Doy aquí la versión original (en castellano) de un breve artículo mío que se ha publicado (traducido al catalán) en el número monográfico titulado LA IL.LUSTRACIÓ HA MORT? de la revista Valors (núm. 250, septiembre de 2026).
Las noticias sobre la muerte de la Ilustración han sido un poco exageradas
“Las noticias sobre mi muerte han sido exageradas” (o, más exactamente, “la noticia de mi muerte fue una exageración”) es una célebre cita atribuida a Mark Twain en 1897, tras varios informes erróneos sobre su fallecimiento. Quizá habría que decir algo parecido a las noticias sobre la muerte de la Ilustración.
Por un lado, es indudable que necesitamos una crítica radical, muy a fondo, de la Modernidad euro-occidental y sus mitos, empezando por el del progreso (que hay que escribir con mayúsculas: el Mito del Progreso). Ahí hay mucho y buen trabajo hecho: desde la filosofía (pensemos en la Teoría Crítica francfortiana), desde la sociología rebelde, desde la antropología anarquista (ah, esas páginas inolvidables de David Graeber y David Wengrow sobre ciertos orígenes iroqueses de la Ilustración europea), desde las Epistemologías del Sur (con Boaventura de Sousa Santos y otras autoras), desde el pensamiento de los pueblos originarios (un Ailton Krenak, una Robin Wall Kimmerer…), desde los ecologismos y ecofeminismos, desde la teorización descolonial… La lista podría alargarse.
A mí no me han interesado tanto las variantes de esa crítica que –para abreviar– podríamos llamar posmodernas como las autocríticas internas de esa propia Modernidad. Entre ellas, la tradición ecosocialista que siento como propia, dentro de la cual me encuentro con pensadores como Manuel Sacristán (1925-1985) o Francisco Fernández Buey (1943-2012). Consideremos a este último: continúa la tradición roja, verde y violeta de la revista mientras tanto (fundada en 1979 y aglutinada en torno a Manuel Sacristán y a Giulia Adinolfi) y en cierta forma recoge lo que podríamos llamar “ecosocialismo clásico” (uno de cuyos clásicos es el propio Sacristán, probablemente el pensador marxista español más importante del siglo XX), pero acentúa el aspecto de crítica colonial (que ya despuntaba, por otro lado, en el propio Sacristán con su interés por las culturas amerindias y su trabajo específico sobre la cultura apache y el destino de Gerónimo).
Vale la pena rememorar, siquiera brevemente, al maestro y amigo de Paco Fernández Buey. Manuel Sacristán (cuyo centenario hemos celebrado, con numerosas actividades públicas y publicaciones, en 2025) se forjó, al mismo tiempo, en la lucha clandestina contra la dictadura de Franco y en el pensamiento en filosofía de la ciencia y en lógica. El suyo fue un marxismo muy interesante, un marxismo praxeológico, gramsciano, pero también muy defensor la importancia de la ciencia y la racionalidad. Sacristán, de manera muy significativa, entró en unos años de honda crisis a raíz del 68: pero en su caso no tanto el 1968 francés como el checo (lo ha explicado muy bien Salvador López Arnal en su libro El final de una esperanza). En el verano de 1968 los tanques soviéticos entran en Praga y eso supone en efecto el final de las esperanzas (que abrigaban muchos comunistas de la época) en cierta posibilidad de regeneración desde dentro del bloque soviético. Esto afectó mucho a Sacristán, quien dejó entonces sus cargos en la dirección del PSUC (la oposición comunista clandestina a la dictadura de Franco) y padeció una depresión considerable en los años siguientes. Pues bien: una manera muy interesante que Sacristán encontró para ir elaborando todo aquello, aquel desastre político, fue el trabajo sobre algunas culturas amerindias, emprendido en 1970-1971, y que condujo por ejemplo a que el filósofo y profesor de la Universidad de Barcelona tradujese (y luego anotase muy profusamente) el libro de memorias conversadas de Gerónimo, el caudillo apache. Gerónimo. Historia de su vida (1975) es un libro fascinante por ese diálogo entre Sacristán –quien era un racionalista europeo, un auténtico heredero de la Ilustración– con todo lo que suponía aquella resistencia anticolonial amerindia.
