¿por qué la poesía –con la que está cayendo?

Notas para la conferencia homónima

en el local de Ecologistas en Acción de Madrid, 29 de febrero de 2012

 

“La poesía creó la tierra/ La tierra creó el agua/ El agua creó la madera/ La madera creó la hoja/ La hoja creó el aire/ El aire creó el jilguero/ El jilguero creó la poesía”

Joseba Sarrionandía

 

1. Seres de lenguaje

¿Por qué es tan importante la poesía? La respuesta más breve diría: porque somos seres de lenguaje. Los humanos somos seres esencialmente lingüísticos, lo somos medularmente. El rasgo que más nos distingue de los demás seres vivos con los que compartimos la biosfera es el lenguaje –la clase de lenguaje de doble articulación que es el nuestro, con su enorme potencia simbolizadora.

 

(Otros apuntarán hacia la técnica; aún otros hacia la conciencia de la muerte. Baste señalar aquí que tanto la primera como la segunda están íntimamente conectadas con el lenguaje.)

 

El lenguaje, una herida (la conciencia lingüística, por ejemplo, como la de un ser que sabe que va a morir y que está desamparado ante la muerte); el lenguaje, lo que puede –a veces– curar esa herida. En ese espacio –el de una herida— trabaja la poesía.

 

Porque somos seres de lenguaje, la poesía –que es algo así como lenguaje en su máxima intensificación; lenguaje inquieto, indagador, a veces un poco enloquecido— nos toca muy de cerca. Nos atañe especialmente. Y cuando nos dejamos guiar por ella, pueden abrírsenos puertas insospechadas.

 

2. Indagación

Mucha gente escribe poemas al salir de la infancia, o en la adolescencia. Yo también lo hacía cuando tenía trece o catorce años. Luego muchos abandonan.

 

Solemos escribir a esa edad para expresarnos. Para comunicar al mundo –o a una persona muy concreta— que estamos muy bien o muy mal. Escribimos, al salir de la infancia o en la adolescencia, muchos poemas de amor y poemas de angustia.

 

Pero, si uno o una no deja de escribir al salir de la adolescencia, se da cuenta de que la poesía sirve para algo mucho más importante. Se me ocurren siete formas en que la poesía puede ayudarnos (voy a ir enumerando.)

 

(A) Poesía para indagar; candela que alumbra en la noche oscura (a veces, bastón de ciego que nos permite tantear en el camino); brújula para orientarse en el “mundo grande y terrible” (Antonio Gramsci).

 

Esta función de la poesía como herramienta de exploración y descubrimiento es quizá aún más importante de lo que lo fue en el pasado. Explorar en los mundos de la imaginación… para no tener que equivocarnos tanto en el mundo real.

 

3. Desalienación

(B) Poesía para desalienarnos. Tenemos la cabeza ocupada todo el día con lo que no es nuestro. Nuestra propia vida se ve invadida, colonizada: nuestra vida que solamente nosotros podemos vivir.

 

Contenidos de conciencia prefabricados y ajenos: la televisión, los vídeos en internet, los diarios deportivos, los videojuegos, los bestsellers… En la época en que probalemente estamos más alienados que nunca, ¿por qué hemos dejado de usar la palabra alienación?

 

Frente a eso, decir nuestra propia palabra, la que nadie más puede decir (¡pensemos también en el psicoanálisis!); la que puede quizá explicarnos a nosotros mismos.

 

4. Crítica y utopía

Sigamos adelante. Hemos visto dos funciones de la poesía. Voy a sugerir cinco más[1], hasta siete en total.

 

(C) La doble dimensión –crítica y utópica— de la función poética del lenguaje. No cabe ignorar que hay en la poesía, con independencia de que aborde o no temas “sociales” o ecológicos, un elemento intrínsecamente cuestionador, subversivo, insurreccional. Con sus recursos propios, metonímicos y sobre todo metafóricos, lo que la poesía hace incesantemente es aproximar lo lejano, conectar lo desconectado, establecer vínculos que antes no existían. Este trabajo de creación de vínculos, ínsito a la función poética del lenguaje, resulta profundamente perturbador para el orden de las categorías establecidas: se trata de una potencia dinámica que continuamente busca poner en movimiento lo quieto, y sin cesar desbarata los equilibrios estabilizados. Es el gran viento de las comparaciones, y todavía más de las metáforas: “Un viento que refresca, reúne y separa. /Elimínalo y cubrirás el mundo con cemento,/ serás siervo de las cosas”[2].

 

La función poética del lenguaje pone siempre en acción esa dimensión crítica. Pero se puede ir un paso más allá y señalar que igualmente pone en acción una dimensión utópica, en la medida en que remite, de alguna forma, a un profundo anhelo de unidad total. Señala un horizonte utópico de vinculación entre lo vivo y lo inanimado, entre lo visible y lo invisible, entre lo próximo y lo lejano. Como dice el texto siux, “todo lo viviente está unido por un cordón umbilical. Las altas montañas y los arroyos, el maíz y el búfalo que pace, el héroe más valiente y el tramposo coyote…” (de la compilación de poesía aborigen Colibríes encendidos).

 

No hay ser humano sin lenguaje, no hay lenguaje sin metáfora, y no hay metáfora que no ponga en movimiento esta doble dimensión. Dimensión crítica –puesta en entredicho de los sistemas categoriales petrificados— y dimensión utópica –sueño de vinculación cósmica— consustanciales a la función poética del lenguaje en todos sus usos, y no sólo en los usos poéticos del mismo.

