Han pasado de recibir su orientación moral del Vaticano a buscarla en la London School of Economics: y a eso lo llaman progreso.
blog de Jorge Riechmann
Han pasado de recibir su orientación moral del Vaticano a buscarla en la London School of Economics: y a eso lo llaman progreso.
En un viejo artículo de Enrique Vila-Matas –“La voz de un hombre”, publicado en junio de 2001–, la siguiente evocación: “Me acuerdo de una amiga, cuyo ideal en la vida era estar por la noche en un bar y ver las hojas de los plátanos moverse, sentir el viento y mirar cómo pasan las luces de los trenes a lo lejos.”
El problema de la –no tan falaz— falacia naturalista no estriba tanto en traspasar la frontera entre hechos y valores, entre naturaleza y cultura –si el deber-ser no surgiese del ser ¿de dónde surgiría?–, como en cruzar mal esa frontera. Cruzarla sin un pasaporte en regla, si se me permite la imagen. Muchas veces nuestro problema será de wishful thinking, pensamiento desiderativo: entusiasmados por nuestros valores favoritos, tendemos a verlos sólidamente anclados en el sólido suelo del ser. Pero –como dijo aquel— no se puede probar científicamente que la humanidad no deba ser exterminada…
Diálogo acerca de poesía y ecología (junto con los poetas Claude Darbellay y Kjell Espmark) en la Universidad de Malmö (Malmö Högskola), Suecia, 21 de marzo de 2012.
Lectura de poemas (junto con media docena de otros poetas) en el Teatro Viktoria de Malmö (Suecia), en la celebración del Día Mundial de la Poesía. 21 de marzo de 2012.
MIERCOLES 18 DE ABRIL, 19:00 H.
CHARLA-COLOQUIO “CRISIS, DECRECIMIENTO Y ECOSOCIALISMO”
A CARGO DE JORGE RIECHMANN
EN EL SALÓN DE ACTOS DE LA BIBILIOTECA PÚBLICA PROVINCIAL DE GUADALAJARA
«Albert Camus nos alertó de que la peste se propaga a través de lo más oscuro del ser humano. Hace algunos años, en un aeropuerto extranjero, me topé con una inmensa pared en la que solo había un diminuto anuncio publicitario. Se veía la imagen de una tarjeta de crédito y debajo se leía: ‘Todo lo demás es exceso de equipaje’. Si esa Extrema Derecha Económica consigue que nuestro exceso de equipaje sean los sentimientos, la relación con los demás, la exigencia de dar un sentido a nuestras vidas y reivindicar una sociedad más justa para nuestros hijos, es posible que la peste esté cerca.»
Jordi Muixí («La extrema derecha económica», El País, 14 de marzo de 2012)
Me cuelo en la clase de teoría social de Luis Enrique Alonso, uno de los lujos académicos gratuitos que puede uno permitirse en la Universidad Autónoma de Madrid. Del cuaderno de apuntes: “Esperemos que el naufragio del Costa Concordia no sea un analizador social –como lo fue el hundimiento del Titanic, o el 11-S con la destrucción de las Torres Gemelas–, porque entonces nuestra tragedia es ya una tragedia posmoderna.”
“Quien a sí mismo se desprecia continúa apreciándose, sin embargo, a sí mismo como despreciador”, escribe Nietzsche (aforismo 78 de Más allá del bien y del mal). Traduzcamos: también el autodesprecio es, casi siempre, una forma de aferrarse al ego (y muchas veces una especie de narcisimo invertido).
A la superstición del yo se refiere, precisamente, en el prólogo a Más allá del bien y del mal.
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Nietzsche cita con aprobación a Stendhal: “Para ser un buen filósofo hace falta ser seco, claro, sin ilusiones. Un banquero que haya hecho fortuna posee una parte del carácter requerido para hacer descubrimientos en filosofía, es decir, para ver claro en lo que es” (final del parágrafo 39 de Más allá del bien y del mal, Alianza, Madrid 1983, p. 64). El banquero como “espíritu libre” –ya que dispone suficientemente de la lucidez, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y la nuda voluntad de dominación que, según Nietzsche, constituyen lo más importante del equipaje del filósofo.