Luego, Paco Fernández Buey –quien es uno de los discípulos principales de Sacristán, yo diría que el más importante junto con Antoni Domènech– dedica un montón de trabajo, durante años, a recuperar la figura de Bartolomé de Las Casas. La gran perturbación. Discurso del indio metropolitano (1995) es una obra mayor, escrita antes de que se comenzase a hablar de “giro decolonial”. Ejemplifica muy bien esa autocrítica de la tradición europea ilustrada que puede conectar con algunos elementos dentro de sus propias trayectorias (pese a que, históricamente, esas posiciones fueron derrotadas). Las Casas fue en efecto derrotado en el decenio de 1550-1560, en la España absolutista y colonial de entonces; pero ese hilo rojo, aunque sea delgado y frágil, sigue estando ahí: es muy real.
Pero si consideramos a Las Casas, y a los erasmistas, y a Montaigne, ¿no habría que hablar de cierta ilustración europea anterior a la Ilustración oficial del XVIII? Esto aconsejaría referirnos siempre a ilustraciones (en plural) más que a una Ilustración. Si decimos “ilustraciones” ya nos situamos en un marco un poco diferente: no estamos remitiéndonos a aquellos europeos con pelucas empolvadas en salones franceses del siglo XVIII, sino a “momentos de ilustración” que, históricamente, han tenido lugar en distintas culturas a lo largo de los siglos. De hecho, habría que considerar, en Eurasia, la filosofía griega antigua como una primera ilustración. Hilary Putnam (en Ética sin ontología) ha insistido en que no existió una sola ilustración, la Ilustración con mayúsculas de los siglos XVII-XVIII, sino tres ilustraciones: la primera vinculada a Sócrates, Platón, Epicuro…y la tercera (sin cristalizar del todo) que estaría vinculada a la figura de John Dewey. Pero al asomarnos fuera del mundo occidental vemos enseguida que la India, una cultura enorme con aspectos racionalistas muy considerables, tiene grandes momentos de ilustración; y algo parecido sucede con China.
Necesitamos por tanto una ilustración no eurocéntrica, descentrada (igual que hablamos de humanismo descentrado). Amartya Sen ha llamado la atención más de una vez acerca de cómo algunos pensadores no occidentales (y anteriores a la Modernidad) subrayaron también la “búsqueda de la razón” frente a la “dependencia de la tradición”. Ni una idea cualitativa de progreso (reconocimiento del otro, resolución pacífica de los conflictos, vida buena para todos y todas) ni los demás ideales ilustrados son una especie de coto vedado de Occidente. Como señaló en su momento Eduardo Subirats, un papel fundamental para nosotros –en Europa y España– lo puede desempeñar Ibn Rushd/ Averroes en la Córdoba del siglo XII, a quien con razón podemos considerar iniciador de la ilustración de lo que luego se llamó Occidente.
Creo que si pluralizamos, hablando de “ilustraciones” en vez de “Ilustración”, y descentramos, buscando esos momentos de ilustración que no han existido sólo en Europa –momentos, en muchas culturas, de intentar comprender al extraño, hacerse cargo de las diferencias y llegar a ciertas formas de universalidad, con la dificultad que tiene trascender lo tribal para un ser tribal como Homo sapiens–, entonces estaríamos en mucha mejor disposición para seguir adelante. No deberíamos dar crédito a las noticias un poco exageradas sobre la muerte de la Ilustración; no deberíamos arrojar por la borda lo que tenga que ver con las ilustraciones históricas que he venido evocando. Sobre todo teniendo en cuenta que, si algo nos hace falta hoy desesperadamente, son ciertos niveles básicos de racionalidad ecosocial desde donde responder a las crisis entrelazadas que enfrentamos. Esto implica, también, cierta forma de ilustración, por lo que hablamos a veces, en contextos ecosociales, sobre la necesidad de una “nueva (eco)ilustración”.
