polinesios por el Pacífico Ricardo Almenar en El fin de la expansión, Icaria, Barcelona 2012. Hay una nueva edición actualizada de este libro excelente que aguarda editor…

[5] Heinberg, “The evolution of Modernity”, op. cit. El autor sigue explicando: “Algunos colonizadores posteriores también alcanzaron la sabiduría ecológica tras haber devastado sus entornos. Aproximadamente en el año 500 a.C., la antigua Grecia estaba deforestada y la capa superficial de suelo fértil se había agotado en gran medida. En este contexto surgieron los filósofos estoicos y cínicos griegos, que aconsejaban una vida sencilla, pacífica y virtuosa en armonía con la naturaleza (Epicuro: «La pobreza, puesta en conformidad con la ley de la Naturaleza, es una gran riqueza»).Entre las religiones del mundo, el budismo ofrece quizá el mensaje más ecológico: otros organismos, como nosotros los humanos, están en el camino de la iluminación, así que no les hagas daño si puedes evitarlo. Practica la autocontención y refrena tus apetitos…”

[6] Kenneth E. Boulding, “La economía de la futura nave espacial Tierra”, Revista de Economía Crítica 14, segundo semestre de 2012.

[7] Robin Wall Kimmerer, Una trenza de hierba sagrada, Capitán Swing, Madrid 2021.

[8] J. Baird Callicott, Cosmovisiones de la Tierra, Plaza y Valdés 2015.

[9] Ailton Krenak, La vida no es útil, Eterna Cadencia, Buenos Aires 2023, p. 33.