Si alguien necesitaba una confirmación –no por indirecta menos valiosa— de que, en la era del capitalismo financiarizado, el nietzscheanismo tiende a ser puro conformismo social, hela ahí.
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Nietzsche era un tarado. Un tarado listísimo, claro que sí, y del que se puede aprender mucho. Para lo cual hay que leerlo –eso sí— las más de las veces a contrapié, a redropelo, gegen den Strich.
Un tarado en lo moral, un crítico cultural notable, y un sugestivo filósofo metafísico en otros ámbitos… Pero en cualquier caso, un peligroso seductor que nos insta a deshacernos de nuestras más valiosas aspiraciones: la idea de igualdad político-moral y los procedimientos autocorrectivos de la ciencia moderna.
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Página sí, página no, en los libros de Nietzsche uno tendría que ir escribiendo: tonterías, las justas. Pero eso no lo ve uno con 16 años: lo ve, si acaso, con 35.
ESCANDALIZAR, por David Trueba (El País, 13 de marzo de 2012)
«Desde que los bankos le robaron la letra K a los antisistema, se impuso una enorme esquizofrenia en los actos subversivos. Si uno observa con atención, verá que hay situaciones invertidas. Okupa y resiste parece ser un lema de grandes empresas y organismos financieros. En las manifestaciones no es raro que las fuerzas del orden se ocupen de organizar los desórdenes, cuando no acuden encapuchados a interrogar a padres de familia, y muchos medios de comunicación consolidados se comportan como fanzines transgresores y hojas volanderas de pasional filiación política. En la pasada feria de Arco, los graffiteros fueron los artistas más reconocidos. Y seamos sinceros, para los pasotes de cocaína y el derroche, para pagarse juergas y montar infraestructuras caprichosas, deficitarias y surrealistas, no ha habido nadie más habilidoso que los cargos públicos y concejales del ramo.
En otro tiempo, aún se producían actos transgresores que provocaban escándalo a la gente de buenas costumbres, pero ahora para superar las declaraciones de algún político habría que reinventar el dadaísmo. Hoy lo subversivo es pagar impuestos y respetar la ortografía. La detención de las Pussy Riot, las chicas punkies feministas que invocaban en una catedral ortodoxa rusa a la Virgen para que echara del poder a Putin, es un acto casi de justicia histórica. Nos retrotrae a los tiempos en que España aprendía a comportarse como una democracia y Las Vulpes cantando Me gusta ser una zorra desencadenaban ríos de tinta censora, provocaban el cierre de un programa musical y procesiones de desagravio.
Que estos raptos de protesta sean castigados con más fiereza institucional que las irregularidades electorales, nos devuelve una imagen de lo que significa el orden. Para que alguien se escandalice, los actos deben estar específicamente realizados bajo las ordenanzas del tópico escandaloso. Llevarse a cabo siguiendo el protocolo de lo subversivo y con los disfraces habituales de este tipo de actuación. Como si para hacer el payaso fuera imprescindible ponerse una nariz roja, para considerar algo escandaloso tiene que estar protagonizado por alguien medio en pelotas y con un crucifijo sacado de contexto. Mientras tanto, lo escandaloso de verdad se puede impartir desde las más respetadas instituciones sin que nadie se dé por ofendido.»
¿Cómo puede un banquero de inversión del siglo XXI llegar a creerse que él supone la continuación del proyecto ilustrado europeo que arrancó en el siglo XVIII? ¿Cómo llega a pensar que sus wet dreams –la inmortalidad tecnológica, colonizar estrellas lejanas, mercantilizar todo lo vivo y todo lo muerto– son el desarrollo coherente de las semillas de la Atenas de Pericles? Éstas son preguntas difíciles a las que los defensores de la Ilustración y la filosofía tenemos que dar respuestas convincentes.
