un mundo de riqueza y belleza casi inexpresables

Vivimos en un mundo de riqueza y belleza casi inexpresables, heredado de muchas generaciones anteriores de seres vivos, antepasados humanos y no humanos: los parques urbanos (como el del Retiro por donde paseo ahora), los bosques primarios, los muesos de bellas artes (a diez minutos de camino desde aquí, ¡el Prado!), las playas y las dunas y los océanos, las acogedoras bibliotecas, las escuelas y universidades con su gente joven avanzando hacia lo mejor de sí misma, los huertos que nos nutren, esos palacios submarinos que son los arrecifes de coral o las praderas de posidonia, los hospitales públicos, los humedales bullentes de vida, los desiertos y estepas y otros biomas que erróneamente juzgamos pobres, las salas y conciertos de música, las raves, los éxtasis y epifanías (con ayuda química extrasomática o sin ella), los cafés con sus inagotables tertulias, el discurrir fraterno de las nubes, la alegría del perrito que compartimos en su paseo, el abrazo de la persona que amamos: y todo esto ¿lo vamos a perder por ser unos desdichados yonquis incapaces de desengancharnos de los combustibles fósiles?