una entrevista para ‘izquierda diario’: frente a peligros existenciales, haría falta unir fuerzas para transformar el sistema

Jorge Riechmann: «Frente a peligros existenciales, haría falta unir fuerzas para transformar el sistema»

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Irene Olano, 25 de mayo de 2026

El 26 de mayo se juzgará en Madrid a tres activistas climáticos, entre ellos el profesor de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid Jorge Riechmann, por una acción de desobediencia civil pacíficas realizada en el otoño de 2019. Ese día habrá una concentración frente al juzgado en apoyo a los activistas, reclamando el derecho a la protesta y denunciando la creciente represión contra el activismo. Hablamos con Riechmann sobre su causa.

 

  1. Te enfrentas a dos juicios por acciones de desobediencia civil. En el primero se te acusa de resistencia a la autoridad por el corte de calle de 2019, y en otro de atentar contra el patrimonio histórico por la acción de Rebelión Científica en el Congreso en 2022. ¿Podrías explicar cómo fueron esas acciones?

Jorge Riechmann. Sí. Quizá lo que tiene más sentido es recordar cómo, en aquel momento, en 2018 y 2019, hubo una oleada de movilizaciones climáticas muy importante. Fue un momento en el que parecía que iba reuniéndose fuerza social suficiente como para lograr cierto cambio de rumbo.

Además, seguramente representó una experiencia decisiva para mucha gente muy joven. Aquellos fueron los años, 2018 y 2019, en los que esta cuestión llegó con fuerza a los institutos: el ejemplo de Greta Thunberg, Fridays for Future… Parecía que toda una generación iba a incorporarse por ese camino a las luchas ecosociales.

Luego, por desgracia, llegó 2020, con el encierro pandémico y todos los efectos negativos que ha tenido. Aquella oleada de movilización se detuvo bastante en seco. Pero 2019 fue un momento en el que parecía importante echar toda la carne en el asador, si es que se podía.

En ese marco tuvo lugar aquel corte, entre las muchas acciones que se estaban desarrollando en todo el mundo. En Madrid cortamos el tráfico en el puente elevado sobre la Castellana, cerca de Nuevos Ministerios. Allí coincidimos unas trescientas personas que veníamos de distintos contextos, asociaciones y grupos.

Fue una acción organizada por Rebelión por el Clima y Extinction Rebellion que salió muy bien. Conseguimos llegar hasta lo alto del puente, lo cerramos y aguantamos allí un tiempo, entre una hora y media y dos horas, hasta que nos fueron desalojando poco a poco. Aquello se prolongó también en una acampada junto a Nuevos Ministerios, frente al Ministerio de Transición Ecológica, que trató de ejercer presión sobre el Gobierno para lograr una gestión climática un poco más decidida. Ese fue el contexto y el desarrollo de la primera de esas dos acciones.

En el caso de la segunda, en la primavera de 2022, se trataba ya de un momento algo diferente, pero con la conciencia de que la situación ecológico-social en general, y climática en particular, seguía degradándose muy rápidamente. Y también con la conciencia de que las respuestas que supuestamente estaban dando las autoridades, las empresas y buena parte de los actores sociales no estaban ni de lejos a la altura de lo necesario.

En ese momento, lo específico fue el intento de movilizar también a investigadores e investigadoras. A partir de Rebelión Científica se formó esa iniciativa, que fue la convocante de la acción de abril de 2022. Unas pocas decenas de personas, unas setenta u ochenta, conseguimos acercarnos con éxito, sin ser descubiertas, hasta el Congreso de los Diputados.

Allí la forma de protesta consistió, por un lado, en arrojar un líquido biodegradable (que simulaba sangre) sobre las escaleras y las columnas del Congreso. Después hicimos una sentada, con materiales y pancartas, y mantuvimos esa forma de protesta hasta que también nos fueron retirando poco a poco.

En la primera de esas acciones nos detuvieron finalmente a tres personas, que somos las que afrontaremos el juicio del 26 de mayo: Paco del Pozo, Marina M. Martínez y yo. En la segunda acción fuimos detenidas quince personas, y un poco más adelante también seremos enjuiciadas por esa acción.

  1. Sobre todo en relación con la primera causa, de la que hace ya siete años, ¿cómo interpretas políticamente que se persiga al movimiento ambiental, que os detuvieran a tres personas y que ahora os lleven a juicio?
  2. En muchos sentidos vivimos en un mundo al revés. En una especie de gran inversión de las cosas: y esto es una pequeña manifestación de ello. Hay otras mucho más enormes, que tienen que ver con la gestión de la economía, con la organización política o con los contrasentidos culturales. Pero esto también es una pequeña manifestación de esa suerte de mundo al revés en el que estamos viviendo.