(Véase César Molinas, “Consecuencias actuales de la guerra del Peloponeso”, El País Negocios, 11 de marzo de 2012.)
Preguntaron en cierta ocasión a François Mauriac quién le hubiera gustado ser, y contestó: moi-même, mais réussi. Yo mismo, pero logrado; una versión mejorada de mí mismo. Algunos decenios después la respuesta hubiera podido ser, con toda naturalidad, algo así como “yo mismo 5.0”…
Todo lo que voy sugiriendo en estas páginas nos encamina en otra dirección: menos yo mismo, mucho menos yo mismo, y desde ese centro descentrado –el espacio del entre— aptitudes más limpias para fracasar mejor.
1. Como se ha repetido estos días, el 11-M es nuestro 11-S. Los efectos, sin duda, van a ser de muy largo alcance, tanto en nuestro país como en el conjunto de la Unión Europea. De cómo consigamos elaborar colectivamente el trauma de los atroces atentados –más de doscientos muertos, más de mil cuatrocientos heridos— van a depender luego durante mucho tiempo las expectativas de quienes pensamos que “otro mundo es posible”, y sabemos que no disponemos de mucho tiempo para construirlo. Por eso, creo que el trabajo principal de la izquierda europea durante los próximos meses tendrá que centrarse en evitar una deriva xenófoba y militarista en nuestras sociedades.
2. La seguridad no es un tema ni una idea de la derecha. Si falta seguridad y autoconfianza, es imposible el ejercicio de la libertad: sobre ello ha insistido con acierto Zygmunt Bauman[1]. Sin seguridad no cabe pensar en la democratización efectiva de nuestra vida política, económica, cultural. En lo que sí se diferencian izquierdas y derechas es en el contenido específico que insuflan al concepto: nosotros queremos seguridad compartida basada en la justicia, frente a dominio militar; seguridad en el empleo, frente a más perros guardianes y policía privada; seguridad frente al riesgo químico, frente a los desastres medioambientales, frente a las aventuras tecnocientíficas que hacen padecer a todos riesgos inasumibles, frente a la arbitrariedad del poder… De otra forma: su seguridad tiene más que ver con los ministerios de Interior y Defensa, y con las empresas privadas de vigilancia; nuestra seguridad tiene más que ver con los ministerios de Medio Ambiente y Trabajo, y con las organizaciones populares. En los tiempos que vienen, necesitamos construir un discurso de izquierdas sobre seguridad que sea inteligente, sólido y creíble.
3. El eslogan “vascos sí, ETA no” estaba bien orientado en las manifestaciones donde pedimos la vida de Miguel Ángel Blanco: su equivalente ahora es “musulmanes sí, Al-Qaeda no”. La tarea socio-cultural de luchar contra el odio al extranjero reviste hoy una importancia todavía más decisiva que antes. Un psicoanalista escribe: “No hay certeza colectiva del sentido sin expulsión del mal hacia fuera. Así se funda el Enemigo. Velado así el sujeto del trauma por el fantasma del Enemigo, la precariedad del hombre y su demanda de amor se convierten en extraordinariamente peligrosas.”[2] Tenemos que hacernos conscientes de ese tipo de mecanismos, y trabajar conscientemente sobre nosotros mismos. La tarea pedagógica y autoformativa que tiene frente a sí la sociedad española es inmensa.
4. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 hubieran podido ser una oportunidad –traumática, horrible, pero no por ello menos real— de encuentro con el otro. Los atentados del 11 de marzo de 2004 suponen una oportunidad semejante. Las clases dirigentes de nuestro mundo “globalizado” persiguen la distopía del final de toda alteridad (teorizada como “fin de la historia” por el teólogo Fukuyama); quizá no sea tarde para que todos podamos aprender de lo ocurrido[3].