 

Otro mundo es posible no es en primera instancia una consigna política: es la experiencia de la poesía.

 

5. Sentido

(D) Nuevas propuestas de sentido para la existencia humana. Dice un verso de William Carlos Williams (que cita a veces Ray Loriga): “La única manera de darle sentido a la vida es reconocerla con la imaginación y nombrarla”.

 

Lo cierto es que los seres humanos estamos casi siempre hambrientos de sentido… y nos cuesta muchísimo aguantar la ausencia de sentido. Pero nuestra situación es difícil. Hoy, en los siglos XX y XXI, vivimos después del “Dios ha muerto” de Nietzsche (léase: no hay verdades ni valores garantizados metafísicamente, desprendámonos de la superstición del Absoluto). Y deberíamos añadir además: la Pachamama no cuidará de nosotros (antes bien al contrario: deberíamos ser nosotros quienes tratásemos de cuidar de la vulnerable Pachamama)[3].

 

Asumamos entonces que estamos en una era “posmetafísica”. El enorme vacío de sentido que causó la “muerte de Dios” trataron de suplirlo ideologías políticas totalizantes de las que hoy desconfiamos con razón; y también una desbordante oferta de mercancías en las sociedades del capitalismo fordista y posfordista. El consumismo como sucedáneo del sentido de la vida.

 

Pero sabemos que en una sociedad sostenible deberían disminuir los flujos de energía y materiales que atraviesan nuestro sistema productivo: eso quiere decir que nuestra producción industrial tendría que ser distinta, más ahorradora de recursos naturales, menos generadora de residuos, y que en general la vida de los seres humanos sería menos dependiente del consumo creciente de nuevos bienes materiales y servicios mercantilizados.

 

Esto último tendría como consecuencia, tal vez, que las actividades de relación con otros seres humanos (y de nuevo volvemos a la idea de vinculación) tomarían una nueva y mayor relevancia –y que dentro de ellas tendrían más importancia las actividades artísticas, poéticas en el sentido etimológico de la palabra (creación). Si se quiere en forma de consigna: más diálogo, más sexo y más canción; menos automóviles, menos televisores y menos viajes al Caribe.

 

A lo largo de la historia de la humanidad, el arte siempre ha hecho propuestas de sentido a la existencia humana; y ahora necesitamos cambiar radicalmente el sentido de nuestra existencia. Los centenares de millones de personas que hoy buscan este “sentido de la vida” en la capacidad de provisión de cada vez más mercancías deberían quizá considerar que una existencia plena tiene mucho más que ver con actividades satisfactorias en el terreno de la creación y de la relación con los demás. Ahí es donde tanto el arte como la educación, la filosofía y la ciencia podrían desempeñar un papel fundamental.

 

6. Caminar ligeramente

(E) Caminar ligeramente sobre la Tierra. Para el potente movimiento de autolimitación que necesitamos en lo que se refiere a uso de materiales, energía y territorio, todas las actividades poco intensivas en energía y materiales, y muy intensivas en tiempo y esfuerzo, serán bienvenidas. Entre estas últimas, el cultivo de artes como la música o la literatura son ejemplos sobresalientes.

 

Una vida humana rica en logros puede suponer sólo una ligera carga sobre la biosfera –a condición de reorientar hábitos, valores y prioridades.

 

7. Compensaciones

(F) Compensaciones. La creación humana puede compensar las carencias y frustraciones de otros deseos. Éste es un tema que Sigmund Freud desarrolló ampliamente, como se sabe (la libido desplaza instintos que no se pueden satisfacer, sublimándolos en forma de creaciones artísticas o científicas). Entre los filósofos contemporáneos, Odo Marquard ha analizado profundamente los tejemanejes de la compensación, hasta el punto de proponer una visión del ser humano como Homo compensator: “Lo absoluto –lo perfecto sin más, lo extraordinario— no es humanamente posible, porque los seres humanos son finitos. ‘Todo o nada’ no es para ellos una divisa practicable: lo humano yace en el medio, lo verdadero es lo medio. Los seres humanos son así, deben y pueden hacer algo en vez de otra cosa, y lo hacen: cada ser humano es, en primer término, un bueno-para-nada que, secundariamente, se convierte en un Homo compensator”.[4]

 

8. Arte de vivir

(G) Arte de vivir. ¿Qué nos recuerda la poesía? Que lo esencial de la vida, lo que realmente importa, es algo que está más allá de la estadística y la máquina, de la prisa y las ocupaciones, del ruido y el progreso: algo que tiene que ver con la respiración, el vínculo y el silencio. Y que ese algo difícil de cerner está siempre ahí.

 

El poeta turco Nazim Hikmet aconseja: “Has de tomar tan en serio el vivir/ que a los setenta años, por ejemplo,/ si fuera necesario plantarías olivos/ sin pensar que algún día serán para tus hijos;/ debes hacerlo, amigo, debes hacerlo/ no porque, aunque la temas, no creas en la muerte,/ sino porque vivir es tu tarea.” Y el poeta venezolano Eugenio Montejo describe su labor: “Ando buscando una música donde quepan las cosas y un poco de tiempo donde quepa la música.”[5]

 

“Perfeccionar el arte de vivir” en vez de “estar absorbidos por la preocupación constante por el arte de progresar” (vale decir, de crecer económicamente), recomendaba John Stuart Mill ya en 1848.[6] ¿Le haremos caso alguna vez? Si se lo hacemos, no deberíamos dudar de que la poesía puede ser una excelente maestra en el arte de vivir.