Podríamos verlo con un poco de distancia. A veces imaginamos: si bajara un platillo volante con marcianos y nos observaran, ¿de qué manera interpretarían esto? Frente a lo que es realmente un peligro existencial, donde lo que nos estamos jugando es la habitabilidad de la Tierra para seres como nosotros —una de cuyas manifestaciones, la más visible, es el calentamiento global, aunque es solo una—, frente a ese riesgo existencial en el cual ni siquiera está excluida, por desgracia, la extinción de la especie, haría falta ser capaces de unir fuerzas para transformar el sistema.

Haría falta avanzar hacia una transformación sistémica sin la cual no hay salida frente a estos problemas. En lugar de eso, lo que tenemos es una represión creciente de muchas protestas ecologistas en buena parte del mundo: en el norte y en el sur. De manera mucho más despiadada y brutal en el sur, pero también de forma creciente en el norte, con la introducción de legislación pensada justamente para la represión de esta clase de protesta. Así nos dañamos a nosotros mismos como sociedad.

  1. Esta causa llega en un momento en el que vemos muchos casos distintos de represión. Pienso, por ejemplo, en los trabajadores del metal de Cádiz, que están peleando no solo por sus derechos laborales, sino también contra las listas negras que les impiden volver a trabajar. Están las 7 de Somosaguas, encausadas por la extrema derecha. Han estado las de La Suiza. En Zaragoza también han sido encarcelados chavales por protestar contra Vox. Ahora hay una nueva causa contra dos profesores de Zaragoza por tirar unos dardos, en una fiesta popular, contra la cara de Abascal y de otros líderes de la derecha internacional, a modo de broma. A las 8 de Becerril van a juzgarlas por participar en el boicot a Israel durante La Vuelta ciclista, en septiembre de 2025. Y también está la represión al movimiento democrático catalán, con infiltraciones y todo tipo de prácticas. Los institutos catalanes están ahora enfrentándose con la posibilidad de tener mossos en los centros.

¿Ves alguna lógica compartida en estos casos de represión?

  1. Vivimos en Estados donde hay un aparato de Estado que no cambia mucho cuando cambian los gobiernos, y que tiene como función principal mantener el orden existente. Lo de Catalunya impresiona. Y no solo por las huelgas (junto a las de ahora mismo en el País Valenciano). El hecho de que la convivencia en lugares como los institutos parezca degradarse tanto debería hacernos pensar mucho. ¿Qué tipo de sociedad hace falta tener, o considerar razonable, para poner policía dentro de los institutos? Asistimos a todas esas formas de represión frente a cuestionamientos del orden existente, y sí creo que hay una conexión entre ellas.

Viéndolo con un poco de perspectiva, lo que sucede también es que nos encontramos en una fase de esto que yo llamo el «Siglo de la Gran Prueba». Una fase en la que los problemas se van agudizando, se van haciendo más intratables y afectan también de forma más directa a la vida cotidiana de la gente.

Por ejemplo, los problemas ecológicos van tocándonos más de cerca. A pesar de todos los mecanismos que el centro del sistema tiene para expulsar hacia las periferias buena parte de estas dificultades, aun así nos van tocando cada vez más de cerca.

Eso hace que el terreno para lo que antes podían parecer soluciones de compromiso vaya siendo cada vez menor. Hay menos espacio y menos tiempo para seguir haciendo como si nada. Esas políticas del “como si” han caracterizado en buena medida la manera en que nuestras sociedades han abordado cuestiones como el calentamiento global durante décadas. La acción eficaz necesaria se ha ido posponiendo y posponiendo.

En cambio, ahora se va viendo que tenemos menos tiempo y que los cambios sistémicos que mencionábamos tendrían que ser muy profundos y muy rápidos. En esa tesitura, es como si se fueran extremando las respuestas. Lo que vemos son formas políticas que se van acercando al fascismo, o directamente formas de fascismo (que podríamos llamar “fascismos de fin de mundo”), en muchos lugares. Y las políticas basadas en la cooperación, en la justicia ecosocial, en la recuperación y defensa de los bienes comunes (que son el camino que tendríamos que seguir) ven también estrechado su margen.

Una parte de lo que sucede se puede ver bajo esa luz. Ahí tenemos aquella disyuntiva que planteaba hace más de un siglo Rosa Luxemburg: socialismo o barbarie. Ahora sería ecosocialismo y ecofeminismo frente a barbarie y extinción. Algo así, en términos todavía más duros. La reacción a la que estamos asistiendo en muchas sociedades no es como para alegrarnos en ese sentido.