Aprender que no resulta posible la seguridad sin justicia. Aprender que las fantasías de omnipotencia e invulnerabilidad no son efectivamente más que eso: fantasías. Aprender que en este planeta pequeño y sobrepoblado, somos tantos y tan diversos que la única posibilidad de convivencia razonable se basa en una negociación incesante, un diálogo sin término cuya primera premisa es reconocer al interlocutor como ser humano. (Para que no se malinterprete lo anterior: no estoy defendiendo con ello el diálogo con el terrorista que se ha autoexcluido de la comunidad de dialogantes.) Como escribía el politólogo Alberto Melucci, un límite “representa confinamiento, frontera, separación; por tanto, también significa reconocimiento del otro, el diferente, el irreductible. El encuentro con la alteridad es una experiencia que nos somete a una prueba: de ella nace la tentación de reducir la diferencia por medio de la fuerza, pero también puede generar el desafío de la comunicación como emprendimiento siempre renovado.”[4]
5. Como nos recuerda Gustavo Martín Garzo en un hermoso artículo sobre el cine –“El hombre sin rostro”–, la mirada al rostro del otro es igualitaria. “Levinas escribió que el rostro humano comporta siempre una prohibición: no matarás. Es a la vez el lugar de la extrañeza y del reconocimiento. Un espejo. Vemos en él al otro, pero también nuestro destino, un destino compartido.”[5] Tenemos que ser capaces de mirar al otro a los ojos. No me refiero por supuesto al rostro de Osama Bin Laden –hoy, otro icono mediático cuyo demoníaco poder de fascinación probablemente sólo exorcizaría un juicio imparcial ante el Tribunal Penal Internacional instituido por NN.UU.–, sino al del barbudo musulmán que en alguna ciudad de Pakistán o Palestina festejó el crimen del 11 de septiembre; o los ojos claros de la mujer afgana que, en medio de los bombardeos contra su país, nos echaba en cara nuestra doble moral a la hora de defender de veras los derechos de las mujeres; o el rostro del fanatizado adolescente marroquí que puede haber contemplado los cuerpos reventados dentro de los trenes de cercanías que partieron de Alcalá de Henares como una especie de victoria.
6. No hay más que una vía que a medio plazo desactive el horrible desastre en que estamos sumidos, y que se agrava de día en día: Europa y EE.UU. tienen que hacer lo que dicen. Tienen que ajustar sus actuaciones reales a sus hermosos discursos sobre valores e ideales. Tenemos que ver la viga en el ojo propio. Si hablamos de democracia, tenemos que practicar democracia de verdad; si hablamos de ecología, tenemos que proteger los ecosistemas de verdad; si hablamos de desarrollo sostenible, tenemos que ayudar al Sur de verdad; si hablamos de derechos humanos, tenemos de verdad que tomarlos en serio, siempre y en todas partes, sin dobles raseros. Sólo si cada cual mira la hendidura dentro de sí puede el mundo aspirar a salvarse del abismo dentro del cual está precipitándose. “La ahimsa” (noviolencia), escribía Gandhi, “comienza y termina enfocando la linterna hacia el interior”.[6]
7. Aunque pueda parecer un tema menor, creo que en la situación presente hay que dar un valor especial a la veracidad. La obscena práctica de mentira y manipulación del gobierno del Partido Popular, sobre todo en los dos últimos años, marca un nivel casi terminal de degradación de nuestra vida pública. Cuando uno no puede leer documentos oficiales de la UE –por ejemplo, sobre la inexistente Estrategia Española de Desarrollo Sostenible–, elaborados a partir de la información suministrada por España, sin sentir vergüenza porque esa información es falsa; o cuando asiste al triste espectáculo de retención de información por parte del ministro del Interior, con el objetivo de obtener una ventaja electoral, en un contexto tan tremendo como el de los días que han mediado entre los atentados del 11 y las elecciones generales del 14 de marzo, el asco que nos invade es grande, y la tentación de creernos diferentes y superiores también lo es. Pero ¿de verdad renunciarían la izquierda y los movimientos sociales alternativos al arma de la mentira para tratar de conseguir una ventaja política, siempre y en toda circunstancia? ¿De verdad recuerdan de forma constante que en su tradición se sostiene que la verdad es revolucionaria? Si no conseguimos revitalizar nuestro maltrecho cuerpo social adoptando elevados estándares ético-políticos de decencia, veracidad y juego limpio, podemos encontrarnos en una situación donde la degradación de la sustancia democrática se torne irreversible. Dicho sea de paso, también esto tiene que ver con lo que pueda significar el valor “seguridad” para la izquierda.