 

Hacer arte y artesanía con el lenguaje nos enseña –debería enseñarnos— a hacer arte y artesanía con la vida, puesto que –he de insistir— somos seres medularmente lingüísticos. Y ésta última es una tarea inesquivable… “Nuestra vida, tanto si lo sabemos como si no, y tanto si nos gusta esta noticia como si la lamentamos, es una obra de arte. Para vivir nuestra vida como lo requiere el arte de vivir, como los artistas de cualquier arte, debemos plantearnos retos que sean (al menos en el momento de establecerlos) difíciles de conseguir de entrada (…). Tenemos que intentar lo imposible.[7]

 

9. Apocalipsis

Unas palabras sobre la cuestión del apocalipsis, puesto que vivimos en tiempos donde barruntamos peligros que nos sitúan en la vecindad de un “final de los tiempos” –o al menos de una “nueva Edad Media”[8]. La siguiente anécdota me la transmitió mi tío, el ingeniero de minas y ambientalista industrial Paco Román: un cura de la vieja escuela predicaba sobre los males del infierno, sobre la infinitud de las penas y de los sufrimientos del condenado. En medio de un silencio sobrecogedor, se levantó uno de los feligreses y dijo: “Padre, si hay que ir al infierno se va, ¡pero sin acojonar!”

 

Si hay que ir al ecocidio, a las “guerras climáticas” (Harald Welzer) o a la implosión social del capitalismo neoliberal se va… pero tratemos de no ir demasiado acojonados.

 

Por una parte, «uno requiere lo que yo llamo imaginación apocalíptica para aprehender las realidades de nuestro tiempo. Hay que vivir con una imaginación apocalíptica porque así lo impone la naturaleza misma de nuestras posibilidades destructivas.» Esto nos lo advertía un importante estudioso, Robert J. Lifton, en 1973. Era verdad entonces y todavía es más verdad ahora.

 

Desde hace más de cuatro decenios –desde el primer informe al Club de Roma en 1972, si se quiere fechar un acontecimiento–, la prognosis de que seguir adelante con el crecimiento económico cuantitativo nos lleva al desastre está sólidamente fundada. Cuarenta años después, las sociedades industriales siguen siendo sociedades de crecimiento –eso sí, adjetivando “crecimiento sostenible” por mor de la corrección política–, donde el norte del rumbo económico-social continúa imperturbablemente cifrado en el crecimiento. Por eso no podemos dejar de hablar de nihilismo. El poeta sueco Artur Lundkvist lo formulaba así en aquellos años (en su libro Demoníaco Edén, de 1973):

 

“¡Ya vienen! ¡Ya vienen los tan esperados y temidos jinetes! ¡Ya llegan los cuatro jinetes!

         Pero no tienen el aspecto que habíamos imaginado. No parecen amenazadores ni espantosos, ni repulsivos ni terribles. Al contrario, parecen alegres y joviales, llevan ropas de vivos colores, y sus caballos brillan lustrosos, con cascos de laca roja y crines que flamean en rubias olas…”

 

Pero por otra parte, en el discurso apocalíptico hay casi siempre algo de confort intelectual, o al menos una pendiente que nos inclina hacia ese confort. Y precisamente la crisis ecológico-social debería vedar que nos acomodásemos en cualquier clase de confort –tampoco el confort intelectual.

 

En efecto, en la idea de apocalipsis, como ha observado con acierto Claudio Magris, hay algo tranquilizador: la grandeza de un final definitivo que da sentido –aunque sea de esa forma negativa y atroz– a toda la historia anterior, y el consuelo de morir acompañado y pensar que no habrá supervivientes. “La tradicional visión apocalíptica de un fin del mundo (…) permite dominar la angustia de la propia muerte con la imagen de una muerte universal, de hogueras y diluvios en los que todo arde y queda sumergido. Es nuestra muerte individual, solitaria y olvidada en medio del bullicio de las cosas, lo que nos llena de pesadumbre el corazón”.[9]

 

Pero la vida real no es una película de Hollywood –ni comedia romántica ni drama de catástrofes–, y hay que evitar que nuestra propia dinámica psíquica reproduzca esas pautas deleznables. Lo que de verdad debería ocuparnos no son las fantasías del Armagedón final sino la omnipresencia del apocalipsis cotidiano. El daño a la biosfera y el socavamiento de la autonomía del ser humano se están produciendo ahora; el trabajo de los poderes económico-políticos contra las alternativas que nos salvarían está teniendo lugar ahora. El momento de la verdad es ahora.

 

10. Humanismo[10]

Adorno decía que, en política, lo que no es teología es comercio. A quienes nos negamos a olvidar la primera componente, los listos de este mundo nos llaman ingenuos.

 

Cuando yo tenía veinte años, leía a Nietzsche y a Michel Foucault y me reía del humanismo. Hoy, a punto de cumplir cincuenta, me río de mi inconsciencia de entonces –y me da miedo. (No digo que no valga la pena leer a Nietzsche y a Foucault.)

 

El principio del humanismo dice: ningún ser humano, en su vida compartida, es reemplazable[11].

 

El principio de la poesía reza: ninguna palabra, en su contexto de sentido, es sustituible.

