poliamor y aceleración social

Pero el poliamor plantea cuestiones más de fondo. ¿Quizá habría que asociarlo con la dinámica de la aceleración social en la Modernidad que ha teorizado Hartmut Rosa? El sociólogo y filósofo alemán sugiere que uno de los motores (de los tres motores) de esta dinámica, su motor cultural, es la promesa de un equivalente a la vida eterna. ¿Cómo entenderla? En las modernas sociedades seculares, el énfasis central se pone en la vida antes de la muerte, incluso para la gente que sigue manteniendo creencias religiosas. Ahora bien, “la riqueza, plenitud y calidad de una vida, de acuerdo con la lógica cultural dominante de la modernidad occidental, pueden ser medidas por medio de la suma y la profundidad de las experiencias acumuladas durante dicha vida. Según esta concepción, la vida buena es la vida realizada, es decir, una vida que es plena en experiencias y capacidades. Esta idea ya no presupone una ‘vida más elevada’ después de la muerte, sino que consiste, más bien, en la realización de tantas opciones como sea posible dentro de las muchas posibilidades que el mundo tiene para ofrecer”.[1] Así, confrontados a la finitud y la muerte, la respuesta es la aceleración del ritmo de vida para embutir cuantas más experiencias mejor en lapsos de tiempo cada vez más breves. ¿Cómo afectaría esta lógica cultural a la relación amorosa? Hallándose las experiencias del enamoramiento y la sexualidad entre las más potentes que nos es dado vivir a los seres humanos, se aspiraría a multiplicarlas: y ahí, frente al pasado de “una pareja para toda la vida” y el pasado más reciente de la monogamia sucesiva, las ventajas del poliamor resultan evidentes. No entro ahora a debatir el complejo asunto de en qué medida tales aspiraciones –como otros fenómenos asociados con la dinámica de la aceleración social- pueden ser autofrustrantes.

 

[1] Hartmut Rosa, Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía, Katz, Madrid/ Buenos Aires 2016, p. 47.