En fin: la Ilustración europea –con su anastomosis que la conectaría con ciertos pueblos originarios: ya mencioné antes a David Graeber y David Wengrow con su suculenta investigación sobre “Maldita libertad. La crítica indígena y el mito del progreso”, capítulo 2 de su libro El amanecer de todo–, la Ilustración europea que (insisto) es sólo uno de los “momentos de ilustración” de la humanidad a lo largo de los siglos, si la purgamos de sus elementos coloniales, eurocéntricos, patriarcales, capitalistas, mecanicistas y antropocéntricos, sigue siendo algo bastante presentable. Hoy hacemos frente a una verdadera contrailustración: nos arrastran hacia una Edad Oscura de fascismo fosilista, devastación de la biosfera, precarización existencial, fundamentalismo tecnológico y soledad interconectada. Opondremos toda la resistencia posible.
Rechazar la finitud y perseguir la dominación: en esta fórmula podríamos resumir el extravío de la Modernidad euro-norteamericana a partir del siglo XVI… El actual ascenso del fascismo/ nazismo, en tantos lugares, ¿no es la respuesta contrailustrada, nacionalista y genocida ante los límites del crecimiento? Lewis Mumford, en el capítulo 7 de El pentágono del poder, estimaba que el problema central de nuestra época era dar forma a “seres humanos capaces de comprender su propia naturaleza lo suficiente como para controlar, y suprimir cuando tal cosa sea necesaria, las fuerzas y mecanismos que ellos mismos han creado”. Autoilustración para la autocontención, podríamos resumir. Corine Pelluchon (una autora contemporánea clave cuando pensamos en términos de ecoilustración) reflexiona con lucidez: “La emergencia ecológica nos enfrenta a límites: límites al crecimiento, a la explotación, al control. Las tentaciones autoritarias suelen surgir como una negación de estos límites. Sin embargo, el rechazo de los límites es precisamente lo que ha producido tanto la devastación ecológica como la fragilidad democrática. La crisis ecológica y la crisis de la democracia comparten una raíz común: la obsesión por el control y la dominación. Para hacerle frente, necesitamos una política basada en la consideración, en el reconocimiento de la vulnerabilidad, en el cuidado del mundo compartido y en la restauración de los lazos sociales” (“Abandonemos a los líderes fuertes. Abracemos el poder de lo femenino”, El País/ Ideas, 29 de marzo de 2026).
Cuando la vida reflexiva y autoconsciente –eso que solemos llamar filosofía– intenta encarnar en un movimiento de masas, hablamos de ilustración. Soñamos –contrafácticamente– con un curso civilizatorio diferente, que hubiera buscado otras metas y fomentado otros valores: acoger al extraño, cuidar lo frágil, hacer las paces con la naturaleza, aceptarnos como los vulnerables seres mortales que somos. La Ilustración que necesitamos no es –sólo– la de Newton, Voltaire y Kant; ésa nos empuja también a abismos, si no la reequilibra la autocrítica ilustrada de Goya y Leopardi.
Hoy necesitamos una ilustración de la biofilia, la sustentabilidad, la autocontención, el respeto por la Madre Tierra y el cuidado. Una concepción del mundo anclada en la reverencia por la vida, como le gustaba decir a Albert Schweitzer. “Yo soy Arnaut, que amaso el aire”, cantaba el trovador occitano Arnaut Daniel en el siglo XII. Sí: amasar el aire sin olvidar arraigar bien en la tierra, y recordando que el planeta Tierra es en realidad el planeta Océano, y encareciendo que necesitamos preservar la llama de la inteligencia y la lucidez –sobre todo en estos tiempos aciagos de contrailustración rampante.