 

El principio del abominable mundo político-económico donde vivimos dice: todo es mercancía (y toda mercancía es por definición reemplazable). Por eso la poesía, hoy, no puede esquivar la insurrección, ni –en la preparación de ésta— la alianza con el humanismo.

 



[1] Tomo las líneas que siguen de un texto anterior, “Sobre poesía y ecocidio”, publicado en Entre la cantera y el jardín (La Oveja Roja, Madrid 2010).

[2] Harry Martinson, Entre luz y oscuridad, Nórdica, Madrid 2009, p. 242.

[3] Desde esas premisas, dos grandes opciones se abren ante nosotras y nosotros. Podemos concluir que, dado que no hay un Padre Todopoderoso que imponga normas, el fuerte debe dominar al débil. Mas podemos concluir también que, dado que somos huérfanos, deberíamos cuidar unos de otros… Ésta última opción es la del ecosocialismo y el ecofeminismo. Pero éste sería asunto para otra conferencia…

[4] Marquard, Felicidad en la infelicidad, Katz, Buenos Aires 2006, p. 9. Véase más por extenso  Marquard, Filosofía de la compensación, Paidos, Barcelona 2001. Por otra parte, no debemos pensar que este sistema de compensaciones y sublimaciones quede reservado a una elite intelectual para aplicarlo a “altas ocupaciones”, como el arte o la ciencia. “Los procesos creativos, según los investigadores de nuestro siglo, son los mismos al cultivar un jardín, hacer una colcha o enunciar las leyes de la termodinámica. Maslow es uno de los psicólogos contemporáneos que más ha luchado contra el prejuicio de mantener la creatividad en la reserva del arte y la ciencia alejada de la gente ‘normal’”, explica Josep Muñoz Redon (Filosofía de la felicidad, Anagrama, Barcelona 1999, p. 142).

[5] Entrevista en Laura Antillano, La palmera luminosa –entrevistas, Universidad de Carabobo, Venezuela 1999, p. 89.

[6] John Stuart Mill, Principios de economía política, FCE, México 1985, p. 643.

[7] Zygmunt Bauman, El arte de la vida, Paidós, Barcelona 2009, p. 31.

[8] José David Sacristán de Lama, La próxima Edad Media, Edicions Bellaterra, Barcelona 2008.

[9] Claudio Magris, “Los consuelos del Apocalipsis”, en Utopía y desencanto, Anagrama, Barcelona 2001, p. 22.

[10] Introduzco aquí un fragmento de “Las masas entretenidas”, publicado en Resistencia de materiales (Montesinos, Barcelona 2006).

[11] Gustavo Martín Garzo evoca aquel apólogo jasídico donde un rabí dice: “En cada uno hay algo precioso que no existe en nadie más” (El hilo azul, Aguilar, Madrid 2001, p. 14).

la línea vertical

El cejijunto y sañudo peligro público que preside mi país ha logrado imponerse en Bruselas[1] frente a los democristianos belgas y alemanes, que habían redactado el documento político Una Constitución para una Europa fuerte (para ser aprobado en un próximo congreso del Partido Popular Europeo en Estoril, en octubre). Del documento se eliminó la apuesta por un modelo federal para Europa, y en cambio se ha incluido el compromiso de que la Unión considere inalterables las fronteras de sus Estados, esto último con la mirada puesta en el terrible conflicto del País Vasco. “Los dirigentes del PP español no han ocultado su intención de poner fuertes trabas a las hipotéticas tentaciones de grupos nacionalistas de optar por vías soberanistas en el futuro.”[2]

Es horrible. Declarar inalterables las futuras fronteras per secula seculorum equivale a afirmar que en ninguna circunstancia imaginable se tolerará un proceso de formación colectiva de voluntad que desemboque en secesión territorial; que nunca, tampoco en un proceso perfectamente pacífico y noviolento, se consentirá poner en práctica el principio democrático de autodeterminación. Eso equivale a laminar conscientemente las posibilidades de una salida razonable de la tragedia vasca, en algún futuro más o menos lejano, una vez derrotado el terrorismo, restablecida la convivencia democrática y desnazificadas las conciencias de tanto obtuso patriota abertzale. Aznar quiere la guerra, tanto dentro como fuera de España.

***

Ante una crisis traumática que pone en entredicho el fundamento del propio existir, uno puede reaccionar dando lo mejor o lo peor de sí mismo (a veces las dos cosas, de forma consecutiva). No cabe duda de que, en los días que siguieron al 11-S, los neoyorquinos vivieron una experiencia extraordinaria, con el afloramiento de grandes dosis de generosidad y solidaridad, con mucha catarsis de emociones profundas; pero tampoco cabe duda de que, en los meses que han seguido al 11-S, lo que el gobierno de los EE.UU. ha ido proyectando hacia el exterior es lo peor del país. Y lo peor de un país tan poderoso es verdaderamente nefasto para el resto del mundo.

Cada paso que ha dado EE.UU. en el último año, conducido por ese individuo necio y cruel que robó la presidencia del país en unas elecciones fraudulentas después de haber robado millones de dólares en sus negocios fraudulentos, lo ha alejado de los valores democráticos que dice profesar y lo lleva hacia un Imperio global que parece no confiar en nada diferente del poder militar. Hoy, la proclamación de su nueva doctrina de “seguridad nacional” es un mazazo contra la conciencia moral de la humanidad[3].