8. Despertar, despertar, despertar. Reaccionar contra la narcosis donde quieren sumir a la sociedad. Lejos de vivir en el “mejor de los mundos posibles”, habitamos un planeta vulnerable donde los niveles de desigualdad imperantes son comparativamente mayores que nunca en la historia de la humanidad, e insoportables en términos absolutos. Este mundo es el infierno en vida para cientos de millones de personas: tantos millones, al menos, como los privilegiados para quienes se nos presenta bajo una faz más amable. Despertar para cambiar.
9. Nos hace falta una completa reorientación de prioridades. Dentro de dos siglos será el momento de decidir si hay que enviar una misión espacial tripulada a Marte, o no. Hoy de lo que se trata es de conseguir que haya agua potable en cada aldea de Mauritania, que los derechos de las mujeres se respeten en Kuwait, y que nadie padezca hambre en Centroamérica. Y se trata de una responsabilidad que nos atañe a todos: vivimos en un solo mundo.
(10. Una postdata para el entorno abertzale de ETA: la ocasión es única para que el grupo terrorista se desmarque de la abominable atrocidad de Madrid declarando una tregua indefinida, y busque un pacto que permita su desarme, y luego el paulatino restablecimiento de la convivencia en el País Vasco.)
[1] Zygmunt Bauman, En busca de la política (especialmente capítulo 1: “En busca de espacio público”), FCE, Máexico 2002.
[2] Francisco Pereña, La pulsión y la culpa –para una clínica del vínculo social, Síntesis, Madrid 2001, p. 8.
[3] Una guía imprescindible para ese viaje: Francisco Fernández Buey, La barbarie –de ellos y de los nuestros, Paidos, Barcelona 1995.
[4] Alberto Melucci, The Playing Self: Person and Meaning in the Planetary Society, Cambridge University Press 1996, p. 129. Citado en Zyg,munt Bauman: La globalización –consecuencias humanas, FCE de Argentina, Buenos Aires 1999, p. 18.
[5] Gustavo Martín Garzo: El hilo azul, Aguilar, Madrid 2001, p. 159.
[6] Mahatma Gandhi, Mi socialismo, La Pléyade, Buenos Aires 1976, p. 43.
Organizar el descontento es una tarea humana importante (y muchas veces ingrata): es la que asume el militante. Nos hace falta perder tanto tiempo en eso porque algunos no cejan en su empeño por dominar a los demás.
Pero las tareas humanas más importantes son otras. La militante tiene buenas razones para detestar a quienes fuerzan a los demás a semejante desperdicio de tiempo –tiempo, la tan escasa materia de la vida— y energía. Distrayéndonos de esa forma de lo que sí importa: renunciar a la dominación, pacificar nuestra existencia, asumir nuestra finitud.
Darse cuenta de que uno es frágil, y no querer dominar al otro; darse cuenta de que uno muere, y no querer matar al otro. (Las mujeres son mejores que los varones en estas tareas esenciales.)
«Me gusta ir a las tascas pues ahí puedo comer sin mala conciencia. Las hay en todo el mundo, también en las comunidades pobres, en las cuales trabajé durante años.