  1. Lo curioso es que todo este proceso se da en el marco de un Gobierno que, en principio, se presenta como progresista y ecologista. Pero si vamos a lo que planteabas antes, a las medidas profundas y rápidas que habría que tomar, en realidad lo que señalan los movimientos ecosociales en los que participas es que esas medidas no se están tomando. ¿Cuál es entonces el modus operandi de cada gobierno que llega?
  2. Afrontamos un problema que no es solo del Gobierno, aunque también se manifiesta en sus políticas. Tenemos un problema grande en cuanto a percepción e interpretación de la realidad. Como sociedad, no nos damos cuenta, no queremos asumir algunas realidades duras. O, más bien, hay sectores que se niegan a ello, porque tampoco se trata de toda la sociedad. Vemos cómo se fortalecen ciertos sectores negacionistas; pero no hablo solo del negacionismo climático, sino de un negacionismo más amplio: el negacionismo de la crisis ecosocial.

Incluso los sectores sociales que podemos llamar, con esa etiqueta poco útil, “progresismo”; incluso los sectores que sí admiten que hay un problema grave y que habría que hacer algo, no reconocen de verdad dónde estamos. No reconocen la gravedad y la profundidad de este tipo de crisis. Eso hace que se den por buenas respuestas en forma de políticas públicas, pero también en forma de iniciativas ciudadanas, que en realidad no están a la altura del problema.

De manera típica, en estos últimos años (de hecho, desde 2010 en adelante hasta ahora), las políticas que un Gobierno como el nuestro pone en marcha, sobre todo a través del Ministerio de Transición Ecológica, son, simplificando un poco las cosas pero sin traicionar el asunto, las siguientes: una rápida electrificación de lo que podamos del aparato productivo, y una matriz energética que logre reducir algo el consumo de combustibles fósiles desarrollando mucho la generación eléctrica con renovables de alta tecnología, con aerogeneradores y módulos fotovoltaicos. Eso, más el fetiche del automóvil eléctrico, supuestamente nos va a sacar de apuros. Pero es una ilusión.

Una situación en la cual buena parte de la sociedad ni siquiera percibe el problema, y la parte mayoritaria de la sociedad que más o menos ve algo del problema plantea una solución falsa, es algo muy peligroso.

Desde otros lugares decimos que una verdadera transición energética no consiste en añadir a nuestra red eléctrica muchos aerogeneradores y módulos fotovoltaicos, sino que tiene que plantear el qué y el cómo del uso de energía, y saber que tenemos que funcionar con menos energía. Una verdadera transición ecológica tiene que incorporar a muchos otros sectores además de la energía. ¿De qué manera vamos a hablar de transición ecológica, de transición ecológico-social, sin abordar, por ejemplo, todo el sistema agroalimentario? ¿Sin desarrollar iniciativas potentes de agroecología? Por esa vía vemos que eso toca los fundamentos del sistema. Y dentro del capitalismo es poco lo que se puede avanzar hacia donde necesitaríamos.

Esa es la situación bastante lamentable en la que nos encontramos. Solo sectores sociales muy pequeños plantean de verdad la clase de medidas hacia algo fuera del capitalismo, hacia el poscapitalismo o el ecosocialismo, que necesitaríamos.

  1. Sobre la segunda causa, la de la pintura en el Congreso, en su momento la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, planteó que en realidad no había habido ningún desperfecto. Esto llama la atención, porque entonces, ¿qué sentido tiene la causa? ¿Cómo se sostiene?
  2. En los dos casos, si estuviéramos en un mundo normal no habría juicio. Porque no se dio esa resistencia feroz a la autoridad de la que se nos acusa en el primer caso, ni hubo tampoco daños al patrimonio histórico, de los que se nos acusa en el segundo juicio. Pero, como dice una cita de Batman que mi amigo Antonio Orihuela situó como epígrafe al frente de su poemario La ciudad de las croquetas congeladas, «este no es un mundo normal».

De hecho, en un primer momento, las primeras acusaciones en 2022 eran incluso peores, porque decían que habíamos interrumpido el curso normal de la actividad parlamentaria. De haber prosperado eso, nos habría llevado a la Audiencia Nacional y a consecuencias todavía más graves.

Al final decayeron esas acusaciones y se quedaron en la de daños al patrimonio histórico, que también aparece en el Código Penal. Pero no tiene mucho sentido, porque precisamente se había buscado que ese líquido que imitaba sangre no causara daños permanentes. Era un líquido biodegradable y se podía limpiar con facilidad.

Así que tampoco ahí, si estuviéramos en un mundo normal, nos veríamos ante un juez o una jueza. Pero recordemos a Batman: «Este no es un mundo normal».

