¿Quince años tenía cuando me sumergí durante varias semanas en el mundo de Ubú Rey, en el programa de estudios de lengua y literatura francesa que cursaba por las tardes en el Institut Français de Madrid, donde estudié también, con semejante atención sostenida, L’éducation sentimentale de Flaubert, por ejemplo, o L’espoir de Malraux? Aún conservo estos libros en ediciones de bolsillo muy baqueteadas, y también apuntes míos de entonces. En el caso de Alfred Jarry, la suma de Tout Ubu que estaba disponible en Le Livre de Poche, y sigue estándolo para mí en la sección francesa de mi biblioteca.
Ay: hasta el advenimiento de Trump, Daddy Ubú, no hemos sabido verdaderamente qué demencia risible y sangrienta estaba anticipando Alfred Jarry. Ubú es la premonición genial de todas las tragedias del siglo XX (comenzando por la masacre mundial de 1914-18), traspuestas a un guiñol grotesco que nos hiela la sonrisa en el rostro (ubuesco es un adjetivo que se hizo enseguida tan imprescindible como kafkiano, al menos en lengua francesa). Hay que situar los mundos siniestros de Ubú cerca de las creaciones de Goya y de Beckett. Y ¿cómo no unirse al deseo de Joan Miró de que las últimas palabras que uno pronuncie antes de morir sean un vigoroso MERDRE!?
Espléndida exposición la de Ubú pintor en el Museo Picasso de Barcelona. Sí: no supimos de verdad qué significaba el adjetivo ubuesco hasta que llegó Donald Trump.