Debido a mi «gitanismo intelectual», hablando siempre en muchos sitios y ambientes sobre infinidad de temas que van desde la espiritualidad a la responsabilidad socioambiental y hasta sobre la posibilidad del fin de nuestra especie, los organizadores, por deferencia, suelen invitarme a un buen restaurante de la ciudad. Lógicamente, guardo la buena tradición franciscana y celebro los platos con comentarios elogiosos. Pero me queda siempre un mal sabor de boca, que impide que el comer sea una celebración. Me acuerdo de que la mayoría de las personas amigas no pueden disfrutar de estas comidas, y especialmente los millones y millones de hambrientos del mundo. Me parece que les estoy quitando la comida de la boca. ¿Cómo celebrar la generosidad de los amigos y de la Madre Tierra, si, en palabras de Gandhi, «el hambre es un insulto y la forma de violencia más asesina que existe»?
En este contexto me viene a la mente el consuelo de las tascas, o tabernas. Me gusta ir a las tascas pues ahí puedo comer sin mala conciencia. Las hay en todo el mundo, también en las comunidades pobres, en las cuales trabajé durante años. Ahí se vive una real democracia: la tasca (donde van las personas con menor poder adquisitivo) acoge a todo el mundo. Puede estar allí tomando su caña un profesor universitario al lado de un peón de la construcción, un actor de teatro en la misma mesa que un pillo, y hasta un borracho tomando su traguito. Es sólo llegar, ir sentándose y gritar: «póngame una cañita bien fría».
La tasca desempeña una función ciudadana: da a quienes la frecuentan, especialmente a los más asiduos, el sentimiento de pertenencia a la ciudad o al barrio.
La tasca brasileña es más que su visual, con azulejos de colores fuertes, el santo protector en la pared, generalmente un san Antonio con el Niño Jesús en brazos, el símbolo del equipo de futbol aficionado, y los anuncios de colores de las bebidas. La tasca es un estado de espíritu, el lugar de encuentro con los amigos y vecinos, de la conversación hasta las tantas, de la discusión sobre el último partido de futbol, los comentarios sobre la novela preferida, la crítica a los políticos y las palabrotas bien merecidas contra los corruptos. Pronto todo el mundo se hace amigo, dentro de un incipiente espíritu comunitario. Aquí nadie es rico o pobre. Es, simplemente, gente que se expresa como gente, usando el lenguaje del pueblo. Hay mucho humor, chistes y bravatas. A veces, como en el Estado de Minas, se improvisan unos cantares que alguien acompaña con la guitarra.
A nadie le importa la condición general de la barra o de las mesas. Lo importante es que el vaso esté bien limpio y sin grasa; si no, estropea la espuma cremosa de la caña que debe tener unos tres dedos. Nadie se molesta por cómo está el suelo o por el estado del baño.
Los nombres son de lo más variado, dependiendo de la región del país. Puede ser La bodega de la vieja, El bar de Sacha, La tasca de don Gomes, el Bar del Giba, La tasca del Joia, El pavo azul, La cofradía del chivo perfumado, La casa llena, o muchos otros. Belo Horizonte es la ciudad de Brasil que tiene más tascas, y celebra todos los años el concurso de la mejor comida de tasca. Los platos también son variados, elaborados generalmente a base de recetas caseras y regionales: la carne secada al sol del Nordeste, la carne de cerdo y el tutú (pasta de frijoles con harina de mandioca y bananas fritas) de Minas. Los nombres son ingeniosos: mexidoido chapado (mixto de carnes a la plancha), porconóbis de sabugosa (debe su nombre al cerdo y a las hojas de una planta llamada ora pro nobis), costilla de Adán (costillita de cerdo con mandioca), torrezno de barriga. Hay un plato que aprecio sobremanera que ofrecen en el Mercado Central de Belo Horizonte y fue premiado en uno de los concursos: bife de hígado encebollado con jiló (frutillo amargo muy popular). Si de mí dependiera, este plato debería figurar en el menú del banquete del Reino de los cielos que el Padre celestial va a ofrecer a los bienaventurados.