Con esta nueva doctrina, EE.UU. se atribuye el derecho a lanzar ataques preventivos contra otras naciones y a actuar al margen de las organizaciones internacionales, cuando así lo aconsejen sus propios intereses; no permitirá que se reduzca su “inmensa ventaja militar” frente a los demás países; empleará la ayuda al desarrollo como un instrumento para la promoción de sus propios fines, y trabajará activamente para extender su depredador e injusto modelo de capitalismo al resto del planeta, pasándose por el forro de los cojones el sistema de NN.UU., la legalidad internacional, los intereses comunes de la humanidad y la simple y llana decencia. Qué catástrofe para el mundo entero, empezando por los propios norteamericanos, que no se merecen algo semejante.

“Si vivimos en una sociedad de economía de guerra es lógico pensar que la guerra es inevitable. La producción de armamentos cada vez más devastadores constituye el motor del desarrollo industrial norteamericano y la fuente de su hegemonía planetaria. Cuando los armarios ya están llenos, los propios misiles crean un enemigo.”[4]

***

Los safari parks han desacreditado la naturaleza; los parques temáticos han adulterado lo que llamamos nuestra “civilización”; los libros de autoayuda han degradado cualquier clase de reflexión sobre la sabiduría, y así podríamos seguir. Resulta difícil concebir una degeneración mayor de los ideales de una cultura que, en la exaltación arrogante de la Ilustración, se proponía como faro cuyas luces iluminarían el mundo entero. Hay días en que, verdaderamente, uno siente fuertes impulsos de sumarse al padre André Breton en su conocida reivindicación del “acto surrealista puro” (ya se sabe, aquella barbaridad de los disparos al azar contra la multitud).

Pero aparte de ser una infamia y de resultar contraproducente, es una tontería: pues en cualquier momento y en cualquier lugar puede uno encontrar la línea vertical que lo iza de inmediato fuera de la papilla siniestra. Esa posibilidad está abierta para ti: no desvíes la mirada: ahí.

  • [Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 65-67. Este «diario de trabajo» va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]

[1] Reunión del PPE el 19 de septiembre de 2002.

[2] Carlos Yárnoz, “Doble aviso fronterizo”, El País, 20 de septiembre de 2002, p. 5.

[3] Documento La nueva estrategia de seguridad nacional de EE.UU., hecho público el 20 de septiembre de 2002.

[4] Manuel Vicent, “Hormigas”, El País, 22 de septiembre de 2002.

amar y ser amados

“Nos curamos siendo amados y amando a los demás”, escribe la novelista británica Jeannette Winterston en su libro –autobiográfico– ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? Es una verdad profunda. Pero deberíamos situarla cerca de una advertencia: existen pocas fuerzas más destructivas que lo que se presenta como amor y en realidad es voluntad de dominación.

los contadores de chistes

Interesante artículo de Toni Polo en Público, apenas dos días antes del fin del diario (“Il Cavaliere sigue siendo un animador de crucero”, 22 de febrero de 2012). Simone Barillari, en su reciente libro El show de Berlusconi. Una historia crítica de la quiebra política, económica y moral de Italia a través de los chistes del Cavaliere (editorial Errata Naturae), muestra cómo Berlusconi es el simpático del grupo que triunfa –el contador de chistes y animador de crucero que llega a hacerse con un poder casi omnímodo, en la estela de Ronald Reagan, que fue “el primer contador de chistes en el poder”. No se nos escapa la significación de esa coincidencia del icono del neoliberalismo estadounidense con el show business: se podría desarrollar todo un tratado sobre las formas de dominación posmoderna tirando de ese hilo… Pero quizá todo ello debería inquietarnos más si nos interrogamos sobre la naturaleza de las “redes sociales” en Internet, vistas desde este ángulo. Lo que triunfa en Twitter, al fin y al cabo, ¿no son básicamente chistes? Si comparamos los más de 440.000 seguidores de Kiko Rivera “Paquirrín” en Twitter (en febrero de 2012) con –pongamos por caso— los lectores del diario Público recién desaparecido de los quioscos españoles, a saber, unos 82.000, ¿no aprendemos algo profundo sobre la naturaleza del orden social donde vivimos?

más huérfanos que ayer

Brutal mazazo, nada más comenzar la mañana. A eso de las ocho, en el quiosco, pido Público –como todos los días; también leo El País–, pero el quiosquero me dice que ha dejado de editarse. Ayer fue el último día en que pudimos leer en papel la columna de Isaac Rosa o la de Ignacio Escolar, o un artículo de opinión como «Demasiados retrocesos» del gran Josep Fontana.

Si en un país como el nuestro no hay lugar para un diario como Público ¿qué espacio hay, en general, para la izquierda? Durante mucho tiempo siguió repitiéndose la simpleza de que España «sociológicamente es de izquierdas», incluso si gobierna el PP. De hecho, el país no ha dejado de desplazarse constantemente a la derecha –en consonancia con el auge mundial del neoliberalismo/ neoconservadurismo–, desde los años ochenta. En esa deriva, partidos como el PSOE no han actuado como frenos –al contrario, en ocasiones decisivas la han acelerado– y tampoco los grandes sindicatos como UGT y CCOO han estado en el lugar que hubiera correspondido a organizaciones que se autodenominan «de clase». Hoy la mayoría social, en España, está entre la derecha y la extrema derecha. (Probablemente lo que induce a algunos/as a confusión sobre esta ubicación política son los nuevos aires libertinos de esa neoderecha posmoderna que disputa una parte de la «mayoría natural» a la rancia carcumbre tradicional. Digamos que Sanchez-Dragó, follándose a niñas japonesas ante la complaciente mirada de Esperanza Aguirre, no parece lo mismo que la Conferencia Episcopal. Y sin embargo forman parte de un mismo y altamente cohesionado bloque sociopolítico…)

En España, el índice de lectura de diarios (apenas 82 ejemplares vendidos por cada mil habitantes) es apenas la mitad del promedio europeo (164). Hay que decir que la UNESCO sitúa el umbral de un «país desarrollado» en cien ejemplares.