  1. Otra prueba de esto que dices es que muchos de los represaliados sois profesores universitarios, personas del mundo de la ciencia y del pensamiento, que tratáis de combatir en vuestra actividad profesional ese pensamiento ecocida y ese sistema ecocida. ¿Qué papel te parece que tienen que jugar la universidad, los intelectuales y los profesores en esta batalla?
  2. Lo característico de la segunda de estas acciones fue precisamente que se intentó impulsar esa articulación de Rebelión Científica entre universitarios, investigadoras e investigadores del CSIC, trabajadores del sector del conocimiento. Y realmente haría falta ahí una clase de compromiso mucho más intenso y duradero de lo que hemos visto. La respuesta de nuestras universidades y centros de investigación no ha estado ni de lejos a la altura de lo que necesitaríamos.

Ha hecho mucho daño, durante todo el período del capitalismo neoliberal en las últimas décadas, el avance constante de estas formas de individualismo casi patológico y de corrosión de los vínculos sociales en las que nos encontramos. Uno de sus efectos ha sido también una idea, yo creo que muy equivocada, de lo que tendrían que ser los nexos entre las universidades y los centros de investigación con la sociedad. No basta con decir: «Yo ya hago lo mío con la ciencia en mi horario de trabajo», o realizando análisis críticos.

Tenemos universidades en las que se da por bueno que los órganos de gobierno vayan siendo sustituidos por unos consejos llamados “consejos sociales”, que en realidad son, sobre todo, consejos empresariales. Es como para que suenen todas las alarmas.

En una sociedad normal, si le hiciéramos caso a Batman, en un mundo más normal, lo que deberíamos cuidar serían los nexos con las ciudades, los pueblos y los barrios en los que están nuestras universidades. Con las asociaciones y los movimientos sociales activos en esos lugares. Con las iniciativas emancipatorias del mundo de la cultura. Esos tendrían que ser los interlocutores naturales para la extensión universitaria, no las empresas, que es lo que en general se ve por aquí.

Haría falta recuperar la idea de una extensión universitaria en la que la universidad no se extienda, como lo hace ahora, hacia el mundo empresarial, sino más bien hacia la sociedad articulada y las iniciativas de supervivencia y emancipación.

  1. Ante casos de represión como estos, ¿cómo te parece que hay que responder?
  2. Necesitaríamos recuperar una idea de democracia más ambiciosa. Una idea en la cual esté claro que las sociedades verdaderamente democráticas necesitan de la protesta social para avanzar: eso forma parte de la gramática democrática básica. Ese sería el sustrato cultural que nos haría falta. Para eso irían bien muchas iniciativas desde abajo, iniciativas de pedagogía en sentido amplio.

Luego, creo que también nos hace falta, a las organizaciones políticas, a las asociaciones y a las articulaciones de los movimientos sociales, tomarnos más en serio la cuestión de la desobediencia civil, de las formas de resistencia y de la desobediencia civil. Desarrollar más estas formas de protesta que desbordan lo institucional. A veces nos ceñimos demasiado a la actuación más o menos institucional. Y hay que saber que entonces hace falta también toda una estrategia de autodefensa en varios niveles.

Yo iría por ahí. En realidad, eso se puede resumir diciendo que necesitamos profundizar en una democracia más seria, más sustantiva.

  1. Ante esta represión, que es también un intento de amedrentamiento del movimiento ambiental y de los distintos movimientos sociales, ¿qué tipo de movimiento ambiental o ecosocial haría falta que se desarrollase en los próximos años?
  2. Lo más importante sería, creo, activar a mucha más gente. Estaba leyendo una parte del informe que acaba de sacar la Fundación SM y el Observatorio de la Juventud en Iberoamérica sobre la juventud española. Una de las cosas que arroja esta investigación sociológica, y creo que no atañe solo a los jóvenes aunque este estudio vaya por ahí, es la constatación de que hay expectativas de final de mundo.

Hay imaginarios bastante apocalípticos en sectores muy amplios de la sociedad. Eso puede coexistir con sectores sociales también muy amplios que son negacionistas de la crisis ecológico-social. Y coexiste también con una sensación de impotencia muy grande.

De tal manera que estos investigadores dicen en cierto momento que en este país, con esos datos, más que hablar de ecoansiedad habría que hablar de ecodepresión. Se da como un fenómeno de gran depresión social. No es todo lo que hay, por supuesto. Vemos también sectores que están luchando, que se organizan. Pero si pensamos sobre todo en las cuestiones ecológicas y ecológico-sociales, hay ahí algo de fuerte ecodepresión.

Entonces, lo primero sería superar en cierta medida esa situación. Volver a experimentar algo de confianza en la acción colectiva e ir tramando, a partir de ahí, movimientos sociales fuertes y bien orientados.

Pero la orientación del movimiento tendría que ser bastante más radical que la que hemos tenido, porque los propios problemas se han agravado muchísimo. Quizá se puede pensar en esos dos pasos: activar a mucha más gente y orientar el movimiento de una forma mucho más radical.