Bien mirado, la tasca desempeña una función ciudadana: da a quienes la frecuentan, especialmente a los más asiduos, el sentimiento de pertenencia a la ciudad o al barrio. No habiendo otros lugares de entretenimiento y de ocio, permite que las personas se encuentren, olviden su estatus social y vivan una igualdad generalmente negada en el día a día.
Para mí la tasca es una metáfora de la comensalidad soñada por Jesús, lugar donde todos pueden sentarse a la mesa, celebrar la convivencia fraterna y hacer del comer una comunión. Y en mi caso, es el lugar donde puedo comer sin mala conciencia.
Dedico este texto a mi amigo Jaguar, dibujante de comics, que aprecia las tascas.»
La genialidad de los cantautores es inventarse un personaje: Georges Brassens, Paco Ibáñez, Joaquín Sabina, Ismael Serrano… En cambio, el poeta se desvanece detrás de la poesía.
El problema de Luis García Montero es situar la “poesía de la experiencia” dentro de la literatura española. El mío es situar la poesía dentro del conjunto de las actividades humanas. (Para que no suene a soberbia, aclaro enseguida: plantearse un problema no significa hacerse ilusiones sobre la propia capacidad de resolverlo.)
La “poética de los seres normales” que propone Luis sólo podría tener sentido en un mundo pos-revolucionario (¿y entonces?). En nuestro mundo de hoy, en este mundo donde campea por sus respetos el principio de muerte –travestido a menudo en su contrario–, hablar de “normalidad” equivale casi siempre a dar el sí y amén a una realidad monstruosa. Hay que recordar las palabras de Arnold Hauser que el colectivo Alicia Bajo Cero situaba al comienzo de su ensayo Poesía y poder: “El criterio de la fecundidad de un arte comprometido no estriba en la solución de crisis y conflictos, sino en combatir la ilusión de que, en medio de los peligros y bajo el signo de la catástrofe, todavía se sigue viviendo en un mundo sin peligro alguno”.
(Me corrijo enseguida: después de una revolución, el mundo no sería “pos-revolucionario” en el sentido enfático de arriba: la verdad y la justicia aún tendrían que ser buscadas, las opciones políticas serían plurales, las controversias sobre lo bueno y lo bello continuarían, etc. Se puede aspirar a quitar al principio de muerte del puesto de mando, pero no a ninguna perfección en los asuntos humanos.)
Frente a la poética de la normalidad, una poética de la extrañeza, bajo el alto patrocinio de Heráclito: el sol es nuevo cada día. O la vecindad de Rilke, que proponía atenerse a la mirada del niño hacia lo extraño…[1]
Poesía: “todo es cuestión de abrir o cerrar”, sabía Juan Ramón Jiménez[2].
En la cárcel de Picassent, un preso pregunta al poeta Quique Falcón por qué hay tan pocos poetas presos en las cárceles españolas.
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Don José María Aznar –o quien le redacte los discursos– escribe en la prensa cultural sobre Luis Cernuda, para descubrir en el poeta sevillano ¡”la búsqueda incansable del justo término medio”! y en la celebración de su centenario “la normalidad cultural de un país”[3]. Verdaderamente, este hombre es un psicópata de la normalidad.
Cierto que leemos aquello que somos, que al apropiarnos de un texto de otro proyectamos en él nuestro propio bagaje de experiencias, proyectos y pautas interpretativas; pero lo único que le ha faltado al ceñudo inquilino del Palacio de la Moncloa es convertir al gran heterodoxo que fue Cernuda en adalid del “centro progresista” de sus aznarinos ensueños y desvelar, como primicia universal en los fastos del centenario, el número de carnet del poeta como afiliado de primera hora a Alianza Popular.