El 25 de febrero estamos mucho más huérfanos que el 24.

Carlos Taibo y yo somos intercambiables

Una anécdota de ayer: en la concentración en Sol para protestar contra el 23 F-inanciero, un mozo me pide le firme un libro de Paco Ignacio Taibo II. ¿Cómo es posible? Pues ¡confundía a PIT 2 con Carlos Taibo, y a Carlos Taibo conmigo! Si cultivase la vanidad literaria más de lo que lo hago, sería un buen correctivo… ¡Tendré que proponer a Carlos fundar un Dúo Dinámico de la Izquierda Gruñona (DDIG)! Más allá de cualquier debate entre decrecimiento y ecosocialismo ¡somos intercambiables! Aunque el comunismo no parezca hoy precisamente al alcance de la mano, estos momentos de comunismo identitario ¡qué revitalizadores!

entrevista (con Rafael Bardají) para la revista ES POSIBLE

Pregunta (RB).- La crisis que padecemos estaba cantada. ¿Estamos a tiempo para reaccionar?

Respuesta (JR).- Estamos a tiempo, pero un aspecto muy inquietante de los años que vivimos es que en cierto sentido el tiempo se nos está acabando… Estamos a tiempo, pero ¿durante cuánto tiempo aún? En lo que se refiere a asuntos como la hecatombe de biodiversidad, el calentamiento climático, o el cénit del petróleo y del gas natural, estamos en la cuenta atrás. La oceanógrafa Sylvia Earle –ex científica jefe de la Administración NacionalOceánica y Atmosférica de EEUU— lo expresa con precisión: “Es la primera vez que tenemos capacidad [científica] para entender los riesgos que sufre el planeta, pero tal vez la última para solucionarlo”[1].

Si se debe en gran parte, como usted apunta, a la mercantilización de todo, la tarea de cambiar parece ingente.

Se acaba de publicar en Buenos Aires un libro importante de Michael Löwy, Ecosocialismo. Déjeme que le lea cómo caracteriza al sistema socioeconómico donde vivimos, y que nos está llevando a una verdadera catástrofe civilizatoria: “Un sistema fundado sobre el predominio del valor de cambio sobre el valor de uso, de lo cuantitativo sobre lo cualitativo, y que sólo puede subsistir bajo la forma de un proceso expansivo incesante y autorreproductor de acumulación de capital. Un sistema en el que todo, incluso uno mismo, se convierte en mercancía, y que impone a todos un conjunto potente y uniforme de obligaciones: la rentabilidad a corto plazo, la competitividad, el crecimiento a cualquier precio, la expansión, el consumo exacerbado. Un sistema que sólo puede producir contaminación, despilfarro y la destrucción de ecosistemas y que, controlado por las potencias industriales avanzadas, efectivamente querría exportar los perjuicios hacia los países del Sur…”[2] Y unas líneas más, de santiago Alba Rico en la revista del CIP_Ecosocial, Papeles: “Veinte años después de la derrota de la URSS en la guerra fría, la contrarrevolución capitalista que llamamos ‘crisis’ ha dejado al desnudo la incompatibilidad no sólo entre Mercado y Estado del Bienestar sino, más radicalmente, entre Mercado y Democracia”[3]. Pues sí, yo creo que hemos de preguntarnos si este sistema es compatible con una vida decente para los seres humanos dentro de una biosfera vulnerable y finita.

¿La crisis económica está ligada a la medioambiental?

¿De qué trata la economía? La respuesta convencional dice: trata del dinero, de cómo hacer crecer el dinero, y puede desentenderse de los procesos biofísicos (que sin embargo están en la base de cualquier dinámica económica). La economía crítica, la economía feminista, la economía ecológica dicen: la economía trata no solamente del dinero sino también de necesidades humanas, de instituciones, de trabajos de cuidado, de recursos naturales, de ecosistemas, de la vida buena. Hay una importantísima distinción que Aristóteles ya introdujo en su Política: entre la economía real (que produce bienes y servicios tangibles) y la crematística que se ocupa de dinero. En realidad hemos de considerar un tercer nivel (o más bien primero): la base biofísica de la economía real, los ecosistemas, servicios ecosistémicos y recursos naturales a partir de los cuales la actividad económica logra producir bienes y servicios útiles para el ser humano. Pues bien, apreciamos una doble desconexión: 1) de lo crematístico y financiero respecto de la economía real, productiva; 2) de la economía (tanto financiera como productiva) con respecto a la biosfera. Con la crisis que empezó en 2007, un nivel de insostenibilidad ya ha sido desenmascarado ante los ojos de todos: en España, “economía del ladrillo”, deuda, bajos salarios, escasa cualificación laboral, depredación del territorio, corrupción inmobiliaria y política, hipotecas donde queda uno entrampado… Y finalmente desplome económico que se lleva por delante la protección social y la ciudadanía democrática. Pero hay otro nivel de insostenibilidad que la mayoría social sigue sin ver, y muchas personas negándose a ver: me refiero a lo ecológico-ambiental. Constituye una ilusión mortal pensar que los mercados y la tecnología pueden suplir lo que una biosfera sana ha de aportar como sustento para una vida humana decente.

