No juzgar. Cuando uno examina las trayectorias vitales de los seres humanos –de todos, incluso de los que nos parecen lamentables; con la única excepción de los psicópatas declarados–, sólo puede sentir piedad. Tanto extravío, tanta indolencia, tanta cobardía, tanta locura, tanto esfuerzo mal encauzado, tanta desorientación, tanto ceder frente al mal… No juzgar. Pero sí advertir: estamos frente a un abismo y toca reaccionar bien.