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En este mundo, con este nivel de aberrantes injusticias, desigualdades y atrocidades, insistir en el carácter de normalidad de las cosas es algo rayano en el fascismo. Manuel Sacristán lo dijo con la rotundidad necesaria: “Una cosa es la realidad y otra la mierda, que es sólo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente”. [4]
Algo es normal o anormal en función de los términos de referencia que se elijan, claro está. Podemos pensar, por ejemplo, en la presente situación ecológica: para juzgar si es “normal” deberíamos recurrir al conocimiento especializado del ecólogo y del historiador ambiental. ¿Qué nos dice este último, al término de su rigurosa indagación?
“Los responsables políticos tienden a tomar como marco de referencia el mundo según lo conocemos. Esto les lleva a considerar ‘normales’ las cosas tal como ellos las observan y experimentan –el régimen de trastorno ecológico incesante, según lo llamé en el prólogo [a Algo nuevo bajo el sol]–. En realidad, desde el punto de vista ecológico, la actual situación es una desviación extrema de cualquiera de los estados más duraderos, más ‘normales’, del mundo en el plazo de la historia humana y, en realidad, en el de la historia de la Tierra.” [5] Vale decir: vivimos en una situación de anormalidad extrema, en lo que a la ecología del planeta se refiere.
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Singular, sin duda, el aprecio que muchas veces se hace de la normalidad. ¿Cómo interpretar que se presente “lo normal” como un valor positivo, cuando no una aspiración humanista?
Si pensamos a fondo el asunto, ¿qué es “lo normal”? Una respuesta significativa nos la podría dar el físico especializado en termodinámica. Si atendemos a la ley física más importante del universo (al decir de Albert Einstein), el principio de entropía, la respuesta sería: la normalidad es la muerte. Todo en el universo tiende a un estado de máximo desorden e indiferenciación llamado a veces “muerte térmica”; y lo que resulta francamente anormal es el esfuerzo antientrópico con que la vida orgánica logra en nuestra biosfera crear islotes de orden y diferenciación, conteniendo temporalmente la carrera hacia la muerte.
Si la normalidad es la muerte, resulta de veras paradójico presentarla como un valor positivo, y tendríamos que invertir esa valoración: serán las excepciones contra la normalidad las que merecerán nuestro aprecio.
[1] Carta a Franz Xaver Kappus desde Roma, 23 de diciembre de 1903; en Rainer Maria Rilke, Teoría poética, ed. de Federico Bermúdez Cañete, Júcar, Madrid 1987, p. 47.
[2] Prólogo a ESPACIO, en Lírica de una Atlántida, Galaxia Gutenberg, Barcelona 1999, p. 95.
[3] José María Aznar, “El retorno de Cernuda”, El Cultural, 19 de septiembre de 2002, p. 3.
[4] Manuel Sacristán: M.A.R.X. (Máximas, aforismos y reflexiones con algunas variables libres), edición de Salvador López Arnal, Los Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 52.
[5] John McNeill, Algo nuevo bajo el sol –Historia medioambiental del mundo en el siglo XX, Alianza, Madrid 2003, p. 432. El profesor de historia en la Universidad de Georgetown continúa: “Si viviéramos 700 o 7.000 años, lo entenderíamos basándonos meramente en la experiencia y el recuerdo. Pero para seres que sólo viven unos 70 años, es necesario estudiar el pasado remoto y reciente a fin de conocer qué se incluye en la gama de posibilidades y saber qué puede perdurar.”
El capitalismo hubiera sido una simple nota a pie de página en el libro de la historia humana –tres siglos de hybris frente a tres millones de años de laboriosa hominización, y luego de sufridos esfuerzos hacia una humanización— si no fuera por la inimaginable devastación causada. El siglo XXI será nuestro siglo V (vale decir, el derrumbe del Imperio), nos advertían prehistoriadores y arqueólogos como José David Sacristán de Lama.