Dígame razones para la esperanza.

La gente habla de esperanza, en esta cultura nuestra corrompida por el positive thinking, y en realidad está pidiendo lo que Sterling Hayden en Johnny Guitar, aquella memorable película de Nicholas Ray: “dime que me quieres aunque sea mentira”[4], dime que puede venir la prosperidad o la sustentabilidad o la liberación humana como vendría el buen tiempo en una primavera cálida… Pero lograr metas valiosas, o evitar lo peor del desastre hacia el que nos estamos precipitando, no cuadra con esa voluntad de autoengaño: tiene que ver con la acción –o con la inacción— humana. La esperanza se anuda con lo que hagamos o dejemos de hacer: con nuestras resistencias, nuestras luchas y nuestras formas creativas de estar juntos.

La principal razón para la esperanza es que la gente se rebele contra el fatalismo de lo peor: mucha más gente de la que lo está haciendo ahora, en los pequeños grupos que este execrable sistema se complace en llamar “antisistema”. Soledad Gallego-Díaz recordaba recientemente unas líneas del ensayista José María Ridao en su libro de 2002 La elección de la barbarie: «De la misma manera que el futuro no está determinado para lo bueno, tampoco lo está para lo malo, y tan funestos resultados puede provocar una creencia como la otra. (…) La barbarie no sobreviene, se elige», afirmaba Ridao, y Gallego –Díaz insiste: “Lo que sucede no está a merced de una hipotética ley universal de la destrucción, y quienes pregonan ese fatalismo lo que reclaman es que nos sintamos insignificantes y renunciemos de antemano a la resistencia. Que dejemos de preguntarnos que detrás de cada acción hay una responsabilidad, y detrás de cada responsabilidad, un responsable.”[5] El desastre socio-ecológico en que estamos no ha sucedido como una catástrofe natural: tiene responsables que lo han buscado activamente (quizá diciendo que es un inevitable “daño colateral” de la necesaria búsqueda del “progreso”), y demasiada gente que ha consentido.

Y si tuviera usted que resumir en cuatro palabras una orientación para el futuro…

“Bien común y bienes comunes” podría ser una buena consigna. Que apunta a priorizar los intereses colectivos (¡no solamente los de los seres humanos, y no solamente los de las generaciones hoy vivas!), y a gestionar las riquezas comunes más allá de las exigencias de rentabilidad del capital.

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[1] Entrevista con Sylvia Earle: “Sigo buceando en los océanos porque aún respiro”, El País, 5 de octubre de 2010.

[2] Michael Löwy en Ecosocialismo, El Colectivo/ Ediciones Herramienta, Buenos Aires 2011, p. 117.

[3] Santiago Alba Rico, “La crisis capitalista y el deseo de democracia”, Papeles 116, Madrid 2012, p. 105.

[4] El diálogo entre los personajes de Hayden y Joan Crawford era el siguiente: “—¿A cuántos hombres has olvidado? —A tantos como mujeres tú recuerdas. —¡No te vayas! —No me he movido. —Dime algo agradable. —Claro. ¿Qué quieres que te diga? —Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo. —Te he esperado todos estos años. —Dime que habrías muerto si yo no hubiera vuelto —Habría muerto si tú no hubieras vuelto. —Dime que me quieres todavía, como yo te quiero. —Te quiero todavía como tú me quieres. —Gracias. Muchas gracias.”

[5] Soledad Gallego-Díaz: “Un debate bien vivo”, El País, 5 de febrero de 2012.

«suponiendo que no utilice un dispositivo nuclear…»

La nueva detención de Dominique Strauss-Kahn –acusado en Francia de proxenetismo— simboliza bien el nivel de degradación moral de nuestras elites. No por el “libertinaje”, ojo: la coerción ejercida muchas veces sobre las prostitutas sólo es una gota en el océano de violencia estructural y violencia directa sobre el que se apoya el dominio de esas elites –el comprador de mujeres es el ex director gerente del Fondo Monetario Internacional. En los mismos días de febrero de 2012, la periodista del New York Times Elisabeth Bumiller analiza opciones estratégicas de Israel contra Irán y despreocupadamente se permite escribir: “Suponiendo que no utilice un dispositivo nuclear, Israel posee bombas antibúnker de más de dos toneladas…”. Suponiendo que no utilice un dispositivo nuclear: la sangre se nos hiela en las venas. Están ya dando por sentado que las guerras del siglo XXI –que vemos venir, y no precisamente escasas— se combatirán empleando bombas atómicas. Aquellos simios al mando; y estas armas de destrucción masiva. “Estamos todos en peligro”…

 

queremos, tendremos el más allá en esta vida

“El tiempo de los descubrimientos no ha terminado. Continuemos descubriendo a los otros, continuemos descubriéndonos a nosotros mismos.”[1]

Cuenta Tiziano Terzani –en sus imprescindibles Cartas contra la guerra[2]— que Vivekananda, el gran místico hindú, viajó a finales del siglo XIX a EE.UU. para hacer conocer el hinduismo. En San Francisco, al final de una conferencia, una señora estadounidense se levantó y le preguntó: “¿No piensa que el mundo sería más hermoso si hubiera una sola religión para todos los hombres?”. “No”, respondió Vivekananda. “Quizá sería aún más hermoso si hubiera tantas religiones como hombres”.

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La piedra de toque para juzgar el carácter represivo o emancipatorio de las religiones no son sus textos sagrados, sino la relación de sus clérigos con los muy terrenales poderes de este mundo. La religión no es en general el opio del pueblo: puede ser eso y su contrario. Dentro de cada confesión encontramos siempre inquisidores y teólogos de la liberación, moralistas enemigos de la vida y místicos enamorados de ella. Para distinguir, hay que fijarse en si el cura de la aldea va con más frecuencia al Círculo Agrario y Mercantil –vale decir, el casino de los señoritos— o a la Casa del Pueblo (permitidme el ligero anacronismo). La piedra de toque es la cuestión del poder.

(Por lo demás, lo mismo puede decirse de cualquier movimiento espiritual, cultural o social de los que impulsamos los seres humanos.)

Un punto clave suele ser la cuestión del proselitismo. En este asunto, por lo general, la actitud del budismo es ejemplar: “Hablando del precepto que prohíbe el uso de sustancias intoxicantes, Suzuki Roshi [el monje zen Shunryu Suzuki] dio una interpretación sorprendente: Esto significa que no se debe vender budismo. No sólo el licor es embriagante. También lo es la enseñanza espiritual.[3]

También el novelista israelí Amos Oz se ha referido sensatamente al proselitismo del fanático: “Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en lugar de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa, un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvarte, redimirte. (…) Echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto.”[4]

Otro punto clave es sin duda la cuestión de la inmanencia y la trascendencia. Casi podría formularse como una regla cuantitativa: el potencial liberador de un credo es inversamente proporcional a la distancia que media entre la vida cotidiana y la salvación prometida. Las religiones de liberación son de tejas para abajo, se ajustan bastante bien al desiderátum surrealista: queremos, tendremos el más allá en esta vida. Dos extraordinarios ejemplos procedentes de la tradición judía y budista:

“La luz de la redención” –dijo el rabí Abraham Jacob de Sadagora— “está dispersa en torno de nosotros a la altura de nuestras cabezas. No la notamos porque nuestras cabezas están inclinadas bajo la carga del exilio. ¡Oh, si Dios quisiera levantar nuestras cabezas!”[5]

“Una mujer le dijo al Roshi que le resultaba difícil combinar la práctica del zen con las exigencias de ser un ama de casa. Siento como si estuviese tratando de subir una escalera, pero por cada escalón que subo, caigo dos escalones abajo. Suzuki le dijo: Olvida la escalera. En el zen, todo está aquí en el suelo.[6]

Otro maestro jasídico, Rabí Búnam de Pzhysha, empleaba la imagen siguiente: estamos pasando continuamente a través de dos puertas, saliendo de este mundo y entrando en el otro, y saliendo y entrando nuevamente[7]. Nuestra Teresa de Cepeda, que sabía que Dios anda también entre los pucheros de la cocina, se hubiera entendido sin dificultad ninguna con estos tzadikim jasídicos o estos monjes budistas. Sabrosos, los diálogos a tres bandas que se puede imaginar uno…

 

  • [Jorge Riechmann, Una morada en el aire, Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 63-64. Este «diario de trabajo» va del 18 de agosto de 2002 al 18 de agosto de 2003.]



[1] José Saramago en su discurso ante el Primer Congreso Iberoamericano de Filosofía en Cáceres, 1998.

[2] Tiziano Terzani, Cartas contra la guerra, Integral/ RBA, Barcelona 2002, p. 153.

[3] David Chadwick (comp.): Para hacer brillar un rincón del mundo. Historias de un maestro zen contadas por sus discípulos. Ed. Troquel, Buenos Aires 2002, p. 124.

[4] Amos Oz, Contra el fanatismo, Siruela, Madrid 2003. No me resisto, en este punto, a citar otra anécdota del maestro zen antes evocado: “Una mañana, cuando estábamos todos sentados en zazen, Suzuki Roshi dio una breve charla inesperada. Entre otras cosas, dijo: Cada uno de ustedes es perfecto tal cual es… y también puede perfeccionarse un poquito” (Para hacer brillar un rincón del mundo, op. cit., p. 13).

[5] Martin Buber, Cuentos jasídicos. Los maestros continuadores vol. 1, Paidos, Barcelona 1983, p. 43.

[6] Para hacer brillar un rincón del mundo, op. cit., p. 69.

[7] Martin Buber, Cuentos jasídicos. Los maestros continuadores vol. 2, Paidos, Barcelona 1983, p. 104.

donde moralmente se puede respirar

Cierto que nuestros colectivos –las comisiones de Ecologistas en Acción, los grupos de base de Izquierda Anticapitalista, las asambleas de barrio que guardan y desarrollan los rescoldos de la gran llamarada del 15-M— son pequeños y pueden poco. Cierto que, sin un milagro laico en términos políticos –vale decir, uno de esos momentos extraordinarios de reconfiguración de un sistema complejo, basculante con rapidez hacia un nuevo estado de equilibrio–, estamos perdidos. Pero, al menos, en el seno de estos pequeños colectivos moralmente se puede respirar. No es poca cosa, en esta época nuestra donde se bautizan las cloacas con perfumería de gran lujo.